Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas

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El Gobierno Revolucionario fue una dictadura militar impuesta en el Perú tras el golpe de Estado del 3 de octubre de 1968. La Junta Militar liderada por el General Juan Velasco Alvarado nombró el 3 de Octubre de 1968 al General Velasco presidente del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas.

El General Velasco, en lo económico, promovió reformas de carácter nacionalista, socialista con tendencias soviéticas y yugoslavas.

En lo político y militar tuvo como eje central de gobierno la recuperación peruana de las provincias cautivas de Arica, Pisagua e Iquique.

Se estima que entre 1969 - 1975 la administración del General Velasco gastó un aproximado de US$ 5.000 millones de dolares americanos de la época (unos $30.000 millones de USD del 2011) en armar a las fuerzas armadas del Perú para una invasión del norte chileno (concretamente Arica y Pisagua, Iquique era la última etapa).

El dia ´D´ para la invasión peruana era el 5 de Agosto de 1975.

Sin embargo, el General de División del Ejército del Perú Francisco Morales Bermúdez temeroso de la reacción de los Estados Unidos y Brasil y las posibles consecuencias contra el Perú, decide dar el Tacnazo, el golpe de estado que en Agosto de 1975, depuso de la presidencia del Perú al General Velasco. Morales, prosiguió el régimen militar aunque con medidas alejadas del socialismo y mas bien regreso al Perú a la órbita de los EEUU.

En 1979, el gobierno de Morales Bermúdez convocó a una Asamblea Constituyente, la cual promulgó una nueva constitución en 1979, bajo cuya regencia se convoca a las elecciones democráticas de 1980 con los cuales concluye el docenio militar.

El General Velasco Alvarado y los cien años de la Guerra del Pacífico[editar]

En Octubre de 1968 es derrocado el presidente del Perú Fernando Belaúnde Terry y llega al poder del Perú un nuevo militar, como tantos que han pateado las puertas del Palacio de Gobierno en la historia del Perú. Estaba escrito, sin embargo, que este General iba a cambiar radicalmente la historia no sólo del Perú, sino de alguna manera, la de todo el continente.

Se trataba del General del Ejército del Perú, Juan Velasco Alvarado, un rígido hombre de armas piurano, de origen humilde y forjado por un pasado duro, cuyo carácter sólido y avasallador lo llevó rápidamente a perfilarse como líder formal y natural de los uniformados peruanos, aunque también tenía a su favor que contaba con una enorme simpatía entre amplios sectores de la sociedad peruana de ese entonces.

Esto explica que no haya trepidado en derribar por la fuerza al Gobierno e imponer con todo su peso una fuerte dictadura caudillista, aquel día de octubre de 1968.

Para comprender lo que ocurría entonces en el ambiente político y militar limeño, debe recordarse que Perú experimentaba los rigores de una curiosa simbiosis entre los dogmas de las corrientes marxistas tradicionales cruzadas con un militarismo de fuerte acento nacionalista, inspirados en parte por el fenómeno iniciado con Fidel Castro y la Sierra Maestra en Cuba, al lograr comprometer las fuerzas militares con la causa revolucionaria y pro-soviética. De ahí que uno de los primeros logros del General peruano haya sido, precisamente, un tratado comercial entre Perú y la Unión Soviética, firmado el 17 de febrero de 1969, a pesar de su fingida distancia con el bolchevismo.

Este movimiento de hibridismo político habíase iniciado por el año 1950, con la fundación de la escuela del Centro de Altos Estudios Militares (CAEM), en cuyo seno se arraigó la semilla del socialismo militarista y del revanchismo antichileno que tan buen abanderado habían encontrado en el General Velasco Alvarado.

El nuevo pensamiento tenía gran arraigo en amplios sectores militares del Perú, de los que Velasco Alvarado era su líder, siendo apodado entre los suyos como "Juan Sin Miedo" por su controvertida y a veces temida personalidad del General.

Cabe indicar que este tipo de confraternidades y escuelas militares, de innegables intereses expansionistas o hegemónicos, fueron comunes en aquellos años de la post Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría.

El caso más conocido quizás sea el del Grupo de Oficiales Unidos (GOU) del General Juan Domingo Perón que, so pretexto de mantener las relaciones con los países del Eje durante la Segunda Guerra y declarando una dudosa adhesión incondicional a las causas del fascismo europeo, planificaron intervenciones en Bolivia, Perú y Uruguay, y un abierto intento de invasión a Chile, en 1944, que estuvo a sólo 20 días de concretarse. Este movimiento quedaría enraizado entre los antecedentes más arcaicos del justicialismo platense.

En el caso del movimiento militarista peruano, había un aditivo nostálgico que recordaba los tiempos en que Perú era Virreinato, y antes de ello, Imperio Inca, sombras melancólicas del esplendor bajo las cuales ha crecido la sociedad peruana en varias etapas de su vida independiente, como se ve desde el experimento del Protector Andrés de Santa Cruz, durante la guerra de 1836-1839 contra los confederados perú-bolivianos. La restitución de territorio del viejo Perú era, por lo tanto, el objetivo mental y la inspiración de muchos militares ligados al CAEM.

