Francisco López Merino
Francisco Lopez Merino, "Panchito" (06/06/1904 - 22/04/1928) fue unos de los primeros poetas platenses en ser reconocidos a nivel nacional. Su padre fue el escribano Francisco Toribio López y su madre, la señora América Merino. Panchito como todos lo conocían era un platense total, tenía amigos poetas y amigos del alma con los que se reunía en el Jockey , en La París o en La Cosechera, sus amigos lo definían como pícaro, jaranero y raramente les hablaba de poesía, era de estatura mediana pero su delgadez lo hacia parecer más alto, caminaba con paso lento y siempre llevaba un libro bajo el brazo, quería mucho a sus hermanas especialmente a la mayor a la que llamaba Meque y tenía una novia María Enriqueta Argüello, que tenía un simpático sobrenombre Chun. Hay en su poesía un dejo de melancolía, cuenta en sus poemas lo simple de las cosas de su ciudad, sus árboles, sus atardeceres y amaneceres que amaba e idealizaba. Panchito, vivió en lo que se conoce actualmente como palacio Lopez Merino Calle 49 nº 835 e/11 y 12 allí vivió 7 años aproximadamente: desde 1910 a 1917. La causa de haber vivido tan poco tiempo en esa casa fue que su papá murió al poco tiempo de haber terminado la casa. Era escribano, pero ¿cómo mantenían la casa sin él su viuda con 7 hijos (un varón y 6 mujeres)? El único que podía trabajar era Panchito, pero no podía solventar gastos de servidumbre ni mantener esa casa tan grande y costosa. Por eso se mudaron a 7 e/54 y 55, sobre una colchonería. En ese domicilio, Panchito escribió hasta el final, fue alumno del Colegio Nacional y, en el último año del bachillerato, discípulo del inolvidable Rafael Alberto Arrieta. Francisco estaba enfermo psicológicamente y por eso decidió suicidarse a los 24 años, con el arma que había pertenecido a su papá. Los que estuvieron hasta último momento con el no percibieron su trágica determinación, el que estaba con él esa mañana cerca del mediodía de un 22 de mayo, en el Jockey club de La Plata, el Escribano Juan Nicolás Rozos contó sus últimas palabras “Espérame voy hasta el baño” en el baño se escucho un disparo. Eligió un lugar emblemático de la aristocracia y la bohemia platense de aquellos años. Los motivos que desencadenaron tan incomprensible decisión nunca fueron aclarados. Así terminaba uno de los poetas más significativos de la ciudad, el primer poeta platense de trascendencia nacional, un adolescente pero con una gran sensibilidad. El día 22 de mayo de 1928 el escritor decidió poner fin a su vida.
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[editar] Sus poesías
En el año 1920 publicó en forma de folleto Horas de amor un conjunto de nueve poemas que luego fuera víctima de autocensura. En el año 1921 escribió otra colección de poemas titulada Fragmentos de un libro inconcluso, dividida en tres secciones: "El espejo de mi interior", "Del eterno femenino" y "Cantos". Estas composiciones nunca fueron publicadas.
El poema "El alma se me llena de estrellas..." ya estaba presente en este grupo de textos y con posterioridad fue incluido en su libro Tono Menor (1923).
López Merino publicaba sus poesías en diferentes diarios y revistas del país, fundamentalmente en los periódicos El Día y El Argentino de La Plata, la revista Crónica Social, de la misma ciudad y El Cronista, diario de Chascomús.
En la revista Valoraciones, editada por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), escribió dos notas bibliográficas: la primera se refiere al libro de poesías El árbol, el pájaro y la fuente (1923), de Córdova Iturburu, y la segunda se ocupa del libro de poesías El Imaginero (1927), de Ricardo Molinari.
En 1925 publicó su libro Las Tardes. Los diarios más significativos del país (La Nación, La Prensa, La Razón, Crítica, El Día y El Argentino) elogiaron los méritos literarios del joven escritor.
[editar] Obras publicadas
- Tono Menor (Poesía), publicación del autor, La Plata, 1923.
- Las Tardes (Poesía), Editorial Latina, Buenos Aires, 1925.
- Obras Completas, La Plata, Secretaría de Cultura de la provincia de Buenos Aires, 1931.
[editar] A Francisco Lopez Merino
Si te cubriste, por deliberada mano, de muerte, si tu voluntad fue rehusar todas las mañanas del mundo, es inútil que palabras rechazadas te soliciten, predestinadas a imposibilidad y derrota.
Sólo nos queda entonces decir el deshonor de las rosas que no supieron demorarte, el oprobio del día que te permitió el balazo y el fin.
¿Qué sabrá oponer nuestra voz a lo confirmado por la disolución, la lágrima, el mármol? Pero hay ternuras que por ninguna muerte son menos: las íntimas, indescifrables noticias que nos cuenta la música, la patria que condesciende a higueras y aljibe, la gravitación del amor, que nos justifica.
Pienso en ellas y pienso también, amigo escondido, que tal vez a imagen de la predilección, obramos la muerte, que la supiste de campanas, niña y graciosa, hermana de tu aplicada letra de colegial, y que hubieras querido distraerte en ellas como en un sueño.
Si esto es verdad y si cuando el tiempo nos deja, nos queda un sedimento de eternidad, un gusto del mundo, entonces es ligera tu muerte, como los versos en que siempre estás esperándonos, entonces no profanarán tu tiniebla estas amistades que invocan.
Jorge Luis Borges.