Libros proféticos

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Una Biblia latina belga de 1407.

Los Libros proféticos del Antiguo Testamento cristiano y del Tanaj hebreo forman un grupo de escritos bíblicos atribuidos a los profetas, es decir, a hombres inspirados por Dios para hablar en su nombre y transmitir al pueblo sus enseñanzas.

En el Cristianismo, se consideran proféticos a los libros comprendidos entre Isaías y Malaquías (último del Antiguo Testamento). El Tanaj hebreo llama a esta colección Nevi´im ("profetas"), aunque incluye varios libros considerados por los cristianos como históricos (Josué, Jueces, I Samuel, II Samuel, I Reyes y II Reyes), sin incluir al profeta Daniel.

Origen del nombre[editar]

La palabra hebrea es nabí (de aquí su plural Neviím). Tanto el origen preciso de la palabra como su sentido exacto se nos escapan. Se han propuesto tres teorías para explicarlos:

  • "Extático", de la raíz hebrea "hervir" (el "calor" de la revelación convierte al profeta en un hombre "ardiente");
  • "Mensajero", de la raíz hebrea "hablar" (Yahveh nos "habla" por boca del profeta); y
  • "Llamado", de la raíz acadia nabu, "llamar" (el profeta ha sido llamado o designado por Dios para transmitir Su palabra).

La tercera de ellas es la que goza de la mayor aceptación entre los estudiosos, aunque nadie pueda demostrar la verdad de esta hipótesis.

La versión griega de los LXX nunca traduce nabu en el sentido de "éxtasis" o "extático". La traduce como profetes, es decir, "el que habla en lugar de otro", "el representante de un tercero", "el vocero". Es común el error de creer que la partícula griega pro ("delante") se refiere aquí a "el que anticipa", "el que dice las cosas con antelación" (en otras palabras, "el que ve el futuro"). La acepción correcta de "profeta", por tanto, según los LXX; no es "el vidente" sino "el portavoz", "el mensajero".

Por el contrario, la Biblia hebrea se refiere a los nevi´im con otros tres términos que sí tienen una relación más cercana con el concepto popular de "profecía": roé ("el vidente"), jozé ("el que ve", "el que tiene vista") y jolém ("el soñador", "el que tiene un sueño").

Origen histórico[editar]

El uso de la palabra "profeta" es muy antigua en la Biblia. Ya se reputa profeta a Abraham en el Génesis (20:7), pero ese término ha sido introducido allí en fecha muy posterior a la composición del libro.

También Moisés ha sido considerado así, pero es más bien un conductor y un legislador, un enviado de Dios y un libertador antes que un profeta. El único libro que lo llama de esta manera es el Deuteronomio (18:15).

En los últimos tiempos de los jueces aparecen en Canaán ciertas organizaciones o grupos llamados "Hijos de los Profetas", que se parecen (al menos superficialmente) a los profetas cananeos. Es a estos hombres a los que los hebreos comienzan a denominar nabí, aunque los otros anteriormente apuntados ("visionario", "soñador", "vidente") se siguen utilizando más o menos indistintamente. Es importante destacar que nabí no solo se aplica a los que predican en nombre de Yahveh sino también a todos los supuestos profetas paganos.

La oferta de profetas era variada: desde los verdaderos profetas bíblicos que escribieron libros hasta los 450 profetas fenicios que la reina Jezabel llevó a Israel (1R. 18), pasando por los profetas cortesanos y los del tiempo de Yehu (2R. 10:19).

Tanto Judá como Israel tenían plétoras de profetas que predicaban por doquier, y Zacarías nos dice que siguieron proliferando hasta desaparecer a fines del siglo IV a. C.

Algunos son arribistas e intentan sacar ventaja aproximándose a los poderosos (1Reyes 22 y Jeremias 28); otros son funcionarios de carrera dispuestos a defender sus prebendas, y la Biblia los llama "profetas profesionales". Los anteriormente mencionados "Hijos de los Profetas" representan un grupo intermedio entre estos últimos y los verdaderos profetas de Yahvéh.

