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Cayo Julio César (Latín: Gaius Iulius Caesar;[1]Roma, 13 de julio de 100 a. C.[2]​ - Ibidem, 15 de marzo de 44 a. C.), fue el más destacado líder militar y político de la era tardorrepublicana. Hombre fuerte de Roma entre 49 y 44 a. C., fue uno de los grandes responsables de la caída de la Antigua república romana y su transformación en el Imperio.

Miembro de la gens Iulia, familia patricia de escasa fortuna, fue sobrino de Cayo Mario, quien sería su mayor influencia política. En 84 a. C., a los 16 años, el popular Cinna lo nombro flamen dialis, cargo religioso del que fue relevado por Sila, con el cual tuvo conflictos a causa de su matrimonio con la hija de Cinna. Trasladado a Asia, combatió en la Tercera Guerra Mitridática. Volvió a Roma a la muerte de Sila en 78 a. C., ejerciendo por un tiempo la abogacía. En 73 a. C. sucedió a su tío Cayo Aurelio Cotta como pontífice, y pronto entró en relación con los cónsules Pompeyo y Craso, cuya amicitia le permitiría lanzar su propia carrera política.

Siguió el cursus honorum habitual, desempeñando la cuestura, la edilidad y la pretura, ganándose el apoyo de la plebe y aliados como el gaditano Balbo el Mayor. En 63 a. C. fue elegido Pontífice Máximo, y se le acusó de participar en la célebre Conjuración de Catilina. En 62 a. C. gobernó la Hispania Ulterior, como propretor, realizando una breve campaña contra lusitanos y galaicos. En 59 a. C. fue elegido cónsul gracias al apoyo de Pompeyo y Craso, formando de una alizanza informal, el Primer Triunvirato, que dominaría la vida política del período. Realizó una gran obra legislativa favorable a sus intereses pese a la oposición de su colega Marco Calpurnio Bíbulo y los optimates.

Tras su consulado se le concedió el gobierno de Iliria y las Galias Transalpina y Cisalpina. Llevó a cabo una larga guerra de anexión, la llamada Guerra de las Galias, que finalizó con al derrota del caudillo arverno Vercingétorix en la Batalla de Alesia. Sus conquistas extendieron el dominio romano desde el Atlántico al Rin, llegando en penetrar en Britania y Germania.

Mientras tanto, y a pesar de la renovación del Triunvirato, la muerte de Craso y de su hija Julia, esposa de Pompeyo, llevó a la ruptura entrambos. Pompeyo, apoyado por los optimates, igualmente temerosos del poder y riqueza adquiridos por el Julio, le exigió la disolución de su ejército como condición para presentarse de nuevo al consulado. Sitiéndose amenazado, cruzó la frontera de su provincia, el célebre río Rubicón, iniciándose así la Segunda Guerra Civil. Entre 49 y 45 a. C. combinó sus reformas durante sus estancias en Roma con una serie de campañas relámpago contra los pompeyanos, que provocaron la total derrota de éstos en las célebres batallas de Ilerda, Farsalia, Tapso y Munda.

Convertido en amo del mundo romano, se hizo proclamar dictador vitalicio, lo que hizo temer a algunos senadores que César intentara convertirse en rey. Una conspiración senatorial liderada por hombres de su confianza, como Bruto y Cayo Casio Longino, lo asesinó en los Idus de marzo de 44 a. C., lo que conduciría a la Tercera Guerra Civil, la formación del Segundo Triunvirato, la derrota y muerte de sus asesinos en la Batalla de Filipos y la victoria final de su hijo adoptivo Octaviano Augusto sobre su lugarteniente Marco Antonio.

Se conservan muchas fuentes sobre la vida del dictador, destacándose las obras de Suetonio, Plutarco, Veleyo Patérculo, Eutropio Aurelio Víctor y Apiano, así como las escritas por el propio Cesár: La Guerra de las Galias y La Guerra Civil.

Vida[editar]

Primeros años[editar]

César nació en Roma el 12/13 de julio del año 100 a. C.; no obstante, su fecha de nacimiento no ha sido establecida con claridad y pudo haberse situado en algún punto entre los años 102 y 101 a. C.[3]​ Creció en el seno de la gens Iulia, una empobrecida familia patricia que, según la leyenda, se remontaba hasta Iulo, hijo del príncipe troyano Eneas y nieto de la diosa Venus. Fue el propio César quién estableció la relación entre su familia e Iulo durante el discurso que pronunció en el funeral de su tía Julia, esposa de Cayo Mario,[4]​ que sería recogida de forma canónica por Virgilio en su poema épico, la Eneida, compuesta en el reinado de su hijo adoptivo Octaviano Augusto. Con los años, en el apogeo de su poder, César iniciaría en Roma la construcción de un templo dedicado a u supuesta antepasada, Venus Genetrix. El patronímico César parece que puede provenir, según el gramático Sexto Pompeyo Festo, de la palabra latina "caesaries", cuyo significado es "cabellera o barba". [5]

Alumnos con su pedagogo.

Su padre, cuyo nombre era también Cayo Julio César, que desempeñó la pretura,[6]​ pero murió antes de alcanzar el consulado. Su madre era Aurelia, de la rama de los Aurelii Cottae, una familia plebeya de rango senatorial, rica e influyente. Tácito la erquiparó con Cornelia, la madre de los Gracos, por su inteligencia, la pureza de sus costumbres y la nobleza de su carácter.[7]

Único hijo varón del matrimonio de sus padres, su infancia transcurrió en un ambiente esencialmente femenino, entre su madre y sus dos hermanas. Creció en uno de los barrios más pobres de la ciudad, la Subura, pero se le educó según las antiguas tradiciones romanas, tratando de inculcarle las virtudes patricias: el temor a los dioses, el respeto a las leyes, las reglas de la decencia, la modestia y la frugalidad.

Tras el estallido de la Guerra Social (91–88 a. C.), gracias al apoyo de Mario, su tío Sexto Julio César fue elegido cónsul, dando lustre a la familia. Cuando tenía diez años se vio confiado a las enseñanzas de Marco Antonio Gnifón, un gramático de origen galo y formado en la escuela de retóricos alejandrinos, considerado uno de los hombres más versados en literatura griega y romana de su época. César aprendió a leer y a pensar con Homero, en la Iliada y en la Odisea, primero en la traducción latina de Livio Andrónico y luego en el texto original. Algunos autores contemporáneos vinieron a adherirse a esta base literaria, que recibían de una manera más o menos uniforme los jóvenes romanos de su tiempo. Asimismo, aprendió oratoria y a escribir poesía.[8]

Tras la Guerra Social aumentaron los enfrentamientos entre optimates y populares con las disputas entre Mario y Sila por el mando del ejército que debía ir a combatir al rey Mitrídates VI del Ponto, lo que condujo a la marcha de Sila sobre Roma, que dejó al cargo de un cónsul optimate y otro popular, y al golpe de Estado de Mario y Cinna, iniciándose un período de tres años (Cinnanum tempus: 87-84) en el que Cinna dirigió el Estado en calidad de cónsul.

En el año 85 a. C. su padre murió repentinamente, cuando el jóven César contaba solo 16 años;[9]​; el mismo año murió en Pisa su abuelo paterno, posiblemente deprimido por el fallecimiento de su hijo, herendando César las propiedades de ambos y su posición como cabeza de familia (paterfamilias).

El dictador Lucio Cornelio Sila.

En 84 a. C. Cinna nombró a César flamen dialis, el principal sacerdote de Júpiter, y se casó con su hija Cornelia tras romper su matrimonio con Cosutia, perteneciente a una rica familia de rango ecuestre. Ese mismo año Cinna fue asesinado por su propios soldados y los líderes populares, Papirio Carbón y Mario el Joven, derrotados por Sila, que entró en Roma en 82 a. C., iniciando su dictadura indefinida para reorganizar la república y la persecución de sus enemigos políticos.

La situación de César, como sobrino de Mario y yerno de Cinna, era muy insegura. Sila trató de atraerlo a su bando, y le ordenó divorciarse de su esposa, a lo que el joven se negó, incurriendo en la ira del dictador. Temiendo la venganza de Sila, César se ocultó por un tiempo en Sabinia. El dictador anuló su nombramiento como flamen dials y confiscó su bienes, hasta que su madre Aurelia, sus tíos Marco, Cayo y Lucio, las vírgenes vestales y el yerno de Sila, Mamerco Emilio Lepido Liviano, todos ellos partidarios del dictador, lo covnencieron para perdonarle, a lo que accedió a regañadientes, declarando que "ese [joven] quien con tanto afán desean ver rehabilitado será algún la perdición de los optimates, que junto a mí han defendido, pues veo en él a muchos Marios".[10]

Irónicamente, al ser despojado del cargo de flamen dialis, César pudo emprender la carrera de las armas, pues a este sacerdote le estaba prohibido tocar a los caballos, dormir más de tres noches fuera de su cama o una fuera de Roma, y dirigir un ejército. Percatándose de que lo más seguro sería alejarse de Roma durante un tiempo, César viajó a Oriente, donde participó en la tercera guerra contra Mitrídates VI del Ponto bajo las órdenes del cónsul Marco Minucio Termo. Durante el sitio de Mitilene se le ordenó ir a Bitinia, donde debía solicitar al rey Nicomedes IV la cesión de una pequeña flota a fin de asaltar la ciudad rebelde. El monarca helenístico quedó deslumbrado con la belleza del joven, al que colmó de honores antes de concederle su flota. Su estancia en Bitinia causó un gran daño a su reputación, al ser acusado de prostituirse con un rey extranjero, apodándolo «la reina de Bitinia», aunque César siempre desmintió este hecho. La homosexualidad pasiva era vergonzosa para los romanos, a diferencia de la activa, y acusar a alguien de mantener relaciones homosexuales pasivas era una estrategia común en la política romana.[11]​ El resto de la campaña le valió una mejor reputación, mostrando gran capacidad de mando y un arrojo y valor personal encomiables, por los que Minucio Termo, tras la toma de Mitilene le concedería la corona cívica, la condecoración al valor más alta que se otorgaba en la República Romana.[12]​ A continuación luchó contra los piratas cilicios a las órdenes de Publio Servilio Vatia Isáurico, demostrando nuevamente su valor.

En 80 a. C. Sila, completada su obra, renunció a todo su poder y se convirtió en un simple particular,[13]​ hecho que después César ridiculizaría, considerando que el dictador se comportó "como un escolar".[14]​ Después de la muerte de Sila en 78 a. C., César regresó a Roma, cuidándose mucho de participar en la demolición de las instituciones silanas emprendida por Marco Emilio Lépido, padre de su futuro subordinado. En lugar de eso se dedicó a la abogacía, demostrando su maestría oratoria y perfeccionando la retórica, siendo alabado incluso por Cicerón. En 77 a. C. el cónsul Lépido fracasó en su intento de golpe de Estado, y César comenzó a atacar a los políticos silanos, abriendo un proceso contra Cneo Cornelio Dolabela, protegido de Sila y cónsul en 81 a. C., acusándole de concusión durante su gobierno proconsular en Macedonia. Dolabela contrató para su defensa a uno de los más ilustres abogados de la época, Quinto Hortensio (llamado «El Bailarín» por su manera de moverse en los estrados) y al propio tío de César, Lucio Aurelio Cotta, eminente silano. Aunque no ganó la causa, César demostró su calidad de orador y se procuró la fama que buscaba.[15]

En 76 a. C. su segunda víctima fue el intrigante Cayo Antonio Híbrida, legado de Sila en Grecia del 83 al 82 a. C., al que varias ciudades acusaban de toda clase de expolios y atrocidades, lo que le valió su sobrenombre (Hybrida, que en griego significa "medio bestia").[16]​ Habló ante el pretor Marco Terencio Varrón Lúculo con mucha elocuencia y ganó el juicio, pero Híbrida apeló a los tribunos de la plebe, los cuáles ejercieron su derecho al veto, dejando en suspenso la sentencia dictada en su contra.[17]

Quizá para evitar problemas con sus recién ganados enemigos, César viajó a Rodas para estudiar filosofía y retórica con el gramático Apolonio Molón, considerado el mejor de la época. Sin embargo, durante el viaje, su barco fue asaltado por piratas cilicios que lo mantuvieron retenido en la isla de Farmacusa. Cuando exigieron un rescate de 20 talentos de oro. César se rió y les obligó a pedir 50. Al cabo de treinta y ocho días de cómodo cautiverio, llegó el rescate y César. Aunque trató a sus secuestradores con amabilidad, les amenazó varias veces con ejecutarlos. Así, recuperada su libertad, organizó una fuerza naval, capturó a los piratas en su refugio y ordenó su crucifixión, tal como les había prometido, aunque en un gesto de "compasión" por el buen trato recibido, ordenó primero que los degollaran.[18]​ Tras un año de estudios en el cálido clima rodio, regresó a Roma.

