La metamorfosis

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La metamorfosis
de Franz Kafka Ver y modificar los datos en Wikidata
Metamorphosis.jpg
Portada de La metamorfosis (1916).
Editor(es) René Schickele Ver y modificar los datos en Wikidata
Género Novela y cuento Ver y modificar los datos en Wikidata
Subgénero Épica, Erzählung (de), realismo mágico, literatura del absurdo y povest Ver y modificar los datos en Wikidata
Idioma Alemán Ver y modificar los datos en Wikidata
Título original Die Verwandlung Ver y modificar los datos en Wikidata
Artista de la cubierta Ottomar Starke
Editorial
  • Kurt Wolff Ver y modificar los datos en Wikidata
País Imperio austrohúngaro y Austria Ver y modificar los datos en Wikidata
Fecha de publicación Octubre de 1915 Ver y modificar los datos en Wikidata
Páginas 95
Texto en español La metamorfosis en Wikisource

La metamorfosis o La transformación (Die Verwandlung, en su título original en alemán) es un relato de Franz Kafka publicado en 1915 que narra la historia de Gregorio Samsa, un comerciante de telas que vive con su familia a la que él mantiene con su sueldo, quien un día amanece convertido en un enorme insecto.

Fue incluida en la serie Great Books of the 20th Century (Grandes libros del siglo XX), publicada por Penguin Books.

Título en español[editar]

En ocasiones el título es traducido como La transformación. Esto se debe a que en alemán, la voz Verwandlung corresponde a 'cambio', 'transformación', 'conversión', 'reducción', 'mutación', y solo como 'metamorfosis' cuando apunta al lenguaje de la mitología clásica. De hecho, la palabra en alemán para denominar metamorfosis, es Metamorphose, término que registra claramente su equivalencia y que le haría prescindir de la voz Verwandlung para su traslación idiomática. Esto supone además, la existencia de otro sustantivo con valor semántico independiente. Por ello, y además, optar por la palabra metamorfosis podría significar elegir un sustantivo muy concreto y atinente a cierto sector de la literatura, como es en este caso, la griega. De ahí en adelante «pueden cometerse errores hermenéuticos peculiares y sesgados, como valorar la obra por su carácter de 'fantástica transmutación' o 'suceso extraordinario', tan propios de las artes escritas en Grecia, pero impropias en la narrativa kafkiana».[1]

Interpretaciones[editar]

Entre las más obvias están las referidas al trato de una sociedad autoritaria y burocrática hacia el individuo diferente, donde éste queda aislado e incomprendido ante una maquinaria institucional abrumadora y que ni él comprende ni tampoco es comprendido por ella.

Una interpretación reconocida se refiere a la identidad desdoblada de Kafka, quien por un lado siente nostalgia por la identidad judía de sus abuelos y por otro siente que no logra hacer pie en el mundo "gentil" de Praga al que pertenece su padre.[cita requerida]

Otra interpretación podría ser que la obra plasma el egoísmo humano ante el bienestar de los demás. Esto lo podemos identificar en la obra en la situación en la que se encontraba Gregorio, ya que sobre él recaía todo el peso de mantener económicamente a su familia. Sin embargo cuando la situación gira y ahora es la familia la que tiene que hacerse cargo de Gregorio, ésta rehúye responsabilidades y lo dejan morir.[cita requerida]

También se dice que Franz Kafka escribió La metamorfosis en forma de autobiografía, obviamente exagerada, de sus sensaciones anímicas y percibir físico.[cita requerida] Precisamente el apellido del personaje, "Samsa", es a su vez similar al del propio Kafka con el cambio de consonantes correspondiente.

Los tres sentidos canónicos de la obra[editar]

Para argumentar los sentidos canónicos nos valdremos de tres aproximaciones a la obra, una por parte de un doctor en Letras de la UNAM (http://luisquintanatejera.com.mx/), otra de un profesor de un IES español (https://www.facebook.com/eugeniosanchezbravo) y la última de una licenciada en Filosofía, en la Universidad de Chile, en su labor de crítica teatral (http://www.elmostrador.cl/autor/teresa-concha/).

Resumiendo, se suele establecer tres ejes para encontrar un sentido a lo que Kafka nos quiso transmitir en su libro: un sentido biográfico, otro psicológico y aún un tercero sociológico. Sentidos que, aparentemente, no sólo no son contradictorios entre ellos, sino que, de alguna manera, se potencian y se dan, por decirlo así, la razón unos a otros. Difícil muro a ser derribado, si cada explicación actúa como contrafuerte de las otras dos.

