Con una extensión de 714745 hectáreas, la reserva alberga uno de los entornos más extremos y singulares del altiplano boliviano. Su territorio presenta un relieve predominantemente montañoso y desértico, en ella se encuentran los volcanes más elevadas del suroeste boliviano, próximos a la frontera con Argentina y Chile de los cuales resaltan el Licancabur, Uturuncu y Ollagüe.[3]
Asimismo, la reserva alberga la zona de Sol de Mañana, una región de intensa actividad geotérmica intensa, con la presencia de géiseres, fumarolas y fuentes termales. Entre los cuerpos de agua más destacados se encuentran las lagunas Colorada, Blanca y Verde, cada una con características físico-químicas y coloración de agua diferentes.
El ecosistema de la reserva es de gran importancia a nivel nacional debido a la presencia de especies adaptadas a condiciones extremas de altitud, temperatura y disponibilidad de agua . Entre las especies de mamíferos sobresalen las vicuñas, los guanacos, las llamas y los zorros andinos. Asimismo, en los numerosos lagos altoandinos se encuentran los flamencos andino, de James y chileno. Su flora cuenta con al menos 190 especies de plantas nativas, incluyendo los tolares, la paja brava y las queñoas.
Es el área protegida más importante en términos de afluencia turística del departamento de Potosí; fue creada mediante Decreto Supremo (D.S. 11239[4]) de 13 de diciembre de 1973 y ampliada por el D.S. 18313[5] de 14 de mayo de 1981 y el D.S. 18431[6] del 26 de junio de 1981. Tiene una superficie de aproximadamente 714 745 ha y se encuentra a una altura entre los 4200 y 5400 m s. n. m.
Clima: el clima en invierno (mayo a agosto) es seco; llueve mayormente durante el verano (diciembre a abril). La temperatura promedio es de 3°C y la precipitación media anual es de 65 mm. Las temperaturas más bajas se registran durante los meses de mayo, junio y julio.
La reserva se encuentra ubicada en una región con relieve irregular con extensas planicies y mesetas flanqueadas en el oeste por un cordón volcánico, la Cordillera Occidental, cuyo mayor exponente es el volcán Licancabur, y por serranías fuertemente plegadas. La extensa reserva culmina sobre la falda noreste del imponente volcán Licancabur; a dos tercios de altitud de dicha ladera, a 5415 m s. n. m., se encuentra el punto más sudoccidental de Bolivia, en 22°49′41″ de latitud sur y 67°52′35″ de longitud oeste, por donde pasa la línea fronteriza con Chile.
Existen por lo menos 190 especies de plantas y árboles que crecen en un ambiente extremo. Las especies se han adaptado a las condiciones severas de salinidad, falta de agua dulce, temperaturas bajas y escasez de nutrientes.
La vegetación está caracterizada por la fuerte presencia de pastizales de gramíneas (paja brava) que en algunas llanuras y laderas forman semicírculos. En sitios de mayor humedad se pueden encontrar plantas de Thola (tholares) y, en ciertas quebradas rocosas (entre 4300 y 3700 m s. n. m.), la keñua, asociada en algunos casos a grandes cojines de llareta (Azorella compacta), la cual crece lentamente (1 a 3 mm/año) sobre afloramientos rocosos.
Guanacos
Los habitantes locales la utilizan como combustible para calefacción y cocina.
La fauna se caracteriza por la presencia de especies singulares que se adaptaron a las condiciones extremas de altitud, temperatura y disponibilidad de agua.
En la reserva se encuentran alrededor de 80 especies de aves, de las cuales las más representativas son los flamencos andino (Phoenicoparrus andinus), de James (Phoenicoparrus jamesi) y chileno (Phoenicopterus chilensis). También se encuentra el ñandú (Rhea pennata), un ave no voladora similar al avestruz, y el cóndor andino (Vultur gryphus), la mayor ave voladora del mundo, que habita la Cordillera de los Andes y frecuentan las planicies de la reserva. Además, la el área alberga otras especies de mamíferos como vicuñas (Vicugna vicugna), guanacos (Lama guanicoe), llamas (Lama glama), zorros andinos (Lycalopex culpaeus) y vizcachas montañeras (Lagidium viscacia).
La Reserva Eduardo Abaroa es una de las regiones bolivianas con mayor depresión desde el punto de vista económico, debido a su topografía escarpada y su ubicación remota. La belleza de la reserva atrae un gran número de turistas; sin embargo, este turismo se encuentra mayormente sin regular y desorganizado. La mayoría de los 40 000 visitantes que hacen el largo viaje hasta la Reserva Eduardo Abaroa cada año recorren el parque en vehículos con tracción en las cuatro ruedas, manejados, en algunos casos, por guías turísticos sin capacitación apropiada. La reserva cuenta con un Reglamento de Operación Turística[8] específico.
Estos vehículos perturban la vida silvestre y destruyen paisajes sensibles. La falta de baños contribuye a la contaminación causada por desechos humanos, que afecta a la reserva.
La minería y las prácticas granjeras inadecuadas también plantean problemas para los valores biológicos, ecológicos e históricos del área. La minería es una industria importante en el parque y sus zonas aledañas, con unas 61 concesiones mineras activas dentro de los límites de la reserva. Tanto la contaminación proveniente del vertido de las minas como la alteración física del paisaje afectan la integridad de la reserva.
El territorio que actualmente ocupa la RNFAEA presenta evidencia de ocupación humana continua desde hace más de 5.000 años.[9] Los estudios arqueológicos disponibles, aunque escasos, indican la presencia de diversas culturas principalmente de carácter pastoril, cuyos vestigios permiten reconstruir la historia regional y comprender los orígenes de las poblaciones actuales.
Dentro de la reserva se han identificado numerosas áreas de relevancia patrimonial, entre ellas el sitio de Huallajara, los sitios del Abra Puripica, tramos de la Gran Ruta Inca y, de manera destacada, los restos ubicados en las faldas del Licancabur.[9] En total se ha registrado un inventario de 54 sitios arqueológicos al interior de la RNFAEA y solo cuatro en su área de influencia, debido a la falta de estudios sistemáticos en esta última. Se considera probable la existencia de más manifestaciones no documentadas, lo que refuerza la necesidad de fortalecer los sistemas de control y protección, especialmente en zonas como Puripica, que podrían verse afectadas por actividades de exploración minera.[9]