Usuario:IVFC14

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IVFC14
Nox et hiems longæque viae sævique dolores. Mollibus his castris et labor omnis inest
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Fecha de ingreso 3 de junio de 2009 (10 años, 1 mes y 18 días)
3 de febrero de 2018 (1 año, 5 meses y 18 días) (verificar)
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Información personal
Nombre IVFC14
Nacimiento 2748 a.U.c.
Santiago de Nueva Extremadura, Bandera de Chile Reyno de Chile. Bandera del Imperio español Imperio español
Nacionalidad Mediterránea
Estudios Insignia Instituto Nacional.svg Instituto Nacional General José Miguel Carrera (2008-2013)
Creencias religiosas Paganismo Heleno

Nietzsche retorna a los griegos, "modelos para cualquier nación culta en el futuro" y heraldos de la competencia agonística, para comprender mejor la relación entre animalidad y cultura (Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Consideraciones Intempestivas II, 10). El genio de la cultura griega reside en su conocimiento sobre la forma de preservar y de concebir una relación fructífera con la animalidad. Los griegos no perciben una falta de justicia o de moralidad en la "crueldad" del animal; por el contrario, hallan en ella un estímulo para la competencia agonística y para el refinamiento de la cultura: "Así vemos a los griegos el pueblo mas humano de la antigüedad, presentan ciertos rasgos de crueldad, de fiereza destructiva [tiegerartiger Vernichtungslust]" (El certamen homérico). Lo que Nietzsche llega a concluir que "sin envidia, sin rivalidad, sin ambición combatiente, el Estado helénico, como el hombre helénico, se degenera" (El certamen homérico).[1]

Todo hombre, con toda su actividad, sólo tiene dignidad en la medida en que, de una forma consciente o inconsciente, es instrumento del genio; de donde se ha de sacar inmediatamente la conclusión de carácter ético de que el ‘hombre en sí’, el hombre absoluto, no posee ni dignidad, ni derechos ni deberes: sólo como un ser totalmente determinado que sirve a fines inconscientes puede el hombre disculpar su existencia.[2]

Mientras nuestras estimación es todavía pequeña no llegamos a odiar; sólo lo hacemos cuando ésta es igual o superior a la que nos tenemos a nosotros mismos.[3]

  • Jenseits von Gut und Böse. Vorspiel einer Philosophie der Zukunft (173), Friedrich Nietzsche.

Páginas creadas[editar]

Anexos[editar]

Artículos por crear[editar]

Artículos[editar]

Citas de libros[editar]

Mañana, a las doce horas del día, recupero la libertad y el derecho de comunicarme con la gente. Pero antes de abandonar esta habitación y ver el sol, considero necesario decirle algunas palabras. Con la conciencia tranquila y ante Dios que me está viendo, declaro que yo desprecio la libertad, la vida, la salud y todo lo que en sus libros se denomina bienes del mundo. Durante quince años estudié atentamente la vida terrenal. Es verdad, yo no veía la tierra ni la gente, pero en los libros bebía vinos aromáticos, cantaba canciones, en los bosques cazaba ciervos y jabalíes, amaba mujeres… Beldades, leves como una nube, creadas por la magia de sus poetas geniales, me visitaban de noche y me susurraban cuentos maravillosos que embriagaban mi cabeza. En sus libros escalaba las cimas del Elbruz y del Monte Blanco y desde allí veía salir el sol por la mañana mientras al anochecer lo veía derramar el oro purpurino sobre el cielo, el océano, las montañas; veía verdes bosques, prados, ríos, lagos, ciudades; oía el canto de las sirenas y el son de las flautas de los pastores; tocaba las alas de los bellos demonios que descendían para hablar conmigo acerca de Dios… En sus libros me arrojaba en insondables abismos, hacía milagros, incendiaba ciudades, profesaba nuevas religiones, conquistaba imperios enteros… Sus libros me dieron la sabiduría. Todo lo que a través de los siglos iba creando el infatigable pensamiento humano está comprimido cual una bola dentro de mi cráneo. Sé que soy más inteligente que todos vosotros. Y yo desprecio sus libros, desprecio todos los bienes del mundo y la sabiduría. Todo es miserable, perecedero, fantasmal y engañoso como la fatal morgana. Qué importa que sean orgullosos, sabios y bellos, si la muerte los borrará de la faz de la tierra junto con las ratas, mientras que sus descendientes, la historia, la inmortalidad de sus genios se congelarán o se quemarán junto con el globo terráqueo. Ustedes han enloquecido y marchan por un camino falso. Toman la mentira por la verdad, y la fealdad por la belleza. Se quedarían sorprendidos si, en virtud de algunas circunstancias, sobre los manzanos y los naranjos, en lugar de los frutos, crecieran de golpe las ranas y los lagartos o si las rosas comenzaran a exhalar un olor a caballo transpirado; así me asombro por ustedes que han cambiado el cielo por la tierra. No quiero comprenderlos. Para mostrarles de hecho mi desprecio hacia todo lo que representa la vida de ustedes, rechazo los dos millones, con los cuales había soñado en otro tiempo, como si fueran un paraíso, y a los que desprecio ahora. Para privarme del derecho de cobrarlos, saldré de aquí cinco horas antes del plazo establecido y de esta manera violaré el convenio.[4]