Biográfico[editar]

En el biográfico el análisis se focaliza en las difíciles relaciones establecidas entre Kafka y su familia. Y la familia no sale muy bien parada (“Todos los personajes se transformaban en escarabajos, en fin, aunque en escarabajos de distintas familias.”, dice Millás en el prólogo). Estaríamos, pues, ante un Kafka vengativo (que es mucho peor que vengador), que no duda en poner a caldo a su familia, pues parece claro que “[a] nivel familiar es donde se dan los hechos más dolorosos, según hemos argumentado” (Luis Quintana), puesto que “Samsa-Kafka [es] perseguido por su padre y el jefe de la Oficina, traicionado por su hermana, apartado por su madre, tentado por el suicidio” (Eugenio Sánchez) y fruto de ello “comprendemos la profunda angustia de Gregorio convertido en un insecto” (Teresa Concha).

Psicológico[editar]

En el psicológico el análisis versa sobre cómo se siente Kafka, al que todo el mundo considera el alter ego o trasunto de Samsa, y parece claro: se siente un bicho repugnante, odioso y deshumanizado. Este análisis de la psique de Kafka-Samsa muestra “el carácter de este hombre que sufrió y luchó por un mundo que le volvió la espalda en el momento en el que más lo necesitaba” (Luis Quintana). O sea, Kafka, nos dice este análisis, muestra o bien lo que él piensa que los otros piensan de él, o bien, y en otro sentido radicalmente divergente, lo que él piensa de sí mismo. Una psique que no es capaz de liberarse de “las trampas que existen en las relaciones familiares” (Eugenio Sánchez). Estaríamos, pues, ante una psique torturada, y el texto sería “una crítica implacable” (Eugenio Sánchez) de esa especie de Super-Yo freudiano que hace del sujeto un ente culpabilizado que acaba sintiéndose nada mejor que una cucaracha.

Sociológico[editar]

El sociológico es, tal vez, el análisis que da más juego y se presenta como más provechoso:

- “El insecto representa a todos los marginados del mundo. Es fácil reconocer en la transformación del insecto los efectos de la vejez o del SIDA.” (E. Sánchez)

- “[L]as abrumadoras palabras de su progenitor: «Indigencia. Indigencia. Hazte cargo de tu familia. Produce»” (T. Concha)

- “Gregorio representa la imagen del héroe contemporáneo, traumatizado y abandonado por la sociedad a la cual había servido durante tanto tiempo” (L. Quintana)

- “Gregorio y el aspecto laboral regido por el sometimiento, y Gregorio y el resto de la sociedad, caracterizada por la exclusión del personaje” (L. Quintana)

- “[E]l egoísmo humano ante el bienestar de los demás.” (Wikipedia, castellano)

- “Entre las más obvias están las referidas al tratamiento de una sociedad autoritaria y burocrática hacia los individuos diferentes, donde estos quedan aislados e incomprendidos ante una maquinaria institucional abrumadora y monótona que ni él comprende ni ésta lo comprende a él” (Wikipedia, catalán)

- “una alegoría de las diversas actitudes que toma el ser humano ante la enfermedad grave e irreversible y de cómo, a pesar de todo, la vida continúa.” (Wikipedia, catalán)

- “[U]na alegoría del enfrentamiento del hombre ante un mundo moderno que lo oprime y lo borra” (Significados.com)

Parece clara la conclusión del análisis sociológico: la sociedad, a quien no cumple con lo establecido, al héroe (tal vez incluso al superhombre nietzscheano), al otro, al extraño, al enfermo, al improductible, en fin, a todo aquél del que no puede extraer rédito, no sólo lo ningunea, sino que lo cucarachea, lo hace bicho y le obliga no sólo a ser, sino a saberse indigno y repugnante.

(un cuarto) Metafísico[editar]

Y aún hay otro cuarto sentido, casi metafísico, que, como nos recuerda Millás en su prólogo a la edición comentada, nos propone Gustav Janouch (Conversaciones con Kafka) “Para mí el autor de La metamorfosis, El proceso, Un médico rural, En la colonia penitenciaria y las Cartas a Milena, obras que conozco, es el anunciador de una responsabilidad ética consecuente para con todos los seres vivos […] Franz Kafka es para mí uno de los últimos (y, quizá por su misma proximidad, uno de los más grandes) anunciadores de fe y de sentido con que cuenta la humanidad”.