Parece ser que los Hijos de los Profetas aparecen en tiempos de los Jueces (1S. 10:10 y 19:20), para hacerse muy numerosos en la época de Elías y Eliseo. Aparentan ser hombres probos y fervorosos, que se agrupan alrededor de los templos judíos para alertar a los fieles acerca de los peligros del paganismo. No sabemos si alguno de los profetas autores de los libros salió de uno de estos grupos, pero es incuestionable que al menos Samuel, Elías y particularmente Eliseo tuvieron estrechas relaciones con ellos.

El pasaje a la palabra escrita[editar]

Los variados aspectos del profetismo se hacen evidentes en los cambios que el vocabulario utilizado sufrió a través del tiempo. También los métodos de profetizar: los profetas primitivos hablaban solamente, mientras que los más modernos comenzaron a escribir libros.

Así, la tradición oral de Moisés pasó a los ancianos; las enseñanzas de Elías fueron enseñadas a Eliseo; Isaías transmite la palabra a sus discípulos y Jeremías enseña a profetizar a Baruc.

Pero pronto la transmisión verbal dejó de ser suficiente, y los conceptos proféticos cristalizaron en los libros que tenemos hoy. A partir del destierro, los libros proféticos que se fueron escribiendo instauraron en el pueblo judío una profecía retrospectiva, rescatando y conservando los dichos de los anteriores profetas orales ya desaparecidos, porque los que los siguieron consideraron que también habían estado inspirados por Dios y que sus palabras merecían preservarse para siempre.

El profeta[editar]

Grabado de las Lamentaciones de Jeremías, importante texto de la literatura profética.

El profeta es un hombre llamado por Dios para que transmita Su palabra a los demás. Por definición, el profeta no obtendrá ningún beneficio de su misión excepto servir a Dios: de hecho, muchas veces iba a dar con sus huesos a la cárcel.

Se conjugan en el profeta tres elementos muy claros: la elección de Dios, la vocación del profeta mismo y una orden que amalgama ambas cosas. Es raro encontrar uno de ellos separado de los otros dos. La elección se describe en Jer. 1:5; la vocación en Am. 7:15 y en Is. 6:8. La elección y la vocación dan como resultado una misión (Ez. 2:3 o Jer. 12:1), y a menudo se presentan como una llamada a la que el profeta es incapaz de resistir (Is. 6).jeronimo

El mensaje que el profeta ha recibido rara vez es para una sola persona: casi siempre debe ser transmitido a la comunidad en su conjunto, y se trata de una comunicación que tendrá efecto aquí y ahora pero también lejos y en el futuro. Dicho de otro modo, se trata de una verdad intemporal y universal. El profeta es enviado a hablar con sus contemporáneos, pero desde el momento en que lo que dice está inspirado por Dios, el mensaje se vuelve eterno e imperecedero.

Una de las características salientes del profeta es que tiene clara conciencia de su misión. Este saber de dónde viene su enseñanza le autoriza a utilizar la consabida fórmula "Así habla el Señor Yahvéh", que a los ojos del lego puede parecer soberbia, pero que implica en realidad que la verdad de su experiencia profética demuestra que el que habla es en verdad Dios a través de la boca del profeta.

El mensaje[editar]

El mensaje divino llega al profeta de muy distintos modos: puede ser en una visión, como en Ezequiel; a través de voces (Jer. 1:11) o en sueños (Dan. 7:1).

El concepto de "visión" debe ser entendido como "percepción sensible", y no implica necesariamente una "imagen visual". Lo que determina el método de recepción del mensaje parece depender del profeta y no de Dios: tal vez sus cualidades naturales o su temperamento personal.

