Dones del Espíritu Santo

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Un don es algo dado por otro libre, gratuita y benévolamente:[1] el mismo Espíritu Santo es mencionado como un don en la liturgia o los himnos litúrgicos.[2]

Es un poder sobrenatural dado por Dios para la edificación espiritual, exortación y consuelo de su Iglesia.

Dado que la teología considera al mismo Espíritu Santo como el primer don de Dios, en sentido amplio pueden llamarse “dones del Espíritu santo” todos los dones de Él. En sentido impropio son dones del Espíritu Santo las virtudes sobrenaturales aun cuando no impliquen la gracia y en sentido propio todo don que implique la amistad o gracia de Dios.[3] Se dice que son hábitos sobrenaturales pues los dones para que sean permanentes y (permanezcan)o mantengan) de tener la forma de hábitos. Dado que se trata de realidades sobrenaturales han de ser infundidas por Dios en el alma.

En la teología escolástica suele aclararse que los dones son infundidos en las “potencias del alma” indicando con ello las facultades superiores (entendimiento, voluntad, memoria) que reciben un hábito que les permite responder con mayor facilidad y secundar las mociones propias del Espíritu Santo o gracia actual. La facultad los recibe “pasivamente” pero ha de actuarlos: es decir, no quitan la libertad ni la cohíben.

De ahí que Gonet pueda afirmar:

así como el hombre por las virtudes adquiridas se dispone para ser movido fácil, pronta y deleitablemente por la simple razón natural en orden a los actos naturalmente buenos, y por las virtudes infusas para ser movido por la razón iluminada por la fe a los actos sobrenaturales al modo humano, así por los dones del Espíritu Santo el hombre justo se connaturaliza -por así decirlo- con los actos a que es movido por especial instinto del Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano[4]

En la Sagrada Escritura[editar]

Es clásico el uso del siguiente texto del libro del profeta Isaías:[5]

Brotará del tronco de Jesé un retoño, y retoñará de sus raíces un vástago. Sobre quien reposará el espíritu de Yahveh, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Yahveh. Y pronunciará sus decretos en el temor de Yahveh

Is 11, 1-2

El texto es marcadamente mesiánico y su aplicación como dones que son dados a todos los cristianos se debe a la reflexión posterior de los Padres de la Iglesia a partir de otros textos bíblicos,[6] en resumen a la tradición de la Iglesia aun cuando el único texto específico y fundamental es el mencionado de Isaías. Ahora bien, el texto masorético no cuenta siete sino seis (no menciona el espíritu de piedad) lo cual ha dado pie a discusiones entre los teólogos (que asumen que son siete dado el carácter simbólico de este número) y los exegetas que consideran el texto una simple enumeración de las cualidades de gobierno del Mesías. Tomás de Aquino dedica un artículo en su Suma teológica a defender que son siete.[7]

En los Padres de la Iglesia[editar]

La terminología usada por los padres tanto latinos como griegos es bastante rica: hablan de dones, “munera” (regalos), charismata (carismas), spiritus (espíritus), virtutes (fuerzas). Los padres griegos que tratan más extensamente sobre los dones son Justino, Orígenes, Cirilo de Alejandría, Gregorio de Nacianzo y Dídimo el Ciego. Entre los latinos hay que mencionar a Agustín de Hipona y Gregorio Magno Y Francisco .

En el magisterio de la Iglesia[editar]

En el sínodo de Roma del año 382, bajo la presidencia del Papa Dámaso I se trató de los dones aplicando la profecía de Isaías a Jesucristo:

Se dijo: Ante todo hay que tratar del Espíritu septiforme que descansa en Cristo. Espíritu de sabiduría: Cristo virtud de Dios y sabiduría de Dios (1Co 1, 24). Espíritu de entendimiento: Te daré entendimiento y te instruiré en el camino por donde andarás (Sal 31, 8). Espíritu de consejo: Y se llamará su nombre ángel del gran consejo (Is 9, 6[8] ). Espíritu de fortaleza: Virtud o fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1Co 1, 24). Espíritu de ciencia: Por la eminencia de la ciencia de Cristo Jesús (Ef 3, 19). Espíritu de verdad: Yo soy el camino, la vida y la verdad (Jn 14, 6). Espíritu de temor (de Dios): El temor del Señor es principio de la sabiduría (Sal 110, 10)