Miré a Matryona... Era todavía una vieja joven y vigorosa. Pero no sé por qué, de repente se me figuró apagada de vista, arrugada de piel, encorvada, decrépita. No sé por qué me pareció de pronto que mi cuarto envejecía al par que Matryona. Las paredes y los suelos perdían su lustre; todo se ajaba; las telarañas agrandaban su dominio. No sé por qué, cuando miré por la ventana, me pareció que la casa de enfrente también se deslustraba y se ajaba, que el estuco de sus columnas se desconchaba, se desprendía, que las cornisas se ennegrecían y agrietaban, y que las paredes se cubrían de manchas de un amarillo oscuro y chillón... Quizá fuera un rayo de sol que, tras surgir de detrás de una nube preñada de lluvia, volvió a ocultarse de repente y lo oscureció todo a mis ojos. O quizá la perspectiva entera de mi futuro se dibujó ante mí tan sombría, tan melancólica, que me vi como soy efectivamente ahora, quince años después, como un hombre envejecido, que sigue viviendo en este mismo cuarto, tan solo como antes, con la misma Matryona, que no se ha despabilado nada en todos estos años. ¿Pero suponer que escribo esto para recordar mi agravio, Nastenka? ¿Para empañar tu felicidad clara y serena? ¿Para provocar con mis amargas quejas la angustia en tu corazón, para envenenarlo con secretos remordimientos y hacerlo latir con pena en el momento de tu felicidad? ¿Para estrujar una sola de esas tiernas flores con que adornaste tus negros rizos cuando te acercaste con él al altar ... ? ¡Ah, nunca, nunca! ¡Que brille tu cielo, que sea clara y serena tu sonrisa, que Dios te bendiga por el minuto de bienaventuranza y felicidad que diste a otro corazón solitario y agradecido! ¡Dios mío! ¡Sólo un momento de bienaventuranza! Pero, ¿acaso eso es poco para toda una vida humana?[5]

Dostoievsky

Hacía tiempo que llevaba la enfermedad en incubación, pero no era la horrible vida del presidio, ni los trabajos forzados, ni la alimentación, ni la vergüenza de llevar la cabeza rapada e ir vestido de harapos lo que había quebrantado su naturaleza. ¡Qué le importaban todas estas miserias, todas estas torturas! Por el contrario, se sentía satisfecho de trabajar: la fatiga física le proporcionaba, al menos, varias horas de sueño tranquilo. ¿Y qué podía importarle la comida, aquella sopa de coles donde nadaban las cucarachas? Cosas peores había conocido en sus tiempos de estudiante. Llevaba ropas de abrigo adaptadas a su género de vida. En cuanto a los grilletes, ni siquiera notaba su peso. Quedaba la humillación de llevar la cabeza rapada y el uniforme de presidiario. Pero ¿ante quién podía sonrojarse? ¿Ante Sonia? Sonia le temía. Además, ¿qué vergüenza podía sentir ante ella? Sin embargo, enrojecía al verla y, para vengarse, la trataba grosera y despectivamente.[6]

No puedo aguantar mucho tiempo ni en un teatro ni en un cine, apenas puedo leer un periódico, rara vez un libro moderno; no puedo comprender qué clase de placer y de alegría buscan los hombres en los hoteles y en los ferrocarriles totalmente llenos, en los cafés repletos de gente oyendo una música fastidiosa y pesada; en los bares y varietés de las elegantes ciudades lujosas, en las exposiciones universales, en las carreras, en las conferencias para los necesitados de ilustración, en los grandes lugares de deportes; no puedo entender ni compartir todos estos placeres, que a mí me serían desde luego asequibles y por los que tantos millares de personas se afanan y se agitan. Y lo que, por el contrario, me sucede a mí en las raras horas de placer, lo que para mí es delicia, suceso, elevación y éxtasis, eso no lo conoce, ni lo ama, ni lo busca el mundo más que si acaso en las novelas; en la vida, lo considera una locura. Y en efecto, si el mundo tiene razón, si esta música de los cafés, estas diversiones en masa, estos hombres americanos contentos con tan poco tienen razón, entonces soy yo el que no la tiene, entonces es verdad que estoy loco, entonces soy efectivamente el lobo estepario que tantas veces me he llamado, la bestia descarriada en un mundo que le es extraño e incomprensible, que ya no encuentra ni su hogar, ni su ambiente, ni su alimento.[7]

