Dictador (Antigua Roma)

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Un dictador era un magistrado de la República romana al que se le confería la plena autoridad del Estado para hacer frente a una emergencia militar o para emprender una tarea específica. Todos los demás magistrados estaban subordinados a su imperium y la posibilidad de que los tribunos de la plebe vetaran sus acciones o de que el pueblo apelara contra ellas era muy limitada. Sin embargo, para evitar que la dictadura amenazara al propio Estado, se impusieron importantes limitaciones a sus poderes: un dictador solo podía actuar dentro de la esfera de autoridad a la que estaba destinado y estaba obligado a renunciar a su cargo una vez cumplida la tarea que se le había encomendado, o al cabo de seis meses. Se nombraron dictadores con frecuencia desde los primeros tiempos de la República hasta la segunda guerra púnica, pero la magistratura quedó en suspenso durante más de un siglo, hasta que fue restablecida en una forma significativamente modificada, primero por Sila y luego por Julio César. Este cargo se suprimió formalmente tras la muerte de César y no se restableció bajo el Imperio.[1][2][3]

Origen[editar]

Con la abolición de la monarquía romana en 509 a. C., el imperium o poder ejecutivo del rey se dividió entre dos magistrados elegidos anualmente, conocidos como praetores y que con el tiempo se les conocería como cónsules, aunque probablemente no hasta la creación de la pretura en el año 367 a. C.[4]​ Un cónsul no era superior al otro y las decisiones de uno podían ser apeladas por el otro (provocatio). Sus insignias eran la toga praetexta y la sella curulis, y estaban acompañados por una escolta de lictores, cada uno de los cuales portaba el fasces, un haz de varas rematado por una segur o hacha, a pesar de que era costumbre que los lictores tenían que quitar las hachas de sus fasces dentro del pomerium, el límite sagrado de Roma, para simbolizar que el pueblo, y no los cónsules, eran los soberanos.[5]

Después de varios años,[nota 1]​ el temor de una guerra inminente tanto contra los sabinos como contra la Liga latina, junto con la sospecha generalizada de que uno o ambos cónsules estaban a favor de la restauración de la monarquía, condujo a la solicitud para que se nombrara a un praetor maximus, o dictator ('el que da las órdenes'), puesto muy parecido a la magistratura suprema de las otras ciudades latinas.[7][2]​ Según la mayoría de las fuentes, el primer dictador fue Tito Larcio en el año 501 a. C., quien nombró a Espurio Casio su magister equitum.[7][nota 2]

Aunque hay indicios de que en una época anterior pude haber sido utilizado el término praetor maximus,[nota 3]​ el título oficial del dictador a lo largo de la historia de la República fue magister populi, o 'maestro de la infantería'. Su lugarteniente, el magister equitum ('maestro del caballo', es decir, de la caballería[nota 4]​). Sin embargo, el uso del término dictator para referirse al magister populi parece haber sido una práctica generalizada desde los primeros tiempos.[2][11]

Nominación[editar]

El nombramiento de un dictador requería tres trámites: primero, el Senado romano debía emitir un decreto conocido como senatus consultum, autorizando a uno de los cónsules a designar a un dictador. Técnicamente, un senatus consultum era de carácter consultivo y no tenía fuerza de ley, pero en la práctica casi siempre se cumplía.[nota 5]​ Cualquiera de los dos cónsules podría nominar a un dictador. Si ambos cónsules estaban disponibles, el dictador se elegía de común acuerdo; si no podían ponerse de acuerdo, los cónsules echaban a suertes la responsabilidad.[13]​ Finalmente, la comitia curiata debía atribuirle el imperium al dictador mediante la aprobación de una disposición conocida como lex curiata de imperio.[1][2][11]

