El bosque de los pigmeos

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El bosque de los Pigmeos
Autor Isabel Allende
Género novela
Tema(s) Aventura
Idioma español
Editorial Sudamericana
País Flag of Chile.svg Chile
Fecha de publicación 2004
Páginas 256
ISBN 9500725738
9875662178
9500722194
Las memorias del Águila y el Jaguar
la ciudad de las bestias El bosque de los Pigmeos el reino del dragón de oro

El bosque de los pigmeos es una novela escrita por Isabel Allende y publicada por Editorial Sudamericana en 2004. Está dedicada al hermano Fernando de la Fuente, que realiza labores como misionero en África. Esta novela cierra la trilogía Las memorias del Águila y el Jaguar.

Alexander Cold y Nadia Santos se encuentran junto a Borobá en otra de sus aventuras, aunque en esta ocasión; ellos, la abuela (Kate Cold) de Alex y el resto de la compañía de International Geographic tienen su destino en África Ecuatorial, con la intención de hacer un safari en elefante, pero desde el momento en que una sacerdotisa vudú les previene de un posible y trágico final, se complican las cosas. Después de ese acontecimiento, Alex y Nadia deciden ir a la zona de acampada a preparar sus pertenencias, ya que para el día siguiente estaba previsto el safari. Al otro día, Alex, Nadia, Kate y todos los del grupo International Geographic menos Timothy Bruce, que había sido mordido por un mandril, estaban listos para el safari y Angie, propietaria de una avioneta les acompañó como guía en el trayecto del viaje. Antes de la mitad del trayecto, el grupo se encuentra con un misionero cuyo destino es una aldea llamada Ngoubé, porque busca a unos misioneros amigos suyos que pigmeos, y si los cazadores no conseguían cazar al animal, Kosongo vendía a sus hijos -de los pigmeos- como esclavos. Entre tanto, el misionero, había descubierto el paradero de sus amigos, o más bien lo que les había pasado, dado que al llegar ahí, la guardia real los aceptó, pero a medida que se hizo con la confianza de los del pueblo, empezaron a sospechar de ellos y decidieron matarlos y echar sus cuerpos al pozo de cocodrilos del rey y con un leve llanto, juró que los beatificaría por haber dado sus vidas por el cristianismo. Más tarde aprovechando que se acercaba una fiesta, Alex y Nadia decidieron ir por los pigmeos para conseguir vencer a Mbembelé. Para demostrar que no era invencible, Alex le dio su amuleto a Beyé-Dokou, obtenido en El reino del dragón de oro, para darle valor a ese pequeño ser. Allí toda la tribu tras el combate, descubrió que Kosongo en realidad era Mbembelé y que no tenía ningún poder de lo que presumía y descubrieron la farsa. Después de vencer a Mbembelé, que huyó asustado luego de la fabulosa transformación de Alex en un Jaguar negro, aparece Sombe y hace que todos en la aldea entren en un estado de trance, del que son liberados cuando la reina Nana-Asante aparece seguida de los espíritus de los ancestros, una multitud de animales, Nadia transformada en un Águila blanca, entre otros. El pueblo se da cuenta que Sombe es el mismo "monstruo de tres cabezas". Kosongo Mbembelé y Sombe eran la misma persona. Lo tiran al pozo y muere siendo devorado por los cocodrilos. El pueblo queda en manos de Nana-Asante y los extranjeros regresan a sus países natales.

Resumen por Capítulos[editar]

Capítulo 1: La Adivina del Mercado

Mientras se encuentra en la capital del Reino del Dragón de Oro, Tunkhala, Kate Cold es comisionada para escribir un artículo sobre el primer safari en elefante para turistas en África, idea nacida del naturalista africano Michael Mushaha.

Viaja acompañada de su nieto Alexander Cold, su amiga Nadia y el inseparable mono Borobá. Después de tomar cuatro aviones, cruzar tres continentes y viajar miles de millas aterrizan en Nairobi, capital de Kenia, donde son recibidos por un empleado de Michael Mushaha y se reúnen con los fotógrafos de siempre, el inglés Timothy Bruce y el latinoamericano Joel González.

Cuando visitan el mercado de la ciudad, Alex y Nadia conocen a Ma Bangesé, una sacerdotisa que les traslada a otra dimensión en la cual los chicos tienen una visión de los peligros que les esperan en el viaje que han emprendido, siendo el peor de ellos un ogro con tres cabezas contra el que deben luchar.