DS 83

El Papa León XIII en la encíclica Divinum illud munus (publicada en el año 1897) afirma:

El justo que vive de la vida de la gracia y que opera mediante las virtudes, como otras tantas facultades, tiene absoluta necesidad de los siete dones, que más comúnmente son llamados dones del Espíritu Santo. Mediante estos dones, el espíritu del hombre queda elevado y apto para obedecer con más facilidad y presteza a las inspiraciones e impulsos del Espíritu Santo. Igualmente, estos dones son de tal eficacia, que conducen al hombre al más alto grado de santidad; son tan excelentes, que permanecerán íntegramente en el cielo, aunque en grado más perfecto. Gracias a ellos es movida el alma y conducida a la consecución de las bienaventuranzas evangélicas, esas flores que ve abrirse la primavera como señales precursoras de la eterna beatitud.

Notas[editar]

  1. Según la definición que ofrece Royo Marín en la obra citada en la bibliografía de este artículo
  2. En el himno Veni Creator Spiritus se le llama: “Altissimi donum Dei” (don del Dios Altísimo) y en el Veni sancte spiritus se le llama “dator munerum” (dador de dones)
  3. Royo Marín los enumera: la caridad, la fe y la esperanza informadas por ella, las virtudes morales infusas, los dones del Espíritu Santo stricte dictu.
  4. GONET, Clypeus Theol. t.3 tr. de virt. et donis d.6 a. 1 p. 1: citado en la obra de Royo Marín que aparece en la bibliografía del artículo
  5. Teólogos como Juan de Santo Tomás subrayan ampliamente el hecho de que el conocimiento de estos dones es siempre revelado y no puede ser fruto de la reflexión: de ahí que los filósofos anteriores al cristianismo no conocieran su existencia. Véase su tratado De donis Spiritus Sancti)
  6. Del antiguo testamento se pueden mencionar los siguientes: Gn 41, 38; Éx 31, 3; Nm 24, 2; Dt 34, 9; Jd 6, 34; Sal 31, 8; Sal 32, 9; Sal 119, 120.144; Sal 142, 10; Sb 7, 28; Sb 7, 7; Sb 7, 22; Sb 9, 17; Sb 10, 10; Eclo 15, 5; Is 11, 2; Is 61, 1; Mi 3, 8. Pero también del Nuevo Testamento: Lc 12, 12; Lc 24, 25; Jn 3, 8; Jn 14, 17.26; Hch 2, 2.38; Rm 8, 14.26; 1Co 2, 10; 1Co 12, 8; Ap 1, 4; Ap 3, 1; Ap 4, 5; Ap 5, 6.
  7. Summa theologiae I-II q68, a4co.
  8. Esto según la traducción de los LXX

Véase también[editar]

Bibliografía[editar]

  • Catechismus Catholicae Ecclesiae. Roma: Libreria Editrice Vaticana. 1997. ISBN 88-209-2428-5. 
  • ROYO MARÍN, ANTONIO (1988). Teología de la perfección cristiana. Madrid: BAC. ISBN 84-220-0183-7. 

La sabiduría es una habilidad que se desarrolla con la aplicación de la inteligencia en la experiencia, obteniendo conclusiones que nos dan un mayor entendimiento, que a su vez nos capacitan para reflexionar, sacando conclusiones que nos dan discernimiento de la verdad, lo bueno y lo malo. La sabiduría y la moral se interrelacionan dando como resultado un individuo que actúa con buen juicio. Algunas veces se toma el concepto de sabiduría como una forma especialmente bien desarrollada de sentido común.

Web de interés: http://www.donesdelespiritusanto.es