Uturuncos

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Bandera de Uturuncos, la argentina con la estrella federal, símbolo originado en el siglo XIX, usada por los peronistas.

Uturuncos fue la primera guerrilla del siglo XX en la Argentina, formada con el propósito de conseguir el regreso de Juan Domingo Perón de su exilio, tras haber sido derrocado en 1955 por la Revolución Libertadora.

Historia[editar]

En la primavera de 1959 un grupo de hombres de los comandos de la resistencia peronista de la zona noroeste del país decidieron encarar la primera experiencia de guerrilla rural de la Argentina contemporánea. Durante ese año y el siguiente, varios grupos de militantes intentaron instalarse y mantenerse en la zona boscosa de Tucumán, en el departamento de Chicligasta, al sur de la provincia. El nombre que eligieron para la guerrilla fue Ejército de Liberación Nacional-Movimiento Peronista de Liberación, aunque han sido conocidos con el que popularmente han pasado a la historia: Uturuncos.[1]

Tucumán y la resistencia peronista

“La vida por Perón” Comando 17 de Octubre (Pintada en las paredes de San Miguel de Tucumán, 1956)

En 1956 la situación del peronismo en la provincia de Tucumán era similar a la del movimiento en todo el país. El gobierno de la Revolución Libertadora ordenó que todos los sindicatos fueran intervenidos y el partido proscripto. La Federación Obrera Tucumana de la Industria del Azúcar (F.O.T.I.A.), el sindicato más importante de la provincia, fue descabezada . El interventor, coronel Antonio Spagenberg, procedió a nombrar en cada uno de los ingenios a delegados que no hubieran adherido al peronismo.

En abril de 1956, el interventor de Tucumán denunció la existencia de un plan insurrecional peronista en la provincia. El Ejército fue movilizado y se instalaron puestos de control en San Miguel de Tucumán, mientras se realizaban allanamientos y se detenía decenas de personas en la ciudad capital, en Monteros, Tafí Viejo y Concepción. El gobierno implicó en el levantamiento a militares retirados en combinación con dirigentes sindicales: “Respondía además a las orientaciones que en forma reiterada hizo a sus partidarios el presidente depuesto en el sentido de que en un momento oportuno y cuando las circunstancias así lo exigieran todas las fuerzas del Partido Peronista debían pasar de la acción política pacífica a la acción subversiva...” El número oficial de detenidos fue de 140. El edificio de la FOTIA fue allanado y muchos dirigentes fueron presos. El 4 de mayo, los obreros de los ingenios “Aguilares” y “Santa Lucía”, en solidaridad con los compañeros detenidos (en particular, el ex secretario general del sindicato del ingenio, Rodolfo Zelarayan), fueron al paro. La intervención provincial ordenó el envió de la Guardia de Infantería a ambos establecimientos. La Cámara Azucarera sostuvo que: “...considera oportuno recordar a los trabajadores de la provincia lo que oportunamente expresara el Ministerio de Trabajo y Previsión de que todo paro o acto de cualquier índole que interrumpa o altere el ritmo normal de producción será juzgado y reprimido como grave sabotaje a la Revolución Libertadora”. Una vez que fueron liberados sus compañeros, los obreros de los ingenios volvieron al trabajo. El 8 de mayo comenzó un paro de “brazos caídos”en el ingenio Concepción. 900 obreros abandonaron el trabajo en protesta por la detención de Bernardo Villalba y otros dirigentes gremiales. Villalba había sido delegado del ingenio y dirigente de la Federación. Aunque el paro fue declarado ilegal, al día siguiente sólo ingresaron 180 trabajadores que en el transcurso del día abandonaron las tareas.

La situación de los detenidos empeoró en el mes de junio con la intentona del general J.J. Valle. Benito Romano, ex delegado del ingenio Esperanza, al que el ejército suponía ligado al golpe, se fugó a Bolivia. Su hermano Antonio fue detenido y llevado al subsuelo de la casa de gobierno. Allí se encontró con otros dirigentes peronistas. Lo golpearon duramente y lo liberaron luego de dos días y dos noches. Mientras le pegaban le preguntaban por Benito y su vinculación con el general Valle.

El comando 17 de Octubre

A partir de 1956 los llamados comandos peronistas de la resistencia se organizaron espontáneamente en todo el país. El comando más importante, gestado por John William Cooke en 1955 desde su rol de interventor del peronismo en la Capital, fue el Comando Nacional Peronista. Este ejerció su influencia sobre muchos militantes, entre ellos sobre los que se organizaban en la provincia de Tucumán.

A fines de 1955, Félix Serravalle, vecino de La Banda y militante peronista se reunió con otros compañeros de Santiago del Estero. Serravalle provenía de una familia peronista. Su padre había sido anarquista y militante gremial ferroviario; como muchos otros, en 1943 se hizo peronista. Félix, quien había sido docente en el Chaco y luego dibujante de la Dirección Nacional de Vialidad tenía 31 años. En 1956, de paso por San Miguel de Tucumán se enteró de la existencia de una agrupación organizada bajo el mando de Manuel Enrique Mena, el “Gallego”, con el nombre de Comando “17 de octubre” y decidió conectarse con ella. Por intermedio de Florio Buldurini, ex diputado provincial, quién lo sondeó en una confitería del centro, conoció a la conducción del comando formada por Manuel Enrique Mena, “Toscanito” Pena (dirigente de mercantiles), el señor Vazquez Guzmán y el propio Buldurini.

