Muerte de Dios
De Wikipedia, la enciclopedia libre
Dios ha muerto (Alemán: "Gott ist tot"; también conocido como la muerte de Dios) es una conocida y a veces mal interpretada declaración del filosofo alemán Friedrich Nietzsche. Apareció en Die fröhliche Wissenschaft, (La gaya ciencia) sección 108 (Nuevas Luchas), en la sección 125 (El Loco), y por una tercera vez en la sección 343 (Lo que pasa con nuestra alegre serenidad). También se encuentra en el clásico trabajo de Nietzsche, Así habló Zarathustra, libro responsable de popularizar la frase. La idea indicada en “El Loco” es la siguiente:
[editar] Explicación
"Dios ha muerto" no quiere decir literalmente que "Dios está físicamente muerto"; es manera de Nietzsche de decir que la idea de Dios no es capaz de actuar como fuente del código moral o teleología. Nietzsche reconoce la crisis que la muerte de Dios representa para las consideraciones morales existentes, porque “cuando uno desecha la fe cristiana, se olvida de la moralidad cristiana. Esta moralidad de ninguna manera es evidente en sí misma. Rompiendo un concepto principal de cristianismo, la fe en el dios, uno rompe el conjunto: nada restos necesario en sus manos."[1] Esta es la razón por la cual en “el loco”, el loco se dirige a los no creyentes, - el problema es conservar cualquier sistema de valores en ausencia de una orden divina.
La muerte de Dios es la forma de decir que los humanos ya no son capaces de creer en cualquier orden cósmico desde que ellos mismos no lo reconocen. La muerte de Dios conducirá, dice Nietzsche, no sólo al rechazo de la creencia en una orden cósmica o física sino también al rechazo de los valores absolutos - al rechazo de la creencia en una objetividad y una ley moral universal, que se ejerce sobre todos los individuos. De esta manera, la perdida de una base absoluta de moralidad conduce al nihilismo. Este nihilismo es el que trabajó Nietzsche para encontrar una solución al reevaluamiento de las fundaciones de los valores humanos. Esto significa, para Nietzsche, la búsqueda de las fundaciones más profundas que los valores cristianos, más allá de los cuales él sentía que la mayoría de los cristianos rechazaba mirar.
[editar] Dios ha muerto: aforismo 125
"Dios ha muerto”. El aforismo nietzscheano se encuentra de modo específico y fundamental, en La gaya ciencia, con el número l25. La traducción de su título podría corresponder a “El frenético”, o “El hombre loco”.
Dicho hombre, frenético o loco, cierta mañana se deja conducir al mercado. Provisto con una linterna en sus manos no cejaba de gritar: “Busco a Dios!” Allí había muchos ateos y no dejaron de reírse. Los descreídos, mirándose con sorna entre sí, se decían: “¿Se ha perdido?”. “¿Se ha extraviado?” Y agregaban: “Se habrá ocultado”. “O tendrá miedo”. “Acaso se habrá embarcado o emigrado”. Y las carcajadas seguían. El loco, no gustó de esas burlas y precipitándose entre ellos, les espetó: “¿Qué ha sido de Dios?” Fulminándolos con la mirada agregó: “Os lo voy a decir. Lo hemos matado. Vosotros y yo lo hemos matado. Hemos dejado esta tierra sin su sol, sin su orden, sin quién pueda conducirla...¿Hemos vaciado el mar? Vagamos como a través de una nada infinita. Y en tono interrogativo y con énfasis prosiguió afirmando que nos roza el soplo del vacío, que la noche se hace más noche y más profunda, y que se torna indispensable encender linternas en pleno día. Manifestó que se oye a los sepultureros enterrando a Dios, agregando que tal vez tengamos que oler el desagradable tufo de la putrefacción divina, pues, naturalmente, los dioses también se pudren. Y siguió diciendo que lo más sagrado y lo más profundo se ha desangrado bajo nuestro cuchillo, preguntando, al mismo tiempo, si se podría encontrar un agua capaz de limpiar la sangre del cuchillo asesino. E inmediatamente puso en duda que la grandeza de este acto fuera propiamente humana. Y entendía que toda la posteridad se agigantaba con la magnificencia de este acto. Se puso colérico y echó al suelo su linterna y creyó reconocer que se había metido muy precozmente entre los hombres. Intuía que los oídos humanos no estaban todavía preparados para escuchar tales verdades. Porque el rayo, el trueno, la luz de los astros, y los actos heroicos de los hombres requieren su tiempo para arribar. Y este último acto mencionado se encuentra más lejos que los actos más lejanos. Los hombres nada saben de ellos y son ellos los que han cometido el acto. Dicen que el loco, ese día penetró en varias iglesias y entonó un requiem aeternam deo. Y cuando era arrojado esgrimía reiteradamente su argumento: “¿Qué son estas iglesias, sino tumbas y monumentos fúnebres de Dios?”.
Cabe preguntar si el vacío dejado por la muerte de Dios no debe ser llenado de alguna manera. Y entonces, el ideal del hombre superior, del superhombre, con sus propios valores establecidos, que implican una reconversión de la valoración cultural de occidente, no es el elemento que ha de llenar este vacío. Tal es el endiosamiento del hombre, de “El último hombre”, el que ya no va a reconocer ningún poder por encima de él mismo.
[editar] Referencias
- ↑ trad. Walter Kaufmann y R.J. Hollingdale; Ocaso de los Ídolos, Incursiones de un intempestivo, sec. 5

