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La lingüística (del francés linguistique; este de linguiste, «lingüista» y aquel del latín "lingua", «lengua») es el estudio científico del origen, la evolución y la estructura del lenguaje, a fin de deducir las leyes que rigen las lenguas (antiguas y modernas). Así, la lingüística estudia las estructuras fundamentales del lenguaje humano, sus variaciones a través de todas las familias de lenguas (las cuales también identifica y clasifica) y las condiciones que hacen posible la comprensión y la comunicación por medio de la lengua natural.

Biografía seleccionada

María Juana Moliner Ruiz (Paniza, Zaragoza, 30 de marzo de 1900-Madrid, 22 de enero de 1981) fue una bibliotecaria, archivera, filóloga y lexicógrafa española, autora del Diccionario de uso del español.

Lengua seleccionada

Una niña Muisca hablando un dialecto revitalizado de Muisca.

El idioma muisca, muysca, o chibcha (autoglotónimo muysc cubun */mʷɨskkuβun/), es una lengua perteneciente al subgrupo magdalénico de la familia lingüística chibchense que está hablada en el actual territorio del altiplano cundiboyacense, principalmente en Tunja y Bogotá. Debido al gran número de sus hablantes, en 1580 fue declarada Lengua General del Nuevo Reino de Granada. Se crearon cátedras de Lengua General en Santa Fe donde se enseñaba el idioma muisca a los sacerdotes que  debían evangelizar a los indígenas de los «valles de Bogotá y Tunja», epicentros de sus dos principales dialectos. El idioma muisca es conocido gracias a las crónicas y las "fuentes primarias de la lengua muisca", cinco documentos de corte lingüístico elaborados a finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII por misioneros de las órdenes dominica y agustiniana con el único interés de evangelizar a los indígenas muiscas.

Estas actividades estimularon la elaboración de gramáticas, catecismos y vocabularios, unos manuscritos y otros impresos, que hicieron pasar el idioma muisca de lengua ágrafa a lengua escrita, lo que permitió a filólogos y lingüistas del siglo XIX acercarse al conocimiento de dicha lengua, extinguida oficialmente a raíz de la Real Cédula de Carlos III que ordenó el 16 de abril de 1770 la enseñanza del castellano como lengua oficial del Imperio. Sin embargo, desde mucho antes el idioma muisca había dejado de hablarse en algunos lugares del altiplano, como prueba el hecho de que en Tabio, el 17 de marzo de 1751, el Fiscal Protector don Juan Antonio Peñalver inició visita a dicho municipio y a su agregado Subachoque, pregonando en la plaza «por voz de lengua española por no hablarse ya la de los indios».

Artículo destacado

El latín vulgar, como el de este grafiti político hallado en Pompeya, fue la lengua hablada por las clases populares del Imperio romano, en contraste con el latín clásico literario.

Latín vulgar o latín tardío (en latín, Sermo Vulgaris Latinus o Plebeius sermo; en griego, Λαϊκή Λατινική γλώσσα o Δημώδης λατινική) es un término genérico, empleado para referirse al conjunto de los dialectos vernáculos del latín vivo, hablados en las provincias del Imperio romano. La extinción como lengua viva del latín se asoció con la creciente diferenciación de estos dialectos, que condujo, hacia el siglo IX, a la formación de las lenguas romances tempranas. Algunos autores proponen distinguir técnicamente entre latín vulgar (o popular) y latín tardío (siglo IV en adelante), aunque lingüísticamente es difícil distinguir entre esas dos acepciones.

Sin embargo conviene aclarar que, desde el punto de vista de la lingüística moderna, el latín vulgar como tal es una expresión basada en una hipótesis antigua y equivocada, que suponía la existencia de dos lenguas paralelas: un latín «culto» y uno «vulgar»; pero, verdaderamente, el latín vulgar era el latín mismo, un idioma vivo y en constante evolución, mientras que el latín clásico solo se mantenía en la literatura y administración como el lenguaje escrito culto, para facilitar la comunicación entre las provincias romanas.