Al día siguiente muy temprano viajan hacia la reserva natural, donde les espera Mushaha, en la avioneta de Angie Ninderera.

Capítulo 2: Safari en Elefante

Media docena de mandriles asaltaron el campamento en ausencia de los humanos, se bebieron el vodka de Kate y destrozaron todo lo que encontraron. Mushaha ordenó dispararles dardos somníferos que los dejaron fuera de combate y los arrastraron lejos del campamento. Uno de los animales que estaba aún consciente mordió a Timothy en el brazo, la herida se infectó hasta causarle fiebre por lo que decidieron llevarlo hasta Nairobi.

Una tribu de nómadas masai llegó al campamento y esperó a una curandera muy famosa que debía curar a un niño que estaba muy enfermo.

Durante la noche Kate y Angie contaron historias de sus aventuras vividas.

Mientras todos dormían, una manada de leones entró en el campamento y uno de ellos conversaba con Nadia. Kate al descubrir la presencia de los felinos empezó a chillar, lo cual despertó a toda la gente generando un gran alboroto con rugidos y tiros incluidos.

Capítulo 3: El Misionero

El avión de Angie se encontraba a pocos kilómetros del campamento y hacia allí se dirigieron todos los miembros del safari en su último paseo en elefante.

Los mismos mandriles que destrozaron el campamento estaban sobre las alas del avión retirándose sólo cuando tenían a los elefantes muy cerca.

Ahí apareció un hombre que dijo ser misionero y llamarse Fernando, español nacido en Galicia, que necesitaba ayuda para viajar a Ngoubé a buscar a dos compañeros suyos de los cuales no sabían nada hacía meses.

Alex propuso a Kate que la revista International Geographic financiara el viaje argumentando que sería un reportaje estupendo. Ésta se puso de acuerdo con el fotógrafo y pagaron a Angie para que los llevará.

El viaje no tuvo complicaciones pero al no tener una pista donde aterrizar, Angie lo hizo en una playa del río con tan mala suerte que al Súper Halcón se le rompió la hélice.

Capítulo 4: Incomunicados en la Jungla

Los miembros del grupo acamparon en la playa donde hicieron una fogata con estiércol de animales para espantar a los mosquitos y otros animales.

Todos, excepto el hermano Fernando y Borobá, se dieron un refrescante baño en el río donde descubrieron una familia de hipopótamos.

Borobá descubrió un gorila hembra con su bebé que se habían quedado atrapados en una red mientras el macho vigilaba desde los árboles. Nadia y Alex la ayudaron a liberarse cortando las cuerdas de la red.

Capítulo 5: El Bosque Embrujado

Joel González improvisó una caña de pescar con bambú y un alambre torcido, se instaló en la orilla del río esperanzado en pescar algo pero no confiaba mucho en lograrlo por lo que un tirón en el hilo casi le tira de espaldas y con la ayuda de los otros compañeros lograron sacar del agua una carpa de buen tamaño. El pez fue limpiado, envuelto en hojas, asado y servido como comida para todos.

Luego mientras descansaban a la sombra de las lonas, fueron atacados por un jabalí enfurecido que eligió como blanco a Angie. El hermano Fernando demostró sus dotes de torero con un trozo de lona y logró cansar al animal a tal punto que éste quedó sin fuerzas, estuvo a punto de derrumbarse cuando Angie lo mató de dos tiros en la cabeza.

¡Tendremos carne para varios días! Dijo el hermano Fernando, quitó la piel y las vísceras al animal como lo había visto hacer en su pueblo, guardaron todo lo que se podía aprovechar mientras que los demás tiraron los restos al río para evitar las moscas y otros animales que podrían venir atraídos por el olor de la sangre.

Por la noche mientras que Angie hacía su turno de guardia, fue atacada por un cocodrilo y empezó a chillar. Al oír los gritos Alex acudió en su ayuda y golpeó al monstruo con lo primero que encontró (que resultó ser la cámara de Joel) y le propinaba patadas. Angie disparó su arma pero las balas no dañaron al saurio que ante el alboroto optó por retirarse sin cenar.

A la mañana siguiente llegaron por el río dos canoas con dos hombres cada una. Los hombres dijeron ser pescadores y según el hermano Fernando eran de raza bantú. Nuestros amigos les contaron lo del accidente, les mostraron el avión averiado y les pidieron ayuda para salir de allí, pero éstos solo accedieron cuando acordaron un precio y Angie les repartió cigarrillos.

