Desregulación

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La desregulación, liberalización o desreglamentación, es el proceso por el cual un gobierno reduce las regulaciones específicas a un sector económico.

En particular, la desregulación financiera es la reducción de las limitaciones tanto a las transacciones financieras como de los derivados financieros, y por tanto sus garantías de solvencia, con el objeto de favorecer sus intereses, generalmente con la excusa de hacer más eficiente el mercado financiero internacional.[1][2][3][4]

La crisis financiera de 2008 se extendió, entre otras razones —además de la crisis de las hipotecas subprime, la burbuja inmobiliaria, y la crisis del mercado interbancario—, por la desregulación financiera. Se considera fundamental la derogación en 1999 de la ley Glass-Steagall. que había sido aprobada en 1933 para evitar nuevas crisis, como la de la Gran Depresión. La consecuencia más visible de la desregulación de las últimas décadas del siglo XX y la primera del siglo XXI, ha sido la Gran Recesión. Los defensores de la desregulación consideran que los beneficios de la desregulación —apertura de nuevos mercados, y globalización económica y financiera— compensarían los efectos negativos de la misma.[1][2][4]

Historia de la desregulación financiera - Siglo XX[editar]

Las desregulaciones generalmente se han asociado a lo que se denomina neoliberalismo, y comienzan a fines de los años 1970 en el Reino Unido (políticas económicas de Margaret Thatcher) y en los Estados Unidos (Ronald Reagan), para extenderse después a otros países desarrollados a partir de los años 1980. Las desregulaciones comenzaron en Francia desde 1983 con la de los mercados financieros. Bajo la influencia de la Comisión europea, se aceleraron desde el año 2000. En Argentina empezaron con el gobierno de Carlos Menem en la década de 1990 y se vio impulsada por los consejos del Fondo Monetario Internacional, volviéndose finalmente impopular en 2001, cuando Argentina conoció su crisis económica más profunda, desvelándose entonces que fue una de las causas principales de esta crisis.[1][5]

Derogación de Ley Gass-Steagall en 1999[editar]

En 1982, la administración Reagan eliminó la regulación que impedía a los bancos de depósitos realizar inversiones de riesgo con el dinero de sus clientes por lo que a finales de la década se produjo la quiebra de muchas de estas entidades. En la década de 1990 el sector financiero lo constituían pocas y grandes compañías, demasiado grandes si caían ya que podrían dañar seriamente el sistema financiero. En el año 1998 se produjo la fusión de los grupos aseguradores Travelers y Citicorp resultando así la mayor compañía financiera del mundo. Esta fusión era contraria a la Ley Gass-Steagall (Glass-Steagall Act), pero, para sorpresa de muchos, la Reserva Federal les permitió una moratoria de un año, plazo suficiente para que ya se hubiera aprobado la Ley Gramm-Leach-Bliley (Gramm-Leach-Bliley Act) que derogaba la Ley Gass-Steagall y permitía las grandes fusiones con los riesgos que suponían.[5]

Aprobación de Ley de Modernización de Futuros de 2000[editar]

En 2000, el Congreso de los Estados Unidos aprobaría la denominada Ley de Modernización de Futuros, una ley que expresamente prohibía la regulación de derivados financieros por lo que se permitía que se hiciera de todo con los derivados financieros. Antes del año 2000 los prestamistas estudiaban la solvencia de los que recibián un créditos, fundamentalmente en las hipotecas para la compra de vivienda ya que eran préstamos a largo plazo por lo que entrañaban riesgos especiales y se debía asegurar la devolución del préstamos. Pero los derivados financieros permitían camuflar los créditos hipotecarios insegurios y dado que a los bancos no les preocupaba que les pagaran o no, se concedieron hipotecas de alto riesgo que no iban a poder pagarse y así fue, cuando comenzaron a no pogarse se produjo lo inevitable, la crisis de las hipotecas subprime que desencadenaría la crisis financiera de 2008 y la Gran Recesión-.[5]

Posiciones frente a la desregulación[editar]

Dentro del liberalismo económico se presupone frecuentemente que menos regulaciones conllevan un aumento en el nivel de competitividad, ya que en eso podría permitir rebajar costes y en algunos casos aumentar la productividad en algunos sectores. Naturalmente otros enfoques económicos como el keynesianismo y en mucha mayor medida en postkeynesianismo no aceptan que cualquier tipo de desregulación tenga efectos positivos. En particular, tras la Gran Depresión de 1929, se eliminaron varias desregulacionaciones bancarias a través de la ley Glass-Steagall (1933), hasta que fue derogada en 1999, lo cual en opinión de diversos economistas eminentes facilitaría el comportamiento irresponsable del sector financiero que desembocó en la Crisis económica de 2008-2013.[2]​Igualmente, para Joseph E. Stiglitz,[6]​ la desregulación tiene algo de bueno, pero hace falta saber qué y de qué manera y manejarla con precaución infinita. Su objetivo teórico es mantener la concurrencia en los mercados y garantizar que las firmas dominantes aprovechen su posición cuando ellas gozan de un monopolio natural. Apercibe sin embargo que, durante la década de 1990, «la desregulación se volvió un delirio».[7][1][4]

La desregulación difiere de la liberalización porque un mercado liberado, si bien permite un número arbitrario de ofertas, puede ser regulado para proteger los derechos de los usuarios, especialmente para prevenir los oligopolios de facto o de jure, garantizar unos precios máximos o una calidad mínima. Por ejemplo: al dejar de renovarse los antiguos y viejos sistemas de comunicaciones, se ahorra mucho dinero... pero se producen muchos accidentes y se deterioran otros sistemas, principalmente públicos, porque la desregulación es antipública y carece de sostenibilidad. Además las desregulaciones deterioran los bienes de equipo mediante fenómenos como la obsolescencia programada, que obligan a pagar dos o más veces por un único servicio o producto. Igualmente, la desregulación produce demasiada basura y no es ecológica y transforma las relaciones económicas e incluso humanas en meras relaciones de consumo.

Debido a que el exceso de trámites, más que ayudar, podría entorpecer a la creación de empresas y consecuentemente de empleos, la desregulación es un mecanismo que para algunos[cita requerida] puede reducir el desempleo, porque al desarrollarse nuevos emprendimientos se crean puestos de trabajo. Algunos economistas consideran que la desregulación de los mercados financieros ha mejorado la capacidad de absorber alteraciones y recuperarse de ciertas crisis, como la que padeció EE.UU. Sin embargo según otros puntos de vista,[cita requerida] la desregulación también puede estimular otros procesos que pueden devenir en desempleo, como la deslocalización, que implica la pérdida de fuentes laborales en el país de origen.

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. a b c d Soto Esquivel, Roberto (2010). «Desregulación financiera y finanzas públicas en México». UNAM - Economía informa (362): 48-58. Consultado el 25 de diciembre de 2016. 
  2. a b c Paul Krugman (2012): End This Depression Now!
  3. La desregulación y la revolución del mercado global, Frederick W. Smith, FedEx Corporation.
  4. a b c Los mercados financieros internacionales y su desregulación: competencia fiscal, Carmen Arribas Haro, 2010
  5. a b c Cómo se gestó la crisis financiera mundial, BBVA, 2015.
  6. Joseph E. Stiglitz, Cuando el capitalismo pierde la cabeza, 2003, cap. 4
  7. Titulo del cap. IV de la obra citada

Enlaces externos[editar]