Ontología del lenguaje

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La ontología del lenguaje es una tesis desarrollada por Rafael Echeverría en su libro Ontología del lenguaje, que trata de explicar al ser humano como un ser intrínsecamente lingüístico. Está basado fundamentalmente en trabajos previos desarrollados por pensadores como Fernando Flores, Humberto Maturana, Francisco Varela, Friedrich Nietzsche, Martin Heidegger, Martin Buber, Ludwig Wittgenstein, John L. Austin y John Searle.

Principios básicos[editar]

postulados básicos de la ontología del lenguaje son:

Los seres humanos son seres lingüísticos

Desde los tiempos de Socrates, el lenguaje no había sido una temática de reflexión filosófica relevante, ello cambia durante la segunda mitad del siglo XX con el nacimiento de la filosofía del lenguaje que cuestiona la interpretación imperante del rol sólo descriptivo y pasivo del lenguaje.

John L. Austin plantea que el lenguaje además de describir y constatar lo que ya existe es capaz de generar nuevas realidades, es decir, construimos futuro y transformamos el mundo a través del lenguaje

El lenguaje es sobre otras cosas lo que hace de los seres humanos el tipo particular de seres que somos. Somos seres que vivimos en el lenguaje. Somos seres sociales. No hay lugar fuera del lenguaje desde el cual podamos observar nuestra existencia.

El lenguaje es generativo

El lenguaje no sólo nos permite hablar "sobre" las cosas: hace que ellas sucedan. Por lo tanto, el lenguaje es acción, es generativo: crea realidades. El filósofo norteamericano John Searle sostuvo que, sin importar el idioma que hablemos, siempre ejecutamos el mismo número restringido de actos lingüísticos: los seres humanos, al hablar, hacemos declaraciones, afirmaciones, promesas, pedidos, ofertas. Estas acciones son universales. No sólo actuamos de acuerdo con cómo somos también somos según actuamos. La acción genera ser. Uno deviene de acuerdo con lo que hace.

Los seres humanos se crean a sí mismos en el lenguaje y a través de él

Al decir lo que decimos, al decirlo de un modo y no de otro, o no diciendo cosa alguna, abrimos o cerramos posibilidades para nosotros mismos y, muchas veces, para otros. Cuando hablamos modelamos el futuro. A partir de lo que dijimos o se nos dijo, a partir de lo que callamos, a partir de lo que escuchamos o no escuchamos de otros, nuestra realidad futura se moldea en un sentido o en otro. Pero además de intervenir en la creación de futuro, los seres humanos modelamos nuestra identidad y la del mundo que vivimos a través del lenguaje.

Rafael Echeverría[editar]

En su libro Ontología del lenguaje, Rafael Echeverría se interesa en establecer algunas premisas básicas. Una de ellas es que en el hablar se observan cinco actos lingüísticos básicos identificados como: juicios, declaraciones, afirmaciones, pedidos y promesas que incluyen las ofertas, sobre los que se explaya.

Según Echeverría, el acto lingüístico básico es la declaración, y todo es una declaración. Hablar es declarar. Cada vez que el hombre habla, declara algo, y lo sostiene a un punto tal que bien puede decirse que hay un sólo acto lingüístico, la declaración, con cinco maneras de manifestarse: como declaración, como juicio, como afirmación, como pedido y como promesa que incluye la oferta.

Además de la persona que declare, el contexto juega un rol determinante en los efectos que producirá en el mundo esa declaración. El hecho de identificar un acto lingüístico como declaración no trae aparejado en sí un efecto determinado, ya que éste dependerá de la persona que lo emita y del contexto en el que haya sido realizado.

En consecuencia, el hecho de hablar en sí mismo, es más una posibilidad de acción que su certeza, y no necesariamente producirá un determinado efecto en el mundo, ya que éste para ocurrir dependerá, en principio, del contexto en el que ese hablar suceda y de quién sea el que hable. Incluso podría no producir efecto alguno.

Actos lingüísticos descriptivos y generativos[editar]

Echeverría divide la ontología del lenguaje en dos grandes campos que llama descriptivo y generativo, con la idea de diferenciar lo que sucede por el hablar, o las consecuencias que hablar pueda causar en el mundo, y resulta evidente que describir lo que sucede es bien diferente a generar que suceda otra cosa. A modo de ejemplo cuando alguien habla de lo que pasa, o sobre lo que pasa, está describiendo con el lenguaje, de modo que el hablar podría llamarse descriptivo. En cambio cuando ese alguien crea algo nuevo con su hablar, cuando genera algo, entonces su accionar puede considerarse generativo para esta disciplina.

