Filomena

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Santa Filomena
Kip sv. Filomene u Molvama.jpg
Imagen yacente de Santa Filomena.
Virgen y Mártir
Nombre Filumena
Apodo Hija de la Luz o Bienamada
Nacimiento 8 de septiembre de 207 D.C.
Corfú, Grecia Bandera de Grecia
Fallecimiento Diciembre 220 D.C.
Roma, Italia Bandera de Italia
Venerada en Iglesia Católica
Beatificación Culto Aprobado
Canonización 30 de enero de 1837 por el Papa Gregorio XVI en Roma
Festividad 11 de agosto Vetus Ordo
Atributos Palma, lirio, corona, flechas, ancla y látigo
Patronazgo Bebés, esterilidad, niños, hijos de María, causas desesperadas, causas olvidadas, causas imposibles, infertilidad, causas perdidas, Rosario Viviente, recién nacidos, pobres, curas, enfermos, esterilidad, niños que aprenden a caminar, jóvenes
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Santa Filomena fue una virgen y mártir de la Iglesia.

Descubrimiento[editar]

Filomena, una joven mártir de la Iglesia primitiva, durmió en el olvido de la historia hasta el hallazgo de sus restos mortales. El día 26 de noviembre del año 1798 a las 17:41 horas, mientras se llevaban a cabo excavaciones constantes en las famosas catacumbas de Santa Priscila, en la Vía Salaria de Roma, se encontró una cripta sellada con tres losas de terracota que cerraban la entrada; estaba rodeada de símbolos que aludían al martirio y a la virginidad de la persona ahí enterrada; los símbolos eran: ancla, tres flechas, una palma y una flor. Llevaban la inscripción «Lumena — Pax Te — Cum Fi». Al leer desde la línea de en medio según la antigua tradición de comenzar el epitafio desde esta línea, se obtuvo el texto correcto que se leería como «Pax tecum Filumena», que en latín quiere decir «La paz sea contigo, Filomena».

Al abrir la tumba descubrieron un esqueleto que era de huesos pequeños y notaron, a la vez, que el cuerpo había sido traspasado por flechas. Al examinar los restos, los cirujanos atestiguaron la clase de heridas recibidas y los expertos coincidieron en que el cuerpo encontrado se trataba de una chica joven de 12 o 13 años. Cerca de su cabeza tenía un jarrón roto que contenía sangre seca, siguiendo la costumbre antigua de los primeros cristianos al sepultar a los mártires; también, por el entusiasmo que causaba en los primeros cristianos la valentía de los que morían por la fe, acostumbraban a marcar la losa con el signo de la palma. Posteriormente se colocó su cuerpo en una caja de ébano forrada en seda y se entregó a la Iglesia, el 10 de agosto de 1805. Sus reliquias se trasladaron a la Parroquia de la Virgen de la Gracia de Mugnano, donde se encuentra su santuario.

Cuando era joven, Pauline Jaricot fue sanada por la intercesión de santa Filomena de una enfermedad cardíaca. En honor de la santa fundó tres asociaciones católicas: la Asociación del Rosario Viviente, la Sociedad para la Propagación de la Fe y la Asociación de la Santa Niñez.

Historia[editar]

Historia de la vida según las revelaciones a la Madre María Luisa de Jesús. "Yo soy la hija de un príncipe que gobernaba un pequeño estado de Grecia. Mi madre era también de la realeza. Ellos no tenían niños. Eran idólatras y continuamente ofrecían oraciones y sacrificios a sus falsos dioses. Un doctor de Roma llamado Publio vivía en el palacio al servicio de mi padre. Este doctor se había convertido al cristianismo. Viendo la aflicción de mis padres y por un impulso del Espíritu Santo, les habló acerca de nuestra fe y les prometió orar por ellos si consentían en bautizarse. La gracia que acompañaba sus palabras iluminó el entendimiento de mis padres y triunfó sobre su voluntad. Se hicieron cristianos y obtuvieron su esperado deseo de tener hijos.

Al momento de nacer, me pusieron el nombre de Lumena, aludiendo a la luz de la fe, de la cual yo era fruto. El día de mi bautismo me llamaron Filumena, hija de la luz (filia luminis), porque en ese día había nacido a la fe. Mis padres me tenían gran cariño y siempre me tenían con ellos. Por eso me llevaron a Roma en un viaje que mi padre tuvo que hacer debido a una guerra injusta.

Yo tenía trece años. Cuando arribamos a la capital, nos dirigimos al palacio del emperador y fuimos admitidos para una audiencia. Tan pronto como Diocleciano me vio, fijó los ojos en mí.

El emperador oyó toda la explicación del príncipe, mi padre. Cuando acabó y no queriendo ser ya más molestado le dijo: "Yo pondré a tu disposición toda la fuerza de mi imperio. Solo deseo una cosa a cambio, que es la mano de tu hija". Mi padre, deslumbrado por un honor que no esperaba, accedió inmediatamente a la propuesta del emperador y cuando regresamos a nuestra casa, mi padre y mi madre hicieron todo lo posible para inducirme a que cediera a los deseos del emperador y los suyos. Yo lloraba y les decía: "¿Ustedes desean que por el amor de un hombre yo rompa la promesa que he hecho a Jesucristo? Mi virginidad le pertenece a Él y yo ya no puedo disponer de ella".

—Pero eres muy joven para ese tipo de compromiso -me decían y juntaban las más terribles amenazas para que aceptara la mano del emperador.