Manuel Mena era un dirigente político barrial, contaba con múltiples casas seguras donde se hacían reuniones políticas en las que él mismo les explicaba a los muchachos jóvenes la necesidad de la lucha por el retorno de Perón. En su juventud había sido militante comunista, hasta que las luchas obreras de la década del cuarenta decidieron su apoyo al peronismo. Manuel Mena y su grupo no solamente desarrollaron una activa militancia barrial sino que establecieron rápidamente un nexo con el Comando Nacional Peronista de la Capital. Desde Buenos Aires, el comando formado por Cooke, Cesar Marcos y Raúl Lagomarsino, les enviaba información que recibían por medio de impresos que llegaban a Tucumán trasladados por compañeros ferroviarios que trabajaban en el salón comedor del tren expreso que unía ambas capitales . El “17 de octubre” funcionaba de la misma manera que sus pares de todo el país: eran militantes peronistas que resistían escuchando la palabra de Perón en viejos discos de pasta, pintaban los muros con consignas a favor del retorno de Perón y en contra de la dictadura de la “Revolución Libertadora” o hacían estallar algunos “caños” de fabricación casera.

Mena había establecido una sólida red de contactos y trabajo político en los barrios circundantes a la ciudad de Tucumán. A partir del acercamiento de Serravalle extendió su acción a la vecina provincia de Santiago del Estero, particularmente la ciudad de La Banda. También estaban conectados con compañeros peronistas de Salta, Jujuy y Catamarca. Un par de años después la dirección del grupo había cambiado y estaba constituída por el propio Mena y por Genaro Carabajal, cuñado de aquel y empleado de la Universidad de Tucumán (Mena estaba casado con su hermana, Olga Carabajal) y más tarde, a partir de fines de 1958, por Abraham Guillén, republicano español que había participado en la Guerra Civil Española y aportó sus conocimientos militares para la empresa guerrillera .

En el plano de los contactos, formaban parte del comando algunos políticos peronistas de la zona, diputados provinciales y dirigentes de segunda línea que habían sido inhabilitados por el golpe militar. El accionar político en los barrios permitió a Mena establecer una red de casas “seguras” para desarrollar la resistencia. Los militantes las llamaban las casas de las “tías” porque eran viviendas de viejas militantes peronistas. El tráfico de explosivos desde Bolivia había sido organizado por Mena de acuerdo con John William Cooke, quién trataba de establecer una red entre los comandos dentro del país y los comandos de exiliados en los países vecinos . La gelinita era conseguida en las minas bolivianas y llegaba hasta la frontera. En Jujuy la ponían debajo de los vagones y en Tucumán era retirada para ser distribuida por el país.

Entre los años 1955 y 1958 el Comando 17 de Octubre siguió desarrollando apoyos entre empleados de sectores medios y en los barrios humildes de San Miguel de Tucumán. En esos barrios humildes fue reclutado Juan Carlos Díaz, el comandante Uturunco. Díaz tenía 18 años en 1956 y un pasado de penurias. Su padre había sido foguista del ferrocarril Mitre y él y sus hermanos trabajaban duramente la tierra. De chico conoció el monte, recorriéndolo para vender los excedentes de su magra cosecha. En la casa de los Díaz, en la ciudad de Lamadrid, funcionaba una Unidad Básica peronista que atendía su madre, Dominga Heredia, en el tiempo que le dejaban las labores domésticas. A los dieciseis años, Juan Carlos migró a la ciudad de Tucumán, ingresó como aspirante en el ferrocarril y luego obtuvo empleo como obrero metalúrgico y conoció las primeras armas del sindicalismo, hasta que quedó desocupado y se integró en los comandos de la resistencia.

La práctica del sabotaje se extendió por todo el país. Miles de pequeñas acciones, en algunos casos atentados con explosivos, pero en general acciones inofensivas de alto contenido emocional. Cuando los militares decidieron la exhibición compulsiva de la única película que había filmado Eva Perón, La cabalgata del circo, los comandos tucumanos entraron en acción. En un operativo se robaron la copia de la cinta que se iba a emitir en la ciudad y se la enviaron de regalo a Perón en Panamá.

Como la mayoría de los grupos clandestinos, el 17 de Octubre apoyó el voto en blanco en las elecciones de 1957 para formar la Asamblea Constituyente y se opuso a apoyar la candidatura de Arturo Frondizi en las elecciones presidenciales de 1958, pese a la orden en contrario de Perón. En pocos meses, los integrantes del comando en Tucumán y Santiago del Estero realizaron algunas acciones locales resonantes. Felix Serravalle, Carlos Geréz y Aguilera, distribuidor de diarios, asaltaron la estación del Año Geofísico Internacional y se robaron el aparato receptor de cinco bandas; lo reformaron y fabricaron una emisora en onda larga que llamaron “Patria Libre”. Con el aparato interferían las radios de la zona para enviar por sus señales los mensajes de Perón. Enterados por los ferroviarios que venía a Santiago un tren cargado de azúcar, los comandos al mando de Serravalle lo descarrilaron sacando los tornillos de las vías en la cuesta de Chaupipozo. Al pasar la máquina, los rieles se abrieron y la formación se amontonó; el azucar grátis corrió a raudales en la zona por un tiempo.

