Moxos
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[cita requerida] Moxos o Mojos es el nombre de una etnia y una región histórica hoy correspondiente al noreste de Bolivia.
[editar] Prehistoria e historia
Los primeros pobladores del Oriente Boliviano —hoy departamentos de Santa Cruz, Beni y Pando, que antes de la independencia de Bolivia eran un solo territorio denominado Mojos— fueron los aborígenes de la etnia arawak. Estos llegaron a Bolivia desde Centroamérica. Miles de años antes de la era común fueron poblando las islas del mar Caribe pasando de isla en isla. El final de esta lenta expansión fue su llegada a la isla de Cuba y a Santo Domingo, en mitad de las Grandes Antillas, que ya estaba poblada desde 3.000 años antes de la era común.
Por razones desconocidas, entre el año 1500 aec y el 800, grupos agrícolas de origen arawak provenientes de tierras bajas (Surinam) abandonaron su hábitat y migraron hacia el sur portando una tradición cerámica incisa.
Piezas de alfarería encontradas en la campiña cruceña y aun dentro del actual recinto de la ciudad, rebelan que la comarca sirvió de morada a pueblos poseedores de un grado de cultura. Se ha dado el nombre de chané a ese vestigio de primitiva cultura aborigen y se aplica la misma designación a la gente que la poseyeron y fueron los fabricantes de aquella cerámica.
Cronistas como Diego Felipe de Alcaya, cuentan de un pueblo viviente entre los últimos contrafuertes de la cordillera andina y el curso medio del río Guapay. En la gran planicie y a lo largo y ancho de las riberas estaban establecidas y confederadas las comunidades bajo el mando superior de un caudillo, a quien Alcaya designa con el título de rey, éste llevaba el nombre dinástico de Grigotá, tenía una cómoda vivienda y vestía una especie de camisa de vivos colores. Subordinados a él, disponiendo de centenares de guerreros estaban los caciques a quienes se los nombra como Goligoli, Tundi y Vitupué.
Sin embargo Grigotá y su pueblo fueron interrumpidos por pueblos agresivos y guerreros, los guaraníes, que llegaron desde el este y el sudeste y lograron reducir a condición de esclavos a los chanés. Todos los antecedentes indican que la irrupción guaranítica ocurrió cien o más años antes de la conquista española.
Cuando Colón llegó al Caribe (1492), los arawak estaban siendo invadidos por los caribes o canibas (guaraníes, (llamados chiriguanos por lo incas) o guarayos en tierras del oriente boliviano), una etnia muy belicosa y antropófaga que —siguiendo el mismo camino que ellos— habían partido de Sudamérica, habían ido tomando una por una todas las Pequeñas Antillas y estaban comenzando a realizar ataques sobre la zona oriental de la isla Española (hoy Punta Cana); y finalmente sometieron a los chané. Ocuparon toda la extensa zona de cordillera y los llanos.
La relación social entre los guaraníes y los chané fue la de patrón-esclavo, vencedor-prisionero. La tasa numérica entre guaraníes y chanés era de 1 a 10. Se sigue sin comprender —aún subrayando el carácter pacífico de los chanés— cómo pudieron ser reducidos a una situación tan brutal de esclavitud, según apuntan todos los autores. Varios hechos justifican esta afirmación. Por ejemplo, el uso de su lengua de manera secreta y el que en muchas ocasiones acudieran a la ayuda española, soportando mal la presencia guaraní.
Los guaraníes buscaban «la tierra sin mal» y la ocupación del territorio correspondió a una acción de conquista, es decir; práctica de matanza de los hombres, ritual de la antropofagia y acaparamiento de mujeres y niños.
En la sociedad guaranítica se admitía la poliginia a todos los tubichá y los tubichá-mbrubichá; se practicaba el aborto tanto en las relaciones prematrimoniales como en el caso de nacimientos defectuosos o de mellizos en el matrimonio. Durante el parto se obligaba al marido a actitudes particulares, como el de recostarse en una hamaca e imitar el mismo dolor y aflicción que la mujer, esto para asumir la legitimidad paterna.
Sin embargo, en opinión de investigadores, la relación guaraní-chané, patrón-esclavo; llegó a complementarse como una sociedad interesante en la que los primeros cumplían la función de guerra y los segundos, la económica.
Al iniciarse la conquista española, los guaraníes ocupaban las tierras orientales y sostenían duras luchas contra los incas del oeste, para impedirles el paso desde el fuerte.
Los guaraníes del Paraguay, atraídos por las noticias que tenían de los indios del Chaco de una región rica en metales, en casas de piedra y en ornamentos de todo género, con un lago inmenso (el Titicaca), y habitada por una población numerosa, cruzaron el Chaco y se dirigieron hasta los contrafuertes andinos, donde se establecieron y comenzaron a guerrear en contra de los pobladores del altiplano andino. Enrique de Gandía deja establecido que no puede hacer conjeturas respecto al año en que la migración guaranítica pudo realizarse hacia el oriente boliviano.
Escribe el historiador Enrique Finot que «establecer límites de territorio fue la lucha permanente y sostenida por los originarios del altiplano y el Oriente antes de la irrupción de los españoles y posteriormente, convertidos en soldados de la conquista, fundada Santa Cruz de la Sierra y trasladada».
Esta provincia era llamada el ante muro de los Andes, porque desde Santa Cruz. No se olvide que la conquista de los pueblos de América era disputada por Portugal y España. Así se impedía el ingreso de los aguerridos bandeirantes del Brasil hacia el virreinato. Proteger las conquistas españolas era el objetivo de fundar una provincia en medio de la selva.
Los chiriguanos y canichanas y otras familias igualmente antropófagas y belicosas perseguían con sus flechas mortalmente emponzoñadas a los españoles Irala, de Chaves, de Manso, de Pérez de Zurita, de Suárez de Figueroa (las cinco figuras más ilustres de esta larga contienda) porque ocupasen su territorio sagrado. Toda esa tierra existía para esos pueblos originarios; y los blancos traían la conciencia de conquistar a «impuros», «paganos» y «subhumanos». Renegaban por querer coexistir en la tierra de ellos.
Análogo sentir habían evidenciado en el siglo anterior a la conquista española, los chiriguanaes, al atacar desde sus cordilleras, a las tropas del inca enviadas con fines de persuasión y dominio. Su protesta contra el invasor, sobre todo contra el introductor de dioses, usos y gustos diferentes de los suyos, y por tanto, enemigo en todo lo íntimo, era una defensa de lo secular y una vehemente rebeldía contra la imposición de cambios radicales en el ritmo de su diaria existencia.
Los chiriguanaes preferían morir a entregarse y no sólo aceptaron las guerras que fueron hacia ellos, triunfando a la larga en mérito a su conocimiento de las sendas serranas y a su astucia y valor, sino que no perdían oportunidad de tender emboscadas a los expedicionarios y atacar a los pueblos en toda coyuntura favorable para destruirlos, junto con todos sus habitantes, como lo lograron con Santo Domingo de la Nueva Rioja y la Barranca.
Como señala Enrique Finot, los chiriguanos, los chanés, los chiquitos, los guarayos, los ambayas, y los mojos reñían entre sí permanentemente con afanes de predominio sobre aguas y pastos. Antes de llegar los españoles a estas tierras, estos pueblos se esclavizaban, se mataban entre ellos y algunos se comían.

