Biopolítica

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Biopolítica es un concepto que alude a la relación entre la política y la vida. El concepto cobró notoriedad a partir de su desarrollo en la obra de Michel Foucault, por esta razón se le suele considerar como el responsable de la introducción del neologismo en el mundo académico. Sin embargo, según Roberto Esposito, probablemente el primero en emplear el vocablo fue el filósofo sueco Rudolf Kjellén. Para este autor, a diferencia de otros filósofos y politólogos, el Estado no era una entidad jurídica nacida del contrato social: el Estado debía entenderse como un conjunto de personas que actúan como un organismo único, a la vez espiritual y corpóreo. A partir de ahí, la biopolítica fue definida como la política de la vida biológica y cultural de las sociedades, misma que se materializa en la existencia del Estado.[1]

Foucault hizo uso del término por primera vez durante una de las conferencias que dictó en el curso de medicina social de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (Brasil) en octubre de 1974. Allí plantea que el control de la sociedad no sólo se realiza a través de la ideología, sino que requiere del control del cuerpo de los individuos.

El control de la sociedad sobre los individuos no sólo se efectúa mediante la conciencia o por la ideología, sino también en el cuerpo y con el cuerpo. Para la sociedad capitalista es lo bio-político lo que importa ante todo, lo biológico, lo somático, lo corporal. El cuerpo es una entidad biopolítica, la medicina es una estrategia biopolítica.[2]

Definiciones[editar]

  1. Tecnologías históricas de ejercicio del poder. Se desarrolla entre el siglo XVII y XVIII.[3] Es la forma de control sobre la vida de los seres humanos a través de las regulaciones. Se contrapone a la anatomopolítica que trataba de un sistema de disciplinar a los individuos. Estas dos formas de ejercicio del poder, propio de la modernidad, surge cuando las formas de administración del poder en la Edad Media dejan de ser eficaces para hacer de la sociedad una máquina de producción. La biopolítica trata que los cerebros se autoregulen (controlen) y busquen crear una "forma de vida verdadera", de manera tal que no solo se extiende la biopolítica en temas como identidad, nacionalismo, cosmopolitismo etc., sino también hacia resistencias como sexualidad, género, etnicidad, clase, etc.
  2. En la obra de Michel Foucault, el estilo de gobierno que regula la población mediante el biopoder (la aplicación e impacto del poder político en todos los aspectos de la vida).
  3. La aplicación política de la bioética. Si bien esta acepción del término aparece de vez en cuando, se trata de una inexactitud.
  4. Un espectro político que refleja las posiciones particulares hacia las tecnologías emergentes sobre el eje tecnoprogresivista/bioconservador.
  5. El activismo político en demanda de, o en oposición a, la tecnología reproductiva y la ingeniería genética.
  6. Políticas públicas que apuntan a la tecnología reproductiva y a la ingeniería genética.
  7. Activismo político preocupado de la calidad de todas las formas de vida.
  8. En la obra de Michael Hardt y Antonio Negri, la insurrección anticapitalista que usa la vida como armas; por ejemplo el fenómeno de los refugiados, el éxodo (política) y, 'en su más trágica y revolucionaria forma', el terrorismo suicida. Conceptualizados como lo opuesto al biopoder, el que es visto como la práctica de la soberanía en condiciones biopolíticas.[4]

Contenido[editar]

A comienzos del siglo XXI sigue resultando difícil dar carta de ciudadanía al estudio de la biopolítica. Mientras hace tiempo que el concepto de “bioética” ha sido incorporado a diccionarios del idioma castellano como el RAE o el María Moliner, no sucede lo mismo con “biopoder” o “biopolítica”. Quizás el hecho proceda de las diferentes realidades (humanitarias unas, las bioéticas; desapacibles otras, las biopolíticas) a las que aluden. Una definición provisional de “biopolítica” podría ser: “conjunto de saberes, técnicas y tecnologías que convierten la capacidad biológica de los seres humanos en el medio por el cual el Estado alcanza sus objetivos”. Es decir, desde el inicio de la edad contemporánea el Estado y los elementos económicos que le apoyan -o que le utilizan- se esfuerzan por potenciar las capacidades físicas e intelectuales que consideran valiosas, ya que éstas constituyen el instrumento gracias al cual los agentes lograrán sus propósitos.