La huelga azucarera de 1959: del 23 de julio al 12 de agosto

El 30 de abril de 1959, luego de un largo período de intervención, se realizaron las elecciones en la FOTIA, en cumplimiento de lo dispuesto por la Ley de Asociaciones Profesionales sancionada el año anterior. Se presentaron tres listas. La lista Azul representaba a la intervención saliente y su cara visible era Balbino Martinez, candidato por el ingenio Santa Ana. A pesar de su declaración de prescindencia política, estaba ligado al partido “Bandera Blanca”, cuyo presidente era Isaías Nougués, perteneciente a la más rancia oligarquía tucumana. La Lista Verde llevaba como candidato a Rodolfo Palacios, antiguo dirigente de la FOTIA, delegado por el ingenio Los Ralos y se proponía como lista independiente (con adhesión al Partido Socialista y a los 32 gremios democráticos) con posiciones conciliadoras. Por último, la lista Blanca llevaba como candidato a Benito Romano. Romano se había iniciado en el sindicalismo en 1945 a los 17 años de edad, era delegado por el ingenio Esperanza y había ocupado diversos cargos en la FOTIA hasta llegar a protesorero en 1955, cargo que ocupó sólo cinco meses debido al golpe militar. La lista Blanca era la única que presentaba candidatos en todos los ingenios y fincas. Juan Farías, carpintero del ingenio La Florida y Simón Campos, activos militantes de la huelga de 1949 por la que fueron separados de la Federación, volvieron a ganar en sus establecimientos. Romano volvía de su exilio boliviano y Bernardo Villalba, que había sido detenido en 1956 debido al golpe de Valle, regresó triunfalmente al gremio. La lista Blanca se impuso por amplia mayoría: 43.302 votos contra 5.172 de la lista Azul. En el plenario, 72 delegados de 55 filiales adheridas eligieron a Benito Romano como nuevo secretario general. Bernardo Villalba fue elegido Tesorero.

La nueva conducción debió actuar con rapidez dado que de inmediato comenzó a reunirse en Buenos Aires la paritaria azucarera. Para fortalecer su posición en la paritaria los obreros tucumanos se nuclearon en el FUNTA (Frente Unico Nacional de Trabajadores azucareros), que nucleaba a los obreros de Tucumán, Salta, Jujuy, Chaco y Santa Fe. Los ingenios ofrecieron un 20% de aumento contra el 90% que reclamaban los trabajadores. Sin embargo, como en la huelga de 1949 los empresarios ataron el aumento de los salarios al reclamo por el aumento del precio del azucar. Los cañeros independientes, el grupo de los propietarios de pequeñas fincas, reclamaban por la continuidad de los subsidios, por la falta de pago por parte de los ingenios de la zafra de 1958 y por el régimen de tenencia de la tierra, criticando el latifundio. A mediados de junio comenzó la zafra, la oportunidad esperada por los obreros para hacer valer sus demandas con la amenaza de la huelga. Siempre había sido así, las huelgas se producían en el momento en que hay que cortar las cañas y llevarlas de inmediato al ingenio para la molienda. El tiempo que se pierde en cortar la caña o la tardanza, una vez cortadas, en molerla, hace perder una parte de la sustancia base del azucar, la sacarosa. Para los obreros era el momento en que los patrones estaban más dispuestos a ablandar sus bolsillos.

El 24 de junio hubo cambio de gabinete e ingresó al Ministerio de Economia y al Ministerio de Trabajo conjuntamente el Ing. Alvaro Alsogaray. El 8 de julio, Alsogaray anunció la desregulación y la libertad del precio del azucar (si este excedía lo $ 16 el kilogramo, el ministerio quedaba autorizado a importarla anulando las barreras aduaneras). Luego de 90 días de pacientes gestiones, los dirigentes de la FOTIA  volvieron a Tucumán y llamaron a un plenario general para decidir las medidas de fuerza. El plenario tomó la desición de organizar y realizar un paro por tiempo indeterminado a realizarse desde la hora 0 del jueves 23 de julio. Uno de los delegados, del ingenio Amalia, fue drástico: “...estamos dispuestos a la lucha y no queremos morir de hambre ni de rodillas. Mociono para que de inmediato se discuta el paro a declarar...”. La medida de fuerza fue acatada masivamente en toda la provincia.

Cuando la huelga promediaba los industriales comenzaron a quejarse por los perjuicios ocasionados por el paro. José M. Paz, presidente de la CAR (Cámara Azucarera Regional), declaró: “...esta huelga afecta seriamente la economía, en particular la de Tucumán que pierde por día 70 toneladas del producto, en los campos faltan unos 80.000 trabajadores y en las fabricas unos 25.000. Hay un enorme tonelaje de caña en los canchones, los cargadores y los cercos, ya cortadas, a la que no hubo tiempo de elaborar. Las pérdidas de jugo son considerables, en especial en Bella Vista donde el personal abandonó las tareas dejando azucar difícilmente recuperable en fermentación y en las templas.”