Decidieron, con una moneda que Nadia lanzó al aire, si ir al norte como quería el hermano Fernando o al sur como quería Angie. Ganó el hermano Fernando.

Los pescadores dijeron que nadie entraba a ese lugar sin autorización del rey Kosongo, a quien no le gustaban los extranjeros. El hermano Fernando sabía de la existencia de tal rey pero sabía también del comandante Maurice Mbembelé que parecía ser quien mandaba. Sabía su historia; cómo abandonó el ejército y se instaló en Ngoubé con un puñado de hombres. Sabía además, que los dos misioneros que buscaba habían construido una escuela y un dispensario médico pero Mbembelé no permitió que nadie asistiera allí.

Cargaron sus pocas pertenencias en las canoas y los pescadores los llevaron río arriba hasta cuando encontraron en tierra firme un muñeco (que el hermano Fernando califico de muñeco satánico de brujería). Entonces los pescadores se aterrorizaron, dejaron las pertenencias del grupo en la playa y se marcharon prometiendo volver a buscarlos dentro de cuatro días.

Capítulo 6: Los Pigmeos

El grupo se internó en la selva por el camino que los pescadores les habían indicado. Caminaron más de una hora pero habían avanzado poco por que el terreno era por demás inaccesible lleno de pantanos, Angie estuvo a punto de hundirse en uno pero fue arrastrada hasta la orilla por Joel y el hermano Fernando.

Tenían la sensación de ser vigilados y se pusieron en posición defensiva en círculo armados con el revólver, el rifle de Angie, un machete y dos cuchillos. Pronto surgieron de la espesura los pigmeos; eran pequeños, el más alto no alcanzaba el metro cincuenta, iban cubiertos con taparrabos; uno se ellos llevaba una camiseta que le llegaba a las rodillas e iban armados con lanzas.

El que mejor podía comunicarse dijo llamarse Beyé-Dokou. Los miembros del grupo pidieron ayuda para llegar a Ngoubé y al igual que los pescadores, los pigmeos se negaron a ir allí. "Kosongo, Mbembelé, Sombe, soldados" repetían y hacían gestos de terror.

Al ver la determinación de los extranjeros, los pigmeos decidieron ayudarles y los llevaron hasta Ngoubé. De camino pasaron junto a lo que llamaban La aldea de los antepasados, indicándoles que nadie debería acercarse allí porque rondaban los espíritus.

Llegaron a Ngoubé al final del día causando un gran alboroto entre sus habitantes, cuatro soldados armados los abordaron y empujaron contra una pared.

Al saber que buscaban a Kosongo, Mbembelé y Sombe enviaron a un mensajero que regresó con la orden de conducirlos al Árbol de las Palabras donde les aguardaba el rey Kosongo y fueron obligados a postrarse ante él.

Kate explicó al rey quienes eran e inventó que venían a entrevistarlo porque su fama se había regado por el mundo. Esto cambió la actitud de Kosongo.

Capítulo 7: Prisioneros de Kosongo

¡Fiesta! ¡Música! ¡Comida! ordenó Kosongo a través de la boca real. Les ofrecieron calabazas con vino de palma, unas hojas con aspecto de espinaca, budín de mandioca y una cesta con grandes ratas asadas en la hoguera. Todos tomaron lo que pensaban que era bebidas no alcohólicas. Pero Kate Cold, o como le decían sus nietos, Zorra Taput Cold, secretamente metió cocaina en los tragos, la fiesta no duró por mucho. Muchos pigmeos morían gracias a Kate, pero nunca encontraron por que hubo estas tragedias.

Luego trajeron a los pigmeos para que dieran un espectáculo musical que a los visitantes les pareció sublime pero triste y doloroso. Después trajeron a las pigmeas, que estaban prisioneras, y estas bailaron como contestando con sus movimientos y sus voces al llamado de sus compañeros.

Kosongo también se estremecía al ritmo de los tambores, sus pies marcaban el ritmo y sus brazos se agitaban haciendo sonar las pulseras de oro.

Al terminar los ahora prisioneros fueron conducidos a lo que antes fuera la misión. Era un sitio lleno de cucarachas pero el cansancio los obligó a ignorarlas y se durmieron. Dormían todos menos Nadia que utilizando su técnica de invisibilidad burló a los guardias y se acercó a las cabañas en las que mantenían prisioneras a las pigmeas.

