Los perros hambrientos

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Los perros hambrientos
de Ciro Alegría
Ciro Alegría.JPG
Género Novela
Idioma Castellano
Editorial Zig-Zag
(Santiago de Chile)
País Bandera de Perú Perú
Fecha de publicación 1939
Formato Impreso
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Los perros hambrientos es una novela del escritor peruano Ciro Alegría, publicada en Santiago de Chile por la Editorial Zig-Zag (1939). Es considerada como una de las obras más representativas de la novela indigenista peruana y latinoamericana en general.

Contexto[editar]

Ciro Alegría, que por entonces vivía en Chile, ya era conocido en el mundo literario pues años antes había publicado su novela La serpiente de oro, ganadora en 1935 de un concurso convocado por la Editorial Nascimento y auspiciada por la Sociedad de Escritores de Chile. A fines de 1936, como consecuencia de la dura vida de prisión y persecución política que sufrió en el Perú, enfermó de tuberculosis pulmonar. Se recluyó en el sanatorio de San José de Maipo y allí estuvo dos años. Antes de darle de alta le aplicaron un neumotórax, pero una burbuja de aire inyectada en la sangre le produjo entonces una embolia cerebral que le dejó temporalmente ciego y con medio cuerpo paralizado. Esta dificultad motriz le anuló la capacidad de escribir. Durante su recuperación, a manera de terapia, fue obligado a escribir para readiestrar el uso de su mano derecha. Una noche despertó sobresaltado por los ladridos de unos perros. Entonces se le vino la idea de componer una novela basándose en relatos cortos que había escrito con anterioridad, sobre la vida de unos perros en la serranía del norte peruano. La tarea de armar la novela le demandó un mes de labor, titulándola Los perros hambrientos. Acto seguido, la presentó al concurso de novela convocado por la Editorial Zig-Zag y auspiciada por la Sociedad de Escritores de Chile. De las 62 obras presentadas, la suya obtuvo el segundo puesto. El primer premio lo obtuvo el escritor chileno Rubén Azócar con su novela Gente en la isla. El fallo del jurado fue muy discutido. La obra fue publicada en agosto de 1939; tuvo después múltiples ediciones en países de habla hispana y se la tradujo a varios idiomas.

Escenarios[editar]

La historia está ambientada principalmente en la serranía del departamento de La Libertad, en la región conocida como puna, en una comunidad de indígenas dedicada a las ancestrales labores del cultivo de la tierra y pastoreo de ganado. Cerca de ellos se extienden las inmensas propiedades de la hacienda de Páucar, donde los indios trabajan como peones o colonos. Se mencionan otras comunidades de indígenas, como Huaira (comunidad desaparecida por obra de un despótico terrateniente, que se apodera de las tierras de los indios), y los pueblos lejanos de Sarún y Saucopampa (este último lugar de culto de una milagrosa Virgen del Carmen). Otro escenario mencionado es Cañar, en la zona de la ceja de selva, cerca al río Marañón, refugio de bandoleros dedicados al abigeato o robo de ganado.

Época[editar]

La época de los sucesos relatados es entre los años 1910 y 1920, es decir durante la niñez del narrador, precisamente la etapa en que éste estuvo en contacto con la gente recreada en la obra, es decir los indios y cholos, peones y empleados de la hacienda de su padre. Eran los últimos años de la llamada República Aristocrática (a la que mejor llamaríamos oligárquica) y el Oncenio del presidente Augusto B. Leguía, quien es mencionado en la obra aunque solo de manera incidental.[1] Es una época turbulenta, de protesta y conmoción social, particularmente en los Andes, lo que se refleja claramente en el relato. Una de las más sonadas rebeliones de indígenas de esa época fue la encabezada por Rumi Maqui, en Puno, en 1915. Solo como detalle significativo, agregaremos que dicha época coincide con la ambientada en la otra gran novela indigenista representativa de la literatura peruana, Los ríos profundos, de José María Arguedas, pero la trama de esta se concentra en los andes del sur y a mediados de los años 1920.

Argumento[editar]

A través de la tercera persona del narrador omnisciente, Alegría desarrolla la historia paralela de unos campesinos indígenas de la sierra norte del Perú y de sus perros pastores frente a la agresión de la naturaleza manifestada en una prolongada sequía de dos años de duración. La falta de lluvias priva de alimentos tanto a los hombres como a sus animales domésticos y entonces surge con toda su magnitud y fuerza la necesidad básica de la subsistencia. Se representa la desesperada solidaridad campesina pero también al desalmado hacendado blanco que dispara a los indios indefensos que le vienen a suplicar comida. También los perros trastocan el orden establecido, pues al verse privados de alimentos ven roto el vínculo ancestral que les une a sus dueños y empiezan a devorar a las ovejas, por lo que son expulsados, formando jaurías que asolan los contornos de la comunidad. Finalmente serán envenenados por el hacendado, cuyas propiedades habían empezado a invadir. El paralelismo es notorio: a vista del desalmado patrón, los “perros hambrientos” son indistintamente tanto los aldeanos como los animales. Cuando las lluvias anuncian el fin de la sequía, finaliza un ciclo y empieza otro.

Personajes[editar]

En la obra de Ciro Alegría encontramos una gran variedad de personajes, tanto seres humanos como animales (perros). Cada uno tiene relevancia, pero solo mencionaremos los de mayor importancia en el desarrollo de los hechos del cuento.