El paro tenía un amplio apoyo. Pese a ello, al reunirse nuevamente la paritaria, ahora en Tucumán, los obreros bajaron sus pretensiones al 70% de aumento, propuesta que fue rechazada por los empresarios. El 1º de agosto la CGT Regional decidió un paro general de apoyo al conflicto de la FOTIA para el 6 de agosto.La huelga provincial dispuesta por la CGT local fue acompañada por diversas movilizaciones durante los días previos. Los obreros del ingenio Concepción y los de el ingenio Libertad (ex – Esperanza) realizaron concentraciones en sus establecimientos; también hubo actos en la zona sur de la ciudad. “Los obreros llegaban en caravanas de camiones y carros metálicos, exhibían banderas argentinas, carteles con leyendas alusivas al paro...” . Al mediodía, una manifestación llegó hasta la plaza Independencia, en el centro de la ciudad, vivando a Perón y arrojando naranjas contra el Banco Provincia, el Banco Hipotecario y la Casa de Gobierno. El 7 de agosto el gobierno provincial ordenó la vigilancia policial en los accesos de la ciudad, pero de todas maneras los obreros sortearon los piquetes cruzando los ríos o por caminos secundarios. A la tarde una importante concentración manifestaba frente al local de la FOTIA, que estaba rodeada por escuadrones de la policía montada, mientras otros efectivos militares custodiaban diversos lugares de la ciudad.

A las 17 horas, la policía cargó contra los trabajadores. Los obreros la obligaron a replegarse con cascotes y baldosas. Las fuerzas de represión intentaron una nueva carga a los sablazos mientras el lugar se llenaba de gases lacrimógenos. “A las 18 horas la confusión era total por los gases que penetraban en el local obrero, numerosos trabajadores instaban a los refugiados a hacer frente a la policía y pretendían avanzar sobre ella portando una bandera argentina. Los policías repelían el avance arrojando gases. Cuatro de ellos, de la montada, avanzaron desde General Paz y Las Heras y una intensa pedrea trató de detenerlos. Pero estos utilizaron sus armas, una pistola y tres carabinas, abriendo fuego indiscriminado contra los obreros y el edificio. Desde el tercer piso se anunció que un trabajador había sido alcanzado por un disparo muriendo instantáneamente. Otros dos resultaron heridos, siendo trasladados a la clinica de la Federación.”

Enterado de los graves acontecimientos, el gobernador Celestino Gelsi se presentó en el local de la FOTIA siendo agredido por los obreros. La confusión reinaba en todo el lugar. El obrero asesinado era Manuel de Reyes Olea, tractorista del ingenio San Pablo. En el interior de la provincia se sucedían también graves incidentes. En el ingenio Leales el propietario de una de las fincas decidió actuar por mano propia resistiendo una manifestación. Un obrero de Finca de Parra resultó herido. Como consecuencia de la grave represión, la CGT regional decidió el paro por tiempo indeterminado y declaró día de duelo al sábado 8 de agosto. Lo que Gelsi temía se cumplió, la provincia se encontraba sumida en el caos y era posible una intervención. El presidente Arturo Frondizi ordenó la movilización de tropas y varios jefes militares viajaron a Tucumán. Para cubrirse, Gelsi atribuyó los hechos a un “vasto plan subversivo”.

En los días siguientes la FOTIA quedaría en soledad al romperse el frente único con los gremios azucareros de las demás provincias (FUNTA). Estos aceptaron la propuesta patronal mientras que la FOTIA la rechazó y los acusó de “testaferros de Arrieta, Blaquier y Patron Costas”. Las 62 organizaciones y la CGT declararon entonces un paro nacional el 11 de agosto en apoyo de las demandas de la FOTIA, el que se cumplió con alto acatamiento de los gremios adheridos a las 62 Organizaciones. El ministro Alvaro Alsogaray anunció el cese de la personería gremial del sindicato, argumentando que las medidas de fuerza de la Federación tenían un carácter “extragremial”. Pero la intervención no eliminaba el conflicto y, pese a la medida ministerial, los empresarios siguieron negociando con las autoridades del gremio y ofrecieron una mejora en la oferta por los salarios de los días de huelga. La FOTIA siguió firme con el paro por la negativa de los empresarios de aportar fondos para la asistencia sanitaria y el pago por enfermedad inculpable de los obreros del surco. Finalmente, el 13 de agosto se firmó el acuerdo que daba por levantado el paro, con el triunfo de los huelguistas. Obtuvieron un 70% de aumento, 600$ de pago por los días de huelga, el abono de los salarios familiares y el aporte de fondos para asistencia medica de los obreros del surco; los ingenios también reconocerían el pago por enfermedad inculpable. La huelga le había costado la vida a dos obreros, Manuel de Reyes Olea y Eusebio Ruiz, quién había sido herido en los incidentes y falleció a principios de setiembre.

El 15 de julio, una semana antes del comienzo de la huelga, un grupo de ocho personas del comando 17 de octubre había subido a la selva para organizar la primera guerrilla rural de la Argentina.

La guerrilla de los Uturuncos. Primeros pasos

En el año de 1959 el comando 17 de octubre enfrentó un debate decisivo. Bajo la influencia de Abraham Guillén, a quién apodaban “el maestro” discutieron acerca de la eficacia de los métodos llevados adelante por la resistencia hasta el momento. Según Genaro Carabajal el debate giró acerca del fin de la estrategia insurrecional que habían llevado hasta el momento. Ocurrido el descabezamiento de Cooke y habiéndose producido la huelga general de enero, la que había sido teorizada como el momento para el estallido insurreccional, dichos métodos habían demostrado su fracaso. Menos convencidos aún de que la vía de la semilegalidad abierta con la elección de Frondizi obtuviera algún resultado dado que habían sentido en carne propia la creciente represión que en el caso de Tucumán se cargaría dos obreros en ese año, decidieron que le camino de la lucha armada era el correcto.

