Arúspice

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Un arúspice (del latín ara, altar, e inspicio, examino), transcribe haruspex del latín, era un adivino etrusco que examinaba las entrañas de un animal sacrificado para obtener presagios en cuanto al futuro.

Haruspice copie.jpg

Los arúspices de Etruria fueron consultados en privado durante todo el imperio romano. El Senado romano tenía a la «disciplina etrusca» en gran consideración y consultaba a los arúspices antes de tomar una decisión. El emperador Claudio estudió el idioma etrusco, aprendió a leerlo, y creó un «Colegio» de 60 arúspices que existió hasta el 408. Ofrecieron sus servicios a Pompeyano, prefecto de Roma, para salvar la ciudad del asalto de los godos; el obispo cristiano Inocente, aunque reticente, aceptó esta proposición a condición de que los ritos permanecieran secretos. Como es sabido, su práctica tuvo poco efecto sobre las invasiones. Duró, por tanto, a lo largo del siglo VI.

En la antigüedad, el arúspice interpretaba la voluntad divina leyendo las entrañas de un animal sacrificado. El animal era ritualmente abatido, el arúspice podía entonces examinar el tamaño, la forma, el color, los signos particulares de ciertos órganos, generalmente el hígado, cuyo hallazgo de maquetas de bronce con uso didáctico para este tipo de adivinación, como el de Piacenza en Etruria, pero existe también un ejemplar hitita provinente de Boghazkoi, y una versión babilónica. Por fin, cuando el animal era sacrificado, la carne era asada y dividida entre los participantes en la ceremonia en el transcurso de un banquete. El órgano dividido en cuatro partes, correspondientes a los cuatro puntos cardinales, cada uno de ellos, representaba la residencia de algunas divinidades, invocadas, a las cuales el oficiante pedía la intercesión en los asuntos humanos.

Parece que nunca hubo mujeres en el colegio de los arúspices, ni ejercieron jamás esta función. Había, por el contrario, hechiceras, las cuales, como en el testimonio de las Metamorfosis de Apuleyo, eran particularmente numerosas y reputadas, en Tesalia.

Eran percibidos como charlatanes en época imperial. Catón decía que «dos arúspices no podían mirarse sin reírse».

Las diferentes prácticas que han subsistido hasta nuestros días con la ayuda del pozo del café y otros procedimientos parecidos no son más que una supervivencia, habiendo perdido su significado original, de un conjunto de ritos que se remontan probablemente hasta la prehistoria, y ligados a una práctica chamánica.

Véase también[editar]