Sorpresa de Lácar

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Sorpresa de Lácar
Tercera Guerra Carlista
Desastre de Lácar - 'Mi general, es inútil todo' (Segunda parte de la Guerra Civil. Anales desde 1843 hasta el fallecimiento de don Alfonso XII).jpg
Fecha 3 de febrero de 1875
Lugar Lácar, Navarra (Flag of Spain.svg España)
Coordenadas 42°41′02″N 1°57′30″O / 42.68388889, -1.95833333Coordenadas: 42°41′02″N 1°57′30″O / 42.68388889, -1.95833333
Resultado Victoria carlista
Beligerantes
Carlistas Liberales
Comandantes
Ramón Blanco Alfonso XII
Fuerzas en combate
17,000 12,000
Bajas
Desconocidas 1.000 bajas
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Durante la Tercera Guerra Carlista, cuando los liberales tenían tomado Lácar y otros pueblos vecinos, en la tarde del 3 de febrero de 1875 los carlistas asaltaron por sorpresa el pueblo de Lácar, en el valle de Yerri, capitaneados por el propio pretendiente Don Carlos.

Se generó un desastre total en el ejército liberal, en el que se contaron más de 1.000 bajas. Alfonso XII, muy joven todavía, tuvo que abandonar rápidamente el lugar de la contienda, donde se hallaba en esas fechas, pues estuvo a punto de ser capturado por las tropas carlistas.

Lácar lleva celebrando desde hace unos años un encuentro cultural haciendo referencia a éste y otros episodios ocurridos durante las Guerras Carlistas, en el siglo XIX; en concreto el 10 de junio se celebra en Lácar una representación teatralizada de la batalla de Lácar, ocurrida el 3 de febrero de 1875.

Desarrollo de la batalla[editar]

Panel de la Ruta del Carlismo en Lácar.

Don Carlos acudió personalmente para tomar el mando del ejército navarro, pasando revista el 29 de enero a todas las fortificaciones desde Obanos hasta Añorbe, tal como afirma el historiador liberal Antonio Pirala.[1]

Según el príncipe de Valori, el pretendiente fortificaba después de algún tiempo el Carrascal. Los soldados habían dejado sus fusiles. Abrían trincheras y elevaban parapetos. Las fortificaciones del Carrascal tenían por objeto bloquear Pamplona y obligar al enemigo a acudir en su ayuda. El cuartel general estaba en Puente la Reina, pero Don Carlos inspeccionaba continuamente las líneas. Iba escoltado por generales y por oficiales de su Estado Mayor y del Cuerpo de Ingenieros. Hacía tres años que sostenía la campaña, pero siempre discreto y modesto, no obraba sin previo consejo de los expertos capitanes de la guerra de los siete años. La operación parecía razonada en sí misma; pero hubieran sido precisas mayores fuerzas para cubrir una línea tan extensa. Así es que cuando dirigía una mirada sobre la línea fortificada, no se cansaba de repetir:

Dudo que el enemigo sea tan cándido que venga a atacarnos. Temo que envuelva nuestras posiciones.[2]

Y decía a sus generales experimentados:

Soy el Jefe supremo, pero como no tengo más que veintiséis años, cedo ante vuestras canas.[3]

La víspera de la batalla, envió a uno de sus ayudantes a la oficina telegráfica de Puente la Reina. Se trataba de ponerse en comunicación con el capitán general carlista de Vizcaya y de darle órdenes especiales. Poco antes de la llegada del oficial, habían sido rotos los hilos telegráficos. Don Carlos, acompañado de algunos voluntarios, creyó oportuno inspeccionar la línea telegráfica. Próximo ya a Cirauqui, se le dijo: «¡El enemigo está allá!» Tras subir a una altura, descubrió una fuerza enemiga, de cerca veinte mil hombres, que ocupaba Lorca, Lácar y las eminencias que dominan esas poblaciones. Don Carlos echó entonces mano de un lápiz y escribió al general Mendiri, que se hallaba en aquel momento en la extremidad opuesta de la línea.[3]

Torcuato Mendiri (1813-1884)

Según el príncipe de Valori, el pretendiente temía que el movimiento del enemigo fuera combinado, y eso es lo que sucedió: dos divisiones más de veinte mil hombres cada una, llegaban por lado opuesto. Los liberales no había sido tan cándidos, y Don Carlos lo comprendió. Cuando Mendiri recibió el aviso de su rey, supo del movimiento de los liberales, que envolvían las posiciones del Carrascal. Rápidamente mandó concentrar todas las fuerzas carlistas en Puente-la-Reina. Los carlistas se vieron entonces obligados a abandonar esa línea estratégica en la que fundaban todas sus esperanzas sin haber visto al enemigo.[4]

En la noche del 2 de febrero, Don Carlos conferenció largamente con Mendiri. La carretera real de Estella estaba ocupada —cosa que Don Carlos supo con posterioridad— por el mismo rey Alfonso XII y el general Fernando Primo de Ribera. Por el otro lado se hallaban Moriones y Despujols. La primera idea de los generales carlistas fue la de no exponer la artillería montada, que no podía prestar gran servicio en una región quebrada y llena de obstáculos. Se la despachó con la sola garantía de la marcha de sus mulas, pudiendo así salvarse. Luego todos los batallones pasaron el río. Don Carlos salió el último de Puente-la-Reina, y fue a descansar en Mañeru. Mendiri se trasladó a Cirauqui, siendo desplegadas las tropas en las cercanías, decidiendo Don Carlos que al día siguiente, al rayar el alba, comenzaría enérgicamente el ataque en toda la línea.[5]

