El suicidio

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El suicidio. Estudio de sociología (1897) (en francés: Le suicide. Étude de sociologie) es una de las más importantes obras del sociólogo francés Émile Durkheim que trata sobre el suicidio como fenómeno social. Con ello rompe la tendencia tradicional de considerarlo como un fenómeno estrictamente individual y por ende sólo como objeto de la psicología o de la moral.

Tesis y argumentos principales de la obra[editar]

Como su nombre indica, es un estudio sobre el suicidio, pero la gran novedad es que Durkheim considera éste desde el punto de vista de la tasa anual de suicidios que existe en varios países europeos desde la sexta década del siglo XIX. Esto es, desde un punto de vista social. Analizando esas tasas, se percata de que suelen mantenerse constantes o con cambios muy leves a lo largo de prolongados períodos. Igualmente, los picos o los valles acusados en las gráficas corresponden con acontecimientos como guerras o depresiones económicas.

También se percata de que la tasa de suicidios es diferente de unos países y de unas comunidades a otras. Por ejemplo, en las sociedades católicas había menos suicidios que en las sociedades protestantes, pero entre los judíos todavía menos que entre los católicos.[1] El suicidio es ante todo un hecho social y sus causas son antes sociales que individuales o netamente psicológicas. Desde Durkheim es un clásico decir que los suicidios son más raros entre los católicos y los judíos que entre los protestantes, pero hay que tener en cuenta que puede ser que los católicos no declaren los suicidios justamente por razones religiosas (esta última especulación no pertenece a Durkheim)[2] El anterior es sólo un ejemplo. Durkheim no sólo estudia las diferencias según religión sino según matrimonio, hijos, grupos profesionales, género, edad, grupos políticos, tipo de sociedad o de medio social, etc. Ello le permite ver las diferentes causas sociales del suicidio, que son las determinantes, y establecer para cada tipo de causa un tipo de suicidio diferente. Durkheim distingue cuatro tipos de suicidio:

  • Suicidio egoísta
  • Suicidio altruista
  • Suicidio anómico
  • Suicidio fatalista (casi sin mencionar)

El suicidio egoísta tiene lugar cuando los vínculos sociales son demasiado débiles para comprometer al suicida con su propia vida. En ausencia de la integración de la sociedad, el suicida queda libre para llevar a cabo su voluntad de suicidarse. Su excesivo individualismo, producto de la desintegración social, no le permite realizarse en cuanto individuo social que es, lo tiene insatisfecho y, puesto que para él la finalidad de la vida sólo puede estar en la propia persona, como ésta no le alcanza, tiende a perder el sentido de la vida y a despreciarla. Esta forma de suicidio suele darse más en las sociedades modernas, en las que la dependencia de la familia y de la religión es menor que en las tradicionales.

Una de las conclusiones a las que llega Durkheim a partir de lo anterior es que en las sociedades y las comunidades que tienen más cohesión y solidaridad orgánica, la tasa de suicidios será menor, justamente porque la estrecha conexión con el grupo al que se pertenece es un freno de la voluntad de suicidio. Eso explicaría datos como, por ejemplo, que los judíos se suicidaran menos que los católicos: según Durkheim, es la persecución y el aislamiento de que históricamente han sido objeto la mayor parte de las comunidades judías en Europa lo que hizo que los individuos se volvieran más dependientes y unidos unos con otros. Una explicación parecida es la que reciben hechos como que en los países católicos la tasa de suicidios fuera menor que en los protestantes, pues las sociedades y comunidades de éstos son más individualistas.

El suicidio altruista es el causado por una baja importancia de la individualidad. Es el tipo exactamente opuesto al egoísta o individualista. Durkheim pone el ejemplo de muchos pueblos primitivos, entre quienes llegó a ser moralmente obligatorio el suicidio de los ancianos cuando ya no podían valerse por sí mismos. En las sociedades tribales también es común que las viudas tengan el deber moral de matarse cuando mueren sus esposos, lo mismo que los sirvientes o fieles de un jefe, príncie o rey cuando éste muere. El ejemplo moderno es el ejército. Durkheim destaca que en los países donde los civiles se suicidan más (por el suicidio egoísta), en el ejército se suicidan menos, y viceversa, debido a las causas diametralmente opuestas de ambos tipos de suicidio.

El suicidio anómico es aquel que se da en sociedades cuyas instituciones y cuyos lazos de convivencia se hallan en situación de desintegración o de anomia. En las sociedades donde los límites sociales y naturales son más flexibles, sucede este tipo de suicidios. Por ejemplo, en los países donde el matrimonio tiene un peso menor, por la existencia del divorcio, el suicidio es mayor. Es el suicidio de las sociedades en transición. Otros ejemplos son los del comercio y la industria, donde el cambio (y por lo tanto, también el suicidio anómico) es crónico.

El suicidio fatalista, que se produce allí donde las reglas a las que están sometidos los individuos son demasiado férreas, de modo que éstos conciben y concretan la posibilidad de abandonar la situación en la que se hallan. Es el tipo exactamente opuesto al anómico. Las sociedades esclavistas serían ejemplos de medios en los que se da este suicidio.

Introducción[editar]

Apartado I[editar]

Durkheim inicia su obra señalando la necesidad de que los términos utilizados por los investigadores sean científicamente definidos y no tomados acríticamente del uso vulgar. Las palabras, tal como son usadas ordinariamente, resultan por lo general ambiguas en su significado y, al surgir de una clasificación inconsciente generada a partir de impresiones confusas, no refleja la verdadera naturaleza de las cosas. Así resulta que se nombran con el mismo término cosas esencialmente distintas al tiempo que cosas afines son designadas con diferentes nombres. Una clasificación científica deberá, por el contrario, mediante un análisis metódico y consciente, adecuar los términos a la realidad: que las cosas afines y comparables sean reunidas bajo un mismo término (pues el científico explica comparando) mientras que las que no lo son sean también diferenciadas por el lenguaje.[3]

Este precepto metódico es inmediatamente aplicado por Durkheim al objeto de estudio principal de su obra: el suicidio. Estamos de acuerdo en que el suicidio es un tipo de muerte. Ahora bien, habrá que definir la palabra "suicidio" de modo que contenga en su definición los caracteres comunes a todas las muertes que son efectivamente suicidios y que sean específicos de ese tipo de muerte y no de otros. Además, se requiere que estos caracteres sean observables para cualquier individuo (lo que garantiza su objetividad) y que sean, aunque no idénticos, sí lo suficientemente próximos a los caracteres aludidos en el uso ordinario (lo que garantiza que pueda usarse el mismo término y no otro).[4]

La definición que Durkheim da de "suicidio" es la siguiente: «Se llama suicidio a todo caso de muerte que resulte directa o indirectamente de un acto positivo o negativo, ejecutado por la propia víctima, a sabiendas de que habría de producir este resultado».[5] Analicemos parte por parte. Un suicidio es un tipo de muerte ejecutado por la propia víctima, es decir que se trata de una persona que se da muerte a sí misma. Esta muerte puede resultar de un acto positivo o negativo, es decir, por acción o por omisión: «Lo mismo se mata uno rehusando alimentarse [acto negativo] que destruyéndose por el hierro o por el fuego [acto positivo][6] Además de por un acto positivo o negativo, la muerte puede resultar directa o indirectamente de ese acto. El acto es directo si es la causa inmediata de la muerte, mientras que es indirecto si es la causa de una cadena de efectos que acabarán en esa muerte: «El iconoclasta que para merecer la palma del martirio comete un crimen de lesa majestad que sabe capital, y que muere a manos del verdugo [acto indirecto], es tan el autor de su propio fin como si él mismo se hubiera asestado el golpe mortal [acto directo]».[7]

Ahora bien, todavía resta explicar un elemento de la definición dada, pues hasta aquí se seguirían incluyendo bajo la categoría de suicidio acciones que no lo son, por ejemplo «la muerte del alucinado que se precipita desde una ventana elevada porque la cree al mismo nivel del piso».[8] Nos sentiríamos tentados a decir que, para excluir estos actos, tenemos que decir que todo suicidio debe ser un acto voluntario, es decr, realizado con la finalidad expresa de conseguir ese resultado. Sin embargo, Durkheim rechaza ese criterio por tres razones: primero, tiene que ver con los móviles psicológicos, los cuales no son fácilmente observables (a veces ni siquiera para el sujeto mismo) y por ende no permiten cumplir con el requisito de objetividad; segundo, es inválido porque un acto no puede ser definido por su finalidad: un mismo conjunto de movimientos pueden hacerse con diversos fines; tercero, no podríamos hablar de suicidio para muchos casos que son generalmente aceptados como suicidios, tales como el del «soldado que corre a una muerte cierta para salvar a su regimiento [y que] no desea morir (...) el del mártir que muere por su fe, el de la madre que se sacrifica por su hijo, etc.»[9] El criterio objetivo correcto que permite completar la definición del suicidio es que la acción fue hecha por el individuo a sabiendas de que habría de producir el resultado de su propia muerte, la haya querido a esa muerte por sí misma o la haya aceptado sólo como consecuencia inevitable de lo que hacía. Determinar si el individuo era consciente o no de esas consecuencias sí es posible objetivamente.[10] Este último criterio establece la imposibilidad de hablar de "suicidio animal", porque para Durkheim los animales sólo actúan o dejan de actuar por instinto y no pueden ser conscientes de la muerte para anticiparla como consecuencia de sus actos.[11]

