Rafael Landívar

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Rafael Landívar
Rafael Landivar.jpg
Nacimiento 27 de octure de 1731
Santiago de los Caballeros de Guatemala, Capitanía General de Guatemala
Defunción 27 de septiembre de 1793
Bolonia, Flag of Italy.svg Italia
Nacionalidad guatemalteco
Lengua de producción literaria latín
Lengua materna castellano
Género poesía
Obras notables Rusticatio mexicana

Rafael Landívar (Santiago de los Caballeros, Guatemala, 27 de octubre de 1731 - Bolonia, Italia, 27 de septiembre de 1793) fue un poeta guatemalteco.

Formación[editar]

Sus padres eran nobles acaudalados. Inició su formación académica a los once años en el Colegio Mayor Universitario de San Borja, en la misma ciudad de su nacimiento, que al mismo tiempo era seminario jesuita. En 1744 se inscribió en la Real Pontificia Universidad de San Carlos. Se le confirió el grado de bachiller en filosofía en 1746, cuando aún no cumplía los quince años. Poco más de un año después, en mayo de 1747, obtuvo los grados de licenciado en filosofía y maestro.

Landívar en la Compañía de Jesús[editar]

En 1749 se trasladó a México para ingresar a la orden religiosa de la Compañía de Jesús y se ordenó sacerdote en 1755. A su regreso a Guatemala, se desempeñó como rector del colegio San Borja.

En 1765, con motivo de los terremotos que afectaron a la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala en 1751, escribió el siguiente poema, que sería publicado junto con su Rusticatio Mexicana tras la expulsión de los jesuitas de las posesiones españolas en 1767:[1]

¡Salud, salud, o dulce Guatemala,
Origen y delicia de mi vida!
Deja, hermosa, que traiga a la memoria
Las dotes las ofrendas que convidas:
Tus fuentes, agradables, tus mercados,
Tus templos, tus hogares y tu clima.

Ya me parece que tus altos montes
A lo lejos mi vista determina,
Y las praderas y campiñas verdes
Que terna primavera fertilizan.
Cada rato que cercan las ideas
De los torrentes de aguas cristalinas,
Y sus playas techadas de sombríos,
Por donde las corrientes se deslizan:
Los retretes de adornos decorados;
Y los verjeles de las rosas chiprias.

¿Qué fuera, si yo el lujo recordase
De dorados damascos y cortinas,
Ya de sedas vistosas, ya de lanas
Con la tyria escarlata bien teñidas?

Para mí siempre fueron estas cosas
Un nutrimento, un gusto bien sentido,
Y dulce alivio que socorre al alma
En los pesares y aflicciones mías.

Me engaño ¡ah! trastornaron mi cabeza
Las ilusiones que el delirio pinta!
Lo que era poco ha del gran Reino
Ciudad capital, soberbia, altiva,

Ora no es más que escombros y montones

Sin casas, plazas,, templos, ni guaridas.
No quedó ya refugio al vecindario,
Ni trepando del monte la alta cima;
Pues los fragmentos eran precipicios
Que Júpiter fraguó para la ruina.

Pero ¡qué digo! Salen ya del polvo
Desde el umbral repuestos, reconstruidos,
Hasta la cumbre los suntuosos templos
Con elegante y sólida maestría.
Ya las fuentes se asocian con los ríos:
Ya las plazas exhaustas y vacías
Se encuentran ocupadas por la turba
Restituida a la calma primitiva.

Recobra la ciudad rápidamente
De sus mismos destrozos nueva vida,
Acaso más feliz ¡quiéralo el Cielo!
Cual otro fénix de inmortal ceniza.

Gózate ya ¡resucitada Madre!
¡Capital de aquel Reino la más rica!
Libre vive desde ahora para siempre
De temblores, de sus y de ruinas;
Y yo haré resonar hasta los astros
El eco tierno de canciones vivas,
Que pregonen el triunfo esclarecido
Que has alcanzado de la muerte impía.

Acepta, en tanto, aqueste ronco plectro,
Treste consuelo de amorosa rima;
Y que por premio conseguir yo pueda

Poseer en tí mi suspirada dicha.

Traducción del latín de José Domingo Diéguez
Calendario de la Paz, 1842[1]

La Expulsión de los Jesuitas[editar]

Rey Carlos III de España, que expulsó a los jesuitas de sus territorios en 1767.