De vuelta a casa, en 73 a. C. aprovechó la vacante dejada por la muerte de su tío Cayo Aurelio Cotta para ser elegido pontífice. Ese mismo año inició su carrera política con el tribunado militar. Sin embargo, se mantuvo al margen de las Guerras Sertorianas, la Tercera Guerra Servil y la Tercera Guerra Mitridática, que provocaron la caída de grandes políticos optimates como Metelo Pío o Lucio Licinio Luculo. Pompeyo, vencedor de Sertorio, retornó desde Hispania y llenó el vacío desempeñando el consulado junto con Marco Licinio Craso. César inició una relación muy calculada con estos grandes hombres del momento, con objeto de lanzar su carrera política.

En 69 a. C., Cornelia falleció al dar a luz a un niño que nació muerto y poco después César perdió a su tía Julia, viuda de Mario, de quien era muy cercano. En contra de la costumbre de la época, César insistió en organizar sendos funerales públicos, desafiando además las leyes de Sila, al exhibir las imágenes de proscritos: las de Cayo Mario y su hijo, Cayo Mario el Joven en el sepelio de Julia, y la de Cinna en el sepelio de Cornelia. Su actuación fue muy apreciado por la plebe y los populares, y, en la misma medida, repudiada por los optimates.[19]

Ascenso político[editar]

Escultura de Julio César (1696), por Nicolas Coustou. Museo del Louvre.

César fue elegido cuestor por los Comicios en el 69 a. C., a la edad mínima de 30 años. En el sorteo subsiguiente, le correspondió el gobierno de la Hispania Ulterior. Según cuenta una leyenda local, en el Herakleión (el Templo de Hércules) de la ciudad de Gades (Cádiz), situado en lo que actualmente es el Islote de Sancti Petri, Julio César tuvo un sueño que le predecía el dominio del mundo después de haber llorado ante el busto de Alejandro Magno por haber cumplido su edad sin haber alcanzado un éxito importante. [20]​ Allí, como cuestor, conoció al rico banquero e industrial Lucio Cornelio Balbo "El Mayor", que con el tiempo sería un apoyo clave en la carrera de César hacia el poder absoluto.

A su regreso a Roma, César prosiguió su carrera como abogado, mientras que Pompeyo logró un imperium extraordinario panmediterráneo en su guerra relámpago contra los piratas cilicios, y el mando supremo de todo el Oriente para combatir a Mitrídates de Ponto y Tigranes de Armenia, gracias a las rogationes de de Gabinio y Manilio. César fue elegido edil curul en el año 65 a. C., al ejercer la censura su amigo y protector Marco Licinio Craso. A comienzos del mismo año fracasó la primera Conjuración de Catilina; según Suetonio, Catilina habría actuado a instancias de Craso a fin de que éste, de haber triunfado el complot, hubiese sido nombrado dictador, con César como lugarteniente,[21]​ aprovechando quizá que Pompeyo seguía ocupado en Oriente.

En todo caso, entre las responsabilidades edilicias de César estaban la regulación de las obras públicas, el urbanismo, el tránsito, el comercio y otros aspectos de la vida diaria, incluyendo el orden público. El cargo era la base de cualquier carrera política de éxito, pues incluía la organización de juegos y banquetes públicos, lo que, debido a lo limitado del presupuesto público, exigía la utilización de fondos personales del edil, y en suma suponía una especie de soborno a la agradecida plebe, que sin duda recordaría el nombre de su benefactor en futuras elecciones. Con el apoyo financiero de Balbo, César pudo realizar juegos y dádivas memorables. De hecho, llegó a construir un estanque y a desviar el curso del Tíber para ofrecer una naumaquia (un combate entre barcos). Acabó el año con deudas del orden de varios cientos de talentos de oro,[22]​ pero su generosidad le proporcionó el apoyo total de la plebe e impulsó su carrera.

En 64 a. C. se convirtió en iudex quaestorius, y su patrón Craso intentó en vano convertir Egipto en provincia romana, cuyo gobierno hubiera encargado a César. Ptolomeo XII conjuró el peligro apoyando a Pompeyo Magno en su campaña de Oriente y convirtiéndose en cliente suyo. Así, cuando en 63 a.C. se produjo la muerte de Metelo Pío, dejando vacante el pontificado máximo, cargo religioso supremo del Estado romano, César emprendió la batalla para hacerse con él con el apoyo pompeyano, para compensarle por las pérdidas. La elección del Pontífice Máximo volvió a ser realizada en la Asamblea a propuesta del tribuno Tito Labieno, cliente de Pompeyo, y con el tiempo lugarteniente de César en las Galias. Pero a pesar de gozar del apoyo de la plebe, Julio César hubo de gastarse enormes sumas en sobornos para lograr ser elegido sobre sus competidores, los principes optimates Quinto Lutacio Catulo Capitolino y Pubio Servilio Vatia Isáurico.[23]​ El día de su elección había sospechas de un atentado contra él, lo que César le dijo a su madre: "Madre, hoy verás a tu hijo muerto en el Foro o vistiendo la toga del sumo pontífice."[24]​ El cargo implicaba una enorme autoridad y dignidad, así como una casa nueva en el Foro, la Domus Publica, la presidencia del Colegio de Pontífices y la preeminencia en la vida religiosa de Roma, además de la asunción de los deberes y derechos del paterfamilias sobre las Vírgenes Vestales.[25]

"Cedant arma togae", "Cedan las armas a la toga". Cicerón no dejó que nadie olvidara nunca que en 63 a. C., con la derrota de la conspiración de Catilina, había salvado la República.

El mismo año 63 a. C. la segunda Conjuración de Catilina fue abortada por los líderes optimates, el cónsul Cicerón y Catón el Joven, y sus cabecillas condenados a muerte. César fue acusado de participar en ella (lo que no parece probable), y aunque reconoció la traición de los conjurados, salió en defensa suya, proponiendo penas mitigadas. Sin emabargo, Catón el Joven se salió con la suya, y logró declararlos enemigos de la República. Catilina y su ejército fueron finalmente derrotados en Etruria en enero de 62 a.C., a manos de un viejo enemigo de César, Cayo Antonio Híbrida. Entretanto se aprobó la propuesta del tribuno Quinto Metelo Nepote, permitiendo a Pompeyo volver a Roma con sus veteranos tras reorganizar todo el Oriente.

En 62 a. C. César fue electo pretor urbano, el puesto de pretor más distinguido ya que era el que se ocupaba de los asuntos entre ciudadanos romanos. El año estuvo marcado por un gran escándalo. Después de la muerte de Cornelia Cinna, César se había casado con Pompeya Sila (hija de Cornelia Sila y Quinto Pompeyo Rufo), nieta de Sila. Como esposa del Pontífice Máximo y una de las mujeres más importantes de Roma, Pompeya era responsable de la organización de los ritos de la Bona Dea en diciembre, una liturgia reservada exclusivamente a las mujeres. Pero durante las celebraciones, Publio Clodio Pulcro (un joven y peligroso demagogo que ya había causado la ruina de Luculo) consiguió entrar en la casa disfrazado de mujer, al parecer, movido por la lascivia para yacer con Pompeya. En respuesta a este sacrilegio, del cuál ella probablemente no era culpable, Pompeya recibió una orden de divorcio. César admitió en público que no la consideraba responsable, pero justificó su acción con una célebre máxima: "La mujer de César no sólo debe ser honrada, además debe parecerlo."[26]​ Sin embargo, Clodio fue perdonado. Así, al acabar su complicado año como pretor, César escapó del enrarecido ambiente de Roma, siéndole encargado el gobierno de la Hispania Ulterior.

El primer triunvirato[editar]

Mientras Pompeyo entraba triunfal en Roma, César inició el gobierno de su provicnia, que no se encuentra bien documentado. Se sabe no obstante que en 61-60 a. C. emprendió una pequeña y rápida guerra en el norte de Lusitania y la costa de la Gallaecia, ya que "necesitaba muchos millones para no tener nada", es decir, para poder pagar su deudas.[27]​ César obtuvo un cuantioso botín, y no se contuvo a la hora se saquear a sus propios aliados lusitanos.[28]​ Ganó además crédito como líder militar, y el Senado le concedió un triunfo.[29]

Entretanto Roma atravesaba una grave crisis política. Pompeyo necesitaba que el Senado ratificara sus acciones, las acta Pompeii, y concediera tierras a sus veteranos. Sin embargo el Senado le había recibido con manifiesta hostilidad, ya que consideraba que había ido mucho más allá incluso de lo permitido por su imperio extraordinario, al reorganizar por completo el Oriente. Además, su relación con Craso se había roto a causa de los celos y reproches mutuos, acusándose el uno al otro de abusar de su amicitia en provecho personal. Catón, el líder de los optimates, contrarrestó a los pompeyanos y obtuvo la hegemonía en el Senado.[30]

César abandonó Hispania antes incluso de la llegada de su sustituto, dejando probablemente a su cuestor a cargo de la provincia. Llegado con celeridad a Roma, y tuvo que instalarse en la Villa Pública del Campo de Marte, en espera de su triunfo, ya que al seguir teniendo el imperium le estaba prohibida la entrada.[31]​ Ante la imposibilidad de entrar en Roma, se apresuró en presentar su candidatura al consulado por persona interpuesta o bien mediante misiva, pues no hay constancia de que éste se reuniera fuera del pomerium para escuchar tal petición. Tras demorarse un día, parecía que el Senado no tendría problemas en validarla.[32]

Sin embargo, Catón, portavoz de la facción optimate más conservadora, era reacio a que un político popular obtuviese el consulado y más aún si éste político era un ambicioso carente de escrúpulos como César (a quien detestaba),[33]​ y sabiendo que se debía votar antes de la puesta del Sol, siguió hablando hasta bien entrada la noche, por lo que no se pudo aprobar la moción anterior. Esperar hubiera sido renunicar al consulado, de modo que, César decidió prescindir de los laureles de su triunfo y presentarse personalmente como candidato.[34]​ César se presentaba apoyado por la riqueza y prestigio de Craso, y aliado con uno de sus oponentes por el cargo, Lucio Luceyo, acaudalado amigo de Pompeyo.[35]​ Al no haber podido neutralizar la entrada de César en las elecciones, los optimates se movieron rápidamente para encontrar un candidato que equilibrase la balanza, y que perteneciera a la esfera de las ideas conservadoras, con el fin de contrarrestar a César.[36]​ El elegido fue Marco Calpurnio Bíbulo, yerno de Craso, que para los optimates interpretaba el papel de salvador de la República. En las elecciones del año 59 a. C. César fue primero con diferencia y Bíbulo ganó el segundo puesto.[37]

