Cultura primitiva

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Hombre primitivo (Sentado en la Sombra). Odilon Redon, 1872. The Art Institute of Chicago.

Cultura primitiva es un término antropológico desfasado (de la antropología clásica más que de la posterior antropología cultural), que se aplicaba para designar a la cultura que careciera de los principales signos de desarrollo económico, social e institucional en el sentido identificado como "modernidad". Es utilizado habitualmente en plural (culturas primitivas). También se utilizan los términos sociedades primitivas y pueblos primitivos, que habitualmente se asocian a los pueblos indígenas. Se asocia su uso con el del término "hombre primitivo", es decir, el tipo humano propio de las culturas primitivas actuales o del pasado reciente, pero también el "hombre prehistórico" (Hominina, las especies antecesoras del hombre actual u hombre moderno -Homo sapiens-, y el hombre actual durante la Prehistoria).

Las carencias señaladas en las culturas primitivas solían incluir la de la escritura o la de una tecnología avanzada, y determinar una población limitada y aislada. El término se utilizaba por los académicos occidentales para describir las culturas exóticas que entraban en contacto con los exploradores y colonizadores europeos. La clasificación de las sociedades se hacía según un criterio, procedente de la Ilustración, que identificaba tres fases de desarrollo cultural: salvajismo (la fase propia de esas culturas primitivas), barbarie (la propia de los llamados "pueblos bárbaros" que invadieron el Imperio romano) y civilización.

Primitive culture (1871)[1] fue el título la obra principal de Edward Tylor ("el fundador de la antropología"), en el que designa la religión propia de esta cultura con el término "animismo", que a su vez define por referencia a los indígenas contemporáneos y otros datos religiosos, como la "creencia en espíritus". Otra característica definitoria de las culturas primitivas es una mayor cantidad de tiempo de ocio que en las sociedades complejas (civilizaciones), más caracterizadas por el trabajo.[2]

Muchos de los primeros sociólogos y otros autores concebían las culturas primitivas bajo el mito del buen salvaje, creyendo que su carencia de tecnología y su no integración en lo que hoy se denomina economía-mundo les convertían en ejemplos ideales de la forma de vida humana más apropiada al estado de naturaleza. Entre estos pensadores estuvo Jean-Jacques Rousseau, a quien se suele asociar frecuentemente con la idea del buen salvaje, por su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres; y Karl Polanyi, quien, en La Gran Transformación entendía la organización económica de las sociedades primitivas como menos destructiva que la economía de mercado. La creencia en las culturas primitivas como ideales se suele definir como primitivismo; siendo derivaciones de esta concepción teórica el comunismo primitivo y el anarco-primitivismo.

Muchos de estos autores (y algunos posteriores, proyectándose esta creencia incluso en la actualidad) asumen que los pueblos indígenas contemporáneos y sus culturas son comparables con los humanos primitivos y las suyas. La palabra "primitivo" proviene del latín primus (el primero); los antropólogos de la era victoriana creían que las denominadas culturas primitivas contemporáneas se habían preservado en un estado sin cambios desde la Edad de Piedra (paleolítico o neolítico, según hubieran desarrollado o no una economía agrícola y/o ganadera).

Las sociedades primitivas existen como una organización con una división del trabajo poco avanzada. La forma social de la vida se expresa a través del concepto de la solidaridad mecánica, la cual se basa en criterios de diferenciación tales como: edad, experiencia y sexo. En las sociedades primitivas existe una organización de tribus y clanes. La solidaridad de tales sociedades exige la adaptación al colectivo por parte del individuo. El individuo está sometido al control de la conciencia colectiva y puede desarrollar su individualidad siempre y cuando coincida con el mandato del colectivo.[3]

La falsedad de esta premisa suele argumentarse con la opuesta idea de que las banda de cazadores-recolectores pueden tener tanta innovación acumulada como las culturas civilizadas "modernas". Las diferencias radicarían principalmente en la innovación cultural de los cazadores-recolectores o de los grupos de agricultura itinerante en los ámbitos ceremoniales, arte, creencias, rituales y tradiciones que normalmente no dejan testimonio físico (artefactos, herramientas o armas). La premisa según la cual las bandas de cazadores-recolectores y las tribus de agricultura itinerante tendrían más en común de lo que ambas tienen con las sociedades más complejas (urbanas o civilizadas) también es negada por muchos arqueólogos modernos. Según estos, un examen detallado de las diferencias culturales mostraría que estos tipos de culturas son tan diferentes entre sí como lo son de las culturas urbanas o civilizaciones.

Las sociedades primitivas, como las sociedades rudimentarias de épocas posteriores, no centran su atención en los aspectos económicos, planteándolos de forma sencilla, y clasificando a sus miembros no por su capacidad económica, sino por el "valor" y las "proezas", resumidas en la capacidad de matar (hombres en la guerra o animales en la caza).[4] Las sociedades de bandas de cazadores-recolectores se establecen relaciones de base generalmente recíproca; forman sus liderazgos sin capacidad coercitiva en su base sino basándose en el prestigio.[5]

Aunque la creencia en el mito del buen salvaje no ha desaparecido, describir una cultura como primitiva se suele considerar políticamente incorrecto y ofensivo. El uso del término, especialmente en entornos académicos, se ha hecho muy escaso.