Buscando un sentido alternativo[editar]

Buscando a Kafka[editar]

Pero ¿Y si, si bien es válido encontrar a la obra múltiples sentidos -en función, obviamente, de nuestros intereses, aunque ello imprima un sesgo a la búsqueda de esos sentidos- Kafka no hubiera albergado ninguno de esos -ya canónicos- sentidos al escribir La metamorfosis? Veamos lo que Millás en su prólogo recoge: “Dice Maurice Blanchot que aunque Kafka sólo quiso ser escritor, en su Diario íntimo se revela como algo más, de modo que una vez leído este diario, «es a él al que buscamos en su obra». Y añade: «Esa obra forma los restos dispersos de una existencia que aquélla nos ayuda a comprender, testigo inapreciable de un destino excepcional que, sin ella, habría permanecido invisible».”

Así pues “«es a él [, a Kafka,] al que buscamos en su obra»”. Busquémosle, pues.

Si queremos, porque parece ser que sí queremos, ver a Kafka en Samsa, proponemos ver en la transformación de Samsa en cucaracha, la transformación de Kafka en escritor, y en base a ellos, analizaremos a continuación el desarrollo del argumento.

A partir de aquí, y hasta nuevo aviso, donde aparece Kafka, se debe leer Samsa, y donde escritor, cucaracha.

Kafka un día se descubre, y se reconoce, a sí mismo como escritor, profesión que sabe que le va a alejar de una forma radical de su familia, incluso, ¿por qué no?, es posible que ni le entiendan, por -o a pesar de- ser escritor y aunque él y su familia utilicen el mismo idioma. Pero Kafka no siente odio ni rabia por el tiempo en que sí se entendían, el tiempo en que, de alguna manera, él les pertenecía (“a su alrededor todo estaba tranquilo, aunque, sin duda, la casa no estaba vacía. «Qué vida tan apacible lleva mi familia», se dijo Gregor y, mientras miraba fijamente en la oscuridad, se sintió muy orgulloso de haber podido proporcionar a sus padres y a su hermana una vida así, en una casa tan bonita.” La metamorfosis). Sin embargo, sí le preocupa cómo en el futuro su decisión de anteponer su profesión, ser escritor, impactará en sus relaciones familiares (“Pero ¿qué pasaría si toda la calma, todo el bienestar, toda la satisfacción, tuvieran ahora un espantoso final?” La metamorfosis). En ningún momento de la novela Kafka nos muestra un sentimiento negativo o vengativo para con su familia, ni tan siquiera en el más que famoso final, al que volveremos más tarde. Leamos Carta al padre, donde Kafka objetiviza con una dureza tranquila su relación familiar (“Compáranos [le dice a su padre] a los dos: yo, para expresarlo muy brevemente, un Löwy con cierto fondo de los Kafka, pero un fondo que no entra en actividad por la voluntad de vida, de negocios, de conquista, de los Kafka, sino por un aguijón de los Löwy que empuja en otra dirección y de un modo más secreto, más recatado, y que muchas veces deja por completo de empujar. Tú en cambio un auténtico Kafka en fuerza, salud, apetito, volumen de voz, elocuencia, autocomplacencia, sentimiento de superioridad, tenacidad, presencia de espíritu, don de gentes, una cierta generosidad, pero también, como es natural, con todos los defectos y deficiencias, inherentes a esas cualidades, a que te incita tu temperamento y a veces tu irascibilidad […] al decirte esto, te ruego encarecidamente que no olvides que ni por lo más remoto he creído yo nunca en una culpabilidad de tu parte” Carta al Padre), si la comparamos con La metamorfosis, donde no hay sino muestras de amabilidad de Kafka hacia su familia (y no sólo “se sintió muy orgulloso [de su familia]”, sino que cuando la última hora está cercana, Kafka “Pensaba en su familia con cariño y emoción.” La Metamorfosis) y lo sumamos a lo indicado en el párrafo anterior, la explicación psicológica que quiere ver en La Metamorfosis el relato de un alma torturada y vengativa parece hacer aguas.

