Mortificación

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La mortificación es vista por la teología cristiana, y principalmente la católica, como una forma de ascetismo, un medio de ayudar a las personas a llevar vidas virtuosas y santas. Es una antigua práctica cristiana que consiste en realizar un sacrificio mental o físico por amor a Dios con el objetivo de unirse a la pasión y a la cruz de Jesucristo y, por lo tanto, como medio de participación en la Redención.

Adolphe Tanquerey define la mortificación como "la lucha contra las malas inclinaciones para someterse a la voluntad y esta a Dios." Esta práctica pertenece al patrimonio espiritual de la Iglesia: Francisco de Asís, San Benito, Tomás Moro, Pablo VI, Madre Teresa de Calcuta, hermana Lucia de Fátima y el teólogo suizo y ex-jesuita Hans Urs von Balthasar, son algunos dentro los muchos monjes, religiosos y laicos que la practicaron y todavía la practican con sentido cristiano.

El fundamento dogmático del ofrecimiento como víctima de expiación por la salvación de las almas o por cualquier otro motivo sobrenatural (p. ex.: reparar la gloria de Dios ultrajada, liberar almas del purgatorio o atraer la misericordia divina sobre una alma determinada, etc.) está en la solidaridad sobrenatural, establecida por Dios entre todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo de Cristo, actuales o en potencia.[1]

Finalidad[editar]

Reparación[editar]

La mortificación tiene utilidad, no solo como penitencia, sino también para purificarnos de las faltas pasadas - como reparación: "Completo en mi lo que falta a la pasión de Cristo", dice San Pablo (Col. I,24) y "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. (Mt. 16,24). En 1 Corintios 9,27, Pablo dice: "golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado."[2]

Santificación[editar]

Tiene también como finalidad ayudarnos a prevenirnos contra las faltas del tiempo presente y futuro, disminuyendo el apego al placer, que es una fuente de las faltas personales. San Juan de la Cruz sobre esto escribió: Jamás, se quieres llegar a poseer a Cristo, lo busques sin la cruz.[3] De acuerdo con los teólogos católicos[cita requerida] los principales beneficios que el "dolor cristiano" proporciona son: expiación de los propios pecados, presentar la carne al espíritu, desprende a la persona de las cosas de la Tierra, purifica y embellece el alma, alcanza todo de Dios, hace de la persona verdadero apóstol y nos torna semejantes a Jesús y a la Virgen María.

Práctica[editar]

Según los teólogos y religiosos cristianos, inclusive para aquellos que no creen en Dios, es posible percibir ciertos aspectos comprensibles de la mortificación voluntaria, como la solidaridad en el sufrimiento, el dominio del cuerpo, la conveniencia de una libre rebelión al placer. Es común que algunas personas, por motivos diversos, se sometan a ciertos esfuerzos y sacrificios con fines no religiosos o también por simple vanidad. Algunos atletas se privan voluntariamente de ciertos placeres y comodidades por algún tiempo y se someten a esfuerzos no usuales con la finalidad de alcanzar metas deportivas y los padres no es raro que estimulen a sus hijos a adquirir autodisciplina y un poco de rigidez de carácter privándolos temporalmente de algunos placeres o gustos lícitos. Algunas dietas, con fines puramente estéticos, ya sea en su duración o en la cantidad de comida a abstenerse, superan con creces y en mucho los largos ayunos de los fieles y religiosos cristianos, incluso los que viven en los conventos de clausura rigurosa.

Mortificación activa y pasiva[editar]

La mortificación activa es buscada directamente, como es el caso, por ejemplo, del ayuno común en muchas religiones. La Iglesia Católica, por ejemplo recomienda pequeños sacrificios durante el tiempo denominado cuaresma, y el ayuno y la abstinencia de carne en la Viernes santo y el Miércoles de Ceniza, la religión musulmana prevé, por lo menos, el ayuno obligatorio durante el Ramadán. La mortificación pasiva es la aceptación voluntaria de sacrificios que vienen dados por la propia vida, como enfermedades, dificultades, etc. Con la aceptación de esos sacrificios se puede dar una dimensión mayor a ellos.