Además, queda en evidencia que los suicidios no son monstruosidades ajenas a cualquier conducta normal: «No son otra cosa que la forma exagerada de prácticas usuales», [12] prácticas usuales que sólo se diferencian del suicidio por una cuestión de grado consistente únicamente en que la certeza de la muerte es menor: «Si un hombre expone a sabiendas su vida por otro, pero sin que sea seguro un desenlace mortal, no es por cierto un suicida, ni aun si llegara a morir, como tampoco lo es el imprudente que juega resueltamente con la muerte, aun tratando de evitarla, o el apático que, por no estar vivamente apegado a nada, no se toma el trabajo de cuidar su salud y la compromete con su negligencia».[13] Ahora bien, en estos casos, «toda la diferencia [con los suicidios] estriba en que las probabilidades de morir son menores».[14]

Apartado II[editar]

En la segunda parte de la Introducción, Durkheim se propone -ya definido el objeto de estudio- demostrar que ese objeto, el suicidio, pese a que suele considerárselo siempre como un fenómeno estrictamente individual, puede también estudiárselo desde un punto de vista sociológico como un hecho social.[15] Esto lo establece mediante la presentación de datos estadísticos múltiples. Estos datos revelan que la tasa de suicidos de una sociedad (proporción de suicidas con respecto a la cantidad de personas de esa sociedad), considerada en un tiempo dado, se mantiene relativamente constante, especialmente comparando cada año con el siguiente. Esta constancia es incluso mayor a la que presenta la tasa del fenómeno demográfico fundamental de la mortalidad y se explica por el hecho de que las condiciones sociales se mantienen sustancialmente las mismas de un año al otro.[16]

Además, cuando la tasa de suicidios, considerada en períodos más largos, varía, lo hace progresivamente y por ondas distinguibles que a su vez pueden correlacionarse con fenómenos sociales contemporáneos. Y cuando presenta cambios bruscos -que son excepcionales-, coincide con períodos críticos agudos de la sociedad que los explican. Por último, y a diferencia de la tasa de mortalidad que es similar en toda Europa occidental, la tasa de suicidios presenta características peculiares en cada país (respecto a magnitud y variaciones), lo que refuerza la idea de que son condiciones sociales particulares las que explican el suicidio.[17] Durkheim concluye: «Cada sociedad tiene, pues, en cada momento de su historia, una aptitud definida para el suicidio».[18] Estas tesis, presentadas sumariamente en la introducción, será naturalmente tarea del tratado demostrarlas (en concreto, deberán demostrarse las tendencias, condiciones y causas sociales del suicidio como fenómeno social, es decir, de la tasa de suicidios). Al menos queda establecida la pertinencia de un tratamiento sociológico del suicidio,[19]

Libro I: Los factores extrasociales[editar]

Este primer libro se ocupa de demostrar que ningún fenómeno extrasocial, por más que incida en tal o cual suicidio, puede influir en el fenómeno del suicidio como fenómeno global. Su influencia quedará en evidencia como prácticamente nula.[20] Los factores extrasociales aislados ya quedaron refutados por las estadísticas mostradas en la introducción, porque no hay forma de que con su aislamiento puedan explicar tendencias tan marcadas y amplias.[21] Queda por ver si no hay algún factor extrasocial lo suficientemente generalizado como para que pueda dar lugar a tendencias globales. Un factor tal sólo puede consistir o bien en ciertas disposiciones orgánico-psíquicas del individuo suicida o bien en influencias del medio ambiente sobre ese individuo. Esas diferentes alternativas serán analizadas en los distintos capítulos de este primer libro.[22]

Capítulo 1: El suicidio y los estados psicopáticos[editar]

Los primeros factores extrasociales a analizar serán, dentro de la categoría de disposiciones orgánico-psíquicas, las enfermedades. Se requerirá, antes que nada, para que una enfermedad sea candidata como causa de la tasa de suicidios, que sea constante en cada sociedad y variable según se considere una sociedad u otra. Con esas condiciones cumple la locura o enfemedad mental. Lo que debe determinarse a continuación es si hay locura en el suicidio. Varios psiquiatras consideran que sí, pero conciben la cuestión de diferente forma: o bien consideran que el suicido es consecuencia de enfermedades mentales muy diversas o bien que el suicidio es en sí mismo una enfermedad mental específica.[23]

La primera tesis es indemostrable: no importa cuántos casos se aduzcan de suicidas que padecen enfermedades mentales, siempre podrá encontrarse uno que no esté loco (de hecho, la mayoría no lo está). Por consiguiente, aun cuando no recibiera pruebas en contra, es una hipótesis que no tiene valor científico. En cuanto a la segunda tesis, sí es demostrable. Para ello debe poder identificarse el tipo de enfermedad que sería la tendencia al suicidio como un tipo con unas características y una evolución peculiares que la distinguirían del resto y permitirían reconocerla. Ahora bien, puesto que la tendencia al suicidio es una tendencia especial y definida, la locura en que él consistiría sólo puede ser una locura parcial y limitada a un solo acto (el de darse muerte a sí mismo). Este tipo de enfermedades mentales recibe en psiquiatría el nombre de "monomanía" y de hecho es como tal que los psiquiatras que defienden la segunda tesis consideran al suicidio.[24]

Las monomanías son enfermedades mentales en que toda la conciencia del individuo se encuentra sana y sin alteraciones en el funcionamiento intelectual salvo en un único punto. Este único punto consiste en una idea falsa muy intensa que genera una pasión harto exagerada y se impone sobre el resto de las actividades mentales. «[Al monomaníaco] le asalta a veces, por ejemplo, un deseo absurdo e inmotivado de beber, o de robar, o de insultar; pero el resto de sus actos, así como de sus pensamientos, muestra una rigurosa corrección.»[25] El suicida parecería concordar con este cuadro: es una persona perfectamente sana pero presa de una pasión anormal que lo domina.[26]

Sin embargo, la objeción fundamental a estas consideraciones es la tendencia actual a admitir que simplemente no existen monomanías. En efecto, ni se ha observado un solo caso concluyente de un loco afectado en una única facultad mental, idea o pasión; ni teóricamente se acepta ya una división tajante entre las facultades de la mente sino que se reconoce su estrecha interconexión. De hecho, la observación permite establecer que todo supuesto monomaníaco presenta, ya en el momento del examen ya en otra fase, toda una variedad de facultades afectadas, ideas fijas, pasiones anormales, raciocinios mal efectuados, conductas sin continuididad, desequilibrios, etc. Lo que hay de hecho es un estado mental anormal general -ya sea de exaltación excesiva, depresión extrema o perversión general- del cual el delirio supuestamente monomaníaco es sólo una expresión temporaria y superficial.[27] En conclusión, el suicidio no es una enfermedad sui generis.

¿Queda alguna posibilidad de que el suicidio, aunque no sea locura, sólo pueda ocurrir en la locura?[28] En efecto, existen muchos suicidios patológicos. Sin embargo, hay que establecer si esa frecuencia es suficiente para establecer la mencionada posibilidad. Para ello deben clasficarse todos los suicidios patológicos y ver si esa clasificación agota a todos los tipos de suicidios.[29] Durkheim considera, siguiendo a Jousset y Moreau de Tours, que hay cuatro clases de suicidios patológicos: el suicidio maníaco, producido por alucinaciones o concepciones delirantes que inducen a una persona a quitarse la vida y que aparecen y se van de repente; el suicidio melancólico, que también se debe a ideas falsas pero constantes y que tienen que ver con que una extrema depresión hace al individuo no tener una apreciación juiciosa de la vida y considerar que es mejor abandonarla; el suicidio obsesivo, que a diferencia de los anteriores no presenta motivos, ni reales ni imaginarios, sino que consiste en la idea fija de la muerte que se apodera progresivamente del espíritu y tortura al individuo hasta que éste decide matarse; por último, el suicidio impulsivo, que también carece de motivos pero en este caso no consiste una una idea fija sino en un impulso brusco e irresistible de querer matarse.[30] Como se ve, en todos estos casos o bien se dan motivos imaginarios (los dos primeros casos) o bien no hay motivos en absoluto (los dos últimos casos). Sin embargo, la mayoría de los suicidas tiene motivos e incluso motivos reales y objetivos. En conclusión, el suicida no es un enfermo mental.[31]