Un dictador podía ser nominado por diferentes razones, o causa. Las tres más comunes eran rei gerundae causa ('para que así se haga'), utilizada en el caso de dictadores designados para ejercer un mando militar contra un enemigo específico; comitiorum habendorum causa ('celebración de comitia, o elecciones') cuando los cónsules no podían hacerlo; y clavi figendi causa, un importante rito religioso que consistía en clavar un clavo en la pared del templo de Júpiter Óptimo Máximo como protección contra la peste.[nota 6][2][11][14]

Otros motivos podían ser seditionis sedandae causa ('para sofocar la sedición'); ferarium constituendarum causa ('establecer una fiesta religiosa') en respuesta a un terrible presagio;[nota 7]​); ludorum faciendorum causa ('celebrar los Ludi romani') o «Juegos romanos», una antigua fiesta religiosa; quaestionibus exercendis ('investigar ciertas acciones');[17]​ y en un caso extraordinario, senatus legendi causa, para reponer los escaños del Senado después de la batalla de Cannas.[18][19]​ Estas razones se podían combinar (seditionis sedandae et rei gerundae causa), pero no siempre se registran o se declaran claramente por las autoridades de la antigüedad y por lo tanto son deducidas.[20]

En los primeros tiempos era habitual nombrar a alguien a quien el cónsul consideraba el mejor comandante militar disponible; a menudo se trataba de un antiguo cónsul, pero no era obligatorio. Sin embargo, a partir del año 360 a. C., los dictadores generalmente eran consulares.[2][nota 8]​ Normalmente solo había un dictador a la vez, aunque se podía nombrar un nuevo dictador tras la dimisión de otro.[nota 9]​ Un dictador podía ser obligado a dimitir de su cargo sin cumplir con su tarea o con su mandato si se descubría que había faltado a los auspicios bajo los cuales había sido nominado.[23][24]

Insignias[editar]

Como otros magistrados curules, el dictador tenía derecho a la sella curulis y a lucir la toga praetexta. Se le asignaba un cuerpo de guardaespaldas ceremonial único en la tradición romana, veinticuatro lictores que indicaban su poder casi real, aunque era más una concentración de la autoridad consular que un renacimiento limitado de la realeza.[2][nota 10]

En una notable excepción a la reticencia romana a restituir los símbolos de los reyes, los lictores del dictador nunca quitaban las hachas de sus fasces, ni siquiera dentro del pomerium. Las hachas de los lictores de un dictador simbolizan su poder sobre la vida y la muerte y lo distinguían de los demás magistrados.[1][26]​ En un extraordinario gesto de deferencia, los lictores de otros magistrados no podían portar los fasces cuando comparecían ante el dictador.[25]

Como era costumbre que los reyes se presentaran a caballo, este derecho estaba prohibido al dictador, a menos que recibiera permiso de la comitia.[27][28][11]

Poderes y límites[editar]

Quinto Fabio Máximo, nombrado dictador en dos ocasiones.

Además de ejercer el mando militar y llevar a cabo las acciones para las que fue nombrado, también podía convocar y presidir cualquiera de las asambleas legislativas del pueblo romano, incluido el Senado.[26]​ La extensión del poder dictatorial era considerable, pero no ilimitada, ya que estaba limitada por las condiciones de su nombramiento, así como por el desarrollo de las tradiciones del derecho romano y no podía elaborar leyes (aunque sí aprobar decretos),[29]​ y dependía en gran medida de la capacidad del dictador para trabajar junto con otros magistrados. Las limitaciones concretas de su poder no estaban claramente definidas y fueron objeto de debate, contención y especulación a lo largo de la historia de Roma.[30]

Para la consecución de su causa, la autoridad del dictador era casi absoluta. Sin embargo, por regla general no podía sobrepasar el mandato para el que había sido nombrado; así, un dictador designado para convocar unas comitia no podía asumir un mando militar contraviniendo la voluntad del Senado.[nota 11]​ Sin embargo, el Senado podría requerir a un dictador que ejerciera una función distinta a la anunciada públicamente.[nota 12]​ Algunos dictadores nombrados para un mando militar también desempeñaron otras funciones, como celebrar unas comitia, pero presumiblemente lo hicieron con el consentimiento del Senado.[33][34]

