La ciudad de Dios

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Manuscrito de La ciudad de Dios, de 1470.
San Agustín, por Sandro Botticelli, circa 1480.

La ciudad de Dios, cuyo título original en latín es De civitate Dei contra paganos, es decir La ciudad de Dios contra los paganos, es una obra escrita en 22 libros de Agustín de Hipona que fue escrita durante su vejez y a lo largo de quince años, entre el 412 y el 426. Es una apología del cristianismo, en la que se confronta la Ciudad Celestial a la Ciudad Pagana. Las numerosas digresiones permiten al autor tratar temas de muy diversa índole, como la naturaleza de Dios, el martirio o el judaísmo, el origen y la sustancialidad del bien y del mal, el pecado y la culpa, la muerte, el derecho y la ley, la contingencia y la necesidad, el tiempo y el espacio, la Providencia, el destino y la historia, entre otros muchos temas.

El libro presenta la historia universal como un conflicto o guerra entre Dios y el Demonio. Esta guerra metafísica que ocurre en el mundo es de larguísima duración. En esta guerra, Dios mueve (por intervención divina/divina providencia) a los gobiernos, movimientos políticos/ideológicos, y fuerzas militares alineados (o mejor alineados) con la Iglesia Católica (la Ciudad de Dios) para que se opongan por todos los medios --incluido el militar --a los gobiernos, movimientos políticos/ideológicos, y fuerzas militares alineados con el Demonio (la Ciudad Satanás).

El libro Discours sur l'histoire universelle o Discurso de Historia Universal (1681) de Jacobo Benigno Bossuet es considerado por muchos católicos como una segunda edición o continuación de la Ciudad de Dios de San Agustín. En esta obra Bossuet continúa la línea de San Agustín y ofrece una actualización de la historia universal según la Ciudad de Dios señalando las fuerzas que estaban con la Iglesia (La Ciudad de Dios) y las que estaban con Satanás (la Ciudad de Satanás) en su época.

Este concepto de la historia universal es hoy día doctrina oficial de la Iglesia Católica recientemente expresada en el documento Gaudium et Spes del Segundo Concilio Vaticano: “Cree la Iglesia . . . que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro… Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas… A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. . . El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones.... Vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio: "Restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra" (Eph 1,10).”


Presentación

San Agustín estructura el libro La Ciudad de Dios a partir de la contraposición entre la ciudad de Dios, que representa el cristianismo, y por tanto la verdad espiritual, y la ciudad pagana, que representa la decadencia y el pecado. En el prólogo mismo se expone esta dicotomía:

La gloriosísima ciudad de Dios, que en el presente correr de los tiempos se encuentra peregrina entre los impíos viviendo de la fe, y espera ya ahora con paciencia la patria definitiva y eterna hasta que haya un juicio con auténtica justicia, conseguirá entonces con creces la victoria final y una paz completa. Pues bien, mi querido hijo Marcelino, en la presente obra, emprendida a instancias tuyas, y que te debo por promesa personal mía, me he propuesto defender esta ciudad en contra de aquellos que anteponen los propios dioses a su fundador

El autor estaba conmocionado por la caída de Roma a manos de Alarico I. El desconcierto que provocó la entrada de los bárbaros en la capital del Imperio Romano, donde residía el Papa, y que había sido referente del cristianismo desde Constantino I y especialmente desde Teodosio I, le hizo cuestionarse acerca del hecho de la desaparición de una civilización entera. La respuesta a esta cuestión es que el edificio al cual conviene aliarse y en el cual conviene trabajar no es la ciudad de los hombres, sino la ciudad de Dios. El objetivo de esta obra es, por tanto, examinar la oposición entre ambas ciudades, sus orígenes, su desarrollo y su final:

Las dos ciudades, en efecto, se encuentran mezcladas y confundidas en esta vida terrestre, hasta que las separe el juicio final. Exponer su nacimiento, su progreso y su final, es lo que voy a intentar hacer, con la ayuda del cielo y para gloria de la Ciudad de Dios, que hará vivo el resplandor de este contraste.

Desde el primer momento (libros 1 al 10), Agustín trató la religión de la Antigüedad como supersticiosa: por un lado, refutó que se adore a los dioses por el simple motivo de las ventajas que reporten (libros 1 a 5), y por otra parte, contradijo a los que buscan por esa misma vía la felicidad eterna (libros 6 a 10). Los libros 11 a 22 se consagran al origen y la oposición entre ambas ciudades.

El saqueo de Roma por los visigodos (libro primero)[editar]

De civitate Dei, 1483

Los romanos interpretaron el saqueo como un castigo divino, y lo atribuyeron a la religión cristiana y, en particular, a la prohibición del culto a los dioses. Agustín se alzó contra esta opinión. Por un lado, los dioses romanos son incapaces de proteger a los paganos, y es el nombre de Cristo el que, en medio del horror general, ha sido capaz de salvar a numerosas personas, incluso a las no cristianas. Serían así precisamente aquellos que han sido salvados los que mostrarían una enorme ingratitud hacia su salvador. Por otra parte, tanto los crueles como los bondadosos sufren el mal en esta vida. Para justificar el mal, Agustín expuso que los malvados sufren para ser corregidos, y los buenos para confirmarse en su virtud y evitar las faltas en el futuro. Señaló que no debe darse importancia al sufrimiento corporal: sólo la conciencia es para nosotros el testimonio de nuestra pureza. Por ejemplo, las madres y las vírgenes que fueron violadas por los bárbaros durante el saqueo no deben tener sentimiento de culpa si mantienen interiormente la virtud de la castidad. No deben por lo tanto cometer suicidio, ya que la dignidad de las mujeres permanece intacta. Además, Agustín argumentó que no es culpa de la religión cristiana la invasión de los godos, con el ejemplo que cuando los invasores entraron a saquear, respetaron los templos cristianos, ya que ellos mismos eran arrianos, una variante considerada como herética por los padres de la religión cristiana.

El culto a los falsos dioses romanos (libro décimo) y el verdadero origen del poder de Roma (libro cuarto)[editar]

Agustín expone que Roma nunca ha sido protegida por sus dioses, puesto que son falsos. Lo que ha recibido Roma de sus dioses ha sido el vicio y la corrupción del alma (libro segundo) y el amor por los bienes terrenales (libro tercero).

Agustín muestra que no han sido los dioses los que han dado grandeza a Roma, sino el decreto soberano de Dios, único y verdadero.

Importancia y valor de la obra[editar]

A pesar de la designación del cristianismo como religión oficial del Imperio, Agustín expuso que su mensaje es más espiritual que político. El cristianismo, según él, se debe referir a la ciudad mística y divina de Jerusalén (la nueva Jerusalén) y no tanto a la ciudad terrenal. Su teología sirvió para definir la separación entre Iglesia y Estado, algo que caracterizaría a las relaciones políticas de Europa occidental, frente al Este bizantino, en donde lo espiritual y lo político no mostraba una separación tan evidente.

Véase también[editar]

Bibliografía[editar]

Enlaces externos[editar]

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