Así como el modo de recibir el mensaje es variado, también son muy distintas las formas en que el profeta lo expresa a los demás. Suele acompañarse de gestos y posturas especiales (acaso de significados místicos), y puede transmitirse verbalmente o por escrito. Aunque la mayoría de los profetas fueron predicadores callejeros antes que escritores, muchos pusieron por escrito sus textos luego de gritarlos al pueblo durante años, seguramente pensando en preservarlos en caso de que nadie los recogiera luego de sus cadáveres.

Hoy no disponemos de las predicaciones íntegras de cada profeta: lamentablemente, nos consta que los textos de sus libros son solamente resúmenes. Estas lagunas de contenido y a veces faltas de contexto tornan a veces muy difícil la interpretación del sentido íntegro de ciertos pasajes.

Naturaleza de la profecía[editar]

Texto profético en el Davidka Mortar Memorial de Jerusalén, sobre la calle Nevi´im ("De los Profetas"): "Porque Yo defenderé esta ciudad para salvarla" (Is. 37:35).

La profecía es un proceso sumamente complejo que puede resultar muy difícil de entender para el hombre moderno. Es por ello que los teólogos han elaborado un listado de sus características más importantes para definir y aclarar exactamente cómo es y cómo opera.

Los rasgos distintivos de la profecía son cinco:

  1. Ningún profeta ha visto la realidad completa. En efecto, cada uno de ellos sólo dispone de una visión fragmentaria e insuficiente del plan divino. Esta verdadera "ley" de la revelación profética determina que a menudo ni siquiera el mismo profeta sepa lo que está diciendo, qué le ha sido mostrado ni de qué está hablando. Esta fatal ignorancia del propio profeta sobre la materia que está tratando, sin embargo, no invalida en lo más mínimo la verdad y la realidad de su profecía. La parcialidad de la visión genera esperanza en comprender el resto, y misterio como ingrediente inexorable de la fe. Respecto del futuro, muchas veces se les muestra el porvenir de Israel, pero no son capaces de decir si ese futuro llegará en un mes, un año o un siglo.
  2. El lenguaje profético es simbólico. La profecía es mostrada y transmitida mediante símbolos o imágenes (símbolos visuales o imágenes simbólicas), que exigen una trabajosa interpretación. La dificultad del análisis de los símbolos para traducirlos en conceptos inteligibles supone un escollo adicional que solo los hombres justos están en capacidad de sortear.
  3. El profeta sabe hacia dónde va la historia. Aunque no comprenda en detalle su propia profecía, el profeta siempre está en condiciones de predecir el curso general que seguirá la historia del judaísmo. Esta característica se verifica incluso en los profetas de los tiempos más primitivos.
  4. El profeta suele contradecir los deseos de la gente. Raras veces las profecías satisfacen el sentimiento general del pueblo, y por esta razón el ser profeta es un trabajo difícil y peligroso. Cuando el pueblo duerme en paz ellos tienen que anunciar la guerra; cuando hay calma predicen el castigo; cuando hay prosperidad prevén el hambre. Pero ante el hambre, el castigo y la guerra, el profeta siempre preconiza la futura salvación y la restauración religiosa y moral.
  5. El profeta se mezcla con el pueblo. Como miembro del pueblo y vocero de Dios para la gente, el profeta se diferencia de los sabios en el sentido de que no se limita a predicar in abstracto, sino que debe necesariamente intervenir en los asuntos de la vida diaria y trabajar sobre el plano de la realidad concreta. En este sentido, el profetismo supone un salto evolutivo con respecto al concepto de sabiduría.

Resultados[editar]

Los resultados obtenidos por los profetas no fueron, en general, halagüeños. Su fracaso tenía su origen en el punto 4 arriba citado y comúnmente les hacía enfrentar la indiferencia, la incomprensión, la persecución, a menudo el presidio e incluso, a veces, el martirio y la muerte.

Sin embargo, cierto tiempo después, la realidad demostró con hechos la verdad que había en sus prédicas. En este punto, todo Israel abrazó la doctrina de los profetas y el prestigio que adquirieron entonces superó las fronteras del país.