El imperium de los demás magistrados no quedaba anulado por el nombramiento de un dictador. Seguían desempeñando las funciones de su cargo, aunque sujetos a la autoridad del dictador, y permanecían en el puesto hasta la expiración de su mandato anual, momento en el que por lo general el dictador había cesado en sus funciones. [2][25]​ Por lo general los dictadores eran cónsules y no está claro si el imperium de un dictador podría extenderse más allá del del consulado para el que fue nombrado; Theodor Mommsen consideraba que su imperium terminaba al tiempo que su consulado, pero otros autores opinan que podría continuar más allá del final del año civil y de hecho hay varios ejemplos en los que un dictador parece haber iniciado un nuevo año sin ningún cónsul, aunque algunos estudiosos dudan de la autenticidad de estos «años dictatoriales».[35][36][11]

Inicialmente el poder de un dictador no estaba sujeto ni a la provocatio, ni al derecho a apelar la decisión de un magistrado, ni a la intercessio, el veto de los tribunos de la plebe.[37][38][1][2][25]​ Sin embargo, la lex Valeria, que establecía el derecho de apelación, no quedaba derogada por el nombramiento de un dictador y en el año 300 a. C. incluso el dictador fue objeto de provocatio, al menos en la ciudad de Roma.[39][2][25]​ También hay evidencia de que el poder de los tribunos plebeyos no quedaba totalmente anulado por las órdenes del dictador y, en el año 210 a. C., los tribunos amenazaron con impedir las elecciones convocadas por el dictador Quinto Fulvio Flaco a menos que aceptara retirar su nombre de la lista de candidatos al consulado.[40][41][25][nota 13]

Se esperaba que un dictador renunciara a su cargo una vez concluida con éxito la tarea para la que había sido nombrado, o al cabo de seis meses.[1][2][42]​ Se pretendía que esta importante limitación impidiera que la dictadura se acercara demasiado al poder absoluto de los reyes romanos.[2]​ Pero es posible que se haya prescindido de la limitación de seis meses cuando el Senado lo consideró oportuno; no se conocen cónsules durante los años 333, 324, 309 y 301, y hay constancia de que el dictador y el magister equitum continuaron en el cargo sin que hubiese ningún otro cónsul.[36]

La mayoría de los expertos sostienen que a un dictador no se le podían exigir responsabilidades por sus actos después de finalizar su cargo, por lo que el procesamiento de Marco Furio Camilo por apropiarse indebidamente del botín de la ciudad etrusca de Veyes es excepcional, como tal vez fue el de Lucio Manlio Capitolino en el año 362,[nota 14]​ que fue depuesto solo porque su hijo, Tito,[nota 15]​ amenazó la vida del tribuno que había emprendido la acusación. Sin embargo, algunos estudiosos sugieren que el dictador solamente estaba libre de enjuiciamiento durante su mandato y que teóricamente podría ser citado para responder a cargos de corrupción.[25]

Magister equitum[editar]

Decline y desaparición[editar]

Listado de dictadores romanos[editar]

Véase también[editar]

Notas y referencias[editar]

