Escatología cristiana

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La escatología cristiana es el conjunto de creencias escatológicas del cristianismo. Es una rama mayor de estudio dentro de la teología cristiana. A grandes rasgos, se refiere al estudio del destino de la humanidad tal como se describe en la Biblia, la fuente primaria para cualquier estudio escatológico cristiano. A pesar de que la fuente de estudio es una sola, existen al menos cuatro corrientes escatológicas: el preterismo, el historicismo, el futurismo y el idealismo.

Qué es escatología[editar]

Esta esperanza y todo lo que ella abarca es el motivo de estudio que se conoce como Escatología. Anteriormente, la escatología dedicaba su estudio exclusivamente a las cosas que le sucederían a cada persona individual luego de su muerte y a la humanidad al terminar su historia.

La palabra escatología significa etimológicamente "tratado de los éskahtos", éskahtos significa en griego cosas últimas, es decir, la escatología es el estudio de las cosas que sucederían, tanto con cada persona individual como con la humanidad, al final de su historia y de su vida. Para estos propósitos, las cosas últimas se identificaban sobre todo con cuatro puntos principales:

Escatología cristiana y la esperanza que profesa[editar]

El cristianismo profesa que siempre ofrece esperanzas para toda situación, lo que podría diferenciarlo de otras religiones y sistemas filosóficos al proponer esperanzas a la humanidad que fueran más allá incluso de lo que en otras posturas se consideraría lo 'razonablemente' desesperante.

Por poner un ejemplo, el cristianismo propone una esperanza para la humanidad incluso después de su muerte, esperanza que descansa en los méritos de Cristo a través de su muerte en la cruz del calvario (Juan 3:16), y que es dado por Dios solo por gracia para que todo aquel que crea en esta palabra sea salvo y pueda gozar de todos los beneficios que promete la Biblia para el futuro escatológico. Muy por el contrario en otras posturas religiosas o filosóficas la esperanza se reduce a dogmas y sacramentos de esfuerzo humano para poder así de algún modo poder tener una esperanza futura para aquellos que tengan un estilo de vida que niega toda esperanza.

Sin embargo, lo que caracterizaría al cristianismo en sí, no es tanto el hecho de aportar una esperanza más, sino la afirmación sobre el origen de dicha esperanza.

Origen en la esperanza del pueblo hebreo[editar]

Las esperanzas cristianas tienen un fundamento, que es el mismo que motivó al pueblo hebreo a lo largo de su historia. Estudiar escatología requiere comenzar por estudiar qué y cómo son las esperanzas del Antiguo Testamento.

La historia del pueblo de Israel comienza en el momento en que Dios se acerca a Abram y le formula una promesa en la ciudad en que vivía (Ur, en la región de Caldea):

Dijo el Señor a Abram: vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te indicaré. Yo haré de ti una nación grande, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y tú mismo serás bendición. En ti serán benditos todos los linajes de la tierra. (Gn 12:1-3).

Abram se lo cree y parte de inmediato con su familia y sus pertenencias hacia la región de Canaán:

Salió Abram, conforme le había ordenado el Señor... Gn 12:4

Ya en Canaán, Dios de nuevo se le acerca y le vuelve a prometer:

Levanta la vista y, desde el lugar donde te hallas, mira al norte, al sur, al este y al oeste. Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia para siempre. Multiplicaré tu descendencia como el polvo de la tierra; sólo el que pueda contar el polvo de la tierra, podrá contar tu descendencia. (Gn 13:14-16).

Abram de nuevo cree y a partir de entonces se le conoce como Abraham, y como signo de su fidelidad comienza, dice el Génesis, la práctica de la circuncisión.

Posteriormente, siglos después en Egipto, Moisés es testigo del sufrimiento de su pueblo. Cuando Dios le promete que los salvará, le pide a Moisés poner manos a la obra ante el Faraón, con el poder de Dios acompañándolo. Luego de la debilidad de la duda, Moisés cree y comienza la conocida historia del Éxodo del pueblo hebreo desde Egipto (Ex 3:7-4:18).

Así pues, el contenido de las esperanzas de Israel, y los respaldos de sus Alianzas con Dios, estarían movidos primero que nada por Dios, que saldría al encuentro, y enunciaría una promesa: tierra, descendencia, liberación, etc. Sin embargo, las esperanzas no serían vanas porque, en su momento, habría quienes creyeron en dichas promesas, y pusieron manos a la obra (se pusieron en camino, actuaron por la liberación del pueblo en nombre de Dios, etc.) La esperanza existiría entonces gracias tanto a Dios que enunciaría y mantendría sus promesas, pero también a las personas que le creerían y actuarían en consecuencia a su fe.

El Mesianismo y Apocalíptica[editar]

David, prototipo de Rey[editar]

Ya establecidos, los hebreos prosperaron como pueblo frente a los demás. Llegó el momento en que tendrían necesidad de un rey que los gobernara, y también que representara la prosperidad que estaban alcanzando. Después de un intento fallido (Saúl), David se consagró históricamente como el rey por excelencia de Israel. Durante su gobierno, Israel gozó no sólo de prosperidad, sino también de paz. Todo ello sería visto desde la perspectiva de la fe de los hebreos como producto de la estrecha relación que David guardaría con Dios.