Quiso el destino que este movimiento, sin embargo, se encontrara de la mano de otra fuerte corriente social que bien pudo estar asociada a las causas del incontenible nacionalismo experimentado por los uniformados desde la izquierda política: el reivindicacionismo peruano, reflotado con fuerza hacia el año 1970, con expectativas de celebrar los cien años de la Guerra del Pacífico con el "Perú íntegro", es decir, recuperando la región al norte de Tarapacá, "usurpada" por Chile durante el conflicto. Aunque parezca increíble, parece ser que algunos exiliados chilenos radicados en Bolivia y Perú durante aquellos años, solidarizaron no sólo con el marxismo del gobierno velasquista, sino directamente con sus afanes revanchistas y sus pretensiones sobre Arica.

De nada valía ya recordar las oscuras intenciones por las que Perú se involucró en esa guerra que le era ajena, ni cómo Tarapacá era un mínimo del territorio ocupado por Chile que podría haber sido desprendido del Perú, ni cómo Chile devolvió Tacna en 1929, etc. Lo único que a Perú y a Velasco Alvarado importaba en ese momento era que la hora de la revancha se acercaba... Y no podía hacerlo en mejor tiempo.

Se desata frenesí armamentista del General Velasco Alvarado[editar]

Con un gobierno decidido a imponer los ajustes que consideraba necesarios para el futuro nacional, el Perú quedó sujeto a una serie de inusitados cambios que modificaron dramáticamente su economía y su agricultura, incluyendo una de las reformas y reestructuraciones agrarias más radicales de las que se tenga registro en la historia humana. El General proclamaba su inspiración revolucionaria para conducir esta clase de ajustes, en el alzamiento del líder indígena Tupac Amaru en el siglo XVIII.

A nivel diplomático, el acercamiento del Perú a la Unión Soviética comenzó a tejerse a la par de la expulsión de las delegaciones norteamericanas en Lima, a pesar de que el General Velasco Alvarado había insistido innumerables veces en su distancia con respecto a las potencias de la Guerra Fría ("La Revolución Peruana", General Juan Velasco Alvarado, 1973) al igual que lo han hecho en su momento varios líderes del marxismo internacional, como Fidel Castro y Nicolae Scaucescu.

Pero el rasgo más característico y decisivo de la administración de Velasco Alvarado fue, sin duda, el armamentismo descontrolado, como pocas veces se haya visto en un país del Tercer Mundo. Aunque el Gobierno peruano declaraba por entonces que estos gastos llegaban "sólo" a los mil millones de dólares, cálculos internacionales más realistas acercaban esta cifra a los 5 mil millones de la época.

Tras el golpe militar de 1968, Perú había iniciado de inmediato gestiones en Europa para adquirir más aviones de combate de última tecnología. Era una medida inédita hasta entonces; inesperada, por lo demás, en un país sudamericano. Según el "Journal of Defence and Diplomacy", ya contaba ese año con más de 50.000 hombres permanentes en sus cuarteles.

Es preciso recordar que, mientras el Perú mantenía este verdadero frenesí armamentístico, las fuerzas armadas de Chile llevaban casi 40 años afectadas por la falta de abastecimiento y por la crisis financiera que afectaba los salarios de sus miembros, grave situación que motivó el alzamiento del General Roberto Viaux y el Regimiento Tacna, en octubre de 1969, además de las prepotencias diplomáticas argentinas mantenidas en relación con la cuestión del Beagle.

Desde 1970, el Perú lideraría así a toda América Latina como comprador de armas, tanto a consecuencia de todo el proceso armamentista que hemos descrito, como también de la decisiva hora en que comenzó a abastecerse directamente de la Unión Soviética, llegando a ser su principal comprador en el mundo, lo que permitió que Moscú otorgara préstamos a largo plazo para su cliente estrella, destinados a incrementar más aún los abastecimientos militares: 200 tanques modelo T-54 y T-55, aviones de combate de última generación (llegó a tener 100, siendo la Fuerza Aérea más poderosa de Sudamérica, estatus que aún pretende mantenerse), bombardeos supersónicos y miles de toneladas en municiones, cañones, bombas, lanzacohetes, baterías antiaéreas y todo lo necesario para montar una guerra a gran escala. Según la revista alemana "Stern", las armas que los rusos enviaban al Perú llegaron a superar a las que despachaban para Vietnam.

En tanto, en 1970 había llegado a la presidencia de Chile, el Doctor Salvador Allende Gossens, representando la coalición del izquierda de la Unidad Popular (UP) que agrupaba a las fuerzas de la izquierda chilena. Esto fue un leve respiro para quienes visualizaban el peligro que Velasco Alvarado y sus hombres, fieles al bolchevismo, pudiesen haber representado de la mano del movimiento revanchista contra Chile. La UP era de la simpatía del militar peruano, especialmente por su actitud anti-norteamericana y pro-castrista.

Una vez que el Gobierno de Allende y su Canciller Clodomiro Almeyda comprometieron a la Argentina en la mantención de momentáneas buenas relaciones en 1971, con la firma de un pacto de respeto al fallo arbitral británico para el Canal del Beagle , el Perú quedó con más razones para buscar amistad y coincidencias con las autoridades de Chile, al no contar con la estratégica ayuda que siempre otorgará un foco de tensión con Argentina, en cumplimiento de la tendencia histórica del aliancismo vecinal cada vez que hay un conflicto con Chile.