El debate provocó la escición de una parte del grupo quiénes en adelante se identificaron con el nombre de Comando Insurreccional Perón o muerte (CIPOM), mientras el resto optaría por el nombre de Movimiento de Liberación Nacional (MLN), Ejército de Liberacion Nacional (ELN). En octubre el primer grupo subió al monte. En Puesto de Zárate, en la base del cerro Cochuna, casi en el límite con Catamarca, ocho hombres cargados con pesadas mochilas iniciaron el ascenso e inauguraron la guerrilla en Argentina. Al mando del grupo estaban Juan Carlos Diaz, el uturunco, Franco Lupi, el Tano y Angel Reinaldo Castro, con el grado de comandantes. Los integrantes de la tropa eran : Juan Silva, alias Polo; Diógenes Romano, alias Búfalo; Miranda, alias Rulo; Villafañe, alias Azucar y Santiago Molina, alias el Mejicano, todos tucumanos. Unos días después subirían León Ibañez y Pedro Anselmo Gorrita González. Tenían escasa experiencia militar pero todos, en algún momento, habían participado en sabotajes y acciones menores. La zona en la que se internaban no era casual y había por lo menos dos motivos para que la guerrilla la eligiera, uno geográfico y otro político: en el lugar, la selva era tan tupida que a duras penas se podía distinguir a un compañero a dos metros de distancia y además, desde allí hasta el ingenio Concepción era todo terreno azucarero. El propósito inicial era modesto, amoldarse al terreno, acostumbrarse a dominar la vegetación y el clima, conocer los caminos secundarios. Las operaciones, decía Díaz, vendrían después, cuando lo dispusiera el Estado Mayor. El armamento era también escaso, una ametralladora PAM, una pistola 45 y un revolver 38 para ocho personas.

Los primeros tiempos los ocuparon en construir refugios y depósitos para los víveres, y a caminar. A los pocos días de estar en el monte decidieron encarar algunas operaciones pequeñas. A fin de mes asaltaron con éxito los destacamentos policiales de Las Banderitas y Alto Verde y bajaron hasta la ciudad de Tucumán para asaltar el puesto policial del Ferrocarril Mitre, del que robaron algunas armas y pocos proyectiles. En la misma noche en que asaltaron el puesto del ferrocarril, se trasladaron a la ciudad de Concepción para tomar el cuartel de bomberos. El operativo comenzó con el incendio de una gomería para atraer la atención. Pero por indecisiones en el desarrollo del operativo lo abandonaron. Inmediatamente atrajeron sobre sí a la policía de la provincia que empezó a tender un cerco en la zona. Progresivamente, el grupo perdió el contacto con el Estado Mayor, por lo que se hizo cada vez mas dificil conseguir alimentos e información. Hasta el mes de noviembre en que fueron descubiertos se alimentaron de frutos silvestres, algún pájaro ocasional o bajaban a las fincas linderas a la sierra para conseguir legumbres. De todas maneras cuidaron de no abandonar el trabajo político “tratando de hacer entender a la gente el porqué de nuestro accionar, los ideales que teníamos. El apoyo que conseguían era de tipo espiritual, porque en esa zona son todos muy pobres y no tienen nada que dar” . El cerco se cerraba. Y por divergencias , Lupi y Díaz comenzaron a desautoriz a Castro. Mientras tanto, Juan Polo Silva y Lupi y Castro se separaron del grupo con el objetivo de buscar un nuevo campamento, más arriba. Pero cuando volvían se perdieron debido a la neblina y a la cerrazón de la selva. En ese momento uno de los puestos de guardia dió la alarma de que se acercaba una patrulla policial. Díaz consideró que no era posible hacerles frente y con los que quedaban agarraron las cosas necesarias, las armas y los documentos y trataron de eludir el cerco. Mientras tanto, Lupi. Silva y Castro regresaron al campamento. No sospecharon pese a que no vieron a sus compañeros montando la guardia y cayeron en la trampa policial.

El balance distaba de ser bueno, el campamento había sido descubierto, tres guerrilleros se encontraban presos y los restantes habían logrado bajar para restablecer el contacto que se había quebrado. Pero la policía ya sabía de la existencia de un grupo guerrillero en la zona del Cochuna, un mes y medio antes de la operación que los llevaría a ser conocidos por la opinión pública nacional: el asalto de la comisaría de Frías.