Mortificación interior y corporal[editar]

La interior se refiere al sacrificio en el ámbito de la inteligencia y de la voluntad. La corporal se refiere al sacrificio de los sentidos. Se puede renunciar a ingerir cualquier alimento que tenga preferencia o simplemente esperar algunos instantes para tomar agua cuando se tenga sed. Pueden ser también pequeños actos que mejoren el cumplimiento de los propios deberes profesionales o que tornen más agradable la convivencia con otras personas: sonreír cuando se está cansado, terminar una tarea previsto, tener presente en la cabeza problemas o necesidades de aquellas personas que son muy queridas y no sólo los propios, etc. Muchas veces, para un cristiano común, sería un sacrificio similar, o incluso más fácil, que aquellos sacrificios que realizan otras personas para bajar de peso (dieta, operaciones) mejorar la aptitud física (musculación, gimnasia) u otros legítimos cuidados con el propio cuerpo.

Autores espirituales[editar]

Antonio Royo Marin O. P., en su obra Teología de la perfección cristiana (pg. 338), dice sobre la práctica de la mortificación voluntaria:

La aceptación resignada de las cruces que Dios nos envía es ya un grado muy estimable de amor a la Cruz, pero supone cierta "pasividad" por parte del alma que los recibe. Más perfecta todavía es tomar la iniciativa, y, a pesar de la repugnancia que experimenta la naturaleza, dejando paso al dolor mientras se practica la mortificación cristiana voluntaria en todas sus formas. (...)

Al director espiritual le corresponde vigilar los pasos del alma, no imponiéndole jamás sacrificios superiores a sus fuerzas actuales, sino guardándose muchísimo de cortar sus ansias de inmolación, obligándola a arrastrarse como un sapo en lugar de dejarla volar como las águilas. (...) El cilicio, las disciplinas, las "cadenillas", el ayuno y abstinencias, la falta de sueño y otras austeridades de este estilo fueron practicadas por todos los santos, en mayor o menor medida, de acuerdo con sus fortalezas y sus disposiciones hoy en día, tiene que practicar todas las almas que aspiran a la santidad en serio. Hay otra manera de llegar a lo que Jesucristo nos dejó trazadas sus huellas ensangrentadas hasta el Calvario.

San Juan de la Cruz concede al "amor a sufrimiento" una importancia excepcional en el proceso de la propia santificación, en su obra Subida del Monte Carmelo, aconseja poéticamente:

Busca siempre inclinarte:
no a lo más fácil, sino a lo más difícil;
no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido;
no a lo más gustoso, sino antes a lo que da menos gusto;
no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso;
no a lo que es consuelo, si no antes a lo desconsuelo;
no a lo más, mas sino a lo menos;
no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciable;
no a lo que es querer algo, sino a no querer nada;
no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor, y desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo
de todo cuanto hay en el mundo.

Subida. I,13,6.

Una tesis de 1999 de la Universidad Angelicum de Roma, titulada La Espiritualidad de Madre Teresa de Calcuta y su influencia transformadora en el apostolado de los Misioneros de la Caridad para los más Pobres de los Pobres, transcribe un comentario de Madre Teresa sobre el uso de la "disciplina": Se estoy enfermo, me golpeó cinco veces. Necesito hacerlo para compartir la pasión de Cristo y el sufrimiento de nuestros pobres. Cuando vemos a las personas que sufren, surge naturalmente la imagen de Cristo delante de nosotros. El mismo estudio muestra que la madre Teresa pidió a las hermanas que usen el cilicio y la disciplina. [4]

Referencias[editar]

  1. Marin, Antonio Royo, O.P. obra cit.
  2. 1Corintios 9:27
  3. Carta al P. Juan de Santa Ana (n. 23 na 2a. ed. de la B.A.C., p.1322)
  4. Allen, John L. "Opus Dei: los mitos y la realidad". Traducción de Regina Lyra. Rio de Janeiro: Elsevier, 2006, ISBN 85-352-1812-2

Bibliografía[editar]

  • BAKER, Holy Wisdom, ed, SWEENY (London, 1905).
  • CHABOT, La mortification chretienne et la vie in Science et Religion, series (Paris, 1903).
  • LE GAUDIER, De perfectione vitae spiritualis (Paris, 1856);
  • MARIN, Antonio Royo, O.P. Teología de la perfection cristiana. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2001. ISBN 84-7914-128-X
  • MATURIN, Self-knowledge and Self-discipline (London, 1905);
  • PAZ, Alvarez de. De mortifications virium animae in Opera, t. III (Paris, 1875), 1. II.
  • RODRIGUEZ, Christian and Religious Perfection.
  • SCARAMELLI, Directorium Asceticum (London, 1897).
  • TANQUEREY, Adolphe. Compendio de Teología Ascética y Mística. Madri: Ediciones Palabra, 1990.

Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]