Problemas del hombre primitivo[editar]

El hombre primitivo tenía pocos problemas, solo le bastaba con comer, dormir y procrear.[6] Los problemas eran pocos pero muy fuertes, como por ejemplo ingeniárselas para comer.[6] Con la caza cazaban fieras, pero también podían ser comidos por otros depredadores.[6]

Tuvieron que emplear la astucia y esconderse en los arbustos a esperar a que llegasen los depredadores, como por ejemplo en la orilla de un río donde acudían a beber, para cazarlos y alimentarse al instante.[6]

Al no conocer el fuego, no podían cocinar la comida, hasta que naturalmente, un día se produjo una tormenta y un rayo prendió fuego en la maleza.[6]

Otro problema era el de producir el fuego, porque surgió la necesidad de fabricarlo por ellos mismos, sin que intervenga el azar en la Naturaleza.[6]

La teoría que se da es que un hombre primitivo encontró una piedra que le llamó la atención, ya sea por su color o por su forma, que pudo cogerla con facilidad, y cuando se acercó una fiera, comprobó que podía defenderse con la piedra, que era más efectivo de utilizar que el puño.[6] Así aprendieron que cuanto más puntiagudas en un extremo, más daño causarían.[6] Como la mayoría eran redondas, el hombre primitivo se las ingenió para hacerlas más puntiagudas mediante el choque de dos piedras.[6] A partir de entonces se sintió superior a las fieras.[6]

En su afán de conseguir una piedra puntiaguda chocando una piedra contra otra, vio cómo saltaba una chispa en medio de la maleza, y esa chispa prendía fuego.[6] También aprendieron que un palo con un extremo calcinado, lo cogerían por el otro extremo para producir fuego, y así fue capaz de utilizarlo para espantar a otras fieras.[6]

En su afán de acercarse a la caza, se cubrían con las pieles de las fieras, dejándolas con la cabeza y el rabo, para arrastrarse al rebaño y no causar alarma.[6] Es más, la piel recién arrancada daba también un olor característico, y de esa forma, las fieras no podían olfatear la presencia humana.[6] Incluso podían utilizar las pieles de los animales como abrigo.[6] Esto sería una iniciativa de los disfraces y vestidos.[6]

A partir de entonces el hombre primitivo era el dueño del fuego y del alimento, ya que podía cazar bisontes, renos, caballos salvajes y mamuts.[6]

La base principal era la caza, pero también frecuentaron la recolección y la pesca, y a partir de entonces habitaron las riberas de los ríos.

Lucha contra el frío y el espacio[editar]

Hubo etapas muy largas y muy frías: los periodos glaciales.[6] Antes del fuego no solía defenderse; su propia naturaleza les ayudaba porque eran muy peludos, y de todas formas, hacían sus abrigos con ramajes y, sobre todo, se refugiaban en cavernas.[6]

La piel que se utilizaba como abrigo se adaptaba cada vez más al cuerpo y acababa ciñéndose con un cinturón, lo cual es otro invento porque, además de protegerles mejor, les permitía llevar colgado un palo o una piedra, en suman, un arma, de tal forma que les deja libres las manos.[6]

No se sabe con precisión cuándo surge el calzado, pero en algunos dibujos del arte rupestre se presentan cazadores calzados con botas.[6] Era de entender, ya que tenían que recorrer grandes espacios, metiéndose entre la maleza o subiendo y bajando zonas rocosas.[6] Además, caminaban por su propio pie, no conocían el arte de domesticar otros animales para cabalgar sobre ellos, y tampoco conocía, por supuesto, la rueda, que será un invento prodigioso pero más tardío.[6]

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. Cambridge books online
  2. Farb, Peter (1968). Man's Rise to Civilization As Shown by the Indians of North America from Primeval Times to the Coming of the Industrial State. New York City: E. P. Dutton. p. 28. LCC E77.F36. «Despite the theories traditionally taught in high-school social studies, the truth is: the more primitive the society, the more leisured its way of life.» 
  3. http://books.google.es/books?id=ioHRB5_C068C&pg=PA73&dq=las+sociedades+primitivas.+sociolog%C3%ADa&lr=&cd=20#v=onepage&q=las%20sociedades%20primitivas.%20sociolog%C3%ADa&f=false ["La escuela francesa de sociología: ensayos y textos"] El nexo entre la sociedad, la moral y la religión en Durkheim - Página 73
  4. "Revista de Ciencias Económicas" Publicación de ciencias Económicas Centro de Estudiantes y Colegio de graduados - Página 927
  5. Marvin Harris «Jefes, cabecillas, abusones» Pag. 6,7. Alianza Editorial (1985)
  6. a b c d e f g h i j k l m n ñ o p q r s t u v Férnandez Álvarez, Manuel (2008). Carabias Aranda, Julio; A. Calvo, José, eds. Pequeña historia de España (Jvlivs edición). Madrid: Espasa Calpe, Sociedad Anónima. p. 18-24. ISBN 9788467028317. 

Bibliografía[editar]

  • Stanley Diamond, In Search of the Primitive, Transaction Publishers,U.S. 1987, ISBN 0-87855-582-X
  • Adam Kuper, The Reinvention of Primitive Society. Transformations of a Myth , Taylor & Francis Ltd. 2005, ISBN 0-415-35761-6