La posición política de Pompeyo estaba seriamente amenzada. Sus acta seguían sin ratificar, y sus veteranos vociferaban exigiendo su recompensa. Las buenas artes diplomáticas de César obraron entonces maravillas, al lograr reconciliar a Pompeyo y a Craso, creando un pacto de amicitia privada a tres bandas, en que cada uno aportaba algo: Craso, su inmensa riqueza y el apoyo de los equites, Pompeyo el apoyo de sus veteranos y clientes, César el apoyo popular y el poder consular para llevar a cabo una legislación conveniente a los intereses convergentes de los tres. Pompeyo obtendría la aprobación de su acta y tierras para sus veteranos; Craso un mando militar contra los partos, para obtener la gloria y el prestigio que le habían sido negados por derrotar a Espartaco, y César obtendría un nuevo gobierno provincial.[38]

Al comienzo del nuevo año, 58 a. C., todo parecía transcurrir con naturalidad para los conservadores, que, tras bloquear políticamente a Pompeyo, y ante la perspectiva para ellos inaceptable de permitir que un hombre tan ambicioso como César, se hiciera cargo de una provincia a ltérmino de su consulado, iniciaron maniobras para evitarlo. Catón planteó al Senado que una vez acabado el mandato de los cónsules, y estando Italia plagada de forajidos y bandidos tan sólo diez años después de la rebelión de Espartaco, sería en bien de la República encargar a los cónsules que acabaran con ellos en una misión de un año de duración. El Senado acogió favorablemente la idea, que se convirtió en ley. La voluntad de Catón se cumplió perfectamente y parecía que César terminaría su consulado como policía, entre aldeanos y pastores italianos.[39]​ Fue una decisión arriesgada, no obstante, pero al tomarla el Senado se aseguraba de que si César no la aceptaba tendría que recurrir a la fuerza para revocarla y sería declarado hostis rei publicae, enemigo de la República. La estrategia de Catón consistió siempre en identificarse con la tradición y arrinconar a sus enemigos contra ella hasta obligarles a tomar el papel de revolucionarios. En el senado los aliados de los optimates liderados por Catón mantenían una mayoría sólida, contando con Craso y su poderoso bloque, pues todo el mundo esperaba que éste se opusiese a cualquier medida de Pompeyo.[40]

Cuando César propuso una lex agraria, que distribuiría el ager publicus entre los veteranos de Pompeyo y la plebe, a nadie le sorpendió que el primero en apoyarla fuera el propio Pompeyo, pero cuando Craso la secundo, quedó claro que los tres habían constituido una alianza secreta. Los optimates, desbordados, vieron como caían todas sus esperanzas. Juntos los tres hombres, podrían repartirse la República como gustasen.[41]​ La coalición dominaría la vida política romana durante el siguiente lustro. Para confirmarla, Pompeyo se casó con Julia César, la única hija de César, y a pesar de la diferencia de edades y ambiente social, el matrimonio fue un éxito.[42]

El cónsul Bíbulo y sus apoyos comenzaron a usar el veto para oponerse a las propuestas de César; pero César no estaba dispuesto a que no le dejaran legislar, y llevó sus proyectos directamente ante los Comicios, donde se aprobaban, entre otras cosas, por el decidido apoyo físico de los veteranos de Pompeyo.[43]​ Sin embargo, cuando en un altercado algunos elementos del populus arrojaron una cesta de estiércol a la cabeza de Bíbulo, éste optó por retirarse de toda la vida política, aunque sin renunciar a su magistratura, so pretexto de dedicarse a la observación de los cielos en busca de presagios, con objeto de delcarar días infaustos e impedir las votaciones, evitando así que César aprobara ninguna ley. El año, que iguiendo la costumbre romana se nombraba por los cónsules, fue nombrado con sorna el "año de Julio y César", dada la nula participación de Bíbulo. Al parecer había una copla popular a éste respecto, que decía: "Non Bibulo quidquam nuper, sed Cesare factum est: Non Bibulo fieri consulte nil memini"; "Nada hizo Bíbulo, sino César: no recuerdo que haya sucedido nada en el consulado de Bíbulo."}}[44]

César llevó a cabo una intensa obra legislativa, comparable a la de Sila, destinada a cumplir con sus acuerdos con Pompeyo y Craso: además de la ley agraria, las dos más importantes fueron una una lex Iulia de publicanis que redujo a un tercio el número de publicanos que tenían arrendada la recaudación de impuestos en Asia (benficiando a Craso), lex Iulia de repetundis, que castigaba severamente a los gobernadores que realizaran exacciones ilegales en sus provincias, lo cual les daba la posibilidad de arremeter contra destacados optimates. César obtuvo para sí mismo el gobierno de la Galia Cisalpina e Iliria, con tres legiones, por espacio de cinco años, a las que se añadió la Galia Cisalpina y una cuarta legión tras la muerte inesperada de su gobernador Quinto Cecilio Metelo Céler. Por su parte, el demagogo Clodio logró ser adoptado por un plebeyo, logrando así la posiblidad de convertirse en tribuno de la plebe a pesar de ser de sangre patricia. Antes de partir, César se sirvió de Clodio para neutralizar a su enemigos: recién convertido en tribuno, Clodio aceptó la anexión del reino de Chipre y su inmenso tesoro, encargándole a Catón que supervisara la operación. Por su parte, Cicerón, al que César había intentado ganarse inútilmente, se exilió tras la aprobación de la lex de capite civis romani, que ordenaba perseguir a todo el que hubiera condenado a un ciudadano romano sin juicio previo, justo lo que Cicerón había hecho con Catilina y los suyos. Los nuevos cónsules, Gabinio, lugarteniente de César, y Calpurnio Pisón, su nuevo suego, obtuvieron para el año siguiente el gobierno de Macedonia y Cilicia.[45]

La Guerra de las Galias[editar]

El Mundo Romano antes de la Guerra de las Galias.

La conquista de las Galias (58 - 49 a. C.) suele dividirse en dos grandes fases: del 58 al 54, centrada las rutas de comunicacion principales de la Galia septentrional, y de 54 a 51 en la Galia central.

En la primera fase los romanos intervinieron llamados por los eduos, amenazados por las migraciones de los helvecios, a los que derrotó así como a sus aliados suevos y su rey Ariovisto, que trataron de penetrar en la Galia tras cruzar el Rin desde Germania, siendo vencidos en el sur de Alsacia. En 57 César reforzó su ejército, pasando de 6 a 9 legiones, y penetró en Bélgica, derrotando a los nervios tras duros combates. Del 56 al 54 las operaciones se centraron en la costa: en 56 se sometió a los vénetos, a pesar de su potente flota, y su legado Craso el Joven, hijo de su aliado, ocupó la Aquitania. En 55 a. C. se realizaron dos campañas fuera de la Galia: una en Germania y otra de tres semanas en Britania. En 54 a. C. el ejército romano sufrió graves pérdidas, al dispersar César sus unidades por el noroeste de la Galia: fueron atacados y asediados en su campamentos por los belgas, y los eburones aniquilaron 15 cohortes mandadas por Sabino y Cotta. Gracias a un refuerzo de tres legiones, César puedo enderezar la situación y replegarse a Samarobriva. Tras la masacre de los negotiatores romanos en Genabo, en 52 a. C: se dirigió a la Galia central, la Céltica, derrotando a carnutos y arvernos, campaña que culminó en el victorioso asedio de Alesia y la rendición de Vercingetórix. El último episodio militar tuvo lugar en 51 a. C., contra los caducos en Uxelodono.[46]

De acuerdo con Plutarco, la guerra se cerró con un balance de 800 ciudades tomadas (como la de Avarico, en la cual de los 40.000 defensores, solo quedaron 800), 300 tribus sometidas, un millón de galos reducidos a la esclavitud y otros tres millones muertos en los campos de batalla, Plinio habla de 1.192.000 muertos y más o menos los mismos prisioneros y Veleyo Patérculo dice que murieron 400.000 galos y muchos más fueron tomados prisioneros, aunque las cifras de los antiguos historiadores deben tomarse con mucha precaución, incluidas las del propio Julio César, cuya crónica personal de la campaña está registradas en sus Comentarios a la Guerra de las Galias (De Bello Gallico).[47]

Entre sus legados (comandantes de legión) se contaban sus primos Lucio Julio César y Marco Antonio, Marco Licinio Craso, hijo de su compañero de triunvirato, así cómo Tito Labieno, cliente de Pompeyo, y Quinto Tulio Cicerón, el hermano más joven de Marco Tulio Cicerón, todos hombres que habrían de ser personajes importantes en los años siguientes.

En materia de tácticas, Julio César usó con gran resultado la táctica de la guerra relámpago, a la que se conoció como celeritas caesaris, o «rapidez cesariana», aparte de su genio militar tanto en batallas campales como en asedio de ciudades. Además supo conjugar sabiamente la fuerza, la diplomacia y el manejo de las rencillas internas de las tribus galas, para separarlas y vencerlas. Utilizó en varias ocasiones la táctica de sorprender al enemigo apareciendo como por ensalmo delante de sus contrincantes y, a despecho de los días de marcha, hacía que sus soldados se enfrentasen directamente al adversario, pese a que éste consideraba que el cansancio invalidaría el empuje de sus legiones. Fue igualmente brillante en los asedios de ciudades, llegando al culmen en el sitio de Alesia en donde ordenó construir una doble línea de fortificaciones de varios kilómetros de extensión, para blindarse frente a los casi trescientos mil galos que intentaban ayudar a los ochenta mil asediados soldados de Vercingetórix a los que César tenía acosados dentro de la plaza fuerte. César, con menos de cincuenta mil efectivos correspondientes a diez legiones nunca completas tras ocho años de guerras en las Galias, venció a unos y a otros en la misma batalla en la que se decidió el destino de los galos.[48]

Crisis política[editar]

El Mundo Romano tras las conquistas de César.

A pesar, o quiizá precisamente a causa de sus éxitos, César continuó siendo impopular en el Senado, en particular entre los conservadores. Además, en 56 a. C., el triunvirato se tambaleaba, pues Pompeyo no se fiaba de Craso y creía que era él quien mantenía en la sombra a Clodio y sus secuaces, que estaban sembrando la violencia en Roma.[49]​ Ante ésta situación, que amenazaba su proconsulado, César convocó a una reunión a sus dos aliados en la ciudad de Luca, pues no podía abandonar su provincia sin renunciar a su imperium. Al parecer, a dicho encuentro no sólo asistieron ellos sino unos doscientos senadores (las dos terceras partes del Senado); en éste concilio se acordó que tanto Pompeyo como Craso se presentaran al consulado al año siguiente y que, una vez cónsules, promulgarían una ley por la que el proconsulado de César se alargaría cinco años más. Este pacto se cononce en la Historia como Convenio de Luca.[50]​ Al año siguiente, como era de prever, Pompeyo y Craso]] fueron elegidos cónsules y honraron el acuerdo establecido con César.

Sin embargo, en 54 a. C. la alianza se hundió: la esposa de Pompeyo, Julia César, murió durante un parto, y Marco Licinio Craso cayó junto a tres legiones en el 53 a. C., combatiendo a los partos en la Batalla de Carras, catatrófico colofón de una campaña imprudente y mal planeada. Todavía ocupado en la Galia, César trató de asegurarse la alianza con Pompeyo proponiéndole matrimonio con una de sus sobrinas, pero éste prefirió casarse de nuevo con Cornelia Metela, hija de Quinto Cecilio Metelo Escipión, aliándose así con la facción optimate. Clodio fue asesinado y en 53 a.C. Pompeyo desempeñó al consulado sine collega

Días después tras la victoria de César en Alesia, Celio, como tribuno, lanzó una propuesta de ley adicional: César sería dispensado de la obligación de acudir a Roma para presentar su candidatura al consulado. Esta medida suponía que los opositores y enemigos de César que pretendían procesarle por los supuestos crímenes de su primer consulado perderían toda posibilidad de juzgarle, puesto que César en ningún momento dejaría de desempeñar una magistratura. Mientras fuese procónsul, César tendría inmunidad judicial, pero si se veía obligado a entrar en Roma para presentarse al consulado perdería su cargo y, durante un tiempo, podría ser atacado con toda una batería de demandas de sus enemigos.