Un nuevo intento. El asalto a la comisaría de Frías

El Estado Mayor de la guerrilla se reunió en noviembre. Lejos de considerar que la dispersión del primer grupo constituía un fracaso, decidieron encarar una operación mayor que les diera prestigio entre los campesinos y para “ver si los dirigentes peronistas que vivían en Uruguay se decidían a prestar su apoyo” . En apoyo a Juan Carlos Díaz, Angel Castro fue relevado de toda responsabilidad, mientras el Uturunco y Felipe Genaro Carabajal, comandante Alhaja, Pila o Joya, miembro del Estado Mayor y cuñado de Manuel Mena, eran enviados a Santiago del Estero con un grupo de militantes para acompañar a los santiagueños de Félix Serravalle. Este era un hombre audaz y decidido, además de ser un excelente tirador, subteniente de reserva y participante de varios operativos anteriores. Entre los dos consiguieron juntar un grupo de 22 hombres, cuyas edades oscilaban entre los quince y los veinticinco años. Serravalle tenía treinta y cuatro y había elegido como nombre de clandestinidad el de comandante Puma (según él, con dos acepciones: Perón Unico Mandatario Argentino y Por Una Mejor Argentina).

Un mes antes comenzó el entrenamiento en la finca ladrillera de Manuel Paz, en Chumillo. Previamente, algunos habían recibido alojamiento en la casa de José Benito Argibay, ex intendente peronista de la ciudad de La Banda. Mientras tanto concurrían con Serravalle al tiro federal, se cortaban el pelo al rape y conseguían uniformes similares a los del ejército, los tres comandantes de oficiales y el resto, ropa de fajina cocida por mujeres de Santiago del Estero o comprados en la tienda “La Chinche”, en Buenos Aires.

El 23 de diciembre, el grupo de los tucumanos, simulando ser acampantes fueron trasladados en un colectivo prestado por gitanos amigos de Serravalle, hasta Puesto del Cielo, a 35 kilómetros de Santiago del Estero. Allí esperaron hasta el día siguiente en el que fueron recogidos por el camión que los conduciría a Frías, una ciudad de 25.000 habitantes a 160 km. de Santiago del Estero. La noche del 24, Félix Serravalle, Carlos Alberto Gerez y Pedro Adolfo Velardez, tomaron el automovil de alquiler, chapa 3637, de Timoteo Rojo y se hicieron conducir hasta los talleres de Obras Sanitarias, en las calles Gorriti y Patagonia. El camión Ford modelo 1957, chapa 1631, los estaba esperando con el tanque lleno. Los trabajadores de la repartición se lo habían dejado preparado. Con un ardid engañaron al sereno, robaron el camión y se dirigieron a buscar al resto del grupo guerrillero. A las cuatro de la mañana llegaron a Frías y con decisión encararon a la guardia de la comisaría: -¡Ha triunfado una revolución, venimos a hacernos cargo! , dijo Serravalle con tono marcial y vestido de Teniente Coronel. Por ese entonces se comentaba que los militares estaba preparando un golpe militar contra Frondizi. La tropa formó frente a los supuestos militares, sin sospechar. En pocos minutos y sin disparar un tiro, los Uturuncos tomaron la comisaría, a los policías les sacaron las armas y los uniformes y los metieron en el calabozo. A culatazos rompieron la radio policial y cortaron los cables del teléfono. Un agente aseguró después a la prensa que quién los dirigía se hacia llamar comandante Uturunco y el nombre llegó a los diarios. En la huída dejaron el camión abandonado en un lugar llamado El Potrerillo y se internaron en el monte.

Al día siguiente la noticia conmovió la país y fue tapa de todos los diarios de la Capital: un grupo guerrillero peronista al mando del “capitán Uturungo” operaba en la provincia de Tucumán. El ministro del Interior, Alfredo Vítolo, en conferencia de prensa identificó a varios de los asaltantes. El remisero Timoteo Rojo los había denunciado. Por su testimonio las autoridades conocieron la identidad de Félix Serravalle y la de su compadre Carlos Geréz. La policía comenzó entonces una serie de allanamientos. Cuando llegaron a la casa de Serravalle sus familiares dijeron que estaba de viaje. El gobierno comprobó lo que sospechaba: los integrantes de la guerrilla o sus apoyos eran viejos conocidos peronistas de la zona. Con la punta del hilo descubierta, el gobernador de Santiago del Estero, Eduardo Miguel y su par de Tucumán, Celestino Gelsi, comenzaron a desenredar el ovillo y tendieron una trampa a los guerrilleros. Mediante un comunicado oficial, los diarios informaron que se libraban graves combates con la policía en las inmediaciones de la ciudad de Concepción de Tucumán. En el comunicado se afirmaba que “las acciones son encarnizadas y hay muchas bajas” . Los padres de los menores, preocupados por su suerte y temerosos de que les hubiera sucedido lo peor se presentaron para recibir información; así, el gobierno conoció las identidades de seis de ellos. Entretanto, la policía provincial comenzó a tender el cerco a partir del lugar donde fue encontrado el camión.