Enseñanza religiosa[editar]

La influencia que los profetas han tenido en el desarrollo religioso de Israel y el judaísmo fue crucial. Su importancia se evidencia al enumerar sus seis logros principales:

  1. Definieron para el común de la gente los conceptos de unidad, trascendencia y santidad del judaísmo, y por lo tanto, de Dios. Los profetas son, entonces, quienes "espiritualizaron" el concepto de Dios a los ojos del judío llano.
  2. Demostraron que el culto religioso no debía ser declamatorio y fatuo, sino emanado de una responsabilidad personal del Hombre hacia Yahvéh.
  3. Establecieron, teniendo en cuenta el punto anterior, el sentido de la moral y el concepto mismo del pecado.
  4. Hicieron tomar conciencia de la manera misteriosa en que Dios eligió a Israel de entre todos los pueblos de la Tierra para utilizarlo y castigarlo pero también para aliarse indisolublemente con él y para salvarlo en última instancia.
  5. Esta alianza fue, en palabras de los profetas, la mejor y más elegante demostración de la bondad esencial de Dios.
  6. Por último, en las prédicas de los profetas se repite una y otra vez la promesa mesiánica, la esperanza y confianza en la llegada del Cristo descendiente de David. Esta predicción trajo también la expectativa del reino de justicia y paz que Jesús establecería mucho más tarde.

Clasificación[editar]

Los libros proféticos pueden clasificarse según varios criterios diferentes, que se exponen a continuación.

Según sus métodos[editar]

Profetas oradores[editar]

Lo más antiguos, que no escribían libros sino solamente declamaban ante el pueblo sus verdades reveladas. Se cuentan entre ellos Débora y Samuel, que también eran jueces, Natán y Gad en tiempos del rey David, Ajías de Siló durante Salomón, Semelas bajo Roboam, Miqueas ben Yimlá en época de Ajab y Elías y Eliseo en el siglo IX a. C.

Profetas escritores[editar]

A partir del siglo VIII a. C. comienzan a aparecer quienes ponen sus profecías por escrito. Así tenemos a Amós y Oseas en Israel y a Isaías, Miqueas, Nahum, Sofonías, Jeremías y Habacuc en el de Judá. Durante el Exilio profetizó Ezequiel al igual que Daniel y al regreso del mismo Hageo, Zacarías, Malaquías y Joel.

Según su tiempo[editar]

El Tanaj los divide en:

Primeros profetas[editar]

Abraham, Moisés, Josué y Samuel todos ellos pertenecientes a los libros del antiguo testamento.

Últimos profetas[editar]

Isaías, Jeremías y Ezequiel.

Según la extensión del libro[editar]

El cristianismo dividió a los profetas en mayores y menores, clasificación que no se basa en la importancia relativa de sus profecías sino sencillamente en la mayor o menor longitud de los textos.

Profetas mayores[editar]

Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel.

Profetas menores[editar]

Los profetas menores son Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Hageo, Baruc, Zacarías y Malaquías. Desde Hageo se los agrupa, a su vez, bajo el nombre de "Profetas postexílicos".

Canonicidad[editar]

Todos los libros proféticos citados son considerados canónicos e inspirados para la Iglesia católica y las iglesias orientales. Los judíos y protestantes, sin embargo, consideran apócrifos a Baruc, y a partes de Daniel (3:24-90, capítulos 13 y 14), por lo que no los incluyen en sus Biblias. Esto se debe a que fueron incluidos (en griego) en la Septuaginta y no disponemos de sus originales hebreos. En el caso de Baruc esto es cierto, pero Daniel sólo tiene algunas adiciones griegas, lo que no obsta para que el judaísmo rechace el libro entero. Los protestantes sólo incluyen las partes no escritas en griego, considerando el resto apócrifo, mientras que los católicos y ortodoxos aceptan ambos textos, denominándolos deuterocanónicos.

Véase también[editar]


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