Jacobo Benigno Bossuet

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Bossuet
Jacques-Bénigne Bossuet 2.jpg
Retrato de Bossuet por Hyacinthe Rigaud

Título Jacques Bénigne
Otros títulos Obispo de Condom
Información religiosa
Ordenación sacerdotal 16 de marzo de 1652
Ordenación episcopal 21 de septiembre de 1670 por Charles-Maurice Le Tellier
Información personal
Nombre Bossuet
Nacimiento 27 de septiembre de 1627 en Dijon Pavillon royal de la France.svg Francia
Fallecimiento 12 de abril de 1704 en París Royal Standard of the King of France.svg Francia
Alma máter Universidad de París
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Jacques Bénigne Bossuet[1] (Dijon, 27 de septiembre de 1627 - París, 12 de abril de 1704) fue un destacado clérigo, predicador e intelectual francés. Defensor de la teoría del origen divino del poder para justificar el absolutismo de Luis XIV. Actuó decisivamente en la Asamblea del Clero Francés de 1682 que sustentó la doctrina del predominio del rey sobre la iglesia católica en Francia, llamado galicanismo. Se le considera como uno de los historiadores más influyentes de la corriente providencialista.

Biografía[editar]

Originario de una familia de magistrados, se educó con los Jesuitas en Dijon, que le dispensan una formación clásica (griego y latín). A los 15 años continúa sus estudios en París, en el Collège de Navarre, donde tiene por maestro a Nicolas Cornet, con quien estudia en profundidad filosofía y teología. Aunque estaba destinado por nacimiento al sacerdocio (como es habitual en la sociedad estamental), frecuenta el mundo por algún tiempo. Admira a Corneille, se da a la escritura de versos preciosistas y no le hacía remilgos a frecuentar el Hôtel de Rambouillet. Es ordenado subdiácono en Langres en 1648, momento en que rompe con el sigilo y redacta una Méditation sur la Brièveté de la Vie (Meditación sobre la brevedad de la vida), en la que pueden verse en germen sus obras futuras. El mismo año expone sus ideas sobre el papel de la Providencia en su Méditation sur la félicité des saints (Meditación sobre la felicidad de los santos). En 1644 se magistró en la Universidad de su poblado, en la cual predicó el mensaje de Dios y enseñó a los más humildes la verdad y las teorías racionalistas. Anteriormente, el 1641 estudió la carrera de derecho, aun teniendo clara su verdadera vocación. En 1652, se doctora en teología y es ordenado sacerdote, al tiempo que archidiácono de Sarrebourg; más tarde, en 1654, obtiene el mismo beneficio eclesiástico en Metz. Allí su fama de predicador lo condujo al obispado de Condom y a la preceptura del Delfín (1671) Su vida estuvo llena de polémicas en defensa de la fe cristiana.

Sermones[editar]

Llamado enseguida a París, se granjea una gran reputación por sus sermones y panegíricos de santos. Goza del aprecio de la reina madre y el mismo rey, al tiempo que obtiene un gran número de conversiones de protestantes (estamos en los últimos años en que aún se beneficiaban de las condiciones favorables del Edicto de Nantes), entre las que puede citarse las de Henri de la Tour d'Auvergne-Bouillon (Turenne), Philippe de Courcillon (marqués de Dangeau) y Mademoiselle de Duras. Para ayudar a tales conversiones redacta su Exposition de la doctrine de l'Eglise (Exposición de la doctrina de la Iglesia). En ella, Bossuet recoge varias influencias: la del jesuita Claude de Lingendes; las de los jansenistas Saint-Cyran y Singlin; y la principal, de san Vicente de Paul, a través de sus conferencias sobre la predicación en Saint-Lazare, a las que Bossuet asiste. Su elocuencia se remarca, se hace más próxima y sencilla.

La mayor parte sus discursos improvisados se han perdido. Solía meditar su texto algunas horas antes de pronunciarlos, anotando algunas palabras o pasajes de los Santos Padres para guiarse. Algunas veces dictaba rápidamente los párrafos más largos, y después se abandonaba a la inspiración del momento y a la impresión que producía en su auditorio.