De hecho, dicha relación tan ejemplar no quedó en una mera anécdota. A partir de entonces, y sobre todo en las épocas más crudas de la historia antigua de Israel, se formulaba toda la esperanza del pueblo en función de la relación David – Dios, pues a través del profeta Natán, Dios le había prometido a David que su reinado no tendrá fin, que siempre habrá un descendiente suyo sentado en el trono real del Pueblo Elegido (2Sm 7:8-16). De estas promesas, que como ya se vio el pueblo de Israel tomaba como base de sus esperanzas para comenzar a actuar en consecuencia, surgió luego de la deportación en Babilonia, la esperanza de que, a pesar del sufrimiento, Dios no abandonaría nunca a su pueblo, esperanza que cristalizó, por la persona de David, en la figura del Mesías, personaje esperado por los judíos desde entonces.

La apocalíptica[editar]

Esa época fue una de las más difíciles para la esperanza judía. No era como en los viejos tiempos, cuando un rey descendiente de David gobernaba con paz y prosperidad. Desde la invasión asiria que terminó con el reino del norte en Israel, pasando por la invasión babilonia que terminó con el reino del sur en Judá, los israelitas no conocieron de nuevo la paz y la prosperidad en que cifraban sus esperanzas mesiánicas. Después llegarían los persas, que les permitirían regresar a su tierra, pero no mucho después, gracias al genio militar de Alejandro Magno, los griegos irrumpirían en la historia del Medio Oriente, conllevando múltiples problemas en la cultura judía, muy distinta de la helenística.

La situación era tan grave, que gran parte del pueblo judío dejaba para siempre su cultura natal para convertirse al helenismo promovido por los conquistadores, olvidándose también de las promesas y esperanzas que desde siempre habían conformado al pueblo de Israel. Además los griegos buscaban promover su cultura helénica como camino de prosperidad y riqueza a los pueblos conquistados. El choque violento con el judaísmo fue inevitable, y llegó a acarrear incluso conflictos armados (véase por ejemplo el caso de los Macabeos). En ese contexto nació el movimiento de la apocalíptica. Los apocalípticos, herederos del movimiento profético de la época de los reyes y del destierro, hablaban también en nombre de Dios, pero lo hacían con un lenguaje puramente simbólico, lleno de imágenes coloridas que le dieran a quienes les escuchaban el impacto de la fuerza del mensaje que querían transmitir.

Si antes los hebreos por lo menos conservaban su tierra, ahora les era invadida por gentiles; si antes podían confiar en la promesa de descendencia tan importante para la cultura semita a la cual pertenecían, ahora la guerra frustraba muchas veces esa esperanza; ni qué decir de la esperanza mesiánica: continuamente vivían dominados ahora por un imperio, ahora por otro. Sólo quedaban dos opciones: pensar que todo había sido un fraude y abandonar el judaísmo por el helenismo, o seguir creyendo a pesar de todo. Ésta fue la opción de los apocalípticos. Su movimiento se caracterizó, además de las imágenes coloridas, por la esperanza a pesar del fracaso aparente de la vida cotidiana y en la historia. Por eso, la literatura apocalíptica (común entre los siglos II a. C. hasta principios del II d. C., tanto entre judíos como entre cristianos) se caracterizaría por aportar un mensaje de esperanza extremo, en el que las imágenes negativas parecen tener todas las de ganar. Sin embargo, siempre se formula una esperanza inquebrantable: existe una promesa de que en un futuro que está próximo a suceder, Dios intervendría de manera definitiva en favor de quienes le fueran fieles, y los liberaría para siempre del mal que los aqueja, estableciendo así el tan esperado reinado mesiánico.

Mesianismo a principios de nuestra era[editar]

Es con este tipo de ideas, mesiánicas y con tintes apocalípticos, que se vive en la región de Judea en la época de Jesús. En ese entonces el pueblo judío seguía dominado, esta vez por los romanos, y continuaba esperando la llegada de un Mesías que lo salvara de la opresión. Sin embargo, incluso entre los mismos judíos, existían distintas perspectivas al tipo de Mesías que llegaría, todas ellas contrapuestas:

  • Algunos querían un liberador político, guerrero que convirtiera a Israel en el nuevo imperio dominante del mundo, caso de los guerrilleros zelotes
  • Otros pensaban que el Mesías llegaría a cumplir la Ley de forma estricta, pues pensaban que únicamente cumpliendo la Ley al pie de la letra, Dios les perdonaría sus pecados por los que el pueblo sufría en ese entonces, como sería el caso de los fariseos
  • Otros más, muchos apocalípticos entre ellos, se quedaban sentados esperando al Mesías, esperando la prometida próxima y magnífica intervención de Dios para salvarlos, pero sin hacer nada al respecto, sólo esperar pacientemente, como podría suponerse que sucedería con los esenios.

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  • Centro de Estudios Catequéticos Bíblico-Teológicos CECABITE (1989). Tratado de Escatología. México. 
  • Boff, Leonardo (1978). Hablemos de la otra vida. Santander, España: Sal Terrae. ISBN 84-293-0496-7. 

Bibliografía adicional[editar]

Enlaces externos[editar]