Los hombres[editar]

  • La familia Robles, gente típica de la serranía del norte peruano. Lo conforman los esposos Simón y Juana, y tres hijos todavía menores que conviven con ellos y que les ayudan a en las tareas del hogar, el cultivo y la cuida del ganado: Vicenta, Timoteo y Antuca.
    • Simón Robles, el viejo jefe de familia, hábil narrador de cuentos e historias, también gusta tocar la flauta y la caja, además de poner apelativos a las cosas. Entre sus más curiosos apodos está el dado a un caballo muy flaco: “Cortaviento”, y a una gallina estéril: “Poniaire”.
    • Juana, la esposa de Simón, ya entrada en años y con la experiencia y sabiduría natural de las mujeres de su edad.
    • Vicenta, la hija mayor, aún soltera, ágil y espigada, quien se dedica a tejer bayetas y frazadas. El relato menciona también que en una ocasión, durante una fiesta celebrada en Saucopampa, la sacó a bailar el cholo Julián Celedón (luego célebre bandolero), pero su padre se opuso a que la cortejara pues aquel ya tenía ya muy mala fama.
    • Timoteo, joven, muy robusto y empeñoso. Se enamora de Jacinta, hija de unos emigrados indios y la lleva a su casa, luego que la muchacha queda huérfana de padre.
    • Antuca, muchacha de aprox.12 años, pequeña y lozana, que se dedica a pastorear el ganado. Sale temprano de casa junto con los perros conduciendo las ovejas al campo, para regresar al atardecer. A veces se encuentra con otro pastorcillo, el Pancho, de su misma edad, con quien se entretiene contándose mutuamente historias y cuentos. Con las penurias causadas por la sequía se vuelve muy delgada y pálida, y lamenta que su desarrollo corporal se trunque de esa manera, a pocos años de convertirse en una mujer casadera.
  • Mateo Tampu, es un indio joven y fornido, agricultor muy laborioso, que tiene su propia choza y su chacra. Aparece en el relato adoptando a un perrillo para que le ayudara en el pastoreo de ovejas. Lleva la vida sencilla y laboriosa del campesino, junto con una esposa amorosa, la Martina, que le da dos niños, pero todo se malogra cuando es llevado por la fuerza a enrolarse al ejército. Su ida trastoca el hogar al dejar a su esposa sola y con la inmensa responsabilidad de cuidar a su familia y sus tierras.
  • Martina Robles, hija de Simón Robles, esposa de Mateo Tampu, madre de Damián y de otro niño de meses de nacido cuyo nombre no se menciona en la obra. Cuando su marido es llevado por los gendarmes entra en una gran desesperación pero no pierde la esperanza de que retorne. Al final, da la impresión de ser una madre irresponsable al dejar al pequeño Damián, de 7 años, solo en la casa, mientras ella se lleva al hijo mas chico para ir a buscar alimentos donde los padres de Mateo, que vivían en un pueblo lejano llamado Sarún. La razón que da para abandonar a Damián, es que alguien debía esperar en casa la vuelta de Mateo. No se sabe más de ella luego de su partida.
  • Damián, hijo de Mateo Tampu y de Martina Robles. Es un niño que sufre al igual que todos la desgracia de la sequía. En su caso es abandonado por una madre que decide partir en busca de alimentos. Junto con el perro Mañu y una oveja queda solo en casa. Al final muere de hambre y sus restos, que son defendidos de los cóndores por el fiel Mañu, son recogidos por Rómulo Méndez, quien lo lleva donde Simón Robles, el abuelo que le da cristiana sepultura.
  • Los hermanos Celedonios, Julián y Blas Celedón, bandoleros serranos, dedicados al abigeato o robo de ganado. Julián es el que más destaca y tiene dotes de líder. Debido a un conflicto que tuvo con su patrón, quien lo acusó sin pruebas de ladrón, Julián tuvo que matarlo y así empezaron sus días de criminalidad. Ambos hermanos viven siempre al filo del peligro, evadiendo las emboscadas que le tiende el Culebrón, el jefe de gendarmes, su peor enemigo. Tienen su guarida o refugio en Cañar, cerca al río Marañón. Al final sucumben tras ser acorralados por los gendarmes.
  • Venancio Campos, amigo de los Celedonios y bandolero como ellos.
  • Elisa, bella chinita (muchacha indígena) del pueblo de Sarún, amante de Julián Celedón, de quien espera un hijo.
  • El alférez de gendarmes Chumpi, apodado el Culebrón. Representa a las fuerzas del orden. Es un cholo con bigotes, trigueño, alto y fornido. Tenaz perseguidor de los Celedonios, solo logrará su cometido utilizando un ardid infame: envenena unas papayas que los hambrientos bandoleros, acorralados en una cueva, devoran con fruición.
  • Don Fernán Frías y Cortés, subprefecto de la provincia, blanco y costeño. Es uno de esos funcionarios que merced a sus influencias son enviados desde Lima a las provincias y cuyo interés es solo hacer dinero de manera venal, para retornar luego a la capital con el botín ganado. Ordena al alférez Chumpi a apresurar la captura de los Celedonios, vivos o muertos, ya que necesitaba de un logro con que presumir antes de volver a Lima.
  • Don Cipriano Ramírez, es el patrón u hacendado, dueño de la hacienda de Páucar. Tiene una esposa joven y un hijo, todavía niño, llamado Obdulio. En sus tierras trabajan los indios o aldeanos de los contornos, contratados como peones. Don Cipriano es un hombre generoso cuando le conviene, pero a la vez un patrón despiadado, que sabe aplicar el látigo. Durante el periodo de sequía ayuda a sus peones dándoles alimentos, haciéndoles creer a cada uno que únicamente con él se mostraba generoso. También recibe a otros indios que vienen de lejos, dándoles parcelas de tierra y alimentos, a fin de retenerlos para futuras siembras y cosechas. Pero la sequía se prolonga demasiado y don Cipriano termina por suspender la entrega de subsistencias. Los aldeanos se rebelan (entre ellos Simón), y don Cipriano no duda en ordenar dispararles para hacerlos retroceder. Como consecuencia de ello mueren tres personas, hecho ante el cual el hacendado se muestra indiferente.
  • Don Rómulo Méndez, empleado de la hacienda de Páucar y brazo derecho de don Cipriano.
  • El indio Mashe (contracción de Marcelo) y su familia: su esposa Clotilde y dos hijas, de las que solo se menciona el nombre de la mayor, Jacinta. Junto con otros comuneros indígenas había sido expulsado de Huaira (comunidad lejana) por el terrateniente don Juvencio Rosas. Mashe llega hasta la hacienda de Páucar, propiedad de don Cipriano Ramírez, a quien ruega para que lo reciba como peón o trabajador de la tierra, aunque tiene la mala fortuna de llegar en plena sequía. El hacendado le da una parcela y un poco de trigo para que subsista mientras dure la sequía, pero esta se prolonga mucho y al suspenderse la ayuda alimenticia, Mashe muere enfermo y agotado.
  • Jacinta, la hija de Mashe, es una muchacha en edad de tener marido, pero por culpa de la sequía debe postergar su deseo. Timoteo se fija en ella y tras la muerte de Mashe lo lleva a casa de sus padres. Estos la aceptan y queda sobreentendido que terminarán casándose y formando un nuevo hogar.
  • El Narrador, es un ser omnisciente que no toma parte en la obra misma y relata en tercera persona singular, pero a pesar de ello conoce cada aspecto de los personajes incluyendo los pensamientos y emociones, así como los lugares en donde se realizan las acciones.