En su crecimiento -transformación- como escritor, en su búsqueda de la necesaria independencia, Kafka sabe de la necesaria separación material, y no sólo espiritual (psicológica) de su familia. Esa separación no está exenta de contradicciones y dudas, y aunque no culpa a nadie, y especialmente no a su familia, acaba aceptando ese alejamiento como algo que, más que querido, es natural e inevitable (“¿Será que ahora tengo menos sensibilidad?», pensó mientras chupaba con avidez el queso, que le había atraído enseguida más que cualquier otra cosa. Uno tras otro, y con los ojos llenos de satisfacción, devoró rápidamente el queso, las verduras y la salsa; los alimentos frescos, en cambio, no le apetecían, ni siquiera podía soportar el olor, e incluso apartó un poco las cosas que quería comer.” La metamorfosis) Y no es que Kafka fuera ciego a la ignominia del tratamiento paterno, sino que, ya de adulto, era capaz de tener la lucidez de objetivizar, y con ello entender -que abarca más, mucho más que el mero perdonar- al padre: “el mundo quedó dividido para mí en tres partes: una en la que yo, el esclavo, vivía bajo unas leyes que sólo habían sido inventadas para mí y que además, sin saber por qué, nunca podía cumplir del todo; después, otro mundo que estaba a infinita distancia del mío, un mundo en el que vivías tú, ocupado en gobernar, en impartir órdenes y en irritarte por su incumplimiento, y finalmente un tercer mundo en el que vivía feliz el resto de la gente, sin ordenar ni obedecer.” (Carta al Padre) ¿Encontraremos algo parecido en La Metamorfosis? No, ni siquiera cuando se entera que su padre lo engañó ocultándole que tenía fondos suficientes para pagar la deuda, Kafka, o sea, Samsa se lo recrimina: “Detrás de su puerta Gregor asentía entusiasmado, satisfecho de aquella inesperada previsión y de aquel ahorro. En realidad, con ese dinero sobrante habría podido pagar la deuda del padre con el jefe y hubiera tenido más cerca el día en el que poder librarse de ese puesto, pero ahora sin duda era mejor así, tal como lo había dispuesto el padre.” No hay ningún vestigio ni de venganza ni de acusación en La Metamorfosis, tampoco parece, así pues, que el análisis biográfico, especialmente en su aspecto de vindicación o desquite, sea una buena pista para aprehender el sentido último del libro.

Pero ese crecimiento, el de su faceta como escritor, no está libre de paradojas. Kafka, el de verdad, antes de dedicarse por entero a ser escritor, había sido copropietario junto con su cuñado Karl Hermann de una fábrica de asbesto. Kafka se arrepintió́ pronto de haberse embarcado (obviamente, bajo la presión de su familia, que deseaba verle convertido por fin en diligente ciudadano, dedicado sobre todo a acumular dinero) en esa aventura empresarial, que le robaba el poco tiempo que disponía para escribir, e incluso estuvo muy próximo al suicidio. Al estallar la guerra, la fábrica dejó de producir y en 1917 fue clausurada definitivamente. En paralelo Kafka, el de La metamorfosis -o sea, Samsa-, “había empezado a trabajar con especial ahínco y, casi de la mañana a la noche, había pasado de ser un modesto dependiente a un representante, lo que, naturalmente, le ofrecía unas posibilidades muy distintas de ganar dinero, y cuyos éxitos laborales se transformaban de inmediato en forma de comisiones en dinero en efectivo que podía poner en casa sobre la mesa para el asombro y la dicha de su familia. Habían sido buenos tiempos”, pero llega el momento en que la naturaleza es más fuerte y le transforma en escritor -o sea, en cucaracha. Esta oposición entre anhelar ser escritor y desear ser miembro pleno y normalizado de la sociedad no le abandona ni en la vida (“Efectivamente, en su vida profesional Kafka llegó a demostrar amplias capacidades y, a pesar de sus reiteradas bajas por enfermedad, consiguió varios ascensos a lo largo de su carrera, debido seguramente a la calidad de sus informes y de sus inspecciones de trabajo para el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, un puesto con un horario de ocho a dos que le dejaba tiempo suficiente para leer y escribir”, Isabel Hernández Hervás) ni en la novela, aunque fuera como ensoñación delirante (“Gregor pasaba los días y las noches casi sin dormir. De vez en cuando pensaba que la próxima vez que se abriera la puerta volvería a coger las riendas de los asuntos de la familia exactamente igual que antes; en sus pensamientos volvieron a aparecer después de mucho tiempo el jefe y el apoderado, el dependiente y los aprendices, el mozo de los recados que era tan lerdo, dos o tres amigos de otras empresas, una camarera de un hotel de provincias, el recuerdo feliz y fugaz de la cajera de una sombrerería a la que había pretendido formalmente, aunque con demasiados titubeos…” La metamorfosis). El análisis sociológico también parece no compadecerse con las experiencias y expectativas de Kafka, ni como ciudadano ni como escritor.

