Muiscas

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Muisca
Muisca raft Legend of El Dorado Offerings of gold.jpg
La Balsa Muisca es una figura de oro que representa la ceremonia sagrada de El Dorado, que tenía lugar en la Laguna de Guatavita. En la actualidad, esta pieza se encuentra resguardada en el Museo del Oro de Bogotá, y es considerada un símbolo de Colombia y de la identidad cultural de los colombianos.[1]
Población total 14.051 personas en el año 2005 (no se incluyen los descendientes mestizos).[2] [3]
Idioma Muysccubun y español.
Religión Culto a Sua (el Sol) y a Chie (la Luna). Catolicismo, mayoritariamente, luego de la Conquista de Colombia.
Etnias relacionadas Familia Chibcha: arhuacos, kogui, tunebos, wiwa, chimila, yukpa, barí, tayronas.
Asentamientos importantes
1.º Altiplano Cundiboyacense (Bandera de Colombia Colombia)
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Escudo del Pueblo Nación Muisca Chibcha.

Los muiscas son un pueblo indígena que ha habitado el altiplano cundiboyacense y el sur del departamento de Santander, en la actual República de Colombia, desde aproximadamente el siglo VI a. C. hasta la actualidad, y cuyos descendientes directos viven principalmente en los departamentos de Cundinamarca y Boyacá, y organizados en forma de cabildos indígenas en localidades del distrito de Bogotá como Suba, Bosa, Usme, Fontibón y Engativá, además de municipios vecinos como Chía, Cota y Sesquilé. Buena parte de la población actual de la Cordillera Oriental de Colombia es resultado del mestizaje de los muiscas con otros pueblos, particularmente con los españoles.

Ubicación geográfica y situación climática[editar]

Ubicación del territorio muisca en el mapa de la República de Colombia.

El territorio muisca abarca las altas planicies de la Cordillera Oriental de Colombia, con una extensión de más de 300 kilómetros. Comprende los Departamentos de Cundinamarca, Boyacá y una parte de Santander. El clima varía desde el frío implacable del ventoso páramo de Sumapaz, pasando por planicies templadas, hasta los primeros contrafuertes de la Sierra Nevada del Cocuy. El eje central de la región es el altiplano cundiboyacense, conformado por una sucesión de planicies, valles y elevaciones, y surcado por abundantes fuentes de agua que corren por ríos y quebradas o se depositan en cientos de lagunas, pantanos y humedales. Con alturas que oscilan entre los 2.500 y los 2.800 msnm y rodeados o flanqueados por montañas que pueden superar los 4.000 metros en algunos puntos, el clima es fresco y casi siempre frío. Las lluvias raramente pasan de los 1.000 milímetros en promedio anual. Carente de volcanes o nevados, el agua ha sido el elemento decisivo en el modelado del paisaje. Todas las planicies mayores son lechos de antiguos lagos pleistocénicos nivelados por la lenta sedimentación en el curso de decenas de miles de años. La mayor de las planicies es la de la Sabana de Bogotá, con más de 1.200 kilómetros completamente llanos, y surcada por el río Bogotá (antiguamente llamado río Funza). En la actualidad, esta región es la de mayor densidad de población en Colombia, y todo parece indicar que también lo era en el momento de la conquista española. Las dos principales ciudades de este territorio son Bogotá, capital de Colombia, y Tunja, capital del Departamento de Boyacá. Ambas ciudades fueron originalmente fundadas por los muiscas.[4]

Historia[editar]

Período pre-muisca[editar]

Las excavaciones realizadas en el área del altiplano cundiboyacense dejan evidencias de una amplia actividad humana en ese territorio a partir del periodo arcaico, es decir, hace más de 10.000 años, al inicio del Holoceno. Este hecho terminó con una hipótesis tenida como válida durante el siglo XIX, según la cual los muiscas habían sido los primeros habitantes del altiplano cundiboyacense.

Período de cazadores-recolectores[editar]

El yacimiento arqueológico de El Abra, cuya edad es datable en 13.000 años, determina una cultura agrícola denominada abriense. En Tibitó (Tocancipá) se encontraron artefactos abrienses datados a partir del 9740 a. C., y en la Sabana de Bogotá, en el abrigo del Sitio arqueológico de Tequendama, otras herramientas líticas que datan de un milenio más tarde, elaboradas por cazadores especializados. Entre los hallazgos más apreciados se encuentran esqueletos humanos completos del 5000 a. C. Los análisis han demostrado que los abrienses eran otra etnia distinta de los muiscas, con lo que queda invalidada la hipótesis de que éstos ocuparon un territorio vacío.

En la vertiente occidental de la Cordillera Oriental, en la vereda de Pubenza, municipio de Tocaima, relativamente cerca a la desembocadura del río Bogotá en el río Magdalena, se encontraron restos de megafauna asociados con artefactos líticos. La datación de radiocarbono de estos restos los ubica hace por lo menos 16.000 años.[5] El hallazgo entre los elementos líticos de uno de obsidiana, que no es del lugar, sugiere para esa época contactos o desplazamientos entre el área de Pubenza y la cordillera Central o con el sur del país.[6] En otras áreas del Departamento, como, por ejemplo, muy cerca de la Sabana de Bogotá, en la Provincia del Guavio, se han encontrado vestigios culturales que se remontan al menos a los 13.000 años AP.

Vista de la zona norte de la Sabana de Bogotá.

Hace alrededor de 12.500 años el clima empezó a mejorar y la Sabana de Bogotá y sus alrededores empezaron a cubrirse de vegetación de subpáramo; la temperatura y la humedad siguieron aumentando, y quinientos años después esas áreas quedaron en la zona alta del bosque andino. Grupos de cazadores establecieron campamentos de cacería, al parecer de corta duración, de los cuales son un ejemplo los abrigos rocosos del Tequendama, en el municipio de Soacha, y los de El Abra, entre Zipaquirá y Tocancipá.[7] Había en el área animales de gran tamaño como mastodontes, caballos americanos, venados, conejos y roedores. Se ha comprobado que los cazadores que habitaban la zona en ese momento utilizaron herramientas de piedra fabricadas en el sitio para desarrollar sus actividades y también elaboraron objetos de madera.[8]

Se estima que las anteriores condiciones se mantuvieron hasta alrededor del año 11.000 AP.[9] Durante los 1.000 años siguientes, al enfriarse el clima, la altiplanicie quedó en la zona limítrofe entre el bosque y el páramo, y contó con una fauna que, como los venados y los conejos, mantuvo el interés de adelantar expediciones de cacería en el área. Puede que en estos años aún hubiera animales de gran tamaño, como los mastodontes y también caballos americanos, pero probablemente ya se encontraban en vías de extinción. La población humana parece haber aumentado en ese milenio y se evidencia en los abrigos rocosos del Tequendama una presencia humana itinerante. También se evidencia, para la época, una elaboración más refinada de las herramientas de piedra. Este último hallazgo sugiere que los ocupantes de los abrigos rocosos del Tequendama provenían del valle del río Magdalena, ya que el material utilizado es común en ésa área.[10]

Hace 10.000 años el clima cambió y el límite del bosque se situó a una mayor altitud, quedando la Sabana de Bogotá dentro de la zona de bosque andino. En el curso de los siguientes 500 años se constata la erupción de varios volcanes, cuyas cenizas cayeron sobre el altiplano. La población en ese momento parece haber disminuido, ya que se han encontrado menos artefactos y restos óseos. Entre los años 9.500 y 8.500, la presencia humana se hizo más estable y se adaptó a la vida en bosques más densos. Los artefactos de piedra se fabricaron con materiales del lugar, y las herramientas elaboradas con materiales similares a los existentes en el valle del río Magdalena se hicieron más escasas, lo que sugiere que en este período se disminuyeron los contactos y los movimientos migratorios entre los pobladores de los altiplanos y las tierras bajas. Aumentó, por el contrario, el trabajo de la madera, y se evidencia el uso de huesos para fabricar herramientas e incluso instrumentos musicales, tales como flautas.[11] Disminuyó la población del venado de cornamenta, que prefiere un ambiente más abierto que el de los bosques, y se intensificó en cambio el consumo de curíes, lo que llevaría a su posterior domesticación. También aparecen restos de caracoles y gasterópodos de tierra firme, lo que indica el desarrollo de actividades de recolección.[12]

Aproximadamente 8.500 años AP el clima en el altiplano se hizo más caliente y disminuyó la cantidad de desechos en los abrigos rocosos. Este fenómeno podría indicar una disminución de la población, pero también que los abrigos rocosos hubieran dejado de privilegiarse como viviendas permanentes y empezaran a ser ocupados sólo ocasionalmente, durante expediciones de caza. Investigaciones sobre ocupaciones tempranas de sitios a cielo abierto, como Galindo, cerca a la Laguna de la Herrera, hacia 9.000 AP, y Checua, cerca a Nemocón, hacia 8.200 a. p., consideran que la ocupación de ambos tipos de sitios tuvo un carácter más simultáneo, por lo menos hasta el quinto milenio AP. Por otra parte, en estos sitios a cielo abierto también se aprecia que su uso hacia 8.500 AP fue poco intenso, puesto que la cantidad de vestigios materiales es relativamente baja.[13]

Inicios de la agricultura, la alfarería y la domesticación[editar]

Entre el 8.500 y el 3.000 AP, la evidencia arqueológica sugiere prácticas que culminarían en el desarrollo de la agricultura y la domesticación, como actividades básicas para la supervivencia.[14] Así, si bien se continuaron utilizando percutores, cuya presencia indica que las actividades de recolección eran importantes, también se encuentran cantos rodados con bordes desgastados, que podrían haberse utilizado para la preparación de raíces cosechadas.[15]

Los estudios realizados aún no dejan claro si en los altiplanos centrales del Departamento de Cundinamarca el desarrollo de actividades agrícolas fue anterior a la producción de cerámica,[16] pero los resultados del análisis de restos humanos indicarían que sí.[17] Tampoco se sabe con certeza si estas actividades se empezaron a desarrollar en los altiplanos en forma independiente o fueron introducidas a través de contactos o migraciones procedentes del valle del río Magdalena. Los resultados de algunos estudios arqueológicos sugieren que la cerámica fue traída al altiplano por grupos provenientes de otras áreas, pero que, al menos la agricultura de tubérculos, ya se practicaba allí antes del desarrollo de la alfarería.[18] La hipótesis de que las actividades agrícolas fueron desarrolladas en el altiplano en forma independiente podría ser respaldada por el hecho de que son muy pocas las plantas de tierra caliente que pueden ser cultivadas en tierra fría.[19]

Estudios de los restos humanos encontrados en los abrigos rocosos del Tequendama y en Aguazuque, ambos en el municipio de Soacha, mostraron que la transformación de sociedades cuya subsistencia se basaba en la cacería y en la recolección hacia sociedades que practicaban la agricultura, se hizo en el período comprendido entre los años 5.000 y el 3.000 AP y que este proceso no fue brusco, sino que se efectuó paulatinamente. En el municipio de Zipacón también se encontraron evidencias de prácticas agrícolas y alfareras, cuyo análisis indica que ya se practicaban en el año 3.000 AP. Allí se confirmó la existencia de maíz y batata y también se encontraron restos de aguacate. La presencia de semillas de esta última planta sugiere para este período intercambios entre la altiplanicie y las tierras cálidas del valle del río Magdalena, ya que se trata de una planta propia de ese clima.[20]

La mayor parte de la cerámica encontrada en Zipacón, es de la ya identificada en otros estudios como correspondiente al período Herrera. Con este nombre se identifica un lapso de alrededor de 16 siglos, entre aproximadamente el siglo VIII a. C. y el siglo VIII d. C. (2.800 y 1.200 AP). Durante este período una extensa zona del altiplano cundiboyacense, e incluso más al norte, en el Departamento de Santander, así como partes de la vertiente occidental y oriental del actual Departamento de Cundinamarca fueron ocupadas por grupos que produjeron un tipo de cerámica considerado como pre–muisca. Este último se caracteriza, entre otras cosas, porque sus principales adornos se hicieron mediante incisiones.[21]

En Zipaquirá las muestras de polen evidencian que en el período Herrera, ya antes del 2000 AP, partes del bosque habían sido tumbadas y el suelo se utilizaba para cultivos con mucha maleza. Se encontró Chenopodiaceae, familia a la que pertenece la quinua, y evidencia de que se cultivó maíz.[22] Esta actividad se complementaba con la caza y la recolección, que todavía mantenían un lugar importante en la complementación de la dieta. Es también para el 2.200 y el 2.100 AP que se cuenta con evidencia sobre producción de panes de sal en Nemocón, Zipaquirá y Tausa, que se obtenían hirviendo en vasijas de barro el aguasal que emergía a la superficie en forma de manantiales, hasta evaporar el agua. La impronta de un tejido muy liso y fino que quedó sobre un trozo de arcilla cocida indica que en este período se produjeron telas muy bien elaboradas con hilos muy finos. Otras investigaciones sugieren que también se practicó la orfebrería.[23]