Hermann Hesse

En que en el catecismo de las virtudes y los méritos del hombre civilizado de Occidente figura histórica y casi primordialmente la capacidad de adquirir capital. Ahora bien, el Pueblo Ruso no sólo es incapaz de adquirir capital, sino que lo derrocha sin sentido, indecorosamente. Lo que no quita que el dinero también nos sea necesario a los rusos -añadí-; por consiguiente, nos atraen y cautivan aquellos métodos, como, por ejemplo, la ruleta, con los cuales puede uno enriquecerse de repente, en dos horas, sin esfuerzo. Esto es para nosotros una gran tentación; y como jugamos sin sentido, sin esfuerzo, pues perdemos. (...) El método del Pueblo Alemán de acumular riqueza. No llevo aquí mucho tiempo, pero lo que hasta ahora vengo observando y comprobando subleva mi sangre tártara. ¡Juro por lo más sagrado que no quiero tales virtudes! Ayer hice un recorrido de unas diez verstas. Pues bien, todo coincide exactamente con lo que dicen esos librillos alemanes con estampas que enseñan moralidad. Aquí, en cada casa, hay un Vater, terriblemente virtuoso y extremadamente honrado. Tan honrado es que da miedo acercarse a él. Yo no puedo aguantar a las personas honradas a quienes no puede uno acercarse sin miedo. Cada uno de esos Vater tiene su familia, y durante las veladas toda ella lee en voz alta libros de sana doctrina. Sobre la casita murmuran los olmos y los castaños. Puesta de sol, cigüeña en el tejado, y todo es sumamente poético y conmovedor.. Todos trabajan como bueyes y todos ahorran como el Pueblo Judío.[8]

Si los que me leyesen fuesen judíos, judíos ortodoxos, podría detenerme aquí y dejarles meditar sobre el misterio de su incredulidad y de su incomprensión de veinte siglos. Pero como tú, lector, no eres judío, al menos un judío de pura sangre -pues ninguno me hubiese seguido hasta aquí-, sigamos todavía juntos un trecho del camino, hasta que tal vez tu me vuelvas la espalda a mi, porque me burlo de ti.[9]

Max Stirner

(...) Pero, sea por la inferioridad racial de los negros o por la poca estima de sus trabajos, ellos fueron siempre de ínfima categoría.[10]

Los negros de África carecen por naturaleza de una sensibilidad que se eleva por encima de lo insignificante. El señor Hume desafía a que se le presente un ejemplo de que un negro haya mostrado talento, y afirma que entre los cientos de millares de negros transportados a tierras extrañas, y aunque muchos de ellos hayan obtenido la libertad, no se ha encontrado uno sólo que haya imaginado algo grande en el arte, en la ciencia o en cualquiera otra cualidad honorable (...) Tan esencial es la diferencia entre estas dos razas; parece tan grande en las facultades espirituales como en el color. (...) Los negros son muy vanidosos, pero a su manera, y tan habladores, que es preciso separarlos a golpes[11]​.

Immanuel Kant

Los hombres de algunos pueblos de Chile se acuestan indistintamente con sus hermanas y sus hijas, y a menudo se casan la madre y con la hija a la vez.[12]

Alex DeLarge y la música[editar]

Éra un ópera de Friedrich Gitterfenster, Das Bettzeug [13]​ (...) Lo que primero deseabe escuchar esa noche era el nuevo concierto para violín, del norteamericano Geoffrey Plautus, tocado por Odiseo Choerilos con la Filarmónica de Macon (Georgia).[14]​ (...) Después oí el hermoso Mozart, la Júpiter, y se presentaron otras imágenes de diferentes litsos que yo derribaba y pisoteaba, y después se me ocurrió que escucharía un disco más antes de cruzar la frontera, y me vino el deseo de algo starrio y fuerte y muy firme, de modo que elegí J. S. Bach, el Concierto de Brandeburgo, por las cuerdas media y graves.[15]​ (...) Entonces saqué de su funda la hermosa Novena, de modo que ahora Ludwig van también estaba nago, y apliqué la aguja silbante en el último movimiento.[16]​ (...) Me encerraban en la capilla y me permitían slusar música sagrada de J. S. Bach y G. F. Handel.[17]​ (...) hermoso trozo de la Segunda Sinfonía de Adrian Schweigselber.[18]​ (...) y puse el coral preludio Wachet Auf de J. S. Bach.[19]​ (...) la banda de sonido era de Ludwig van, el último movimiento de la Quinta Sinfonía (...) No sé nada de música, excepto que intensifica bien las emociones.[20]

Goethe[editar]