Los perros[editar]

  • Wanka, la perra, madre de muchas camadas, animales que son muy apreciados por la comunidad pues desde temprana edad son acostumbrados a vivir en el redil junto con las ovejas y adiestrados para ser hábiles cuidadores de rebaños. Otros son criados para ser guardianes de casa. “....¿Raza? No hablemos de ella. Tan mezclada como la del hombre peruano...”, nos aclara el narrador. Entre los hijos de Wanka se cuentan Güeso, Pellejo, Mañu, Chutín, etc. Wanka, como todo perro, es fiel al amo mientras éste le da comida y abrigo pero cuando este vínculo se rompe a consecuencia de la sequía, pesa más el instinto primario canino. Wanka mata a una oveja del rebaño y se lo devora; los otros perros la imitan. Por tal falta es exiliada del hogar de los Robles, junto con los demás perros. Finalmente cuando las lluvias regresan y finaliza la sequía, Wanka retorna y Simón lo perdona.
  • Zambo, hermano y pareja de Wanka. Le pusieron ese nombre por el color oscuro de su pelaje. No tiene un rol muy llamativo en el relato. Sin embargo tiene un trágico final al igual que el resto de los perros, pues muere envenenado y es devorado por el Pellejo (su hijo), quien por ende comparte su triste final.
  • Güeso, hijo de Wanka y Zambo, y hermano de Pellejo. En torno a su figura están sin duda las páginas más emocionantes del relato. Tras vivir como un simple perro ovejero, de pronto es apartado de su mundo por obra de unos bandoleros, el Julián y el Blas Celedón, quienes le quieren convertir en perro conductor de reses robadas. Güeso se niega rotundamente al principio, incluso es azotado y marcado con hierro como castigo. Tiene también un intento frustrado de escape. Odia a aquellas personas que le arrebataron su vida tranquila. Pero surge un cambio radical cuando ve que aquel “humano”, el Julián, realmente se preocupa por él y lo atiende como a un miembro de su familia, curándole sus heridas y dándole comida. Termina encariñándose con su nuevo amo, quien feliz, le desata y lo junta con otro perro, el Güenamigo. Ambos perros se convierten en un gran auxilio para los Celedonios pues aparte de ayudarles en el arreo de reses, sus ladridos advierten las emboscadas de los gendarmes. Al final Güeso compartirá el triste final de los bandoleros: morirá abaleado junto con el Julián y el Blas.
  • Pellejo, hijo de Wanka y Zambo, y hermano de Güeso. Durante la sequía encabeza junto con Wanka y Zambo la bandada de perros hambrientos que deambulan en busca desesperada de alimento. Muere tras devorar el cuerpo del envenenado Zambo.
  • Mañu, es hijo de Wanka y Zambo. Muy cachorro aún, es llevado por Mateo, esposo de Martina y padre de Damián. Este último, todavía infante, en su media lengua llama “mañu” al perrillo (en vez de decirle “hermano”), y así se queda con ese nombre. Cuando Mateo es enrolado en el ejército, Mañu asume el gran compromiso de cuidar a la familia. Demuestra su valor y fidelidad al defender el cadáver de Damián de las aves de rapiña. Regresa al hogar de los Robles, enrolándose en las tareas de pastoreo, pero al ver que no hay comida disponible huye y se une a la manada de perros hambrientos. Morirá víctima del hambre, en una escena muy conmovedora, en donde la Antuca le acompaña en sus últimos instantes.
  • Shapra, el guardián del hogar de los Robles. Reemplaza en esa función al perro Tinto, muerto de una dentellada por Raffles. Muere abaleado durante una incursión que hace con otros perros en una chacra de maíz.
  • Raffles, perro de raza fina, de pelaje amarillento, enorme y feroz, que junto con otros similares guarda la casa-hacienda de don Cipriano. Durante la sequía, Raffles y su jauría se dedican a despedazar a los perros chuscos y hambrientos que deambulan por los contornos de la hacienda, pero ante el crecido número de estos, el hacendado prefiere encerrar a sus canes en un cuarto, desde donde ladran cada vez que sienten cerca la presencia de los perros vagos.
  • Chutín, hijo de Wanka y Zambo, fue un obsequio que el hacendado don Cipriano le hizo a su menor hijo, Obdulio, ante la insistencia del chicuelo de tener un perrillo a su lado, en vista de no poder juguetear con el Raffles y los otros perros feroces de la hacienda. Le pusieron ese nombre por ser chusco (chuto) pero se ganó la simpatía de toda la familia y desplazó en las preferencias a Raffles.
  • Güenamigo, perro de pelo lacio y amarillento, de propiedad de los Celedonios, entrenado para la conducción del ganado mayor (vacas y toros) robado. Se hace amigo de Güeso, de quien aprende el arte de arrear las reses. Ambos compartirán el mismo destino al morir abaleados al lado de sus amos.