Poblamiento muisca[editar]

El tejido, la orfebrería y la producción de sal fueron actividades que ocuparon un papel de gran importancia entre los muiscas, cuya cerámica, adornada con pinturas, marca un importante cambio con respecto a los grupos del periodo Herrera. Estos cambios, que en algunas partes se empezaron a apreciar en forma más clara alrededor del siglo VIII d.C., pudieron derivarse de procesos migratorios de pueblos pertenecientes a la familia lingüística chibcha o de transformaciones internas.[24] La transición entre uno y otro período se dio en forma relativamente paulatina, ya que en algunas partes coexistieron por algún tiempo. Finalmente se generalizó la cerámica que se asocia con los muiscas, pero, al menos en el departamento de Cundinamarca, en un territorio mucho menos extenso, pero eventualmente más densamente poblado que el del período Herrera, en particular durante el período muisca tardío (1200 a 1600 d.C.).[25] Este panorama, en el que el territorio cundinamarqués fue ocupado por variados grupos, coincide con el que se registró en el momento de la llegada de los europeos en el siglo XVI.[26]

Entre el 500 a. C. y el año 800 d. C., llegó una nueva oleada de pobladores al altiplano cundiboyacense cuya presencia está indicada por cerámica pintada y por obras de adecuación agrícola y de vivienda. Estos grupos permanecen hasta la época de la conquista española y han dejado abundantes huellas de su ocupación mediante las cuales, y con la ayuda de los testimonios escritos del siglo XVI, se puede reconstruir en forma detallada su modo de vida y organización sociopolítica. Al parecer los muiscas se integraron a la población que estaba antes que ellos, pero fueron los muiscas los que definieron el perfil cultural y la lengua estrechamente relacionada con la de los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta (Kogui, Ijka, Wiwa y Kankuamo) y la vertiente de la Sierra Nevada del Cocuy (U'wa). El territorio del actual departamento de Cundinamarca fue ocupado por una gran variedad de culturas: muiscas, panches, tapaces (o colimas)[27] y muzos.[28]

Confederación Muisca[editar]

Mapa de la Confederación Muisca a la llegada de los españoles. En los límites fronterizos se muestran los pueblos indígenas vecinos.

Entre los muiscas, buena parte del territorio y la población se hallaba centralizada en dos grandes unidades políticas: el Zipazgo de Bacatá (hoy Bogotá), cuyo soberano era el zipa, y el Zacazgo de Hunza (hoy Tunja), cuyo soberano era el zaque, y la de .[29] Ambos soberanos tenían relaciones políticas estrechas dada la afinidad étnica y cultural, pero mantenían ciertas rivalidades.

El Zipazgo de Bacatá[editar]

En el altiplano cundiboyacense, en el área central del Departamento de Cundinamarca, y en parte de las vertientes oriental y occidental de la Cordillera Oriental, estaban asentados los muiscas sujetos al Zipazgo, es decir, bajo el dominio del zipa de Bacatá (Bogotá). Durante la Colonia española, prácticamente todos los territorios sujetos al zipa conformaron la provincia de Santafé de Bogotá,[30] salvedad hecha de las áreas muiscas de Chiquinquirá y Saboyá, que entraron a formar parte de la provincia de Tunja.[31]

En el territorio controlado por el zipa habitaban grupos que, al parecer, pertenecían a etnias distintas, entre los que estaban los sutagaos, los chíos o suraguas y los llamados guapis, búchipas o macos.[32] En términos generales, además de los territorios muiscas sujetos al zipa, en el suroccidente de la provincia de Santafé, en el valle de Fusagasugá y hasta las márgenes del río Sumapaz, estaban asentados los sutagaos, grupo de probable origen panche, incorporado al Zipazgo mucho antes de llegada de los europeos. La parte suroriental del departamento de Cundinamarca (actuales municipios de Ubalá, Medina, Gachalá, Gama, Gachetá y Paratebueno -La Naguaya-[33] ) habría estado habitada por los guayupes. Sin embargo, en el siglo XVII los indígenas de esta área se identificaban como tributarios del cacique de Guatavita y rechazaban la denominación de chíos que les daban los indígenas de la Sabana de Bogotá y la de suraguas, como los llamaban los indígenas de los Llanos Orientales. Los actuales municipios de Quetame y Fosca habrían sido parte del Zipazgo, mientras que Gutiérrez y Guayabetal habrían estado ocupados por guayupes. Sin embargo, Gutiérrez (antes llamado Chuntiva) y Fosca estaban ocupados por guapis, búchipas o macos o maus de cultura chibcha. Dado que al parecer Quetame fue segregada de Fosca y Guayabetal de Fosca y Quetame, tentativamente puede plantearse que presentaron una ocupación étnica similar a la de los otros dos municipios.[34]

En cuanto a la organización interna del Zipazgo debe subrayarse lo que se anotó anteriormente sobre la sujeción de otras etnias, como los sutagaos, los chíos o suraguas y los llamados guapis, búchipas o macos bajo el poder del zipa. Es decir, que grupos no muiscas formaban parte de su organización política y, a veces, terminaban por identificarse como tales.[35]

Los cronistas de Indias, para el caso del Nuevo Reino de Granada, coinciden en señalar que el zipa era más poderoso que el zaque,[36] lo que, al parecer, significa que su poder era absoluto. Por ejemplo, Lucas Fernández de Piedrahita dice que el zaque accedía al poder por mediación del Iraca de Suamox (Sogamoso), mientras que el zipa lo hacía por dominación militar.[37] [38]

  1. Cacicazgo de Bacatá: Funza, Tenjo, Subachoque, Facatativá, Tabio, Cota, Chía, Cajicá, Zipaquirá, Nemocón, Engativá, Bosa, Soacha y Zipacón.
  2. Cacicazgo de Guatavita: Guatavita, Sesquilé, Guasca, Sopó, Usaquén, Tuna, Suba, Teusacá, Gachetá, Chocontá y Suesca entre otras.
  3. Cacicazgo de Ubaque: Ubaque, Choachí, Chipaque, Cáqueza, Usme.
  4. Cacicazgo de Fusagasugá: Fusagasugá, Pasca y Tibacuy.
  5. Cacicazgo de Ubaté: Ubaté, Cucunubá, Simijaca, y Susa.

El Zacazgo de Hunza[editar]

Grabado del siglo XVII con la leyenda: «Quarto Rey de Tunja. El Zaque Michica» (Michuá).

Los actuales municipios de Lenguazaque y Villapinzón pertenecieron al territorio del Zacazgo, y durante la Colonia española al corregimiento de Turmequé, en la provincia de Tunja. A este corregimiento también perteneció el municipio de Guachetá, pero existen dudas respecto a si antes de la Conquista española estuvo sujeto al zaque o al zipa, o si era independiente.[39]

El cronista de Indias Lucas Fernández de Piedrahita refiere que el zaque accedía al poder por mediación del Iraca de Suamox (Sogamoso), mientras que el zipa lo hacía por dominación militar.[40] [41]

  1. Cacicazgo de Hunza: Guachetá, Icabuco, Ramiriquí, Machetá, Moniquirá, Motavita, Toca, Tuta, Samacá, Sotaquirá, Lenguazaque, Turmequé, entre otros.
  2. Cacicazgo de Tenasuca: Tenza, Garagoa, Sutatenza, Somondoco, Soratá, Tenasuca, Tibirita.
  3. Cacicazgo de Saquencipá (Villa de Leyva): Ráquira, Sutamarchán, Sachica, Sora, Cucaita, Chíquiza.

Cacicazgos sagrados[editar]

Además de los dos principales territorios políticos, Bacatá y Hunza, los cronistas refieren la existencia de dos cacicazgos cuya significación era más religiosa y sagrada que política: se trataba del cacicazgo de Tundama (con capital en la actual Duitama), e Iraca (con capital en Suamox, actual Sogamoso), cuyo gobernante era el sacerdote denominado igualmente Iraca, a quien se consideraba sucesor del legendario Bochica (conocido también como Nemterequeteba).[42] El Zipa, el Zaque, el Tundama y el Iraca gobernaban asesorados por un Consejo de Ancianos, que eran las personas más sabias de la comunidad.[43]

Cacicazgos autónomos[editar]

Los cacicazgos muiscas considerados como autónomos o independientes, puesto que no se habían centralizado bajo un mismo dirigente en particular,[44] fueron los de Saboyá, Charalá, Chipatá, Tacasquira y Tinjacá. Por otra parte, la confederación de Guanentá[45] pertenecía a los guanes, y la del Cocuy[46] a los tunebos, pueblos ambos de lenguas chibchas, pero independientes.

Gobernantes muiscas[editar]

Grabado del siglo XVII con la leyenda: «Zipa de Bogotá. Saquesazippa quarto» (Sagipa).

Conquista española[editar]

Gonzalo Jiménez de Quesada partió de Santa Marta el 6 de abril de 1536, a la cabeza de quinientos infantes, entre ellos Gonzalo Suárez Rendón, fundador de la ciudad de Tunja, y con ochenta caballos, con el fin de explorar las montañas de las riberas del río Magdalena.[47] El primer asentamiento al que llegaron fue a Tora de las Barrancas Bermejas, actual Barrancabermeja, en donde tuvieron noticias de una civilización que les llamó la atención debido al hallazgo de vasijas con sal y mantas de algodón.[47] [48] Después de un año llegaron los conquistadores a tierras habitadas por el pueblo muisca. Solamente ciento sesenta y seis hombres y unos pocos caballos habían coronado la cumbre de los Andes colombianos; el resto de la expedición había perecido a causa de las enfermedades.

En febrero de 1537 salieron los españoles de las inmediaciones de Vélez, y marcharon al sur, pasando por los poblados muiscas de Ubazá, Turca o Pueblohondo, Sorocotá, Moniquirá, Susa, Tinjacá y Guachetá, adonde llegaron el 12 de marzo de 1537. Luego pasaron por Lenguazaque, Cucunubá, Suesuca, Nemocón y Busongote.[49] El 5 de abril llegaron a Chía, y acamparon en los cerros de Suba, desde donde vieron numerosos bohíos y columnas de humo. Aquella sabana que divisaron desde Suba fue llamada por Quesada el Valle de los Alcázares.[48]

Dos comisiones fueron enviadas a buscar un lugar donde asentar la tropa.[47] Mientras la primera tomó rumbo hacia el occidente de Bacatá, en un principio llamada "Facatá", sede real del zipazgo; la segunda se dirigió hacia el oriente, comandada por Pedro Fernández de Valenzuela, quien encontró un caserío llamado Teusaquillo, por donde pasaba una quebrada que luego se llamaría San Bruno, afluente del río Vicachá, llamado San Francisco por los españoles.[47]

¡Tierra buena, tierra buena!
¡Tierra que pone fin a nuestra pena!
Tierra de oro, tierra bastecida,
Tierra para hacer perpetua casa,
Tierra con abundancia de comida,
Tierra de grandes pueblos, tierra rasa,
Tierra donde se ve gente vestida,
y a sus tiempos no sabe mal la brasa:
Tierra de bendición, clara y serena,
Tierra que pone fin a nuestra pena!


Juan de Castellanos
Descripción de la llegada de los españoles a la sabana de Bogotá, en Elegías de Varones Ilustres de Indias.