Mefistófeles - Las joyas que reuní para Margarita se las ha llevado un cura. La madre, en cuanto vio aquello, empezó a sentir miedo. La mujer tiene un fino olfato, pues siempre tiene las narices dentro del misal, y empieza a oler todos los muebles a ver si son sagrados o profanos, y cuando vio las joyas comprendió al momento que no tenían muchas bendiciones. Ella exclamó: «Hija mía, este bien injusto apresa el alma y consume la sangre. Lo consagraremos a la madre de Dios y quedaremos satisfechos con el Maná del Cielo». La pequeña Margarita torció el gesto, pensó que era caballo regalado y que no era ningún impío el que lo había traído con tanta finura. La madre hizo llamar a un cura que, en cuanto presintió el placer, se dejó agradar la vista. El dijo: «Está muy bien pensado, el que supera la prueba gana. La Iglesia tiene un buen estómago, ha devorado países enteros y nunca se ha empachado hasta ahora. Sólo la Iglesia, estimadas señoras, puede digerir bienes injustos».

Fausto - Ese es un uso general. El judío y el rey hacen lo mismo.[21]

Margarita - Di, ¿cómo estás con la religión? Aunque eres un hombre bueno de corazón, me temo que no le das mucha importancia.

Fausto - ¡Déjalo, niña! Ves que para ti soy bueno: por mi amor doy cuerpo y sangre; no quiero sustraerle a nadie sus sentimientos ni su Iglesia.[22]

Mariscal - (...) Mas ahora el eterno empinar el codo de los nobles acaba hasta con la última gota. Hasta el concejo despacha de sus bodegas, se bebe con grandes copas y con cazos y el festejo se celebra bajo la mesa. Luego yo tengo que pagarlo todo y el judío no me perdona nada. Él me concede anticipos que año tras año se devoran por anticipado. Los cerdos no llegan a estar cebados; ya está empeñado el colchón de la cama y ni el pan que llega a la mesa está pagado.[23]

Referencias[editar]

  1. Lemm, Vanessa (2010). La filosofía animal de Nietzsche. Cultura, política y animalidad del ser humano [2009] (1ra edición). Santiago, Chile: Ediciones Universidad Diego Portales. p. 47. ISBN 978-956-314-096-5. 
  2. Fernández, A. G. (2002). F. Nietzsche y la República de Platón. In Anales del Seminario de Historia de la Filosofía. Vol. 19, pp. 129-167.
  3. Nietzsche, Friedrich (2014). Más allá del bien y el mal. Madrid, España: Edimat Libros. p. 98. ISBN 978-84-9794-216-4. 
  4. Chéjov, Antón; Pushkin, Aleksandr; Gógol, Nikolái; Turguénev, Iván; Dostoievski, Fiódor; Tolstói, Lev; Leskov, Nikolái (2011). Un siglo de cuentos rusos (2da edición). Barcelona, Hispania: Editorial Alba. pp. 425-426. 
  5. Dostoyevski, Fiódor (2016). Noches Blancas (II edición). Barcelona, España: Ediciones Brontes. pp. 61-62. ISBN 978-84-15605-85-0. 
  6. Dostoyevski, Fiódor (1866). «Epílogo». Crimen y castigo (Tercera edición). Barcelona, Hispania: Ediciones Plutón. p. 406. ISBN 978-84-15089-64-3. 
  7. Hesse, H. (1927). Steppenwolf, El lobo estepario. Mexico DF, Mexico. Ediciones Gernika. pp. 28.
  8. Dostoievski, Fedor (1979). El Jugador; Noches Blancas. Santiago, Chile: Editorial Andrés Bello. pp. 33-34. 
  9. Stirner, Max (2012). El único y su propiedad (3ra edición). Ediciones S/N. p. 8. 
  10. Aravena, H. (1962). Historia del Arte. Zig-Zag. Santiago, Chile. pp, 191.
  11. Kant, Immanuel (1764). Lo bello y lo sublime: Ensayo de estética y moral. Chile: Vosgo. p. 60. 
  12. de Sade, Marqués (1795). Filosofía en el tocador. Madrid, España: Edimat. p. 172. 
  13. Burguess, 2015, p. 29
  14. Burguess, 2015, p. 34-35
  15. Burguess, 2015, p. 36
  16. Burguess, 2015, p. 48
  17. Burguess, 2015, p. 82-83
  18. Burguess, 2015, p. 84
  19. Burguess, 2015, p. 87
  20. Burguess, 2015, p. 116
  21. von Goethe, 1984, p. 65
  22. von Goethe, 1984, p. 78
  23. von Goethe, 1984, p. 112

Bibliografía[editar]

  • von Goethe, Johann Wolfgang (1984). Fausto. Chile: Ercilla. 
  • Burguess, Anthony (2015). La naranja mecánica. Chile: Minotauro.