Cristóbal Lozano

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Cristóbal Lozano Sánchez (Hellín, Albacete, 26 de diciembre de 1609 - Toledo, 3 de octubre de 1667), humanista y escritor español del Siglo de Oro.

Biografía[editar]

Fue el cuarto hijo de los seis que tuvieron Gaspar Lozano y de la Fuente, un modesto carpintero (aunque algunos dicen que alfarero) y Ana Sánchez y López; aunque trabajó en su mocedad en el oficio de su padre, su talento promovió la protección de importantes eclesiásticos que le enviaron a estudiar a Alcalá de Henares hacia 1630, aunque su nombre no figura en los libros de matrículas de la Universidad; allí se despertó su vocación literaria, pues al enamorarse de una tal doña Serafina la recordó en algunas de las novelas cortas escritas ya entonces como estudiante, a las que puso el título más tarde de Serafinas. Se graduó en 1634 y en ese mismo año volvió a Hellín. Se ordenó sacerdote y entre 1635 y 1636 vivió en Valencia, donde publicó sus primeras obras.se trasladó después a Valencia, donde publicó sus primeros libros.

En 1638 era párroco de la iglesia de San Salvador en Lagartera (Toledo). En 1639 se doctoró en Teología en Alcalá. Fue cura ecónomo y vicario de Hellín (1641), así como "comisario de la Santa Cruzada de la villa de Hellín y su partido". Promotor fiscal de la Cámara Apostólica de Murcia entre 1646 y 1650, residió varios años en Madrid y fue también comisario de la Inquisición y capellán de los Reyes Nuevos de Toledo (1663), como su amigo Pedro Calderón de la Barca, cargo que desempeñó en dicha ciudad hasta su muerte el 3 de octubre de 1667. Sus restos serían llevados a Hellín en 1669 y fueron enterrados en la capilla de San Pascual de su Convento de San Lorenzo.

Viajó mucho por toda España: estuvo en Madrid, Ávila, Guadalupe, Linares, Córdoba, Sevilla... Poseía una cultura poco común, y dominaba el latín, el francés y el italiano. Fue muy amigo además de Juan Pérez de Montalbán y fray Diego Niseno.

Algunas de sus obras circularon a nombre de su sobrino, Gaspar Lozano Montesinos (Hellín, 1640), también gran escritor y que terminó muy dignamente algunas partes de las obras de su tío que había dejado inconclusas a su muerte; así lo indicó honestamente al reimprimir gran parte de ellas a nombre de su verdadero autor tras su fallecimiento.

Obra[editar]

El crítico que más se ha ocupado de él fue Joaquín de Entrambasaguas, quien le dedicó su tesis El doctor don Cristóbal Lozano (1927); él aclaró también muchos puntos de su trayectoria biográfica. Fue un autor muy popular, leído y admirado en toda época; sus obras se reimprimieron continuamente hasta el mismo siglo XIX, en que los escritores del Romanticismo utilizaron con fruto muchos de sus argumentos y leyendas, no solo José de Espronceda, quien tomó el estudiante Lisardo de sus Soledades de la vida y desengaños del mundo (Madrid, 1658) para el don Félix de Montemar de su El estudiante de Salamanca, sino sobre todo José Zorrilla, quien se inspiró en él para casi todas sus leyendas y no en Juan de Mariana, como pensaba Ramón Menéndez Pidal, como demostró en su momento Narciso Alonso Cortés.[1]

Poseía un estilo castizo y sin afectaciones, algo bastante raro para la época del Conceptismo y del Culteranismo y que denotaba un juicio maduro y ajeno a las modas; otro de sus rasgos novedosos es el temperamento prerromántico de sus historias; Lozano sentía una gran atracción por las leyendas tradicionales o históricas y le atrae especialmente lo macabro, aunque no cede en su propósito moralizador; su imaginación se beneficiaba además de sus extensas lecturas. Aunque sus obras se buscaban e imprimían con celo, lo cierto es que existen solamente los títulos de algunas que no han llegado hasta nosotros: El buen Pastor, 1641, una especie de manual sobre la enseñanza moral del sacerdote; las Flores sacramentorum (Valencia, ¿1635?), recopilación de sentencias, y el Marial, una serie de discursos sobre la madre de Cristo.[2]

Escribió sogbre todo colecciones de novelas y más ocasionalmente poesía y teatro. Destacó sobre todo como novelista, con sus colecciones David penitente (1652), la celebérrima David perseguido, de la que sacó tres partes (Madrid, 1652 a 1661); El gran hijo de David más perseguido (tres partes, 1633 a 1673); Reyes Nuevos de Toledo (1667), una serie de biografías de los monarcas enterrados en la Capilla de los Reyes Nuevos y de leyendas históricas vinculadas a ellos; Soledades de la vida y desengaños del mundo (Madrid, 1658, una miscelánea aparecida a nombre de un sobrino suyo, Gaspar Lozano Montesinos, quien tras su muerte volvió a publicar esta y otras obras ya con el genuino nombre del autor al frente) y Las Serafinas (1672). Persecuciones de Lucinda (¿1636?) es una novela extensa.

En cuanto a su poesía, escribió versos tanto religiosos como profanos. Entre las religiosas están su Paráfrasis de los Salmos de David, incluida en su David perseguido, y entre las profanas gran número de romances, silvas, sonetos y canciones, incluidas muchas de ellas en su obra en prosa.

Entre sus obras teatrales, lo menos interesante de su producción, muy influidas por Lope de Vega y Juan Pérez de Montalbán y que no llegaron al parecer a los escenarios de la época, cabe mencionar las comedias Los dos amantes portugueses y querer hasta morir; En mujer, venganza honrosa; El estudiante de día y galán de noche, prohibida por la Inquisición; Herodes Ascalonita y la hermosa Marienna y Los trabajos de David y finezas de Micol. También escribió el auto sacramental Los pastores de Belén; todas estas obras se imprimieron juntas en la citada miscelánea Soledades de la vida y desengaños del mundo (1658) a nombre de su sobrino Gaspar Lozano Montesinos.

Sirvió de enlace entre la época clásica y la moderna al recoger historias y leyendas populares que más tarde retomaría la literatura romántica, pese a haber sufrido los ataques de algunos escritores neoclásicos, entre ellos Leandro Fernández de Moratín y Alberto Lista, más que nada por su extraordinaria popularidad y su carácter prerromántico. Sus obras son una mina de variadísimas anécdotas, historias y ejemplos que constituyen una verdadera antología del cuento universal. De esta cantera se aprovecharon los españoles José Zorrilla, Juan Eugenio Hartzenbusch, Antonio García Gutiérrez, José de Espronceda, Gustavo Adolfo Bécquer, y los extranjeros Prosper Merimée, Joseph Addison, Vittorio Alfieri, Maurice Maeterlinck, Anatole France, Gustave Flaubert, Voltaire, Lezzani...

Referencias[editar]

Bibliografía[editar]

  • Joaquín de Entrambasaguas, El doctor Cristóbal Lozano. Madrid, 1927.
  • Cristóbal Lozano, Historias y leyendas; edición, prólogo y notas de Joaquín de Entrambasaguas Madrid: Espasa-Calpe, 1969.