Con todo, hay que examinar el caso de los neurasténicos. Éstos no son locos propiamente dichos pero su patología es, aunque mucho más leve, de la misma esencia que la locura. Podría inferirse entonces que, si la locura es capaz de producir suicidios a veces, la neurastenia también. Y, en efecto, el neurasténico es una persona que, por tener una constitución nerviosa demasiado débil y delicada, es extremadamente propenso al sufrimiento y a la inestabilidad moral, mental y social. Esto, sumado a que la neurastenia es más general que la locura y probablemente la patología más prevaleciente entre los suicidas, podría llevarnos a pensarla como posible causa global de los suicidios.[32]

No hay estadísticas sobre la neurastenia, pero sí sobre la locura, y aquélla varía conjuntamente con ésta. Tenemos que ver si hay una correlación estadística entre las variaciones de los suicidios y las variaciones de la locura.[33] Y bien, todas las estadísticas se pronuncian en contra: hay 55 mujeres en asilos para enfermos mentales por cada 45 hombres, pero se suicidan sólo 20 mujeres por cada 80 hombres;[34] hay muchos más enfermos mentales entre los judíos que entre los protestantes y los católicos, pero los judíos se suicidan muchísimo menos que los protestantes y menos que los católicos;[35] la tendencia al suicidio crece con la edad y llega a su pico en la vejez (dos o tres veces más que en la madurez), mientras que la locura prevalece en la madurez y llega en la vejez a su punto más bajo;[36] ; no hay correlación entre suicidios y enfermos mentales considerando los diferentes países: en algunos con elevada tasa de suicidios hay pocos locos y en otros a la inversa;[37] en las sociedades tribales (Durkheim las llama "inferiores") hay pocos enfermos mentales pero ocurren muchos suicidios.[38] En conclusión, como la locura no está correlacionada con el suicidio, la neurastenia, que varía conjuntamente con aquélla, no lo está tampoco. Como sí prevalece entre los suicidios patológicos, hay que reconocer que la neurastenia es un terreno propicio a la influencia de las causas sociales que determinan el suicidio. Pero si esas causas no ocurren, la neurastenia no conduce por sí misma ni al suicidio ni a ninguna otra acción en particular. De modo que, en definitiva, el factor determinante y primario siempre es el social.[39] Finalmente, Durkheim analiza el alcoholismo y demuestra por medio de las estadísticas que ni el alcoholismo como patología ni el consumo de alcohol presentan correlaciones con el suicidio.[40]

Capítulo 2: El suicidio y los estados psicológicos normales. La raza. La herencia.[editar]

Descartadas las enfermedades mentales, quizá alguna otra condición psíquica pero no patológica pueda influenciar la tasa de suicidios de una sociedad. Tal vez la causa sea la diferenciación de la especie humana en razas, cada una de las cuales tendría su tasa de suicidos propia en virtud de una constitución orgánico-psíquica diferencial.[41] El primer problema surge con la definición del concepto raza. Durkheim se muestra escéptico en cuanto a que ese concepto tenga una correspondencia real.[42] En todo caso, se define de dos maneras: como un grupo de individuos con rasgos comunes diferenciales debidos a una ascendencia común a partir de la cual esos rasgos se heredaron, o bien simplemente como un grupo de individuos con semejanzas hereditarias. Sólo la segunda definición es utilizable, porque la primera alude a un origen imposible de determinar y además presupone que las razas, si continúan existiendo como tales es porque se han mantenido puras, lo que es falso. Ahora bien, la segunda acepción implica un concepto de raza demasiado extenso y vacío de especificidad, porque abarca cualquier grupo con semejanzas hereditarias y de cada pueblo puede decirse que lo es en virtud de su convivencia secular.[43] «La raza así concebida, casi acaba por confundirse con la nacionalidad.»[44]

No obstante, sí existen en Europa grandes tipos humanos con caracteres generales globalmente perceptibles: los germánicos, los celtorromanos, los eslavos, tipos entre los cuales se reparten los diferentes pueblos. Es dudoso que en estos casos pueda hablarse de "razas", pero supondremos que lo son y veremos qué dicen las estadísticas. Éstas revelan que dentro de cada grupo no hay tendencias homogéneas (p. ej., entre los celtorromanos Francia tiene una elevada tasa de suicidios mientras que la de España e Italia es baja, y así para cada tipo).[45] La única conclusión que puede extraerse es la fortísima tendencia al suidicio de los alemanes (subtipo del tipo germánico). No está comprobado que los alemanes sean siquiera un tipo en parte hereditario, de modo que casi hay que violentar los términos para llamarlos raza.[46] Pero supongamos que los consideramos como tal. Y bien, las estadísticas muestran que curiosamente los alemanes son grandes suicidas sólo cuando están en Alemania. Los alemanes de Austria y de Suiza no presentan esa tendencia. Evidentemente, la causa está en la sociedad en la que viven y no en su "raza".[47] Los datos refutan asimismo las pretensiones de cualquier otra "raza" (celtas, kimris, etc.) de poder influir en la tasa de suicidios.[48]

Descartada la hipótesis de la raza, queda por examinar otra: la de que el suicidio se hereda de generación en generación en una misma familia. A veces se hereda un temperamento tal que en ciertas circunstancias conduce al suicidio, pero en este caso, como en el de la neurastenia, lo que se hereda es un terreno propicio al suicidio en el caso de que se den ciertas circunstancias externas. Por sí mismo ese temperamento no puede hacer nada y por ende no explica nada. La causa determinante sigue siendo otra.[49] Pero podría ser que generalmente se heredara una tendencia al suicidio que lo produce con automatismo (similar a la monomanía). En efecto, hay familias en que los suicidios se repiten bajo el modo de impulsos que los miembros afectados no pueden resistir.[50] ¿Podrá ser ello una causa global del suicidio?

Para eso deberá cumplir una serie de requisitos. Primero, debiera estar documentado que esta repetición de los suicidios en una familia se dan en número suficiente como para constituir un fenómeno socialmente relevante. Ello no ocurre.[51] Segundo, el fenómeno debiera no ser explicable de otro modo. Sin embargo, se puede explicar mejor aduciendo dos causas: en algunos casos se hereda una enfermedad mental que conduce al suicidio y no el suicidio mismo, y ya se vio que el suicidio patológico no tiene influencia global.[52] En otros casos la causa no es necesariamente hereditaria. Sucede que hay individuos (como los neurasténicos) cuya constitución los hace exageradamente sugestionables a muchas influencias y a veces a la idea de suicidio, así como tendientes a imitar aquello que los influencia tanto. Si el padre o la madre de estos individuos se ha suicidado, es probable que ello se les convierta en una odea obsesiva irresistible que los arrastre a imitar el acto.[53]

Que se trata sólo de una sugestión psicológica, lo prueban muchos casos como los siguientes. «[A veces el suicidio] ocurre en la misma edad [o] se ejecuta de igual manera: en unos es la estrangulación... en otros la asfixia o la caída desde un sitio elevado. En un caso... es una misma arma la que ha servido para sus designios a toda la familia y con muchos años de diferencia.»[54] «Quince inválidos... se ahorcaron sucesivamente y en poco tiempo, de una misma percha situada en un pasaje oscuro de un local. Suprimida la percha finalizó la epidemia.»[55] «Una joven... se enteró de que un tío paterno se había suicidado... ella había oído decir que la locura era hereditaria, y la idea de que podía un día caer en este triste estado se apoderó en seguida de su atención. [Luego] su padre puso voluntariamente término a su vida; desde entonces se creyó necesariamente destinada a una muerte violenta. No se ocupaba más que de su fin próximo y muchas veces repetía: “debo perecer como mi padre y como mi tío, ¡mi sangre está corrompida!”. Cometió una tentativa de suicidio... su madre le confesó la verdad y le proporcionó una entrevista con su verdadero padre. La semejanza física era tan grande, que la enferma vio desaparecer en un instante todas sus dudas. Desde entonces renunció a la idea del suicidio, recobró su alegría progresivamente y se restableció su salud.»[56] Un último requisito para la hipótesis de la herencia sería que no hubiera hechos en su contra, pero los hay: no hay razón para que el suicidio lo hereden más hombres que mujeres y sin embargo hay el cuádruple de hombres suicidas que de mujeres; además, la tendencia al suicidio aumenta con la edad y casi no se da en niños, mientras que los factores hereditarios suelen revelarse temprano. La hipótesis de la herencia queda entonces descartada.

Capítulo 3: El suicidio y los factores cósmicos[editar]

Otra posibilidad extrasocial es la de que el medio ambiente sea causa de la tasa de suicidios. Hay dos factores ambientales que pueden ser relevantes: el clima y la temperatura.[57] Las estadísticas acerca del clima permiten sacar una sola conclusión: que los suicidos se concentran en la franja templada de Europa. ¿Será el clima templado la causa? No, por las siguientes razones: primero, no habría explicación de por qué ese clima produciría suicidios; segundo, la tasa de suicidios presenta o ha presentado en algún momennto picos altos en todos los climas; tercero, dentro de la misma franja templada la distribución es muy desigual: hay zonas muy afectados (coincidentes con los grandes centros urbanos) y zonas indemnes; cuarto, en regiones como la de Italia han prevalecido en ciertos momentos una zona y en otros momentos otra, ambas de igual clima (cambio coincidente con el traslado de la capital).[58] La hipótesis del clima no se sostiene.

