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Mesón (establecimiento)

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El Mesón de la Dolores, en Calatayud, ejemplo de mesón histórico aragonés

Mesón es un establecimiento tradicional de hostelería destinado a ofrecer alojamiento, comida y bebida a viajeros, comerciantes y transeúntes. Históricamente desempeñó funciones similares a las de la posada, la venta o la fonda, ubicándose con frecuencia junto a caminos, cañadas, rutas comerciales, puertos de montaña o accesos a las poblaciones, donde servía como punto de descanso y avituallamiento.

Contrariamente a la etimología popular, el término no procede de «mesa», sino del latín mansio, -ōnis, voz que designaba las paradas oficiales o lugares de descanso en las calzadas romanas.[1]​ Estas mansiones romanas constituían estaciones donde se renovaban caballerías y se alojaban viajeros, antecedente directo de las hospederías medievales.

Durante la Edad Media y la Edad Moderna, el mesón se consolidó como infraestructura esencial del transporte terrestre, especialmente para arrieros, trajinantes, ganaderos trashumantes y viajeros de larga distancia. Además de hospedaje y manutención, cumplía funciones sociales y económicas, como lugar de encuentro, contratación de servicios, intercambio de noticias y actividad comercial.

En la actualidad, el vocablo se asocia principalmente a restaurantes de cocina tradicional o establecimientos de ambientación rústica y tipista, conservando el nombre por razones históricas o turísticas, aunque por lo general ya no ofrezcan alojamiento.

Etimología

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El Diccionario de la lengua española recoge mesón como derivado del latín mansio, -ōnis, término que en el mundo romano designaba una parada oficial o lugar de descanso en las calzadas romanas, donde se alojaban viajeros y se renovaban caballerías. Señala asimismo la posible influencia del francés maison (‘casa’) en la evolución formal del vocablo.[1]

Desde el punto de vista fonético, mansio dio en romance formas como mansion, maison o mesón, mediante los procesos habituales de palatalización y diptongación del latín tardío. El significado original (‘alojamiento de tránsito’) se mantuvo de forma estable en el castellano medieval.

Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), definía el mesón como «casa pública donde se acogen los caminantes y se les da hospedaje por dinero», junto con sus caballerías y carruajes, destacando su carácter de establecimiento abierto al público.[2]

Por su parte, Joan Corominas documenta el uso del término mesón desde mediados del siglo XIV, así como variantes medievales como maisón (1173) y mansión (1440), todas ellas vinculadas semánticamente a la idea de casa o alojamiento.[3]

La etimología popular que relaciona la palabra con «mesa» carece de base histórica o lingüística.

Historia

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Los mesones tienen su antecedente remoto en las mansiones de la red viaria del Imperio romano, estaciones oficiales situadas a intervalos regulares en las calzadas donde los viajeros podían descansar, cambiar caballerías y abastecerse. Tras la desaparición de la administración romana, estas infraestructuras fueron sustituidas progresivamente por hospederías privadas y establecimientos de iniciativa local, que durante la Edad Media darían lugar a mesones, posadas y ventas.[1]

Durante la Edad Media y la Edad Moderna, el mesón se convirtió en una pieza esencial del transporte terrestre y del comercio interior. Se localizaba preferentemente en:

  • caminos reales o vías principales,
  • rutas de trashumancia y cañadas ganaderas,
  • entradas de ciudades amuralladas o arrabales,
  • cruces comerciales, puentes y puertos de montaña.

Estos establecimientos solían ser de propiedad privada y estaban regentados por un mesonero o ventero, que residía en el propio edificio. Ofrecían establos o cuadras para las caballerías, espacio para carros y mercancías, cocina con comida caliente y dormitorios colectivos o alcobas sencillas. Su arquitectura respondía a criterios funcionales, con grandes zaguanes y patios interiores que facilitaban la carga y descarga.

