Eduardo Valfierno

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Eduardo Valfierno (1850, Buenos Aires, Argentina - 1931, Los Ángeles, Estados Unidos), también conocido como Marqués de Valfierno, fue un estafador argentino considerado el autor intelectual del robo de La Gioconda (Mona Lisa), ocurrido el 21 de agosto de 1911.[1]

Primeros años[editar]

Hijo de un rico terrateniente; en su juventud, Valfierno llevó un estilo de vida caracterizado por el lujo y el derroche, lo que lo llevó a despilfarrar la fortuna que heredó de su padre. Acabado el dinero, para continuar con su estilo de vida debió vender los objetos de arte y antigüedades que habían pertenecido a su familia, pero aún así no pudo evitar la bancarrota. Fue entonces cuando comenzó su vida delictiva, al descubrir que sus clientes estaban dispuestos a comprar obras de arte robadas. En uno de sus regulares viajes a Francia, a dónde se hacía llamar Marqués de Valfierno, conoce a Yves Chaudron, un artista que se dedicaba principalmente a falsificar pinturas del Renacimiento. Fueron ellos quienes en 1910 idearon el robo del famoso cuadro.[1]

El robo de La Gioconda[editar]

Espacio vacío en donde debía estar La Gioconda, en el Museo del Louvre, en 1911.

A lo largo de catorce meses, Chaudron realizó seis copias de La Gioconda de gran calidad sobre madera de álamo original del siglo XVI, con óleos que hizo él mismo, utilizando los procedimientos y componentes habituales de la época. En el mismo lapso, Valfierno se dedicó a contactar con los futuros compradores, con quienes pactó la venta para hacerse efectiva cuando el robo se hubiese consumado. Para llevarlo a cabo, se contactó con Vincenzo Peruggia, un carpintero italiano que trabajaba en el Museo del Louvre, a quien se le prometió una abultada suma de dinero y se le dijo que el cuadro sería robado para «ser devuelto a su patria».[1]

En aquella época, el museo estaba haciendo unas refacciones y era frecuente que algunos obreros se quedaran por las noches trabajando. Así, el 21 de agosto de 1911 a las 8 de la mañana Peruggia descolgó el cuadro, aprovechando un descuido del guardia de seguridad, en el descanso de una escalera lo despojó de su marco ocultándolo debajo de su amplio guardapolvo y se retiró, dando por finalizada su jornada laboral. Debido a que el museo acababa de inaugurar un estudio fotográfico, era frecuente que algunas piezas estuviesen temporalmente ausentes. Debido a ello, el robo no fue advertido hasta el día siguiente, cuando Louis Beroud, un copista de obras famosas, solicitó al guardia que le pidiera al departamento fotográfico que apresurara su labor con la pintura.[1]

Advertido el robo el accionar fue inmediato. Todos los empleados fueron interrogados, incluyendo a Peruggia, pero ninguno resultó sospechoso. Las fronteras se cerraron y se registró a todo barco y tren que partía. Aunque, sin pistas sólidas, la investigación no prosperó y la prensa reflejó toda clase de especulaciones. El 7 de septiembre la policía arrestó al poeta Guillaume Apollinaire; por ser amigo de Gery Piéret, culpable de robar dos estatuillas del mismo museo. A su vez, Apollinaire implicó a Pablo Picasso, pero finalmente ambos fueron puestos en libertad. Peruggia conservó el cuadro por dos años, esperando en vano que se contactaran con él; pero Valfierno ya había vendido las copias y no necesitaba del original, el cual era muy peligroso de poseer.[1]

El 22 de diciembre de 1913 Peruggia se contactó con un coleccionista italiano de nombre Alfredo Geri, a quien le ofreció la pintura por medio millón de liras y la promesa de que el cuadro no retornaría nunca a Francia. La entrega se realizó en la vía Borgognissanti (Florencia), y mientras el especialista Giovanne Poggi certificaba su autenticidad, la policía arrestaba al ladrón. Vicenzo Peruggia fue juzgado en ese país y condenado a un año y quince meses de prisión, pero quedó en libertad luego de siete meses. Tras lo cual la obra realizó una gira de dos meses por diversos museos italianos, antes de retornar al Louvre. En el juicio, Vicenzo declaró haberlo hecho como un «acto patriótico» y nunca delató a sus cómplices.[1]

Últimos años[editar]

Tras la gran estafa, Valfierno y Chaudron viajaron a Los Ángeles, a donde amasaron una gran fortuna vendiendo falsificaciones a las estrellas de cine. En 1931, sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida, Valfierno concedió una entrevista al periodista Karl Decker, en la cual confesó el verdadero origen de su fortuna. Fue explícito y dio los suficientes detalles como para que los especialistas acrediten la veracidad de sus dichos, incluyendo la identidad de los cinco estadounidenses y el brasileño que pagaron 300 000 dólares por cada falsificación. Con la única condición de que la historia fuese divulgada tras su muerte. Se estima que poseía al fallecer entre 30 y 60 millones de dólares. Los cuadros continúan existiendo y fueron revendidos en varias oportunidades, pero ninguno de los compradores originales pudo recuperar el dinero desembolsado inicialmente.[1]

Referencias[editar]

  1. a b c d e f g Silveyra, Jorge Omar (diciembre de 2007). «La criminalística y las falsificaciones de obras de arte». Egida (Buenos Aires, Argentina: Editorial Policial) 1 (3):  pp. 16-22. ISSN 1852-3870. 

Enlaces externos[editar]