La otra explicación posible es la de la temperatura. A primera vista, las estadísticas muestran una correlación irrefutable entre el suicidio y el calor. Las zonas frías son los lugares en donde hay menos suicidios y el invierno (seguido por el otoño) el tiempo en que la gente se suicida menos. El calor y el verano (seguido por la primavera) son las condiciones favoritas que se eligen para quitarse la vida.[59] Sin embargo, no es el calor la causa global del suicidio. Las objeciones son incontestables: en primavera hay más suicidios, pero la primavera en Europa es más fría que el otoño; los saltos de temperatura que se dan de la primavera al verano y del otoño al inviernono se corresponden subas y bajas respectivas del suicidio que sean comparables a esos saltos; analizado mes a mes se ve que el suicidio empieza a aumentar antes de que empiece a subir la temperatura y a disminuir mucho antes de que la temperatura empiece a bajar; meses de igual temperatura presentan tasas de suicidio muy diferentes; los mismos meses tienen la misma tasa de suicidio en todos los países, aunque la temperatura varía muchísimo de un país a otro; los países más calurosos no son los más suicidas, etc.[60]

La verdadera correlación no es con el calor sino con la luz del día. Hay una correspondencia estricta entre el aumento de la duración de la jornada diurna y el aumento del suicidio. En Europa el día va alargándose desde enero hasta julio y luego va acortándose desde agosto hasta diciembre. Exactamente las mismas variaciones sigue la tasa de suicidio. El mes con mas suicidios es el del día más largo; aquel con menos, el del día más breve. Los saltos bruscos en la duración de la jornada coinciden con saltos bruscos de la tasa de suicidio. La uniformidad de la tasa de suicidios entre un país y otro se explica porque, aunque la temperatura varía de modo diferente, la duración de la jornada lo hace del mismo modo. Además, las estadísticas muestran que la gente se suicida casi siempre de día.[61]

¿Qué sucede? ¿Hay que decir que es la luz del sol la que hace que la gente se suicide? Naturalmente que no. No es la luz del día sino lo que ocurre a la luz del día. De día es cuando se manifiesta con la mayor intensidad la vida social, mientras que de noche se apaga. Los meses con días más largos son meses socialmente más intensos que aquellos con días más breves. Los países y las épocas más frías son épocas de mayor reclusión debido a las adversas condiciones temporales. Además, pese a que los suicidios ocurren de día, hay una notoria disminución de suicidios al mediodía, la hora de más luz: es justamente que a esa hora la vida laboral y social se detiene un momento para continuar a la tarde. También ocurre que hay menos suicidios el fin de semana, que las mujeres se suicidan más los domingos (el único día que se ven liberadas de su vida doméstica y se les permite un poco de vida social) y que hay más suicidios en las ciudades que en el campo y más que en ninguna otra parte en los grandes centros urbanos. Es entonces la intensidad de la vida social la causa global del sucidio.[62]

Capítulo 4: La imitación[editar]

Ya se ha visto que la imitación como mecanismo psicológico explica muchos casos de supuesta herencia del sucidio (cf. cap. 2). Ahora bien, ¿qué se entiende por "imitación"? A veces se dice que es aquella conducta por medio de la cual muchos individuos reunidos en un mismo lugar y bajo la acción de una misma causa se influencian mutuamente y generan un estado nuevo cuyo autor es la colectividad; otras veces se dice que es aquella conducta por la cual la gente satsiface su necesidad de ponerse a tono con la sociedad (por simpatía, por querer agradar, por respeto, por temor) y adopta en consecuencia los usos tradicionales y las modas pasajeras. El problema con estas definiciones es que se trata en verdad de fenómenos sociales y por ende no de procesos de imitación en sentido estricto (psicológico). Aquí se trata de saber si hay causas extrasociales de la tasa de suicidio.[63]

Queda definir la imitación de un tercer modo: como la copia automática e inmediata de un acto que se presencia o del que se toma conocimiento, sólo por copiarlo y sin que haya razones ni reflexiones de por medio. Así definida, la imitación queda establecida como fenómeno psicológico pero que tiene influencia social y en el suicidio más que en otro lado. ¿Pero esa influencia alcanza para alterar la tasa global del suicidio? Sin duda que hay suicidios por imitación, pero relativamente pocos, puesto que no hay que considerar todo suicidio en masa como tal sino que puede deberse a que un mismo estado general del medio social afecta a la vez a todas las víctimas.[64]

Además, las estadísticas geográficas no revelan que una tendencia al suicidio se propague por contagio a las zonas vecinas. Debieran destacarse ciertos focos de irradiación y máxima intensidad (que coincidirían con las grandes ciudades) a partir de los cuales se proagaría la corriente suicidógena, la cual debiera ser más influyente cuanto más cercana al foco y menos cuanto más lejana. No obstante, esa distribución no es la que se revela sino la de masas relativamente homogéneas y la de distritos con elevada tasa pegados a otros con una tasa baja.[65] Además, cabría pensar que además de la vía oral los periódicos, con sus secciones policiales, debieran contribuir a la propagación de los suicidios, pero muchas zonas altamente influenciadas por esos medios de comunicación no lo son por el suicidio. Incluso se sabe que prohibiciones de publicar asesinatos y suicidios en los diarios no han disminuido su frecuencia.[66] Por último, las observaciones muestran que la imitación suele darse sólo en individuos con patologías mentales y que en muchos casos no patológicos se debe a la acción del peculiar medio en donde un grupo se encuentra (como las cárceles y los regimientos, especialmente ricos en suicidios).[67]

Libro II: Causas sociales y tipos sociales[editar]

Capítulo 1: Métodos para determinarlos[editar]

La metodología consistirá en partir de la averiguación de las causas sociales del suicidio por medio de las estadísticas de las tasas de suicidio de cada país, las cuales permiten ver las diferencias por religiones, grupos políticos, profesiones, familia, género, edad, etc. A partir de ello será necesario ver cuántos tipos de causas existen que sean globalmente relevantes y por cada uno de ellos se podrá establecer un tipo de suicidio diferente. No se basará la investigación en estadísticas sobre los motivos de los suicidios, no sólo porque son pocas y poco confiables, sino porque los motivos personales no constituyen las verdaderas causas del acto. En efecto, el individuo está frecuentemente engañado acerca de las verdaderas razones por las cuales quiere suicidarse, y las estadísticas muestran que los suicidios aumentan sin que varíe la proporción entre los diferentes motivos (con lo cual éstos no pueden explicar por qué varían los otros). Los motivos individuales sólo podrán investigarse una vez que se establezcan las causas sociales, pues los aquéllos son efectos de los estas últimas.[68]

Capítulo 2: El suicidio egoísta[editar]

Si se analizan los suicidios por religión, se encuentra que el número más alto se halla entre los protestantes, mientras que los católicos y los judíos se suicidan mucho menos. Estas tendencias se repiten si consideramos los diferentes países. Además, se confirman al observar que, en ciertos países donde conviven católicos y protestantes (como Alemania, Prusia y Suiza), son siempre los protestantes los que se suicidan en un número mucho más alto que los católicos. Y en países como Suiza, donde conviven franceses y alemanes, no se observa una diferenciación de los suicidios en cuanto a la nacionalidad pero sí en cuanto a la religión: independientemente de que una persona sea francesa o alemana, tiene más probabilidades de suicidarse si es protestante y menos si es católica.[69]

Hay que determinar entonces las causas acerca de por qué los católicos se suicidan mucho menos que los protestantes y los judíos todavía menos que ambos. Será necesario analizar la naturaleza de las religiones en cuestión. Pero protestantismo y cristianismo no difieren en cuanto a la consideración moral del suicidio, a la reprobación que les merece y a los castigos que le estipulan tanto en esta vida como en una supuesta vida siguiente. La diferencia ha de estribar en características más generales de las religiones consideradas. Y es que la distinción esencial entre protestantismo y el catolicismo es que el primero admite mucho más el libre examen y la libre lectura e interpretación de los dogmas que el segundo. Es decir que el protestantismo presenta un individualismo mucho más acusado, mientras que el catolicismo es mucho más autoritario, dogmático, jerarquizado y verticalista.[70] «El católico lo recibe todo hecho, sin examen, y no puede someterlo siquiera a la comprobación histórica, porque los textos originales sobre los que esa comprobación se apoya le están prohibidos. Todo un sistema jerárquico de autoridades se halla organizado, y con un arte maravilloso, para hacer la tradición invariable. Todo lo que constituye variación causa horror al pensamiento católico.»[71]