Las similitudes entre la filosofía del Gobierno de Velasco Alvarado y el de Allende, además, eran un buen punto sobre el cual colocar los cimientos de esta frágil armonía, aunque fuese momentáneamente.

Armonía que no impidió, sin embargo, que Perú continuara su armamentismo y la militarización. El mismo año en que Allende ascendía al poder, la División "Tacna" del Perú se convertía en regimiento blindado y pondría su vista sobre la frontera.

La progresión geométrica de gastos militares del era clara. La del período de 1968 a 1970 -que era desde ya escandalosa-, se vio opacada por la de los dos años inmediatamente siguientes. Así, entre los años 1972 y 1973, el gasto se duplicó con respecto a los anteriores. Si en 1972 se gastaron 388 millones de dólares, en 1973 la cifra iba por los 609 millones.

Un hecho de evidente gravedad es que todo este armamentismo estaba enfocado necesariamente a un conflicto con Chile. Lo sabían tanto los observadores militares nacionales, como los expertos extranjeros. En Alemania, por ejemplo, se advertía en algunos medios de prensa como la citada revista "Stern", que estas compras estaban destinadas a ser ocupadas contra Chile. No había para Perú otro enemigo con tanta importancia, ni interés en revisar fronteras con algún otro vecino, salvo con Ecuador, sobre el cual las pretensiones territoriales del Perú estaban aparentemente satisfechas desde la crisis y el conflicto de 1941. Los desplazamientos de tropas hacia la frontera chilena confirmaban este temor.

Es digno de destacar, no obstante, que si bien el Perú pasaba por otra de sus habituales dictaduras militares, el armamentismo fue de amplio apoyo y aceptación a nivel de círculos políticos enterados del plan revanchista

Comienza la tensión en Arica. Alerta máxima a partir de 1973[editar]

Hacia fines de 1971 y principios de 1972, se hacía evidente que la situación interna de Chile no daría para largo rato. La fuerte agitación social, los conflictos entre el Ejecutivo y el Poder Judicial, la división popular reflejada en el mismo Congreso Nacional, el choque de objetivos partidistas dentro de la propia UP y el creciente descontento de los opositores al régimen cada vez más reflejado en las Fuerzas Armadas, hacían prever que el Gobierno de Salvador Allende tenía sus días contados y que, por lo tanto, el la vía chilena al socialismo con la que simpatizaban los militares izquierdistas peruanos, esa que se anunciara "con sabor a empanadas y a vino tinto", había iniciado su cuenta regresiva. Contrariamente al optimismo de algunos círculos pro bolchevistas de Chile, para cualquier observador nacional o extranjero de formación militar profesional, se hacía claro que la ilusión de forzar un conflicto ganarlo por armas de ser necesario o de poder establecer un régimen de corte castrista en Chile, de la manera que algunos integrantes de la UP presionaban especialmente desde el socialismo y las alas más radicales del comunismo, era sólo una quimera revolucionaria. Lamentablemente, las buenas intenciones de Allende no fueron capaces de lidiar con esta tendencia desatada dentro de la propia UP.

El General Velasco Alvarado comprendió la situación tempranamente. Sin cortar sus gestos de amistad hacia el Gobierno de la UP, habría de iniciar otra etapa más de armamentismo descontrolado, y una atención militar exagerada de toda la zona fronteriza al Norte de Tarapacá, la primera o segunda línea limítrofe más militarizada del continente a raíz de estas medidas. Ya en 1970, uno de sus camaradas de armas, el antes citado militar peruano Víctor Villanueva, había escrito:

"Aunque no se manifiesta públicamente, el deseo de desquite existe en las filas del Ejército. Es un sentimiento íntimo, el oficial rumia calladamente su desesperanza, compara constantemente cifras y estadísticas militares del Perú y Chile". En 1973, era claro lo que se venía en Chile. Las amistades con Allende sólo permitieron a Lima mantener el juego de las buenas relaciones mientras se proyecta una invasión (exactamente lo mismo que habían hecho Perón y el GOU entre 1944 y 1945). La suerte del país "mapochino" estaba echada ya por la profunda división y la escalada de violencia política que había comenzado a apoderarse de las calles. Todo estaba listo, entonces. Sólo debía actuar en el momento propicio. El caos interior del país, llegado el momento decisivo de confrontación de las fuerzas, sería el instante en que el revanchismo peruano podría, al fin, consumar sus anhelos de reivindicación territorial (Revista "Que Pasa", ediciones especiales de 1993).