Sinopsis o resumen por capítulos[editar]

La novela se divide en 19 capítulos de variable extensión, rotulados y numerados con dígitos romanos. A continuación un breve resumen de la obra por capítulos.

I. Perros tras el ganado[editar]

El relato empieza mencionando los ladridos de los perros pastores que conducían un rebaño de ovejas. La pastora es Antuca, una chiquilla de doce años. Es una “chinita”, como les dicen a las muchachas indígenas del norte del Perú. El rebaño lo conforman cien pares de ovejas sin contar los corderos. Los perros que la ayudan en la labor responden a los nombres de Zambo, Wanka, Güeso y Pellejo. Antuca se encuentra a veces con Pancho, otro pastorcito, que con su antara toca un yaraví muy triste, denominado el manchaipuito. Este yaraví cuenta la desgracia de un sacerdote que se enamora de una doncella del pueblo, la cual muere, por lo que el cura enloquece junto al cadáver de su amada, mientras tocaba día y noche con una flauta, hecha de uno de los huesos de aquella. La Antuca se siente feliz con la compañía del Pancho, mientras que él se solaza contemplándola; así son los idilios en la sierra del Perú, nos dice el narrador. Ya de noche Antuca regresa a su casa con el rebaño, donde le esperan don Simón Robles, el padre; doña Juana, la madre; Timoteo y Vicenta, los hermanos, y Shapra, el perro guardián de la casa.

II. Historias de perros[editar]

Wanka y Zambo provenían de Gansul, de la afamada cría de don Roberto Poma. Los perros son criados, antes de que abran los ojos, en el rebaño, amamantados por las ovejas; de esa manera se acostumbran tempranamente con el ganado. A Zambo le pusieron ese nombre por ser de color prieto; en cambio, nadie pregunta al Simón Robles por qué puso el nombre de Wanka a la perra (lo cual era una alusión a una tribu guerrera de la sierra central peruana). La perra se convirtió en madre de muchas camadas, cuyos miembros fueron repartidos entre los habitantes del pueblo y de otros lugares. Simón les ofrecía ya sea como perros ovejeros o como guardianes de casa. Muchos de ellos ganaron fama. Güendiente, el perro del repuntero Manuel Ríos, manejaba excepcionalmente a las vacas. Máuser, el perro de Gilberto Morán, muere en una explosión de dinamita, durante una obra de construcción de carretera; Tinto, el perro guardián de la casa de Simón Robles, es muerto por el feroz Raffles, enorme perro de don Cipriano Ramírez, el hacendado de Páucar, siendo reemplazado por el ya mencionado Shapra como guardián del hogar. Quien de alguna manera venga a Tinto es Chutín, otro hijo de Wanka y Zambo, el cual fue regalado al niño Obdulio, hijo del hacendado Cipriano, quien se rindió ante la insistencia del niño de tener un perrito de compañía. Chutín se ganó la preferencia de todos en la casa hacienda, en desmedro del feroz Raffles. Cuando el rebaño de Simón Robles aumenta y se necesita más ayuda en el pastoreo, los Robles deciden quedarse con dos perros de la siguiente parición de Wanka. A ellos les colocan los nombres de Güeso y Pellejo debido a una historia que Simón narra sobre una viejita que para no ser asaltada disimuladamente se quejaba: “estoy hecha puro Hueso y Pellejo”, llamando de este modo a sus perros que tenían esos nombres. Los perros al oír el llamado de su ama ingresan al cuarto de la vieja y se lanzan contra el ladrón, “haciéndole leña”. Cuando el Timoteo objeta la historia haciendo notar que cómo podía ser que unos perros guardianes dejaran entrar a un ladrón en casa y encima necesitaban que su ama los llamara, el Simón Robles se limita a sentenciar: “cuento es cuento”. Y el narrador pone como ejemplo la historia de un curita de Pataz quien luego de narrar con mucha emoción y patetismo la pasión y muerte de Nuestro Señor, vio atónito como todos los feligreses lloraban a moco tendido. El cura tuvo que finalizar diciendo que como era una historia ocurrida hace mucho tiempo, bien podía ser solo cuento.