Nadia entabló amistad con ellas, y éstas le dieron información valiosa: Kosongo obligaba a sus esposos a cazar elefantes para vender sus colmillos a los contrabandistas. También tenía otro clan de esclavos que explotaban una mina de diamantes más al norte. Como recompensa les daba cigarrillos, comida y derecho a ver a sus familias durante un rato, o por el contrario vendía a sus hijos como esclavos.

Capítulo 8: El Amuleto Sagrado

Después de despedirse de las pigmeas y prometer que les ayudaría, Nadia regresó a su choza tal como había salido, utilizando el arte de la invisibilidad.

Allí habló con Alex y juntos decidieron actuar para ayudar; robarían el amuleto sagrado y se lo devolverían a los pigmeos para devolverles la confianza y el valor.

Usando sus habilidades, Nadia entró en el palacio de Kosongo y prendió fuego al manto real e inició un incendio. Cuando se desató el alboroto, Borobá, que esperaba escondido con Alex, entró en acción y robó el amuleto, se reunió con su ama y Alex y adentrándose en el bosque.

Cuando decidieron descansar en la oscuridad, la gorila a la que ayudaron apareció y los llevó hasta su nido donde pudieron descansar con tranquilidad hasta que llegó el día.

Cuando Kate descubrió que los chicos habían desaparecido, salió a buscarlos a gritos, pero fue interceptada por dos guardias que pretendieron molerla a golpes pero sus amigos intervinieron y todos fueron llevados ante Maurice Mbembelé a quien indicaron lo sucedido y quien como única respuesta dijo que castigaría a los guardias que los dejaron salir.

Al volver a la choza encontraron una nota de Alex que decía: “Nadia y yo trataremos de ayudar a los pigmeos. Distraigan a Kosongo. No se preocupen, volveremos pronto”.

Capítulo 9: Los Cazadores

Alexander y Nadia vagaron por el bosque sin saber hacia donde se dirigían, tenían hambre e intentaron cazar algunas ratas pero no tuvieron suerte, así que se conformaron con frutos que comieron imitando a Borobá.

Luego de varias horas encontraron el rastro inconfundible de un elefante, lo cual podría indicar que los pigmeos estarían cerca.

El elefante había sido hostigado durante días por los pigmeos y estaba cansado y débil. Atrapado en las redes de los cazadores, el elefante recibió las primeras lanzas clavadas en su cuerpo cuando Nadia y Alex llegaron y los detuvieron.

Alex les entregó el amuleto sagrado Ipemba-Afua ante el cual los cazadores se postraron y se sintieron en deuda con los muchachos por lo que accedieron a su petición de perdonar la vida del elefante. Con la ayuda de Nadia que hablaba el idioma de las bestias pusieron un poco de polvos mágicos en las heridas del animal con lo cual dejaron de sangrar y cortaron las redes que lo aprisionaban. El elefante se marchó dando bramidos que Nadia tradujo y dijo que si lo necesitaban no dudaran en pedirle ayuda.

Los pigmeos condujeron a sus amigos hasta su pequeña y miserable aldea y les dieron algo para comer. Alexander les explicó debían enfrentarse a los tres malvados, que la solución no era llevar el marfil que Kosongo les pedía sino derrotarlo, también a Mbembel y Sombe.

Capítulo 10: La Aldea de los Antepasados

A la mañana siguiente los pigmeos decidieron como se enfrentarían a los tres malvados. Sabían que los contrabandistas llegarían dentro de un par de días a buscar el marfil o a los niños pigmeos, por lo que debían atacar la aldea en un plazo máximo de treinta y seis horas.

Para llegar a la aldea de Kosongo debían pasar por la aldea de los antepasados y Alexander propuso que les pidieran ayuda. Los pigmeos se horrorizaron ante la idea pero Alex y Nadia les hicieron comprender que no les temían y que hablarían con ellos. Se decidió que los pigmeos esperarían ocultos en el bosque donde prepararían sus armas y harían una ceremonia, mientras los forasteros intentaban hablar con los antepasados.

La aldea de los antepasados estaba en un claro del bosque rodeada por un alto muro circular construido con piedras, troncos, paja y barro. No se veía ninguna puerta salvo un pequeño hueco de unos ochenta centímetros colocado a cierta altura.