Además de su función de hospedaje, el mesón cumplía un importante papel social y económico: servía como lugar de encuentro entre viajeros de distinta procedencia, punto de intercambio de noticias, contratación de transportes y jornaleros, celebración de tratos comerciales e incluso escenario de ferias y mercados locales. Por ello aparece con frecuencia en la literatura y la documentación administrativa de la época.[4]

En los siglos XVIII y XIX muchos mesones se integraron en redes de diligencias y postas, funcionando como paradas obligatorias de los servicios de transporte público por carretera. Sin embargo, la expansión del ferrocarril durante el siglo XIX y, posteriormente, del automóvil y la mejora de las carreteras en el siglo XX redujeron su importancia como alojamiento de tránsito. Como consecuencia, numerosos mesones cerraron o se reconvirtieron en tabernas, restaurantes o establecimientos turísticos, conservando el nombre por tradición histórica o valor costumbrista.

En la actualidad, el término se emplea sobre todo para designar locales de restauración asociados a la gastronomía tradicional y a la estética rústica, mientras que la función original de hospedaje ha sido asumida por hostales y hoteles.

Diferencias con otros establecimientos

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Aunque en el uso actual los términos suelen emplearse como sinónimos, en la documentación histórica existieron matices funcionales, geográficos y sociales entre los distintos tipos de alojamientos para viajeros:

  • Mesón: establecimiento situado dentro o en las inmediaciones de una población, destinado a proporcionar hospedaje, manutención y establo para caballerías. Solía combinar funciones de posada, taberna y casa de comidas, con espacios amplios para carros y mercancías.
  • Venta: edificio aislado, emplazado en despoblados, caminos rurales, puertos de montaña o largas travesías entre localidades. Estaba orientado al descanso de viajeros en ruta y a menudo constituía la única infraestructura de servicio en varios kilómetros a la redonda.
  • Posada: alojamiento urbano más estable y de mayor capacidad, con habitaciones individuales o compartidas y servicios más regulares. Se asocia a un público más diverso, incluidos comerciantes, funcionarios o viajeros de cierto nivel económico.
  • Fonda: término generalizado desde el siglo XIX, influido por modelos franceses e italianos, que designaba hospedajes con restauración organizada y menú fijo. Con el tiempo sustituyó en gran medida a mesones y posadas tradicionales en los núcleos urbanos.

Estas denominaciones no siempre fueron estrictas y en muchos casos coexistieron o se superpusieron, dependiendo de las costumbres locales y del desarrollo económico de cada región.[1]

En la literatura

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El mesón aparece con frecuencia en la literatura del Siglo de Oro como escenario narrativo habitual, reflejo de su importancia en la vida cotidiana de viajeros, mercaderes, soldados, arrieros y gentes de toda condición. Su carácter de espacio público y heterogéneo lo convirtió en un lugar idóneo para el encuentro de personajes de distinta procedencia social, lo que facilitaba el desarrollo de situaciones cómicas, equívocos, disputas o aventuras.

En Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, varios episodios transcurren en mesones que el protagonista confunde con castillos, recurso humorístico que contrapone la imaginación caballeresca con la realidad prosaica de las ventas y posadas del camino.[5]​ Estos espacios funcionan además como microcosmos sociales donde conviven viajeros, mozos de mulas, venteros, soldados o prostitutas.

El mesón también aparece en otras obras del teatro y la narrativa barroca, como las comedias de Lope de Vega o los entremeses cervantinos, donde suele representarse como ámbito popular asociado a la comida, el vino, el descanso y la picaresca. En la novela picaresca, por su parte, los mesones constituyen escenarios frecuentes de engaños, robos y peripecias del protagonista, como ocurre en Lazarillo de Tormes o en Guzmán de Alfarache.

Por su función simbólica, el mesón se ha interpretado como un espacio liminal entre el viaje y el destino, entre lo público y lo privado, que concentra la diversidad social y cultural de los caminos peninsulares de la época.

Refranero

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La presencia cotidiana de los mesones en los caminos peninsulares dejó una notable huella en el refranero y en las expresiones populares del castellano, donde estos establecimientos aparecen asociados tanto a la hospitalidad como al bullicio, el comercio y el riesgo de hurtos propios de los lugares concurridos. Diversos dichos fueron recogidos por Esteban Terreros y Pando en su Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes (1787), donde define el mesón como «posada para arrieros y animales de carga».[4]

Entre los refranes y locuciones tradicionales figuran:

  • «No compres a regatón ni te descuides en el mesón», que advierte del peligro de abusos o robos en lugares de trato comercial y gran concurrencia.
  • «Estar la casa como un mesón», aplicado a una vivienda abierta, desordenada o con continua entrada y salida de gente.
  • «Por un ladrón pierden ciento en el mesón», que alude a la desconfianza general que provoca la culpa de uno solo.
  • «Quedarse al mesón de la estrella», expresión antigua que significa dormir al raso o pasar la noche al aire libre, sin techo.

