Analogía del relojero

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Los relojes han sido utilizados como ejemplos de tecnología compleja en las discusiones filosóficas a lo largo de la historia. Cicerón, Voltaire y Descartes, por ejemplo, utilizan relojes en los argumentos acerca del propósito.

La analogía del relojero es un argumento teleológico para la existencia de Dios. A modo de analogía, el argumento afirma que el diseño implica un diseñador. Esta analogía ha desempeñado un papel preponderante en la teología natural y en el "argumento del diseño", en donde fue utilizada para apoyar los argumentos de la existencia de Dios y para el diseño inteligente del universo.

La declaración más famosa del argumento teleológico con la analogía del relojero fue dada en 1802 por William Paley (1743–1805). En 1858, la formulación de Charles Darwin de la teoría de la selección natural se consideró que proporcionaba un argumento en contra de la analogía del relojero. En los Estados Unidos, a partir de la década de 1980, los conceptos de evolución y selección natural se convirtieron en el tema de un debate nacional, incluyendo un renovado interés en el argumento del relojero por los ateos.[1]

El argumento del relojero[editar]

La analogía del relojero se basa en la comparación de un fenómeno natural con un reloj. Normalmente se presenta como preludio para el argumento teleológico, a menudo de esta manera:

  • Los complejos mecanismos del interior de un reloj requieren un diseñador inteligente.
  • Al igual que el reloj, la complejidad de X (un órgano u organismo, la estructura del sistema solar, la vida, el universo, todo) requieren un diseñador.

En esta presentación, la analogía del reloj no ejerce de premisa para un argumento, sino que sirve de recurso retórico y preámbulo. Su objetivo es establecer la viabilidad de la premisa general: mediante el simple hecho de observar algo, se puede saber si es o no un producto de diseño inteligente.

El argumento se puede expresar del siguiente modo:

Al observar un mecanismo tan sencillo como un reloj a nadie se le ocurre dudar que éste es el producto de una creación, que es el resultado de un trabajo intencional. A ninguna persona en su sano juicio se le puede ocurrir pensar que un mecanismo como el del reloj, con sus engranajes dentados, su solenoide y su bobina dispuestos de manera precisa entre sí para funcionar y medir el tiempo es consecuencia de una sucesión de casualidades que, progresivamente, han ido dando forma a sus partes y que, además, han dado con el acople entre sí de dichas partes para dar con la función deseada. ¡Nadie que no esté loco puede pensar que un reloj es consecuencia del azar! Así pues, ¿quién puede pensar que un organismo como el humano, mucho más complejo que el de un reloj, es producto del azar? A ninguna persona razonable se le puede ocurrir negar que todo ser vivo, con sus partes dispuestas entre sí idóneamente, cada una cumpliendo su función, su finalidad, interdependientes entre sí es el producto de un artesano sumamente hábil y poderoso que nos concibió. Nadie en su sano juicio puede dudar que somos criaturas de Dios.[2]

Referencias[editar]

  1. Dawkins, Richard (1996) [1986]. The Blind Watchmaker. New York: W. W. Norton & Company, Inc. ISBN 0-393-31570-3. 
  2. William Paley. 1802. Natural Theology, or Evidences of the Existence and Attributes of the Deity collected from the Appearances of Nature.