Notas
  1. Se desconoce la fecha exacta, al igual que muchos de los detalles de este acontecimiento, pero el año 501 a. C. es la fecha que por lo general predomina entre los historiadores.[6]
  2. Una posibilidad alternativa mencionada por Livio es que el primer dictador fue Manio Valerio Máximo, aunque el propio Livio lo consideró improbable, ya que se suponía que los dictadores eran consulares, es decir, hombres que ya habían servido como cónsules; si se hubiera deseado a un Valerio, su hermano Marco (descrito por Livio como el tío o el padre de Manio), cónsul en 505 a. C., habría sido escogido en su lugar.[7]​ Los historiadores modernos generalmente comparten la opinión de Livio, a pesar del hecho de que Manio Valerio fue nombrado dictador en el año 494 a. C., sin haber ejercido primero el cargo de cónsul.[8]
  3. El experto en estudios clásicos británico Andrew Lintott considera que la evidencia del praetor maximus como el nombre original de la magistratura no es concluyente, ya que se basa la interpretación de una antigua ley que exigía que un alto funcionario con ese nombre se encargara del rito religioso de clavar un clavo en la pared del templo de Júpiter Óptimo Máximo (ver nota 6 en este mismo artículo); la ley parece que data de la época de la monarquía, y bajo la República se interpretó en el sentido de que este cometido debía ser asumido por un dictador, en su calidad de magistrado de más alto rango; pero el primero en ejercitarlo después de la expulsión de los Tarquinos (el derrocamiento de la monarquía romana) fue un cónsul, Marco Horacio Pulvilo. Sin embargo, la ley parece confirmar la existencia de esta magistratura en la época de los reyes, lo que podría considerarse como el precursor de los posteriores magister populi.[9][10]
  4. Literalmente, de los equites, a veces traducido como «caballeros».
  5. Una notable excepción se dio en el año 431 a. C., cuando los cónsules Tito Quincio Cincinato Peno y Cneo Julio Mentón recibieron la orden de nombrar a un dictador, probablemente después de haber sido derrotados en su intento de desalojar a los ecuos y a los volscos de sus fortificaciones en el monte Algidus. Los cónsules, que todavía se consideraban capaces de mantener el mando militar, se negaron, hasta que los tribunos de la plebe amenazaron con encarcelarlos si no nombraban a un dictador.[12]
  6. Como se trataba de un ritual anual, generalmente debía ser realizado por los cónsules; pero Livio menciona una antigua ley que exigía que fuera realizado por el praetor maximus, aparentemente un magistrado en la época de los reyes; y en al menos una ocasión en la que había un dictador, se interpretó que significaba que el rito tenía que ser ejecutado por el dictador, en tanto que en ese momento era el que ostentaba el más alto imperium.[10]
  7. En 344 a. C. «una lluvia de piedras cayó y la oscuridad se extendió por el cielo durante el día».[15]​ Esto parecía una repetición de un presagio que se dio durante el reinado de Tulo Hostilio, el tercer rey de Roma, cuando una lluvia de piedras cayó sobre el monte Albano después de la guerra en la que Hostilio había destruido la antigua ciudad latina de Alba Longa y trasladado a sus gentes a Roma. En respuesta, se decretó una fiesta religiosa de nueve días, con la intención de que se repitiera en caso de que tal presagio ocurriese de nuevo.[16]
  8. La principal excepción fue el desventurado Marco Claudio Glicia, liberto de Publio Claudio Pulcro, que lo nombró dictador en un arrebato de despecho, cuando el Senado lo destituyó de su cargo después de haber ignorado los malos presagios y ser derrotado en la batalla de Drépano. El Senado obligó a Glicia a renunciar al cargo, incluso antes de que pudiera nombrar un magister equitum.[21][22]
