Viriato Sención

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Viriato Sención (1941- 8 de enero de 2012) fue un autor dominicano y novelista, conocido por "Los que falsificaron la firma de Dios", su primera novela. Nació en San José de Ocoa en 1941 y falleció el 8 de enero de 2012.

Sención se dio a conocer ampliamente en 1992 cuando publicó “Los que falsificaron la firma de Dios”, novela que provocó de inmediato la ira del entonces presidente Joaquín Balaguer, protagonista alegórico de la obra; y de otros personajes que se vieron retratados en las páginas de una historia en la que resultó inevitable que la ficción se mezclara con la cruda realidad del Poder.

En 1993, su primera novela recibió el Premio Nacional de Novela en República Dominicana, pero las autoridades gubernamentales de turno le negaron el premio,[1] propiciando así la fama de su libro. La obra, que ha sido traducida al inglés,[2] se considera una mirada crítica al caudillo y ex-presidente dominicano Joaquín Balaguer. Sención fue columnista del periódico neoyorquino La Nación, en Nueva York.

El libro, según sus editores, es la historia en movimiento al tratar personajes vivos o contemporáneos entrecruzando la realidad con la ficción.

Sención presenta un texto en el cual la ficción y la investigación se cruzan en una novela que va desplazándose en medio de los aires literarios y los acontecimientos históricos y que por su naturaleza, constituye un documento irreverente ante el poder, y donde el autor ha tratado de romper mitos y descubrir hechos insospechados que llenarán de asombro al lector.

Sención es también autor, entre otros, de las novelas “Los ojos de la montaña” y “Adrianita, qué oscura la noche”, así como del libro de cuentos “La enana Celania”.

Viriato Sención, vivió en York, una apacible ciudad de Pensilvania de unos 60.000 habitantes. Allí vivió sus días junto a su compañera de toda la vida: Milagros, convertida quien se convirtió en la guardiana de su salud.

El siguiente texto, es una entrevista con Viriato Sencion:

—Viriato, hace ya 18 años que estremeciste los cimientos de la vida literaria de República Dominicana con tu obra “Los que falsificaron la firma de Dios”, con la que ganaste el Premio Nacional de Novela. ¿Qué te ha dejado la experiencia de ser Premio Nacional? ¿Te ha servido de algo?

VS:- Ganar el Premio Nacional siempre halaga a un escritor. Y más si es ganado en buena lid, como fue mi caso. Como es sabido, el premio me fue negado por el gobierno de Joaquín Balaguer de forma arbitraria, pero tengo la satisfacción de que la presea me fue reconocida largamente por el pueblo dominicano, que me apoyó espiritualmente y compró masivamente el libro. El premio me dejó muchas satisfacciones y también algunas heridas. Le agradezco al jurado que emitió la decisión ganadora, por su valor al desafiar los dictados del poder; a la mayoría de mis colegas escritores, que me dieron su respaldo mediante dos documentos publicados en la prensa. En casos como el mío también se suscitan envidias y despechos en muchas personas, tanto del gremio de escritores como de la vida política y los medios. He arrastrado a través de todos estos años el odio de personas que no pudieron resistir el rotundo éxito de mi obra literaria. Pero en sentido general todo fue muy satisfactorio.

Pero ¿cómo recuerdas lo qué ocurrió con los gobiernos que sucedieron al de Balaguer y tu premio?

VS:- Con el gobierno del Partido de la Liberación Dominicana, de Leonel Fernández, no había ninguna esperanza, pues se trataba de un gobierno que llegó al poder comprometido muy fuertemente con Balaguer. Luego vino el gobierno de Hipólito Mejía, del cual yo fui funcionario, pero la encargada de reconocerme el premio, Milagros Ortiz Bosch, Secretaria de Estado de Educación, se acobardó ante un Balaguer que aun tenía mucha influencia en la vida pública dominicana. Esta señora llegó al colmo de escribirle una carta a Balaguer pidiéndole permiso para reconocerme el premio, es decir, que él le diera su anuencia. No me consta, pero me imagino que hizo todo eso en combinación con el presidente Hipólito Mejía. Balaguer le respondió negándole el permiso. Ambas cartas reposan en los archivos de la señora Ortiz Bosch. El caso es que mi premio se convirtió en un Asunto de Estado. Finalmente, ya Balaguer muerto, andando en puntillas, con mucho sigilo, un doctor Fernández, que sustituyó interinamente a la señora Ortiz Bosch en la Secretaría de Educación, me reconoció el premio.