Alex trepó por el muro para investigar y vio lo que parecía un villorrio abandonado, ayudó a su amiga y juntos saltaron al otro lado. Encontraron restos humanos perfectamente ordenados en pirámides y se preguntaban quién mantenía tanto orden si nadie pisaba ese lugar.

Capítulo 11: Encuentro con los Espíritus

Se sentaron entre dos tumbas dispuestos a pasar unas horas de soledad. Alex sentía la cercanía de su amiga con una intensidad diferente, la quería más que a nadie en el mundo y temía perderla. Hablaron sobre su futuro, él quería ser médico, ella lingüista.

De pronto sintieron una presencia a pocos pasos. Alex encendió su linterna y vieron a una vieja bruja, envuelta en andrajos, con una enorme melena blanca y desgreñada, tan flaca como un esqueleto. Un fantasma, pensaron, pero se trataba de la mismísima reina Nana-Asante en carne y hueso, había permanecido oculta en ese cementerio alimentada por las ofrendas que los cazadores dejaban para sus antepasados, los espíritus eran sus amigos. Estaba enterada de todo de lo que ocurría en Ngoubé y los estaba esperando.

Los muchachos presenciaron la aparición de los espíritus del bosque y los antepasados y por un tiempo indeterminado se fundieron con ellos formando parte de un único espíritu en un viaje increíble que recordarían el resto de su vida.

Cuando Nadia suplicó a Nana-Asante que fuera a Ngoubé con ellos para luchar contra los tres malvados, ésta aceptó sin vacilar.

Capítulo 12: El Reino del Terror

Durante la ausencia de los muchachos, en la aldea los demás miembros de la expedición tuvieron que entenderse con Mbembelé ya que Kosongo no aparecía por ningún lado.

Kate fue conducida a la oficina de Mbembelé para hablar con él acerca de los jóvenes desaparecidos, pero a este lo único que le interesaba del incidente era castigar a los guardias que los dejaron escapar.

Mbembelé le manifestó su intención (más bien le dio la orden) de incorporar a Angie a su harén. Le dijo también que tenían permiso para circular por la aldea pero les prohibió acercarse al recinto real, los corrales o el pozo.

Cuando Angie se enteró de los propósitos del comandante, se negó furiosa, pero el hermano Fernando y Kate la convencieron de ser amable durante un par de días para ganar tiempo.

Aprovechando que podían moverse por la aldea investigaron algo de lo que querían saber; como que los misioneros estuvieron allí pero desaparecieron, que sólo la hermandad del leopardo tenía acceso a armas de fuego, que los guardias bantúes obedecían más por miedo que por lealtad, que el pozo era un charco lleno de cocodrilos y que todos, incluidos Kosongo y Mbembelé, sentían un terror enorme por el brujo Sombe. Por petición de Kate, Jena, la esposa de Beyé-Dokou fue asignada para limpiar sus aposentos, pero en realidad lo que buscaban era obtener información por medio de ella; y lo consiguieron.

Los guardias bantúes que iban a ser castigados, se batieron en duelo a muerte por orden del comandante a la vista de todos. Cuando terminó el combate y Mbembelé se disponía a rematarlos, Angie se interpuso y diciendo que aceptaba ser esposa de Kosongo, pidió la vida de los guardias como regalo de bodas.

Capítulo 13: David y Goliat

Los pigmeos dormían cuando Nana-Asante y los muchachos llegaron. Al principio pensaron que se trataba de un fantasma, pero ella les convenció de que estaba viva y les dijo que había llegado el momento de volver a Ngoubé, enfrentarse al tirano y liberar a la gente de la opresión.

Decidieron que dormirían a Kosongo con el tranquilizante de Michael Mushaha y Beyé-Dokou desafiaría a Mbembelé a luchar con él para lo cual llevaría al cuello el amuleto de Alex (un trozo de excremento de dragón) que lo protegería de los objetos cortantes como cuchillos, machetes o balas. Las mujeres pigmeas también ayudarían en la rebelión. Sabían que tarde o temprano se acabarían los elefantes y sus hijos serían vendidos de todos modos. Más valía morir luchando que vivir como esclavos.

Cuando Alex y Nadia llegaron a la aldea, contaron a los demás el plan que tenían trazado. Pensaban sublevar a la población contra Kosongo haciéndoles saber que Nana-Asante estaba viva y se valieron para esto de la madre de Nze, uno de los guardias salvados por Angie. Inutilizarían las armas de fuego ayudadas por las pigmeas y estas se armarían con lanzas y esperarían el momento de actuar.