Avanzando luego sobre este razonamiento sostiene que hay solo dos actos lingüísticos que generan acción: pedidos y promesas. El pedir y el prometer ponen en funcionamiento un proceso generativo de acción. Como ejemplo, alguien puede hacer un pedido de insumos para producir algo que ha prometido entregar en una fecha como producto terminado a un cliente que ha prometido un pago al recibirlo.

Dentro del concepto de lenguaje descriptivo y generativo será bien simple conocer anticipadamente de cuales conversaciones se generará acción y de cuales se obtendrá una descripción. A modo de ejemplo sobre una conversación de queja se obtendrá una descripción sobre lo que sucede y no le gusta al hablante, y si se transforma en una conversación de propuesta se obtendrá una posibilidad de cambiar eso que no le gusta. Así la ontología sostiene que el lenguaje genera realidad.

Consecuencias[editar]

Desde el punto de vista del hablante, el lenguaje es una posibilidad y el hombre otra con aptitud para utilizar el habla como herramienta para generar acción, y de acuerdo a las distinciones que ese hombre tenga sobre el lenguaje es que alineará su hablar hacia la consecución de su propósito con mayor o menor efectividad.

Esto significa que el hombre en su evolución aparece en el lenguaje y a su vez el lenguaje es producto de la evolución del hombre. Legitimando la capacidad creativa del hombre parece razonable considerarlo creador del lenguaje que luego evoluciona junto con él.

Puede interpretarse que el lenguaje permite al hombre extrapolar su manera de crear, potenciándola, ya que al suceder fuera de él puede observarla depositando sus ideas en un espacio diferente del que ejerce para pensarlas, y ese lugar de interacción es el lenguaje. El hombre se observa en el lenguaje.

Refiriéndonos a un hablar en sociedad y no en soledad, este concepto es vital para la producción de efectos con el lenguaje, de modo que ese resultado, llamado efecto producto del lenguaje, estará relacionado con la manera en que sea generada y recibida esa conversación.

Una vez generada, la idea se deposita en el lenguaje, quedando liberada de su autor y el resultado que produzca dependerá de las diferentes maneras en que los involucrados participen en esa conversación, o sea dependerá de la manera en que la escuchen, la interpreten, la legitimen como observación, se relacionen con ella y entre ellos, etc.

No obstante ello, y aquí lo sutil de la observación, el solo hecho de hablar puede disparar la capacidad generativa del lenguaje en el mundo, ocurriendo efectos por ese hablar. Si al menos uno de los involucrados en esa conversación posee distinciones suficientes podrá entonces orientar los efectos de ese hablar hacia el objetivo pretendido. Si no, podrían generarse efectos no deseados, un debate estéril, acciones desenfocadas, contexto inapropiado afectándose la relación que, según propondré más adelante, es la base del íntimo poder generativo del lenguaje.

Una interesante observación es adicionar al pedido y a la promesa para lograr su efectividad, la distinción relación, para así coordinar acciones. Esto se debe a que el mayor de los juegos que le da sentido al lenguaje, y en consecuencia a la ontología del lenguaje, es la relación, y me refiero a la vida en relación que justamente originó el lenguaje, ya que este fenómeno, llamado lenguaje, solo tiene sentido en el mundo en su relación con otro, y se hace visible y palpable en esas cosas que en común se podrán hacer, por o con el otro, como resultado de sus acciones coordinadas.

De este modo será el lenguaje, como fenómeno social, una herramienta al servicio de la efectividad de lo que se quiera lograr o crear grupalmente o en equipo. La coordinación de acciones en funcionamiento será testigo de lo que pueda permitir el lenguaje como generador de acción común en ese equipo.

Por su parte la relación, como espacio para que ese lenguaje tenga donde ocurrir, determinará la capacidad de creación de resultados en una proporción equivalente al tamaño de la relación. Dicho de otro modo a mayor relación mayor capacidad de acción coordinada, vale decir que, según dice Elena Espinal, el tamaño de la relación influirá directamente en el tamaño del resultado factible de lograr.