Sin embargo, un hecho fortuito vino a postergar la peligrosa situación de desventaja y vulnerabilidad en que se encontraba Chile. A partir del verano de ese mismo año, Velasco Alvarado comenzó a sentir los malestares provocados por un avanzado aneurisma aórtico, cruel y moral enfermedad que infarta el tejido provocando gangrena y consecuentes amputaciones de miembros. En febrero de 1973, "Juan Sin Miedo" cayó en estado grave en el hospital y estuvo varios días al borde de la muerte. Sobrevivió, pero la enfermedad se llevó una de sus piernas, provocando un profundo daño psíquico en el General, que le mantuvo retirado de la vida pública hasta mayo. Negándose a usar silla de ruedas, el dictador sentía su estampa temible menoscabada por el uso de muletas. Según un reportaje de la revista chilena "Que Pasa" del 3 de junio de 1993, en la región sureña de Ica se ordenó levantar un cartel con el siguiente texto:

Cuando un valiente gobierna, ¡qué mierda importa una pierna!

Sin embargo, estas muestras de solidaridad no mejoraron el ánimo del General Velasco Alvarado. Por el contrario, su pésimo carácter empeoró y las relaciones con su gabinete se minaron hasta la desconfianza. Ya no era el respetado "Juan Sin Miedo" de ayer, sino un anciano huraño que, en siete años de gobierno, jamás tuvo un civil entre sus funcionarios directos. Había comenzado a sembrar la semilla de la aversión entre sus propios círculos. En otro favor del destino para Chile, fue en esas circunstancias que el Perú observó sorprendido por los sucesos del 11 de septiembre de 1973 en su vecino país. Con el Gobierno de Allende derrocado y una situación de confrontación callejera, el país hubiese ofrecido las condiciones ideales para que los hombres de armas del Perú hubiesen penetrado a Arica, dando cumplimiento a aquel proyecto que ya contaba cuatro años de paciente espera. Las Fuerzas Armadas de Chile lo sabían: mientras ocurría el levantamiento militar aquel día, un gran destacamento había sido colocado en Arica con miras a prevenir la esperable entrada peruana y en alerta.

Finalmente, el General Velasco Alvarado, decaído, mutilado y en otra de sus etapas de empeoramiento de la salud, fue incapaz de asumir las ventajas del momento aquel mes de septiembre. Su enfermedad había salvado la paz, a fin de cuentas. La que fuera la mejor oportunidad para el revanchismo peruano, de este modo, fue desperdiciada.

Ahora sólo quedaría esperar por recuperar el instante perdido, y los años siguientes se encaminaron para tal empresa.


Bolivia entra al baile de la tensión vecinal. El peligroso año de 1974[editar]

Con la Junta Militar Pinochet-Merino-Mendoza-Leigh ya instalada en La Moneda, las medidas precautorias chilenas comenzaron de inmediato. Recién cumplido un mes después del derrocamiento de Allende, el propio General Augusto Pinochet ya estaba Arica pasando revista a los cuarteles y preparando en terreno las medidas de defensa ante cualquier eventual penetración peruana de la frontera.

Mientras tanto, Bolivia experimentaba su propio movimiento reivindicacionista a propósito del cercano centenario de la Guerra del Pacífico. Juan José Torres lideraba allá un movimiento de izquierdización militarista muy parecido al peruano, y cronológicamente paralelos, donde el discurso reivindicacionista no estaba ausente. Ayudados de académicos e intelectuales de La Paz, el país altiplánico había desplegado una serie de pergaminos con declaraciones y arengas cada vez más agresivas contra Chile. Cientos de charlas, exposiciones y publicaciones agitaban el alma herida del pueblo boliviano, preparando un clima beligerante. Desde agosto de 1968, por ejemplo, estaba en vigencia una ley que obligaba a incluir en los mapas de Bolivia toda la región de Antofagasta, señalada como el "territorio usurpado", término que fue incorporado al plan de educación escolar boliviano junto con referencias sorprendentemente hostiles hacia Chile en los textos de educación. Estas manifestaciones resultaban peligrosísimas, considerando la tendencia de Bolivia y Perú a ser aliados naturales, con intereses recíprocos con respecto a Chile.

Para 1974, ya era sabido en la inteligencia militar chilena que Bolivia estaba siendo tentada a una alianza ofensiva con el Perú, similar a la que habían protagonizado ambas naciones cien años antes, en un pacto que fue fundamental para configurar el escenario aliado de la Guerra del Pacífico. Fue por ello que se propuso una opción interesante para detener el involucramiento boliviano en el asunto, retomando una vieja idea de otorgarles una salida al mar: la del "corredor al Pacífico", bordeando el límite chileno-peruano, al Norte de Arica, en una franja territorial donde Bolivia pudiese tener derechos soberanos.

La idea de los militares pinochetistas no era sólo satisfacer a Bolivia, sino que terminar con cualquier intento peruano de avanzar a Arica, al colocar la faja de territorio boliviano cortándoles el paso. Con este objeto, el General Pinochet ofreció directamente al Presidente Hugo Banzer efectuar encuentros destinados a negociar esta vía, durante el cambio de mando del Brasil, en marzo de 1974. La Paz estudió la oferta y la aceptó con gusto. Después de 13 años de relaciones cortadas, era una buena propuesta, realista y viable, por lo que el fantasma de Bolivia participando de la escalada peruana, quedó momentáneamente bloqueado. Las conversaciones quedaron fijadas para el año siguiente.