III. Peripecia de Mañu[editar]

Mateo Tampu era un joven y robusto campesino, muy laborioso, casado con Martina Robles (hija de don Simón Robles). Tenía su propia choza y su chacra, y como necesitaba un perro pastor para su rebaño de ovejas que cada día crecía más, solicita a su suegro que le obsequiará un cachorrillo. Simón le da permiso para que coja uno de los perritos de la última camada de Wanka. Mateo escoge al azar uno y lo mete a su alforja, acomodándolo para que quedara con la cabeza afuera. Se despide de su suegro y retorna a su casa. Damián, su pequeño hijo, en su media lengua llama Mañu al perrito (en vez de decirle “hermano”), y con ese nombre se quedó. Todo prosperaba en la familia y la Martina dio luz a otro niño. Pero un día, mientras Mateo trabajaba en su chacra, aparecen dos gendarmes o policías, quienes le piden su libreta de conscripción militar. Como no la tenía se lo llevan violentamente, a pesar de las súplicas de Martina, quien es abofeteada por uno de los gendarmes. La pobre esposa queda sumida en la más profunda tristeza; sin embargo, guarda la esperanza de que su esposo retornara, aunque sin tener una idea cabal de qué se trataba eso de “servir en el ejército”. Ante la ausencia del esposo cobra importancia el Mañu, como guardián no solo del rebaño sino del pequeño Damián, a quien sigue a todos lados.

IV. El puma de sombra[editar]

Los perros ladran de noche porque sienten la presencia de un enemigo (un puma o un zorro). Los hombres se alertan, sueltan a los perros y salen a merodear. Luego esperan el retorno de los perros. Simón aprovecha para contarles una historia: el puma de sombra. Les relata que estando solo en el Paraíso, Adán le pide a Dios que no exista la noche y que fuera siempre de día. El Señor le pregunta la razón de ese pedido y Adán le responde que por miedo a la oscuridad. Entonces Dios le hace ver una visión: un puma enorme se acerca bramando y corriendo, ante el terror de Adán, pero cuando ya lo tenía cerca, éste ve que se le pasa por encima: era solo una sombra. Dios le explica entonces que así es la noche, pura sombra. Luego Adán le pide a Dios compañía, ya que todos los animales la tenían menos él, y viendo que tenía razón, Dios se lo concede, creando así a la mujer. Y termina Simón señalando que la mujer surgió por el miedo del hombre a la noche. Los perros regresan fatigados y todo indica que solo se trata de un puma de sombra, como el de la historia de Simón.(relatada antes)

V. Güeso cambia de dueño[editar]

Un día Vicenta pide permiso para acompañar a su hermana Antuca en el pastoreo, pues quería ir al campo a buscar ratanya (una planta que servía para dar tinte morado a los tejidos). Su padre aprovecha para encargarle que trajera pacra (hierba que servía para engordar al ganado). Cumplido su cometido, Vicenta se despide de su hermana. De pronto aparecen dos jinetes con aire amenazante. Vicenta se esconde detrás de una roca y los reconoce: son los cholos Julián y Blas Celedón, hermanos bandoleros, muy temidos en la región. Recuerda que años atrás ella había bailado con el Julián en una fiesta pero su padre se había opuesto a que la cortejara pues el cholo ya tenía muy mala fama. Julián atrapa a Güeso con un lazo, pues quería un perro de la muy afamada cría de los Robles para entrenarlo como conductor de ganado robado. Wanka y los otros perros se acercan ladrando a los intrusos y a su encuentro les sale Güenamigo, el perro de los bandoleros, pero Julián lo contiene para evitar una pelea desigual. Wanka espera solo la orden de su ama para lanzarse contra los forajidos, pero el Blas apunta su carabina amenazando con disparar, por lo que Antuca se apresura a alejar a sus perros y calmarlos. Cuando se entera por boca de ellos mismos de que se trataban de los famosos “Celedonios” queda helada de conmoción. Suplica llorando por su perro, pero los bandoleros la amenazan y se llevan a Güeso arrastrándolo por el camino. No bien se alejan, la Vicenta sale de su escondite y se va a consolar a su hermana, quien no cesaba de llorar.

VI. Perro de bandolero[editar]

Los bandoleros se llevan pues a Güeso, pero este, muy terco, no quiere avanzar. Lo flagelan; finalmente, el Blas lo marca con hierro candente. Muy adolorido, no le queda al perro sino seguir a los bandoleros para no recibir mayores maltratos. Luego de un largo recorrido llegan a una cabaña, donde los reciben una pareja de esposos llamados Martín y Pascuala. Los bandoleros se alimentan y se disponen a dormir, dejando a Güeso atado a una viga con una soga. El perro intenta escapar, royendo la soga. Ya estaba a punto de romper la última hebra cuando es descubierto por Julián. Lo ata entonces con una soga de cerda. Gueso se siente entonces perdido, sin esperanza ya de huir. Muy de mañana parten los Celedonios y llegan a Cañar, un valle profundo lleno de monte tupido, escondite ideal de ladrones, a cuyo lado corre el río Marañón. Después de cierto tiempo, Güeso se acostumbra con sus nuevos dueños y termina por encariñarse con Julián, quien lo suelta y lo junta con el Güenaamigo para que aprendiera a ser perro abigeo o conductor de reses robadas. Güeso conoce entonces a los amigos de los Celedonios: el Santos Vaca, el Venancio Campos, bandoleros todos. Un día Güeso ve de lejos a Antuca y a su rebaño; parece recordarlos pero luego de un rato regresa corriendo donde Julián, decidiendo así su destino, el ser un “perro de bandolero”. El amor de Julián es Elisa, bella chinita del pueblo de Sarún, a quien embaraza. Su peor enemigo es Chumpi, apodado el Culebrón, un alférez de gendarmes, el cual le sigue tenazmente los pasos pero siempre era burlado. El Güeso y el Güenamigo se convierten en aliados valiosísimos de los Celedonios ya que con sus ladridos avisan cuando los gendarmes se hallan cerca.