El lenguaje se identifica en relación con otros seres, o sea que existe porque en su momento hubo un otro con quién hacer, con quién coordinar acciones, alguien a quién expresarle algo. Es, y ha sido, la herramienta para crecer, para bajar del árbol, para evolucionar.

Según parece el lenguaje ha sido una herramienta para que madure y evolucione el hombre, y su disparador -o sea el contexto que ha hecho posible que aparezca el lenguaje-bien podría ser resultado del instinto de conservación junto a la característica gregaria de la especie, la búsqueda de aliados para asegurar y mejorar la subsistencia, todo lo que origina un modo de relación de nuestros antepasados entre sí que dieron posibilidad a la creación de un contexto en el que el lenguaje tuvo oportunidad de surgir. El lenguaje surge como creación volitiva del hombre y próspera en sociedad en razón de su utilidad.

Hablo de que el lenguaje ocurre en la relación, y su capacidad de generación dependerá del tamaño y poder de la relación. La aptitud del lenguaje como generador de acción es asombrosa y solo podrá expresarse, germinar fructíferamente, si es sembrada en una relación con espacio suficiente para florecer. A la hora de regar, nutrir a la relación dará el poder generativo al lenguaje, de otro modo su alcance podría solo ser descriptivo.

Por otra parte conocer y utilizar los actos lingüísticos para generar resultados, sea en sociedad o equipos de gestión, requiere de un marco o contexto de interrelación permanente, de dinamismo, ya que comprender cada acto lingüístico como un hecho aislado genera un movimiento secuencial que solo ocurre al analizar el proceso. Diferente es lo que pasa en el suceder, en esa dinámica en la que todo ocurre a espacios que bien hasta pueden ser simultáneos. Es poco alentador esperar o exigir a otro que analice, responda o piense en la parte del proceso destinada a ello o en el momento en que a cada uno le toque; muy por el contrario eso ocurre caóticamente, de un modo vital, irreverente, admirable.

En esta manera ese "suceder" hará su manifestación en sociedad, aparecerá, en la relación que esté ocurriendo en ese momento y que como contexto será fuente del modo en que las cosas se expresen, y en una gran medida de posibilitar que ocurran.

De ese modo el pedir y el prometer como acción utilizan el lenguaje y, según lo veo, suceden en "la relación". Si la relación fuese distinta entonces sucederían de manera distinta. Digo con esto que el poder generativo del lenguaje, no deviene solo de la utilización del pedido y la promesa como generativos de acción, sino del contexto en que se expresen, ya que la relación es su fuente y sustento.

Vale decir que si bien "la relación" no es fuente de la acción, sí determina lo que Julio Olalla denomina ¨ predisposición para la acción, a un punto tal que, establecerá sus alcances y efectividad, o sea su capacidad de generar cambios en el mundo.

Basamos nuestra expectativa de él en nuestras experiencias con él y hasta podemos decirnos lo que él va a decir y antes de que hable; esto es lo que Se denomina escucha previa señalando que determinará la manera en que nos relacionemos con é. Queda claro en el ejemplo que para ambos casos tanto la predisposición para la acción como la escucha previa se basan en la relación preexistente conmigo y con el otro.

Así es que propongo que la relación estará condicionada por mi escucha previa, que será fuente del contexto, que permitirá nombrar la acción que resulte posible, y que luego sea coordinada, diseñada, establecida, etc. a través del lenguaje.

Llegamos así a la síntesis del concepto analizado compartiendo esta pregunta: ¿"la relación" entre las personas determina su nivel de vínculo posible y opera como marco para que generen valor de manera conjunta surgiendo ese espacio vital donde la ontología del lenguaje tendrá la oportunidad de producir su mayor aporte?

Bibliografía[editar]

  • Echeverría, Rafael (1994). Ontología del lenguaje. Dolmen Ediciones. 
  • Echeverría, Rafael (2006). Conversación con Rafael Echeverría. J.C.SÁEZ Editor. 
  • Echeverría, Rafael (2006). Raíces de Sentido. J.C.SÁEZ Editor. 
  • Echeverría, Rafael (2010). Mi Nietzsche. J.C.SÁEZ Editor. 

Enlaces externos[editar]