Pero el Perú no aceptaría estas negociaciones, como veremos. Ofendidos por la disposición boliviana a atender la oferta chilena en lugar de buscar alianza ofensiva con Lima, serían las propias autoridades peruanas las que harían fracasar más tarde estas conversaciones, ayudados de sectores revanchistas bolivianos con gran acceso a los medios de prensa, que también preferían la vía del conflicto armado.

Por otro lado, resultaría ingenuo pensar que Velasco Alvarado se encontraba solo liderando una ofensiva como la que el Perú le preparaba a Chile aquel año. Detrás de él habían varios militares limeños de gran influencia y peso político, cuyo factor común era el deseo reivindicacionista, además de un declarado y reconocido sentimiento antichileno. Entre los señalados, destacaba especialmente el General Edgardo Mercado Jarrín, Ministro de Guerra, Primer Ministro y asesor predilecto de Velasco Alvarado. Mercado Jarrín también ostentaba la Comandancia en Jefe del Ejército del Perú. Hoy se sabe que este individuo fue el principal instigador del conflicto, y manifestaba un deseo incontrolable de batir en guerra la posesión de Arica, Iquique e incluso Tarapacá, deseoso de enfrentar el centenario de la Guerra del Pacífico con el Perú poseyendo al menos la ciudad de Arica.

Otro uniformado que estaba en la misma línea era el General Fernández Maldonado, alumno devoto de la ideología de Velasco Alvarado, experto en inteligencia y gran amigo personal de Fidel Castro. Era uno de los principales ideólogos de la extraña simbiosis entre marxismo y nacionalismo que había sido cultivada en el CAEM del Perú.

No menos importante fue el General Miguel Ángel de la Flor, a la sazón Ministro de Relaciones Exteriores, quien delineó la política de Estado del Perú necesaria para la satisfacción del proceso armamentista desde la propia Cancillería, poniendo la totalidad de la diplomacia peruana casi sometida a los requerimientos de los cuarteles. En gran medida, fue su aporte el que la relación entre la Unión Soviética y el Perú se incrementara todavía más profundamente, a partir del momento en que fue derrocado Allende e instaurado el Gobierno Militar.

Deseosos de guardar las apariencias y fingir un buen ánimo en las relaciones exteriores, en noviembre se realizaría un protocolar "Abrazo de la Concordia" en la frontera chileno-peruana y entre autoridades de ambos países, con presencia fundamentalmente de militares, seguida de algunas visitas cruzadas y ceremoniosas.

Sin embargo, las confirmaciones de la intención peruana seguirían apareciendo desde todos lados. Ya en marzo de 1974, el diario francés "Le Monde" reproducía una entrevista de Velasco Alvarado, donde anunciaba por su propia boca que la guerra era inminente. Poco después, la revista inglesa "The Economist" detallaba los movimientos de submarinos y transporte de cohetes rusos para iniciar la batalla. La citada revista alemana "Stern" lo repetiría en diciembre, con un reportaje donde anunciaba que Perú estaba apunto de invadir a Chile y, como hemos dicho, que la cantidad de armas que la Unión Soviética le había proporcionado al Perú sólo era comparable a las que habían enviado pocos años antes a Vietnam. Los diarios brasileños "O Estado" y el "Journal do Brasil" advertían que la guerra se veía encima. Los servicios de inteligencia chilenos evaluaban en un 70% la posibilidad de que el conflicto empezara de un momento a otro.

Por alguna razón, y pese a la superioridad bélica, autores chilenos como Rodríguez Elizondo, creen que el General Pinochet estaba convencido de la intrepidez y audacia que rodeaba el mito de Velasco Alvarado. Pinochet incluso no habría dudado de la auténtica intención del General Peruano, de arrojarse en una aventura militar sobre Arica y Pisagua. Según Rodríguez Elizondo, el jefe de la Junta Militar de Chile consideraba a Velasco Alvadaro como "un bravucón, un resentido social y un loco peligroso".

Detalles de la silenciosa emergencia militar en el Norte de Chile[editar]

Las visitas del General Pinochet en Arica se repetirían varias veces durante ese año de 1974 y el siguiente. Pese a sus dudas sobre el valor de Velasco Alvarado, muchos estrategas del Ejército de Chile seguían convencidos de que el enfermo General Velasco Alvarado no terminaría su cada vez más descontado paso por la vida sin concretar las aspiraciones del revanchismo peruano de recuperar Arica, por lo que la Junta Militar ordenó un formidable desplazamiento de todas sus ramas hasta esta ciudad y su puerto durante los meses que continuaron, operación que se extendió hasta mediados del año siguiente. El contingente, de hecho, subió ocho veces en Tarapacá.

Todo esto se hacía, sin embargo, en la más absoluta reserva, lejos de la atención de la opinión pública que ignoraba mayoritariamente el peligro. Reuniones secretas entre el propio General Pinochet y el Secretario norteamericano Henry Kissinger, realizadas por aquel entonces aprovechando la reunión de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en Santiago, demuestran la verdadera gravedad de la situación y la preocupación del Gobierno del Presidente Richard Nixon por no ver comprometidos los intereses norteamericanos en la región ante una escalada bélica. La Casa Blanca, según se ha sabido después, no apoyaba la idea de una incursión bélica de parte de Chile en calidad de acción "preventiva", pero dejaba de manifiesto su convencimiento de que el Perú tenía intenciones absolutamente hostiles para con Chile en aquellos momentos.