Parece ser, que remedando lo que dice Blanchot, nos vamos acercando al sentido de la obra y ahora sí “«es a él [, a Kafka,] al que encontramos en su obra»”. Sigámosle, pues. Kafka ama a las mujeres, y no sólo a las de su familia. Se especula, como lo hace, por ejemplo, Elías Canetti, con la posibilidad de que incluso tuviera un hijo con Grete Bloch. Y Grete (la hermana, la amante) es la única razón por la que sale de su guarida a riesgo de…

Cuando Kafka habla de la madre, y oculto tras su compasiva actuación, nos muestra que es tal vez la única que no pierde la esperanza de que algún día abandone ese anhelo de ser escritor y, por qué no, se convierta -se retransforme- en el hijo que ella desea: un padre solícito, un marido honrado, un ciudadano hacendoso: “—¿Y es que acaso no…? —concluyó la madre en voz baja, casi susurrando, como tratando de evitar que Gregor, cuya posición exacta ella ignoraba, oyera siquiera el sonido de la voz, pues estaba convencida de que no entendía las palabras—. ¿Y es que acaso no parece como si, al retirar los muebles, estuviésemos renunciando a toda esperanza de mejoría y lo abandonásemos a su suerte sin ninguna consideración? Creo que lo mejor sería que intentásemos dejar la habitación exactamente como estaba antes, para que Gregor lo encuentre todo tal como estaba cuando regrese con nosotros y pueda olvidar cuanto antes este lapso de tiempo.” (La metamorfosis)

La amante, la hermana, tanto en la vida real como en la novela, son de otro parecer: desean darle alas, desean que su transformación en escritor, aunque dolorosa y llena de renuncias, avance: “la hermana era de otra opinión; no sin razón, se había acostumbrado a hacerse pasar ante los padres como la única entendida al hablar de las cuestiones concernientes a Gregor, y por eso en esta ocasión el consejo de la madre fue para la hermana motivo suficiente para insistir en retirar no sólo el armario y el escritorio, en los que había pensado en un principio, sino todos los muebles, con excepción del imprescindible sofá. Naturalmente no fueron únicamente la tozudez infantil y la confianza que había ido adquiriendo de forma tan inesperada y difícil en el curso de los últimos tiempos lo que la había llevado a tomar esa decisión; de hecho, había observado cómo Gregor necesitaba mucho espacio para arrastrarse y, en cambio, por lo que se veía, no utilizaba los muebles para nada.” (La metamorfosis).

Cabe ya decir que en La metamorfosis no hay ni moralina ni moraleja. No hay ni ejemplos ni ejemplarizaciones. No hay llamada al deber (o sí la hay, pero en otro sentido). No hay dolor por haber sido abandonado ni odio por sentirse desamparado. No es una llamada tribal a no dejar de lado a los más débiles del grupo ni nos inquiere sobre la explotación en el trabajo. No reclama que seamos filántropos ni nos augura desdichas por no ser altruistas. No hay ni moralina ni moraleja, no es el estilo de Kafka. Pero hablábamos de un riesgo, y ese riesgo es -está escenificado por- la atracción que la dulce (aunque tosca) música de violín, tocado por una mujer, provoca en Kafka escritor. Si alguna duda tiene, sobre su afán de escribir, de ser escritor, no le viene por sentirse incapaz, sino por temer no disponer de tiempo, fuerzas y voluntad para escribir (“El matrimonio es la posibilidad de ese peligro, aunque también la posibilidad de su mayor salvaguarda, pero a mí me basta que sea la posibilidad de un peligro”, Carta al padre). Falta de tiempo, falta de fuerzas, falta de voluntad son los tres inquilinos de los que Kafka sabe de su intimidante presencia si se deja llevar por la música -el amor, el matrimonio- de Grete, su hermana, su amante.

Una carta de Kafka a Kafka[editar]

Todos los personajes han cumplido con su papel, y Kafka nos los ha mostrado sin moralina ni moraleja, sin odio ni rencor; por el contrario, de todos aprueba su obrar y los quiere como son y por lo que hacen. Tan sólo a los inquilinos, que aparecen junto con la dulce, aunque tosca, música de Grete -su hermana, su amante- los dibuja unidimensionales, negros sin fisuras, amenazantes, invasores: devoradores de tiempo, fuerzas y voluntad. Samsa le dice a Kafka que ya toca el fin, y que “[s]u propia opinión respecto a que debía desaparecer era si cabe más decidida que la de su hermana.” (La Metamorfosis). Y no sólo asume y se hace responsable de la decisión de ser, sobre todo y ante todo, escritor (recuerde y aplique el lector el trato sobre trasponer las palabras Kafka y escritor), sino que acaba la carta anunciándole -de hecho, recordándole- que su decisión no traerá la desgracia sobre su familia, que su familia, y en particular Grete, “se había convertido en una joven lozana y hermosa” (La metamorfosis).