Existen tres momentos en la fundación de Santafé de Bogotá.[48] [50] El primero sucedió cuando se creó el primer asentamiento español en la región de Bacatá, en la actual carrera Segunda con calle Trece, no lejos del Chorro de Quevedo, que posteriormente se llamó Pueblo Viejo, entonces conocido como Teusaquillo.[48] El historiador fray Pedro Pablo Villamor, escribió en 1723, refiriéndose al origen de Santafé: «Su primera fundación fue con nombre de villa y hecha en los alcázares donde estaba fundado el lugar deleitoso recreo de los Reyes de Bogotá, llamado Thybzaquillo

Por su parte, el 6 de agosto de 1538, Jiménez de Quesada realizó una ceremonia donde escogió el nombre y el lugar donde se desarrollaría la ciudad, proceso que se desarrolló en la plaza de las Yerbas, actual parque Santander. La primera misa, según versión de Juan de Castellanos, fue oficiada ese mismo día por fray Domingo de las Casas.[50]

En marzo de 1539, Quesada tuvo noticias de tropas españolas provenientes de Venezuela comandadas por Nicolás de Federmán y del sur por Sebastián de Belalcázar, quienes acamparon en el valle de los Alcázares. El recibimiento por parte de Quesada fue la organización de un festejo para los recién llegados. Este encuentro entre conquistadores fue crucial para que se llevaran a cabo las ceremonias oficiales de fundación. Así, se realizó la "fundación jurídica" el 27 de abril de 1539 junto con Nicolás Federmann y Sebastián de Belalcázar en la actual plaza de Bolívar y se designaron los lugares para la iglesia principal, la casa de gobierno, la cárcel, así como los solares para los primeros vecinos.[47] Esta situación implicó una fuerte bipolaridad durante los primeros años de la ciudad, que se desarrolló en torno al eje definido por esos dos extremos.[50] Los primeros expedicionarios que llegaron a la sabana de Bogotá no iban acompañados de ninguna mujer española. Quesada trajo los caballos, Federmann las gallinas y Belalcázar los cerdos.[51]

Por otra parte, fray Pedro Simón, en la Segunda Noticia Historial, capítulo 36, después de referir cómo fueron construidos los doce bohíos o cabañas, dice:

«No se olvidaron los españoles de señalar solar y sitio el más principal entre los bohíos para que se edificara iglesia, y fue en la misma parte de como está ahora, porque no habiéndose mudado la ciudad de como se fundó con los doce bohíos, sino que allí mismo ha ido teniendo su extensión y crecimiento hasta el que tiene ahora, tampoco se ha mudado esa iglesia a otra parte del pueblo de como se edificó al principio, en la mejor de todo él, como hoy se ve.»

Aunque el plano fundacional se ha perdido, se sabe que la división de los predios se hizo mediante la asignación de solares de diferentes tamaños: los de 800 pasos de frente y 1600 de fondo se llamaban caballerías mayores, los de 600 pasos de frente y 1200 de fondo eran conocidos como caballerías menores, y las unidades más pequeñas como peonías.[52]

Muertos los últimos soberanos muiscas, (Sagipa y Aquiminzaque), los caciques y el pueblo se alzaron tardíamente contra los nuevos dominadores hasta 1542, cuando el conquistador Gonzalo Suárez Rendón finalmente sofocó los últimos movimientos de resistencia. Inicialmente la confederación fue repartida por Bel-alcázar, Federmann y Quesada hasta que la corona designó a éste último como «adelantado de los cabildos de Santa Fe (sic) y Tunja».

Colonia española[editar]

Desaparecida la estructura de las dos confederaciones muiscas como estado soberano, este pasó a integrar la realidad de las colonias españolas en América. El territorio de las confederaciones muiscas, ubicado en una de las regiones más fértiles de los Andes colombianos, el Altiplano Cundiboyacense y que había dado como resultado una de las civilizaciones más avanzadas de la actual Colombia, fue escogida por los españoles como cabeza administrativa de una región mucho más grande a la que llamaron Nuevo Reino de Granada. Ese hecho ocasionó que la clase alta, la nobleza y la casta sacerdotal muisca fueran eliminados y sólo quedaran las capitanías. También posibilitó que los españoles más intelectuales se interesaran por la civilización y registraran mucha información. Los mejores terrenos en cambio fueron para los conquistadores y se constituyeron los resguardos indígenas para albergar a la población muisca sobreviviente, que al mismo tiempo fue sometida a encomiendas o sea a la obligación de trabajar en las haciendas apropiadas por los jefes españoles. La época colonial contribuiría a dar una importancia creciente a Santafé, la antigua Bacatá, que jugaría un papel primordial en las luchas de independencia y de consolidación republicana. La guerra de independencia que implicó la unidad de propósito político de los que serían tres naciones (Colombia con Panamá, Venezuela y Ecuador), fue liderada por los criollos, es decir, los descendientes de los conquistadores. En tal caso la participación de los afroamericanos, indoamericanos y mestizos fue más bien como soldadesca, no menos importante porque fueron los que pusieron el pecho a los poderosos ejércitos realistas mejor preparados.

Siglo XX[editar]

Después de la independencia (1810) el nuevo Estado propició la disolución de los resguardos, de los cuales subsistieron solamente el de Tocancipá. En 1940 fue repartido[53] y queda el de Sesquilé que fue recortado por el concejo municipal, hasta quedar solamente el 10 por ciento de su tamaño original. El de Tenjo después de 1934 quedó con tan sólo 54 hectáreas. El resguardo de Cota fue reconstituido con un lote de tierra comprado por la comunidad en 1916, reconocido entre 1991 y 1998, cuando fue retirado el reconocimiento a la comunidad, que lo recuperó en 2006, pero la formalización del resguardo está en trámite.

En 1948 se prohibió la fabricación de chicha de maíz[54] que no fuera pasteurizada y embotellada en envase cerrado de vidrio. Éste fue un golpe cultural a los indígenas y al consumo de la bebida tradicional muisca, que disminuyó los ingresos de muchas familias de origen indígena y se agregó a la pérdida de las tierras. La prohibición rigió hasta 1991. El Festival de la chicha, el maíz, la vida y la dicha se celebra en el barrio bogotano de La Perseverancia (principal sitio de producción de chicha) como una muestra de las tradiciones ancestrales de alegría e identidad.

Siglo XXI[editar]

Desde 1989 se ha dado un proceso de reconstrucción de los cabildos indígenas por las comunidades muiscas sobrevivientes. Actualmente cuentan con Cabildo en funcionamiento las comunidades muiscas de Suba, Bosa, Cota, Chía y Sesquilé. Los diferentes cabildos se reunieron del 20 al 22 de septiembre de 2002 en Bosa en el I Congreso General del Pueblo Muisca y constituyeron el Cabildo Mayor del Pueblo Muisca, que se afilió a la Organización Nacional Indígena de Colombia ONIC. Se propusieron la recuperación lingüística y cultural y la defensa del territorio actualmente ocupado, frente al ordenamiento territorial que se quiere imponer para planes urbanísticos y de turismo. También apoya a las comunidades muiscas como las de Ubaté, Tocancipá, Soacha, Ráquira y Tenjo, para que defiendan su identidad y recuperen su organización y derechos específicos.

Los muiscas de Suba se opusieron con éxito a la desecación de la laguna de Tibabuyes y lograron la recuperación del Humedal de Juan Amarillo. También han defendido la reserva natural del cerro de La Conejera, que el acta de disolución del resguardo considera tierra comunal y por lo tanto inalienable. la revista Suati (‘canción del sol’) divulga poesía y otros trabajos literarios y de investigación de autores muiscas. La comunidad de Bosa ha logrado desarrollar con éxito un proyecto de recuperación y ejercicio de la medicina tradicional, en conjunto con el Hospital Pablo VI y con la Secretaría de Salud Distrital de Bogotá. la comunidad de Cota adelanta un programa de soberanía alimentaria, ha reintroducido el cultivo de la quinua y realiza periódicamente eventos de trueque de sus productos agrícolas, pecuarios y artesanales y participa de los mercados campesinos que en Bogotá organiza el Comité de Interlocución Campesino y Comunal.

Hacia finales del año 2006 éste es el informe de la población muisca contemporánea:

Comunidad descendiente de los muiscas en Bosa. Los muiscas actuales son un pueblo completamente castellanizado. Se han puesto en marcha algunos proyectos de revitalización de la lengua muisca.
  • 3 cabildos muiscas: Cota, Chía y Sesquilé con una población de 2.318 personas.
  • En el Distrito Capital están censadas 5.186 personas pertenecientes a la etnia muisca, principalmente en las localidades de Suba y Bosa.
  • Ello no cuenta otras comunidades muisca en otros sectores del territorio de las antiguas confederaciones ni de Colombia y no tiene en cuenta el mestizaje, es decir, las personas que tienen ancestros muiscas.

Desde algunas perspectivas políticas, la cultura muisca desapareció con el fin de la estructura político-organizativa de las confederaciones de Hunza y Bacatá a principios del siglo XVI. Incluso se dice que el idioma muisca murió definitivamente hacia finales del siglo XVIII. Pero dicha percepción es un desacierto histórico y una negación cultural. Por el contrario la cultura muisca vive, está presente de una u otra forma en la cultura nacional colombiana y está presente en muchas comunidades campesinas que han sobrevivido los convulsos siglos que arrebataron la soberanía de un pueblo que todavía tiene mucho que aportar.

El 27 de agosto de 2010 se fundó en Bogotá el jardín infantil Uba Rhua (Espíritu de la Semilla), para los niños del Cabildo Muisca de Bosa, entre otros tres jardines infantiles de los pueblos ingas, pijaos y huitotos. En los cuatro jardines están presentes los usos, las costumbres y el pensamiento de los pueblos indígenas, a través de la enseñanza de la agricultura, el tejido, la cerámica, la orfebrería, la música, la danza, la medicina tradicional y la lengua muisca, entre otros saberes y artes.[55]

Organización sociopolítica[editar]

La confederación muisca era la unidad político-administrativa conformada al momento de la llegada de los conquistadores, en 1537. La conformación presupuso el predominio de los psihipkua,[56] jefes principales, que gobernaban sobre otros menores llamados uzaque (caciques) zibyntyba (capitanes mayores) y tybarague (capitanes menores). El territorio muisca comprendía las planicies de Bogotá y Tunja, los valles de Fusagasugá, Pacho, Cáqueza y Tenza, todo el territorio de los cantones de Ubaté, Chiquinquirá, Moniquirá y Villa de Leiva, y desde Santa Rosa de Viterbo y Sogamoso hasta lo más alto de la cordillera oriental, desde donde se divisan los llanos del Casanare.[57] El centro de poder comercial se ubicaba en la ciudad de Hunza, actual ciudad de Santiago de Tunja, capital del Departamento de Boyacá; en el ámbito militar, tenía preeminencia el asentamiento de Bacatá, actual Bogotá, con capital en Funza, y como centro religioso principal estaba Sogamoso, donde había un gran templo dedicado al Sol. El origen y parte de la explicación de unidades políticas que trascendían la comunidad debe buscarse en los lazos de parentesco, como los que existían entre los caciques de Bacatá y Chía, Tunja y Ramiriquí o Duitama y Tobasía.[58] Aunque la necesidad de unirse para ejecutar obras, comerciar o aliarse temporalmente durante las guerras haya desempeñado también un papel en la articulación confederal, entre los muiscas, la tendencia preponderante llegó a ser la sujeción de las comunidades más débiles por las más fuertes, por medios militares.[59]

El cacique dominante dentro de una confederación respetaba el gobierno autónomo de los caciques subordinados y mantenía la territorialidad de las respectivas comunidades, pero se convertía en el máximo jefe militar y además en el detentador final y principal beneficiario de un sistema de tributos comunitarios que ha sido documentado.[60] Operaba una superposición de estructuras de caciques y comunidades dominantes, subdominantes y dominados,[61] a la que le correspondían caciques de jerarquía diferente, que los españoles denominaron «señores» o «príncipes» (psihipkua), «caciques» (uzake, que eran convocados a los consejos), «capitanes» (zibyntyba) y «capitanes menores» (tybarague).[62] Los cargos no se heredaban por línea paterna (de padre a hijo), sino por línea materna (es decir, heredaba el sobrino, hijo de la hermana mayor).[63]

Panorámica de Bogotá, capital de Colombia, conocida por los muiscas como Bacatá, o Muequetá.

La Confederación Muisca estaba ubicada en el Altiplano Cundiboyacense, área central de la Cordillera Oriental de los Andes colombianos, y comprendía un territorio de aproximadamente 46.972 km2 (área un poco mayor que la de Suiza: 41.285 km2), desde el Norte, en la región del Chicamocha, hasta el Páramo de Sumapaz al Sur, y desde Vélez, Facatativá y Zipacón al Occidente, hasta los declives de la Cordillera Oriental, en límites con los llanos del Meta. Dicho territorio tenía una población de aproximadamente 1.200.000 habitantes a la llegada de los españoles.[64]

Las confederaciones conservaban la soberanía, luego es inexacto hablar de un "reino muisca", y mucho menos de un "imperio muisca". No fue un reino porque no existía un monarca absoluto, y no fue un imperio porque los muiscas no sometieron pueblos no muiscas a su régimen político. En este sentido, las confederaciones muiscas no pueden ser comparadas con el Imperio azteca o con el Imperio inca, que le eran contemporáneos. La importancia política de la Confederación Muisca radica en que fue la más grande y la más organizada confederación de tribus del continente. Cada comunidad estaba regida por su jefe o cacique, tenía autonomía y se sentía parte de su confederación.

Los muiscas no trataron de agregar a otras etnias a su confederación, sino que sus jefes se batían entre ellos para unirse en torno al vencedor.[65] La confederación, además de estar constituida por tribus hermanas, con una cultura similar y un idioma común (aunque con variantes regionales), garantizaba el trueque y la defensa común ante enemigos externos. Por esta razón el ejército dependía directamente del máximo jefe de la confederación (Zipa o Zaque), y estaba conformado por los güechas, los tradicionales guerreros muiscas.

