Compromiso de Breda

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El compromiso de Breda, también llamado compromiso de los nobles, fue un documento presentado en 1566 por la nobleza de los Países Bajos (bajo dominio del Imperio español) a Margarita de Parma, gobernadora española de los Países Bajos, en el que aquellos solicitaban la libertad de culto religioso y la abolición de la Inquisición. Su rechazo por parte de las autoridades españolas fue uno de los motivos principales que provocaron la guerra de los ochenta años.

Antecedentes[editar]

En 1518 Carlos I, soberano de los Países Bajos, heredó la corona del reino de España de su abuelo Fernando el Católico; nacido y educado en los Países Bajos, Carlos I practicó durante su reinado en España una política de tolerancia para con el protestantismo imperante en su país natal y de respeto hacia sus costumbres [cita requerida].

Tras su abdicación en 1556 fue su hijo Felipe II quien le sucedió en el trono de ambos países (además de Nápoles, Sicilia y las colonias americanas). Felipe II, criado en España y educado en el catolicismo estricto, reprimió la libertad de culto religioso, nombrando al cardenal Granvela presidente del consejo de estado de Flandes, estableciendo la Inquisición, situando en los puestos de responsabilidad a funcionarios españoles en detrimento de los holandeses y haciendo caso omiso de las protestas populares que éstos presentaban por su gestión.

Protesta holandesa[editar]

Unidos católicos y protestantes de la nobleza holandesa, encabezados por Guillermo de Orange, consiguieron la dimisión de Granvela en 1564 y maniobraron para conseguir la autonomía dentro del Imperio español y la libertad religiosa.

El 2 de abril de 1566, doscientos representantes de la nobleza de los Países Bajos encabezados por Guillermo de Orange, Luis de Nassau y Enrique de Brederode presentaron a Margarita de Parma, hermana de Felipe II y gobernadora de los Países Bajos en esa fecha, el Compromiso de Breda, una reclamación formal en la que pedían la abolición de la Inquisición y la libertad de culto religioso, pero sin discutir la autoridad del rey de España. Margarita de Parma aconsejó moderación, pero la respuesta de Felipe II fue tajante: su negativa a las solicitudes de los nobles holandeses fue rotunda, decretando la aplicación íntegra de las disposiciones del concilio de Trento y la obligatoriedad del catolicismo, tal vez influido por los hechos que habían ocasionado las guerras de religión en Francia.

Consecuencias[editar]

Entre el 14 y el 17 de agosto de ese mismo año la situación degeneró en revueltas populares: los protestantes calvinistas allanaron y destruyeron las iglesias católicas y alborotaron el país entero. En un principio las fuerzas de la gobernadora Margarita consiguieron reprimir la rebelión y restablecer el orden.

En agosto de 1567 llegaría a los Países Bajos al frente de los tercios el duque de Alba Fernando Álvarez de Toledo, quien se encargaría de sofocar las rebeliones con dureza: fundó el Tribunal de los Tumultos para juzgar a los responsables de los desórdenes (llamado el Tribunal de la Sangre por el rigor de sus condenas), y ordenó prender y ejecutar al Egmont y al conde de Horn quienes, aun siendo católicos, habían simpatizado con el movimiento nacionalista holandés. La represión obligaría al exilio a muchos partidarios de la causa holandesa, entre ellos al propio Guillermo de Orange.

La represión de las libertades religiosas sería una de las causas que llevarían a los Países Bajos a rebelarse contra la dominación española, desembocando en la guerra de los ochenta años que se prolongaría hasta 1648 con el reconocimiento oficial de la independencia del país.

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