César se entontraba ahora en la misma situación que Pompeyo al retorno de su campaña de Oriente. Debido a sus victorias y su ambición era considerado por muchos senadores conservadores como una amenaza. Si César regresaba a Roma como cónsul, no tendría problemas para hacer aprobar leyes que concediesen tierras a los veteranos de sus 10 legiones, lo que le permitiría establecer una inmensa red clientelar capaz de superar a la de Pompeyo. Catón y los enemigos de César se opusieron frontalmente, con lo que el Senado se vió envuelto en largas discusiones sobre el número de legiones que debería de tener bajo su mando y sobre quién debería ser el futuro gobernador de la Galia Cisalpina e Iliria.

Pompeyo finalmente se decantó por aliarse con el Senado y evitar la competencia que César pudiera representar en el futuro. Emitió un veredicto claro: César debía de abandonar su mando la primavera siguiente, faltando todavía meses para las elecciones al consulado, tiempo más que suficiente para juzgarle.[51]​ Sin embargo, en las siguientes elecciones para tribuno de la plebe fue elegido Curio, que se reveló como cesariano, vetando todos los intentos de apartar a César de su mando en las Galias. Jurídicamente, todos los intentos consulares de apartar a César de sus tropas se veían anulados por la tribunicia potestas.[52]

A finales del mismo año César acampó en Rávena con la XIII legión. Necesitaba tiempo para pacificar la nueva provincia, y se negó ap resentarse para 50 a. C. COrrió entratanto el rumor de que César se preparaba a invadir Italia, y los optimates apremiaron a Pompeyo a que los defendiera. Pompeyo tomó el mando de dos legiones en Capua y empezó a reclutar levas ilegalmente, un acto, que como era predecible, aprovecharon los cesarianos en su favor. César fue informado de las acciones de Pompeyo personalmente por Curio, que fue con su amo tras haber finalizado su mandato, sin lgrar una entrevista con Pompeyo. Mientras se desvanecían las esperanzas de cualquier tipo de acuerdo, su puesto de tribuno fue ocupado por Marco Antonio que lo desempeñó hasta diciembre.[53]

Archivo:Pompey louvre3.jpg
Busto de Pompeyo el Grande (Museo del Louvre).

Cuándo el Senado le dio un ultimatum, impidiéndole concurrir al consulado y ordenándole licenciar a sus tropas so pena de ser declarado enemigo público, César entendió que, escogiera la alternativa que escogiera, se entregaba inerme en manos de sus enemigos políticos. El 1 de enero de 49 a. C., Marco Antonio leyó una carta de César en el Senado, en la cual el procónsul afirmaba ser amigo de la paz, y, tras una larga lista de sus muchas gestas en favor de la República, propuso que tanto él como Pompeyo renunciaran simultáneamente a sus mandos. El Senado ocultó este mensaje a la plebe.[54]

El cónsul Metelo Escipión dictó una fecha para la cual César debería haber abandonado el mando de sus legiones o considerarse enemigo de la República. La moción se sometió inmediatamente a votación. Sólo dos senadores se opusieron, Curio y Celio. Marco Antonio, como tribuno, vetó la propuesta para impedir que se convirtiera en ley. Tras el veto, Pompeyo notificó que no podría garantizar la sagrada inviolabilidad de los tribunos. Antonio, Celio y Curio, se vieron forzado a abandonar Roma disfrazados como esclavos, acosados por las bandas callejeras.[55]

El 7 de enero, el Senado proclamó el estado de emergencia y concedió a Pompeyo poderes excepcionales, nombrándole cónsul sine collega. Catón y Marcelo instaron al Senado a que pronunciara la famosa frase

Caveant consules ne quid detrimenti res publica capiat (Cuiden los cónsules que la república no sufra daño alguno)

que equivalía a dictar la ley marcial, e instaron a Pompeyo a trasladar inmediatamente sus tropas a Roma.[56]

La Guerra Civil[editar]

Localización del Río Rubicón.

A la vista del cariz que tomaban los acontecimientos, César arengó a una de sus legiones, la XIII, y les explicó la situación preguntándoles si estaban dispuestos a enfrentarse a Roma en una guerra que les calificaría de traidores en caso de perderla. Los legionarios respondieron a la arenga de su general con la decisión de acompañarlo.[57]

Entre el 7 y el 14 de enero de 49 a. C. -muy probablemente el 10 de enero-,[58]​ César recibió la noticia de la concesión de los poderes excepcionales a Pompeyo, e inmediatamente ordenó que un pequeño contingente de tropas cruzara la frontera hacia el sur y tomara la ciudad más cercana. Al anochecer, junto con la Legio XIII Gemina, César avanzó hasta el Rubicón, la frontera entre la provincia de la Galia Cisalpina e Italia y, tras un momento de duda, dió a sus legionarios la orden de avanzar. Algunas fuentes han sugerido que fue entonces cuando pronunció el famoso: Alea iacta est.[59]

Los optimates, liderados por Metelo Escipión y Catón el Joven, tras declarar que se consideraría enemigos de Roma a quienes se quedaran en la ciudad, abandonaron la misma y marcharon hacia el sur, sin saber que César estaba acompañado apenas por la Legión XIII. César persiguió a Pompeyo hasta el puerto de Brundisium en el sur de Italia, con alguna esperanza de poder rehacer su alianza, pero éste se replegó hacia Grecia con sus seguidores para reorganizar sus fuerzas.[60]​ César, en lugar de perseguirlo, dejó bien cubierta su retaguardia, y decidió atacar Hispania, donde Pompeyo tenía numerosos efectivos militares además de gran número de clientes. tras varias escaramuzas, derrotó a Afranio en la batalla de Ilerda y a Varrón en Córdoba.[61]

De vuelta a Roma, pasó allí el invierno de 49-48 a. C., reorganizando la vida política y la adminsitración. Tras lo cual se trasladó a Brindisi y se embarcó rumbo a Grecia. El 10 de julio de 48 a. C. fue derrotado en la Batalla de Dirraquio. Sin embargo, Pompeyo no supo o no pudo hacer uso de esta victoria para acabar con César, y éste conseguiría huir con casi todo su ejército casi intacto para luchar en otro momento. El encuentro final se dió poco tiempo después, el 9 de agosto, en la Batalla de Farsalia.[62]​ César obtuvo una victoria aplastante, gracias a un ardid táctico, pero sin embargo, sus enemigos políticos consiguieron huir: mientras que los líderes optimates, Metelo Escipión y Catón el Joven, marcharon a África con Labieno, Pompeyo huyó a Rodas y de allí a Egipto, cuyo rey era cliente suyo.

Legión en orden de marcha.

De regreso a Roma, fue nombrado dictador, con Marco Antonio como Magister equitum, y fue, junto a Publio Servilio Vatia Isaúrico como colega junior, electo cónsul por segunda vez.

En 47 a. C., César dejó su asuntos en Roma a cargo de Balbo el Mayor y se dirigió a Egipto con un reducido ejército, en busca de Pompeyo, pero le sorprendió el hecho de que su viejo aliado y enemigo había sido asesinado el año anterior, nada más desembarcar. Al saber de su suerte, César quedó apenado por su asesinato y por haber perdido la oportunidad de ofrecerle su perdón.[63]​ Tal vez debido a esto y a los intereses de Roma en Egipto, César decidió intervenir en la política egipcia y substituyó al rey Ptolomeo XIII de Egipto, que ya tenía la dignidad de faraón, por su hermana Cleopatra que creía más afín a Roma. Estalló entonces una guerra civil, y César y Cleopatra quedaron asediados en la ciudadela de ALejandría. Durante el sitio, prendió fuego a sus naves y las mandó cotnra la flota egipcia, incendio accidentalemtne unos alamcenes de libros del puerto, lo que dio lugar a la falsa creencia de que la Biblioteca de Alejandría resultó destruída. Llegaron a estar en graves apuros, sólo superados gracias a la intervención de su amigo Mitrídates de Pérgamo con un ejército y la muerte de Ptolomeo. Durante su estancia en la capital lágida, César mantuvo un romance con la reina de Egipto y de la relación parece que nació un niño, el futuro Ptolomeo XIV de Egipto (Cesarión), que sería el último faraón de Egipto, si bien César nunca llegó a reconocerlo oficialmente como hijo suyo. [64]​ Después de la campañas de Egipto, en junio de 47 a. C. César se dirigió a Anatolia, donde derrotó a Farnaces rey del Ponto en la Batalla de Zela (2 de agosto), en la cual pronunció la famosa frase de Veni, vidi, vici («Fuí, vi, vencí»), por la facilidad de su victoria.[65]

En octubre entró en Roma, donde la situación polítcia requería nuevamente su presencia, y en diciembre de 47 a. C. desembarcó en África, refugio de numerosos optimates y pompeyanos, que contaban con la aliazna de Juba I de Numidia, cliente de Pompeyo. Tras la derrota de Ruspina, obtuvo un victoria decisiva en Tapso (6 de abril) que costó la vida a Afranio y a Metelo Escipión, provocando además el suicidio de Catón.

Los hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto, así como su antiguo legado principal en las Galias, Tito Labieno, consiguieron huir a Hispania. Tras una nueva estancia en Roma, César se personó en Hispania, y, tras una breve pero dura campaña, derrotó el último foco de oposición en la Batalla de Munda (17 de marzo de 45 a. C.).[66]

La dictadura[editar]

Tras su entrada en la Urbe el 3 de marzo de 49 a. C., César alternó la dictadura (49, 48) y el consulado (48, 46) como bases de su imperium militar, reforzando su poder casi absoluto con el sacerdocio de augur (47). Regresó a Roma a finales de julio de 46 a. C. La victoria total de su facción dotó a César de un poder enorme y el Senado se apresuró a legitimar su victoria nombrándolo dictador por tercera vez en la primavera del 46 a. C., por un plazo sin precedentes de diez años, lo que se completaría con la magistratura de censor, así como con diversos honores extraordinarios.

En septiembre, celebró sus triunfos, ofreciendo cuatro desfiles triunfales que se desarrollaron entre el día 21 de septiembre y el día 2 de octubre.[67]​Galos, egipcios, asiáticos y africanos desfilaron encadenados ante la multitud, mientras jirafas, carros de guerra britanos y batallas en lagos artificiales dejaban boquiabiertos a sus conciudadanos. La guerra entre romanos fue enmascarada por las victorias contra extranjeros y las celebraciones no tuvieron precedentes en sus dimensiones y duración.

Lictores. Cada cónsul iba precedido por doce y el dictador por venticuatro.

Durante las celebraciones fue ejecutado ritualmente Vercingetórix, que había permanecido en una cárcel de plata desde su captura tras Alesia; en ése mismo desfile, se rompió el eje de su carroza y estuvo a punto de caer al suelo. El desfile triunfal contra Farnaces II, contó con una carroza que portaba el eslogan «Fuí, vi, vencí».[68]

César no olvidó recompensar a sus tropas, y así entregó a cada legionario cinco mil denarios (el equivalente a lo que ganarían en los 16 años de servicio obligatorio), a cada centurión, diez mil y a cada tribuno y prefecto, veinte mil denarios. Además les asignó también terrenos, aunque no cercanos a Roma, para no despojar a ciudadanos y establecer así colonias romanas en territorios recientemente conquistados. Distribuyó al pueblo diez modios de trigo por cabeza y otras tantas libras de aceite con 300 sestercios, en cumplimiento de una antigua promesa que le había hecho, a los cuales agregó 100 más por la demora. Rebajó el alquiler de las casas: en Roma hasta la suma de 2.000 sestercios, en el resto de Italia hasta quinientos. Ademas añadió la distribución de carnes, y después del triunfo sobre Hispania dos festines públicos, y no considerando el primero bastante digno de sus magnificencias, el que ofreció cinco días después fue mucho más abundante.[69]​Dio también espectáculos de varios tipos, incluyendo combates de gladiadores y comedias en todos los barrios de la ciudad, desempeñándolas actores de todas las naciones y en todos los idiomas. Juegos en el circo, atletas y una naumaquia completaron el programa.[70]

En el Foro, combatieron entre los gladiadores Furio Leptino, en cuya familia figuraban pretores, y Quinto Calpeno, que había formado parte del Senado y defendido causas delante del pueblo. Los hijos de muchos príncipes de Asia y de Bitinia bailaron la pírrica. El ciudadano romano Decimo Liberio representó en los juegos un mimo de su composición, recibiendo quinientos mil sestercios y un anillo de oro y pasando después desde la escena, por la orquesta, a sentarse entre los equites.[71]

Lucha de gladiadores (Reconstrucción actual).