Economía[editar]

En época prehispánica, los muiscas, cuya economía era fundamentalmente agraria, cultivaban maíz, papa, quinua y algodón, entre otros productos agrícolas. Eran excelentes orfebres, practicaban el trueque de mantas, sal, esmeraldas y otros productos con los pueblos vecinos: (muzos, panches, sutagaos, guayupes, tecuas, achaguas, tunebos y lanches).

La confederación muisca explotaba los siguientes productos minerales:

  • Oro (nyia):[66] El oro era importado y llegó a ser tan abundante que fue el principal material para la artesanía muisca común (orfebrería). A la llegada de los españoles, en la Sabana de Bogotá se veían campanillas de oro colgando de los árboles, según relato de varios cronistas. El uso de este metal dentro del territorio de la Confederación, más la tradición de la coronación del Zipa en la laguna de Guatavita, crearían el mito de El Dorado.
  • Esmeraldas (chuecuta):[67] Aún hoy Colombia es el primer productor mundial de esmeraldas y son tenidas entre las más preciadas del planeta. Los principales yacimientos de estas piedras preciosas se encuentran en el Departamento de Boyacá, y especialmente en el municipio de Muzo. Junto con el oro, las esmeraldas eran ofrendadas a los dioses en las lagunas sagradas.[68]
  • Cobre (bahazca nyia):[69] El historiador Ezequiel Uricoechea refiere que en los combates y en las fiestas usaban los muiscas máscaras de cobre muy bien elaboradas, y que en el intercambio comercial con otros pueblos también usaban pequeños "tejuelos" de cobre.[70]
  • Carbón (gazpqua):[71] Tanto vegetal como mineral. Hoy todavía se siguen explotando minas de carbón, por ejemplo en Zipaquirá, y Samacá en este producto Colombia es una de las principales reservas mundiales.[72]
  • Sal (nygua):[73] Extraída de las minas de sal de Nemocón, Zipaquirá y Tausa.

La sociedad muisca era esencialmente agrícola, y tenía un complejo sistema de regadíos. Otras actividades económicas fundamentales eran la orfebrería y la cerámica. Se conservan piezas únicas del arte precolombino muisca de figuras de extraordinaria fineza.

De manera muy especial hay que mencionar la producción textil muisca. Al respecto dice Paul Bahn que las culturas andinas dominaron todas las técnicas de tejido y decoración, y ya para el 3000 a. C. habían desarrollado los textiles de algodón y producían tejidos de extraordinaria delicadeza, superiores en muchos casos a los contemporáneos.[74] La arqueóloga Sylvia Broadbent —quien estudió tejidos pintados de algodón—, concluye que las técnicas de los muiscas eran complejas para producir telas de una sola pieza con innumerables entretejidos y una gran capacidad para resistir el tiempo.

Mercado[editar]

Esmeralda procedente de Boyacá, al Norte de la Confederación Muisca.

El mercado era sitio obligado de la economía de las comunidades, que practicaban la compra-venta, y más comúnmente el trueque. Allí se cambiaban productos de primera necesidad como maíz, sal, miel, frutas, granos y mantas, por artículos de lujo como plumas de aves, cobre, algodón, coca y caracoles marinos importados desde el territorio Tairona. Los mercados principales en que los muiscas intercambiaban sus productos, eran los siguientes:

  • El mercado de Coyaima, territorio de los Poincos, que habitaban ambas orillas del río Magdalena, hasta donde los muiscas llevaban mantas pintadas, joyas de oro, sal y esmeraldas, que cambiaban por oro en polvo, guacamayas, loros a los que enseñaban a hablar, y algunos productos alimenticios propios de las tierras cálidas.
  • El mercado que se hacía en terrenos del cacique de Zorocotá, en lo que hoy es el municipio de Puente Nacional, para hacer intercambios con los Guanes, Chipataes y Agataes.
  • El mercado de Turmequé, en donde además de los artículos ya mencionados, se veía gran cantidad de esmeraldas de las minas de Somondoco.

Pesos y medidas:

Para los intercambios comerciales los muiscas usaban por lo general unos «tejuelos» redondos de oro, plata y cobre, fundidos en moldes sin ninguna clase de sello o señal, y que valoraban por su tamaño, aunque esmeraldas, sal, coca y mantas de algodón también fueron usadas como equivalentes monetarios o para facilitar el trueque. Los tejuelos metálicos eran medidos encorvando el dedo índice sobre la base del dedo pulgar, o cuando eran más grandes, usando ciertos cordeles de algodón que al efecto tenían para medir su circunferencia. En cuanto a las medidas de capacidad, sólo conocían la que servía para medir el maíz desgranado, y que llamaban aba, lo mismo que a este grano. La medidas de longitud eran el palmo y el paso.[75]

Agricultura[editar]

El maíz constituía la base alimenticia de los muiscas.

Como los muiscas no conocían el hierro, labraban la tierra con instrumentos de piedra o de madera en tiempo de lluvias, cuando se ablandaba el suelo, y por eso consideraban las temporadas de sequía como una gran calamidad. La papa, el maíz y la quinua eran los principales productos de consumo, a las cuales añadían varias raíces y legumbres de menor importancia que sazonaban con sal, ají y hierbas aromáticas. Dos veces al año cosechaban las papas, y el maíz una vez en las tierras frías, en donde estaba acumulada la mayor parte de la población. En las tierras templadas cultivaban la arracacha, y la yuca en las regiones cálidas. No sabemos si se servían del extracto dulce de la caña del maíz, como los indígenas mexicanos, o sólo de la miel de abejas, que abundaba en los declives de la cordillera, pero sí sabían procurarse la chicha, una bebida alcohólica fermentada del maíz. Ejercían la pesca en los ríos y lagunas de las planicies con pequeñas redes y balsas de junco que siguieron fabricando hasta el siglo XIX.[76]

Artesanía[editar]

Las mujeres se ocupaban del hilado para las mantas de algodón, y los hombres las tejían y pintaban, en lo cual tenían mucha reputación. Labraban la madera con mucha habilidad, y del hueso hacían figurillas para colgarse en collares u otros adornos. La paja les servía para el recubrimiento de los techos de sus casas, y para la fabricación de ciertos artículos pequeños como canastos. La piedra la trabajaban de manera similar al hueso, y las pieles de ciertos animales como el oso de anteojos y el tigrillo, así como las plumas vistosas del papagayo y otras aves, que eran importadas de las tierras cálidas, eran artículos muy apreciados.[77]

Costumbres y modos de vida[editar]

Alimentación[editar]

Fuentes etnohistóricas y arqueológicas, evidencian que la alimentación de la población muisca era variada y equilibrada, pues además del maíz, que era la base de su alimentación a través de múltiples preparaciones, consumían también abundantes proteínas vegetales como maní, frijoles o coca y proteína animal como curí, venado, conejo, pescado, hormigas, orugas, aves y animales de monte. Completa su dieta la capacidad desarrollada por los muiscas para aprovechar los diferentes pisos térmicos para obtener gran variedad de alimentos, su habilidad para el intercambio de productos con los pueblos de las tierras bajas y el papel que desempeña el cacique en la redistribución de alimentos en época de escasez.[78]

El cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo consigna la abundancia: «En dos años que duró aquella conquista, ningún día dejó de entrar en el campo de los cristianos todos los bastimentos en mucha abundancia de todo lo que es dicho, tanto, que hubo días de cien venados y ciento y cincuenta, y el día que menos, treinta venados, conejos y cories, día de mil y de ahí abajo. En fin, es abundante tierra desas cazas o monterías».[79]

Higiene[editar]

Los muiscas se bañaban varias veces al día para sorpresa de los españoles, para quienes bañarse tanto era innecesario y obsceno (puesto que se bañaban hombres, mujeres y niños a la vez en los ríos). También hacían ciertos baños rituales: para madre e hijo después del parto, en la llegada de la menstruación, en el rito de iniciación masculino y en la coronación de un nuevo Zipa en la Laguna de Guatavita. Los muiscas consideraban a las numerosas lagunas andinas y a las fuentes de agua como lugares sagrados a donde sus sacerdotes acudían a depositar las ofrendas. La diosa Bachué sale y retorna, cumplida su misión, a la laguna de Iguaque; de la chicha derramada nace en Tunja el mítico Pozo de Hunzahua; los sacerdotes se bañaban al graduarse tras largos años de sólo poder lavarse la punta de los dedos. Bañarse en los ríos, hombres, mujeres y niños a la vez, fue considerado por los españoles como un hábito pecaminoso y por lo tanto fue perseguido por autoridades eclesiásticas y civiles de la Corona.[80]

Sexualidad[editar]

Existía total libertad sexual antes del matrimonio y éste poco tenía que ver con la virginidad; por el contrario, la virginidad para la mujer muisca era una verdadera desgracia; lo relata Fray Alonso de Zamora: «Reparaban muy poco en no hallar doncellas a sus mujeres y en algunas era motivo de aborrecerlas, si las hallaban con integridad: porque decían eran mujeres desgraciadas pues no hubo quien hiciera caso de ellas».[81]

La poligamia era común entre la sociedad muisca. Los hombres podían tener el número de esposas que fueran capaces de sustentar, aunque sólo una era la legítima. El incesto estaba prohibido. El cronista español Lucas Fernández de Piedrahita refiere que los hombres muiscas pedían al padre de la novia (o a quien le sustituyese) el permiso para casarse con ella, ofreciendo cierta cantidad de bienes. Si el padre de la mujer no estaba conforme con los bienes recibidos, pedía más, y el novio aumentaba su oferta hasta una tercera vez, pero si a la tercera tampoco era aceptado, desistía de la proposición para siempre. Por el contrario, si su propuesta era aceptada, podía tener a la mujer durante unos días en su casa, y si era de su agrado, se casaba con ella.[82] Por su parte, el historiador Ezequiel Uricoechea refiere que cuando alguno solicitaba a una mujer, mandaba a los padres una manta; si no se la devolvían a los ocho días, enviaba otra, y considerándose entonces aceptado, se sentaba una noche en la puerta de la casa de la novia y daba a entender, aunque indirectamente, que allí estaba. Entonces se abría la puerta y salía la mujer que era pretendida con una totuma llena de chicha que probaba primero y le daba después a beber al pretendiente. Los matrimonios se celebraban ante el chyky (sacerdote muisca), y estando los dos contrayentes unidos por los brazos.[83]

Falos líticos se encuentran todavía en Tunja, Ramiriquí y en Villa de Leiva. Torteros con monos apareándose se encuentran en los museos. Tenían prostitutas, a las que llamaban Chihizapquazz.[84] Fray Pedro Simón relaciona la alta densidad poblacional muisca con su notable sensualidad, cuando escribe: «Ni hay que espantar que hayan sido las mujeres de estos indios tantas, por ser ellos tan dados a la sensualidad».[85]

Vestuario e indumentaria[editar]

Pectoral de oro muisca que representa a seis aves con las alas plegadas y figuras humanas en cuclillas sobre sus cabezas. Museo del Oro de Colombia.