Siendo que tal vez el quid de la cuestión, la quintaesencia de esta interpretación se base en la relación Kafka Grete, ruego me sea permitido aportar dos últimas voces como argumentos a favor de entender La Metamorfosis / La transformación como carta de Samsa/Kafka a Kafka/Samsa:

Argumento 1, de la mano del propio Kafka:

“Según una opinión extendida, el miedo al matrimonio viene a veces de que se teme que los hijos le hagan pagar a uno más tarde las faltas cometidas con los propios padres. En mi caso, creo, eso no tiene demasiada importancia, pues mi sentimiento de culpa procede en realidad de ti, y además está demasiado impregnado de ese carácter único que le es propio, es más, la sensación de ser algo único pertenece a su torturante esencia: impensable que pueda darse otra vez. Pero, con todo, tengo que decir que a mí me resultaría insoportable un hijo tan mudo, abúlico, seco, decaído; si no me quedara otra salida, yo seguramente huiría lejos de él, emigraría, como querías hacer tú por culpa de mi matrimonio. O sea, mi incapacidad para el matrimonio también puede ser debida a eso. “Pero mucho más importante al respecto es el miedo en cuanto a mí mismo. Eso hay que entenderlo del siguiente modo: ya he insinuado que con mi quehacer literario y con todo lo relacionado con esa actividad he hecho pequeñas tentativas de independencia, tentativas de evasión de mínimo éxito, que apenas llevarán más lejos, hay muchas cosas que me lo confirman. Y sin embargo es mi deber, o mejor dicho, la esencia misma de mi vida, velar por ellas, no dejar que se acerque a ellas ningún peligro que yo pueda ahuyentar, y ni siquiera la posibilidad de tal peligro. El matrimonio es la posibilidad de ese peligro, aunque también la posibilidad de su mayor salvaguarda, pero a mí me basta que sea la posibilidad de un peligro. ¡Qué haría yo si el matrimonio fuera en efecto un peligro! ¡Cómo iba a poder seguir viviendo en el matrimonio con la sensación, tal vez indemostrable pero en cualquier caso innegable, de ese peligro! Sin duda, frente a ese dilema puedo vacilar, pero la decisión final está clara, tengo que renunciar. La comparación del pájaro en mano y ciento volando sólo se puede aplicar aquí muy relativamente. En la mano no tengo nada, volando está todo y sin embargo -así lo determinan las condiciones del combate y las necesidades de la vida- tengo que elegir la nada. De modo semejante tuve que proceder al elegir profesión.” (Carta al padre, Frank Kafka)

Argumento 2, de la mano conjunta de Isabel Hernández Hervás, traductora y epiloguista de La metamorfosis, y otra vez del propio Kafka:

“Las consecuencias de este conflicto entre las obligaciones externas y las internas se reducían en realidad al continuo sentimiento de culpabilidad que tuvo siempre respecto de su familia y que quedó plasmado de forma extraordinaria en La metamorfosis. Seguramente por ello fracasaron todos sus intentos de contraer matrimonio, fundar una familia y tener hijos, pues renunciar a su vida de soltero era para él tanto como traicionar a la literatura, en la que él veía su único destino, tal como escribe en 1914: «La vida de funcionario podría ser buena para mí si estuviese casado. Me ofrecería un buen respaldo en todos los sentidos, frente a la sociedad, frente a la esposa, frente a la literatura, sin exigir demasiados sacrificios y sin degenerar por otra parte en una vida comodona y carente de independencia; porque, estando casado, no tendría que temer semejante cosa. Pero, como soltero, no puedo llevar a buen fin una vida así. […] Desde el punto de vista de la literatura, mi destino es muy simple. El sentido de la descripción de mi ensoñadora vida interior ha desplazado todo lo demás al terreno de lo accesorio y se ha atrofiado de un modo terrible, y no cesa de atrofiarse. Nada más podrá satisfacerme nunca.[…]»” (La metamorfosis, “Título original: Die Verwandlung, Franz Kafka, 1915. Traducción: Isabel Hernández. Ilustraciones: Antonio Santos. Epílogo: Isabel Hernández. Editorial Nórdica Libros, Madrid, 2015)

Epílogo a la búsqueda de un nuevo sentido canónico de la obra[editar]

