Masacre de Manila

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Masacre de Manila
Lugar Bandera de las Filipinas Manila, Filipinas
Coordenadas 15°35′00″N 120°58′00″E / 15.583333333333, 120.96666666667Coordenadas: 15°35′00″N 120°58′00″E / 15.583333333333, 120.96666666667
Blanco(s) Población civil de Manila
Fecha Febrero de 1945 (CET (UTC+8))
Tipo de ataque Asesinato masivo
Arma(s) Armas de fuego, bombas
Muertos Mínimo 100,000 personas
Heridos Número desconocido
Perpetrador(es) Naval Ensign of Japan.svg Armada Imperial Japonesa
Motivo Derrota japonesa en la Batalla de Manila
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La denominada Masacre de Manila hace referencia a las atrocidades cometidas en la ciudad de Manila en febrero de 1945 contra civiles filipinos por tropas japonesas en retirada finalizando la Segunda Guerra Mundial. Diversas fuentes cifran el número de víctimas en al menos 100.000 personas.[1]

Se trata de un suceso sólo comparable a las masacres de la Guerra filipino-estadounidense (1899-1913), y uno de los mayores crímenes de guerra cometidos por el Ejército Imperial Japonés desde la invasión de Manchuria en 1931 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

Contexto histórico[editar]

En febrero de 1945, quizá tomando como modelo el ejemplo de Stalingrado, unidades japonesas, en especial marineros, bajo el mando del Contraalmirante Sanji Iwabuchi fortificaron la parte sur de la ciudad, superpoblada, y decidieron atrincherarse ante la llegada de tres divisiones norteamericanas.

Los soldados y marinos japoneses atacaron a los refugiados filipinos que, desde el sur del rio Pásig, huían sin control ante la inminencia de la batalla y que se colocaban además a tiro de la artillería aliada. Esta, sin ahorrar potencia de fuego, utilizando artillería y aviación para abrirse paso, arrojaría cerca de dieciséis mil bombas, produciendo así numerosísimas víctimas civiles.

Los japoneses luchaban en primera línea desde cada casa o incluso desde las alcantarillas, de donde eran sacados con lanzallamas o granadas. Los norteamericanos iban paso a paso, liberando edificio a edificio. Atrás, en algunas zonas de la ciudad, en cierto momento los japoneses perdieron la cabeza al dirigir atrozmente sus ataques contra los propios civiles. Hacia el final un grupo de japoneses tomó a tres mil rehenes, los condujo a un lugar apartado y asesinó a un tercio de ellos. La batalla duró cerca de un mes, hasta que MacArthur entró en la ciudad el 27 de febrero.

La batalla[editar]

La batalla comenzó con un ataque sorpresa norteamericano por el norte para liberar a los detenidos en el campo de internamiento de la Universidad de Santo Tomás. Fue un éxito que condujo a Douglas MacArthur a anunciar la liberación de Manila; incluso llegó a pensar en hacer una marcha victoriosa por la ciudad. Finalmente, esta marcha no llegó a realizarse, para fortuna de MacArthur, ya que las masacres del resto de la ciudad automáticamente habrían relacionado su nombre con un innecesario derramamiento de sangre. Tras haber tomado el barrio de España, los norteamericanos se ralentizaron por la creciente resistencia nipona, aumentada por un caos cada vez mayor. La violencia y las matanzas comenzaron por los prisioneros políticos en Fuerte Santiago el mismo día de la liberación; además, siguió con asesinatos indiscriminados a lo largo del mes entero que tardó la ciudad en liberarse de los soldados japoneses. La tan ansiada noticia de la liberación llegó el día 3 de marzo, un mes después del primero de los ataques, pero el final de la guerra tardó un tiempo en llegar. Manila se convirtió en la segunda ciudad más bombardeada de esos años, detrás de Varsovia, y la liberación fue mucho más amarga de lo que nadie se esperaba, ya que los daños a la población civil fueron inconmensurables. En este fragmento de historia se cuenta con la importante declaración de un hombre que lo vivió en primera persona. El padre Juan Labrador, director del colegio San Juan Letrán, expresó con clarísima ironía: "Se temían actos de barbarie, pero no matanzas al por mayor".

