Templanza

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Alegoría de la Templanza en los frescos de la Casa Minerbi de Ferrara (hacia 1360-1370), atribuidos a Stefano da Ferrara.

La templanza es la virtud cardinal que recomienda moderación en la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. En un sentido más amplio, los académicos la definen como sinónimo de "moderación, sobriedad y continencia".[1]

Etimología[editar]

La palabra templanza proviene del latín temperantia, en referencia a la moderación de la temperatura; en análogo sentido, el adjetivo templado se aplica al medio entre lo cálido y lo frío, y también a lo que mantiene cierto tipo de equilibrio, cohesión o armonía interna. De aquí también el adjetivo destemplado, como descompuesto o desarreglado, sin moderación o equilibrio. En cambio, y contra lo que suele creerse, la palabra no tiene ninguna relación etimológica con la palabra templo.

Filosofía y religión[editar]

Ya presente entre los primeros pensadores griegos, la templanza figuró en la literatura griega más antigua: Sócrates, Platón y Aristóteles propusieron diferentes grados de reflexión sobre una característica de la moral que parece tener valores opuestos para el estoicismo y el epicureísmo. Más tarde, Santo Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, la estudia como una de las cuatro virtudes cardinales, con la prudencia, la justicia y la fortaleza.

En el cristianismo[editar]

El catecismo de la Iglesia católica anota que "la templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar “para seguir la pasión de su corazón” (cf Si 5,2; 37, 27-31). La templanza es a menudo alabada en el Antiguo Testamento: “No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena” (Si 18, 30). En el Nuevo Testamento es llamada “moderación” o “sobriedad”...".[2]

La consideración, en la doctrina católica oficial, de la Templanza como la menos importante de las virtudes cardinales (cf. Suma Teológica, II-IIae C 141 A 8), puede contradecirse con el cristianismo de algunas comunidades, como las puritanas.

Iconografía y simbolismo[editar]

La representación alegórica de la templanza ha producido una rica y muy variada iconografía, en especial en Italia entre los siglos XIII y XVII.

El simbolismo más reflejado fue quizá el que muestran los naipes del tarot: una ser alado hermafrodítico vertiendo el líquido de dos jarros, con ligeras y sugerentes variaciones (como en el Tarot de Mantegna, en el que la mujer no tiene alas pero se hace acompañar por un animal blanco similar a un armiño). En otras representaciones los jarros son sustituidos por otros objetos, como un freno y una bolsa de monedas, un reloj de arena (Ambrogio Lorenzetti), una cítara, una copa, o un elefante, entre las abundantes variaciones. En ocasiones, la mujer se muestra arrancando las plumas de un águila para obligarla a volar más bajo, como la pintó «el Veronés» en el techo de la Sala del Colegio del Palacio Ducal de Venecia. Otras alegorías la representan templando un hierro al rojo vivo, o con una tortuga (o un reloj de sol) sobre la cabeza.[3]


Cirlot, en su Diccionario de símbolos, anotaba que el genio que personifica la virtud de la templanza, astrológicamente corresponde al signo de Acuario), que "puede relacionarse con Indra,señor de la purificación en la doctrina hindú", y añade que lleva en la frente el emblema del Sol (un círculo con un punto central), en señal de discernimiento; concluyendo que: "en sentido positivo, el arcano decimocuarto del Tarot se asocia a las ideas de vida universal, movimiento incesante de circulación a través de las formaciones, regeneración, purificación...".[4]

Referencias[editar]

  1. Las virtudes teologales en el Catecismo. Consultado el 20 de octubre de 2013
  2. Revilla, Federico (1990). Diccionario de Iconografía. Madrid: Ediciones Cátedra. ISBN 978-84-376-0929-1. 
  3. Cirlot, Juan-Eduardo (1991). Diccionario de Símbolos. Barcelona: Editorial Labor. p. 431. ISBN 978-84-335-3504-8. 

Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]