El sabor de las cerezas

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El sabor de las cerezas (en persa طعم گیلاس, Taʿm-e gilâs) es una película iraní escrita y dirigida por Abbas Kiarostami. Está protagonizada por Homayon Ershadi, que interpreta a un hombre de mediana edad que ha decidido suicidarse y busca a alguien que se comprometa a enterrarlo. Se estrenó en la 50ª edición del Festival de Cannes, donde ganó la Palma de Oro ex-aequo con La anguila de Shohei Imamura.[1]

Argumento[editar]

El señor Badii conduce por Teherán en busca de alguien que acceda a realizar cierto trabajo para él a cambio de una gran suma de dinero. Durante sus conversaciones con los posibles candidatos, revela que su plan es suicidarse y que incluso ha cavado su propia tumba, por lo que sólo necesita encontrar un hombre dispuesto a enterrar su cuerpo sin vida.

Premios y nominaciones[editar]

Año Premio Categoría Resultado
1997 Festival de Cannes[1] Palma de Oro Ganadora
1998 Sociedad de Críticos de Cine de Boston[2] Mejor película en lengua extranjera Ganadora
1999 Sociedad Nacional de Críticos de Cine de Estados Unidos[3] Mejor película en lengua extranjera Ganadora
Asociación de Críticos de Cine de Chicago Mejor película en lengua extranjera Nominada
Premios Cóndor de Plata[4] Mejor película extranjera de habla no hispana Nominada

Kiarostami brinda un homenaje a Bergman[editar]

Realizada en 1997, “El sabor de las cerezas” (Ta’m e Guilass) del realizador Abbas Kiarostami, nacido en Teherán en 1940, guarda un enorme paralelismo con la película “Fresas silvestres” (Smultronstället) de 1957 del director sueco Ingmar Bergman (1918-2007). En la primera un hombre de mediana edad (Homayon Ershadi) quiere suicidarse y recorre con su coche las colinas polvorientas de las afueras de Teherán buscando a alguien que lo entierre si lo consigue. Así durante toda una tarde, intenta convencer sucesivamente a un soldado iraní, un seminarista afgano y por último a un taxidermista turco. Siendo éste el único que accede a ayudarle, pero, sobre todo, a hacerlo dudar en su intención de suicidarse. El turco le habla sobre su propio intento de suicidio en el pasado y cómo, gracias al simple sabor de las cerezas arrancadas de un árbol, prefirió seguir viviendo. En la película de Bergman, el viejo profesor Isak Borg y su nuera, Marianne, parten en coche para asistir a una ceremonia en la que aquél recibirá un doctorado honoris causa. Durante el camino, al pasar junto al hogar de su infancia, el profesor recoge algunas fresas silvestres. En ese momento, debido al sabor de las mismas, recuerda al amor de su vida: una muchacha a la que nunca se atrevió a amar en su juventud. Finalmente, esta travesía se convierte en un viaje de memorias y reencuentros, con reflexiones sobre el miedo a la muerte y la soledad, para replantear su existencia, hasta entonces desprovista de emoción, pasión y espontaneidad. En Suecia, las fresas silvestres son consideradas un símbolo de regeneración y de la llegada de la primavera, algo que pone de manifiesto el carácter básicamente positivo de la película de Bergman que, en buena parte, se ocupa en mostrar todas las oportunidades perdidas por el profesor, siempre frío y distante, al que le cuesta mucho responder a la calidez humana, pero que terminará por comprender su valor. En Teherán, ciudad capital de Irán, las cerezas pueden ser consideradas como un fruto poco común y difícil de hallar, de sabor agridulce; una metáfora perfecta para nuestro héroe anónimo que decepcionado de la vida busca librarse de ella, pero que al balancear lo agrio y dulce de ésta, decide continuar vivo. Dos películas, dos visiones, separadas en el tiempo por cuarenta años que van de 1957 a 1997. Dos directores, ambos importantes para la historia del cine. Un solo tema: la existencia vitalista del hombre.

Un suicida anónimo[editar]

En “El sabor de las cerezas” (1997) de Abbas Kiarostami, nuestro protagonista anónimo intenta suicidarse amenazando con tragar una enorme cantidad de somníferos, pero quiere asegurar que sea enterrado, por lo que busca ayuda con un joven militar, un seminarista y un taxidermista. Pero en los tres casos las renuencias son muy fuertes, debido a la oposición que enfrenta esta práctica por casi cualquier religión.

El suicidio dentro de las principales religiones[editar]

Las religiones han gastado incontables páginas y discursos para reflexionar acerca del suicidio. La judía, como la inmensa mayoría, lo prohíbe: el cuerpo le pertenece a Dios. Queda prohibido suicidarse o contribuir al acto: quien lo haga será considerado asesino. Al suicida se le entierra cerca de las paredes del cementerio, es decir, se le castiga, se le excluye. En el hinduismo el suicidio es mal visto, aunque se acepta que las personas con una preparación espiritual avanzada cometan eutanasia voluntaria. Para los musulmanes la vida es sagrada: Dios es origen y destino. La muerte solo sucede por voluntad de Dios. Tanto el suicidio como la eutanasia quedan proscritos. Los teólogos y filósofos cristianos no encuentran ninguna razón atenuante a favor del suicidio. Es un acto personal y egoísta. San Agustín lo resume con brillantez: “el que se mata a sí mismo es un homicida”. Es decir, el suicidio es un hecho ominoso que conlleva la misma responsabilidad que matar al prójimo. Las religiones siempre han cohabitado con el ser humano. Su mirada y su acercamiento al problema no han variado. Siempre lo han prohibido. El suicidio es visto como un pecado por la iglesia católica ya que el "no matarás bíblico también le aplica a uno mismo". El Budismo no ve la muerte como el fin de la vida, sino simplemente como una transición; el suicidio no es, por lo tanto, un escape de nada." De ahí que en los primeros tiempos de la historia del budismo, hace unos 2500 años, el suicidio fuera visto como una "acción inapropiada" en el caso que fuera hecha con el fin de huir de los problemas de esta vida. Sin embargo: "los textos budistas tempranos incluyen muchos casos de suicidio que Buda mismo aceptó y perdonó. Por ejemplo, los suicidios de Vakkali (SuttaVibhanga, Vinaya III) y de Channa (MajjhimaNikaya III) se cometieron a causa de enfermedades dolorosas e irreversibles Existen muchas anécdotas registrada en diferentes sutras donde Buda acepta, por diferentes razones, el suicidio de adeptos. En todas ellas lo común es la voluntad de no escapar a un problema, o ser el resultado de la cólera o el miedo.

Referencias[editar]

  1. a b «Festival de Cannes, palmarés de 1997» (en inglés). Consultado el 19 de diciembre de 2010.
  2. «BSFC winners» (en inglés). Boston Society of Film Critics. Consultado el 21 de diciembre de 2010.
  3. «Past awards» (en inglés). National Society of Film Critics. Consultado el 21 de diciembre de 2010.
  4. «Ganadores de la 47 entrega de los premios Cóndor de Plata» (en español). Asociación de cronistas cinematográficos de la Argentina. Consultado el 21 de diciembre de 2010.

Enlaces externos[editar]