Abadía de Fulda

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda
Catedral de Fulda

La abadía de Fulda puede ser considerada cuna del cristianismo en Alemania Central y semillero de las ciencias y artes y foco de la civilización.

Fulda, fundada por San Bonifacio, es la mayor y más fecunda de las útiles instituciones debidas al celo infatigable de este apóstol de Alemania. Luego que hubo convertido la mayor parte de este inmenso territorio, erigido un gran número de iglesias y conventos y cuatro nuevas sedes episcopales, se ocupó de crear un monasterio más importante que cuantos hasta entonces existían. San Sturm, uno de sus discípulos a quien había granjeado en Baviera y hecho educar en Fritzlar, le secundó admirablemente. El monasterio debía colocarse en un paraje solitario, al abrigo de las invasiones de los sajones idólatras. Sturm anhelaba una vida austera y retirada. Bonifacio le envió pues, con dos compañeros a un sitio desierto, lleno de bosques seculares, llamado Buchonia a fin de escoger una localidad propicia, examinando con extremada prudencia la naturaleza del terreno, la situación, las colinas, los valles, los manantiales y arroyos.

Historia[editar]

Estatua de San Bonifacio en Fulda

Descubrieron un lugar, donde después se edificó la pequeña villa de Hersleld, que después de tres días de averiguaciones les pareció conveniente, pero que no mereció la aceptación de Bonifacio a causa de su proximidad a las fronteras sajonas. Fue preciso emprender nuevas pesquisas. Por último, Sturm indicó una posición que satisfacía todas las exigencias de Bonifacio y que se llamaba entonces Eihloha. Carloman hizo a Bonifacio donación de esta localidad, con una extensión de 4.000 pasos cuadrados. El 12 de Enero de 744, Bonifacio, acompañado de siete colegas, tomó solemnemente posesión, e inmediatamente comenzó la construcción de la iglesia y del convento. Por espacio de tres años trabajaron arduamente. Cuando las obras estuvieron completamente terminadas, pensó Bonifacio en las distribuciones interiores de su futuro monasterio. Mandó al efecto a Sturm con dos compañeros a Italia para que visitase y estudiase los establecimientos más florecientes y sobre todo, el MonteCasino, y le trajese a Fulda el resultado de sus investigaciones. Sturm permaneció un año en Italia y a su regreso le nombró Bonifacio superior y organizador del nuevo convento. El número de los religiosos aumentó rápidamente: desmontaron el terreno, que bien pronto llegó a hacerse fértil; buscaron hábiles obreros en toda clase de labores se construyeron nuevos edificios. Las celdas se multiplicaron y el nombre de Fulda resonó en todas las llanuras de Alemania. De todas partes acudían a contemplar la nueva creación del desierto, a establecerse en sus inmediaciones o a solicitar la admisión en la abadía misma. Se abrió una doble escuela, la interior para los oblatos y educandos del estado eclesiástico y otra exterior para los niños de todas las condiciones. Bonifacio envió allá muchos jóvenes de Baviera, Franconia y Turingia. La escuela llegó a un alto grado de prosperidad y Carlomagno la declaró una de las joyas de su imperio. La miró con predilección y desde 787 la propuso por modelo de escuelas, fundando en ella al mismo tiempo las bases de una biblioteca, que con el tiempo se hizo célebre. No solamente se enseñaban allí los elementos de todos los ramos, sino que cultivaban la ciencia y las artes en todas las ramas entonces conocidas. Sobre todo, desde que fue superior Rábano Mauro, se palparon notables y rápidos progresos.

El trabajo en la escuela[editar]

Rábano Maurt tenía apenas 26 años cuando le puso al frente de esta escuela y ya su renombre atrajo a ella tal afluencia de alumnos que no siempre podían admitirse todos. Ella vino a ser el centro de la cultura e ilustración de Alemania, como Rábano Mauro era el representante de toda la ciencia de su época. Rábano, elegido abad superior en 822, había sentado los fundamentos de una escuela especial de arles, que completó Hadamar, decimotercero abad. Destinaron ciertos bienes raíces y determinadas rentas de la pertenencia particular del abad a obras de arte, a trabajos de arquitectura, escultura, cinceladura y mecánica y el intendente tenía la obligación de velar porque nunca faltasen fondos en la caja abadial y cuidar de que los artistas estudiasen constantemente y tuviesen a la vez educandos que formar.