VII. El consejo del rey Salomón[editar]

En aquel año no hubo buenas cosechas. Las lluvias escasearon y las mieses de la mayoría de las chacras no alcanzaron su plenitud. La comida empezó a escasear. Los Robles se enteran que las chacras de la Martina se han perdido y que para colmo, recibe la visita de su cuñada, la cual tenía problemas con su marido y no quería volver donde él. Aprovechando este percance, don Simón cuenta la historia de un hombre que no era feliz debido a que su esposa siempre le causaba problemas y lo comparaba con su anterior marido, el “difuntito”, diciendo que éste había sido más bueno. El hombre, desesperado, visita al rey Salomón, el cual le aconseja sabiamente que vaya a ver lo que hacía un arriero con su burro, en un cruce de caminos, y que haga lo mismo. El hombre observa que el arriero, cada vez que su burro quería ir en la dirección contraria a la que él quería, le sonaba las orejas con un palo; el animal le obedecía entonces. Entonces el hombre va a su casa, y cuando su esposa le sale a su encuentro amenazando con irse, coge un palo y le da duro, tal como vio hacer al arriero con su burro. La mujer le suplica entonces que no la pegue más, y desde ese día no volvió a molestar al marido.

VIII. Una chacra de maíz[editar]

La casa-hacienda de Páucar, propiedad de don Cipriano, contaba con una represa que almacenaba el agua de una quebrada. De modo que en torno a ella verdecían los alfalfares y germinaban los maizales, lo que contrastaba con la desolación del contorno. A una de esas chacras de maíz ingresan los perros Manolia y Rayo, seguidos por Shapra y Wanka. Se alimentan de la pulpa jugosa de los choclos aún tiernos. Guiados por su fino olfato, Zambo y Pellejo los imitan. Pero el hacendado decide frenar los estragos. Una noche, don Rómulo Méndez, el empleado de la hacienda, coloca una trampa, donde al día siguiente muere Rayo, aplastado por una piedra enorme. Los demás perros huyen pero Shapra y Manolia sucumben bajo las balas de los guardianes. Los sobrevivientes no volvieron más a la chacra de maíz.

IX. Las papayas[editar]

Don Fernán Frías, el subprefecto de la provincia, encomienda una misión al alférez Chumpi, conocido como el Culebrón: capturar a los Celedonios, vivos o muertos. Chumpi recibe la colaboración de los hacendados y ordena arrear unas vacas a Cañar, refugio de los Celedonios, como señuelo para atrapar a los bandidos. A Cañar llega el cholo Crisanto Julca, para avisar a los Celedonios que había divisado una vacada de la que podían echar mano fácilmente. Sin sospechar la trampa se duermen esa noche. De madrugada los despiertan los ladridos de los perros. Se dan cuenta entonces que los gendarmes estaban muy cerca. Tratan de huir por una quebrada, pero notan que han sido rodeados. En la balacera mueren el Crisanto y el Güenamigo. Los hermanos Celedonios se ocultan en una cueva, junto con el fiel Güeso. Allí resisten varios días, sin comida ni agua. Un gendarme, cansado de esperar, se acerca a la cueva dispuesto a acabar con los Celedonios, pero estos lo matan a balazos. Una esperanza renace en los Celedonios cuando ven asomar de lejos a su amigo, el Venancio Campos, junto con un segundo suyo. Pero el Venancio no se atreve a enfrentar a los gendarmes, superiores en número. Pasan los días y a los mismos gendarmes se les agotan las provisiones. Ya no hay ni frutas qué coger de los árboles a excepción de unas cuantas papayas que recién pintaban de maduras. Simulan entonces retirarse, pero antes, el Culebrón envenena las frutas que quedaban, utilizando una jeringuilla que para el efecto había comprado en el pueblo. Los hermanos bajan entonces de su escondite confiados, y sacian la sed con el agua de un arroyo. Pero no encuentran nada para comer, y solo divisan las papayas, las que se apresuran a derribar y devorar ávidamente. Blas siente primero los estragos del veneno, luego Julián. Caen ambos al suelo, retorciéndose de dolor, y entonces llega el Culebrón y los remata a tiros. Güeso trata de defender a su amo, y es también baleado, cayendo muerto al lado de Julián.

X. La nueva siembra[editar]

Luego de un año malo para las cosechas, las nuevas lluvias parecen anunciar una naciente época de fecundidad del suelo. Don Cipriano Ramírez, junto con sus empleados y peones, ara y siembra los campos, ayudado por las yuntas de bueyes. Los granos de trigo y cebada son depositados en los surcos. Junto con su mayordomo don Rómulo Méndez, don Cipriano es el último en abandonar las labores. Regresan ambos a la casa-hacienda donde les espera la comida lista. Esa noche llueve, por lo que auguran que la siembra promete una buena cosecha.

XI. Un pequeño lugar en el mundo[editar]

Pero las lluvias solo duraron una semana. Luego la sequía continuó. El indio Mashe y cincuenta indígenas, quienes habían sido expulsados de Huaira por el terrateniente don Juvencio Rosas, llegan hasta la hacienda de Páucar y ruegan a don Cipriano Ramírez para que los reciba. El hacendado los acoge porque iba a necesitar trabajadores para las futuras siembras. Les da permiso para que se asienten en sus tierras, así como cebada y trigo para que coman, mientras durara la sequía. Mashe, quien tiene una esposa y dos hijas solteras, es recibido temporalmente por la familia Robles, mientras busca un pequeño lugar en el mundo donde vivir. El Timoteo observa detenidamente a una de las hijas de Mashe, la Jacinta. Pero la época es tan mala, al punto que no se puede estar pensando en buscar pareja.[2]