Los muiscas fueron hábiles tejedores de algodón. El cronista español Lucas Fernández de Piedrahita cuenta que estos indígenas, a diferencia de los de tierras más cálidas, andaban siempre vestidos. En la Historia general de las conquistas del Nuevo Reyno de Granada, Piedrahíta refiere que los muiscas tejían unas camisas cerradas que les llegaban poco más abajo de las rodillas, y que encima se ponían unas mantas que comúnmente eran blancas, pero que en las personas con mayor jerarquía estaban pintadas con figuras negras y rojas. Los guerreros muiscas (güechas) llevaban en la cabeza cascos de oro, mientras que los hombres del común se cubrían la cabeza con pieles de osos y tigrillos, adornados además con plumas de todos los colores. Los hombres que pertenecían a la familia inmediata del Zipa, llevaban sobre la frente medias lunas de oro o de plata, con las puntas hacia arriba. Alrededor de los brazos, solían llevar brazaletes con esmeraldas incrustadas, y la gente del pueblo llevaba manillas con huesos de animales. La nobleza llevaba narigueras y orejeras de oro, y todos se pintaban el rostro y el cuerpo con tintes naturales. Las mujeres usaban una manta larga que ceñían a la cintura con una faja, y sobre los hombros otra manta pequeña, sujeta al escote con un alfiler grande de oro o de plata, que tenía un cascabel en uno de sus extremos, de suerte que los pechos quedaban casi descubiertos. Los hombres llevaban el cabello largo hasta los hombros, y las mujeres también lo llevaban largo y suelto. La mayor afrenta para un hombre o una mujer muisca era que se le cortase su cabello, o que su cacique les rompiese la manta, como castigo a algún delito.[86]

Gonzalo Jiménez de Quesada refiere que usaban «mantas blancas y negras y de diversos colores ceñidas al cuerpo que las cubren desde los pechos hasta los pies, y otras encima de los hombros (…) andan cubiertos todos. En las cabezas traen comúnmente unas guirnaldas hechas de algodón con unas rosas de diferentes colores de lo mismo que les viene a dar en derecho de la frente. Algunos caciques principales traen algunas veces bonetes hechos allá de su algodón (…) algunas mujeres de las principales traen unas cofias de red».[87]

Juan de Castellanos dice que los muiscas tomaron de Bochica el ejemplo de andar descalzos, con el traje de algodón a su usanza y largos los cabellos, los cuales se teñían de negro, pero a diferencia del mítico Bochica señala que «barbas a muy pocos ocupan las mejillas». Rasgar vestiduras y cortar cabellos «lo tienen por afrenta grave».[88]

Pinturas, adornos y joyas simbolizaban y representaban el poder y por lo tanto, estaban reservadas a los poderosos, como cuenta Fray Pedro Simón: «estaban limitadas las pinturas, galas, joyas y en sus vestidos y adornos a la gente común, y concedido el privilegio a los usaques y a los más caciques y otros principales licencia para poder traer las narices y orejas horadadas y ponerse en ellas y en el cuello las joyas de oro que quisiesen, como también estaba concedido a los jeques».[89]

Festividades[editar]

Los cronistas españoles señalaron que los muiscas eran un pueblo con muchas festividades, asociadas principalmente al ciclo agrícola y al ciclo de la vida. Jiménez de Quesada cuenta en su Epítome de la Conquista del Nuevo Reino de Granada: «Es gente muy perdida por cantar y bailar a su modo y eso son sus placeres».[90] Según el cronista Juan Rodríguez Freyle, en las fiestas muiscas no podía faltar la chicha: «La mayor prevención era que hubiese mucha chicha que beber para las borracheras que se hacían de noche, y en ellas infinitas ofensas a Dios Nuestro Señor, que las callo por la honestidad».[91]

Sobre sus cantos, música y bailes donde se mezclan risas y llantos, ritmos tristes y alegres, dice Lucas Fernández de Piedrahita: «gastaban mucha cantidad de chicha; danzaban y bailaban al compás de sus caracoles y fotutos; cantaban juntamente algunos versos o canciones que hacen en su idioma y tienen cierta medida y consonancia, a manera de villancicos y endechas de los españoles. En este género de versos refieren los sucesos presentes y pasados y en ellos vituperan o engrandecen el honor o deshonor de las persona a quienes los componen; en las materias graves mezclan muchas pausas y en las alegres guardan proporción, pero siempre parecen sus cantos tristes y fríos, y lo mismo sus bailes y danzas, mas tan acompasados que no discrepan un solo punto en los visajes y movimientos, y de ordinario usan estos bailes en corro, asidos de las manos y mezclados hombres y mujeres».[92]

  • Fiestas de la siembra y de la cosecha:

Lucas Fernández de Piedrahita, en su Historia general de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada, dejó una detallada descripción de las fiestas de la siembra y de la cosecha que celebraban los muiscas: «Otra de las ceremonias más ostentosas que hacían eran las procesiones, a que asistían sus reyes o caciques, respectivamente, en ciertos tiempos del año, especialmente en el de las siembras o cosechas, y formábanse éstas en ciertas avenidas anchas de a más o menos de media legua de longitud. Las personas que salían en ellas (sin que entre en cuenta la innumerable multitud de gente que concurría a verlas) serían de diez a doce mil, que la noche antes se lavaban los cuerpos para ir el día siguiente más decentemente adornadas».[93]

Pintados de rojo y negro y disfrazados de animales comenzaba el carnaval: «Dividíanse en cuadrillas y parcialidades con diferentes trajes y disfraces, arreados de patenas de oro y otras diferentes joyas que abundaban, aunque todos convenían en llevar pintados los cuerpos de vija y jagua (rojo y negro). Unos iban representando osos, otros en figura de leones (pumas andinos) y otros de tigres (esto es, cubiertos con sus pieles), y (…) otras muchas representaciones de animales diversos. Iban los sacerdotes con coronas de oro en forma de mitras, a quienes seguía una prolongada cuadrilla de hombres pintados, sin disfraz ni joya alguna sobre sí, y éstos llorando y pidiendo al Bochica y al Sol mantuviesen el estado de su rey o cacique y le otorgasen la súplica y ruego a que había dispuesto aquella procesión, para lo cual llevaban puestas máscaras con lágrimas, retratadas tan a lo vivo que eran de ver». Le sorprende a Piedrahita que después de los que rogaban, pedían y lloraban seguía la procesión con otra comparsa de risas, bailes y alegrías que celebraba los favores concedidos: «era lo más gracioso de todo, que luego inmediatamente entraba otra caterva dando los unos grandes risadas y saltando de alegría, y diciendo los otros que ya el Sol les había concedido lo que los delanteros le iban pidiendo con lágrimas, de suerte que de las risadas, lloros y gritos, se componía una barahúnda tal cual se deja entender (…) en pos de aquella alegría desacompasada iban otros con máscaras de oro disfrazados y con las mantas arrastrando por el suelo en forma de cauda (…) con el fin da barrer la carrera para que otros danzasen, pues les iba casi pisando las mantas otra gran muchedumbre de ellos ricamente adornados, bailando y cantando al compás triste y flemático de sus maracas y flautas, y tras ellos otros y luego otros, y tantos con diferentes invenciones, que no es fácil reducir a la pluma la diferencia de sus cuadrillas y galas, más propias de pandorgas dispuestas para la ociosidad que de procesiones dedicadas a la religión».[94]

Cerraba la procesión el cacique, ataviado con los mejores adornos, el poder se escenifica: «El último lugar llevaba el rey o cacique con el más costoso adorno y majestad que le era posible, y aunque era crecidísimo el número de gentes que le seguían y la diferencia de los trajes en que iban, denotaba ser parcialidades distintas (…) y lo que no parecerá creíble (…) era la gran cantidad de oro que iba en ellas en tan distintas joyas, como eran máscaras, mitras, patenas, medias lunas, brazaletes, ajorcas y figuras de varias sabandijas (…) por muy de mañana que se diese principio a esta fiesta no se hacía poco en volver a la noche con la procesión a palacio, donde se gastaba de su chicha». Termina su relato el cronista consignando la dificultad que tuvieron para acabar con esta popular fiesta muisca: «Estas procesiones se continuaron por muchos años después de conquistado el reino, y ninguna ceremonia se desarraigó de sus naturales con tanta dificultad como ella».[95]

  • Fiestas de los caciques:

En los meses correspondientes (según el calendario occidental) a enero, febrero y parte de marzo, tenían lugar unas festividades en las que se convidaban alternativamente unos caciques a otros. En dichas festividades, según cuenta Fray Pedro Simón: «Asíanse de la mano hombres y mujeres haciendo corro y cantando canciones, ya alegres ya tristes, al son de flautas y fotutos; tenían en medio las múcuras de chicha de donde iban esforzando, duraba esto hasta que caían embriagados y tan excitados de la lujuria del calor del vino, que cada hombre y mujer se juntaban con el primero o primera que se encontraba porque para esto había general licencia en estas fiestas, aún con las mujeres de los caciques y nobles (…) así pues por virtud de la unión real de los seres humanos las plantaciones crecerían y fructificarían mejor».[96]

  • Fiestas de la construcción de cercados:

Igual de festivo era el transporte de las piedras y de los grandes postes necesarios para construir los cercados, donde tampoco faltaba la chicha, los cantos, los adornos y la pintura corporal, como relata Piedrahíta: «juntando a un tiempo la voz, los píes y las manos al compás de la voz de uno que les sirve de guía, a la manera que saloman los marineros en los navíos, y es para ellos este ejercicio de tanto gusto que lo tienen por fiesta, y para entonces se ponen penachos de plumas y medias lunas; píntanse y arréanse, y llevan mucha cantidad del chicha que beben».[97]

  • Fiestas de la inauguración de cercados:
Reconstrucción de un cercado muisca en el Parque Arqueológico de Sogamoso.

Fray Pedro Simón relata que: «Después de acabado el cercado, convidaba el cacique a todo el pueblo para una gran borrachera que duraba muchos días, en que había muchos juegos, bailes y entretenimientos». Mientras dura la fiesta, y continuando con la mezcla de tristezas y alegrías, de celebración de la vida y de la muerte entre los muiscas, dos hombres mayores permanecían en la entrada, desnudos, cubiertos por una red, ayunando y tocando una música melancólica que recordaba la inevitable realidad de la muerte a los alegres festejantes: «estaban a la puerta del cercado, desde la mañana hasta la noche, sin comer ni beber, dos indios, ya en edad mayores, desnudos todo el cuerpo, en pie, cubiertos con una red grande de coger pájaros, tañendo con unas flautas y haciendo una música melancólica y triste para significar con aquello más al vivo lo que representaban estando allí con aquella postura, que era la muerte. Porque decían que la red era instrumento suyo, pues mataban con ella las aves; el estar desnudos representaba, cómo deja a los hombres cuando los acomete, pues quedan desnudos de todas sus cosas de esta vida; y a lo mismo aludía el no comer ni beber en todo el día, pues también los privan de eso. De lo que era bien se acordasen en todos los juegos, fiestas y entretenimientos, y por eso estaban a la puerta de la fiesta para que antes de ella, se le representasen a todos los que se hallaban en ellas, que habían de morir». Risas y llantos siempre estaban juntas alternándose en las ceremonias: «Y aun entre los regocijos de dentro había indios con instrumentos que hacían músicas tan tristes, que incitaban a llorar a todos, de rato en rato, en medio de los regocijos y bailes. Usaban todos los indios estas fiestas siempre que estrenaban casas nuevas». De estas fiestas hacían parte integral las carreras por avenidas que salían del cercado: «Para más solemnizar estas fiestas de la dedicación de sus casas, los caciques ordenaban que algunos mozos de buena disposición corriesen cierta distancia (…) algunas veces de más de cuatro leguas (…) yéndose aventajando a los demás los mas valientes, volvían más presto a la casa de donde habían salido, donde les iba premiando el cacique su valentía como iban llegando”.[98]

Deporte[editar]

Monumento al cacique de Turmequé jugando tejo.

El deporte ha tenido una importancia ritual para los muiscas. En tiempos prehispánicos, además de la lucha, también practicaban el zepguagoscua, que consistía en lanzar un disco de oro, y que evolucionó hasta el actual tejo, considerado el deporte nacional de Colombia. Este deporte ha logrado bastante arraigo en la población, principalmente en la región andina del país. Según la tradición, el tejo tiene su origen en el municipio de Turmequé, en el departamento de Boyacá. Precisamente, el tejo también es llamado turmequé. Se calcula que los muiscas lo practican desde hace por lo menos 500 años.[99]

Ritos funerarios[editar]

Sobre la enfermedad, el cuidado del enfermo y la muerte dice Fray Pedro Simón que los muiscas: «No desamparaban sus enfermos como lo hacían otras naciones cuando estaban en el artículo de la muerte, pues antes se juntaban muchos a verle morir, hasta que había expirado». No exaltan el dolor como lo harán los católicos: «Tenían por dichoso al que moría de algún rayo o por accidente o muerte repentina, porque había pasado sin dolores esta vida».[100] Este cronista describe diferentes formas de enterramiento: «Otros secaban los cuerpos de sus difuntos a fuego manso en barbacoas, y en otras las ponían dentro de bohíos que tenían dedicados como para entierros. A otros enterraban sólo envueltos en una manta en los campos, sobre cuya sepultura plantaban un árbol». Juan de Castellanos agrega que en señal de duelo: «en la celebración de los entierros se suelen poner mantas coloradas y no menos con bija rubicunda se tiñen muchos hasta los cabellos».[101]

El duelo continuaba seis días con encuentros familiares, en medio de cantos a la memoria del difunto, música, coca, chicha y bollos de maíz, como refiere Fray Pedro Simón: «La gente más honrada lloraba sus difuntos otros seis días después de enterrados, y aun les hacían por algunos tiempos sus aniversarios, convidando para éstos sus deudos y parientes que juntos lloraban al difunto al son de unos tristes instrumentos y voces que cantaban en endechas los grandes hechos del difunto. Alegrábanse al último con chicha y mascando hayo (...) La gente ordinaria convidaba para estos llantos, y con bollos de maíz que daban al fin de ellos a los convidados, quedaban acabadas las exequias».[102]

Arquitectura[editar]

Recontrucción del Templo del Sol de Sogamoso.