En el Circo se ensanchó la arena por ambos lados; abrieron alrededor un foso, que llenaron de agua, y jóvenes nobilísimos corrieron en aquel recinto cuadrigas y bigas, o saltaron en caballos adiestrados al efecto. Niños divididos en dos bandos, según la diferencia de edad, ejecutaron los juegos llamados troyanos. Se dieron 5 días de combates de fieras, y finalmente se dió una batalla entre dos ejércitos: cada uno comprendía 500 infantes, 30 jinetes y 20 elefantes. Con objeto de dejar a las tropas mayor espacio, habían quitado las barreras del circo, formando a cada extremo un campamento.[72]

Durante 3 días lucharon atletas en un estadio construido expresamente en las inmediaciones del Campo de Marte. Se hizo un lago en la Codeta menor (un lugar del otro lado del Tíber) y allí trabaron combate naval: birrimes, trirremes, cuatrirremes, figurando dos flotas, una tiria y otra egipcia, cargadas de soldados. El anuncio de estos espectáculos había atraído a Roma a una gran cantidad de forasteros, cuya mayor parte durmió en tiendas de campaña, en las calles y las plazas, y muchas personas, entre ellas dos senadores, fueron aplastadas o asfixiadas por la multitud.[73]

Reformas, construcciones y legislación[editar]

  • Corrigió el calendario en uso, en el que había tal desorden por culpa de los pontífices y por abuso, antiguo ya, de las intercalaciones, que las fiestas de la recolección no caían ya en estío, ni las vendimias en otoño. Ajustó el año al curso del sol, y lo compuso de 365 días, suprimiendo el mes intercalar y aumentando un día cada cuatro años. Para que este nuevo orden de cosas pudiera comenzar en las calendas de enero del año siguiente, añadió dos meses, entre noviembre y diciembre, teniendo por consiguiente este año quince meses, contando el antiguo intercalario que ocurría en él.[74]
  • Completó el Senado, aumentando el número de senadores a 900, llenándolo de partidarios suyos, en especial equites, élites provinciales, y algún que otro escriba, centurión e incluso hijo de liberto. Entre los más destacados y poderosos se encontraron los Balbos.[75]
  • Confió la dirección de la casa de la moneda y las rentas públicas a algunos de sus propios esclavos, y creó una ceca privada con la que acuñó el oro que obtuvo en la guerra de las Galias y saqueando el erario público.[76]
  • Amplió el vigintivirato a 26 magistrados (vigintisexviratum). Creó nuevos patricios, aumentó el número de pretores, de ediles, de cuestores y de magistrados inferiores; rehabilitó a algunos de los que los censores habían despojado de su dignidad o condenado los jueces por cohecho. Compartió con el pueblo el derecho de elección de magistrados; de suerte que, exceptuando sus competidores al consulado, los demás candidatos los designaban por mitades, el pueblo y él. Los suyos los designaba en tablillas que mandaban a todas las tribus conteniendo esta breve inscripción: «César dictador, a tal tribu. Os recomiendo a fulano y a mengano para que obtengan su dignidad por vuestro sufragio.» Admitió a los honores a los hijos de los proscritos.[77]
  • Estableció la contratación a extranjeros en las legiones y creó el cargo de Imperator, que sería el comandante del ejército.[77]
  • Restringió el poder judicial a dos clases de jueces, a los senadores y a los caballeros, y suprimió los tribunos del Tesoro (tribuno aurearii), que formaban la tercera jurisdicción.[77]
  • Hizo el censo del pueblo, no de la manera acostumbrada, ni en el paraje ordinario, sino por barrios y según padrones de los propietarios de las casas: redujo el número de aquellos a quienes suministraba trigo el Estado, de 320.000 a 150.000; y para que la formación de estas listas no pudiese ser en lo venidero causa de nuevos disturbios, decretó que el pretor pudiese reemplazar a los que fallecieran, por medio del sorteo, con los que no estaban inscritos.[77]
  • Distribuyó a 80.000 ciudadanos en las colonias de ultramar, y para que no quedase exhausta la población en Roma, decretó que ningún ciudadano mayor de 20 años y menor de 60 años, que no estuviese obligado por un cargo público, permaneciese más de 3 años fuera de Italia; que ningún hijo de senador emprendiese viajes lejanos, si no era en compañía o bajo el patronato de algún magistrado; y en fin, que los que criaban ganado tuviesen entre sus pastores, por lo menos, la tercera parte de hombres libres en edad de pubertad.[78]
  • Concedió el derecho de ciudadanía a cuantos practicaban medicina en Roma o cultivaban las artes literarias, debiendo este favor fijarlos en la ciudad y atraer a otros.[78]
Restos del Foro de César, quien lo mandó edificar en Roma durante su dictadura.
  • En cuanto a las deudas, en vez de conceder la abolición, con afán esperada y reclamada sin cesar, decretó que los deudores pagarían según la estimación de sus propiedades y conforme al precio de estos bienes antes de la guerra civil, y que se deduciría del capital todo lo que se hubiese pagado en dinero o en promesas escritas a titulo de usura, con cuya disposición desaparecería cerca de la cuarta parte de las deudas.[78]
  • Disolvió todas las asociaciones, exceptuando aquellas que tenían origen en los primeros tiempos de Roma.[78]
  • Aumentó la penalidad en cuanto a los crímenes, y como los ricos los cometían sin perder nada de su caudal, decretó contra los parricidas la confiscación completa y contra los criminales la de la mitad de sus bienes.[78]
  • Declaró nulo el matrimonio de un antiguo pretor que se había casado con una mujer al segundo día de separada de su marido, aunque no se la sospechara de adulterio.[79]
  • Estableció impuestos sobre las mercancías extranjeras. Mandaba a los mercados guardias que secuestraran los artículos prohibidos y los llevaran a su casa, yendo algunas veces lictores y soldados a recoger en los comedores lo que había escapado a la vigilancia de los guardias.[79]
  • Prohibió el uso de literas, de la púrpura y las perlas, exceptuando a ciertas personas, ciertas edades y en determinados días.[79]

A César no le bastó sólo con esto y entre sus proyectos estaba:

  • La construcción de un templo a Marte, mayor que cualquier otro del mundo, rellenando hasta el nivel del suelo el lago en que ofreció la naumaquia.[80]
  • Reducir a justa proporción todo el derecho civil, y encerrar en poquísimos libros lo mejor y más indispensable del inmenso y difuso número leyes existentes.[80]
  • Formar bibliotecas públicas griegas y latinas, lo más numerosas posible, y encargó a Marco Terencio Varrón el cuidado de adquirir y clasificar los libros.[80]
  • César emprendió numerosos proyectos de reforma de los edificios públicos de Roma y creó otros muchos nuevos, en general en torno al campo de Marte y el nuevo complejo del Foro. Cabe destacar entre ellos, el Foro Julio o Foro de César, construído en 46 a.C. en las pendientes del Capitolio y finalizado por Augusto; en el centro de la plaza se alzaba la estatua ecuestre de César, ante el templo de su divina antepasada, Venus Genetrix, obra destacada igualmente. En dicho templo se encontraba la estatua de la diosa, instalada en el ábside del templo, y que era obra de Arcesilas, cuyos bocetos alcanzaban según Plinio precios astronómicos.[81]

El poder absoluto[editar]

No está históricamente demostrado que la intención de César fuera proclamarse rey; y, de haber querido serlo, no puede saberse qué tipo de rey, si un rex a la manera etrusca , como lo habían sido Servio Tulio o Lucio Tarquinio Prisco, uno a semejanza del faraón egipcio o, simplemente, al estilo de los "Basileus" helénicos. Algunos autores, como Jerôme Carcopino, creen que sin duda aspiraba a la realeza, pero otros lo niegan. Sin embargo, su poder autocrático iba mucho más allá de las magistraturas tradicionales e incluso de la dictadura de César, lo que hizo despertar recelos en sus esferas más cercanas.[82]

Denario cesariano del año 44 a. C. En el anverso, el busto de César laureado y la leyenda CAESAR IM P M; en el reverso, la diosa Venus portando un cetro y a Victoria y la leyenda L AEMILIVS BVCA.

César, después de vencer tras el último intento de los pompeyanos (dirigido por Cneo Pompeyo, hijo de Pompeyo Magno) se mostró desconfiado, pensando en la posibilidad de un inminente intento de asesinato. Muestra de ello es que en diciembre del año 45 a. C. en vísperas de las Saturnales, fue a pasar unos días con el suegro de Cayo Octavio (su sobrino nieto), en la residencia que este poseía cerca de Puteoli, hoy Pozzuolie hizo que lo acompañara una escolta de 2.000 hombres.

Cicerón, cuya villa colindaba con la de Lucio Marcio Filipo, había pedido a César que le hiciera el honor de cenar con él. El dictador aceptó. Los sucesos de aquella noche quedaron registrados en una célebre carta de Marco Tulio Cicerón a Tito Pomponio Ático.Según Cicerón, César llegó a la villa acompañado de toda la guardia. Tres salones especiales recibieron al séquito de Cesar. La cena fue un gran éxito. "Como él [César] se había purgado", precisa Marco Tulio Cicerón, "bebió y comió con tanto apetito como energía". César se mostró conversador brillante e ingenioso. "Por otra parte", añade su anfitrión, "ni una palabra de asuntos serios. Conversación enteramente literaria". Al día siguiente, 20 de diciembre, partió a Roma.[83]

El Senado había aprovechado la ausencia de César para votar en bloque los decretos relativos a los honores que le eran conferidos. "Así", explica Dión Casio, "esta labor no debía parecer el resultado de una coacción, sino la expresión de su libre voluntad". Cuando César estaba ya de regreso en Roma, antes de colocar los decretos a los pies de Júpiter Capitolino como era tradicional, los senadores decidieron presentárselos personalmente. De este modo, se subrayaba aún más la importancia del homenaje que el Senado le rendía.[84]

César estaba en el vestíbulo del templo de Venus Genetrix, ocupado en discutir los planos de los trabajos que los arquitectos y artistas habían venido a someterle. Cuando se le anunció que el Senado in corpore había venido a verlo, precedido de los magistrados en ejercicio y de una multitud de ciudadanos de diversos rangos, hizo como que no le daba importancia alguna y continuó, sin interrumpirla, la conversación con sus colaboradores.[85]

La Curia Julia, lugar de reunión del Senado Romano, mandada edificar por César durante su dictadura, tras la destrucción de la Curia Hostilia, por los seguidores de Clodio.

