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Monasterio de Santa María la Real de la Oliva

Abadía cisterciense del Monasterio de Santa María la Real de la Oliva
Monasterio de la Oliva
Bien de interés cultural RI-51-0000026[1]
Nombre completo Abadía cisterciense del Monasterio de Santa María la Real de la Oliva
Localización
País EspañaBandera de España España
Comunidad Navarra Navarra
Localidad Carcastillo
Coordenadas 42°22′19″N 1°28′01″O / 42.37180556, -1.46694444
Información religiosa
Culto Iglesia católica
Diócesis Archidiócesis de Pamplona y Tudela
Orden Trapenses
Advocación Santa María la Real
Abadía madre Abadía de Escaladieu
Abadía hija Monasterio San Salvador de Leyre (DCLXXI) (1269-1835)
Convento de los Agustinos Recoletos (Marcilla) (DCCXIII) (1407-1835)
Monasterio de Santa María de las Escalonias (1994-)
Monasterio de Santa María de Cenarruza (2008-)
Número de orden (según Janauschek) CCCV (305)
Historia del edificio
Fundación 1134
Primera piedra 1164 (iglesia)
Construcción c.1149 (capilla de San Jesucristo)
1164-1198 (iglesia)
siglo XVIII (sacristía nueva)
Inauguración 1198 (iglesia)
Demolición 1835
Datos arquitectónicos
Estilo Cisterciense
Identificador como monumento RI-51-0000026
Año de inscripción 24 de abril de 1880
Nave principal Largo: 73,85 m [2]
Ancho: 36,30 m (en el crucero)[2]
Alto: 17,35 m (en el crucero)[2]
Mapa
Ubicación en Carcastillo.
Mapa de localización
Abadía cisterciense del Monasterio de Santa María la Real de la Oliva ubicada en España
Abadía cisterciense del Monasterio de Santa María la Real de la Oliva
Abadía cisterciense del Monasterio de Santa María la Real de la Oliva
Ubicación en España.
Abadía cisterciense del Monasterio de Santa María la Real de la Oliva ubicada en Navarra
Abadía cisterciense del Monasterio de Santa María la Real de la Oliva
Abadía cisterciense del Monasterio de Santa María la Real de la Oliva
Abadía cisterciense del Monasterio de Santa María la Real de la Oliva (Navarra)
Sitio web oficial

La abadía cisterciense del monasterio de Santa María la Real de la Oliva, a veces llamado también de Nuestra Señora de la Oliva, es un gran conjunto de arquitectura monacal románica y destacado ejemplo de arte cisterciense navarro, situada en la localidad de la Navarra meridional de Carcastillo (España) y colindante con la vecina Aragón sobre la cual también ejerció su influencia. Es considerado el monasterio más antiguo de España.[3]​ La abadía fue fundada en un largo proceso, con bastante probabilidad, entre los años 1145-1150 por el rey de Pamplona García Ramírez llamado el Restaurador.[4]​ Obtuvo el favor y apoyo del papado, la nobleza y monarquía, (tanto navarra como aragonesa, primero, y española, después), llegando a ser, a mitades del siglo XII, uno de los centros monásticos más poderosos e influyentes de Navarra gracias a su extenso patrimonio y su gran biblioteca. Más adelante llegaron los problemas políticos y la desamortización de 1835 sumió al monasterio en la ruina y el abandono. Fue declarado Monumento histórico nacional el 24 de abril de 1880.[1]​ Hasta 1927 no volvió a ser habitado y reconstruido.

La majestuosa fachada principal nos abre las puertas a un lugar mágico. La iglesia de Santa María, de clara transición con una parte románica y otra gótica, fue sufragada por Sancho VI el Sabio y su hijo Sancho VII el Fuerte. Fue construida en piedra sillar entre los siglos XII y XIII. Consta de tres naves. La austeridad cisterciense se aprecia en la sencilla decoración del templo, que apenas se ciñe a motivos vegetales, animales y fantásticos y algunas claves en las bóvedas. Cuenta con una sala capitular que integraba el primitivo claustro del siglo XII y que es una bonita expresión de obra progótica. Desde la iglesia, podemos acceder a un hermoso claustro gótico del siglo XIV.[5]

Geografía

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Vista general

Es, junto con el concejo de Figarol, uno de los dos núcleos poblacionales comprendidos dentro del término municipal de Carcastillo, además del propio de esta localidad.