—Y luego te tradujeron al inglés… ¿qué memoria guardas de esa experiencia?

VS:- Con mucha satisfacción, por supuesto. Se trataba del primer bestseller dominicano traducido y editado por una empresa estadounidense. Aunque eso puede dar motivos para enorgullecerme y alimentar el ego, lo que me produce es mucha pena, al reconocer que estamos muy a la zaga en el mercado editorial internacional. No hay forma de que coloquemos una obra en las librerías fuera de nuestro país. Yo desconozco cuales son los secretos de esas arterias comerciales pero no es por falta de calidad de nuestras obras.

—Eres un escritor que inició su carrera siendo parte de la diáspora dominicana. ¿Cómo recuerdas la actividad literaria de los años ochenta en Washington Heights?

VS:- Yo tenía más de cuarenta años cuando di mis primeros pininos en literatura. Fue por allá por los años ochenta en el barrio de Washington Heights de Nueva York. Un joven de mucho entusiasmo y pasión por las letras, Juan Torres, dirigió un grupo que terminó llamándose Punto 7, fundó una revista con el mismo nombre y allí escribíamos todo lo que se nos ocurría. Así escribí mis primeros cuentos. Fue una época que yo denomino de “entusiasmos infantiles de la literatura”. No importa la edad que tuviéramos, éramos unos niños. Los corazones vibraban de entusiasmos infantiles y utopías. José Carvajal, aunque no estaba en el grupo de Punto 7, era el más entusiasta de los niños de Washington Heights. Era loco con los libros, la escritura y las actividades literarias. Para mí, fue la época más brillante de las artes de la diáspora dominicana de Nueva York. Lo hacíamos todo de gratis, la literatura por el gozo mismo de la literatura. Y fue, además, la etapa fundacional de todas las instituciones importantes de esa comunidad. Yo, personalmente, se lo debo todo a esa generación de la década de los ochenta de Washington Heights.

—Cuando regresaste a Dominicana después del éxito de tu novela, fuiste a ocupar un cargo público, el de presidente de Efemérides Patria… ¿se puede lograr algo por la Cultura siendo funcionario de un gobierno de turno?

VS:- A mí me tocó dirigir la Comisión Permanente de Efemérides Patria. Las efemérides patria son muchas; hay que recorrer todo el territorio nacional recordando la participación de nuestros héroes en las gloriosas gestas por crear y consolidar los cimientos de la república. Hay que predicarlas en las escuelas, las plazas públicas, permanentemente. Hay que publicar libros y folletos referentes a nuestros héroes y gestas. El trabajo es mucho y arduo. Yo creo que cuando dirigí la comisión cumplí con mi deber de funcionario público. Tengo la conciencia tranquila y los bolsillos limpios. Desde las posiciones públicas se puede hacer mucho por la cultura, no importa de la cantidad de recursos de que se disponga. Siempre hay la forma de buscarlos. Se requiere diligencia, voluntad, buena administración y gerencia. Pero sobre todo vocación de servicio. Todo intelectual al que le den responsabilidades públicas debe actuar con honestidad. Desgraciadamente muchos no han cumplido con ese deber.

—Hablando precisamente de responsabilidades, ¿por qué publicaste “El pacto de los rencores”?

VS:- “El pacto de los rencores” es una novela producto de reflexiones y vivencias de los últimos cincuenta años de historia dominicana. Nuestro país es muy dado a crear mitos falsos; ídolos de barro, que permanecen en sus altares porque está prohibido tocarlos, juzgarlos. Lo mismo en la política que en nuestras letras. Son el producto de reflejos condicionados. Una vez lo imponen, ya no son pasibles de ser juzgados en los tribunales de la razón. Repito una frase que te oí decir a ti: Digo públicamente lo que otros intelectuales dicen en secreto en sus tertulias de cafés. Esto, por supuesto, tiene sus consecuencias. Yo las asumo. Si con algo no juego a esta altura de mi vida es con mi sueño, con mi almohada; todas las noches busco irme a mi cama con la conciencia tranquila. Eso me da un amanecer sereno, con soles renovados cada día.

—Ahora permíteme una pregunta cliché: ¿cuáles son tus autores dominicanos preferidos?

VS:- De los novelistas dominicanos me quedo con dos: Pedro Vergés y José Enrique García. Los escojo sin ninguna duda. “Sólo cenizas hallarás”, novela de Vergés, y “Una vez un hombre”, novela de García; son dos textos que pueden llenar de orgullo a cualquier dominicano; son las novelas más acabadas escritas en el país.