El argumento, aún partiendo de un hecho fantástico, es tremendamente realista en su desarrollo (“Así pues, el que parecía el autor del absurdo se nos revela de súbito como el escritor del sentido. Y el libro que se nos venía presentando como una novela de terror deviene ahora en un relato de humor. Lo curioso es que todo ello, referido a La metamorfosis, es rigurosamente cierto. Más aún: tratándose de una novela fantástica, La metamorfosis es al mismo tiempo sorprendentemente realista.” Juan José Millás, prólogo a La metamorfosis), pero lo es con una lógica interna nada sencilla -como suele ser la vida misma- y la complejidad de un texto sólo en apariencia sencillo no puede ser abarcado por una sola explicación. Por ello nada más lejos de nuestra voluntad que afirmar haber dado con el sentido, si no tan sólo con un sentido, por mucho que pensemos -y lo pensamos- que este sentido, el de explicarse vía epístola uno a sí mismo algo, se acerca más que cualquier otro sentido biográfico, psicológico o sociológico -incluso metafísico-, aunque sea no más que por la mera razón de evitar cargar de moralina o moraleja a Kafka, o lo que viene a ser lo mismo, aunque no sea igual, a Samsa.

Personajes[editar]

Gregorio Samsa[editar]

Gregorio es el protagonista de la historia, tiene unos 23 años. Trabaja como viajante de comercio para mantener a su hermana y a sus padres. Se despierta una mañana como un monstruoso insecto. Tras la metamorfosis, Gregorio se encuentra incapacitado para trabajar, y esto obligará a su padre, a su madre y a su hermana, a trabajar para sustentarse. Pasa la mayor parte del tiempo en su habitación y es testigo del abandono y el desdén de parte de su familia, que crece poco a poco. A veces sale de su habitación para recorrer la casa en secreto.

Grete Samsa[editar]

Grete es la hija pequeña de la familia, hermana de Gregorio Samsa, tiene unos 17 años y medio. Se convierte en la cuidadora de Gregorio desde que éste se transforma en insecto. Al principio Grete y Gregorio tenían una relación muy íntima pero irá cambiando paulatinamente. Grete al principio se ofrece como voluntaria para alimentarle y limpiarle la habitación, pero cada día se despreocupa más por él. Ella toca el violín y parece tener cualidades como para ir al conservatorio musical, un sueño que secretamente Gregorio quería hacerle cumplir. Para aumentar los ingresos de la familia, Grete empieza a trabajar como dependienta en una tienda. Es quien propone al final, la idea de dejar morir a Gregorio, luego de que este hubiese, en teoría, ahuyentado a los inquilinos.

Señor Samsa[editar]

Es el padre de Gregorio. Contrajo hace años una deuda con el jefe actual de Gregorio. Por ello, Gregorio tiene que trabajar y planea saldar la deuda en 5 años. Cuando Gregorio se transforma, las circunstancias obligan a su padre a cambiar su carácter perezoso y vago y buscar un trabajo para mantener a la familia, lo que supone un rejuvenecimiento para él.

Señora Samsa[editar]

La señora Samsa es la madre de Gregorio. Al principio de la historia se encuentra conmocionada por su transformación aunque quiere entrar en su habitación. En ella se crea un conflicto interno, una suerte de lucha entre la repulsión que le produce el bicho y su instinto materno. Es asmática, lo que impide que pueda trabajar. En una ocasión se desmaya al encontrarse a Gregorio, lo que hace enfadar a Grete.

Tres huéspedes[editar]

Debido a la necesidad de dinero de la familia tras la transformación de Gregorio, deciden alquilar un cuarto a tres inquilinos. Son los tres de un carácter serio e inquisitivo. Estos se van luego de que el Señor Samsa hubiese intentado meterlos en la habitación de huéspedes por la fuerza, para evitar que vean a su hijo en forma de un insecto.

El gerente

Es otro personaje inquisitivo. Este se entera de que Gregorio es un insecto. Cuando comprueba que Gregorio no ha tomado el tren que le debería llevar a otra ciudad a trabajar, acude a casa de este, entrando casi hasta su habitación sin ningún tipo de respeto por su intimidad. Reprime a Gregorio llamándole irresponsable y vago por no haber salido a trabajar y por el poco rendimiento que, según él, está teniendo. Cuando Gregorio sale de su habitación, el apoderado se asusta y de una manera muy cómica sale disparado de la casa por las escaleras.

Criadas

La primera no tiene mucha importancia. La segunda, en cambio, le tenía miedo y le pidió a los padres de Gregorio que la dejaran encerrada en la cocina. Es la tercera criada quien no le teme a Gregorio y lo visita constantemente.

