Autorrealización

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El pensamiento griego ya podía concebir que el fin del hombre estuviera fuera de sí mismo o fuera trascendente, por lo cual todas las acciones humanas se realizan con un fin posible que a su vez se supedita a otros hasta llegar a un fin último tras el cual no hay ninguno más y que da la razón o justificación a los otros. Este fin último es la felicidad o eudaimonía, y para Aristóteles todos los hombres están de acuerdo en perseguirla, pero en desacuerdo sobre en qué consiste. Por eso propone que el fin del hombre o su felicidad es algo estrictamente individual y consiste en su autorrealización. Unos son felices haciendo dinero; otros, recibiendo honores y agasajos... Cada cual posee el secreto de su propia felicidad. Pero para eso hay que conocerse bien a uno mismo, claro está, y saber qué se quiere.

Pero ¿qué buscan todos los hombres? Según Aristóteles, lo que buscan debe cumplir varias condiciones:

  • Ser un bien perfecto, que se busca por sí mismo y no por otro superior a él, esto es, que no sea trascendente.
  • Que sea un bien suficiente por sí mismo, de manera que quien lo posea ya no desee otra cosa.
  • Que sea el bien que se consigue con el ejercicio de la actividad más propia del ser humano, del ser hombre, según la virtud más excelente.
  • Que este bien se consiga con una actividad continua.

Cada persona desempeña una función en su sociedad y para desempeñarla bien ha de adquirir virtudes que le ayuden a hacerlo. Pero si hay una función propia del ser humano como tal, la felicidad consistirá en ejercerla a lo largo de toda la vida y la virtud que ayude a ella será la más perfecta.

Por otra parte, las acciones que tienen un fin en sí mismas son más perfectas que aquellas cuyos fines son distintos de ellas, porque en este caso los efectos son más importantes que las acciones. Por ejemplo, pasear o charlar con los amigos son acciones que se realizan por sí mismas, mientras que ir a un lugar determinado se hace por llegar a él. Las acciones más cercanas a nosotros mismos son las que nos hacen más felices, y nada hay más cercano a nosotros que nuestro propio pensamiento; la felicidad es contemplativa más que activa. Para lograr este tipo de felicidad son precisas según Aristóteles dos tipos de virtudes: las dianoéticas o de la inteligencia y las éticas o del carácter. Virtud dianoética es la prudencia, que constituye la sabiduría práctica y que casi siempre consiste en el justo medio o término medio entre el defecto y el exceso; así, por ejemplo, la virtud del valor estará entre la cobardía y la temeridad. Otro elemento es necesario para la felicidad: compartirla y vivir en una comunidad regida por buenas leyes. La ética exige, pues, la política.

La ética de la autorrealización o eudemonismo se vio prolongada en la historia de la filosofía a través de la obra de Santo Tomás de Aquino y sigue vigente en la actualidad a través de la obra de Alasdair MacIntyre.

Referencias[editar]

  • VV. Afdn., Filosofía y ciudadanía I. Madrid: Santillana, 2008.

Véase también[editar]