En el monte, los guerrilleros caminaban y esperaban. El 28 de diciembre atacaron a tiros un jeep de la policía en el kilómetro 39 de la ruta 65, el que huyó sin intentar respuesta. Según el relato de Serravalle:

“Y agarramos y empezamos a caminar para el norte; cuando vos subes los cerros que son de 3500 metros más o menos de altura, es la zona boscosa que es la que te ofrece cubierta contra los vuelos y todas esas cosas, no tenemos ningún problema, agarramos la espina dorsal y empezamos a caminar, y a caminar, y a caminar, y bueno...primero se bajó Velardez que era el chofer del camión, se entregó a la policía”

Efectivamente, Pedro Velardez, quién había conducido el camión, fue el primero en abandonar a sus compañeros y se entregó a la policía. A partir de su delación se conocieron más detalles del grupo que estaba en los cerros y un dato adicional: en el campamento guerrillero cundía el desaliento al verse rodeados por la policía. En los días posteriores al asalto y hasta fin de año pasaron por las localidades de Arcadia, Alpachiri, Alto Verde y se dedicaron al trabajo político, a explicar las causas del levantamiento, su lucha por el retorno de Perón. Pero el cerco comenzaba a cerrarse. El 31 de diciembre las madres de los muchachos más jóvenes radiaron por la emisora LV12 un mensaje para sus hijos en los que les pedían angustiosamente que bajaran del monte. Las bajas temperaturas nocturnas, la escasez de alimentos, el cerco policial y las suplicas paternas minaron la moral de los más débiles. Además, muchos creían que eran sólo una parte de un operativo más vasto en el que se levantarían varios frentes adicionales, pero al retrasarse estos acontecimientos, la moral decayó.

Finalmente, el 1º de enero, los policías vieron descender desde lo alto de la montaña a cuatro jóvenes que iban en busca de víveres y agua y los detuvieron sin oponer resistencia. Un rato más tarde se entregaron otros cinco, que habían obtenido el permiso de sus jefes de bajar respondiendo al llamado de sus padres . El mismo día, a pocos kilometros de Concepción, fue detenido Juan Carlos Díaz. Según su relato había bajado unos días antes con el comandante Alhaja, José Genaro Carabajal para contactar con un nuevo grupo de combatientes, pero cuando estaban cruzando un río fue arrastrado por la corriente aguas abajo perdiendo el contacto con su compañero. Medio atontado, con su ropa en jirones y las botas destrozadas, fue guiado por gente de la zona por donde no hubiera patrullas. Pero fue delatado y capturado, por los dichos del chofer ya sabían que se trataba del uturunco. Dos días después, una patrulla policial encontró dormidos a dos jóvenes más en el límite con Catamarca. Se trataba de Roberto Anaya, de 18 años, alias loco Perón y René Fernández, ambos tucumanos. Al ser descubiertos, Anaya se entregó pero Fernández logró huir hasta Concepción y tomó un micro hasta la ciudad de Tucumán, pero al bajar se le diparó un tiro que lo hirió en el muslo. Fue detenido en el hospital Padilla al que había concurrido para curarse. Otros dos, Américo Moya y Tomas David Soraide, que fueron encontrados por sus padres en la selva del Aconquija, también se entregaron.

En las ciudades muchos miembros de la red fueron detenidos y sus domicilios allanados. Entre otros, fueron apresados Manuel Paz y su hijo Carlos Raimundo, dueños de la ladrillera; Melitona Ledesma, dueña de una librería que había sido denunciada por entregar a la guerrilla la noche del 24 enseres, ropa y víveres; José Benito Argibay; el dr. Humberto Carral Tolosa, ex intendente de Santiago del Estero; Luis Hector Frías, técnico en radio; Clemiro Gómez, dirigente sindical de prestigio entre los ferroviarios. Las delaciones no fueron la única causa del parcial descubrimiento de los contactos, resulta obvio que el gobierno conocía parte del hilo del que ahora tiraban a causa de la previa existencia del comando 17 de octubre. Las detenciones debilitaron aún más la situación de los que aún quedaban arriba. El Puma Serravalle, decidido a no entregarse intentaba romper el cerco con los siete hombre que aún le quedaban . La policía creía que el grupo se dirigía a Catamarca y extremó el patrullaje en esa zona. Pero Serravalle forzó la marcha y, en un día, caminando a paso forzado cincuenta kilómetros, bajaron en Tucumán, en la zona del ingenio Providencia donde fueron protegidos en casas de obreros del ingenio que aún permanecían seguras. Tenían los pies destrozados y eran fácilmente reconocibles. Sin embargo, lograron romper el cerco y llegar hasta el barrio 24 de noviembre, en Tucumán. Allí les dieron refugio en el prostíbulo de la Turca Fernández y en una iglesia donde se encontraron con Manuel Mena, quién los recibió quebrado por la emoción.

En diciembre de 1959, mientras los Uturuncos asaltaban Frías, el gallego Mena y Guillén se encontraban en Buenos Aires buscando apoyos. John William Cooke delegó en su compañera Alicia Eguren la ayuda a los Uturuncos. En la red política de Buenos Aires también trabajaba Enrique Oliva. Por intermedio de ella Mena pudo contactar a un grupo numeroso de militantes de la Juventud Peronista de diversos grupos e las zonas de San Martín y Pompeya. En Buenos Aires, los diversos grupos de la juventud peronista se habían mostrado fervorosos partidarios de los uturuncos y se entusiasmaron con participar en la guerrilla. Organizaron grupos de apoyo, colectaron plata y muchos de ellos viajaron a Tucumán para unirse a ella . El “gallego” Mena los reunió con la idea de formar un tercer grupo y subir al monte luego de las detenciones producidas por el asalto a Frías. Habían transcurrido dos meses, Serravalle se encontraba prófugo y Mena, siempre activo, no abandonaba la idea de la creación de un frente guerrillero permanente. En Tucumán, sin embargo se vivía un clima de represión que dificultaba a la red prestarle apoyos, domicilios seguros, comida y elementos a las decenas de muchachos que querían participar subiendo al monte. Finalmente, el 10 y 11de marzo la policía dio con uno de los refugios de los porteños, el ya conocido prostíbulo de la Turca Fernández y el domicilio de Manuel Haro, deteniendo a varias personas que se encontraban reunidas, entre ellos a Luis Rojas, alias Zupay, que había participado de la toma de la comisaría . En el procedimiento se secuestraron armas, municiones, granadas, mantas, botas y camisas con las sigla ELN (Ejército de Liberacion Nacional). Dias después, Manuel Enrique Mena fue detenido junto con Enrique Oliva y otros compañeros cuando intentaban subir a la montaña.