Estos dichos reflejan la función social del mesón como espacio de tránsito, encuentro y mezcla de gentes, así como los riesgos y vivencias asociados a los viajes por los caminos tradicionales.

En España

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La calle del Mesón de Paredes conserva la memoria de antiguos mesones madrileños

En España, los mesones constituyeron durante siglos una pieza esencial de la red de comunicaciones terrestres. Su presencia fue especialmente abundante a lo largo de los caminos reales, rutas de trashumancia, puertos de montaña y accesos a villas y ciudades, donde proporcionaban alojamiento, manutención y establo a viajeros, arrieros, trajinantes, soldados y comerciantes.

Entre los siglos XVI y XIX muchos mesones se integraron además en las rutas de diligencias y servicios de postas, actuando como paradas obligatorias para el relevo de caballerías y el descanso de pasajeros. En numerosos casos dieron origen a barrios, arrabales o topónimos que todavía perviven en el callejero urbano, testimonio de su antigua función económica y social.

Con la expansión del ferrocarril y la modernización del transporte por carretera, la mayor parte de estos establecimientos perdió su función de hospedaje y se transformó en tabernas, restaurantes o negocios turísticos. En la actualidad, el término «mesón» se utiliza con frecuencia como denominación tradicional o comercial para locales de cocina regional o ambientación rústica, aunque ya no presten alojamiento.

Entre los mesones históricos más conocidos se encuentran:

En Madrid, varios establecimientos históricos dieron nombre a calles y enclaves urbanos, como la calle del Mesón de Paredes o el antiguo mesón del Segoviano, vinculado a la muralla cristiana de Madrid.[7]

La huella de los mesones se conserva asimismo en la toponimia de numerosas localidades peninsulares, donde términos como «El Mesón», «Los Mesones» o «La Venta» recuerdan la ubicación de antiguos establecimientos de hospedaje.

En América

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En Hispanoamérica el término mantuvo durante la época colonial su sentido original de alojamiento para viajeros, comerciantes y arrieros, desempeñando funciones análogas a las de la posada o la venta peninsulares. Los mesones formaron parte de la infraestructura básica de las rutas terrestres que conectaban ciudades, centros mineros, puertos y áreas agrícolas, sirviendo como lugares de descanso, abastecimiento y estabulación de caballerías.

Durante los siglos XVI al XVIII estos establecimientos solían ubicarse en las inmediaciones de plazas mayores, caminos reales o entradas urbanas, y eran regulados por los cabildos municipales, que concedían licencias para su apertura y funcionamiento. Además del hospedaje y la comida, actuaban como espacios de intercambio comercial y sociabilidad, concentrando trajinantes, mercaderes, correos y viajeros de larga distancia.

En México, el cabildo de la Ciudad de México autorizó en 1525 el establecimiento del primer mesón documentado, lo que dio nombre a la actual calle Mesones del centro histórico.[8]​ La denominación ha perdurado tanto en la toponimia urbana como en edificios históricos, entre ellos el Mesón de Diligencias de Querétaro o el Mesón de San Antonio de Guanajuato.

Con la modernización del transporte en los siglos XIX y XX, muchos mesones desaparecieron o se transformaron en hoteles, fondas o restaurantes. En algunos países el término adquirió además acepciones locales, pudiendo designar la barra o mostrador de un bar o casa de comidas.

Véase también

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Referencias

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  1. a b c d «mesón». Diccionario de la lengua española. Real Academia Española. 
  2. Covarrubias, Sebastián de (1611). Tesoro de la lengua castellana o española. 
  3. Corominas, Joan (1961). Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. 
  4. a b Terreros y Pando, Esteban (1787). Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes. 
  5. Cervantes, Miguel de (1615). Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. 
  6. «Mesón de la Dolores». Sistema de Información del Patrimonio Cultural Aragonés. 
  7. «En el Mesón del Segoviano había 180 metros de muralla cristiana». El País. 18 de agosto de 1991. 
  8. González Gamio, Ángeles (4 de junio de 2006). «Casa Vecina». La Jornada. 

Enlaces externos

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