  9. La principal excepción se produjo en el año 216 a. C., cuando Marco Fabio Buteón fue nombrado dictador legendo senatui para reponer las vacantes del Senado producidas después de la batalla de Cannas, al tiempo que el dictador rei gerundae causa Marco Junio Pera ejercía el mando militar contra Aníbal.[18]
  10. Lintott considera que solo se desplegaban doce fasces cuando el dictador estaba dentro de la ciudad.[25]
  11. Por ejemplo, Lucio Manlio Capitolino fue nombrado clavi figendi causa, pero quería liderar un ejército contra los hérnicos. Procedió a reclutar tropas, pero se vio obligado a dimitir antes de poder dirigirse al frente y fue procesado al año siguiente.[31]
  12. Por ejemplo, Cayo Julio Julo fue nombrado oficialmente en el año 352 a. C. para librar una guerra contra los etruscos pero, de hecho, no existía ninguna amenaza por parte de los etruscos, sino que en realidad había sido nombrado para propiciar la elección de dos cónsules patricios, violando de este modo la lex Licinia Sextia, que estipulaba que uno de los cónsules debía ser plebeyo.[32]
  13. En este caso, ambas partes se encontraban en un punto muerto y acordaron someter el asunto al Senado para su resolución. El Senado decidió que sería mejor permitir que Fulvio se presentara a las elecciones, teniendo en cuenta su dilatada experiencia (antes de su dictadura, había sido cónsul tres veces, pretor, censor y magister equitum).[40]
  14. La naturaleza exacta de las acusaciones difiere según la fuente; Broughton enumera cuatro razones aducidas por las antiguas autoridades: «1) seguir siendo dictador cuando terminó su deber religioso; 2) seguir en el cargo más allá de su mandato legal; 3) establecer un embargo con demasiada severidad; 4) maltratar a su hijo, el futuro T. Manlio Torcuato...»[43]
  15. El futuro Tito Manlio Torcuato llegó a ser dictador en tres ocasiones; en los años 353, 349 y 320 a.C., y cónsul en dos, en los años 344 y 340. Fue el Manlio que obtuvo su apellido por haber derrotado a un gigante galo en un solo combate y por haber tomado su torque. A pesar de los malos tratos a manos de su padre, era tan fuerte su respeto por la disciplina paterna, que cuando su hijo mayor desobedeció las órdenes al enfrentarse en combate singular con el líder de la caballería latina (a quien derrotó y mató), el cónsul ordenó que su hijo victorioso fuera azotado y decapitado.
Referencias
  1. a b c d e Harper's Dictionary of Classical Antiquities, p. 509.
  2. a b c d e f g h i j k l Oxford Classical Dictionary, p. 339 («Dictator»).
  3. Lintott, 1999, pp. 109-113.
  4. Oxford Classical Dictionary, p. 286 («Consul»).
  5. Oxford Classical Dictionary, pp. 429 («Fasces»), 609 («Lictores»), 639 («Magistracy, Roman»), 1080 («Toga»).
  6. Broughton, 1951, p. 9.
  7. a b c Livio, ii. 18.
  8. Broughton, 1951, pp. 9, 14.
  9. Lintott, 1999, p. 104 (nota 47).
  10. a b Livio, vii. 3.
  11. a b c d e Lintott, 1999, p. 110.
  12. Livio, iv. 26.
  13. Livio, iv. 27.
  14. Siles, 2014, pp. 416-417.
  15. Livio, vii. 28.
  16. Livio, i. 31.
  17. Livio, ix. 27.
  18. a b Livio, xxiii. 23.
  19. Broughton, 1951, pp. 112, 132, 150, 152, 248.
  20. Broughton, 1951, p. 112.
  21. Dictionary of Greek and Roman Biography and Mythology, vol. II, p. 276.
  22. Broughton, 1951, p. 215.
  23. Livio, viii. 15, 17, 23.
  24. Broughton, 1951, pp. 139, 140, 145.
  25. a b c d e f g Lintott, 1999, p. 111.
  26. a b Siles, 2014, p. 418.
  27. Livio, xxiii. 14.
  28. Plutarco, Vidas, «Fabio Máximo», 4.
  29. Siles, 2014, p. 419.
  30. Lintott, 1999, p. 112.
  31. Livio, vii. 3-5.
  32. Broughton, 1951, p. 125.
  33. Livio, xxxiii. 14.
  34. Broughton, 1951, p. 248.
  35. Mommsen, 1876, pp. ii. 133-172.
  36. a b Broughton, 1951, pp. 140, 141, 147-149, 162, 163, 169-171.
  37. Livio, ii. 18, iii. 20.
  38. Dionisio, vi. 58.
  39. Livio, viii. 29-35.
  40. a b Livio, xxvii. 6.
  41. Plutarco, Vidas, «Fabio Máximo», 9.
  42. Siles, 2014, p. 415.
  43. Broughton, 1951, p. 118.

Bibliografía utilizada[editar]

Enlaces externos[editar]