Cuando llegó al trono el rey Carlos III en 1759 la situación se tornó difícil para los jesuitas, ya que a diferencia de sus dos antecesores, el nuevo monarce no era favorable a los jesuitas, influido por su madre la reina Isabel de Farnesio, que «siempre les tuvo prevención», y por el ambiente antijesuítico que predominaba en la corte Nápoles de donde provenía.

El 2 de abril de 1767 fueron expulsados de España 2 641 jesuitas y de las Indias 2 630. Los primeros fueron concentrados y embarcados en determinados puertos, siendo acogidos inicialmente en la isla de Córcega perteneciente entonces a la República de Génova. Pero al año siguiente la isla cayó en poder de la Monarquía de Francia donde la orden estaba prohibida desde 1762, lo que obligó al papa Clemente XIII (Venecia,1693-Roma,1769) Pontífice (1758-1769) a admitirlos en los Estados Pontificios, a lo que hasta entonces se había negado. Allí vivieron de la exigua pensión que les asignó Carlos III con el dinero obtenido de la venta de alguno de sus bienes.[2]

Los historiadores del siglo XXI relacionan la expulsión de la orden con la política regalista llevada a cabo por Carlos III, aprovechando los nuevos poderes que había otorgado a la Corona en los temas eclesiásticos el Concordato de 1753, firmado durante el reinado de Fernando VI, y que constituiría la medida más radical de esa política, dirigida precisamente contra la orden religiosa más vinculada al papa debido a su "cuarto voto" de obediencia absoluta al mismo. Así la expulsión "constituye un acto de fuerza y el símbolo del intento de control de la iglesia española. En ese intento, resulta evidente que los principales destinatarios del mensaje eran los miembros del clero regular. La exención de los religiosos era una constante preocupación del gobierno y procuró evitar la dependencia directa de Roma.[3]

En Guatemala, los jesuitas abandonaron su convento en la ciudad de Santiago los Caballeros de Guatemala y su ingenio fue subastado y vendido a los dominicos. Por su parte, la iglesia y el colegio San Borja quedaron a cargo del deán de la Catedral.[4] Sus haciendas pasaron a manos privdas y se considera que muchas de las esculturas y pinturas que existían en los oratorios de las haciendas se encuentran en colecciones privadas de los descendientes de quienes adquirieron las haciendas a finales del siglo XVIII.[4]

Landívar, junto con el resto de los jesuitas guatemaltecos, marcharon a México primero, y luego a Europa, instalándose en Bolonia, Italia. Es allí donde Landívar publicó su libro «Rusticatio Mexicana» (Por los Campos de México), en latín, al igual que su «oración fúnebre» en la muerte del obispo Figueredo y Victoria, benefactor de la Compañía de Jesús. La obra alcanzó tal éxito en su primera edición, editada en Módena en 1781, que se publicó una segunda, en 1782, esta vez en la misma Bolonia, constituida por 15 libros y un apéndice, con un total de 5.348 versos. Algunas de sus otras obras son: A la capital de Guatemala y Pelea de gallos.

Muerte y sepultura[editar]

Murió el 27 de septiembre de 1793, en Bolonia, donde fue sepultado en la iglesia de Santa María delle Muratelle. En 1950 sus restos fueron encontrados y repatriados a Guatemala, en donde fue sepultado en un fastuoso mauselo que se encuentra en Antigua Guatemala.

Instituciones con su nombre[editar]

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En 1956, tras colaborar con el derrocamiento del gobierno del coronel jacobo Arbenz Guzmán, el arzobispo guatemalteco Mariano Rossell y Arellano logró que en la constitución se incluyera la autorización a la Iglesia Católica de tener propiedades, de que el Estado apoyara la educación católica y de que la iglesia poseyera una universidad, por primera vez desde que las órdenes regulares fueron expulsadas de Guatemala en 1872.[5] Gracias a esto, hubo un auge considerable en la creación de colegios católicos y en 1961 se fundó la Universidad Rafael Landívar, por la Compañía de Jesús que había retornado a Guatemala en 1955.[6]

Referencias[editar]

  1. a b Cadena, 1774, p. 63-64.
  2. Domínguez Ortiz, 2005, pp. 140-141.
  3. Mestre y Pérez García, 2004, p. 522.
  4. a b Melchor Toledo, 2011, p. 63.
  5. Asociación de Amigos del País, 2004.
  6. «Breve historial del Liceo Javier». Liceo Javier, sitio oficial. Consultado el 3 de octubre de 2014.

Bibliografía[editar]

Enlaces externos[editar]