—¿Y extranjeros?

VS:- De los autores extranjeros tengo varios favoritos, que leo con devoción estética. Los leo y los releo. Me voy referir a autores de la lengua. Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo. Si me dieran a escoger tres libros con los que me quedaría solo en el mundo, no dudaría en decidirme por “El informe de Brodie”, de Borges; “El reino de este mundo”, de Carpentier; y “Pedro Páramo”, de Rulfo. Los leería y releería sin cansancio hasta el fin del mundo.

—Y cuando no eres "el lector", ¿qué busca Viriato Sención cuando escribe una novela?

VS:- A mí, como escritor dominicano, me duele ver pasar con indiferencia, tantos pecados públicos cometidos por nuestros gobernantes. El único instrumento a mi disposición es la palabra. Hago uso de ella para denunciarlos ante las presentes y futuras generaciones. No sé con qué resultados, pero ya dije que con eso al menos tranquilizo mi conciencia.

Además de “Los que falsificaron la firma de Dios” y “El pacto de los rencores”, Viriato Sención es autor de las novelas “Los ojos de la montaña” y “Adrianita, qué oscura la noche”.

Lo de Viriato Sención no tiene madre. Ha escrito una novela que se nutre del pasado reciente. Un pasado tan reciente que la mayoría de los personajes están vivos, y coleando. Tan vivos están que ya han comenzado a amenazar de muerte al autor por la narración de sus hechos, a pesar de que son tan autores de los hechos como el narrador mismo.

Para peor, Viriato Sención no sólo escribió novela, sino además escribió una buena novela. Una novela buena, apasionante, con ciertas limitaciones expresivas y grandes logros narrativos.

En el empleo de los tiempos recuerda a Vargas Llosa, y un poco a García Márquez en la construcción de ciertos personajes. Los monólogos en la voz de Santiago Bell, evocadores de cuadros plagados de sucesos y fantasmas familiares, traen en la memoria el lirismo de Pedro Páramo.

Para decir algo simple sobre una trama compleja, la novela es un descenso al infierno de las buenas conciencias, precisamente al infierno de los que falsificaron la firma de Dios, incluyendo quizás al autor. Junto a los inocentes desfilan guardias y carceleros, curas predicadores y farsantes, tiranos y tiranuelos de toda laya, gobernantes y custodios de una razón de Estado ejercida en nombre de una entidad superior. Dante lo había hecho anteriormente, allá por el siglo XIV, en la “Comedia” que la posteridad llamó Divina. Dante, a su manera, fundó el neorrealismo antes que los cineastas franceses e italianos. El neorrealismo, sí, esa forma de arte que se alimenta de la historia corriente y moliente, la historia inmediata, la epopeya de la cotidianidad. Esta forma de arte o de esa corriente literaria de la historia. Acaso “El Ingenioso Hidalgo” no es radiografía despiadada de las llagas morales de la España de su tiempo?

A partir de estos antecedentes ilustres, hay que felicitar a Viriato Sención por haberse metido a novelar en el traspatio de la historia; sus personajes, sin duda, lo merecen. Es más, quizás sea esa la única condena o recompensa que reciban en este reino del crimen impune gobernado por la letra muerta de las leyes. Si algún castigo puede dar la inteligencia a la vagabundería homicida y cleptocrática es el castigo moral, inapelable por los siglos de los siglos.

Allí están, por ejemplo, en la novela “Galíndez” de Vásquez Montalbán, toda la galería de cáfilas participantes en el rapto y homicidio del famosos vasco. Desde luego que hay curas entre ellos, militares torturadores y calieses, al igual que el Dr. Ramos de la novela de Sención, pero con su verdadero nombre.

Ahora bien, la urgencia dentro de la emergencia es preservar el talento de Viriato, preservando su vida. El bárbaro que pidió sancionar a Sención, excluyéndolo de la chimiferia del libro, igual sería capaz de condenarlo a la hoguera. Y lo peor que sancionar a Sención, aparte de arbitrario, sería cacofónico. No olvido, por otra parte, que por menos de lo que ha dicho Viriato Sención se perdió Orlando Martínez, siendo presidente de la República el mismo Dr. Ramos de la novela de Sención.

Referencias[editar]

  1. Sitio de «Escritores Dominicanos»: http://www.escritoresdominicanos.com/sencion.html
  2. Listado de la traducción «They Forged the Signature of God» en Amazon.com: http://www.amazon.com/They-Forged-Signature-Viriato-Sencion/dp/1880684330