Libro de Jeremías

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La Biblia, ilustrada por Gustave Doré (1866). Jeremías dicta sus profecías a Baruch.

El Libro de Jeremías es el segundo libro profético de la Biblia. Forma parte del Antiguo Testamento y del Tanaj judío y es considerado, junto con Isaías, Ezequiel y Daniel, uno de los cuatro Profetas Mayores.

El mensaje principal de Jeremías es simple: ya es demasiado tarde para evitar la disciplina de Dios, así que aceptadla y alejaos de vuestros pecados. Sin embargo, después de un periodo de castigo, Dios restaurará Judá.

Jeremías con frecuencia usa acciones figurativas para comunicar su mensaje, tales como romper un tarro de barro para mostrar cómo Dios destruirá Jerusalén.

Autor y época[editar]

Jeremías (profeta de Judá, hijo de sacerdotes) nació en Anatot alrededor del 650 a. C. Prácticamente no profetizó fuera de Jerusalén y lo hizo en el período comprendido entre 628 a. C. y 580 a. C., es decir, entre sus 22 y 70 años de edad. Pasó, por lo tanto, casi toda su vida adulta profetizando en su ciudad. Fue testigo de los reinados de Josías, Joaquín y Sedecías.

Fue coetáneo de otros profetas: Nahum, Habacuc y Sofonías. Parece haber intentado amalgamar las experiencias particulares de estos tres junto con la suya propia: en un solo gran texto, que abarcara el período completo. Donde los otros profetas tienen presencia parcial, Jeremías es una figura casi total. Escribe sobre asuntos de su época y su sociedad.

Contexto histórico[editar]

El poder caldeo[editar]

Por el tiempo en que vivió, Jeremías asistió a las tribulaciones de las últimas décadas de existencia del reino de Judá. Cien años antes, el rey Ezequías había sabido aprovechar y comprender las enseñanzas del profeta Isaías. Al morir el rey en 687 a. C., sus sucesores Manasés y Amón, doblegados por sus problemas políticos y diplomáticos, se vieron forzados a olvidar a Isaías, aceptando tratados perjudiciales para su pueblo y permitiendo incluso la idolatría en el interior del Templo de Jerusalén.

Los asirios habían conquistado Egipto en 663 a. C., y los reyes hebreos debieron cobijarse bajo las alas de esta nueva potencia que crecía en la región. Pero para el tiempo en que nació Jeremías los egipcios eran libres de nuevo. A la muerte de Asurbanipal, el gobernador asirio de Caldea, Nabopolassar, se autoproclamó rey y fundó el imperio caldeo sobre una nueva Babilonia. Aliado con medos y escitas atacó a los asirios y les propinó una resonante derrota, destruyendo la capital Nínive en 612.

Los egipcios, temerosos de esta nueva amenaza, se aliaron con sus antiguos enemigos asirios para enfrentar a los caldeos, pero esta unión fue infructuosa. Nada podía detener al rey de Babilonia: Asur cayó en 614 a. C., seguida por la capital dos años después y por Harrán, última ciudad asiria que resistía, en 610. Los asirios fueron borrados de la faz de la tierra en la victoria caldea de Batalla de Karkemishen 605 a. C. Babilonia era ahora la nueva dueña de Mesopotamia y también aspiraba a serlo del Levante, región que controlaba el acceso al Mar Mediterráneo.

Debido a esta circunstancia, los egipcios intentarán negociar con los caldeos, y todos los pequeños estados del Asia Anterior (como Israel y Judá) se encontrarán una vez más en la incómoda situación de estados "tapones" entre las dos esferas enfrentadas.

Intentando buscar una salida a la disyuntiva, muchos judíos de Jerusalén se volverían en favor del faraón y organizarían un muy fuerte y disciplinado partido proegipcio. En estas circunstancias, y caídos los asirios bajo la espada caldea, murió el rey de Judá, y el nuevo soberano sería Josías, un niño de apenas ocho años de edad.

Pío y religioso, Josías gobernó durante tres décadas y reconvirtió el estado y la religión a la más pura religión yahvista que había sido casi olvidada. Para ello debió rodearse de colaboradores competentes y respetados, que lo ayudaran en su cometido: Sofonías, la profetisa Holda y, a partir de 628 a. C., Jeremías.

Drama en el Pueblo del Pacto[editar]

Ferviente religioso desde 631 a. C., la emancipación política y religiosa del rey se concretó en 627 a. C. La caída de Nínive pareció una gracia del Señor hacia Su pueblo, pero el faraón Neko II, intentando salvar a los asirios de la destrucción, invadió Israel y cruzó con un gran ejército todo el territorio judío para intentar auxiliarlos.

Pero Josías no deseaba permitirlo: se opuso a los egipcios y los enfrentó en la batalla de Meggido, donde fue derrotado y asesinado en 609 a. C.

La muerte del monarca descorazonó a todos aquellos que habían luchado por el retorno victorioso de Dios al Templo, lo que determinó más tarde que se abandonaran todos los planes de reforma religiosa y el retorno a los dos grandes males de Judá e Israel: la esperanza en las salidas supersticiosas y las alianzas oscilantes de uno a otro de los dos dominadores de la región. Más de veinte años duraron las luchas intestinas entre judíos filoasirios y filoegipcios, y esta dicotomía desgarraría hasta las raíces mismas del pueblo judío.

El rey siguiente, Joaquín, inaugura cuatro años de pleitesía hebrea hacia el faraón, pero el hijo de Nabopolassar, Nabucodonosor II, derrota a los egipcios y obliga a Joaquín a someterse como vasallo de Babilonia. Los del partido egipcio, disconformes con el estado de cosas, fuerzan al rey hebreo a rebelarse, lo que determina una invasión caldea en toda regla contra Judá e Israel, uno de cuyos episodios se relata con lujo de detalles en el Libro de Judit.

