De Oñate a La Granja

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De Oñate a la Granja
de Benito Pérez Galdós Ver y modificar los datos en Wikidata
Portada de "De Oñate a La Granja" de Galdós (1907).png
Género Novela Ver y modificar los datos en Wikidata
Idioma Español Ver y modificar los datos en Wikidata
País España Ver y modificar los datos en Wikidata
Fecha de publicación 1898 Ver y modificar los datos en Wikidata
Texto en español De Oñate a La Granja en Wikisource
Episodios nacionales
De Oñate a la Granja

De Oñate a La Granja es la tercera novela de la tercera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, escrita en su finca de San Quintín (Santander),[1]​ en octubre-noviembre de 1898 y publicada ese mismo año.[2][3]​ El título alude a la localidad guipuzcoana de Oñate, establecida como ‘corte del pretendiente’ y «capital del estado absolutamente absoluto», y el Real Sitio de La Granja, donde permanece Isabel II bajo la regencia de su madre, y que sería escenario del “motín de los Sargentos” de 1836 que restauró fugazmente la Constitución de 1812. Escenarios que le sirven a Galdós para contrastar una vez más la idiosincrasia de «las dos Españas»,[4]​ y en este caso –encarnadas por carlistas e isabelinos–, en su más alto estrado de poder y ambición.[5]​ Finalmente, el capítulo recoge la rocambolesca caída del Mendizábal y la ascensión de Istúriz como primer ministro de la Regencia.

Con el personaje romántico Fernando Calpena como protagonista de la trama folletinesca, Galdós continúa con la habitual profundidad psicológica el análisis de círculos políticos como el que compone la corte del infante Carlos María Isidro,[6]​ o fantasías en la frontera de lo literario y lo histórico como la que Calpena elabora comparando a los dos funestos hijos de Carlos IV de España:

Hizo Calpena mental paralelo entre su tocayo Narizotas y el llamado Pretendiente, llegando a la conclusión triste de que si hubiera un infierno especial para los reyes, en el más calentito rescoldo de este tártaro regio debían purgar sus pecados contra la humanidad estos dos señores, que simbolizando la misma idea, por la supuesta ley de sus derechos mataron o dejaron matar tal número de españoles, que con los huesos de aquellos nobles muertos, víctimas unos de su ciego fanatismo, inmolados otros por el deber o en matanzas y represalias feroces, se podría formar una pira tan alta como el Moncayo. En todos los países, la fuerza de una idea o la ambición de un hombre han determinado enormes sacrificios de la vida de nuestros semejantes; pero nunca, ni aun en las fieras dictaduras de América, se han visto la guerra y la política tan odiosa y estúpidamente confabuladas con la muerte. La historia de las persecuciones del 14 al 20, de la reacción del 24, de las campañas apostólicas y realistas, así como del recíproco exterminio de españoles en la guerra dinástica hasta el Convenio de Vergara, causan dolor y espanto, por el contraste que ofrece la grandeza de tan extraordinario derroche de vidas con la pequeñez de las personas en cuyo nombre moría o se dejaba matar ciegamente lo más florido de la nación.

Considerados en lo moral, grande era la diferencia entre Fernando y Carlos, pues la bajeza y sentimientos innobles de aquel no tuvieron imitación en su hermano, varón puro y honrado, con toda la probidad posible dentro de aquella artificial realeza y de la superstición de soberanía providencial. Trasladados los dos a la vida privada, donde no pudieran llamarnos vasallos ni suponerse reyes cogiditos de la mano de Dios, Fernando hubiera sido siempre un mal hombre; D. Carlos un hombre de bien, sin pena ni gloria. En inteligencia, allá se iban, ganando Fernando a su hermano, si no en ideas propiamente tales, en marrullerías y artes de la vida práctica. Las ideas de Don Carlos eran pocas, tenaces, agarradas al magín duro, como el molusco a la roca, con el conglutinante del formulismo religioso, que en su espíritu tenía todo el vigor de la fe. De la piedad de Fernando no había mucho que fiar, como fundada en su propia conveniencia; la de D. Carlos se manifestaba en santurronerías sin substancia, propias de viejas histéricas, más que en actos de elevado cristianismo. En sus reveses políticos, no supo Fernando conservarse tan entero como cuando ejercía de tiranuelo, comiéndose los niños crudos; D. Carlos mantuvo su dignidad en el ostracismo y en la mala ventura, y acabó sus días amado de los que le habían servido. Fernando se compuso de manera que, al morir, los enemigos le aborrecían tanto como le despreciaban los amigos.

Capítulo XX, (Galdós, 1898)

Referencias[editar]

  1. Madariaga, Benito (1979). Pérez Galdós. Biografía santanderina. Santander: Instituto Cultural de Cantabria. 
  2. Ortiz, 2000, p. 368.
  3. García Lorenzo, 1971, p. 759.
  4. Zambrano, 1982, p. 124.
  5. «Los Episodios Nacionales: una interpretación (una historia de España novelada)». Fundación Progreso y Cultura. 23 de febrero de 2017. Consultado el 1 de abril de 2018. 
  6. Muñoz Marquina, Francisco (1988). Madrid en Galdós. Galdós en Madrid (catálogo de la exposición). Madrid: Comunidad de Madrid. pp. 256-257. ISBN 8445100203. 

Bibliografía[editar]

Enlaces externos[editar]