Muchos religiosos se distinguieron por su saber: otros, como pintores y escultores, hallando cada uno a que dedicarse en el monasterio según su respectiva propensión y naturales dones y capacidad. Estos fieles representantes de la sabiduría divina, no desdeñaban ocupación alguna de cuantas pudiesen nutrir el espíritu y contribuir al bien general. Empleaban todo el tiempo libre de sus obligaciones eclesiásticas, en el estudio de las ciencias, en el ejercicio de las bellas artes y en la lectura de las sagradas letras. Dictaban unos y otros escribían comentarios sobre los libros del Antiguo y Nuevo Testamento; estos traducían e interpretaban la Biblia; aquéllos se consagraban a procurar la más fácil inteligencia del libro santo para la comparación de los pasajes paralelos. Muchos de ellos, por la profundidad de sus explicaciones, por la exactitud de sus observaciones, por el acierto de sus definiciones y divisiones y la legitimidad de sus conclusiones revelaban una inteligencia y erudición que no hubiera sido fácil hallar en otras partes. Los que no estaban provistos de talentos para elevarse a las sublimidades de la ciencia y del arte podían subir sin dificultad a un puesto honroso de segundo o tercer rango. Ayudaban a los primeros, preparando los materiales de sus trabajos, pintando unos los adornos e iniciales en los pergaminos; otros, plegando preciosamente los manuscritos; otros, pautando los libros, y otros dibujando con minio o con lápiz encarnado las grandes letras iniciales de los versículos y capítulos; otros en fin, copiando en limpio y ordenadamente lo que habían aquellos dictado o escrito a la ligera en hojas sueltas. Al lado de estos trabajos intelectuales, científicos y artísticos, tenían su lugar honroso y honrado en el monasterio y sus dependencias los más rudos ejercicios agrícolas y las profesiones y oficios más humildes; dando ejemplo los religiosos, que según la regla de San Benito distribuían el tiempo entre las ocupaciones espirituales y las labores corporales.

No todos moraban en el convento: los que cultivaban la tierra, vivían generalmente fuera en determinadas localidades. A estas, que desde su origen constaban de una celdilla y un pequeño jardín, fueron acudiendo otros labradores; cultivábanse terrenos bastantes extensos, roturáronse los bosques y poco a poco se fueron edificando en derredor de Fulda muchas poblaciones, cuyos principios no habían sido otros que las celdas de los religiosos, como indican aun hoy sus nombres. Las posesiones del monasterio fueron acreciéndose así por la actividad laboriosa de sus moradores y dependientes y más aún por las numerosas donaciones de los Príncipes y magnates del país.

Si Carloman había desde el principio asignado al monasterio un inmenso territorio, Pipino y Carlo-Magno no le cedieron en liberalidad y las ricas donaciones de muchos Obispos y de infinidad de bienhechores eclesiásticos y seglares le proporcionaron en poco tiempo tan considerable riqueza, que sus dominios se extendían por gran parte de Alemania. Pero la influencia moral y religiosa del convento se extendía aun más allá de sus posesiones. Desde la época de Sturm, los siete primitivos religiosos se habían multiplicado hasta 400 y la escuela de Rábano Mauro, ya lo hemos dicho, produjo los hombres más eminentes. Entre la multitud de sacerdotes y legos, sabios y celosos que salieron de Fulda para dirigir otras casas, para dedicarse a las misiones y para propagar por todos los medios la fe y los principios del cristianismo, se cuentan 11 Arzobispos, 11 Obispos, 14 abades y un gran número de consejeros y cancilleres de Príncipes, de embajadores y magistrados.

Referencias[editar]

Diccionario enciclopédico de teología, 1848