Un Quijote sin mancha

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Un Quijote sin mancha es una película mexicana de 1969 que fue protagonizada por el comediante mexicano Mario Moreno "Cantinflas".

Un Quijote sin mancha es la penúltima película de Cantinflas con Ángel Garasa. En ella debutaron actrices tan atractivas como Lupita Ferrer y Susana Salvat. Fue estrenada en México el 17 de septiembre de 1969 y también fue filmada en ese mismo año. Fue realizada en colores.

Sinopsis[editar]

Cantinflas interpreta a Justo Leal y Aventado, un pasante de Derecho que recibe clases de un viejo abogado, y al mismo tiempo defiende a los que no tienen recursos económicos para pagar a un letrado. Con su chiva (que se come sus libros de Derecho) recorre la ciudad solucionando los problemas de los humildes, luchará por obtener su título de abogado mientras busca el amor de una mujer.

El título “Un Quijote sin mancha” hace referencia a Don Quijote de la Mancha, figura literaria española del siglo XVI. Se presenta al personaje principal, Justo Leal y Aventado, como una figura redentora que comparte muchas cualidades con el “caballero de la triste figura”. El mentor de Justo (Angel Garasa) es un catedrático de la facultad de leyes, ya jubilado, quien arranca el filme enumerándole a Justo las muchas maneras de las que éste le hace al profesor pensar en Don Quijote. El profesor dice: “Eres partidario de la justicia; te gusta ayudar a los pobres, aun sabiendo que poco, o nada, pueden darte; en fin…eres un hombre puro, y sin mancha.”

Justo trabaja como pasante de derecho en el prestigiado bufete de los Mancera, abogados cuya clientela suele ser de las élites. No le agrada el trabajo, aunque tiene una amiga allí en la persona de la secretaria, Señorita Angélica (Lupita Ferrer). Justo pide aumentos en su salario, pero nunca se los conceden. Esto, combinado con el disgusto que experimenta al tener que servir a clientes corruptos, lleva a que Justo renuncie, para dedicarse a la defensa de los que “no tienen con qué pagar [estos] abusativos honorarios”.

Durante el curso del filme, Justo defiende a una serie de clientes, víctimas de un sistema rígidamente conservador y que favorece a “los que tienen con qué”. Libera de la cárcel a Cirilo Pingarrón, un joven a quien le acusan de haberse robado un televisor de la tienda donde trabaja. Aunque el joven es culpable del robo, Justo argumenta que sólo quería llevar el aparato a su domicilio "por dos razones: Una, para comprobar qué tan portátil es este televisor portátil. Y la otra, para poder ver, como cualquier ser humano, ese gran partido entre América y Guadalajara”, y que su intención era de devolverlo al día siguiente. Justo también recurre a la intimidación, llamando atención al hecho de que el dueño de la tienda (un español cuyo acento resulta casi incomprensible) le paga a Isidro sólo cuarenta pesos a la semana, “que está muy lejos de ser lo que establece la ley”.

En otro caso, Justo también ayuda a Sara Buenrostro, una joven madre a quien le quieren quitar a su hija, “dizque por la vida poco edificante que está obligada a llevar”. Señora Buenrostro, una viuda de orígenes humildes, baila con muy poca ropa en un club exclusivo llamado “El Cancán”. Otra vez, Justo señala la hipocresía de los acusadores, indicando que al abogado (el mismo Mancera, con quien antes había trabajado) se le ha visto “en Acapulco tomando el sol públicamente en puro calzón de baño, casi encuerado, y en compañía de cierta secretaria bilingüe de cierto colega suyo que yo conozco”. La vergüenza, combinada con que Justo le hubiera conseguido a la Señora Buenrostro otro trabajo como telefonista, hace que se desista de la demanda, y la joven madre conserva a su hija.