La tendencia a la libertad y al individualismo de las comunidades protestantes no pueden deberse sino al quebrantamiento crónico de las creencias tradicionales que se manifiestan desde hace siglos en diferentes partes de Europa. Ese mismo quebrantamiento llevó al cisma que dividió a Europa en católicos y protestantes, quienes se separaron de la Iglesia Católica en busca de una más amplia libertad de conciencia y de menor sometimiento a las jerarquías eclesiásticas. Como consecuencia, los protestantes, más individualistas, tienen muchas menos creencias y prácticas comunes. Y cuanto menor y menos sólido es el credo colectivo de una sociedad religiosa, menos efecto producirá sobre ella la socialización y menos unida estará. Su menor integración conduce directamenre a un alza en la tasa de suicidios, y eso es justamente lo que ocurre con los protestantes.[72] En cuanto al caso de los judíos, se explica por lo mismo: su menor tendencia al suicidio se debe a su mayor integración comunitaria. Ésta se ha constituido y desarrollado por la persecución general y la aislamiento secular que han padecido en toda Europa y especialmente por parte de los católicos, además de verse reforzada por la naturaleza ampliamente autoritaria y tradicionalista de las propias creencias judías.[73]

A lo ya demostrado se añaden ciertas confirmaciones: por ejemplo, Inglaterra, pesar de ser un país protestante, tiene una tasa muy baja de suicidios. Ello se explica porque es el único país protestante que tiene una iglesia muy integrada. Además, tiene un clero altamente jerarquizado y una gran cantidad de sacerdotes, a lo cual se suma el fuerte tradicionalismo de la sociedad inglesa.[74] Otra confirmación tiene que ver con el nivel de instrucción de un país, que tiene que ser consecuencia de su mayor individualismo y libertad de pensamiento. Y las estadísticas demuestran: primero, que es en los países protestantes en donde hay menor cantidad de analfabetos y más extendida se encuentra la instrucción popular; segundo, que dentro de un mismo país los protestantes están siempre proporcionalmente más instruidos que los católicos y que entre los católicos hay siempre más analfabetos y menor cantidad de personas que van a la escuela y que continúan estudios avanzados; tercero, que el suicidio es más elevado en las clases acomodadas y en las profesiones liberales, las cuales están más instruidas; cuarto, que las mujeres se suicidan bastante menos que los hombres y justamente ellas tienen menor acceso a la educación (y en los países en que acceden más a ella se suicidan más que en los países en que acceden menos).[75] Finalmente, el caso de los judíos (elevada instrucción pero baja tasa de suicidios) se explica porque su necesidad de educación no surge de un individualismo que en ellos es ausente sino de sus desventajas sociales, las cuales los obligan a servirse de la educación para mejorar su posición social.[76]

Debemos cuidarnos de extraer de todo lo anterior conclusiones erróneas: no son la libertad de pensamiento ni el individiualismo ni la educación los que causan el sucidio. Todos ellos, al igual que el suicidio, no son sino efectos de una misma causa: la desintegración social producto de la pérdida de prácticas y creencias comunes sólidamente sostenidas y desarrolladas. La solución no es censurar el pensamiento y desalentar la instrucción, puesto que la desintegración social es indetenible. Por el contrario, se deben desarrollar las ciencias porque sólo ellas pueden ser nuestro guía ante el progresivo debilitamiento de las sociedades religiosas.[77] Tampoco hay que equivocarse y concluir que la religión hace disminuir el suicidio porque lo prohíbe con fuerza o por el carácter peculiar de sus ideas de devoción a Dios o de inmortalidad del alma. Si así fuera no se podría explicar la amplia diferencia en la tasa de suicidios entre católicos y protestantes pese a la semejanza de sus doctrinas, especialmente en lo que concierne la cuestión del suicidio. Sucede simplemente que la religión es capaz de contribuir a la integración social lo mismo que muchos otros tipos de "sociedades", tales como la sociedad política o la sociedad familiar.[78]

Capítulo 3: El suicidio egoísta (continuación)[editar]

Analizada la sociedad religiosa, quedan por examinar otras dos sociedades: la familiar y la política.[79] Primero lo que respecta a la familia. Las estadísticas disponibles permiten extraer una serie de leyes: en primer lugar, los casados se suicidan mucho menos que los solteros (aunque que los matrimonios precoces -antes de los 20- predisponen más fuertemente a sus miembros al suicidio, y muy especialmente a los hombres); en segundo lugar, el matrimonio preserva del suicidio mucho más a un sexo que al otro, en algunas sociedades más a los hombres y en otras más a las mujeres; en tercer y último lugar, se observa que los viudos se suicidan más que los casados pero menos que los solteros de su misma edad.[80]

¿Cómo se explica todo esto? La familia tiene dos componentes principales: la pareja conyugal y la familia propiamente dicha, la cual se compone con el agregado de los hijos y con respecto a la cual la pareja no es una pareja de esposo y esposa sino de padre y madre. Resulta necesario deslindar la influencia relativa de cada uno de estos dos componentes para determinar cómo influye cada uno en la cualidad preservadora del suicidio que caracteriza a la familia.[81] Mediante las estadísticas -de las que Durkheim dispone fundamentalmente con respecto a Francia- podemos observar que el simple hecho de vivir en matrimonio no sirve más que en pequeña medida para evitar el suicidio en el caso de los hombres, y en el caso de las mujeres la vida matrimonial sola es incluso perjudicial: se suicidan más mujeres casadas sin hijos que mujeres solteras, mientras que los hombres casados sin hijos se suicidan menos que los solteros pero mucho menos cuando se casan y tienen hijos (ya se señaló que en algunos la países la relación entre los sexos se invierten, pero, invertidos, se comportan respectivamente del mismo modo). Además, en el último tiempo ha aumentado la tasa de suicidios pero no la nupcialidad, del mismo modo que países con la misma nupcialidad tienen diferentes tasas de suicidio. Finalmente, los viudos con hijos se suicidan menos que los casados que no tienen hijos.[82]

Todo esto nos permite concluir que no es la vida conyugal sino otro factor el que permite al matrimonio disminuir las probabilidades del suicidio: son los hijos y, con ellos, la vida familiar propiamente dicha. Si faltan los hijos, el suicido aumenta, y cuantos más hijos se tienen, menor es la tendencia al suicidio.[83] En cuanto a la viudez, los individuos que se encuentran en esa condición se suicidan más, de modo que aquélla tiene un impacto negativo debido a la conmoción personal de que es causa. Pero lo notable es que el impacto negativo se da de modo que las tendencias relativas se mantienen: los hombres que tuvieron hijos en el matrimonio son los que se suicidan menos en la viudez, seguidos por los hombres que no los tuvieron y luego por las mujeres que fueron madres. Pese a que para éstas la vida conyugal aumentaba su propensión al suicidio, en este caso la desaparición del marido no las favorece porque lo pierden en cuanto padre de familia, con una consiguiente desestabilización de la vida familiar. Pero esa liberación del marido si se manifiesta en la viuda que no tuvo hijos: cuando la influencia negativa del marido desaparece, disminuye la tendencia al suicidio. Además, las viudas buscan contraer segundas nupcias muchísimo menos que los viudos, con lo cual manifiestan la diferente forma en que experimenta cada uno la vida matrimonial.[84]

Podemos concluir ajora que la sociedad familiar influye de la misma manera que lo hace la religión en bajar la tasa de suicidios: no porque eleve los sentimientos o desarrolle el amor sino porque incrementa la vitalidad y la intensidad del grupo social y con ello la integración de sus miembros.[85] Lo mismo se concluye de examinar las sociedades políticas: todas las conmociones políticas -con la condición de que sean capaces de excitar pasiones populares- producen, no un aumento de los suicidios, sino una franca disminución de los mismos.[86] Esto por las mismas razones que se señalaron antes y que son características de estos tres tipos de sociedades: la religiosa, la familiar y la política. Todas ellas permiten estrechar los lazos del grupo, satisfacen las inclinaciones sociales de los individuos, dan sentido a las vidas individuales, hacen que cada miembro tenga ya determinadas las ideas en que debe creer y las prácticas que debe efectuar, etc.[87]

Cuando, por el contrario, se producen desintegraciones en la sociedad con los consecuentes aumentos de las libertades y del individualismo, éstos no sólo liberan de los obstáculos a las inclinaciones latentes al suicidio sino que también engendran esas inclinaciones mismas. Sucede que la individualización excesiva deja desamparado al sujeto, no le permite dar un sentido satisfactorio a su vida y tiene que determinar él mismo en su soledad aquello en lo que debe creer y aquello que debe hacer. Puesto que sólo encuentra en su persona la posible finalidad de la vida, esta vida le parece bien poca cosa y no le cuesta tanto abandonarla ante uno u otro momento adverso de su vida.[88] Es de hecho en los momentos de desintegración que en las sociedades se desarrollan corrientes de pensamiento pesimistas y de desprecio de la vida, y son estas mismas corrientes las que impulsan a quitarse la vida.[89] El tipo de suicidio descripto en este capítulo y el anterior se llamará entonces suicidio egoísta (con lo cual Durkheim no pretende una valoración moral del suicidio sino sólo caracterizar a aquel que se debe a un excesivo individualismo).[90]