Culpables[editar]

La culpa de la barbarie recae sobre el almirante Iwabuchi Sanji, por haber desobedecido las órdenes del general Yamashita de evacuar la zona y resistir desde las montañas al noreste de Manila. Iwabuchi no sobrevivió, con lo cual resultaba difícil entender las razones que le llevaron a desobedecer. Únicamente la lógica militar y la psicología de unos soldados que creían liberar su última batalla pueden explicar esta actuación desesperada de arrastrar al peor de los finales al mayor número de víctimas posibles. Podrían haberse rendido para salir vivos, pero esta alternativa no fue considerada como posible; la gran mayoría de los soldados murieron en la lucha, lo que su gobierno había proclamado como la mejor forma de proclamar la independencia nacional. De un modo u otro, esta fue una situación desesperada que no logra explicar las matanzas de ese mes fatídico.

El mando norteamericano queda con una parte de culpa, ya que sus prisas provocaron una agobiante maniobra que impidió a los soldados imperiales tener una vía de escape. Mientras la ciudad era bombardeada indiscriminadamente, sus habitantes continuaban dentro sin posibilidad de ser evacuados. Además, tras los primeros ataques se produjo una pausa que permitió a los soldados norteamericanos asaltar libremente a los indefensos ciudadanos. El comportamiento de las tropas norteamericanas no parece del todo inexplicable. Solo tuvieron unas mil bajas en la batalla. Por otra parte se prefirió bombardear y esperar el agotamiento de los soldados japoneses. La preocupación principal fue la de salvar sus propias vidas, importándoles menos las de los residentes.

La colonia española[editar]

La colonia española resultó especialmente afectada por la batalla. Esto viene ligado a que gran parte de ella residía en la zona más afectada por las muertes, Malate, pero también porque muy pocos habían dejado la ciudad. Las razones de ello fueron el miedo a los saqueos, a una posible retirada nipona y a la carencia de familiares en provincias a los que poder acudir. Una razón adicional va ligada a la política, ya que algunos españoles y alemanes pensaron que serían respetados debido a las relaciones de Japón con su país, pero en febrero del año 1945, cuando ya no había futuro para los japoneses, los nombres Hitler, Franco, Alemania y España ya no significaban nada, ya no contaban ni las alianzas ni los lazos de amistad. Por entonces, ya lo único que importaba era que el mundo no se enterase de su derrota.

Aquellos que se refugiaron en el consulado de España fueron los más cruelmente atacados. El edificio había acogido a un buen número de familias filipinas y españolas que confiaban en que las banderas del Eje les garantizarían protección. Sin embargo, el grupo de soldados que protagonizaba la masacre debió verse más atraído por tal concentración de gente a la que matar que por tales banderas. El primer asesinado fue el vigilante falangista Ricardo García Buch. Después asaltaron el edificio y lo quemaron. En el incendio murieron las 50 personas que allí se refugiaban, salvándose solo una niña. Las banderas y la presunta simpatía política realmente habían servido de diana más que de escudo de salvación.

Del total de 50.000 filipinos civiles fallecidos, un buen número eran súbditos españoles, así como filipinos hispanizados, tal y como indica la gran cantidad de relatos escritos en castellano por algunos supervivientes.

Infraestructuras hispánicas y desperfectos[editar]

Ni la gran cantidad de desastres naturales ni el paso del tiempo han podido superar el daño causado en Manila durante aquel trágico mes. Los americanos prefirieron atacar con artillería pesada antes que arriesgarse a entrar en los sólidos edificios de piedra construidos en el periodo español, en los que se escondían los japoneses. Solo entre las 7:30 y las 8:30 de la mañana del 23 de febrero, se arrojaron 185 toneladas de explosivos.

Todas las construcciones que recordaban los tres siglos de presencia hispánica en la zona sufrieron con grave dureza la batalla, a excepción de la iglesia de San Agustín. El afán por evitar epidemias sirvió como pretexto o excusa para justificar el derribo y destrucción de los restos arquitectónicos hispánicos que aún contaban con paredes y bóvedas en pie. Según Pedro Ortiz Armengol, testigo ocular de la hecatombe, más que los propios bombardeos fueron las máquinas excavadoras las que terminaron con los restos de la historia hispánica de Manila. En este hecho, la culpa principal recaería sobre el ejército norteamericano, que sin piedad bombardeó el hermoso caserío español. Solo una infraestructura logró captar la atención necesaria para no ser derribada: el hotel Manila, cuya suite principal se convertiría posteriormente en la oficina del General McArthur.