Se conservan doscientos de los quinientos o seiscientos que debió pronunciar, ya que Bossuet no los consideraba como obras literarias dignas de la imprenta. A finales del siglo XVIII, gracias al trabajo de Dom Deforis, se recopilan los que se han conservado hasta hoy. No obstante, en realidad no son más que borradores que no nos ofrecen más que una idea aproximada de su predicación.

Obispo de Condom[editar]

El 21 de septiembre de 1670, Charles-Maurice Le Tellier arzobispo de Reims, consagra, con el asentimiento del Papa, a Jacques Bénigne Bossuet como obispo de Condom (Gers), en la iglesia de los Cordeleros de Pontoise.

Oraciones fúnebres[editar]

En ese mismo año y los siguientes, pronuncia sus doce Oraisons funèbres, en las que hace sentir con potencia y musicalidad la futilidad de las grandezas humanas. Entre ellas están las de Enriqueta María de Francia (1609-1669), reina de Inglaterra, y Ana de Austria (1601-1666). Son obras maestras de elocuencia incomparables con cualquier otro ejemplo si no nos remontamos a la Antigüedad Clásica. Bossuet no se sirve de la lengua de otros hombres: construye la suya propia, de tal modo que se acomode a su propia manera de pensar y de sentir. Tanto las expresiones como los giros, movimientos, construcción y armonía, son propios suyos.

Preceptor del Delfín[editar]

Es nombrado preceptor del Delfín (heredero del trono) Luis de Francia (1661-1711), el hijo del rey Luis XIV y de María Teresa de Austria (1638-1683). En 1681, escribe su Discours sur l'histoire universelle (Discurso sobre la historia universal), en el que, tras presentar un rápido resumen de los acontecimientos, busca las razones de los designios de Dios para su Iglesia. El mismo Voltaire quedó más tarde asombrado de la fuerza majestuosa con la que describe las costumbres, el gobierno, el auge y caída de los grandes imperios, y de los trazos rápidos y enérgicos con que pinta y juzga a las naciones. También para el Delfín, escribe el Traité de la connaissance de Dieu et de soi-même (Tratado del conocimiento de Dios y de uno mismo), en el que en general sigue la doctrina de René Descartes, y se muestra tan gran filósofo como escritor.

Es elegido miembro de la Academia francesa.

Obispo de Meaux[editar]

Estatua de Bossuet en la plaza de Saint-Sulpice de París.

En 1681, concluida la educación del Delfín, es nombrado obispo de Meaux (de ahí viene su sobrenombre "el Águila de Meaux") donde se dedica a las tareas episcopales, con frecuentes predicaciones y una especial lucha, como teólogo, contra los protestantes. Redacta el célebre Catéchisme de Meaux (1687) (Catecismo de Meaux) y , para las religiosas de su diócesis las Méditations sur l'Evangile (Meditaciones sobre el Evangelio) y las Elévations sur les Mystères (Elevaciones sobre los Misterios).

Predicador[editar]

Bossuet jugó un gran papel como predicador y director de la Asamblea del clero de Francia de 1682, con ocasión del enfrentamiento entre rey y papa. Fue el autor de la Declaración sobre las libertades de la Iglesia Galicana, que fija los límites del poder del papa, y redacta los Cuatro Artículos de 1682, que acabarán por convertirse en ley en Francia y dieron lugar a vivas discusiones. El papa, irritado, los hizo quemar, pero no llegó a calificarlos como heréticos. Se conoce a este movimiento como Galicanismo, doctrina que influirá particularmente en España con la llegada de los Borbones (Felipe V) en 1700 (véase Regalismo).

Lucha contra el quietismo[editar]

Entrará en un áspero conflicto con Fénelon, obispo de Cambrai, que se inclinaba hacia el quietismo: persiguió con especial saña a su adversario hasta conseguir que cayera en desgracia ante el rey, que lo exilia. También logra la condena del papa a las Maximes des Saints (Máximas de los Santos) donde Fénelon sostenía la doctrina del amor de Dios por sí mismo, sin mezcla del llamado teológicamente temor servil.