Pero lejos de dar la deseada seguridad a la región, los movimientos militares pusieron en evidencia el gravísimo estado del abastecimiento en que se encontraban las Fuerzas Armadas de Chile, producto de la postergación sucesiva de compras de armamento y renovación de material. Mientras Perú había dedicado sus últimos cinco años a armarse hasta los dientes, Chile no había variado su modesto set defensivo, generando situaciones que hoy parecen francamente tragicómicas y que desenmascaraban la vulnerabilidad de Arica en esos días. Por ejemplo, una serie de tanques en mal estado debieron ser arrastrados igualmente hasta la línea defensiva, para ser utilizados como cañones estáticos... Y la carencia llevó incluso a producir un proyectil para tanques tallado a torno en madera, usado para que en los entrenamientos no se derrocharan municiones reales.

Una gran movilización de fuerzas había involucrado también a la Armada de Chile. Prácticamente, todas las naves útiles, incluyendo submarinos y anfibios, esperaban en la zona cercana a Iquique la orden de avance. Más de un incidente grave se reporta de aquel entonces, incluso la supuesta destrucción de un submarino peruano. Algunas de estas historias ya están incorporadas a la mitología urbana, aunque su veracidad nunca ha sido oficialmente confirmada.

Otro de los momentos más delicados sobrevino cuando se detectó un formidable movimiento de tropas desde Arequipa hasta Tacna, concentrándose a escasos kilómetros de la frontera. Rápidamente, el Gobierno de Chile ordenó construir obras especiales destinadas a obstaculizar el paso de tanques peruanos. Son los camellones y tetrápodos que aún existen cerca de la frontera, junto a las minas que ahora están siendo retiradas.

Con material de vuelo de primera, más encima disponible en una base aérea tacneña estratégicamente construida para que las naves salieran en vuelo con rumbo casi directo a Arica, la Fuerza Aérea de Chile se mostraba bastante pesimista de la situación, a juzgar por un informe presentado por su jefatura en reunión de Gabinete ante el General Pinochet durante ese año, y en el que se afirmaba que bastarían sólo unos minutos de ataque aéreo peruano para destrozar las precarias líneas de defensa chilenas.

Continúa la tensión en 1975. Crisis y caída del General Velasco Alvarado[editar]

Pero, en medio de la tensión militar, la salud de Velasco Alvarado comenzó a flaquear gravemente otra vez, obligándole a delegar ya que los médicos lo autorizaron a trabajar sólo dos o tres veces por semana y sólo por algunas cuantas horas, algo inimaginable en las exigencias de una primera magistratura. El destino, en innegable favor de Chile, buscó así la forma de que el clímax de este conflicto que seguía en suspenso desde hacía varios meses, se viera interrumpido por una nueva recaída del dictador peruano.

Para el mes de julio de 1975, la tensión en Tarapacá había alcanzado niveles sofocantes de angustia. Cualquier chispazo, incluso un malentendido, podría haber generado la instantánea explosión que necesitaba el conflicto para iniciarse. Dos detecciones de submarinos peruanos en aguas chilenas estuvieron al borde de desatar la avalancha de pólvora sobre la hoguera. El General chileno Carlos Forestier, era el encargado de coordinar las fuerzas de refuerzos en caso de ataque, desde la VI División en Iquique. Aquel año, Perú contaba ya con unos 54.000 hombres en armas listos y dispuestos. La población chilena de Tarapacá a penas llegaba a 90.000 personas.

En tanto, cerca de 20.000 minas explosivas chilenas fueron colocadas en toda la línea de frontera y miles de metros cúbicos de suelo fueron removidos por los militares chilenos con maquinaria pesada para establecer trincheras y puestos de defensa. Los chilenos colocaron además, bloques de cemento para cerrar los posibles pasos de los tanques peruanos.

Miles de filosos arpones de acero fueron sembrados sobre los terrenos aptos para un descenso de paracaidistas de la Fuerza Aérea del Perú, que se estimaban de unos 4.500 hombres.

Según los cálculos de los estrategas peruanos, la ofensiva peruana, a pesar de su fortaleza y superioridad, debía llegar hasta la quebrada de Camarones en una primera fase, para luego proseguir hasta Iquique.

Los chilenos temerosos de este plan militar peruano crearon entonces un segundo regimiento, el "Granaderos" de Putre, que acompañaría al de "Rancagua" en la defensa de Arica bajo la estrategia de contención que hemos descrito.

Sin embargo, las conversaciones de Chile con Bolivia que se habían iniciado en febrero, en Charaña, parecían promisorias y todavía daban esperanza de que Perú no podría intervenirlas. Todo indicaba que la paz se lograría entre ambos países y que Perú no contaría con su aliado natural en esta aventura, debiendo aceptar a regañadientes la creación de una faja territorial con salida al mar para el Altiplano pese a las facultades con que contaba en virtud del Tratado de 1929. El gobierno peruano, por lo tanto, comenzó a preparar una forma de sabotear la negociación e impedir a toda costa que se produjera una entrega en territorios que aún consideraba propios. La nueva crisis de salud del General Velasco Alvarado coincidió, además, con el inicio de una grave situación económica del Perú, en gran parte debida a los seis años de desbocado armamentismo. Los gastos compulsivos e irresponsables, le pasaban la boleta a las autoridades militares de Lima haciendo que la economía peruana se fuera al suelo.