La gracia de Dios me hizo invencible. Mi padre no podía cambiar la decisión del emperador pero quería deshacerse de la promesa. Fue obligado por Dioclesiano a llevarme a su presencia.

Antes tuve que soportar nuevos ataques por parte de mis padres hasta el punto que de rodillas ante mí, imploraban con lágrimas en sus ojos que tuviera piedad de ellos y de mi patria. Mi respuesta fue: "No, no. Dios y el voto de virginidad que le he hecho están antes que ustedes y mi patria. Mi reino es el Cielo".

Mis palabras los desesperaban y me llevaron ante la presencia del emperador, quien hizo todo lo posible para ganarme con sus atractivas promesas o con sus amenazas, que fueron inútiles. Se puso furioso e, influenciado por el demonio, me mandó a una de las cárceles del palacio donde fui encadenada. Pensaban que la vergüenza y el dolor iban a debilitar el valor que mi Divino Esposo me había inspirado. Me venía a ver todos los días y soltaba mis cadenas para que pudiera comer la pequeña porción de pan y agua que recibía como alimento y después renovaba sus ataques, que si no hubiera sido por la gracia de Dios no habría podido resistir. Yo no cesaba de encomendarme a Jesús y su Santísima Madre.

Mi cautiverio duró treinta y siete días, y en medio de una luz celestial, vi a María con su Divino Hijo en sus manos. Ella me dijo: "Hija, tres días más de prisión y después de cuarenta días, se acabará este estado de dolor". Esas felices noticias hicieron que mi corazón latiera de gozo, pero como la Reina de los Ángeles había añadido, dejaría la prisión para sostener un combate más terrible que los que ya había tenido. Pasé del gozo a una terrible angustia que yo pensaba me mataría. "Hija, ten valentía" —dijo la Reina de los Cielos y me recordó mi nombre que había recibido en mi Bautismo diciéndome: "Tú eres LUMENA, y tu Esposo es llamado Luz. No tengas miedo. Yo te ayudaré. En el momento del combate, la gracia vendrá para darte fuerza. El ángel Gabriel vendrá a socorrerte. Yo le recomendaré especialmente a él tu cuidado".

Las palabras de la Reina de las Vírgenes me dieron ánimo. La visión desapareció dejando la prisión llena de un perfume celestial.

Lo que se me había anunciado, pronto se realizó. Diocleciano perdiendo todas sus esperanzas de que yo cumpliera la promesa de mi padre, tomó la decisión de torturarme públicamente. El primer tormento era ser flagelada. Ordenó que me quitaran mis vestidos y que fuera atada a una columna en presencia de un gran número de hombres de la corte. Hizo que me latigaran con tal violencia que mi cuerpo se bañó en sangre y lucía como una sola herida abierta. Pensando que me iba a desmayar y morir, el tirano hizo que me arrastraran a la prisión para que muriera.

Dos ángeles brillantes de luz se me aparecieron en la oscuridad y derramaron un bálsamo en mis heridas, restaurando en mí la fuerza que no tenía antes de mi tortura.

Cuando el emperador fue informado del cambio que en mi había ocurrido, ordenó que me llevaran ante su presencia y trató de convencerme de que mi sanación se la debía a Júpiter, que deseaba que yo fuera la emperatriz de Roma. El espíritu Divino, a quien yo debía la constancia en perseverar en la pureza, me llenó de luz y conocimiento y a todas las pruebas que daba de la solidez de nuestra fe, ni el emperador ni su corte podían hallar respuesta.

Entonces, el emperador, frenético, ordenó que me arrojaran con un ancla atada al cuello a las aguas del río Tiber. La orden fue ejecutada inmediatamente, pero Dios permitió que no sucediera.

En el momento en que iba a ser precipitada al río, dos ángeles vinieron en mi socorro y cortaron la soga que estaba atada al ancla, que fue a parar al fondo del río, y me transportaron gentilmente a la vista de la multitud a las orillas del río.

El milagro logró que un gran número de espectadores se convirtiera al cristianismo.

El emperador, alegando que el milagro se debía a la magia, ordenó que me arrastraran por las calles de Roma y que me dispararan una lluvia de flechas. Brotó la sangre de todas las partes de mi cuerpo y ordenó que fuera llevada de nuevo a mi calabozo. El cielo me honró con un nuevo favor: entré en un dulce sueño y cuando desperté estaba totalmente curada. El tirano, lleno de rabia dijo: "Que sea traspasada con flechas afiladas". Otra vez los arqueros doblaron sus arcos, emplearon todas sus fuerzas, pero las flechas se negaban a salir. El emperador estaba presente y se puso furioso. Entonces, pensando que la acción del fuego podía romper el encanto, ordenó que las saetas se pusieran a calentar en el horno y que fueran dirigidas a mi corazón. Fue obedecido, pero las flechas, después de haber recorrido parte de la distancia, se giraban y regresaban para herir a aquellos que la habían disparado. Seis de los arqueros murieron. Algunos de los demás renunciaron al paganismo y el pueblo empezó a dar testimonio público del poder de Dios que me había protegido. Esto enfureció al tirano y determinó apresurar mi muerte, ordenando que me decapitaran con un hacha.

Representación[editar]

En la iconografía católica se retrata a Filomena como una chica de pelo largo, ondulado y oscuro, vestida con una túnica larga generalmente blanca, azul o anaranjada, con hojas de palma (símbolo de martirio), flechas o un ancla en las manos, y una corona real o de flores en la cabeza.

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