Tribunal de los Tumultos

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El Tribunal de los Tumultos, conocido por los holandeses como Tribunal de la sangre o Tribunal sangriento, fue instaurado por Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, III duque de Alba, en Bruselas el 5 de septiembre de 1567 para juzgar a los culpables de la iconoclasia ocurrida entre agosto y octubre de 1566, en la que los calvinistas asaltaron las iglesias católicas y quemaron las imágenes de los santos.

La Tormenta de las imágenes o Asalto a las imágenes, (Beeldenstorm en neerlandés), ocurrida durante los meses de agosto y otubre de 1566, fue una iconoclasia perpetuada por los calvinistas, opuestos a la Iglesia Católica y las imágenes a las que consideraban que contradecían al segundo mandamiento), que arremetieron contra las iglesias y los monasterios y destruyeron cientos de estatuas.

El Tribunal de los Tumultos condenó a muerte a centenares de flamencos a los que confiscó sus propiedades, entre ellos a los condes de Egmont y Horn, dos de los principales nobles flamencos, decapitados en Bruselas y cuyas cabezas estuvieron expuestas tres horas. También fue detenido Felipe de Montmorency, que estaba en Madrid como negociador. Condenado por el tribunal, su sentencia fue enviada a España por el duque y ejecutado en 1570.

La represión ejercida por el Tribunal de los Tumultos y el duque de Alba, al que los holandeses llamaban “el duque de hierro”, creó un profundo resentimiento en los Países Bajos de los Habsburgo contra el rey Felipe II de España, el duque y los españoles, que no pudieron contrarrestar la sublevación de esos países contra la Monarquía Hispánica. En el resto de Europa se alzaron voces en contra de la represión, principalmente de los príncipes protestantes alemanes, que presionaron a los embajadores españoles pidiendo menos rigor en las penas.

La política del Tribunal se resumía en la cita de su secretario:

haeretici frexentur templa, boni nihil fecerunt contra; ergo debent omnes patibulari - Los templos fueron quemados por los herejes, los buenos [católicos] no hicieron nada en contra, por lo tanto deben ir todos al patíbulo.

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