La variante de latín hablado difiere notablemente del estilo literario del latín clásico en su pronunciación, vocabulario y gramática. Algunos rasgos del latín vulgar no aparecieron hasta la época tardía del Imperio romano, aunque parece que muchos de sus rasgos son sorprendentemente tempranos. Otros, pueden incluso haber estado presentes mucho antes, al menos bajo la forma de latín acriollado. La mayor parte de las definiciones de «latín vulgar» suponen que es una lengua hablada antes que escrita, porque ciertas evidencias sugieren que el latín se dialectalizó o criollizó durante este período, y porque no hay pruebas de que alguien transcribiera el habla cotidiana de ninguno de sus hablantes. El estudio del latín vulgar requiere el análisis de evidencias indirectas, ya que originalmente nadie usaba intencionalmente las formas de latín vulgar cuando escribía.

Lo que hoy se sabe del latín vulgar procede de tres fuentes. La primera es el método comparativo que puede reconstruir numerosos rasgos de las lenguas romances atestiguadas, y hacer notar aquello en lo que difieren del latín clásico. La segunda fuente son varios textos de gramáticas prescriptivas del latín tardío que condenaban los errores lingüísticos que los hablantes de latín solían cometer, denuncias que ayudan a describir cómo se usaba la lengua. Finalmente, los «solecismos» y usos que se apartan del latín clásico encontrados a veces en textos de latín tardío también dan luz al habla de quien los escribió.

Artículo bueno

Mapa administrativo de Chile

Los gentilicios de la República de Chile son aquellos adjetivos, utilizados también como sustantivos, derivados de topónimos (nombres propios de lugar) que se emplean para «denota[r] la procedencia geográfica de las personas» según la localidad, ciudad, comuna, provincia y región de Chile.

Para señalar el origen geográfico, se utiliza habitualmente el sintagma nominal «de + (topónimo)» en el habla coloquial[1]​ mientras que el empleo de los gentilicios es una particularidad del habla culta.[1]​ Su uso, sin embargo, no se restringe al ámbito geográfico sino que se amplía para designar características étnicas, lingüísticas, políticas y religiosas.[2]

La morfología del español establece que los gentilicios se forman añadiendo a los topónimos una serie de sufijos que «indica[n] pertenencia a un lugar». De ellos, los cuatro más frecuentemente usados en Chile son:[1][3]​ -ino, -ano, -eño, más sus correspondientes femeninos, y -ense.

Los gentilicios «tienden a conservarse [pues] son denominaciones de gran estabilidad, que normalmente no cambian, solo tienen variantes». En cambio, sus procesos de derivación son de «la más extravagante diversidad»: entre los fundamentos utilizados para determinar un gentilicio no solo se cuentan los lingüísticos, sino también aquellos relacionados con la cultura, la historia, la tradición y el uso.

Un número importante de gentilicios en Chile deriva de topónimos originados en las distintas lenguas indígenas[4][5][6]​ —como el aimara (Codpa: codpeño, -ña), el aonikenk (Coyhaique: coyhaiquino, -na), el cacán (Antofagasta: antofagastino, -na), el chono (Quenac: quenacano, -na), el huilliche (Huillinco: huillincano, -na), el kunza (Toconao: toconar), el mapuche (Lican Ray: licanrayense), el quechua (Cachiyuyo: cachiyuyano, -na), el rapa nui (Hanga Roa: hangaroés, -sa; hangués, -sa) y el selk'nam (Timaukel: timaukelino, -na)—.

En el caso del mapuche, la lengua indígena con mayor cantidad de hablantes en el país y que a mediados del siglo XVI se hablaba entre Coquimbo y Chiloé,[7]​ 26 de los 302 términos de ese origen incluidos en la vigesimosegunda edición del Diccionario de la Real Academia Española (2001)[n 1]​ —equivalentes al 8,60 % del total de mapuchismos— corresponden a gentilicios usados en Chile.[7][n 2]

En la lista que se detalla a continuación, se nombran los gentilicios de Chile por regiones (16), provincias (56) y comunas (346), divididos por zonas (se incluyen gentilicios obsoletos y tradicionales, y una lista de términos aplicados a ciertos extranjeros de manera coloquial o peyorativa; se excluyen los gentilicios coloquiales, apodos o remoquetes, como chorero, -ra; maucho, -cha; y melipullense, entre otros).

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  1. a b c Oroz, 1966.
  2. García Sánchez, 2005, p. 160.
  3. Ferreccio Podestá, 2006.
  4. Strube, 1959.
  5. Latorre, 1988.
  6. Latorre, 2001.
  7. a b c Sánchez Cabezas, 2010.


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