En ese comienzo del año 1960, los comandos urbanos del peronismo intensificaron sus acciones de sabotaje: el 15 de febrero fue colocada una bomba en el depósito de Shell-Mex en Córdoba, incendiando 4 millones de litros de combustible y dejando 13 víctimas; el 11 de marzo una bomba destruyó la casa del oficial de la SIDE, David Cabrera, activo represor, dando muerte a su pequeña hijita de 3 años; el día 13 ocurrió una explosión en la planta de gas de Mar del Plata; ese mismo día el cabo del Ejército Manuel Medina, que estaba detenido, se “tiró” de una ventana de Coordinación Federal dando vivas a Perón. El 14 de marzo, debían realizarse las elecciones que renovarían la mitad de la Cámara. Unos días antes, Arturo Frondizi ordenó la ejecución del plan CONINTES (Conmoción Interna del Estado). El país fue dividido en zonas operativas y se sometió a tribunales militares a todos aquellos acusados de terrorismo. Días después, los diarios anunciaron que se habían efectuado 1600 allanamientos y que habían sido detenidos miles de militantes peronistas. Las elecciones se realizaron en órden y volvió a triunfar el voto en blanco propiciado por Perón.

El incansable “Puma” Serravalle comenzó entonces a planificar la forma de liberar a sus compañeros presos en la cárcel de Concepción, pero el 1º de abril mientras viajaba por Tucumán con documento falso fue detenido y juzgado por los tribunales militares del CONINTES . Era el fin. Sin haber recibido apoyo de Perón y de los dirigentes peronistas que se manifestaron ajenos a la empresa guerrillera y los acusaron de aventureros y portadores de “ideologías extrañas a la tradición cristiana de nuestro movimiento”, con los principales líderes en prisión  y aplastados por la represión del Plan Conintes, la guerrilla quedó al mando de Genaro Carabajal, el Pila o Alhaja, quién aón no había sido detenido.

Pese a todo, el Pila reunió un nuevo grupo de militantes entre los porteños y algunos tucumanos y nuevamente intentó reinstalar el movimiento en la montaña. En el mes de junio de 1960 la policía, quién por la aplicación del Plan Conintes había sido reforzada con tropas de Infantería del Ejército descubrió el campamento guerrillero y detuvo a todos los militantes presentes. En el enfrentamiento, uno de los pocos entre los Uturuncos y la represión fue herido en la pierna Santiago Molina, el mejicano, mientras intentaba una fugaz resistencia.

Los tribunales militares fueron duros con los cabecillas de la rebelión. Manuel Enrique Mena fue condenado a 7 años de prisión. Antes de cumplir los tres se fugó del hospital carcelario del Chaco y viajó a La Habana donde se entrevistó con el Che, sin ponerse de acuerdo sobre la estrategia a encarar. En 1970 vivía en San Justo en un humilde barrio obrero, donde con sus manos estaba levantando su casa. Murió de cáncer el 14 de julio de 1970. Juan Carlos Díaz, el “uturunco” fue condenado a 7 años. Los menores de edad fueron derivados a los Tribunales de Menores, excepción hecha a Luis Uriondo, quién dado su parentesco con el general Uriondo, su padre, fue devuelto a su familia . Félix Serravalle cumplió la condena que le aplicaron los tribunales Conintes, tres años y siete meses en varias prisiones. José Luis Rojas, el Zupay, participaría en la experiencia guerrillera de las Fuerzas Armadas Peronistas y sería nuevamente detenido en Taco Ralo, Tucumán, en 1968. Una enfermedad lo dejó postrado y falleció hace algunos años en Tucumán y en la pobreza.

Bibliografía SALAS, Ernesto: Uturuncos. El origen de la guerrilla peronista, Buenos Aires, Biblos, 2003 MORALES, Emilio: Uturunco y las guerrillas en Argentina, Montevideo, SEPE, 1964. Entrevista de Otelo Borroni a Juan Carlos Díaz, en Siete Días, 24 de junio de 1973 ROMANO, Graciela del Valle: FOTIA y la huelga azucarera de 1959, Buenos Aires, 1994 (mimeo)

Segundo intento de guerrilla[editar]

Símbolo de Uturuncos.

Un nuevo intento fue realizado por algunos de sus sobrevivientes, un grupo de guerrilleros tucumanos, en 1963. Pero luego de permanecer unos cuatro meses en las montañas, finalmente desistieron. Este segundo contingente sustentaba ya varios aspectos distintos de la inicial intentona. En especial, ciertas tendencias a actuar con base en pautas marxistas-leninistas.

Referencias[editar]

  1. Salas, Ernesto (2003). Uturuncos. El origen de la guerrilla peronista. Biblos.