Uno de los senadores se adelantó para pronunciar un discurso apropiado a las circunstancias. Entonces César se volvió hacia él y se preparó a escucharlo, sin dignarse siquiera a levantarse de su asiento. Probablemente, se trataba de poner en evidencia su disgusto con la afrenta que le infligió el tribuno Aquila tres meses antes. Asimismo, su respuesta dejó anonadados a los senadores: En vez de alargar la lista de honores a él acordados, insistió más bien en reducirlos... Pero no obstante los aceptó. Esta actitud produjo una tremenda indignación entre los miembros del Senado y en la multitud que asistió a esta solemnidad.[86]

César no se limitó a aceptar las distinciones honoríficas con las que lo había colmado el [Senado, sino que, al mismo tiempo supo apoderarse de múltiples prerrogativas de un carácter más realista que le permitieron reunir en sus manos la totalidad del poder gubernamental. Exigió y obtuvo que todos sus actos fuesen ratificados por el Senado, los funcionarios públicos fueron obligados a prestar juramento, desde su entrada en funciones, de no oponerse jamás a medida alguna emanada de él y se hizo atribuir los privilegios de los tribunos de la plebe, con lo que obtuvo la "tribunicia potestas" y la inmunidad sacrosanta que los distinguía.[87]

Como consecuencia, el Senado perdía su poder, permaneciendo como una asamblea consultiva que aprobaba resoluciones, resoluciones que el dictador podía pasar por alto, sin siquiera dar una explicación para hacerlo. En lo sucesivo sería César quien tuviera el derecho exclusivo de disponer de las finanzas del estado, y quien prepararía la lista de los candidatos al consulado y demás magistraturas.[88]

Así, de hecho, ya poseía todos los poderes de un monarca. No le faltaba más que el título. A este respecto, empezó una propaganda insinuante emprendida por ciertos agentes para preparar a la opinión publica, que era muy hostil a la idea de volver a la monarquía. Sus enemigos esperaban poder arruinarlo más fácilmente explotando su ambición y se organizaron para actuar. Como resultado, seguiría una guerra solapada pero implacable.

Ésta comenzó cuando la estatua de oro que acababa de ser erigida de César en la rostra, fue coronada con una diadema portando una cintilla blanca, distinción de la realeza. Se trataba de una primera tentativa, todavía muy discreta, de sondear el terreno y simular un deseo popular en favor de la coronación de César como rey. Dos tribunos del pueblo ordenaron arrancar la diadema y lanzarla lejos, hecho esto simularon erigirse en defensores de la reputación cívica de César.[89]

En los últimos días de enero tenían lugar en el Monte Albano, en las cercanías de Roma, las tradicionales fiestas latinas. César estaba llamado a asistir bien como Pontífice Máximo o como dictador. Optó por esta ultima calidad, lo cual le permitía, usando el privilegio que le había concedido el Senado, figurar en estas ceremonias vistiendo la toga púrpura y calzando las altas botas rojas. Al concluir las fiestas, César hizo su entrada en Roma a caballo. En medio de la multitud que lo esperaba, y desde que se le vio aparecer, resonaron aclamaciones, escuchándose voces que lo saludaban con el título de rey, quizá provenientes de satélites debidamente aleccionados. Inmediatamente el partido opuesto intervino y se escucharon exclamaciones de protesta. César salvó la situación respondiendo: «Mi nombre es César y no Rex», lo cual, en rigor, podría interpretarse como que él sólo veía en los saludos de que era objeto una alusión a su parentesco con la gens Marcci Reges, a la que pertenecía su madre.[90]

Otro acto estaba previsto para el 15 de febrero, día de las fiestas Lupercales. Para asistir a ellas César usó el mismo ropaje que había usado en las fiestas latinas y ocupó un sitial de oro sito en medio de la tribuna de las arengas, delante del cual debía pasar la procesión conducida por Marco Antonio. Junto al dictador se situó el cuerpo de magistrados en ejercicio: su jefe de caballería Marco Emilio Lépido, los pretores, los ediles, ect. Mientras desfilaba delante de la tribuna el colegio de sacerdotes Julianos, uno de ellos, Licinio, apareció a nivel del estrado y depositó a los pies de César una corona de laurel entrelazada con la cintilla de la diadema real, momento en que estallaron los aplausos. Entonces Licinio subió a la tribuna y puso la corona sobre la cabeza de César que hizo un gesto de protesta y se dirigió a Lépido para que lo ayudara, pero éste no hizo nada.[91]

Cayo Casio Longino, se adelantó y, quitando la corona de la cabeza de César, la puso sobre sus rodillas, pero César la rechazó. En el último minuto, Marco Antonio trató de componer las cosas. Escaló la rostra, se apoderó de la corona y la colocó de nuevo sobre la cabeza del dictador, pero César esta vez se quitó él mismo la corona y la arrojó lejos de sí. Esto le valió los aplausos de la multitud, pero algunos espectadores le pidieron que aceptara la ofrenda del pueblo.[92]​ Marco Antonio aprovechó el momento para recoger el emblema, tratando de ceñírselo de nuevo y se escucharon gritos de ¡Salud, oh rey!, pero con ellos se mezclaban protestas indignadas. César se quitó la corona y ordenó llevarla al templo de Júpiter «donde será mejor colocada», y requirió al redactor de los actos públicos que hiciera constar allí «que habiéndole ofrecido el pueblo la realeza de manos del cónsul, él la había rechazado».[93]

Mientras tanto, se recurrió a los libros sibilinos que, habiendo sido consumidos por las llamas en tiempos de Lucio Cornelio Sila, habían sido reemplazados desde entonces por copias espúreas. Los encargados de la custodia de dichos libros anunciaron que ciertos pasajes de los mismos dejaban entender que los ejércitos romanos no podían obtener la victoria sobre los partos en la guerra que iba a comenzar de un momento a otro, sino cuando estuviesen mandados por un rey. Prontamente circuló en Roma el rumor que en la próxima sesión del Senado, que debía tener lugar el 15 de marzo, el quindecenviro Lucio Aurelio Cotta (cónsul 65 a. C.), tío del dictador, tomaría la palabra para proponer que fuese conferido el título de rey a su sobrino.[94]

Complot y asesinato[editar]

Muerte de César, por Carl Theodor von Piloty.

No es posible saber con certeza qué condiciones fueron las que llevaron a un grupo de senadores a pensar en el asesinato de César. Los intentos de establecer un régimen autocrático sin duda tuvieron mucho que ver, pero no se puede descartar que hubiera otras motivaciones no tan nobles.

El sólo hecho de un número relativamente alto senadores estuvieran dispuestos a participar en el complot, y a matar a César en el propio senado (lo que constituía un sacrilegio) da muestra del estado de cosas al que se había llegado.

La conspiración[editar]

Todos estos acontecimientos hicieron pensar a lo que quedaba de la facción optimate, y, entre ellos, a Cayo Casio Longino, que ante el cariz que tomaba la situación, y al enterarse de lo que se rumoreaba que se preparaba para el 15 de marzo en el Senado, decidió pasar a la acción. Se dirigió a algunos hombres de los cuales creía estar seguro y que a su juicio compartían su idea de dar muerte al dictador para librar a Roma del destino que él creía que le esperaba: un nuevo imperio cosmopolita, dirigido desde Alejandría.[95]

Sin embargo Cayo Casio Longino no era probablemente el hombre adecuado para ser la cabeza visible de este tipo de acción y se acordó tantear a Marco Junio Bruto, considerado como el personaje indicado para este papel.[96]

Tras una serie de probables reuniones, ambos estaban de acuerdo en que la libertad de la República estaba en juego, pero no tenían los mismos puntos de vista de cómo actuar; Marco Junio Bruto no pensaba asistir al Senado el día 15, o sea abogaba por la protesta pasiva (la abstención); pero Cayo Casio Longino le replicó que como ambos eran pretores, podían obligarlos a asistir. Entonces respondió Bruto: «En ese caso, mi deber será, no callarme, sino el oponerme al proyecto de ley, y morir antes de ver expirar la libertad». Cayo Casio Longino rechazó de lleno esta solución, pues entendía que no era dándose muerte cómo se iba a salvar la República, y lo exhortó a la lucha, a pasar a la acción. Su elocuencia terminó por convencer a su interlocutor.[97]

El nombre de Marco Junio Bruto atrajo varias adhesiones valiosas, no en vano se decía descendiente de aquel otro Bruto (Lucio Junio Bruto) que había dirigido la expulsión del último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio en 509 a. C.; entre otras uniones a la trama, se produjo la de Décimo Junio Bruto Albino, un familiar del dictador, en quien éste tenía entera confianza. En total, el número de los conjurados parece haber sido de unos sesenta, de los cuales 23 se encargaron de la ejecución material del atentado. Durante las reuniones preliminares se elaboró un plan de acción. Se decidió por unanimidad atentar contra César en pleno Senado. De este modo, se esperaba que su muerte no pareciera una emboscada, sino un acto para la salvación de la patria, y que los senadores, testigos del asesinato, inmediatamente declararían su solidaridad.[98]​ Los planes de los conjurados no solamente peveían el asesinato de César, sino que además deseaban arrastrar su cadáver al Tíber, adjudicar sus bienes al Estado y anular sus disposiciones.[99]

Hay que tener en cuenta que los magnicidas formaban un grupo de motivaciones muy heterogéneas, ya que los había movidos por un auténtico sentido de salvación de la República, mientras se les habían unido otras personas movidas por rencor, por envidia, o por la idea de que si César acaparaba las magistraturas, a ellos no les tocaría nunca llegar al poder.[100]

También es de señalar que muchos de los conspiradores eran ex pompeyanos reconocidos a los que César había perdonado la vida y la hacienda, incluso confiando en ellos para la administración del Estado (Casio y Bruto fueron gobernadores provinciales, nombrados por César).[101]

El magnicidio[editar]

Muerte de César (1867), por Jean-Léon Gérôme (Museo del Louvre).

En los Idus de Marzo del año 44 a. C., un grupo de senadores, pertenecientes a la conspiración arriba citada, convocó a César al Foro para leerle una petición, escrita por ellos, con el fin de devolver el poder efectivo al Senado. Marco Antonio, que había tenido noticias difusas de la posibilidad del complot a través de Servilio Casca, y temiendo lo peor, corrió al Foro e intentó parar a César en las escaleras, antes de que entrara a la reunión del Senado.[102]

Pero el grupo de conspiradores interceptó a César justo al pasar al Teatro de Pompeyo, donde se reunía la curia romana, y lo condujo a una habitación anexa al pórtico este, donde le entregaron la petición. Cuando el dictador la comenzó a leer, Tulio Cimber, que se la había entregado, tiró de su túnica, provocando que César le dirigiera un furioso «Ista quidem vis est?» (¿Qué clase de violencia es esta?; no debemos olvidar que César, al contar con la sacrosantidad de la tribunicia potestas, y, por ser Pontifex Maximus, era intocable). En ése momento, el mencionado Casca, sacando una daga, le asestó un corte en el cuello; el agredido se volvió rápidamente y, clavando su punzón en el brazo de su agresor,[103]​ le dijo “¿Qué haces, Casca, villano?”, pues era sacrilegio portar armas dentro de las reuniones del Senado.[104]

Casca, asustado, gritó en griego «ἀδελφέ, βοήθει!», («adelphe, boethei!» = ¡Socorro, hermanos!), y, en respuesta a esa petición, todos se lanzaron sobre el dictador, incluido Marco Junio Bruto.[105]​ César, entonces, intentó salir fuera del edificio para recabar ayuda, pero, cegado por la sangre, tropezó y cayó. Los conspiradores continuaron con su agresión, mientras aquél yacía indefenso en las escaleras bajas del pórtico. De acuerdo con Eutropio y Suetonio, al menos 60 senadores participaron en el magnicidio. César recibió 23 puñaladas, de las que, si creemos a Suetonio, solamente una, la segunda recibida en el tórax, fue la mortal.[106]

Las últimas palabras de César no están establecidas realmente, y hay una polémica en torno a las mismas, siendo las más conocidas:

  • Καὶ σὺ τέκνον. Kai sy, teknon? (Griego, ‘¿tú también, hijo mío?’). Suetonio.[107]
  • Tu quoque, Brute, filii mei! (traducción al latín de la frase anterior: ‘¡Tú también, Bruto, hijo mío!’).
  • Et tu, Brute? (Latín, ‘¿Tú también, Bruto?’, versión inmortalizada en la pieza de Shakespeare).[108]
  • Plutarco nos cuenta que no dijo nada, sino que se cubrió la cabeza con la toga tras ver a Bruto entre sus agresores.[109]

Tras el asesinato, los conspiradores huyeron, dejando el cadáver de César a los pies de una estatua de Pompeyo, donde quedo expuesto por un tiempo. De allí, lo recogieron tres esclavos públicos que lo llevaron a su casa en una litera,[110]​ de donde Marco Antonio lo recogió y lo mostró al pueblo, que quedó conmocionado por la visión del cadáver. Poco después los soldados de la decimotercera legión, tan unida a César, trajeron antorchas para incinerar el cuerpo de su querido líder. Luego los habitantes de Roma se amotinaron y echaron a esa hoguera todo lo que tenían a mano para avivar más el fuego.[111]

La leyenda cuenta que Calpurnia, la mujer de César, después de haber soñado con un presagio terrible, advirtió a César de que tuviera cuidado, pero César ignoró su advertencia diciendo: «Sólo se debe temer al miedo». En otras se cuenta cómo un vidente ciego le había prevenido contra los Idus de Marzo; llegado el día, César le recordó divertido en las escaleras del Senado que aún seguía vivo, a lo que el ciego respondió que los idus no habían acabado aún.[112]

En el lugar de su cremación se construyó un altar que serviría de epicentro para un templo a él dedicado.