Se sitúa a dos kilómetros del casco urbano de esta villa, el cual queda al oeste si se toma como referencia al monasterio; igualmente, sobre esta referencia, limita hacia el este con el término municipal de Mélida, por el norte con el río Aragón, que lo separa, a su vez, de Murillo el Fruto y Santacara, y por el sur con las Bardenas Reales, de la cual forma parte de la Junta de Congozantes con voz y voto propio.

Pertenece, con ello, al igual que Carcastillo, al partido judicial de Tudela, y a la merindad del mismo nombre, antiguamente también conocida como Merindad de la Ribera.

Geomorfológicamente, se asienta sobre una vega fértil, una baja llanura conformada por una terraza aluvial de arcillas miocénicas dentro de lo que se conoce como valle del Bajo Aragón, y cerca de una red de barrancos van a parar al Aragón muy cerca del cenobio.

Historia

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Romanización de la comarca

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En esta comarca habitada por el pueblo de los carenses, cuya capitalidad se habría situado en la ciudad romana de Cara, los arqueólogos Blas Taracena Aguirre y Luis Vázquez de Parga documentaron en 1946 la localización de numerosos vestigios de romanización al tiempo que relacionaban noticias, inciertas a veces, de otros restos más. De esta época romana se ha conservado una estela funeraria que parece procedente de Carcastillo y que, para el siglo XVI, ya había sido trasladada al claustro del Monasterio de la Oliva.[6]​ Posteriormente se volvió a trasladar a Pamplona estando actualmente en la exposición del Museo de Navarra. El personaje mencionado en este monumento epigráfico, Porcius Félix, era originario de la vecina Cara.[7]​ Esta mansio viaria, en la actual Santacara, se encontraba en la ruta de Cesaraugusta (Zaragoza) a Pompelo (Pamplona), como así se recoge en el Itinerario de Antonino y en el Cosmógrafo de Ravena.[8]​ No en vano, además de este yacimiento arqueológico, hacia el noroeste, tampoco está distante el yacimiento de los Bañales (Uncastillo), hacia el sur, más bien en la misma vía cesaraugustana. Y si uno remonta el río Aragón, hacia Gallipienzo, no se encuentra muy lejos de Santa Criz de Eslava.

Escudo de la Abadía

La fundación medieval: cuestión debatida

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Es habitual leer en algunos libros que en la era hispánica de 1172 —equivalente al año 1134 de la era cristiana— se levantaron las primeras piedras de la iglesia del monasterio. Sin embargo la cuestión de la fecha fundacional ha generado bastante debate historiográfico partiendo de que la fecha de 1134 ha sido ya superada por la historiografía y debe posponerse unos 11-16 años. Fundamentalmente se pueden agrupar a los investigadores de la cuestión en dos grupos, «entre quienes consideran que La Oliva existía ya en 1145 y quienes retrasan su nacimiento hasta 1149-1150.» Tras la cuestión de la datación también se discute la filiación inicial entre quienes sustentan Niencebas-Fitero o Escaladieu (o Scala Dei) directamente.[9]

La fecha de 1134,[10]​ «se basa en una copia del siglo XVI de un documento que narra la donación del rey navarro García Ramírez al abad del monasterio cisterciense de L’Escale-Dieu del lugar de Encisa para que un cenobio bernardo fuera allí construido.»[11]

Es probable que realmente sea 1145 la fecha de fundación y, hasta 1150, habría dependido de Santa María de Niencebas, «antiguo lugar del actual término de Alfaro, muy cerca de los de Fitero y Corella».[12]​ Esta etapa habría durado un quinquenio solamente.[13]