Los muiscas construían sus casas utilizando como principal material la caña y el barro para hacer las tapias llamadas bahareque. Las casas comunes eran de dos formas: unas cónicas y otras rectangulares. Las primeras consistían en una pared en círculo hecho de palos enterrados como pilares más fuertes sobre los cuales se sostenía de lado y lado un doble entre tejido de cañas cuyo intersticio era tupido de barro. El techo era cónico y cubierto de pajas aseguradas sobre varas la profusión de tales construcciones en forma cónica en la sabana de Bogotá, dio origen a que Gonzalo Jiménez de Quezada le diera a esta altiplanicie el nombre de «Valle de los Alcázares». Las construcciones rectangulares consistían en paredes paralelas también de bahareque, como las anteriores, con techo en dos alas de forma rectangular.

Tanto las construcciones cónicas como las rectangulares tenían puertas y ventanas pequeñas. En el interior el mobiliario era sencillo y consistía principalmente en camas hechas también de cañas, llamadas barbacoas, sobre las cuales se tendía una gran profusión de mantas; los asientos, aunque los tenían, eran escasos, pues los indígenas preferían descansar en cuclillas o de rodillas sobre el suelo. Además de las casas comunes existían otras dos clases de construcciones: una para los señores principales, probablemente el jefe de la tribu y del clan, y otras para los jefes de las confederaciones muiscas, como el Zipa, el Zaque o el Iraca.

El Dorado[editar]

Laguna de Guatavita, en la que probablemente se celebraba la ceremonia de El Dorado.
La Balsa Muisca, en el Museo del Oro de Bogotá. Esta pieza representa parte de la ceremonia de entronación del Zipa de Bacatá en la Laguna de Guatavita, lo que dio origen a la leyenda de El Dorado.

Distintos cronistas de la conquista española de América mencionan la leyenda de Eldorado, un antiguo mito europeo que los conquistadores tenían presente al adentrarse en el continente: una ciudad donde todo es de oro. Los cronistas de la conquista de los muiscas, en la Cordillera Oriental de Colombia, asociaron pronto y fácilmente esa leyenda con las ceremonias de ofrenda que estos indígenas celebraban en las lagunas del altiplano. La descripción de Juan Rodríguez Freyle, de 1636, en su libro Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada o El carnero, con ser muy tardía, es sin embargo la mejor.

«Era costumbre entre estos naturales que el que había de ser sucesor y heredero del señorío o cacicazgo de su tío, a quien heredaba, había de ayunar seis años metido en una cueva que tenían dedicada y señalada para esto, y que en todo este tiempo no había de tener parte con mujeres, ni comer carne, sal ni ají y otras cosas que les vedaban; y entre ellas que durante el ayuno no habían de ver el sol, sólo de noche tenían licencia para salir de la cueva y ver la luna y estrellas y recogerse antes que el sol los viese. Y cumplido este ayuno y ceremonias se metían en posesión del cacicazgo o señorío, y la primera jornada que habían de hacer era ir a la gran laguna de Guatavita a ofrecer y sacrificar al demonio (sic) que tenían por su dios y señor. La ceremonia que en esto había era que en aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos, aderezábanla y adornábanla todo lo más vistoso que podían, metían en ella cuatro braseros encendidos en que desde luego quemaban mucho moque, que es el sahumerio de estos naturales, y trementina, con otros muchos y diversos perfumes. Estaba a este tiempo toda la laguna en redondo, con ser muy grande, y hondable de tal manera que puede navegar en ella un navío de alto bordo, la cual estaba toda coronada de infinidad de indios e indias, con mucha plumería, chagualas y coronas de oro, con infinitos fuegos a la redonda; y luego que en la balsa comenzaba el sahumerio lo encendían en tierra, en tal manera, que el humo impedía la luz del día. A este tiempo desnudaban al heredero en carnes vivas y lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo y molido, de tal manera que iba cubierto todo de este metal. Metíanle en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la balsa cuatro caciques, los más principales, sus sujetos, muy aderezados de plumería, coronas de oro, brazales y chagualas y orejeras de oro, también desnudos, y cada cual llevaba su ofrecimiento. En partiendo la balsa de tierra comenzaban los instrumentos, cornetas, fotutos y otros instrumentos, y con esto una gran vocería que atronaba montes y valles y duraba hasta que la balsa llegaba al medio de la laguna, de donde, con una bandera, se hacía señal para el silencio. Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro que llevaba a los pies en el medio de la laguna, y los demás caciques que iban con él y le acompañaban hacían lo propio, lo cual acabado abatían la bandera, que en todo el tiempo que gastaban en el ofrecimiento la tenían levantada, y partiendo la balsa a tierra comenzaba la grita, gaitas y fotutos con muy largos corros de bailes y danzas a su modo, con la cual ceremonia recibían al nuevo electo y quedaba conocido por señor y príncipe. De esta ceremonia se tomó aquel nombre tan celebrado del Dorado, que tantas vidas ha costado.»[103]

Espiritualidad[editar]

Restos de observatorio astronómico muisca en el Parque Arqueológico de Monquirá - Villa de Leyva (Boyacá).

Los sacerdotes (Chyquy) se formaban desde la infancia y eran los responsables de dirigir las principales ceremonias religiosas. Nadie más que los sacerdotes podía entrar al interior del templo. La religión muisca contemplaba los sacrificios humanos, pero es probable que a la llegada de los españoles estos hubieran desaparecido tiempo antes y los relatos de sacrificios humanos entre los muiscas sean historias transmitidas por tradición oral, pues no existe un testimonio de primera mano que mencione un sacrificio humano contemporáneo a la presencia de los españoles. En todo caso las fuentes coinciden en que cada familia debía ofrecer un hijo a los sacerdotes, el cual era criado por ellos como persona sagrada y a los 15 años era sacrificado a Xue, lo que constituía un honor para la familia y para la víctima. Junto a las actividades religiosas, los sacerdotes participaban de la vida de la comunidad con recomendaciones acerca de la agricultura o mediando en casos de conflicto entre los líderes políticos.

La adoración de los muiscas a sus dioses se hacía no sólo en los templos, sino también al aire libre, en lugares bien señalados, como determinadas lagunas, cascadas, grandes rocas o montañas. Los templos eran bohíos grandes en los que vivían los sacerdotes, quienes tenían dispuestos vasos de diferentes tamaños y formas para recibir las ofrendas, o bien figuras de barro con agujeros en la parte superior, o simples tinajas que se enterraban, excepto en la parte superior, que se dejaba abierta hasta que se llenaba de tunjuelos de oro, esmeraldas, entre otras ofrendas. Tanto los sacerdotes como los devotos se preparaban antes de las ceremonias con rigurosos ayunos y abstinencias.[104]

Calendario[editar]

Los muiscas conocían el solsticio de verano (el día más largo del año, que cae en el 21 de junio). Esa era la fecha indicada para rendir culto a Sua (el dios Sol). El templo de Sua estaba en Sogamoso, la ciudad sagrada del sol y sede del iraca (sacerdote supremo de los muiscas). De ese culto viene el nombre de la ciudad: Suamox o Sugamuxi. Una procesión de la corte del zipa se dirigía al Templo del Sol y el día era motivo de gran fiesta y alegría entre las personas del pueblo, quienes se pintaban el cuerpo y se embriagaban con chicha. Se hacían ofrendas a Sua para pedir por la bendición de las cosechas anuales. También era el único día en el cual la gente podía ver al zipa.

Deidades[editar]

La mitología muisca estaba muy bien documentada gracias a que el territorio de la Confederación muisca fue escogido como sede de la administración colonial en una nueva unidad administrativa de un territorio más vasto conocido como Nuevo Reino de Granada. Ese factor permitió que los más destacados cronistas se establecieran en Bogotá y recopilaran mucha información de primera mano. Algunas de las divinidades principales de la mitología muisca son:

Laguna de Iguaque, desde donde, según la creencia muisca, emergieron Bachué y el niño para poblar la Tierra.
Salto del Tequendama, lugar sagrado de los muiscas que ocupa un lugar fundamental en la leyenda de Bochica.
  • Bague (La Gran Madre): Es la Gran Madre Creadora del Universo. Era considerada Intangible, como el Pensamiento y la Fuerza. En Ella está, según la espiritualidad muisca, todo lo que existe. En el tiempo de los unquyquie nxia, cuando Bague pensó, su pensamiento se transformó en obra. Antes de esto no había nada. Así Bague, la Gran Madre y Gran Abuela, creó a Chiminigagua.
  • Chiminigagua (El Creador): Cuando todo era Tinieblas, vagaba por el espacio Chiminigagua, que contenía en sí mismo la luz. Chiminigagua no tenía forma visible. De su interior salieron dos aves negras que surcaron el Universo, y de cuyos picos brotaron destellos de luz que iluminaron el espacio.
  • Sua (El Sol): Su templo estaba en Sugamuxi o Suamox (Sogamoso), ciudad sagrada del sol. Era este el dios más venerado, especialmente por los súbditos del Zaque que se consideraban sus hijos.
  • Chíe (La Luna): Su templo se encontraba en el actual municipio de Chía y era venerada especialmente por los súbditos del Zipa, que se consideraban sus descendientes. A veces se la identifica con Huitaca, otra divinidad muisca, pero por lo general se las describe como diosas diferentes.
  • Bachué, o Fuchachogue (Madre de la Humanidad): Dice de ella el relato que un día, de la laguna de Iguaque, salió una mujer esbelta y bella, con un niño en sus brazos. Ella (Bachué), se sentó a la orilla de la laguna y esperó hasta que su hijo creciera. Cuando este alcanzó la edad suficiente, se casaron y tuvieron muchos hijos, que fueron poblando la tierra. Bachué les enseñó a cazar, cultivar, respetar las leyes y adorar a los dioses. Bachué fue tan buena, que los mismos muiscas se referían a ella también como Fuchachogue (‘mujer buena’, en muisca). Cuando ya eran muy viejos, Bachué y su hijo-esposo decidieron volver a Iguaque y se convirtieron en serpientes, sumergiéndose en el lago. De la leyenda existen otras versiones. Por ejemplo, aquella que dice que después de sumergirse en Iguaque, Bachué asciende al cielo para converirse en Chía, mientras que en otras versiones Chía es una diosa diferente de Bachué.
  • Chibchacum, o Chibchacun (El Protector): dios encargado especialmente del pueblo muisca, y de proteger a los labradores, comerciantes y orfebres.[105] Según una de las versiones sobre la creación del salto del Tequendama, Chibchacum habría sido el que inundara la Sabana de Bogotá como castigo al mal comportamiento de sus habitantes, pero Bochica, al abrir el Salto, castigó a Chibchacum obligándole a sostener el mundo sobre un hombro. En tal sentido, los muiscas creían que cada vez que temblaba la tierra, era porque Chibchacum se la pasaba al otro hombro.
  • Chaquen (dios de los Linderos): Dios encargado de la protección de los linderos de las sementeras y campos de cultivo, de presidir las fiestas y regocijos, y a quien se ofrecían plumas y diademas con que se adornaban en las fiestas y los combates.
  • Nemcatacoa o Fo (Dios de las Artes): Protector de los pintores de mantas y tejedores que presidía en las fiestas en las que se tomaba chicha y en las rastras de maderos que bajaban del monte. Le representaban en forma de oso cubierto con una manta y arrastrando la cola; no le hacían ofrendas de oro, cuentas, ni esmeraldas como a los otros dioses, porque suponían que le bastaba embriagarse con ellos. Era el dios de la torpeza, los muiscas creían que su espíritu bailaba y cantaba con ellos, y solían llamarle Fo, que significa 'Zorra'.[106]
  • Bochica, Nemterequeteba o Zuhe (El Civilizador): Este misterioso personaje no era propiamente un dios, pero era digno de gran veneración. Como sucede con seres mitológicos de otros pueblos, quizá se trate de un antiguo jefe o héroe inmortalizado en los relatos que protagoniza. Dice de él el relato que en la sabana, vivían los muiscas, pero se habían cansado de las inundaciones, que podían ser causadas o por Huitaca, la hermosa y malvada mujer, o Chibchacum (el protector de los agricultores). Entonces, del cielo salió un arco iris, y de él bajó un hombre blanco, con barbas blancas y túnica. Éste dijo llamarse Bochica y les enseñó a tejer. Bochica escuchó las quejas de los muiscas sobre las inundaciones, y con su bastón de oro partió dos piedras al borde del precipicio donde terminaba la sabana y salió toda el agua, creándose el salto de Tequendama. Bochica castigó a Huitaca y Chibchacum. A la primera la convirta en lechuza, y obligándola a cargar el cielo. A Chibchacum, lo obligó a cargar la tierra, y cada vez que se la cambia de hombro, la tierra tiembla.[cita requerida] Se creía que los zipas eran descendientes de la luna (Chía) y los Zaques del sol (Sua).