Después de la muerte de César, estalló una lucha por el poder entre su sobrino-nieto César Augusto, a quién en su testamento había nombrado heredero universal, y Marco Antonio, que culminaría con la caída de la República y el nacimiento de una especie de Monarquía, que se ha dado en denominar Principado", con lo que la conspiración y el magnicidio se revelaron a la postre inútiles, ya que no impideron el establecimiento de un sistema autocrático.

Familia[editar]

Padres y hermanos[editar]

El padre de Julio César, Cayo Julio César III, nacido hacia 135 a. C. y muerto en 85 a. C., era hijo de Cayo Julio César II. Perteneciente a una familia patricia que había dado varios cónsules (Sexto Julio César II y Sexto Julio César III) ejerció durante su vida las funciones de cuestor (99 a. C. ó 98 a. C.), pretor (92 a. C.) y después gobernador de Asia (91 a. C.). Murió bruscamente por causas naturales en Pisae en 85 a. C.[113]

Su madre, Aurelia Cotta, nacida en 120 a. C. y muerta en 54 a. C. ó 53 a. C.,[114]​ procedía de una familia patricia y consular (sus tres hermanos fueron cónsules). Para Tácito[115]​ y Plutarco,[116]​ encarna el ideal de matrona romana, ejemplar por la educación y la devoción que siente hacia sus hijos y su familia.[117]​ Habiendo enviudado en 85 a. C., no volvió a casarse y siguió viviendo con su hijo.

Con excepción de César, Cayo Julio César III y Aurelia Cotta tuvieron otros dos hijos, dos hijas, Julia Caesaris Maior y Julia Caesaris Minor.
La información acerca de Julia Caesaris «Maior» es escasa. Suetonio confirma la existencia de esta última porque habría según él participado en la acusación de Publio Clodio Pulcro perseguido por sacrilegio y adulterio. Fue llamada a testificar en contra de Publio Clodio, que era a la vez acusado de sacrilegio y convencido de adulterio con Pompeya, su esposa. César afirmó no saber nada, aunque su madre Aurelia y su hermana Julia declararon fielmente a los mismos jueces toda la verdad.[118]​ Tuvo dos hijos Lucio Pinario y Quinto Pedio, a los que César nombró pretores en la Galia e Hispania, respectivamente, recordándolos en su testamento.[119][120]

Julia Caesaris «Minor» nació en 101 a. C. y murió en 51 a. C. Octavio, nacido en 63 a. C., pronunció su elogio fúnebre a los 12 años.[121]​ Se casó con Marco Atio Balbo, originario de Aricia y era la madre de Atia Balba Caesonia, la abuela de Octavio, que será adoptado por César y se convertiría más tarde en Augusto.

Esposas[editar]

Según Suetonio, Cosutia fue la primera esposa de César, de la que divorció para casarse con Cornelia Cinna minor por motivos políticos:

y aunque le habían prometido, en su niñez, a Cossutia, de una simple familia ecuestre, pero muy rica, la repudió, para casarse con Cornelia, hija de Cinna, quien había sido cuatro veces cónsul (dimissa Cossutia quae familia equestri sed admorum dives praetextato desponsata furat…)".[122]

El examen de las raras fuentes y la compilación de estudios sobre el tema llevan a elaborar la siguiente hipótesis: César, que acababa de vestirse con la toga viril, se casó con Cossutia, perteneciente a una familia rica de la orden ecuestre, entre julio de 85 a. C. y julio de 84 a. C. (sin duda por iniciativa de sus padres y por motivos económicos, ya que la familia no era especialmente rica) y se divorció al año siguiente, bajo el consulado de Lucio Cornelio Cinna, del que tomó a su hija Cornelia por esposa (una elección más personal que traduce una orientación política que nunca se desmintió después, ya que César, aunque muy joven se había convertido en el paterfamilias por la muerte de su padre).

Plutarco no aporta una solución satisfactoria ya que el relato que hace de la vida de César conlleva algunas incoherencias:

"A la vuelta de su cuestura, se casó en terceras nupcias con Pompeya Sila; tenía de Cornelia, su primera esposa, una hija, que después se casaría con Pompeyo Magno"

La cita lleva una contradicción que Napoleón III ya había encontrado.[123]​ En 68 a. C., tras haber ejercido las funciones de cuestor en Hispania, César se casa con Pompeya Sila, porque su primera esposa Cornelia había muerto el año anterior.[124]

Cinco años más tarde, en 63 a. C., César fue elegido Pontifex Maximus y decidió divorciarse como consecuencia de las supuestas relaciones entre su esposa y un joven, Publio Clodio Pulcro.

Por fin, en 59 a. C., se casa con Calpurnia Pisonis con la que quedará unido hasta su muerte en 44 a. C..

Descendencia[editar]

  • Cornelia Cinna minor le da su único descendiente legítimo,[125]​ una hija llamada Julia Caesaris, que nace en 83 a. C. u 82 a. C. y se casa con Pompeyo en 60 a. C. Muere en 54 a. C.
  • Durante su estancia en Egipto, César mantiene relaciones con Cleopatra VII que dará a luz más tarde (hacia 47 a. C., o más probablemente hacia 44 a. C. a un niño, Ptolomeo XV llamado Cesarión. Sin embargo, la paternidad de César con respecto a este niño es discutida por los historiadores, no sólo modernos sino de la antigüedad. Y parece que ya fue objeto de una polémica poco tiempo después de la muerte del dictador:

"Algunos autores griegos han escrito que este hijo se le parecía por la silueta y los andares; Marco Antonio afirmó, en pleno senado, que César lo había reconocido; e invocó el testimonio de C. Matio, de C. Oppio, y de otros amigos del dictador. Pero Gayo Oppio creyó necesario defenderle y justificarle sobre este punto, y publicó un libro para demostrar que el hijo de Cleopatra no era, como ella decía, hijo de César".

Suetonio, César, 52

Cesarión fue asesinado muy joven (con 15 o 17 años) por Augusto, el hijo adoptivo de César y primer emperador romano.

  • En 46 a. C., César, sin descendencia legítima, adoptó a su sobrino-nieto Octavio por testamento que, según la costumbre romana en caso de adopción, fue llamado a partir de entonces Cayo Julio César Octaviano (Octaviano). Más tarde se convertirá en Augusto, primer emperador de Roma.
  • Y por último, César fue tal vez padre de Bruto, al que habría tenido con Servilia Cepionis en 85 a. C. En efecto, Plutarco en su Vida de Bruto, cuenta la benevolencia de César hacia aquél.[126]​ y la creencia que había adquirido de ser el padre natural, ya que el niño había nacido durante el período en el que frecuentaba a Servilia Cepionis:[126]

    "Quería, dicen, complacer a Servilia, madre de Bruto, que le amaba perdidamente: y como Bruto nació en la época en que esta pasión estaba en toda su fuerza, César se persuadió que él era el padre."

Relaciones extramatrimoniales[editar]

Aristócratas romanas[editar]

Según el historiador latino Suetonio, César sedujo a numerosas mujeres a lo largo de su vida y sobre todo a aquellas pertenecientes a la alta sociedad romana.[127]

Así, habría seducido a Postumia, esposa de Servio Sulpicio Rufo, Lollia, esposa de Aulo Gabinio y Tertulla, esposa de Marco Licinio Craso. También parece haber frecuentado a Mucia, esposa de Pompeyo.[127]​ Asimismo, César mantuvo relaciones con Servilia Cepionis, madre de Bruto, a la que parecía apreciar especialmente.[127]​ Así, Suetonio refiere los distintos regalos y beneficios que ofreció a su amada, de los cuales destaca una magnífica perla con un valor de seis millones de sestercios.[127]​ El amor de Servilia hacia César era conocido públicamente en Roma.[128]

Cleopatra ensaya venenos en condenados a muerte ([[]]), por Alexandre Cabanel.

La inclinación de César hacia los placeres del amor también ha sido confirmada por los versos cantados por sus soldados con ocasión de su triunfo en Roma por las campañas en la Galia, referidos por Suetonio:

Ciudadanos, vigilad a vuestras mujeres: traemos a un adúltero calvo
Has fornicado en Galia con el oro que tomaste prestado en Roma.[129]

Reinas extranjeras[editar]

César mantuvo relaciones amorosas con Eunoé, esposa de Bogud, rey de Mauritania.[130]

Sin embargo, su relación más famosa fue con Cleopatra VII. Suetonio cuenta que César remontó el Nilo con la reina egipcia.[130]​ Remontó el Nilo con ella en una nave provista de cabinas; y habría atravesado así todo Egipto y penetrado hasta Etiopía, si el ejército no se hubiese negado a seguirlos y la hizo venir a Roma colmándola de honores y de presentes.[130]​ Y la hizo venir a Roma, y sólo la devolvió colmada de honores y recompensas magníficas. Para él era un buen modo de sujetar Egipto, donde quedaban presentes tres legiones, y cuyo papel en el aprovisionamiento de cereales para Italia empezaba a ser preponderante. Sea como fuere, Cleopatra estuvo presente en Roma en el momento del asesinato de César y volvió rápidamente a su país después del crimen

Bibliografía[editar]

Fuentes[editar]

  1. Volumen I: Historia romana I. Madrid: Editorial Gredos. 1994. ISBN 978-84-249-3550-4. 
  2. Volumen II: Historia romana II: Guerras civiles. Libros I-II. Madrid: Editorial Gredos. 1985. ISBN 978-84-249-3551-1. 
  3. Volumen III: Historia romana III: Guerras civiles. Libros III-V. Madrid: Editorial Gredos. 1985. ISBN 978-84-249-3552-8. 
  1. Volumen I: Libros I-II-III. 2.ª ed. revisada. 2ª Reimpresión, 1996. ISBN 978-84-249-3547-4. 
  2. Volumen II: Libros IV-V-VI. 2ª edición, 1996. ISBN 978-84-249-1020-4. 
  3. Volumen III: Libro VII. 2ª edición, 1989. ISBN 978-84-249-1021-1. 
  • –. Guerra de las Galias. Obra completa. Traducción a cargo de Valentín García Yebra, 2 volúmenes anotados Latín. Madrid: Editorial Gredos. 
  1. Volumen I: Libros I-II-III-IV. 9ª edición revisada, 1999. ISBN 978-84-249-3388-3. 
  2. Volumen II: Libros V-VI-VII. 9ª edición, 1997. ISBN 978-84-249-3389-0. 
  • –. Guerra de las Galias. Obra completa. Traducción a cargo de José Joaquín Caerols. Madrid: Alianza editorial, Colección Clásicos de Grecia y Roma. ISBN 978-84-206-4092-1. 
  • – & autores del Corpus Cesariano. Guerra Civil; Guerra de Alejandría; Guerra de África; Guerra de Hispania. 2005. Madrid: Editorial Gredos. ISBN 978-84-249-2781-3. 
  • –. Guerra Civil. Obra completa. Traducción a cargo de J. Calonge, 2 volúmenes bilingüe Latín. Madrid: Editorial Gredos. 
  1. Volumen I: Libros I-II. 2ª edición, 1994. ISBN 978-84-249-3530-6. 
  2. Volumen II: Libro III. 2ª edición, 1989. ISBN 978-84-249-3531-3. 
  1. Volumen I: Libros I-III. 1992 [1ª edición, 2ª impresión]. ISBN 978-84-249-1492-9. 
  2. Volumen II: Libros IV-VIII. 1992 [1ª edición, 2ª impresión]. ISBN 978-84-249-1494-3. 