Puede pensarse que la definición conlleva cierta ambigüedad, puesto que todos los grupos que han disfrutado de poder en el pasado han usado las capacidades humanas para sus objetivos. Sin embargo, los Estados preindustriales gestionaban unos hechos que consideraban naturales, como el número de habitantes de un territorio y su estado de salud; si acaso, estimulaban su reproducción con medidas fiscales o reconociendo la contribución de las familias numerosas al bien de la comunidad. En cambio, una época industrial y postindustrial (es decir, aquella donde la industria ha dejado de ser la fuente principal de generación de riqueza y puestos de trabajo, porque esta función recae en el sector terciario -los servicios- o cuaternario -la investigación científica y tecnológica) parte de realidades creadas y desarrolladas por los mismos Estados. Frente a unos seres humanos dejados a las fuerzas del azar y el medio ambiente, en la era biopolítica encontramos una biología distinta, disciplinada y sometida a las capacidades de las autoridades para intervenir a favor o en contra de la expansión de los sujetos.

Los poderes impulsan la vida, desde la concepción que tenía Michel Foucault sobre la biopolítica, o terminan con ella, lo que constituye el motivo de reflexión de Giorgio Agamben. Según Foucault, el ser humano constituye una materia prima, como la tierra o los recursos naturales, que los agentes con poder se esfuerzan en potenciar para extraer todos los beneficios posibles: la imagen de un Estado-guardabosques que espera al momento adecuado para hacerse con la mejor madera es sustituida por la de un Estado-jardinero que todos los días vigila las plantas y abona, poda, injerta, elimina las malas hierbas, riega y cosecha cada fruto en el tiempo adecuado; momento éste que varía de una planta a otra: pensemos en la capacidad que tienen las vacunas para proteger a los individuos, el empeño en reducir las muertes por accidentes de tráfico a través de medidas como el carné por puntos, el esfuerzo por aumentar la movilidad de los afectados por una enfermedad grave a través de la inversión de enormes recursos en investigación, etc. Recordemos también las ayudas que en los últimos tiempos los gobernantes españoles proporcionan a las familias por cada hijo que traen al mundo, las reformas educativas para aumentar el número de titulados en la educación secundaria (con escaso presupuesto, bien es cierto), el incremento en la política de becas para los universitarios,... la vida es cualquier cosa menos algo espontáneo.

En el otro extremo del espectro, la obra de Agamben se extiende sobre un hecho que considera indiscutible, la desposesión de los derechos que la ley tradicionalmente reconocía a los individuos. La enajenación se realiza a través del internamiento en campos (de concentración o de exterminio) y de la declaración del Estado de excepción. Las diferencias entre este planteamiento y los anteriores son tan acusadas que se podría decir que su obra merece un concepto propio, el de tanatopolítica, o un apartado propio dentro de la biopolítica. Las reflexiones de Agamben ponen al día los mecanismos que el Estado ejercita para lograr sus objetivos, que pasan por terminar con la vida de una parte de la población que administra. Gracias a la muerte de unos sujetos se intenta proteger la vida de otros porque los primeros -piensan las autoridades- constituyen una amenaza para la salud y supervivencia del resto. Ahora bien, en opinión del pensador italiano las experiencias del siglo XX serían herederas de un oscuro concepto del derecho romano, el de homo sacer, que se encarna en individuos a los que cualquiera puede matar sin delito y, por esa razón, su vida vale tan poco que no puede ser objeto de sacrificio porque los dioses no la aceptarían como ofrenda; desde esta visión, la biopolítica tiene unos orígenes lejanos, milenarios.

Frente a la posición agambeana cabe la alternativa de pensar que la importancia de la biología y la demografía constituye una consecuencia derivada del modo de producción actual, de la necesidad que tiene el capital de extraer beneficio de todo lo que le rodea. En ese caso, la biopolítica sería un producto del capitalismo. Este planteamiento considera al cuerpo humano como una realidad desatendida hasta el siglo XIX; desde entonces, no ha dejado de cobrar relevancia, como muestra la importancia de las disciplinas y las técnicas de gestión de personal para la producción. Frente al cuerpo dado, nacido, el individuo se esfuerza por construir una representación más perfecta a través de dispendios económicos y el Estado un cuerpo que se adapte a los ritmos y conocimientos técnicos que necesita la producción. A ello debe añadirse la prolongación de la etapa laboral, en consonancia con el aumento de una esperanza de vida alentada por los propios Estados. También cabe la posibilidad de que se trate de una realidad independiente de lo económico (al menos, hasta cierto punto) que guarda relación con las lógicas expansionistas del poder político, de su esfuerzo de éste por imponerse en el escenario mundial, o de ciertos grupos por lograr cuotas crecientes de poder en la sociedad. Hacia la conexión económica se inclina Paolo Virno, mientras la pugna por el poder es la preferida por Foucault.

