Casticismo

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Casticismo es una postura literaria, cultural e ideológica, manifestada en España desde el siglo XVIII en oposición a la afrancesada o ilustrada, y que desde entonces se relaciona con el pensamiento reaccionario. Es una reivindicación defensiva de lo castizo, o sea, de las expresiones de todo tipo (culturales, religiosas, vitales, moda, actitudes, habla, o incluso de la organización política y social),[1] que se perciban por el casticista como propias de su casta, entendida esta no tanto como la raza o etnia propia (véase Racismo en España), sino más bien como el carácter nacional español, la buena casta, incluso en términos reproductivos vagamente machistas, que formaron parte del nacionalismo español, sobre todo en sus expresiones más populares y en las expresiones de orgullo patriótico habituales durante el franquismo.[2]

Otros usos[editar]

La denominación castizo se aplicó, en las sociedades estratificadas racialmente de la América española, a una particular combinación: De mestizo y español.

También se recoge su uso como sinónimo del castellano antiguo del siglo XV del que deriva la lengua sefardí, o lengua judeoespañola castiza.[3]

El casticismo literario e ideológico[editar]

Está muy asociado al costumbrismo literario, representado por autores como Ramón de la Cruz (autor de sainetes como Manolo), o ya en el siglo XIX Ramón de Mesonero Romanos.

Fenómenos como el Motín de Esquilache se han querido atribuir, al menos en su causa desencadenante, a la oposición al bando de capas y sombreros, una ofensa a la vestimenta castiza española. Buena parte de la aristocracia española, al contrario que la elitista nobleza francesa, se complacía en demostrarse abiertamente cercana al pueblo, aunque sólo fuera por adoptar una selección más o menos restrictiva o adulterada de parte de su vestimenta y sus diversiones, como el flamenco o la tauromaquia, que en el siglo XVIII presenció el triunfo del toreo a pie, popular, frente al aristocrático toreo a caballo, mientras que la opinión ilustrada era contraria a las corridas.

Se ha llegado a argumentar que ese hecho fue uno de los que previnieron en España la Revolución que se dio en Francia, o más bien que es un síntoma de la diferente evolución social de ambos países, siendo más fuertes las contradicciones sociales que el mayor desarrollo económico y social desató en Francia y no en España, y mucho más débil en ésta la presencia de burguesía.

El estereotipo romántico de España como un país que conservaba sus costumbres y tradiciones en mayor medida que los más avanzados de Europa, fue extendido por viajeros y literatos (Washington Irving, Prosper Mérimée) y pasó a convertirse en un tópico, que continuó explotándose en la época de desarrollo del turismo (años 1960) con el eslogan Spain is different.

El regeneracionismo, la generación de 1898 y las posteriores (generación de 1914, generación de 1927, sobre todo los menos puros, como Federico García Lorca) repensaron desde posiciones diferentes la relación con lo castizo (que valoraban) y con el casticismo (que denigraban). Por ejemplo, En torno al casticismo es el título de uno de los ensayos más importantes de Miguel de Unamuno; y Cervantes y los casticismos españoles, uno de los de Américo Castro.[4] Ortega y Gasset, haciendo un elogio de Azorín, establecía que

escritor casticista significa en mi léxico una forma del deshonor literario, quiero decir, una de las muchas maneras, de las infinitas maneras entre que un poeta puede elegir para no serlo. No creo que en parte alguna se haya hecho, como en España, pesar sobre la inspiración artística el imperativo del casticismo. Yo no sé qué excesiva solicitud por mantener intacta la espiritualidad nacional ha suscitado en todas las épocas de nuestra historia literaria unos Viriatos críticos, medio almogávares, medio mandarines, los cuales amontonaban obras sobre obras en torno a la conciencia española, no tanto para que fueran leídas cuando para formar con ellas una alta muralla al estilo de la existente en China. Es más que sospechosa esta obsesión de que vamos a perder nuestra peculiaridad. En la mujer histérica suele convertirse el afán mismo de perder la inocencia en una excesiva suspicacia e injustificada precaución.

Un yo poderoso no pierde tiempo en temores de ser absorbido por otro; antes al contrario, está seguro de ser él el absorbente. Dotado de fuerte apetito, acude dondequiera se halla alguna materia asimilable. De este modo aumenta sin cesar, se transforma y enriquece. Un profundo conocedor de Grecia llegaba recientemente a señalar como resorte de aquella cultura (la más original, la más intensa, la más personal hasta ahora sida), su enorme capacidad de asimilación. Y añade que Grecia sólo fue original, intensa y personal mientras tuvo sensibilidad para lo extrajero. (...) La ininterrumpida tradición del imperativo casticista revela justamente que en el fondo de la conciencia española previvían inquietud y descontento respecto a sí misma.

Tanto preocuparse de la propia personalidad equivale a reconocer que ésta no es suficiente, que no se basta a sí misma, cuando menos que necesita tutela. Pero el casticismo es el gesto fanfarrón que la debilidad hace para no ser conocida. (...)Resulta que a otras razas, para tener su personalidad, bastábales con tenerla. Nuestra personalidad, en cambio, parece que no consiste en ser tenida, sino en ser demostrada. (...) Miremos que el verdadero patriotismo nos exige acabar con ese ridículo espectáculo de un pueblo que dedica su existencia a demostrar científicamente que existe. ¡Provincianismo! ¡Aldeanismo!

Lo castizo, precisamente porque significa lo espontáneo, la profunda e inapreciable sustancia de una raza, no puede convertirse en una norma. Las normas son siempre abstracciones, rígidas fórmulas provisionales que no pueden aspirar a incluir las ilimitadas posibilidades del ser. ¡Por amor a la España de hoy y de mañana no se nos quiera reducir a la España de un siglo o de dos siglos que pasaron! La psicología de una raza ha de entenderse como una fluencia dinámica, siempre variable, jamás conclusa. (...) Creer que depende de nuestra voluntad ser o no castizos, es conceder demasiado poco al determinismo de la raza. Queramos o no, somos españoles, y huelga, por tanto, que encima de esto se nos impere que debemos serlo.[5]

Enlaces externos[editar]

  • Casticismo, selección de textos recopilados por Justo Fernández López


Referencias[editar]

  1. 1. m. Afición a lo castizo en las costumbres, usos y modales. 2. m. Actitud de quienes al hablar o escribir evitan los extranjerismos y prefieren el empleo de voces y giros de su propia lengua, aunque estén desusados. DRAE
  2. Ángeles Prado: La literatura del casticismo. (Estudios de humanidades, 8). Moneda y Crédito, Madrid 1973. En el DRAE castizo se define como 1. adj. De buen origen y casta. 2. adj. Típico, puro, genuino de cualquier país, región o localidad. 3. adj. Dicho del lenguaje: Puro y sin mezcla de voces ni giros extraños. 4. adj. Dicho de un animal: Muy prolífico. 5. adj. Par. Dicho de un hombre: Muy prolífico. DRAE
  3. Fuentes de difusión actual de la lengua y cultura judeoespañolas, Anuario 2001 del CVC.
  4. Alianza Editorial, 1974, ISBN 8420614947.
  5. Ortega y Gasset, José: “Azorín: primores de lo vulgar” (1917). En: Obras completas. Madrid: Revista de Occidente, 1963, vol. II, p. 186 s. Citado por Justo Fernández López, op. cit.