Idioma[editar]

"Guarismos" muiscas según la descripción del Padre José Domingo Duquesne (1745-1821). Se muestran las versiones de los glifos tal y como fueron publicadas en las obras El Dorado por Liborio Zerda (1882), Compendio Histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada, por Joaquín Acosta (1848), y Sitios de las cordilleras monumentos de los pueblos indígenas de América por Alexander von Humboldt (1878).

La lengua original de este pueblo fue el muysccubun, de la familia lingüística chibcha.[107] Actualmente es una lengua muerta, luego de que el 16 de abril de 1770, mediante Real Cédula, el rey Carlos III de España prohibiera el uso de lenguas indígenas en sus dominios. Sin embargo, en la actualidad existen proyectos para revitalizar la lengua, tal como se hizo en el caso del idioma hebreo.

El idioma muisca (autoglotónimo muyskkubun), pertenece a la familia lingüística de lenguas chibchas,[107] que se extendió por varias regiones de Centroamérica y el norte de Suramérica. Los tayrona y los U'wa, que pertenecen a la misma familia muisca, hablan un idioma relacionado, lo que permitió que los tres pueblos establecieran fuertes nexos de intercambio económico y cultural. Pese a la imposición del castellano (sukubun[108] ), el muyskkubun como lengua de sustrato se adaptó a la fonología del español y dejó su huella en el habla de gran parte de los habitantes del Altiplano Cundiboyacence en relación con topónimos, antropónimos, verbos, y sustantivos en general, que son los que ahora son calificados de muisquismos, entre los que se pueden destacar, como los más posibles:[109]

Jute (Podrido) de futynsuka.
Tote, totear (Objeto que revienta, reventar) de tohotysuka.
Chichí (Orina) de chychysuka.
Güeba (Pendejo) de ueba (advenedizo, forastero).
Soco (Rápido, ligero) de supkua.
Turmequé (Tejo).
Pichar (Copular) de bchiskua.
Chisa (Larva de escarabajo) de zisa.
  • Toponimia: kyka significa mundo, pueblo, patria,[110] de donde sale la palabra kykasbtaskua (desterrar). Por otra parte, la letra R no figura en el idioma puro; de aquí se desprende que la palabra quira, tan frecuente en los nombres de pueblos y ciudades muiscas, debió de pronunciarse primitivamente «kyka». Sin embargo, es de notarse que en esta forma sólo aparece como componente de un nombre de una ciudad ideal: "el cielo", que se decía Guatkyka,"ciudad de lo alto"; al paso que en todos los demás nombres geográficos suena «quira» o «quirá», como en Zetaquira (ciudad de la culebra), Zipaquirá (ciudad del Zipa), Chiquinquirá (ciudad del Chyquy o "Jeque", como decían los españoles) y Sotaquirá o Sutaquirá (ciudad de Suta).
  • Nombres naturales: la curuba y la uchuva, por ejemplo, son frutas. También la palabra chucua para designar un pantano.

Estudios muiscas[editar]

Sie, la Diosa del Agua, tallada en piedra por la escultora bogotana María Teresa Zerda.
Monumento a Bochica en el municipio de Cuítiva (Boyacá).

Los estudios acerca de la cultura muisca son abundantes y tienen una larga tradición. Las primeras fuentes históricas acerca de la existencia de este pueblo están en los llamados Cronistas de Indias cuya labor duró los tres siglos de la existencia de la Colonia Nuevo Reino de Granada. Después de las gestas de la independencia (1810), se presentó un fenómeno que fue útil a los estudios sobre los muiscas: los criollos establecieron como capital la que fuera la capital colonial, Santafé y la que a su vez fuera la capital del zipazgo, Bacatá. Se dio pues un interés por documentar la idea de que el territorio del Altiplano Cundiboyacense había sido en realidad la cuna de una civilización avanzada cuyo proceso de esplendor fue bruscamente detenido por la conquista.[111]

Este fenómeno social de búsqueda de la identidad que benefició a los muiscas, hizo que el resto de las culturas que habitaron el territorio de lo que hoy es Colombia fueran vistas como salvajes. Otro problema fue la creencia inicial de que los muiscas habían poblado un territorio inhabitado, porque todos los hallazgos arqueológicos en la zona que habitaron fueron atribuidos a los muiscas. El presidente Tomás Cipriano de Mosquera invitó en 1849 al cartógrafo italiano Agustín Codazzi, quien dirigió la Comisión Corográfica con Manuel Ancízar. Hicieron estudios descriptivos del territorio nacional en el que contaban hallazgos arqueológicos. Los resultados de dicha expedición fueron publicados en 1889 en Peregrinación Alfa.[112] Argüello García señala que el objetivo de dichas expediciones dado el contexto reciente de la constitución de la nueva nación, era el de resaltar la civilización de la época precolombina y en tal sentido se centran en la Cultura Muysca como parangón cultural. Esta percepción tuvo otros representantes como Ezequiel Uricoechea en su obra Memorias sobre las Antigüedades Neogranadinas.[113]

La contestación vendría de Vicente Restrepo que toma una vía opuesta: si los primeros quisieron ver en los muiscas un elemento de civilización superior, Restrepo en su obra Los chibchas antes de la conquista española[114] los muestra en cambio como bárbaros. Pero Miguel Triana en su obra La civilización chibcha[115] abre las puertas a un nuevo interés y de nuevo se ven centradas las investigaciones alrededor de los muiscas. Triana llegó a sugerir incluso que los numerosos símbolos de arte rupestre no eran otra cosa que escritura, teoría está bastante contestada. Otro autor de destacar en esta época fue el arqueólogo colombiano Wenceslao Cabrera Ortiz, el cual propuso proyectos de una profunda investigación para la interpretación de todo el material existente, especialmente aquel del arte rupestre. Cabrera replantearía la teoría de la procedencia migratoria de los muiscas. Su importancia radica en su intención de registrar y hacer de la arqueología de Colombia una materia de estudio en las escuelas y en cada región. En 1969 se publica Monumentos rupestres de Colombia[116] e informes de las excavaciones de El Abra lo que, según Argüello, abre una verdadera época de la investigación científica en Colombia.[117]

Véase también[editar]

Notas[editar]