XII. “Virgen Santísima, socórrenos”[editar]

Gente muy devota de los santos, cada uno de estos tiene la virtud de conceder favores específicos, que los creyentes invocan con rezos y demás ceremonias. La favorecedora de las lluvias es la Virgen del Carmen del pueblo de Saucopampa. La gente decide sacarla en procesión. Los Robles se unen al cortejo. Simón recordaba una anécdota del pueblo de Pallar, cuando la imagen de la Virgen que cargaban los fieles cayó sobre las rocas destrozándose completamente; la gente, mientras tanto, seguía cantando el tradicional himno: “Eso se merece nuestra Señora, eso y mucho más, nuestra Señora”. Pero Simón, incansable narrador, esta vez ni siquiera intenta traer a colación su historia pues el ánimo de la gente se hallaba por los suelos. Su mujer y sus hijos iban tras él, en silencio. Timoteo deseaba más que nadie que se acabara la sequía para poder sembrar y a la vez tomar como su mujer a la Jacinta.

XIII. Voces y gestos de sequía[editar]

Pasaron varios días desde la procesión y seguía sin llover. Las sementeras ya habían muerto pero los campesinos seguían anhelando la lluvia. Esta llega al fin pero solo dura algunos días. La sequía continúa. Un cielo azul alumbrado por un sol ardiente cubre el horizonte. Wanka pare pero sus cachorros son arrojados a una poza. Era la única manera de librarles de una muerte más penosa por el hambre. Simón guarda las semillas de trigo, arveja y maíz para el año entrante. Hombres y animales en medio de la tristeza gris de los campos, vagan languidecientes y descarnados.

XIV. “Velay el hambre, animalitos”[editar]

El ganado no tenía qué comer y es dejado suelto en los campos. Pero apenas encuentran alimento con qué calmar el hambre: solo paja seca, chamiza e ichu reseco. Uno tras otro los animales son sacrificados y comidos por los campesinos. Los perros llevan la peor parte. Muy flacos, deambulan por el pueblo en busca de sustento que casi nunca encuentran. Una vez la Juana regresa indignada a su bohío luego de visitar la capilla de San Lorenzo, en Páucar: habían robado el manojo de espigas que cada año se ofrendaba al santo. Para ella era un sacrilegio nefando. La Antuca seguía saliendo a pastear a las ovejas junto con sus perros, pero ya no era como antes. Ella misma había enflaquecido y para colmo, ya no se encontraba con el Pancho. Viendo el paisaje tan desolador y sus animales raquíticos, les dice tristemente: “Velay (he aquí) el hambre, animalitos”.

XV. Una expulsión y otras penalidades[editar]

En una ocasión la Antuca se percata que sus tres perros (Wanka, Zambo y Pellejo) están devorando a una oveja. Grita a los perros tratando de alejarlos, pero estos le ladran agresivamente. Antuca, llorando, regresa a su casa contando lo sucedido. Los perros vuelven al hogar de los Robles pero son expulsados a garrotazos y hondazos. Por su parte el indio Mashe levanta su choza cerca a un alisar, en la parcela que le había sido otorgado por don Cipriano. Pero no tenía cómo dar el sustento a su familia. Su hija, la Jacinta, sale entonces a buscar algo. Regresa con los restos de la oveja que los perros habían devorado. Mashe y toda la familia se alegran y preparan la comida con las piltrafas, que para ellos es un festín.

XVI. Esperando, siempre esperando[editar]

Martina decide ir a Sarún, donde vivían sus suegros, pues su cuñada le había contado que allí si abundaba comida. Lleva a su menor hijo, todavía bebé, pero deja en la casa a su hijo mayor, Damián, niño de 9 años, acompañado sólo por el perro Mañu, y con una modesta ración de trigo. Le encarga que en caso de que ella demorara y se acabara la comida, llamara a la vecina, doña Candelaria, para que le ayudara a matar la única oveja que quedaba. Y si tardaba más, que fuera donde su abuelo, el Simón Robles, que vivía en un trecho no tan lejano. Damián y el Mañu pasan los días cuidando a la oveja y comiendo trigo tostado. Cuando se les acaba la comida, Damián llama a gritos a doña Candelaria, la cual no responde. Una noche se roban a la oveja. Damián se encamina entonces a la casa de don Simón. Pero desfalleciente, cae en el camino. Un cóndor planea encima, tratando de acercarse al cuerpo. Mañu, su fiel compañero, lo defiende heroicamente, pero Damián muere de hambre y sed. Don Rómulo, quien pasa por allí, recoge el cadáver del niño y lo lleva a la casa de don Simón Robles, quien de inmediato lo entierra en el cementerio. Al día siguiente Simón va a la casa de la Martina y la encuentra vacía y desolada. Se da cuenta entonces que su hija se había ido definitivamente.

XVII. El Mashe, la Jacinta, Mañu[editar]

El indio Mashe lleva una gruesa culebra a su casa, le corta la cabeza y la cola, lo asa y se lo come compartiéndolo con su familia. Pero rara vez tenía la suerte de encontrar algo qué comer. Hasta que un día cayó enfermo y ya no se pudo levantar. El perro Mañu se suma a la labor de pastoreo del rebaño de ovejas cuidado por la Antuca y el Timoteo. Pero no recibe ninguna ración de comida, por lo que abandona la casa de los Robles y se reúne con los perros expulsados. Mashe agoniza en su lecho, y antes de morir, le confiesa a Clotilde, su mujer, que él fue quien robó el manojo de espigas de la capilla de San Lorenzo de Páucar. Jacinta es llevada por Timoteo a su casa, donde Simón la recibe. Esto era señal que el viejo aceptaba a la chica como pareja de su hijo.