Por otro lado, desde sus inicios “biopoder” y “biopolítica” han pasado por ser términos sinónimos, aunque ha tendido a utilizarse el segundo con preferencia al primero. Sin embargo, con el paso del tiempo quizás puedan perfilarse diferencias entre ellos. Así, se podría definir el biopoder como el dominio que se ejerce sobre los seres vivos con el objetivo de hacer crecer su número y multiplicar sus capacidades. Esto no sería posible -es claro- sin los progresos de la medicina y la biología, disciplinas a las que se suma la ingeniería en las últimas décadas (en su rama genética, por ejemplo). En este campo las primeras medidas que tuvieron éxito fueron las higiénicas, que constituyen un biopoder en gestación que vio la luz en los inicios de la Revolución industrial. En la actualidad, de la mano de la ciencia y la tecnología, se expande sin cesar la capacidad de intervenir sobre todas las formas de vida. La biopolítica incluiría esos instrumentos en su gestión de los asuntos humanos, junto con el uso de la burocracia y el resto de mecanismos de información y gestión que tiene el Estado en sus manos (policía, etc.).

La biopolítica entendida como preocupación por la población ya se encuentra entre los pensadores de la Escuela de Salamanca, pero alcanza su madurez cuando a ese interés se añaden unos medios que ven la luz en el siglo XVIII; este siglo constituye el origen de nuestro presente porque en él se inició la Revolución industrial y se desarrolló la Revolución francesa. Según esta concepción, el biopoder estaría incluido dentro de la biopolítica, aunque esta relación -como tantas otras cuestiones que tienen que ver con el tema- tampoco constituya algo consensuado entre los estudiosos. En todo caso, las ventajas de defender esa relación entre biopoder y biopolítica consisten en recalcar la importancia instrumental de la tecnología en nuestros días y en clarificar el origen contemporáneo de los problemas, frente a referentes lejanos en el tiempo como los que sitúan la biopolítica en la antigua Roma. De todo ello cabe concluir que los autores discrepan sobre el origen de este campo del saber y sus líneas fundamentales de investigación, pero coinciden en que tiene futuro dilatado.

Referencias[editar]

  • Michel Foucault, La Historia de la Sexualidad, Volumen I: La Voluntad de Saber
  • Giorgio Agamben, Homo Sacer
  • Michael Hardt y Antonio Negri, Empire
  • Michael Hardt y Antonio Negri, Multitude: War and Democracy in the Age of Empire
  • Javier Ugarte Pérez, Comp, La administración de la vida. Estudios biopolíticos. Barcelona, Anthropos, 2005. http://www.javierugarte.net
  • Javier Ugarte Pérez "Biopolítica. Un análisis de la cuestión" en Claves de Razón Práctica. Madrid, Progresa, 2006, pp. 76-82.
  • Sonia Arribas, Germán Cano, Javier Ugarte, Coordinadores, "Hacer vivir, dejar morir. Biopolítica y capitalismo". CSIC-La Catarata. Madrid, 2010.
  • Roberto Esposito, Comunitas. Buenos Aires, Amorrortu.
  • Roberto Esposito, Inmunitas. Buenos Aires, Amorrortu.
  • Esposito, Roberto (2011). Bíos. Biopolítica y filosofía. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Roberto Esposito, Tercera persona, Política de la vida y filosofía de lo impersonal. Buenos Aires, Amorrortu, 2009.
  • Foucault, Michel (1974). «La naissance de la médecine sociale». Segunda conferencia del curso de Medicina Social de la Universidad del Estado de Río de Janeiro. Consultada el 17 de enero de 2013.

Notas[editar]

  1. Esposito, 2011: 28.
  2. Michel Foucault: Fragmentos sobre biopolítica. En: Ramon Alcoberro i Pericay. Filosofia i pensament.
  3. Foucault, Michael, Estética, ética y hermenéutica, Editorial Paidos, 1999, p. 245.
  4. Michael Hardt y Antonio Negri (2005). Multitude: War and Democracy in the Age of Empire. Hamish Hamilton.

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