Capítulo 4: El suicidio altruista[editar]

Si el suicidio egoísta se debe a una individualidad excesiva, el altruista tiene como causa la opuesta: una individualidad deficiente, es decir, un estar demasiado integrado en la sociedad, como consecuencia de la extremadamente fuerte unión que presenta esa sociedad.[91] Por eso es especialmente propio de las sociedades primitivas.[92] Dentro del suicidio altruista pueden diferenciarse tres subtipos: el primero es el suicidio altruista obligatorio, que se distingue porque el quitarse la vida es entendido como un deber moral, como una cuestión de honor o de fidelidad.[93] En muchas de las sociedades primitivas se considera un deshonor no suicidarse para aquellos hombres viejos que ya no pueden valerse por sí mismos, y cometer suicidio es un deber de fidelidad de la viuda cuando muere su esposo y de los servidores de un príncipe o jefe cuando éste muere.[94] No se trata de quitarse la vida por excesivo cansancio o sufrimiento. No es una elección; es un auténtico deber que implica, caso de no cumplirlo, condena social e incluso castigos religiosos tales como la denegación de las honras funerarias o una penosa vida en el más allá.[95] De ahí que lo llamemos "obligatorio".[96] Son obligaciones directamente impuestas por la sociedad: en el caso de los hombres viejos, en aras del bienestar social, pues en los hombres mayores reside un espíritu familiar que debe transmitirse antes de que siga debilitándose; en el caso de los otros ejemplos, debido a la extrema fidelidad exigida por la fortísima dependencia social.[97]

El segundo subtipo es el del suicidio altruista facultativo, que se diferencia del anterior en que el suicidio no es directamente impuesto sino que se considera una opción. Sin embargo, no es una opción indiferente, sino que la sociedad lo favorece como virtud excepcional, del mismo modo que censura el excesivo aferramiento a la vida, especialmente en ciertos casos, como una debilidad de carácter.[98] Es el caso de muchos suicidios por motivos aparentemente insignificantes pero que se comprenden a la luz de los peculiares valores asignados por la sociedad y que el individuo, debido a la excesiva integración social, no tiene miramientos en poner por encima de su propia vida.[99] «Nos hablan... de la tranquilidad con la que los bárbaros de la Galia y de la Germania se daban la muerte. Había celtas que se comprometían a dejarse matar por vino o por dinero. Otros presumían de no retirarse ante las llamas del incendio, ni ante las olas del mar... En Polinesia, basta muy a menudo, una ligera ofensa para determinar a un hombre al suicidio. Lo mismo ocurre entre los indios de la América del Norte; basta una querella conyugal o un impulso de celos, para que un hombre o una mujer se maten. En los Dakotas, en los Brecks, el menor desengaño arrastra a menudo a resoluciones desesperadas. Conocida es la facilidad con que los japoneses se abren el vientre por el motivo más insignificante. Hasta se cuenta que se practica allí una especie de extraño duelo, donde los adversarios compiten, no en habilidad para alcanzarse mutuamente, sino en destreza para abrirse el vientre con sus propias manos.»[100]

El último subtipo es el del suicidio altruista agudo y que se diferencia del primer subtipo por no ser obligatorio y del segundo por carecer de cualquier motivo circunstancial. Se trata de un sacrificio por el sacrificio, por el puro placer del sacrificio mismo, y porque se tiene la convicción de que sólo se existe en otra cosa, en algo distinto de uno y de esta vida, y se decide despojarse de la vida para unirse por fin con aquello que se es y no porque haya ocurrido tal o cual cosa. Es un suicidio elegido, venerado y esperanzado. Es el suicidio místico por excelencia.[101] En India «es preciso que el hombre haya llegado ya a cierta edad, que haya dejado un hijo, por lo menos. Pero, llenadas estas condiciones, nada tiene que hacer en la vida... La idea de que el hombre debe huir de la existencia está tan en el espíritu de la doctrina y es tan conforme a las aspiraciones del espíritu indio que se la encuentra bajo formas diferentes en las principales sectas que han nacido del budismo o se han constituido al mismo tiempo que él. Tal es el caso del jainismo [en el que] la costumbre de buscar la muerte en las aguas del Ganges o en otros ríos sagrados estaba muy extendida... En los Bhils habla una roca desde lo alto de la cual se precipitaban por piedad, a fin de consagrarse a Siva... Se ha hecho clásica la historia de esos fanáticos que se hacen aplastar bajo las ruedas del ídolo de Jaggarnat.»[102] En Japón «no hay nada más general que ver a lo largo de las orillas del mar barcas llenas de esos fanáticos que se precipitan en el agua cargados de piedras, o que taladran sus naves y se dejan sumergir poco a poco cantando las alabanzas de sus ídolos.»[103]

Si bien, como se ha visto en los ejemplos, el suicidio altruista es más bien típico de las sociedades primitivas, no es privativo de ellas. Se ha dado en el caso de los mártires cristianos, que no serán suicidas para el cristianismo pero sí según la definición del suicidio que se ajusta verdaderamente a la naturaleza de las cosas.[104] Actualmente, el suicido altruista aparece en forma de casos aislados de suicidas que tienen el propósito de evitar una humillación a su persona o la vergüenza a su familia.[105] El único medio actual, pero muy importante, en el que siguen siendo constantes estos suicidios es el medio del ejército.[106] Los militares se suicidan hasta nueve veces más que los civiles.[107] Podría pensarse que lo hacen debido a un inicial desacostumbramiento, pero los suicidios aumentan a medida que aumentan los años de servicio.[108] O podría creerse que las causales son las penalidades y sufrimientos que se sufren en ese ámbito. Sin embargo, que la verdad es la contraria se prueba por una serie de datos estadísticos: se suicidan más aquellos que demuestran un mayor espíritu militar y una predilección por el ejército.[109] En efecto, la tasa de suicidio es mayor en aquellos que eligen por sí mismos unirse al ejército, en los que deciden pasar más tiempo en él o volver a él, en los que llegan a cargos más elevados, en los que ocupan los puestos específicamente militares (a diferencia de médicos, enfermeros, ingenieros, etc.).[110] Es entonces un suicidio que se debe a la excesiva desindividualización característica del medio militar, un medio que constituye una supervivencia de las sociedades inferiores en las que se exige al individuo que se olvide de sí mismo y se entregue por completo, sin pensar y con obediencia absoluta, a los mandatos del superior y a las necesidades del grupo. Y quienes más asumen esa excesiva despersonalización se ven más expuestos a quitarse la vida.[111]

Capítulo 5: El suicidio anómico[editar]

En tanto la sociedad es un poder regulador de las prácticas, creencias y sentimientos de los individuos, en el caso de que ese poder se relaje, los individuos entrarán en un estado de desequilibrio en el que no tendrán ningún límite que poner a sus pasiones y deseos, lo cual los conducirá con mayor probabilidad al suicido.[112] Esto se debe a lo siguiente: el ser humano, en tanto que ser biológico, al igual que todos los animales, es capaz de autorregularse, es decir que una vez que satisface sus necesidades físicas elementales ya no requiere ni busca más nada. En cambio, en tanto que ser social, el ser humano se diferencia de los animales en que no es capaz de autorregularse sino que requiere ser disciplinado desde afuera.[113] Este poder regulador externo sólo puede ser la sociedad, puesto que sólo ella puede constituir un poder moral superior a los individuos que tenga autoridad sobre ellos y al que ellos respeten y admitan como justo y no sólo como mera imposición.[114] «No es con fuerzas físico-químicas como se pueden modificar los corazones.»[115] Tampoco con leyes o disposiciones administrativas artificiales sino solamente con un poder simbólico lo suficientemente fuerte como para poder poner a cada sector de la población en el lugar que le corresponde, que «impida, en nombre del interés común, que los fuertes exploten abusivamente a los débiles»[116] y asimismo que los débiles quieran o exijan más de lo que tienen, de modo que acepten en cambio el orden desigual como un orden justo en tanto que es necesario para el bien general.[117] El poder moral que es la sociedad asigna el máximo posible de calidad de vida para cada clase de hombres y hace reconocer como legítimo el modo de acceso a cada nivel (que según la sociedad puede tener que ver con el nacimiento, las riquezas, el mérito, etc.).[118] «Esta limitación hace a los hombres que estén contentos con su suerte, y es ese contentamiento medio el que da nacimiento a ese sentimiento de goce tranquilo y activo, a ese placer de ser y de vivir que es la característica de la salud... Cada uno estará en armonía con su condición y no deseará más que lo que puede legítimamente esperar.»[119] «La pobreza... es la mejor de las escuelas para enseñar al hombre a contenerse... nos prepara para aceptar dócilmente la disciplina social.»[120]