  1. [1] Banco de la República de Colombia. Museo del Oro. Detalles de la Balsa Muisca.
  2. DANE, Censo Nacional de Población 2005.
  3. Ministerio de Cultura (2010) "Muiscas, los hijos de Bachué". Bogotá
  4. Sánchez, Efraín. Los Muiscas. (Museo del Oro de Bogotá), pp. 1-2
  5. La fecha es 16.450 ± 420 a. p. Gonzalo Correal Urrego, “Nuevas evidencias culturales pleistocénicas y megafauna en Colombia”, Boletín de Arqueología (Bogotá), año 8, núm. 1 (1993): 3; Thomas van der Hammen y Gonzalo Correal Urrego, “Mastodontes en un humedal pleistocénico en el valle del Magdalena (Colombia) con evidencias de la presencia del hombre en el peniglacial”, Boletín de Arqueología (Bogotá), vol. 16, núm. 1 (2001): 15–6 y 23 y Gonzalo Correal, Javier Gutiérrez, Javier Calderón y Diana Villada, “Evidencias arqueológicas y megafauna extinta en un salado tardiglacial superior”, Boletín de Arqueología (Bogotá), vol. 20 (2005): 13 y 21. La fecha 16.450 ± 420 a. p. no está calibrada; calibrada podría situarse en 19.000 años a. p. Marianne Cardale, comunicación personal, Marzo de 2003.
  6. Van der Hammen y Correal, “Mastodontes”, 5 y 25.
  7. Correal y Van der Hammen, Investigaciones, 167 y Gonzalo Correal, Thomas van der Hammen y J. C. Lerman, “Artefactos líticos de abrigos rocosos en El Abra, Colombia”, Revista Colombiana de Antropología (Bogotá), vol. 14 (1977): 11 y 44-5.
  8. Van der Hammen, “Paleoecología”, 72 y Gonzalo Correal y María Pinto Nolla, Investigación arqueológica en el municipio de Zipacón, Cundinamarca (Bogotá: Fundación de Investigaciones Arqueológicas, 1983), 67.
  9. La convención establece la fecha corte del presente en 1950.
  10. Herrera Ángel, Martha. Milenios de ocupación en Cundinamarca (Universidad de los Andes, 2008), p. 9
  11. Correal y Van der Hammen, Investigaciones, 168. La flauta hecha en hueso se encontró en Checua y podría datar de hace unos 7.000 años. Ana María Groot de Mahecha, Checua. Una secuencia cultural entre 8.500 y 3.000 años antes del presente (Bogotá: FIAN, 1992), 76–7.
  12. Herrera Ángel, Martha. Milenios de ocupación en Cundinamarca (Universidad de los Andes, 2008), p. 10
  13. Herrera Ángel, Martha. Milenios de ocupación en Cundinamarca (Universidad de los Andes, 2008), p. 11
  14. Gonzalo Correal, Aguazuque. Evidencias de cazadores, recolectores y plantadores en la altiplanicie de la Cordillera Oriental (Bogotá: FIAN, 1990), 10-11.
  15. Gerardo Ardila, Chía. Un sitio precerámico en la Sabana de Bogotá (Bogotá: Fundación de Investigaciones Arqueológicas, 1984), 29.
  16. Marianne Cardale, “En busca de los primeros agricultores del altiplano cundiboyacense”, Maguaré (Bogotá), vol. 5, núm. 5 (1987): 106.
  17. Thomas van der Hammen, Gonzalo Correal y Gert Jaap van Klinken, “Isótopos estables y dieta del hombre prehistórico en la Sabana de Bogotá”, Boletín de Arqueología (Bogotá), año 5, núm. 2 (1990): 7.
  18. Ardila, Chía, 34 y 37. La hipótesis sobre la introducción de la cerámica al altiplano desde el valle del Magdalena también es apoyada por Correal y Pinto, Investigación, 186-7.
  19. Herrera Ángel, Martha. Milenios de ocupación en Cundinamarca (Universidad de los Andes, 2008), p. 12
  20. Herrera Ángel, Martha. Milenios de ocupación en Cundinamarca (Universidad de los Andes, 2008), p. 12
  21. Esta caracterización se basa parcialmente en Marianne Cardale, “Ocupaciones humanas en el altiplano cundiboyacense. La etapa cerámica vista desde Zipaquirá”, Boletín Museo del Oro (Bogotá), año 4 (septiembre–diciembre 1981): 1-20 e “Investigaciones arqueológicas en la zona de Pubenza, Tocaima, Cundinamarca”, Revista Colombiana de Antropología (Bogotá), vol. 20 (1976): 422 y Botiva, “La altiplanicie”, 87-8. La presencia de cerámica Herrera en la vertiente occidental del altiplano, específicamente en los municipios de Cachipay y Apulo, ha sido documentada por Germán Peña, Exploraciones arqueológicas en la cuenca media del río Bogotá (Bogotá: FIAN, 1991), 52-3. En una publicación anterior Botiva, “La altiplanicie”, 89, informó que había encontrado una muestra de cerámica Herrera en el municipio de Ubalá, en la vertiente oriental del departamento y llamó la atención sobre la ocupación de diferentes ambientes y nichos ecológicos por parte de los grupos que produjeron este tipo de cerámica. En las diferentes publicaciones las fechas para el período varían significativamente, en parte por los hallazgos de nuevas investigaciones arqueológicas en el área, que amplían el conocimiento sobre la extensión del área ocupada y la profundidad temporal de este período. Carl Langebaek, Arqueología regional en el territorio muisca. Estudio de los valles de Fúquene y Susa (Bogotá y Pittsburg: Universidad de los Andes / Universidad de Pittsburg, 1995), 70, proporciona las fechas que se presentan en el texto. Estas fechas mantienen su validez, si bien no se descarta que en un futuro nuevos hallazgos lleven a modificarlas.
  22. Marianne Cardale, Las salinas de Zipaquirá. Su explotación indígena (Bogotá: Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, 1981), 49, 57 y 157.
  23. Herrera Ángel, Martha. Milenios de ocupación en Cundinamarca (Universidad de los Andes, 2008), p. 13
  24. Leonor Herrera, “Las últimas décadas de investigación sobre la prehistoria colombiana”, Gran enciclopedia de Colombia. Historia 1 (Bogotá: Círculo de Lectores, 2007), 70-71 y Langebaek, Arqueología, 88-92.
  25. Langebaek, Arqueología, 92, 104–110. La menor cantidad de vestigios más antiguos no necesariamente implica menor densidad de población, ya que puede originarse en su desaparición por procesos de destrucción o descomposición.
  26. Herrera Ángel, Martha. Milenios de ocupación en Cundinamarca (Universidad de los Andes, 2008), p. 14
  27. Los panches los denominaban colimas, que significa “matador cruel”, mientras que ellos se denominaban a sí mismos tapaz, que significa “cosa hecha de piedra ardiente o encendida”. Hermes Tovar Pinzón, comp., Relaciones y visitas a los Andes. S. XVI (Bogotá: Colcultura / Instituto de Cultura Hispánica, 1993-1996), 3: 327, véase también la Introducción, 51.
  28. Roberto Velandia, Enciclopedia histórica de Cundinamarca (Bogotá: Biblioteca de Autores Cundinamarqueses, 1979-1982), 1:45-50.
  29. a b Fundación Misión Bogotá, tomo 1, pp.60
  30. Martha Herrera Ángel, Poder local, población y ordenamiento territorial en la Nueva Granada -Siglo XVIII- (Bogotá: Archivo General de la Nación, 1996), 26-31. Véase también el mapa del territorio del zipa a la llegada de los españoles de Falchetti y Plazas, El territorio, 62 y Ramírez y Sotomayor, “Subregionalización” en particular el mapa No. 3, “Cacicazgos y división político–administrativa durante la Colonia”.
  31. Falchetti y Plazas, El territorio, mapa, 62 y Francisco Antonio Moreno y Escandón, Indios y mestizos de la Nueva Granada a finales del siglo XVIII, Germán Colmenares y Alonso Valencia, comps. (1779; Bogotá: Banco Popular, 1985), 479.
  32. DANE, División político administrativa de Colombia, 1988 (Bogotá: DANE, 1988), 93; mapa del territorio del zipa a la llegada de los españoles publicado por Ana María Falchetti y Clemencia Plazas de Nieto, El territorio de los muiscas a la llegada de los españoles, Cuadernos de Antropología No. 1 (Bogotá: Universidad de los Andes, 1973), 62; María Clemencia Ramírez de Jara y María Lucía Sotomayor, “Subregionalización del altiplano cundiboyacense: reflexiones metodológicas”, Revista Colombiana de Antropología (Bogotá), núm. 26 (1988): 175-201, en particular el mapa No. 3, “Cacicazgos y división político–administrativa durante la Colonia”; Hermes Tovar Pinzón et. al., comps., Convocatoria al poder del número. Censos y estadísticas de la Nueva Granada 1750-1830 (Bogotá: Archivo General de la Nación, 1994), 229-285, 298-99 y 569; Alejandro Carranza, San Dionisio de los Caballeros de Tocaima (Bogotá: ABC, 1941), Hermes Tovar Pinzón, La formación social chibcha (1970; 2a. ed. corregida y aumentada, Bogotá: CIEC, 1980) y No hay caciques; Velandia, Enciclopedia, 2:574, 599, 618, 620, 680, 711 y 760, 3: 1.210, 1.272, 1.412, 1.427, 1.599, 1.636 y 1.827, 4: 1.953, 1.961, 1.981, 1.988, 1.994, 2.005, 2.012, 2.050, 2.054, 2.198, 2.538, 2.542 y 2.573 y 5: 2.575 y 2.614; Carlos Castaño y Carmen Lucía Dávila, Investigación arqueológica en el Magdalena Medio. Sitios Colorados y Mayaca (Bogotá: Banco de la República, 1984), mapa “Localización sitio excavación Colorados y Mayaca, Municipio de Puerto Salgar y Guaduas”, 13 y Senado de la República, Municipios colombianos. Índice monográfico de los municipios del país (Bogotá: Senado de la República, 1989).
  33. La Naguaya era el nombre de Paratebueno, actual municipio de Cundinamarca. Velandia, Enciclopedia, 3:1.700 y DANE, División, 93-106.
  34. Herrera Ángel, Martha. Milenios de ocupación en Cundinamarca (Universidad de los Andes, 2008), p. 16
  35. Herrera Ángel, Martha. Milenios de ocupación en Cundinamarca (Universidad de los Andes, 2008), p. 20
  36. Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, Historia general y natural de las Indias, Islas y Tierra–Firme del Mar Océano (1535; Asunción del Paraguay: Guarania, 1944), 6:192, 212, 214, 222 y 227; “Epítome de la conquista del Nuevo Reino de Granada”, anónimo, en Tovar, No hay caciques, 172; Pedro Aguado, Recopilación Historial (1581; Bogotá: Biblioteca de la Presidencia de Colombia, 1956), 1:264-5, 273, 209, 303 y 308 y Pedro Simón, Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales (1626; Bogotá: Banco Popular, 1981-1982), 3: 225.
  37. Herrera Ángel, Martha. Milenios de ocupación en Cundinamarca (Universidad de los Andes, 2008), p. 10
  38. Piedrahita, Lucas Fernández, Historia de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada, 1:93
  39. Tovar, La formación, 101 y 106 indica que se desconoce si Guachetá era independiente, y en No hay caciques, 90, aparece formando parte de la jurisdicción de Tunja en 1560. Velandia, Enciclopedia, 3:1.272 y 1.279 señala que hasta la tercera década del siglo XIX perteneció al partido de Turmequé, provincia de Tunja.
  40. Herrera Ángel, Martha. Milenios de ocupación en Cundinamarca (Universidad de los Andes, 2008), p. 10
  41. Piedrahita, Lucas Fernández, Historia de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada, 1:93
  42. RESTREPO, Vicente (1893): Los chibchas antes de la conquista española. Bogotá: Imprenta La Luz, p. 88. HERNÁNDEZ R. op. cit. pág. 104. LANGABAEK, C.H. op.cit. p.36-38. SUESCÚN MONROY, Armando (1987): La economía chibcha. Bogotá: Tercer Mundo, págs. 25-27. TOVAR 1980 op.cit.
  43. Relaciones con la Historia y las Culturas (Editorial Norma. Bogotá, 1992), p. 58
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  45. Enumerada por RESTREPO op.cit. y HERNÁNDEZ R, op.cit.
  46. TOVAR 1980 op.cit. p.p.33-38.
  47. a b c d e «De paso por la capital». Revista Credencial Historia. Edición 224. Agosto de 2008. 
  48. a b c d Historia de Bogotá — Conquista y Colonia, pág. 83-89.
  49. Adaptado de: Ibáñez, Pedro María. Crónicas de Bogotá. Tomo I, Capítulo II.
  50. a b c Historia de Bogotá — Conquista y Colonia, pág. 93-94.
  51. Acosta de Samper, Soledad. La mujer española en Santafé de Bogotá. (1890).
  52. De Santafé a Bogotá: el crecimiento de la ciudad en sus mapas e imágenes Revista Credencial Historia. Edición 133. Agosto de 2001.
  53. Decreto del 14 de agosto de 1940, expropiando la parte plana y dejando la falda y el peladero para que se refugiaran allí las familias sin tierra, que eligieron cabildo hasta 1975
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  75. Uricoechea, Ezequiel. Gramática de la Lengua Chibcha (París, 1871), p. 33
  76. Uricoechea, Ezequiel. Gramática de la Lengua Chibcha (París, 1871), p. 32
  77. Uricoechea, Ezequiel. Gramática de la Lengua Chibcha (París, 1871), p. 32
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  80. Martínez Martín, Abel Fernando. Entre risas y llantos. Una mirada a las costumbres muiscas a través de los cronistas, p. 5
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  88. CASTELLANOS, Juan de. Elegías de varones ilustres de Indias. Santa Fe de Bogotá. 1997. Rivas Moreno, Gerardo. Editor. P. 1154
  89. SIMON, Fray Pedro. Noticias Historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales. Biblioteca Banco Popular T. III. Bogotá. 1981. P. 395
  90. JIMÉNEZ DE QUESADA, Gonzalo. Epítome de la Conquista del Nuevo Reino de Granada. En TOVAR PINZON, Hermes. Relaciones y Visitas a los Andes S. XVI. T. III, Región Centro- Oriental. Biblioteca Nacional. Bogotá. 1992. P. 136
  91. RODRÍGUEZ FREYLE. El Carnero. Bedout. Bogotá. 1990, p. 84
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  95. PIEDRAHITA, Lucas Fernández de. Historia general de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada. T. I. Biblioteca Popular de Cultura Colombina. ABC. Bogotá. 1942. P. 45
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  100. SIMON, Fray Pedro. Noticias Historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales. Biblioteca Banco Popular T. III. Bogotá. 1981. P. 460
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  116. En Cuaderno primero: Generalidades, Algunos conjuntos pictóricos de Cundinamarca.
  117. «Por otra parte, en la misma revista en que se publicó el artículo de 1969 aparece un informe sobre la excavación de los abrigos rocosos del Abra por parte de Correal, Hurt y Van Der Hammen. Ella es el inicio de una nueva etapa en la investigación arqueológica en Colombia en que se accederá casi definitivamente a métodos y criterios científicos por medio de los cuales se construirán interpretaciones más elaboradas sobre el pasado prehispánico»,porno o. p. Argüello.

Biografía[editar]

  • Alcaldía Mayor de Bogotá, Secretaría de Gobierno 2003: Los ancestrales habitantes de Bogotá. 17.500 años de historia.
  • Bahn, Paul: Archaeology, Theories, Methods and Practice, 2nd edition, printed by Thames and Hudson, London, 1991. ISBN
  • Bonnett Vélez, Diana 1999: "El caso del altiplano cundiboyacense: la ofensiva hacia las tierras comunales indígenas". Universitas Humanística 48. Santafé de Bogotá: Universidad Javieriana.
  • Broadbent, Sylvia 1964: Los chibchas: organización socio-política. Serie Latinoamericana 5. Bogotá: Facultad de Sociología, Universidad Nacional de Colombia.
  • Correal Urrego, Gonzalo 1990: "Evidencias culturales durante el Pleistoeno y Holoceno de Colombia"; en Revista de Arqueología Americana 1:69-89. México: Instituto Panamericano de Geografía e Historia.
  • Friede, Juan 1961: Los chibchas bajo la dominación española. Bogotá: La Carreta.
  • García, Antonio; Edith Jiménez y Blanca Ochoa 1946: "Resguardo Indígena de Tocancipá"; en el Boletín de Arqueología' 6 (1).
  • González de Pérez, María Stella 1987: Diccionario y gramática chibcha. Manuscrito anónimo de la Biblioteca Nacional de Colombia. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.
  • Enciclopedia de Colombia Océano (tomo 2). Barcelona, España 2002.
  • Enciclopedia Colombia a su alcance Espasa Siglo XXI. Tomo 1 Bogotá, Colombia 2003.
  • Hernández Rodríguez Guillermo 1949: De los chibchas a la colonia y la república. Bogotá: Ediciones Paraninfo, 1991.
  • Historia de Colombia. Tomo 1 Zamora Editores, Bogotá, Colombia 2003.
  • Gran Enciclopedia de Colombia Temática. Tomos 1 y 11 Círculo de Lectores, Bogotá, Colombia 1994
  • Fundación Misión Colombia: Historia de Bogotá, Conquista y Colonia. Tomo 1 Salvat-Villegas editores, Bogotá, Colombia 1989. ISBN
  • Langebaek, Carl Henrik 1987: Mecados, poblamiento, e integración étnica entre los muiscas. Bogotá: Banco de la República. ISBN
  • Langebaek, Carl Henrik 1995: Arqueología regional en territorio muisca. Pittsburh: Universidad de Pittsburgh.
  • Londoño, Eduardo 1998: Los muiscas: una reseña histórica con base en las primeras descripciones. Bogotá: Museo del Oro.
  • Llano Restrepo, María Clara y Marcela Campuzano 1994: La Chicha, una bebida fermentada a través de la historia. Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología.
  • Lleras Pérez, Roberto 1990: "Diferentes oleadas de poblamiento en la prehistoria tardía de los Andes Orientales"; ponencia presentada en el simposio Los chibchas en América del II Congreso Mundial de Arqueología; Barquisimeto, Venezuela.
  • Martínez, Fernando Antonio 1977: "A propósito de algunas supervivencias chibchas del habla de Bogotá"; Thesaurus 32.
  • Posada, Francisco 1965: "El camino chibcha a la sociedadde clases". Tlatoani 6, suplemento. México: Secretaria de Educación Pública. Escuela Nacional de Antropología e Historia, 1967.
  • Rosas G., Gabriel Alexander Rosas Contreras. Historia de la investigación del arte rupestre en Colombia.
  • Rozo Guauta, José 1978: Los muiscas: organización social y régimen político. Bogotá: Fondo Editorial Suramérica.
  • Suescún Monroy, Armando 1987: La economía chibcha. Bogotá: Tercer Mundo. ISBN958-601-137-2
  • Tovar Pinzón, Hermes 1980: La formación social chibcha. Bogotá. CIEC.
  • Wiesner García, Luis Eduardo 1987: "Supervivencia de las instituciones muiscas: el reguardo de Cota"; Maguaré 5: 235-259.

Enlaces externos[editar]

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