Bossuet murió a causa de un cálculo renal en París, el 12 de abril de 1704.

Historiografía[editar]

En él culmina la interpretación histórica basada en las ideas divinas. Él va a ser el referente cuando llegue la Ilustración, ya que todos sus autores se dedicarán a criticar a Bossuet, sobre todo Voltaire.

Escribe su libro Discurso sobre la Historia Universal, que es un libro de texto dirigido al Delfín. En él le trata de enseñar cómo la historia no está dirigida por los reyes, sino por la Divina Providencia, y por eso debe dejarse aconsejar por los obispos.

Discurso sobre la Historia Universal es considerada como una segunda edición o continuación de la Ciudad de Dios de San Agustín. Discurso de Historia Universal explica, al igual de la Ciudad de Dios, la historia del mundo como una guerra metafísica entre Dios y Satanás. En esta guerra, Dios mueve (por intervención divina/divina providencia) a los gobiernos, movimientos políticos/ideológicos, y fuerzas militares alineadas (o mejor alineados) con la Iglesia Católica (la Ciudad de Dios) para que se opongan por todos los medios —incluido el militar—a los gobiernos, movimientos políticos/ideológicos, y fuerzas militares alineados con el Demonio (la Ciudad Satanás).

Este concepto de la historia universal esta puesta en su lugar y, por tanto, condenada, por la la Iglesia Católica expresada en el documento Gaudium et Spes del Segundo Concilio Vaticano: A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.

Por ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del Creador, a la vez que reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede dejar de hacer oír la voz del Apóstol cuando dice: No queráis vivir conforme a este mundo (Rom 12,2); es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad y de malicia que transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al servicio de Dios y de los hombres.

A la hora de saber cómo es posible superar tan deplorable miseria, la norma cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el egoísmo, corren diario peligro. El hombre, redimido por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor y usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en posesión del mundo como quien nada tiene y es dueño de todo: Todo es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios (I Cor 3,22-23). Tierra nueva y cielo nuevo

39. Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre.

Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios.

Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: "reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz". El reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección.

El libro está dividido en 3 partes:

  • Primera parte en la que se mencionan las diferentes épocas históricas que se han producido desde el Antiguo Testamento hasta su culminación que es la monarquía francesa de los Capetos.
  • Segunda parte en la que se introduce en la historia del Cristianismo.
  • La tercera parte consta de las causas del ascenso y posterior caída de los imperios y la interpretación que da Bossuet, que es que todos estos imperios han surgido o han desaparecido por un propósito divino. Por ejemplo, el Imperio Babilónico surge para destruir a los judíos (es un castigo por sus faltas), después, el Imperio persa vence a los babilonios como recompensa de Dios al pueblo judío. Luego el Imperio romano surge para la difusión del Cristianismo, ya que Cristo debe nacer en un Imperio bien conectado con todos sus territorios para una expansión más rápida de la doctrina.

Bossuet no incorpora especiales novedades a la filosofía de la historia de Agustín de Hipona. Sin embargo, su propuesta constituye la cima de las filosofías de la historia de corte cristiano que descubren la actuación divina incluso en los "renglones torcidos" de la historia (catástrofes).

Obras[editar]

Oeuvres, 1852
Œuvres complètes
  1. En 20 volúmenes 1745-1753
  2. En 19 volúmenes 1772-1788
  3. En 45 volúmenes 1813
  4. En 60 volúmenes 1825
  5. En 62 volúmenes 1828-1830
  6. 1862

Bibliografía[editar]

  • Victor Vaillant, Etudes sur les sermons de Bossuet, 1851
  • Thérèse Goyet, L'Humanisme de Bossuet, le goût de Bossuet, 1965

notas[editar]

  1. Jackes Benigno Bossuet (Madrid, 1775). Meditaciones sobre el Evangelio. p. 448. 

Enlaces externos[editar]