Por la mañana Kate informó a Mbembelé que los jóvenes habían regresado vivos y que pronto se marcharían todos de allí menos Angie que cumpliría su palabra de ser esposa del rey. Angie había ido al río con cuatro jóvenes esposas del rey a darse un baño para la ceremonia nupcial y cuando el viejo encargado de vigilarlas intentó darle unos azotes lo tiró al suelo de un puñetazo. Cuando regresó a la choza venía cubierta de joyas de pies a cabeza.

Capítulo 14: La Última Noche

Al caer la tarde comenzaron los festejos. Había una gran tensión entre la población, pues la madre de Nze había hecho correr la voz de que Nana-Asante estaba viva y que los extranjeros los ayudarían a derrocar a Kosongo y Mbembelé. Se preparó un banquete y el licor de palma empezó a circular temprano entre los guardias pero la población no bebió tal como lo había dicho la madre de Nze.

Cuando todo el poblado estaba bajo el árbol de las palabras y Angie estaba en su sitio de honor apareció Kosongo en su trono a hombros de sus guardias acompañado de su harén y traía una cesta de joyas para su futura esposa.

Los pigmeos aparecieron con la noticia de que no traerían más marfil. El rey ordenó traer a los niños pigmeos a los cuales pensaba vender como esclavos. Kate, indignada, se plantó frente a la plataforma real y amenazó con divulgar las atrocidades que estaban cometiéndose pero fue arrastrada por dos soldados con dirección al pozo de los cocodrilos.

El pigmeo encargado de disparar el dardo tranquilizante a Kosongo atacó, pero el dardo dio en el pecho de uno de los cargadores el cual se desplomó inconsciente. Kosongo cayó al suelo y Angie aprovechó el momento para arrancarle el sombrero y la cortina que cubría su rostro dejándolo al descubierto. Era Mbembelé.

Todos los soldados estaban sorprendidos pero no se atrevieron a ayudar a su jefe, este se incorporó bramando de rabia. Justo en ese momento Beyé-Dokou se adelantó y desafió al comandante.

Todos en la aldea se sorprendieron sin poder creer lo que estaba ocurriendo.

La plaza se despejó por orden de Mbembelé y el combate dio comienzo con el hermano Fernando como árbitro. El comandante era muy grande y tenía una fuerza descomunal, pero era lento y se cansaba rápido. Beyé-Dokou era pequeño pero ágil y escurridizo y su estrategia consistía en cansar a su oponente hasta debilitarlo. Mbembelé atacaba con furia e impetuosidad como un toro. Beyé-Dokou esquivaba todos los golpes como un torero y aprovechó un error de su oponente para derribarlo de una patada en la pierna. Mbembelé había sido derrotado.

Todos festejaban el triunfo cuando el comandante atacó al desprevenido pigmeo con un machete, pero el amuleto de Alex lo protegió. Intentó otra vez con un cuchillo y volvió a fallar. Entonces ordenó a sus soldados disparar pero los fusiles estaban inutilizados y en un segundo, tenía cada uno una lanza en el cuello, las pigmeas habían entrado en acción. Rabioso Mbembelé sacó su revolver y disparó a Beyé-Dokou, mas la bala no dio en el blanco y antes de poder disparar por segunda vez un animal desconocido se le fue encima, un gato negro enorme, con la velocidad y fiereza de un leopardo y los ojos amarillos de una pantera.

Capítulo 15: El Monstruo de Tres Cabezas

Los que vieron a Alex transformarse en Jaguar no creían lo que veían. El animal atacó rugiendo al comandante, el cual que huyó hacia el bosque seguido por el enorme felino.

Mientras tanto Nadia transformada en su animal totémico, el Águila, fue a buscar ayuda contra el ogro de tres cabezas.

Alex regresó unos minutos más tarde, tenía una extraña expresión en el rostro, los ojos incandescentes y los dientes a la vista.

En media hora el equilibrio fue definiéndose en la aldea. Los soldados de la Hermandad del Leopardo, atrapados en las redes de los pigmeos, entendieron que debían rendirse si querían salir con vida. Nze incitó a sus compañeros a sublevarse, no había nada que temer pues Mbembelé ya no estaba allí.