Estos problemas internos hicieron que el Perú debiese volver la vista hacia sí mismo. Por muchas que fueran las armas, las operaciones militares generan millones de gastos adicionales y derivativos, que la crisis económica hubiese hecho imposibles. Además, las relaciones del General Velasco Alvarado con muchos representantes de las Fuerzas Armadas del Perú habían empeorado. La invalidez del omnipotente dictador había calado profundamente en su conducta y en su ánimo, haciéndolo a ratos insoportable. Un delirio de persecución y desconfianza generalizada hacia sus propios hombres terminaron de apagar las lealtades de la camaradería uniformada. La "Revolución Peruana" comenzaba a extinguirse.

La "Revolución Peruana" comienza a extinguirse[editar]

Así las cosas y consciente de su incapacidad para continuar en el mando, "Juan Sin Miedo" anunció la entrega del poder al pasar el mes de agosto de 1975, anticipando que su sucesor sería el General EP Francisco Morales Bermúdez. Pero Morales no tenía ni la fidelidad ni la paciencia para esperar el traspaso. El día 29 de agosto se alzó en Tacna, en el día de la ciudad, ayudado del General EP Artemio García.

Entre ambos provocaron, al día siguiente, el abandono del poder por parte de Velasco Alvarado. Increíblemente, según la propia confesión de Morales, los dos golpistas decidieron realizar el levantamiento al final de una regada borrachera nocturna con whisky en la casa de García, y luego de haber celebrado todo el día en las fiestas de la ciudad sureña.

Caía así el que fuera para algunos "el más fuerte de los fuertes" en la historia peruana. Los planes de revancha habían pasado por una de sus etapas más peligrosas, que culminaba con este derrocamiento. El General Velasco Alvarado jamás llegó a dar la orden de invasión.

Con el tiempo, se han revelado sorprendentes detalles sobre las razones por la que Velasco Alvarado nunca dio la orden de ataque, ni en 1974 ni en 1975. Una de ellas parece estar relacionada con el espionaje militar que Estados Unidos realizaba sobre el Perú interesado en controlar la influencia soviética en la región. La CIA y la NSA lograron detectar una inmensa movilización militar peruana, mayor a todas las anteriores, que se apostó en Agosto de 1975 hasta el borde de los breves kilómetros de frontera que separan a Tacna de Arica.

Advirtiendo que este desplazamiento era el último paso antes de la guerra, de alguna manera se las arregló Washington para detener la intentona y amedrentar al Perú. Los dos agravamientos de salud del General Velasco Alvarado, en momentos claves, también fueron determinantes.

El resto del año de 1975, el calor bélico bajó considerablemente. Los comandantes del Ejército Chileno, Odlanier Mena y Jorge Dowling, del regimiento "Rancagua", habían efectuado un notable trabajo diplomático para la distensión con los militares peruanos en la frontera peruano-chilena. Hubo incluso delegaciones militares peruanas que visitaron Arica en aquellos días, con perspectivas de amistad mucho más reales que el anterior "Abrazo de la Concordia".

El virtual mejoramiento de estas relaciones militares dejó al descubierto una situación inquietante: que sólo un grupo de exaltados había sido capaz de conducir al Perú al borde de una guerra, sentimiento que no era compartido por la totalidad de los militares peruanos.

Primera fase[editar]

Revolución de la Fuerza Armada
Juan Velasco Alvarado.jpg
Contexto del acontecimiento
Fecha 3 de octubre de 1968 - 28 de julio de 1980
Sitio Perú
Impulsores Juan Velasco Alvarado, Edgardo Mercado Jarrín, Francisco Morales Bermúdez.
Influencias ideológicas de los impulsores Nacionalismo de izquierda, Nacionalismo económico, Desarrollismo, Tercermundismo, Anti-imperialismo
Gobierno previo
Gobernante Fernando Belaúnde Terry
Forma de gobierno Democracia representativa
Gobierno resultante
Gobernante Juan Velasco Alvarado
Forma de gobierno Régimen militar


Juan Velasco Alvarado accedió al poder tras el escándalo del Acta de Talara y la Página 11, mediante un golpe de Estado, el 3 de octubre de 1968, contra el presidente Fernando Belaúnde Terry, siendo jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas del Perú.

Reformas de Velasco Alvarado[editar]

El gobierno de Velasco, a diferencia de otras dictaduras militares de la región, asumió un carácter claramente de izquierda y nacionalista y realizó una serie de reformas que originaron un gran impacto en el desarrollo social y económico peruano, en todo caso una revolución desde arriba-tal como dice Arias Quincot.