Obras modernas[editar]

Obras de ficción[editar]

Notas[editar]

  1. Epigráficamente, IMP·GAIVS·IVLIVS·CAESAR, es decir, el Emperador Cayo Julio César, según el sistema de filiación (praenomen, nomen y patronimicus) de la nomenclatura romana. Tras su muerte, en 42 a. C. fue deificado por el Senado, convirtiéndose en Divus Caesar, el Divino César.
  2. La fecha del nacimiento de César no aparece con claridad en ningún texto antiguo. Wilhelm Drumann, al que siguen Piganiol, Klotz y Cary, la sitúa en el año 100 a. C.; Theodor MMoanommsen en el 102, con el beneplácito de Fowler, Ferrero y Holmes. Jérôme Carcopino quien señala como fecha el año 101. Sin embargo, se sigue la opinión de la mayoría de sus biógrafos, que la sitúan en el año 100.
  3. Véase referencia 2.
  4. Según Suetonio Vida de César, César 6):

    «Por parte materna la estirpe de mi tía tiene origen de reyes, por parte de padre está emparentada con los dioses inmortales. Pues los Marcio reyes proceden de Anco Marcio y de tal linaje ha sido su madre; y del de Venus los Julios, a cuya estirpe pertenece nuestra familia. Existe por tanto en la raza la sacralidad de los reyes, que destacan enormemente entre los hombres, y también el encumbramiento de los dioses, bajo cuya potestad están los mismos reyes»

    .
  5. Contrariamente a lo sostenido por Plinio, la palabra cesárea no tiene nada que ver con César, ni éste nació por medio de esa cirugía. Existe no obstante un nombre romano muy poco común, Kaeso, con este significado. (Goldsworthy 2007: 55).
  6. (Goldsworthy 2007: 53).
  7. Tácito, De oratoribus, 28.
  8. Gerald (): II, 16.
  9. Según Plinio (Nat. His., VII, 181) de un infarto, a causa del esfuerzo realizado al tratar de calzarse.
  10. Suetonio, César, 1.
  11. (Goldsworthy 2007: 95).
  12. (Goldsworthy 2007: 94).
  13. Apiano, Guerras civiles 1, 103.
  14. Suetonio, César, 77.
  15. (Goldsworthy 2007: 99-108).
  16. Plinio, Nat. Hist., VIII, 213.
  17. (Goldsworthy 2007: 103).
  18. Plutarco, César, 1-2; Suetonio, César, 4.
  19. (Goldsworthy 2007: 133).
  20. Plutarco, Vidas Paralelas, Alejandro y César. 24, 5; Suetonio, César 1, 7
  21. Suetonio, César, 9.
  22. (Goldsworthy 2007: 142-143).
  23. (Syme 1989: 47).
  24. Suetonio César, 13.
  25. Suetonio, César, 13; Dión Casio, XXXVII, 7, 2; Plutarco, César, VII, 1.
  26. Plutarco. César. 9-10
  27. Dión, 37,52-53.
  28. .Suetonio, César, 54.
  29. (Goldsworthy 2007: 198-199).
  30. (Syme 1989: 56-9).
  31. (Goldsworthy 2007: 199).
  32. (Goldsworthy 2007: 210).
  33. (Goldsworthy 2007: 212).
  34. Dión, 37.54.1-2
  35. Suetonio, César, 19.
  36. (Holland 2005: 246).
  37. Goldsworthy 2007 215
  38. Suetonio, César, 19; (Grimal 1973: 146); (Syme 1989: 59-60).
  39. (Holland 2005: 247).
  40. (Goldsworthy 2007: 210-211).
  41. Apiano, 2.9.
  42. (GOldsworthy 2005: 215); (Goldsworthy 2007: 227-229)
  43. (Goldsworthy 2005: 215).
  44. Suetonio, César, 20; (Goldsworthy 2005: 215); (Goldsworthy 2007: 224-227).
  45. (Grimal 1973: 147); (Goldsworthy 2007: 256-257).
  46. (Goldsworthy 2005: 216-47); (Goldsworthy 2007: 347 y ss); (Grimal 1973: 149-66).
  47. (Goldsworthy 2007: 456); Plutarco, César, 15.
  48. César, Julio Comentarios a la Guerra de las Galias, passim
  49. (Goldsworthy 2007: 336).
  50. (Goldsworthy 2007: 337-338).
  51. Suetonio, César, 28
  52. Suetonio, César, 29.
  53. (Grimal 1973: 167-8).
  54. (Grimal 1973: 168).
  55. Plutarco, César, 30, 31.
  56. (Montanelli 2003: 244).
  57. César, La Guerra Civil, I, 7.
  58. Goldsworthy 2007: 485) propone ésta (10 de enero) como fecha más probable, aunque afirma que es imposible conocer el día exacto en que se produjo este hecho en su biografía de César, sin embargo, en el libro del mismo autor Grandes Generales del Ejército Romano, se decanta por el día 11 de Enero. Sergei Kovaliov (1998: p. 506, nota 201) propone el día 7 como fecha, el mismo día en que se promulgaron las leyes en el senado, aunque dadas las distancias entre ambas ciudades, este hecho parece poco probable. Kovaliov dice:

    «Las circunstancias históricas reales del cruce son desconocidas. No se puede descartar que César pasara el Rubicón antes del día 7 de Enero y que los tribunos de la plebe lo encontrasen en Rímini, debido a que para César era importante demostrar que no fue él el que inició la guerra civil. Por eso la tradición, que le ha sido favorable, presenta los hechos como si el cruce del confín hubiera sucedido después del 7 de enero».

    En cualquier caso, hay que tener en cuenta que Kovaliov es materialista histórico. La única conclusión es que la fecha del paso del Rubicón no está definitivamente fijada.

  59. «La suerte está echada», «Alea iacta est». Se suele creer que César pronunció esta frase en latín. Originalmente es una frase del dramaturgo ateniense Menandro, uno de los autores preferidos de César y la pronunció en griego. (Suetonio, César, 31 y 32; Plutarco, Pompeyo, 60, y César, 32.
  60. Suetonio, César, 33; Plutarco, Pompeyo, 61, y César, 33-4.
  61. Plutarco, César, 36; Suetonio, César, 34.
  62. Suetonio, César, 35.
  63. Suetonio, César, .
  64. Césaer y otros, La guerra de Alejandría; Plutarco, César, XLIX; Suetonio, César, 35.
  65. Suetonio, César, 35 y 37.
  66. Suetonio, César, 35.
  67. (Goldsworthy 2007: 601)
  68. Suetonio, Vidas de los doce Césares, César, 24
  69. Suetonio, César, 38.
  70. Suetonio, César, 39.
  71. Suetonio, César, 39.
  72. Suetonio, César, 39.
  73. Suetonio, César, 39.
  74. Suetonio, César, 40
  75. (Syme 1989: 112-34).
  76. Suetonio, César, 54, 76.
  77. a b c d Suetonio, Vida de los doce Césares, César, 41
  78. a b c d e Suetonio, César, 42
  79. a b c d Suetonio, Vida de los doce Césares, César, 43
  80. a b c d e f Suetonio, Vida de los doce Césares, César, 44
  81. Plinio, Naturalis Historia XXXIV, 18.
  82. (Goldsworthy 2007: 641).
  83. Walter, Gerard César, Capítulo 57 pag 482. Impreso:Ediciones Ciencias Sociales
  84. Walter, Gerard Cesar Capítulo 57 pag 483. Impreso:Ediciones Ciencias Sociales
  85. Walter, Gerard Cesar Capítulo 57 pag 483. Impreso:Ediciones Ciencias Sociales
  86. Walter, Gerard Cesar Cap. 57 p. 483
  87. Walter, Gerard Cesar Cap. 57 p. 483
  88. Walter, Gerard César Cap. 57 p. 484.
  89. Suetonio, César, 79.
  90. Walter, Gerard César: Cap. 57 p. 485.
  91. Suetonio, César, 79.
  92. Suetonio, César, 79.
  93. Walter, Gerard César,: Cap. 57 p. 486.
  94. Walter, Gerard César Cap. 57 p. 487.
  95. Montanelli, Indro Historia de Roma. pág. 255
  96. Montanelli, Indro Historia de Roma. pág. 255
  97. Walter, Gerard César: Capítulo 58 pag 491. Impreso:Ediciones Ciencias Sociales
  98. Suetonio, César, 80.
  99. Suetonio, César, 82.
  100. (Goldsworthy 2007: 643-646).
  101. Montanelli, Indro Historia de Roma, pág 254
  102. (Goldsworthy 2007: 650).
  103. Los romanos no escribían en papel, sino en tablillas de madera cubiertas de cera. Para grabar los signos usaban un punzón
  104. (Goldsworthy 2007: 651); Suetonio, César, 82
  105. Suetonio, César, 82; (Goldswothy 2007: 652).
  106. Suetonio, César, 82.
  107. Suetonio, César, 80
  108. Shakespeare, William La Tragedia de Julio César. Acto III, escena I
  109. Plutarco, César, 66.
  110. Suetonio, César, 82.
  111. Suetonio, César, 84-85
  112. Suetonio, César, 81
  113. Plinio el Viejo, Historia Natural, 1
  114. Suetonio, Vida de los doce Césares, César, 26
  115. Tácito, Diálogo de los oradores, 28, 6
  116. Plutarco, Vida de César, 10
  117. Plutarco, Vida de César, 7
  118. Suetonio,Vida de los doce Césares, César, 74
  119. Suetonio, Vida de los doce Césares, César, 83
  120. Apiano, Guerra civil, III, 22-23
  121. Suetonio, Vida de los doce Césares, Augusto, 8
  122. Toda la interpretación de esta frase reposa en la traducción de dimissa. El verbo dimittere parece siempre haber sido empleado por Suetonio con el sentido de “divorciar”. Monroe E. Deutsch, Caesar's first wife, Classical Philology, Vol. 12, No. 1. (enero de 1917), págs. 93-96
  123. Si Pompeya Sila es la tercera esposa de César, y Cornelia la primera, Plutarco no menciona la identidad de la segunda esposa. Parece más plausible que Cornelia fuera la segunda esposa de César y Cossutia la primera.
  124. Plutarco, Vidas paralelas, César 5, 6
  125. Tácito, Anales, Libro III, VI:...así el divino Julio, privado de su hija única
  126. a b Plutarco, Bruto, 5

    "Se dice que, en ese día, César sintió por él el más vivo interés: recomendó a sus oficiales que no le mataran en el combate y, que lo trajeran a su presencia si se rendía voluntariamente; que le dejasen ir si se defendía contra aquellos que le arrestasen, y que no hicieran ninguna violencia contra él."

  127. a b c d Suetonio, César, 50
  128. Plutarco, Bruto, 5
  129. Suetonio, César, 51
  130. a b c Suetonio, César, 52.