Los pigmeos reunidos con sus familias decidieron volver al bosque y no regresar jamás, pero Alex les convenció de que debían acabar con la esclavitud y volver a tener relaciones cordiales con la gente de Ngoubé y para ello despojar a Mbembelé de su poder.

Las esposas de Kosongo se sentían libres y disfrutaban bailando y lanzando las joyas de oro al aire.

Entonces apareció Sombe para imponer orden, castigo y terror. Todos se rindieron sin resistencia, incluso los soldados de Mbembelé se dispusieron a obedecer lo que el hechicero mandara.

El brujo estaba más furioso que nunca, llegó en medio de una lluvia de chispas como fuegos artificiales, apoyando las manos en el suelo como un gorila comenzó a danzar girando. Cuando se detenía señalaba con el dedo a alguien y al punto la persona caía al suelo en profundo trance, se quedaba rígida como estatua o sangraba por la nariz, boca y orejas. El resto chillaba de rodillas, tragaba tierra, pedía perdón y juraba obediencia.

Sombe saltó sobre una hoguera y empezó a bailar y lanzar las brasas ardientes con sus manos. En medio de las llamas y el humo surgieron una multitud de figuras demoniacas, los ejércitos del mal que acudían al llamado del brujo.

Cuando el hechicero tenía a todos bajo su poder y gritaba triunfante apareció en el cielo un Águila que dio vueltas sobre la aldea.

Por los cuatro puntos cardinales entraron en Ngoubé Las fuerzas convocadas por el Águila. Abrían el desfile los gorilas del bosque, los machos por delante seguidos de las hembras con sus crías. Atrás seguía Nana-Asante montada sobre un elefante con cicatrices de lanzas en un costado acompañada del lama Tensing que traía a su banda de horrendos Yetis vestidos con atuendos de guerra. También venían el chamán Walimai con el espíritu de su esposa al mando de trece prodigiosas bestias mitológicas del amazonas. Finalmente entró en la aldea la vasta muchedumbre luminosa del bosque: los antepasados y los espíritus de animales y plantas y millares de almas que iluminaron la aldea como el sol y trajeron una fresca brisa que limpió todo.

En esa luz desaparecieron los demonios y el hechicero se quedó solo. El gran elefante de Nana-Asante le dio un golpe con la trompa que hizo volar la máscara y todos pudieron reconocerlo: Kosongo, Mbembelé y Sombe eran la misma persona, las tres cabezas del mismo ogro.

La gente reaccionó, incluso los que estaban en trance se recuperaron, se le echaron encima en masa y lo cargaron hasta el pozo de los cocodrilos donde terminó sus días en medio de terribles gritos.

Al día siguiente llegó Michael Mushaha quien había recibido los mensajes de radio que Angie envió. Llegó acompañado de un funcionario del gobierno nacional y cuatro gendarmes que venían a investigar el contrabando de marfil, diamantes y esclavos.

Todas las joyas de las esposas de Kosongo incluyendo a Angie, fueron depositadas en una manta que el hermano Fernando entregó a la reina Nana-Asante Junto con dos colmillos de elefante para que lo administrara.

Angie dejó la radio de su avión para que pudieran comunicarse, además prometió que haría por lo menos un vuelo cada dos semanas para aprovisionar la aldea de cosas esenciales.

Nana-Asante aceptó que el hermano Fernando se quedara en Ngoubé y fundara su misión y su escuela, siempre que llegaran a un acuerdo ideológico. Tal como la gente debía aprender a vivir en paz, las divinidades debían hacer lo mismo. No había razón para que los diversos dioses y espíritus no compartieran el mismo espacio en el corazón del humano.