Entre las principales acciones de éste gobierno estuvieron:

  • La nacionalización y expropiación de los yacimientos petrolíferos de la IPC, el 9 de octubre de 1968. Se organizó la Petro-Perú una empresa estatal ligada , por entonces, a todos los procesos de la explotación, refinación y distribución del petróleo.
  • La reforma agraria (1969) que tuvo como objetivo frenar el movimiento campesino, crear un mercado interno y acabar con el poder de la Oligarquia.
  • La nacionalización de sectores estratégicos de la economía como las minas, el petróleo y el acero y de los servicios públicos.
  • El incremento de los derechos laborales, la creación de las Comunidades Industriales, con lo que se consolidaron los sindicatos y se les asignó a los trabajadores acciones de los negocios y poder real y efectivo en la toma de decisiones de las empresas.[cita requerida]
  • La expropiación de los medios de comunicación en 1974, medida que a pesar de ser anunciada como una manera de entregar los medios de prensa a las "fuerzas vivas" del país solo devino en una manera de violentar y suprimir el derecho a la libertad de prensa.[cita requerida]
  • La reforma educativa (1972), dirigida por el General Alfredo Carpio Becerra. Esta reforma, cuestionó la enseñanza oficial (basada en la imposición de los puntos de vista de la élite) y la rigidez del sistema escolar imperante, se pretendía la reducción de las diferencias sociales en la educación, contribuyendo en cambio, a largo plazo, a la disminución de las calificaciones de los maestros (que en los años siguientes exigirían crecientes privilegios al organizarse en sindicatos). Por otro lado, esta reforma creó en el Perú la educación inicial y especial, así como también, el bachillerato público y la enseñanza bilingüe para los quechua-hablantes, promoviendo la construcción de escuelas en varias zonas del país. Los planteamientos de la Reforma Educativa fueron premiados en su oportunidad por la Unesco.

Otro aspecto importante de estas reformas fue la dignificación de la población humilde e indígena, que comenzó a tener mayor participación en la vida política y social mediante las reformas realizadas.

En el campo económico, el régimen militar, además de imponer un mayor control estatal sobre las actividades productivas, alentó el desarrollo de la industria nacional mediante la restricción de las importaciones de manufacturas, lo cual produjo que en el país se crearan fabricas y se ensamblaran autos de distintas y prestigiosas marcas.

Relevo institucional[editar]

El 5 de febrero de 1975 se produjo una huelga policial que generó revueltas y saqueos, en el centro histórico de Lima, lo que creó malestar y precipitaría la caída de Velasco. Meses después, ocurrió el golpe de Morales Bermúdez proclamando moralización, y se hizo cargo de facto del gobierno el 29 de agosto en 1975. Véase "Historia Cronológica del Perú" de José Antonio del Busto Duthurburu (2006).

Segunda fase[editar]

Durante la segunda fase del gobierno de las Fuerzas Armadas, el presidente Francisco Morales Bermudez se dedicó a desmantelar las reformas Velasquistas, sometiéndose a los requerimientos del Fondo Monetario Internacional, aplicando paquetazos y reprimiendo las protestas sociales que se incrementaron producto de la inflación.[cita requerida]

Morales Bermúdez asumió un país en franca crisis económica tras las reformas velasquistas.[cita requerida] La economía no llegó a mejorar en medio de una creciente inflación y recesión, así como el incremento del desempleo. Esta situación indujo a un alto descontento social, donde muchas personas de la clase obrera, particularmente las más cercanas a los gremios obreros, llegaron a ver en cada acción del gobierno una reversión de la revolución militar hacia una sumisión frente a las indicaciones del Fondo Monetario Internacional.[cita requerida] Hacia 1977, ya se reportaban poblaciones que recurrieron a alimentos de aves como medio de subsistencia ante la crisis.[cita requerida]

Fruto del descontento social fueron dos paros generales convocados por sindicatos como la CGTP. El primer paro se realizó el 19 de julio de 1977, reclamando una mejora de la situación laboral y salarial, y el segundo en mayo del año siguiente, con un pliego de reclamos algo más amplio.[cita requerida]

El Plan Túpac Amaru[editar]

Era un programa similar al "Plan Inka", pero a diferencia de este, el plan "Túpac Amaru" guiaba las medidas contrarreformistas del gobierno de Francisco Morales Bermudez.

La solución electoral[editar]

Ante esta presión es convocada una Asamblea Constituyente en 1978, presidida por Víctor Raúl Haya de la Torre, líder histórico del APRA, la cual elaboró la constitución de 1979, que fue el punto culminante y el reflejo de las reformas y procesos de cambio ocurridos a lo largo de estos años, instaurado, entre otras cosas.

El régimen militar finalizó con la convocatoria de las elecciones generales de 1980, en las que salió vencedor Fernando Belaúnde Terry, quien asumió el mando, recuperando la presidencia, el 28 de julio de ese año, con lo que se concretó el regreso de la democracia y el fin de éste período.

A fines del gobierno militar los crecientes problemas con el pago de la deuda externa y la ineficacia de la administración del Estado llevaron a la aparición de síntomas de crisis económica y a incubar problemas sociales que en años posteriores irían en aumento.

Bibliografía[editar]

  • «Perú histórico»: César Arias Quincot y Augusto Ruiz Zevallos(2005) Milla Batres y "La República", Lima.
  • "Enciclopedia ilustrada del Perú" de Alberto Tauro del Pino (2001) Peisa, Lima.Tomos 11 y 16.