El hombre de la arena (relato)

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El hombre de la arena (Der Sandmann) es un relato corto escrito por E.T.A. Hoffmann y publicado en 1816 dentro de la obra Piezas nocturnas (Die Nachtstücke). El relato, que se encuentra encuadrado dentro del Romanticismo alemán, está basado en el personaje bondadoso llamado "el hombre de la arena" que lanza arena en los ojos a los niños para que se queden dormidos, aunque en este relato se le da una visión macabra y terrorífica.

Argumento[editar]

La historia comienza de forma epistolar, con la lectura de tres cartas. La primera de ellas la envía Nathanael a su amigo Lotario, quien es a la vez el hermano de su prometida Clara. Por equivocarse trauma poner el destinatario, es Clara quien finalmente lee la carta. En ella, Nathanael habla de su infancia. Le cuenta como todas las noches, al sonar las nueve, eran de niños mandados él y sus hermanos a la cama con gran celeridad, siempre con la frase de la madre: "Ya viene el hombre de la arena".


El caso es que todas las noches, desde su dormitorio, el niño realmente oía pasos en el pasillo, y creía que era el hombre de la arena. Preguntando a su madre, le cuenta que el hombre de la arena no existe, que cuando dice que viene lo que quiere decir es que tienen mucho sueño y es como si le lanzaran arena en los ojos. No quedando satisfecho, le pregunta a una vieja nodriza, y su explicación es radicalmente distinta. "-¡Ah, queridito! -me contestó-, ¿no lo sabes? El Hombre de la Arena es un hombre malo que va a buscar a los niños cuando no quieren acostarse y les echa arena a los ojos hasta hacerlos llorar sangre. Después los mete en una bolsa y se los lleva a la luna para que se lo coman sus hijitos. Eso es, dice, lo que hace con los niños que desobedecen a sus padres cuando les dicen que hay que acostarse." Nathanael queda desde entonces traumatizado por este relato. "¡El Hombre de la Arena! ¡El Hombre de la Arena!"


Con el paso de los años, siendo todavía un niño, pero con más edad, decide averiguar quién emite los pasos cada noche, y sin que nadie le vea, tras sonar la hora, se esconde en un armario del escritorio de su padre, hacia donde se dirigen los pasos cada noche. Allí descubre que la persona que entra cada noche es el abogado Coppelius, un hombre que siempre le causó temor desde pequeño, que realiza extraños experimentos junto a su padre. Le identifica inmediatamente con el terrible hombre de la arena, especialmente cuando en mitad del experimento grita "¡ojos, ojos!". Meses después, en uno de estos experimentos, una explosión acabará con la vida del padre de Nathanael, quien acusa de la muerte a Coppelius, que ha desaparecido sin dejar rastro.


La carta termina con Nathanael diciendo que estando en sus estudios, un vendedor de barómetros llamado Giusseppe Coppola llegó a su habitación, y que este vendedor tenía exactamente el mismo aspecto que Coppelius. En la segunda carta, Clara contesta a Nathanael y le dice que todo ha sido motivado por el trauma del cuento de la nodriza, y que Coppelius sólo existe en su mente, que debe olvidarse de él y sus terrores desaparecerán. En la tercera carta, Nathanael escribe a Lotario y le cuenta que Coppola y Coppelius no pueden ser la misma persona, que su profesor, el doctor Spalanzani, le conoce desde hace años, y que ha venido de Italia. Le habla también de la misteriosa hija de Spalanzani, llamada Olimpia, a la que nadie ha visto.


Tras las tres cartas, el estilo cambia de epistolar a narración. Nathanael regresa de la universidad a su casa para pasar una temporada con su madre, Lotario y Clara. En este tiempo, Clara ve que Nathanael ha cambiado, que se ha vuelto excesivamente místico y sombrío, lo cual la aburre. El choque del racionalismo de Clara y del romanticismo de Nathanael enfría la relación entre ambos y lleva a Nathanael a insultar a Clara, lo cual casi provoca un duelo entre Lotario y él, evitado a última hora por Clara con la frase "Clavad sobre mi vuestras armas, miserables. ¿Cómo podría seguir yo en este mundo si mi amado mata a mi hermano o mi hermano a mi amado?" Se produce entonces la reconciliación entre los tres, y Nathanael regresa a la universidad.