XVIII. Los perros hambrientos[editar]

Las jaurías de perros hambrientos deambulan por todo lado. Un día Antuca va a recoger agua y encuentra al perro Mañu tirado sobre las piedras, con la lengua afuera y agonizante. Siente mucha pena por el animal y se queda acariciándole durante un largo rato, hasta que la voz de su madre lo vuelve a las tareas cotidianas. Los perros llegan a invadir la casa hacienda de don Cipriano. Raffles y los demás perros enormes de la hacienda son encerrados para evitar que se pelearan con los callejeros, muy numerosos. Zambo husmea en busca de comida, pero las personas ya no botan ni las cáscaras de los alimentos. Pellejo recuerda que tiempo atrás una vez una señora muy buena, doña Chabela, le había dado una semita, y confiadamente se le acerca, pero esta vez aquella la expulsa cruelmente, hiriéndole con un tizón ardiente. Los perros hambrientos invaden el comedor de don Cipriano, asustando a su familia. Son expulsados a patadas y garrotazos. Pero esta vez don Cipriano decide terminar con el problema. Ordena colocar pedazos de carne envenenada alrededor de la casa. Muchos perros comen el fatal bocado, entre ellos Zambo, cuyo cuerpo es devorado por Pellejo, el cual muere igualmente víctima del tósigo. Con la extinción de los perros, los zorros y pumas aprovechan para atacar al ganado, por lo que los campesinos hacen guardia de noche. Algunos incluso imitan el ladrido de los perros. Rendidos por tantas penurias, indios y cholos se reúnen frente a la casa hacienda de don Cipriano, rogándole que les diera comida, mientras esperaban la lluvia para iniciar las labores. Pero don Cipriano se niega, aduciendo que ya no tenía más grano para repartir. El Simón Robles le replica entonces, diciéndole que ellos sabían que alimentaba a su ganado con cebada, como si un animal valiera más que un cristiano. Don Cipriano y su mayordomo se retiran amenazantes y la masa de hombres intenta forzar la puerta de la casa. Se escuchan disparos. Tres indios caen muertos. Los demás huyen. Los tiradores son los empleados del hacendado; incluso al pequeño Obdulio, el hijo de don Cipriano, porta un arma que su padre le ha enseñado a usar. La sequía se prolonga por algunos meses más.

XIX. La lluvia güena[editar]

Llega noviembre. El cielo se cubre de nubes densas. Y las primeras gotas de lluvia levantan polvo. Es, indudablemente, el fin de la sequía. El júbilo estalla entre los hombres y animales. Una tarde Simón Robles miraba desde el corredor y una sombra le hizo volver hacia otro lado. Era la perra Wanka, escuálida, quien retornaba para ocupar su puesto de guarda de ovejas, de las que solo quedaban dos pares. Simón la llama y la perra se acerca a restregarse cariñosamente a su amo. Conmovido, Simón la acaricia y le habla con ternura, llorando de emoción. “Y para Wanka las lágrimas y la voz y las palmadas del Simón eran también buenas como la lluvia”.

Análisis temático[editar]

La novela relata los trágicos efectos de una sequía en la sierra peruana y subraya el desquiciamiento del mundo andino al detenerse el ritmo de la producción agrícola. Aunque el proceso narrado deja ver la radical inhumanidad del sistema social serrano y pone de relieve el sufrimiento al que están sometidos los indios, lo cierto es que la novela diluye la energía de su denuncia y oscurece la casualidad real de los sucesos al remitirlos excluyentemente a una razón sólo natural (la sequía) y al ordenar su secuencia argumental mediante la formulación de una suerte de círculo que afirma la permanente reiteración de la historia, su carácter inevitablemente cíclico, su dependencia del ritmo de la naturaleza. Queda en pie, sin embargo, una imagen globalmente positiva del hombre, la sociedad y la cultura indígenas. Al contrario de lo que sucede en otras novelas indigenistas, aquí la miseria no conduce al aniquilamiento de la condición humana del indio, sino, al contrario, pone de manifiesto su honda e imperturbable dignidad

Antonio Cornejo Polar

Análisis estilístico[editar]

Alegría despliega una admirable capacidad descriptiva, de tonalidad fuertemente lírica, y prefiere organizar el suceso mediante la adición de relatos breves, en cierto sentido independientes, que hacen pensar en el origen cuentístico del texto, al igual que su otra novela, La serpiente de oro. El tono lírico y la estructura fragmentada parecen remitir a las formas con que el mundo referido plasma sus expresiones literarias.

Versión cinematográfica[editar]

Una adaptación cinematográfica de la novela fue realizada bajo la dirección del maestro Luis Figueroa y estrenada en 1977, en Lima.

Notas[editar]

  1. En el capítulo IX, titulado “Las papayas”, se alude a la popularidad de dicho gobernante.
  2. El título de este capítulo era originalmente “El mundo es ancho y ajeno”, pero luego el autor lo cambió y lo reservó para la gran novela que escribió pocos años después.

Referencias[editar]

  • Alegría, Ciro: Los perros hambrientos. Literatura contemporánea Seix Barral. Edición Perú: Ediciones Andina, 1985.
  • Cornejo Polar, Antonio: Historia de la literatura del Perú republicano. Incluida en “Historia del Perú, Tomo VIII. Perú Republicano”. Lima, Editorial Mejía Baca, 1980.
  • Samaniego, Antenor: Literatura Peruana. Texto y Antología. Tomo 5. Lima, Librería Arica, séptima edición, 1964.
  • Sánchez, Luis Alberto: La literatura peruana. Derrotero para una historia cultural del Perú, tomo V. Cuarta edición y definitiva. Lima, P. L. Villanueva Editor, 1974.

Enlaces externos[editar]