Ambientes[editar]

  • El comedor: Aquí está comiendo la familia y es el lugar donde hablan de los acontecimientos por los que están pasando debido a su mala situación económica.
  • La habitación de Gregorio: Éste es el lugar donde Gregorio pasa la mayor parte de su tiempo después de su transformación, la cual tiene una ventana donde se queda mirando por largos periodos de tiempo y también un sillón donde se esconde cuando se siente apenado.
  • La Sala: Lugar donde Sr. Samsa leía el periódico en voz alta y compartía con la familia antes de la transformación.

Resumen de la novela[editar]

Primera parte[editar]

Una mañana, después de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa trata de levantarse para asistir a su trabajo, pero se da cuenta de que durante la noche se ha transformado en un insecto; al darse cuenta de lo tarde que es, intenta comenzar sus actividades diarias habituales, pero al estar acostado sobre su espalda, no logra levantarse de la cama.

Su familia (su madre, su padre y su joven hermana Grete) acaba de preguntar sobre su estado. Gregorio ha cerrado las tres puertas de su habitación e intenta tranquilizarlos, pero ninguno se da cuenta de la singularidad de su voz.

El gerente de su trabajo llega a casa de Gregorio después de preguntar la razón del retraso tan inusual en Gregorio. Después de largos y penosos esfuerzos, Gregorio, cuya voz peculiar, «una voz bestial», trata de engañarlo y rechaza abrir la puerta y asomar la cabeza por el resquicio. El gerente se impacienta por la falta de explicaciones de Gregorio y comienza a agobiarlo con reproches por su falta de rendimiento, pero, al verlo convertido en un insecto, huye horrorizado. La familia de Gregorio se aleja de él y su madre lo evita en particular. Nadie comprende que Gregorio, pese a su apariencia, comprende y piensa todavía como un ser humano. Ciego de ira, el padre de Gregorio toma el bastón que dejó el gerente y lo conduce de nuevo a su habitación donde lo encierra.

Segunda parte[editar]

La familia de Gregorio pasa duros momentos por el miedo a que se sepa que albergan a un monstruo como él en su casa. Su padre comienza a odiarlo. Su madre todavía le muestra cierta piedad ya que es su hijo, pero se desvanece después de verlo. Su hermana Grete supera su repulsión y todos los días lo alimenta y limpia su habitación. Gregorio se esconde para que ella no pueda verlo y para no hacerla sufrir. No obstante, Gregorio quisiera que ella lo viera para así recibir un poco de amor. Un día, Grete y su madre, al descubrir que la nueva afición de Gregorio es moverse por la habitación, tanto por las paredes como por el techo, deciden sacar sus muebles para facilitarle la tarea. Gregorio a pesar de notar la buena acción, se siente despojado de sus bienes materiales, y una vez despojado de la mayoría a excepción de su sillón y un cuadro que a él le gustaba, decide, como último recurso, posarse sobre la pintura; cuando la madre y Grete deciden volver a entrar a la habitación, observan a Gregorio y la madre se desmaya; Grete sale de esta a buscar algo para despertarla y Gregorio sale tras de ella, preocupado, intentando ayudar también. La hermana vuelve a entrar a la habitación y cierra la puerta, llega el padre, y su hija Grete le comenta lo que había sucedido. Su padre, pensando en que su hijo llevó a cabo una actitud violenta contra su familia, comienza a arrojarle manzanas para hacerlo retroceder; una le golpea en la espalda y queda incrustada en ella.

Tercera parte[editar]

Nadie cuida a Gregorio y su herida se infecta. Como Gregorio ya no puede trabajar para ayudar a su familia, la familia alquila una parte de la vivienda a tres personas. Pese a su invalidez, su familia termina por aceptarlo. Pese a ello, una tarde Gregorio sale de su habitación atraído por la música interpretada al violín por su hermana. Por desgracia, los tres inquilinos lo ven y deciden marcharse de inmediato y sin pagar, no por su presencia, ya que éste se les hacía curioso, sino por el mal trato que reciben de la familia al intentar que no lo vieran. Enfrentada a una situación sin remedio, su hermana propone entre lágrimas deshacerse de Gregorio. Todos están de acuerdo porque creen que han hecho todo lo que han podido, pero no saben qué hacer. Sin embargo, Gregorio, desesperado y ya sin alimentarse desde hacía días, es encontrado muerto por la sirvienta y desechado a la basura. Ligeramente apenados, pero sobre todo aliviados, la familia se alegra de poder comenzar una nueva vida y salen para dar un paseo. Los padres se dan cuenta que Grete se ha convertido en una joven agraciada y comienzan a planear cómo casarla.

Referencias[editar]

  1. Jordy Llovet, «Notas sobre La transformación», 2005 Random House Mondadori

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