Que de la falta de regulación o anomia se sigue una inestabilidad que finalmente conduce al aumento de la tasa de los suicidios lo muestran las estadísticas: si las crisis políticas, en tanto que excitan las pasiones populares, previenen contra el suicidio (cf. libro II, cap. III), opuesto es el caso en las crisis económicas, las cuales generan bruscas alzas en la tasa de los suicidios, sean industriales o financieras, sean incluso de aquellas crisis que aumentan la miseria o de aquellas otras que aumentan por el contrario la prosperidad.[121] Es decir que incluso las que podríamos llamar "crisis afortunadas" y que producen un aumento del nivel social, del bienestar, de las ganancias, de los salarios, etc., generan violentos aumentos de la tasa de suicidios. «Hasta puede decirse que en la miseria protege.»[122] En conclusión, es la mera crisis que ocurre en la sociedad -es decir, la perturbación del orden y las reglamentaciones colectivos, la producción de anomia- la que, independientemente de sus otras consecuencias, resulta perjudicial para el equilibrio colectivo y por ende para el equilibrio individual.[123]

El estado de anomia puede darse en forma aguda, es decir, en casos pasajeros y aislados, o en forma crónica. Este último caso es el de la industria y el comercio en el siglo XIX, caso en que la anomia se ha constituido casi en la normalidad: las relaciones industriales y comerciales carecen de toda regla moral, el individuo es tomado como fin en sí mismo y supremo con respecto a la sociedad.[124] El estado febril de la economía, su desarrollo indetenible y las crisis periódicas que la asedian generan una situación de perpetuo cambio que no permite que ningún orden normativo se mantenga lo suficientemente fijo. La sociedad se ve impedida como consecuencia de ejercer su benefactor poder regulatorio. Los órdenes se ven frecuentemente alterados, la estructura social pareciera ya no ser tan evidente: individuos en buena posición caen bruscamente en la miseria, a otros se les presenta súbitamente la oportunidad de ascender, entonces las pasiones se desatan, surgen las ambiciones excesivas en la prosperidad y las decepciones y frustraciones extremadas en la adversidad.[125] La falta de regulación social le quita al individuo la posibilidad de mantenerse equilibrado frente a estos desequilibrios y se ve más expuesto en estos medios comerciales e industriales, y especialmente entre los sectores de mejor posición, a acabar en el suicidio.[126]

Cabe mencionar además la existencia de la anomia doméstica.[127] Es lo que ocurre en la viudez, cuando uno de los dos cónyuges pierde al otro, lo cual altera toda la estructura de la sociedad familiar y predispone más al suicidio.[128] Sucede también en el caso del divorcio. Los divorciados se suicidan entre tres y cuatro veces más que los casados. Pero también más que los viudos, es decir que la anomia generada por el divorcio tiene que ser mayor a la generada por la viudez. Si analizamos las estadísticas, comprobaremos que, en aquellos países en que el divorcio está prohibido o casi no es practicado, los hombres se benefician más del matrimonio que las mujeres. En aquellos, en cambio, en que se permite el divorcio y está más o menos extendida su costumbre, las mujeres pasan a beneficiarse más de la institución matrimonial y es el hombre quien se perjudica.[129] Esto se debe a que «las necesidades sexuales de la mujer poseen un carácter menos mental, porque su vida mental está menos desarrollada. Están más inmediatamente en relación con las exigencias del organismo... La mujer no tiene más que seguir sus instintos para encontrar la calma y la paz».[130] Por consiguiente, el matrimonio no le es necesario ni le es útil para limitar sus deseos: como el animal y como el niño, carece prácticamente de vida social y es capaz de autorregularse ella sola. Por eso, el matrimonio le quita libertad y es una molestia que incluso acaba por perjudicarla seriamente si no tiene hijos.[131]

Finalmente, hay un cuarto tipo de suicidio que es el suicidio fatalista (sólo mencionado en una nota a pie de página).[132] Es el exactamente contrario al suicidio anómico, o sea que no se debe a una falta de reglamentación sino a un exceso de la misma que exacerba la opresión y las limitaciones del individuo y lo conduce por ese lado el suicidio.[133] Es el suicidio que se da en los esposos que se casan muy jóvenes, por no tolerar la disciplina del matrimonio, y en las mujeres casadas que no tienen hijos, a las que la falta de éstos les hace intolerable la vida conyugal. En las sociedades antiguas era el suicidio de los esclavos que buscaban abandonar su vida de sometimiento.[134]

Capítulo 6: Formas individuales de los diferentes tipos de suicidios[editar]

En este capítulo, Durkheim deduce de cada tipo de suicidio, definido según sus causas sociales peculiares, el carácter que cada uno reviste en los individuos particulares que se suicidan de uno u otro modo.[135] Según su propio resumen en forma de cuadro,[136] el suicida egoísta se caracteriza por la «apatía», el altruista por la «energía pasional o voluntaria» y el anómico por la «irritación y la aversión». Dentro de cada uno hay varios subtipos. Además, puede haber combinaciones entre los tres tipos generales de suicidas, cuando en ellos se combinan varias causas sociales en lugar de ser el acto producto de sólo una. Así tenemos al suicida ego-anómico, en el que se da una «mezcla de agitación y de apatía, de acción y de ensueño»; el suicida ego-altruista, caracterizado por una «melancolía atemperada por cierta firmeza moral»; y el suicida anómico-altruista, reconocible por una «efervescencia exasperada».[137]

Libro III: El suicidio como fenómeno social en general[editar]

Capítulo 1: El elemento social del suicidio[editar]

Las tendencias colectivas son cosas en sí mismas, entidades propias, separadas de los individuos y que dominan las conciencias de éstos.[138] Es decir que Durkheim asume una posición realista y trascendentalista de las potencias colectivas, a las que considera análogas a las fuerzas naturales. El mundo social es mundo diferente al individual, con sus propiedades y leyes características. No es la mera suma de los individuos que lo conforman sino algo cualitativamente diferente a la yuxtaposición de los mismos. Esta relativa independencia de las potencias colectivas se manifiesta en las formas en que ellas se materializan (bajo forma de leyes, edificios, monumentos, etc.), pero en realidad sus expresiones suelen ser de un tipo más difuso (como las corrientes suicidógenas de que se habló a lo largo de toda la investigación).[139] Las corrientes sociales actúan sobre todos los sujetos más o menos predispuestos a ellas, pero en ninguno de ellos se manifiesta con toda su fuerza (aunque sí con diferentes intensidades) sino que aparece en el indidviduo medio siempre de una forma atenuada.[140] Evidentemente, los individuos afectados por estas corrientes son aquellos que por su constitución individual ofrecen a ella menos resistencia, pero el factor individual sólo puede determinar que la corriente afecte a tal sujeto y no a tal otro (por ej., en el caso de las corrientes suicidógenas, que se suicide una persona y no otra). Sólo el factor colectivo puede explicar la regularidad de los suicidios en una sociedad, sus magnitudes constantes, sus variantes regulares, etc.[141]

Capítulo 2: Relación del suicidio con los demás fenómenos sociales[editar]

Durkheim se pregunta acerca de la relación del suicido con la moral, esto es, si el suicido es una acción moral o inmoral.[142] El análisis histórico le hace afirmar que el suicido es contrario a la conciencia moral debido a la generalidad de su reprobación en todas las sociedades (y la relajación de esa reprobación en tiempos que Durkheim asume como de decadencia, lo cual ve cómo síntoma de un estado social mórbido). En efecto, en las sociedades antiguas (en la griega y en la romana) el suicidio era rechazado, con la sola excepción de su permisión por parte del Estado, permiso que era usualmente concedido. De ello se concluye que el suicidio era entendido no sólo como falta contra la sociedad sino como falta contra el Estado.[143] Éste todavía tenía un papel preponderante en la vida colectiva. A Durkheim le preocupa el supuestamente poco, casi fantasmal, papel del Estado en la actualidad, y critica al socialismo (al que considera sólo en apariencia diferente a la economía ortodoxa) por querer darle muy poco poder al Estado.[144] En cuanto a las sociedad modernas, la reprobación del suicidio es mucho mayor, lo cual, paradójicamente se debe a un aumento incomparable del individiualismo. Estamos en presencia de un verdadero culto al individuo, del individuo considerado como algo sagrado e intocable, por lo que uno menos que nunca en este caso puede disponer de su vida propia. De hecho, es la sociedad misma la que continúa impidiéndolo, pero no ya por medio del Estado sino del individualismo, el cual no puede ser sino un producto de ella y el último lazo que lo liga al individuo.[145] El relajamiento que Durkheim observa en su propia época respecto al rechazo del suicido lo explica como "fenómeno pasajero", pues el suicidio no puede ser sino "inmoral por sí".

En cuanto a las relaciones del suicidio con el homicidio, Durkheim observa en general un antagonismo entre ambos en la actualidad. El homicidio se mueve ciertamente en la misma dirección que dos tipos de suicidios: el altruista, por su desprecio del individuo, y el anómico, por su desprecio de las normas. Pero el primero es muy poco preponderante en la actualidad (ocurre con regularidad sólo en el ejército) mientras que el segundo ocurre sólo en puntos especiales (los grandes centros urbanos). El suicidio típico de la época actual es el egoísta y éste se mueve contrariamente al homicidio, porque su causa (la excesiva valoración del individuo) no puede sino redundar en una menor tendencia a despreciar la vida de otros.[146] Finalmente, las estadísticas muestran que no hay relación entre los suicidios y los robos.