Hacia 1150 reinaba entonces García Ramírez en el reino de Pamplona y Ramón Berenguer IV en Aragón. Se hizo donación, y confirmación, por parte de ambos regentes, del término de Oliva, Castelmunio y de la villa de Encisa, a la abadía de Escaladieu para el establecimiento de los mismos en este lugar. Pero, más que un establecimiento, con Scala Dei se crea una filiación monástica.[14]

Expansión del monasterio: Auge patrimonial

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El siglo XII y el XIII fueron de gran esplendor por el número de donaciones, herencias y compras por la Navarra Media, Ribera del Bajo Aragón y por las Cinco Villas aragonesas.[15]

Las dimensiones territoriales del cenobio fueron aumentando y así se incorporaron Figarol (1151), Carcastillo (1162), que se convierte así en villa abacial hasta mediados del siglo XIX, Mélida, también villa abacial hasta esas mismas fechas,[16]​ y Murillo el Cuende posteriormente.

En 1348, a consecuencia de la peste negra, sufrió un fuerte revés con el consiguiente descenso y depauperación de la población, y con el conflicto trastamarista, pero durante el siglo siguiente se fue recuperando poco a poco.

Desde el siglo XII hasta 1526 tuvo veintinueve los abades perpetuos elegidos por la propia comunidad, varios de ellos con influencia importante en la política navarra al actuar como consejeros de sus reyes: fue el caso de don Lope de Gallur con Carlos II, o Pedro de Eraso con Catalina I de Navarra y de Foix.

Esta misma reina pondrá fin a uno de tantos litigios propios de vecinos, en este caso con las villas de Mélida, Santacara y Carcastillo. La razón, en este ocasión, fue la edificación de un molino habiendo otro en Mélida, e incluso en Murillo el Fruto, «por quanto en tiempos passados todos los de Castilescar, Sadaba, Exea e todos los frontaleros de Aragon, acostumbraban de yr a moler su cebera al dicho molino de cabe Melida...» indicaba la sentencia real.[17]

Época moderna: tras la incorporación a Castilla

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Los abades dispusieron de asiento en las Cortes del Reino entre los representantes del brazo eclesiástico. Sin embargo, a partir de 1526, los reyes de España pusieron el cargo de abad en manos de personas llevadas por un cuestionado celo religioso, sumiendo al monasterio en una progresiva decadencia que sufrió un giro reformador a partir del 1585.

Entre 1522-1523 el papa Adriano VI había concedido a Carlos I de Castilla y V de Alemania, el derecho de presentación en todos los beneficios episcopales y otras dignidades eclesiásticas salvo en el caso de las abadías; eran los monjes de la comunidad quienes tenían la potestad de elegir a su abad sin necesidad de una confirmación pontificia. En esto años son elegidos Alonso de Navarra (1503-1526), Martín de Rada (1526), Juan Pérez Pobladura (1554) y Miguel Goñi (1564).

Desde 1585, Felipe II designaba a religiosos de la congregación cisterciense de Castilla como abades de la Oliva, siendo estos los que pusieron en marcha la reforma tras la decadente etapa anterior. En este cometido destacaron los abades Esteban Guerra (1585-1588), Francisco Suárez (1591-1595), Gaspar Gutiérrez (1596-1605), Bernardino de Agorreta (1605-1611) y Luis Aux de Armendáriz (desde 1613).

Felipe II quiso romper la vinculación existente entre los cistercienses navarros con sus superiores franceses y,con este fin, quiso incorporarlos a la congregación cisterciense de Castilla creada en 1425. Sin embargo, los navarros prefirieron permanecer independientes. Incluso en 1609 el abad de La Oliva intenta formar una Congregación Navarra, pero sin éxito. Finalmente, el papa Pablo V, en 1616, optó por constituir una congregación aragonesa, a la que se sumaron en 1634 los cinco monasterios cistercienses navarros (Leyre, Iranzu, Fitero, Marcilla y La Oliva).