La circular que anunciaba la toma de la ciudad por McArthur generó ilusión, toda vez que expresaba la satisfacción por la “reconquista” de Manila, y se daba gloria a la actuación de los Estados Unidos. Este optimismo, empero, fue menguando a medida que se daban a conocer las masacres que habían perpetrado los japoneses. Finalmente, el 7 de marzo, el cónsul español Del Castaño confirmaba por primera vez en Madrid dichas atrocidades.

Reacciones[editar]

España debía actuar rápidamente. José Félix de Lequerica, nombrado entonces embajador español en Washington y encargado de ganarse el favor de EE.UU., se apresuró a concertar una entrevista con el secretario de Estado a fin de tratar del problema de la colonia hispana en Filipinas. Sin duda alguna, el encuentro conllevaba un importante contenido político. El cónsul español en Manila, Sr. Del Castaño pasaba por ser antiamericano y a su vez afecto a los japoneses, de manera que la actuación de Madrid quedó condicionada por ello.

En pocos días las atrocidades cometidas por Japón (país que, por ser del Eje, había contado hasta entonces con expresa simpatía del gobierno fascista de España) llegaron a la opinión pública. La necesidad de contrarrestar la propaganda antifranquista comenzó el mismo día en que Madrid anunciaba la llegada del nuevo embajador de Washington, abriéndose así un nuevo camino diplomático. En este contexto, Lequerica hizo que se prohibiera a la prensa toda noticia de fuente japonesa o, simplemente, que mostrara simpatía por ese país. Se permitió, sin embargo, que los medios de comunicación expresaran la gravedad de la situación de Filipinas, tanto en sus páginas como a través del NO-DO.

Lo más sorprendente fue la autorización al corresponsal de la Agencia EFE en Washington, Manuel Casares, quién habló de las atrocidades de Manila señalando que habían tenido lugar justo en el momento en que España trata de mejorar las relaciones con los aliados.

Para la prensa internacional, la ambigua posición de España ante los aliados tenía por objeto tantear su actitud, y se apuntaba la posibilidad de una ruptura de relaciones con Japón e incluso una entrada en guerra antes de que se produjese la Conferencia de San Francisco.

El caso es que, con tal de acercarse a los aliados, Madrid trató de utilizar su papel de víctima en la masacre de Manila. El contexto estaba cambiando y Londres se da cuenta de que las intenciones de España están dirigidas primordialmente a Estados Unidos. Así, y por última vez, un representante de EE. UU. sugiere a Lequerica romper con Tokio, ya que desde Washington las ventajas sobre la contienda se consideran escasas y su propuesta es ignorarla. La postura de este país se había endurecido a raíz del declive de los reformadores conservadores como por ejemplo, Hayes y Grew.

Los distintos gobiernos aliados habían llegado a posturas parecidas sobre Madrid. En este contexto, tiene lugar la visita del embajadorArmour a Lequerica, en la que en una cena privada le indicó claramente el rechazo de su gobierno a que Madrid entrase en guerra, pero la decisión de España de endurecer la postura hacia Japón ya estaba tomada y siguió en marcha. Por supuesto, el contexto en que se producía había cambiado por completo. Sin embargo, el camino hacia dicho enfrentamiento iba a ser más difícil de lo que se había augurado.

Referencias[editar]

  1. Bloodiest Battles of the 20th Century (Las batallas más sangrientas del siglo XX) Gilbert, History of the Twentieth Century: 100,000 Filipinos k.; William Manchester, American Caesar (1978): "nearly 100,000 Filipinos were murdered by the Japanese"; PBS: "100,000 of its citizens died."; World War II Database: 100,000.

Bibliografía[editar]

  • <<Franco y el imperio japonés.Imágenes y propaganda en tiempos de guerra>>. Florentino Rodao García. Editorial Plaza y Janés. Barcelona 2002. 669 pp.

ISBN 84.01.53054.7

Enlaces externos[editar]