Epílogo o capítulo 16: Dos Años más tarde

Alexander Cold se presentó en el apartamento de su abuela en Nueva York con una botella de vodka para ella y un ramo de tulipanes para Nadia. Su amiga le había dicho que no se pondría flores en la muñeca o el escote para su graduación, como todas las chicas, esos corsages le parecían horrendos. Soplaba una ligera brisa que aliviaba el calor de mayo en Nueva York, pero aun así los tulipanes estaban desmayados. Pensó que nunca se acostumbraría al clima de de esa ciudad y celebraba no hacerlo. Asistía a la Universidad en Berkeley y, sus planes resultaban, obtendría su título de médico en California. Nadia lo acusaba de ser muy cómodo. <<No sé cómo piensas practicar medicina en los sitios más pobres de la tierra, si no puedes vivir sin los tallarines italianos de tu mamá y tu tabla de surfing>>, se burlaba. Alexander pasó meses convenciéndola de las ventajas de estudiar en su misma universidad y por fin lo consiguió. En septiembre ella estaría en California y ya no sería necesario cruzar el continente para verla. Nadia abrió la puerta y él se quedó con los tulipanes mustios en la mano y las orejas coloradas, sin saber qué decir. No se habían visto en varios meses y la joven que apareció en el umbral era una desconocida. Se le pasó por la mente que estaba en ante la puerta equivocada, pero sus dudas se disiparon cuando Borobá le saltó encima para saludarlo con efusivos abrazos y mordiscos.

La voz de su abuela llamando su nombre le llegó desde el fondo del apartamento. -¡Soy yo, Kate! -respondió él, todavía desconcertado. Entonces Nadia le sonrió y al instante volvió a ser la chica de siempre, la que él conocía y amaba, salvaje y dorada. Se abrazarón, los tulipanes cayeron al suelo y él la rodeó con un brazo por la cintura y la levantó con un grito de alegría, mientras con la otra mano luchaba por desprenderse del mono. En eso apareció Kate Cold arrastrando los pies, le arrebató la botella de vodka, que él sostenía precariamente, y cerró la puerta de una patada. -¿Has visto qué horrible se ve Nadia? Parece la mujer de un mafioso -dijo Kate. -Dinos lo que realmente piensas, abuela -se río Alexander. -¡No me llames abuela! ¡Compró el vestido a mis espaldas, sin consultarme! -exclamó ella. -No sabía que te interesara la moda, Kate -comentó Alexander, ojeando los pantalones deformes y la camiseta con papagayos que usaba su abuela. Nadia llevaba tacones altos y estaba enfundada en un tubo de satén negro, corto y sin tirantes. Hay que decir que en su favor que no parecía afectada en lo más mínimo por la opinión de Kate. Dio una vuelta completa para lucirse ante Alexander. Se veía muy diferente a la criatura en pantalones cortos y adornada con plumas que él recordaba. Tendría que acostumbrarse al cambio, pensó, aunque esperaba que no fuera permanente; le gustaba mucho su antigua Águila. No sabía cómo actuar ante esa nueva versión de su amiga. -Deberás pasar el bochorno de ir a la graduación con este espantapájaros, Alexander -Dijo su abuela señalando a Nadia-.Ven, quiero mostrarte algo... Condujo a los dos muchachos hacia la diminuta y polvorienta oficina, atestada de libros y documentos, donde escribía. Las paredes estaban empapeladas de fotografías que la escritora había juntado en los últimos años. Alexander reconoció a los indios del Amazonas posando para la Fundación Diamante, a Dil Bahadur, Pema y su bebé en el Reino del Dragón de Oro, al hermano Fernando en su misión en Ngoubé, a Angie Nindera con Michael Mushaha sobre un elefante, y varios más. Kate había enmarcado una portada de la revista International Geographic del año 2002, que ganó un premio importante. La fotografía tomada por Joel González en un mercado de África, lo mostraba a él con Nadia y Borobá enfrentándose con un aveztruz en una de sus muchas aventuras.-Mira, hijo, los tres libros ya están publicados -dijo Kate-.Cuando leí tus notas comprendí que nunca serás escritor, no tienes ojo para los detalles. Tal vez eso no sea un impedimento para la medicina, ya vez que el mundo está lleno de médicos chambones, pero para literatura es fatal -aseguró Kate -No tengo ojo y no tengo paciencia, Kate, por eso te di mis notas. Tú podías escribir los libros mejor que yo. -Puedo hacer casi todo mejor que tú, hijo -se rio ella, desordenándole el cabello de un manotazo. Nadia y Alexander examinaron los libros con una extraña tristeza, porque contenían todo lo que les había sucedido en tres prodigiosos años de viajes y aventuras. Tal vez en un futuro no habría nada comparable a lo que habían vivido, nada tan intenso ni tan mágico. Al menos era un consuelo saber que en esas páginas estaban preservados los personajes, las historias y las lecciones que habían aprendido. Gracias a la escritura de la abuela, nunca olvidarían. Las memorias del Águila y el Jaguar estaban allí, en la Ciudad de las Bestias, el Reino del Dragón de Oro y el Bosque de los Pigmeos.