Allí descubre que su casa se ha quemado en un incendio, siendo trasladado a una nueva habitación cuya ventana da a la de Olimpia. Coppola llega para venderle un catalejo, con el cual observa curioso a Olimpia, a quien ve tras la ventana, y con la visión se va enamorando gradualmente de ella, olvidando a Clara. Acaba iniciando una relación con ella el día en que finalmente es presentada en sociedad, pero sus compañeros le insinúan que sus movimientos son muy extraños y mecánicos. Esto le da igual, ya que decide pedirle a Spalanzani la mano de su hija, cuando llega allí descubre que Coppola y Spalanzani están luchando con Olimpia en brazos de los dos. Coppola acaba huyendo con Olimpia en brazos, y Spalanzani le dice que Coppola es en realidad Coppelius y que le ha robado a su mejor autómata. La visión de los ojos de Olimpia en el suelo hace que Nathanael pierda la razón e intente estrangular a Spalanzani, siendo internado en un manicomio. El arenero es un símbolo de terror que se presenta desde la infancia en Nathanael, terror que lo acompañará a lo largo de su existencia. Como no puede destruir ese terror infantil. Lo evade por medio de la locura involuntaria, locura que no lo salva de su final trágico. Presa de sus temores y recuerdos el estudiante se suicida desde el campanario gritando " ¡ Ah, bellos ojos... bellos ojos". Alguien asegura haber visto años después a Clara, en una región apartada, sentada junto a su dichoso marido ante una linda casa de campo. Junto a ellos jugaban dos niños encantadores. Se podría concluir diciendo que Clara encontró por fin la felicidad tranquila y doméstica que correspondía a su dulce y alegre carácter y que nunca habría disfrutado junto al fogoso y exaltado Nathanael.

Conclusiones por Freud y lo siniestro[editar]

Según Freud, el cuento para niños del arenero que se lleva los ojos de los niños que se portan mal no es tan solo un temor al fenómeno de la castración, sino que además, Freud hace una investigación a lo largo de la tradición literaria alemana y este cuento, junto a otros relatos de escritores variopintos (también Schelling está incluído) sirve como ejemplo para destacar una presencia de lo inquietante, lo extraño (lo siniestro) o angustioso que tiene lugar precisamente en lo más hogareño y cercano, en lo que se suele asumir como propio. Para explicar esta paradoja de la presencia de lo ajeno en lo más íntimo, Freud recurre al término Unheimliche, que da título a su ensayo. Freud muestra que Unheimlich y Heimlich pueden llegar a ser sinónimos en la literatura alemana. Dicha sinonimia no es casual, ya que la paradoja se juega también en el nivel de la significación. Ambos términos remiten, al mismo tiempo, al hogar, a la patria, a lo propio, así como a lo extraño, a lo siniestro, a lo inquietante. En definitiva, Freud intenta poner de manifiesto que hay una angustia distinta del miedo que surge, por ejemplo, con el asunto de los ojos del hombre de arena, y que dicha angustia roza los límites del lenguaje literario mismo, ya que se acerca a lo irrepresentable.

Hoffmann a lo largo de sus historias amalgama lo desconocido con lo imprevisible para generar la sensación más aproximada al terror o al miedo que todo humano experimenta en su interior. El mal, no necesariamente tiene que reflejarse con asesinatos, sangre, seres monstruosos, etc., lo siniestro o terrorífico se nutre de los miedos y fantasías del ser humano. Lo siniestro o malévolo según el estudio preliminar del hombre de la arena se vislumbra cuando lo cotidiano, familiar o doméstico se torna en siniestro, y las cosas más naturales como el sonido se hace sobre natural cuando a ese sonido se le atribuyen otras interpretaciones.