Capítulo 3: Conclusiones prácticas[editar]

El suicido, lo mismo que el crimen, son necesarios. Esto en un doble sentido: necesariamente han de ocurrir en una sociedad y son útiles para ella (aunque su utilidad estriba en el valor simbólico que tiene su reprobación en el caso del crimen y del suicidio egoísta y el anómico, mientras que el suicidio altruista vale por sí mismo en las sociedades que requieren una estrecha unión colectiva). Por lo tanto, crimen y suicido son normales.[147] Ello no significa, empero, que en superada cierta medida esa normalidad no se convierta en patología. De hecho, eso es lo que ocurre actualmente. El excesivo aumento del suicidio (en magnitud y rapidez) sólo puede ser morboso y provenir de una sociedad enferma.[148] Del mismo modo, Durkheim considera que en su época se es demasiado indulgente con el suicidio y que esa indulgencia es anormal y pasajera.

¿Qué hacer al respecto? Durkheim desearía penas más severas para reprimir más fuertemente el suicidio, tales como el aumento de los castigos penales. Pero, debido a que el suicidio no es en general más que la exageración de sentimientos y valores estimables en su medida normal, Durkheim piensa que habría que conformarse con rehusar los honores funerarios y con la privación de derechos.[149] Con todo, ello no sería suficiente. Lo que se debe atacar son las corrientes pesimistas que circulan en los presentes tiempos y alejar a los individuos de ellas. «Una vez que los individuos hayan recuperado su asiento normal, reaccionarán como corresponde»[150] y el sistema represivo que Durkheim lamenta no poder implantar ya «se instaurará por sí mismo».[151]

La solución Durkheim la encuentra en el desarrollo de los grupos profesionales o corporaciones. Puesto que la religión tiene cada vez menos influencia; que la educación no es capaz de modificar a la sociedad (porque es expresión de ésta y sólo cambia cuando ella cambia);[152] que el Estado, lo mismo que las sociedades políticas, está demasido lejos de los individuos como para poder determinarlos; que los gobiernos locales y las familias tampoco tienen peso; entonces la solución es reforzar un tipo de agrupación que ya existe (y que ya ha sido eficaz en otros tiempos) y que sea capaz de formar un puente con el Estado para lograr un poder más individualizado. Este tipo de agrupación son las agrupaciones de trabajadores de una misma profesión (grupos profesionales o corporaciones) que, debido a que en su forma actual no son capacez de cumplir el cometido señalado, deben ser reconocidas y reorganizadas según un cometido social. Deben asumir un poder moral sobre los trabajadores, inculcarles sus deberes (siempre bajo el control del Estado), disciplinarlos para que respeten las reglas sociales y volverlos más dependientes de la sociedad.[153] «Que comprendan en cada instante de sus vidas que son el instrumento de un fin que los excede». No debe extrañarse por consiguiente el horror que manifiesta Durkheim por el socialismo.

En cuanto al suicidio por anomia conyugal, la solución de Durkheim es reforzar el matrimonio[154] y por ende impedir el divorcio. «Pero no se pueden disminuir los suicidios de los hombres casados sin aumentar los de las mujeres casadas. Luego, ¿es preciso sacrificar necesariamente a uno de los dos sexos, y la solución se reduce a escoger el menos grave de entre dos males? No vemos qué otra sería posible.»[155] Quienes deben sacrificarse para Durkheim son, poco sorprendentemente, las mujeres, en tanto su solución es volver más indisoluble el matrimonio, lo que ya explicó en el capítulo sobre el suicidio egoísta que perjudica a las mujeres.[156] Para finalizar, el punto de vista de Durkheim al respecto: «En cuanto a quienes reclaman desde ya para la mujer derechos iguales a los del hombre, olvidan demasiado que la obra de los siglos no puede ser abolida en un instante; que la igualdad jurídica [entre los sexos] no puede ser legítima en tanto que la desigualdad psicológica sea tan notoria.»[157]

Referencias[editar]

  1. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 38.
  2. Ey, Henry, Bernard, P., Brisset, CH. (1992). Tratado de psiquiatría, Anexo: Nota sobre el suicidio, pp 935. Masson, S.A. ISBN 84-311-0165-2. 
  3. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 11
  4. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 11-12
  5. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 14. El original francés dice: «On appelle suicide tout cas de mort qui résulte directement ou indirectement d'un acte positif ou négatif, accompli par la victime elle-même et qu'elle savait devoir produire ce résultat».
  6. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 12. Los corchetes explicativos son agregados de la presente cita.
  7. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 12. Los corchetes explicativos son agregados de la presente cita.
  8. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 12.
  9. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 13. Los corchetes son agregados de la presente cita.
  10. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 13.
  11. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 14.
  12. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 14. La cursiva es un agregado de la presente cita.
  13. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 15.
  14. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 15. Los corchetes son agregados de la presente cita.
  15. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 15.
  16. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 15-16.
  17. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 16.
  18. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 17.
  19. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 17.
  20. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 21.
  21. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, Introducción, II.
  22. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 25.
  23. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 25-26.
  24. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 26-27.
  25. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 27.
  26. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 27.
  27. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 27-29.
  28. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 29.
  29. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 30.
  30. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 30-32.
  31. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 32-33.
  32. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 34-35.
  33. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 35.
  34. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 36-37.
  35. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 38.
  36. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 39.
  37. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 39-41
  38. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 42.
  39. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 42-43.
  40. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 43-50.
  41. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 51.
  42. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 53. Durkheim, en efecto, ya anticipaba el rechazo actual del concepto y previó su identificación con la nacionalidad, tal como ocurrió en el movimiento nazi.
  43. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 52-53.
  44. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 53.
  45. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 54.
  46. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 55.
  47. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 55-57.
  48. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 57-61.
  49. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 61.
  50. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 61-62.
  51. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 62-63.
  52. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 63.
  53. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 63-64.
  54. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 64.
  55. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 64.
  56. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 65.
  57. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 70.
  58. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 71-72.
  59. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 72-74.
  60. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 74-80.
  61. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 80-82.
  62. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 83-86.
  63. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 87-92.
  64. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 93 y ss.
  65. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 95 y ss.
  66. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 101-104.
  67. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 103-104.
  68. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 107-113.
  69. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 114-117.
  70. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 119.
  71. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 119.
  72. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 120-121.
  73. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 121.
  74. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 121-122.
  75. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 122-127.
  76. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 127-128.
  77. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 128-129.
  78. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 129-130.
  79. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 131.
  80. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 131-139.
  81. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 143.
  82. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 143 y ss.
  83. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 146 y ss.
  84. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 148 y ss.
  85. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 158-159.
  86. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 159 y ss.
  87. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 164 y ss.
  88. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 167 y ss.
  89. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 169.
  90. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 169.
  91. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 171.
  92. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 172.
  93. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 173.
  94. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 173.
  95. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 173.
  96. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 174.
  97. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 173.
  98. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 175.
  99. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 175.
  100. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 175.
  101. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 176.
  102. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 177.
  103. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 177.
  104. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 179.
  105. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 179.
  106. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 179.
  107. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 180.
  108. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 182.
  109. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 182 y ss.
  110. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 184 y ss.
  111. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 189.
  112. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 198 y ss.
  113. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 195 y ss.
  114. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 198 y ss.
  115. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 198.
  116. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 306. Comillas de la presente cita.
  117. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 198 y ss.
  118. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 198 y ss.
  119. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 199.
  120. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 203.
  121. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 191 y ss.
  122. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 194.
  123. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 201 y ss.
  124. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 203 y ss.
  125. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 203 y ss.
  126. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 203 y ss.
  127. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 207 y ss.
  128. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 207 y ss.
  129. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 207 y ss.
  130. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 219.
  131. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 220.
  132. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 222, nota al pie.
  133. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 222, nota al pie.
  134. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 222, nota al pie.
  135. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 223 y ss.
  136. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 236.
  137. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 236. Todas las citas corresponden al cuadro de esta última página del capítulo.
  138. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 247 y ss.
  139. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 252 y ss.
  140. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 253 y ss.
  141. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 258 y ss.
  142. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 262
  143. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 262 y ss.
  144. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 107-113, libro II, capítulo V, apartado III
  145. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 268 y ss.
  146. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 285 y ss.
  147. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 291 y ss.
  148. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 297 y ss.
  149. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 299
  150. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 299. Cursivas nuestras.
  151. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 299
  152. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 300
  153. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, pp. 304 y ss.
  154. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 309
  155. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 309. Cursivas nuestras.
  156. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, libro II, capítulo III.
  157. Durkheim, Émile, El suicidio (1897), trad. por Lucila Gibaja, Buenos Aires, ed. Schapire, 1965, p. 310. Cursivas y corchetes nuestros.


Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]