El 3 de febrero, el cañón del Monte Esquinza hizo algún disparo contra los carlistas. Hacía buen tiempo y Don Carlos vestía el uniforme de Coronel de Guardias. Escoltado por este escuadrón, salió de Mañeru. Según Valori, al salir de la población, se le acercó una mujer, y tomando las riendas de su caballo, en ademán de impedirle el paso, exclamó: «¡Mueran nuestros hijos y nuestros hermanos; pero no expongáis Vos vuestra vida!».[6]

Sobre el camino de Mañeru y de Cirauqui, se dispararon algunos obuses sobre el Estado Mayor carlista, sin obtener resultado alguno. Don Carlos no oía el fuego de fusilería que había ya comenzado. Se dirigió a toda prisa hacia el punto donde estaban Mendiri y las fuerzas escalonadas cerca de Cirauqui. Cerca de las nueve de la mañana Mendiri se dirigió al encuentro del pretendiente con su Estado Mayor. Don Carlos preguntó cómo no había comenzado aún el ataque, a lo que el general contestó que era imposible, conduciéndole a una pequeña altura. Allá le explicó las posiciones enemigas, indicándole que hubiera sido temeridad atacar; pero opinando lo contrario Don Carlos, creyó que era más oportuno no demorar la acción. Después de un maduro examen, se convino en consultar a un consejo de guerra compuesto de generales. Tan pronto los batallones vieron a su caudillo, todas las músicas entonaron la Marcha Real, rayando en frenesí el entusiasmo de los soldados, que gritaban «¡Viva nuestro Rey! ¡Viva nuestro General!». Según el príncipe de Valori, la presencia de Don Carlos les inspiraba confianza.[7]

Se oyeron algunas voces de «¡mueran los traidores!» que no se supo de dónde salían. Los soldados ansiaban pelear a costa de cualquier sacrificio. Don Carlos dijo a Mendiri:

Mira estos soldados, con tales hombres podemos llegar hasta el fin del mundo. Deploro el tiempo que hemos perdido esperando la reunión del Consejo. Temo más una retirada sin lucha que una derrota combatiendo. Importa mucho que los soldados sepan que entre nosotros no hay traidores; que hemos hecho lo que hemos podido frente el número que nos ha abrumado.[8]

Fotografía de Don Carlos durante la guerra rodeado de voluntarios.

El consejo de guerra se reunió junto a un foso de la carretera real. Mendiri dio cuenta de la situación y la discutió. La mayoría de los jefes participaba del entusiasmo de los soldados y de su deseo de pelear. Ante lo dicho por Mendiri, se vieron obligados a opinar como él, en pro de la retirada. Cuando le tocó hablar al Jefe supremo, dijo que agradecía mucho sus consejos, que, militarmente hablando tenían razón, pero que se veía obligado a obrar contra toda consideración ordinaria. Según Valori, Don Carlos dijo entonces:

Atacaremos, debiendo ser Lácar nuestro objetivo. Emprenderemos el ataque a las cuatro y media, al objeto que tengáis el tiempo suficiente de regresar a vuestros puestos y de reuniros a vuestras tropas. Esta hora es propicia, porque el enemigo no sospechará verse molestado a una hora tan avanzada, y, como tenemos pocas municiones, no podríamos sostener el fuego más allá de dos horas. La bayoneta suplirá esta falta. A esa hora nada tenemos que temer de Moriones y de Despujols, que no se atreverán a socorrer a Primo de Rivera.

Señores, como Rey y como general, cargo sobre mí la responsabilidad de esta jornada , exigiendo de vosotros tan sólo la responsabilidad en la ejecución de las órdenes que os transmita.[9]

El anciano general Elío, que estaba al lado de Don Carlos, hizo una sonrisa de asentimiento.[10]

A las cuatro y media en punto, los pequeños cañones Vitwort dieron la señal, haciendo una sola descarga. Entonces los batallones carlistas cayeron como una avalancha sobre la población atrincherada. Diez minutos después cesó el fuego: carlistas y alfonsinos habían llegado a las manos. Se atacó a la bayoneta. El conde de Bardi y el marqués de Valde-Espina, que no tenían mando, fueron los primeros que entraron en Lácar. Bardi se cubrió de gloria; Don Carlos le dio la cruz de San Fernando, y el Conde de Chambord, separándose por una vez de la costumbre que se había impuesto, decoraría al joven príncipe con la cruz de San Luis. El conde de Bardi, que era hermano de la esposa de Don Carlos, salvó la vida a gran número de prisioneros, gritando: «¡En nombre de la Reina, respetadles sus vidas!».[11]

Al principio del combate, Don Carlos se hallaba en una altura. Apercibió en el camino de Esquinza un grupo de jinetes que se alejaban a toda prisa. Era Alfonso XII, que podría haber llegado a caer prisionero si hubieran pasado algunos minutos más. Según Valori, la madre de Alfonso, Isabel II, que se hallaba exiliada en Francia, se oponía a los liberales y tenía simpatías carlistas, llegando a decir al respecto: «¡Hubiera preferido ver a Alfonso prisionero de Carlos, que cautivo de la Revolución!».[12]

Durante la batalla, llegó un oficial, anunciando que Moriones ejecutaba un movimiento envolvente. Don Carlos le detuvo, para no infundir el desaliento; por otro lado no creía en él, y tenía razón. Tras una lucha calificada como heroica por el príncipe de Valori, los liberales huían a la desbandada.[13]

Después de la batalla, los generales insistieron en que Don Carlos ostentara en su pecho la Gran Cruz de San Fernando. Y el pretendiente la llevó todo el resto de la campaña.[13]

Referencias[editar]

Bibliografía[editar]

  • Príncipe de Valori (1889). Dos reyes. Barcelona: Imprenta de Bertrán y Altés, calle de Pelayo, 6 bis. pp. 225-233.