El barrio en que Justo vive, mientras tanto, está bajo la amenaza de que el empresario que es su dueño eche a los inquilinos, para poder subir las rentas. Justo toma su defensa. En una reunión convocada con el empresario, Justo finge tener una conversación telefónica para convencer a su rival de que Justo es amigo muy entrañado del Subsecretario de Salubridad. En su conversación ficticia, Justo da la impresión de que es mucho más conectado que el empresario - el Subsecretario le informa de antemano de una nueva ley que va a salir – una que va a mandar a más de uno a la cárcel por falta de mantención de sus viviendas. Amenazado con esta nueva ley, y siguiendo un consejo de Justo, el empresario no sólo decide no echar a los inquilinos, sino ganarse más sueño y aliviar su conciencia, mandando a su arquitecto a que haga muchos arreglos en las viviendas, y que les dote de “lo que les falta, que es mucho”, según Justo. El empresario pide prestado el teléfono de Justo para contactarse con el arquitecto - pero Justo le convence de que no es posible, porque en ese momento espera una llamada importante de Washington. (Buena suerte para Justo, porque el teléfono nunca había sido conectado.)

Pero la película tiene también críticas para la generación joven. El mismo juez que dicta la sentencia en el caso de la Señora Buenrostro, le pide a Justo que vaya a buscar al hijo del juez, quien ha abandonado el hogar para dedicarse a la vida jipi. Justo se viste de jipi para entrar en un club donde bailan los jipis, y mientras le trata de convencer al joven de que regrese a casa, es invitado a bailar. Sorprendido con la energía de la música, Justo baila con la misma euforia que los jóvenes – y es en ese momento que les cae la policía y lleva a todos a la cárcel, viendo a Justo como otro de muchos jipis. Justo les reta a los jóvenes en la cárcel, criticando su falta de amor para el trabajo. "Quieren liberarse, y se están convirtiendo en esclavos de sus propios vicios," les dice. El profesor, mientras tanto, escucha la noticia de que han llevado preso a Justo, y corre a la delegación para sacarlo - pero se va con tanta prisa, que se olvida de cambiarse la ropa, y llega allí vestido en pijamas, con un crucifijo grande colgando del cuello, anteojitos redondos de viejito, y su barba, tipo chivo. La policía lo toma por otro jipi y lo mete en la cárcel con Justo. Después de pasar la noche en la cárcel, Justo, el profesor, y el hijo del Juez salen a comer el desayuno en un café cercano. El joven está arrepentido; le promete a Justo que sus días de jipi se han acabado, y vuelve a su casa.

Llegando al fin, los vecinos celebran la salvación del barrio, y el cumpleaños de Justo, con una fiesta y una gran torta. Justo aprovecha del momento para agradecerle al profesor sus consejos, y para darle las alabanzas por haber llevado una vida de servicio y de abnegación. Está Justo al punto de declarar su amor para la Señorita Angélica, cuando la misma anuncia que ella y el hijo del empresario están comprometidos. Durante la fiesta, el profesor, mientras baila con Señorita Angélica, sufre un ataque; Justo lo acompaña a su apartamento, donde el profesor, después de darle unos últimos consejos, fallece. Justo llora con Blanquita, su chiva, y declara: "Siempre tenemos que aprender de los viejos, Blanquita. Siempre."

En la última escena, unos días después del fallecimiento del profesor, muchos de los personajes a quienes Justo ha podido salvar llegan a su casa/oficina para agradecerle su ayuda. Justo, junto con Blanquita, camina en triunfo (aunque sin amor!) por las calles de la Ciudad de México.

Realizada en 1969, se estrenó faltando dos semanas para que se cumpliera un año desde los eventos de la Masacre de Tlatelolco. La película abarca temas del momento, sin mencionar aquellos hechos específicamente.

Los Yaki[editar]

En el club ficticio de los hippies, "El Gato Rojo", Los Yaki hacen el papel de la banda del club (sin que se mencione su nombre) interpretando las canciones "La Vida Fácil" y "Me Quedo en la Tierra", uno de sus temas más conocidos; ambos están contenidos en su álbum Vuelve el sonido agresivo (1969). En la escena figura prominentemente Benny Ibarra, cantante del grupo, con el pelo bien largo. Debido a que este corte causó mucha polémica, Ibarra después decidió cortárselo.