Jerusalén cayó definitivamente en manos de Nabucodonosor en 586 a. C. y el rey junto con los más señalados de los judíos son deportados al país del conquistador en lo que se conoce como Exilio en Babilonia. A partir de allí, los reyes judíos no serán más que marionetas colocadas en el trono por el jefe caldeo, obligados a actuar como se les dice y asesinados sin miramientos a la menor sospecha de desobediencia.

Contexto religioso[editar]

La religión hebrea se estaba corrompiendo desde tiempos del rey Manasés: se adoraba al dios Baal en las cimas de las colinas, las prostitutas sagradas recibían a sus clientes en el Templo y los sacrificios de bebés y niños en honor a los dioses paganos era un espantoso ritual casi diario.

Josías derribó las estatuas de Ishtar, reina de los cielos, y de Marduk, señor de los dioses, y reprimió severamente la nigromancia y la magia. Se cree que Jeremías tomó parte importante en este retorno a las fuentes yahvistas. Pero la llegada al trono de Joaquín precipitó un nuevo auge del paganismo, como el propio profeta registra en Jer. 44:17-18, acusando como responsables a las clases dirigentes en 5:4-31 con duros y severísimos epítetos.

Contenido[editar]

En el libro se suceden las narraciones y los oráculos proféticos. Muchos de ellos son autobiográficos y están relatados por el mismo profeta en primera persona. Se ordenan de la siguiente manera:

  1. Introducción: narra la vocación y el planteamiento de la misión del profeta
  2. Amenazas proféticas contra Judá
  3. Profecías y discursos para Judá, mezclados con narraciones y fragmentos en primera persona
  4. Profecías mesiánicas (Caps. 30-33)
  5. Autobiografía de Jeremías
  6. Oráculos contra los extranjeros (46-51) y
  7. Apéndice histórico

Cuestiones textuales[editar]

Lo más difícil de comprender en el Libro de Jeremías es la increíble diferencia que existe entre el original hebreo y el texto griego. Por razones inexplicables, los LXX colocan la sección 6 a continuación de 25:13, y toda en diferente orden. El texto griego es mucho más breve (al menos en una octava parte) y en numerosas ocasiones omite versículos completos o trozos de ellos. A veces se salta grupos de varios versículos.

Se ha intentado explicar estos misterios por medio de una supuesta "negligencia" de los traductores. Sin embargo, la teoría más razonable es que los escribas disponían solamente de originales hebreos fragmentarios o deteriorados y obraron en consecuencia.

El libro no ha sido escrito por una sola mano ni de manera corrida: presenta interpolaciones, repeticiones, complementos y sobrecargas de textos que demuestran que ha sido confiado a una comunidad que no vaciló, años después, en agregar, cambiar o comentar el texto, convirtiendo la obra de un solo hombre en patrimonio tradicional de todo el pueblo.

El desorden es, en Jeremías, enorme: es una extraordinaria mezcla de biografías, autobiografía, oráculos, múltiples géneros literarios diferentes y estilos muy diversos.

Por último, sufre de una profunda falta de continuidad en la cronología.

Escribas y forma de composición[editar]

La tradición expresa que Jeremías dictó sus profecías a Baruc o que este recogió las enseñanzas de su maestro ya fallecido. Sin embargo, las diferencias de estilo entre las secciones 2 y 3 y las divergencias entre el texto hebreo y el griego demuestran que las profecías de este libro no han sido escritas consecutivamente ni siguiendo un plan de trabajo.

Aspectos teológicos[editar]

La esencia del libro es el análisis de las relaciones entre Dios y el Hombre. La concepción de Jeremías se asemeja a la de Oseas, en el sentido de que Yahvéh es el esposo del pueblo mentiroso y traidor. A pesar de ello, lo ama tiernamente y hará todo por protegerlo y defenderlo, aunque también es muy capaz de castigarlo con durísima mano. Por lo tanto, para Jeremías los términos de la Alianza y la aplicación de la justicia divina no son más que aspectos del amor de Dios.

Jeremías se indigna por las injusticias que cometen los ricos y anuncia su pronto castigo (5:26-29), mostrándose desazonado porque la venganza de Dios tarda en llegar. Pero comprende que lo esencial es la Hesed que Yahvéh otorga a Judá: la "gracia" que describía Oseas, simbolizada a través del cumplimiento de la Ley. Pero es una Ley nueva: la Alianza antigua era solo del pueblo en su conjunto y Dios, mientras que los nuevos conceptos de este libro la internalizan y convierten en un acto de cumplimiento individual, de cada hombre por sí mismo, solo y aislado frente a su Dios.

Esta nueva alianza individual e íntima (por oposición a colectiva y pública) deja de ser en realidad un Pacto, puesto que los hombres, de aquí en adelante, llevarán impresas las normas en su corazón y serán responsables de cumplirlas. Ya no hay excusas: Dios se ha asociado, uno por uno, con cada uno de los judíos.

Influencia[editar]

Jeremías debió ser un hombre extraordinario, y los expertos judíos siempre opinaron que su religión habría seguido caminos muy distintos sin él.

Aunque —si se lo lee superficialmente— no parece haber hecho grandes aportes a la teología antigua, el traslado del concepto de pecado de la sociedad al individuo supone un avance religioso y humanístico radicalmente adelantado a su tiempo. Hacia la mitad de su vida, Jeremías escribió que "la nación era incurable". Y hoy se entiende este concepto: la nación está compuesta de hombres, y si muchos de ellos están enfermos, el tejido social completo se corromperá.

Véase también[editar]


Libro anterior:
Isaías
Jeremías
(Libros proféticos)
Libro siguiente:
Lamentaciones