Revolución francesa y Guerra contra la Convención

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Por esos años fueron varios los clérigos franceses acogidos entre sus muros huyendo de la Revolución francesa. Uno de los más insignes religiosos fue el obispo de Bayona, José Esteban Pavée que falleció en el monasterio en noviembre de 1793, «bajo las gradas del presbiterio». Con ocasión de la restauración del siglo XX, sus restos serán recogidos por Onofre Larumbe dejando instrucciones para que colocara una lauda en el lugar, en el centro del crucero.[18]​ Aunque la humedad y la erosión ha borrado la inscripción original, esta decía así:

«Prope hunc locum iacet domnus Stephanus Joseph Pavee de Vielle-vielle, episcopus baionensis, in Gallia, qui exul Patriae in hoc monasterio se recepit, et VI novembris MDCCXCIII obiit in Christo.»
«Cerca de este lugar se encuentra el Sr. Esteban José Pavée de Villevieille, obispo de Bayona, en Francia, quien se recibió como exiliado de su país en este monasterio, y murió en Cristo el 6 de noviembre de 1893.»[19]

Sin embargo, los coletazos de la Guerra contra la Convención en Navarra (1793-1795) obligaron a convertir el monaterio en un hospital para atender a heridos y enfermos, y a habilitar un cementerio para enterrar a los fallecidos.[20]

Las vicisitudes del siglo XIX: Guerra de la Independencia

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Supondrá el siglo XIX una época nefasta para el monasterio. Durante la etapa que duró la Guerra de la Independencia española (1808-1814) «el monasterio de La Oliva tuvo, a su pesar, un protagonismo sobresaliente» derivado de la circunstancia de que su entonces «abad del monasterio, Dom Pascual Belio, era el presidente de la Diputación del Reino de Navarra»[21]​ por lo que, huyendo del acoso de las tropas napoleónicas, «tuvo que huir con otros miembros de la Diputación y sus familias y refugiarse en la granja que la abadía tenía en Cambrón (Sádaba, Zaragoza). Allí permanecieron más de 50 personas durante largo tiempo, sustentadas y protegidas por el monasterio.»[22]

Su situación tan estratégica, en un encrucijada de caminos (la ruta de Tudela hacia Sangüesa y el Pirineo navarro y aragonés, por un lado, y la ruta de Ejea de los Caballeros hacia Olite, Tafalla y Pamplona, por el otro) servirá, a partir de 1808, dentro del contexto de la Guerra de la Independencia, como centro de avituallamiento bien de tropas francesas, bien de tropas españolas durante las fases iniciales de esta confrontación.

En 1808 Pascual Belio se encontraba en Pamplona cuando la corporación foral optó por no someterse a los franceses y, por este motivo, se convirtió en objetivo del comandante de la tropa francesa, el coronel de caballería Charles Louis Constant d'Agoult (1790-1875). Este mandó saquear el monasterio, lo que se llevó a cabo en dos ocasiones: el 8 de septiembre[23]​ y el 28 de noviembre. La comunidad quedó disuelta, dispersada por los pueblos cercanos de Navarra y Aragón, hasta que en 1814, con la vuelta de Fernando VII al trono, regresó al monasterio.[24][25]

El Trienio Liberal

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En 1820, al comienzo del Trienio Liberal, se embargaron los bienes del monasterio y y al año siguiente, en 1821, los monjes fueron exclaustrados.[26]​ Regresaron en 1823, con la restaración del absolutismo, y «al monasterio le fueron devueltos los bienes incautados, tardó más en cobrar las pechas y diezmos del trienio pasado y fue recuperando la documentación que había ido a parar a la oficina del Crédito Público en Pamplona, encargándose el padre Gregorio Arizmendi en 1824 de recoger el archivo que desde 1821 estaba en dicha oficina, que afortunadamente se había salvado de la destrucción de las bombas de asedio.»[27][28]

La desamortización definitiva y su deterioro

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Como ya sucedió antes, la primera guerra carlista «agudizará las dificultades económicas del monasterio.» La zona de la Ribera estuvo bajo control liberal y, al amparo de la Desamortización de Mendizábal se decretó la expropiación de los bienes eclesiásticos, siendo este tercer exclaustramiento el definitivo: «el monasterio será ocupado militarmente el primero de octubre de 1835[29]​ por una columna de soldados cristinos, y sus diez sacerdotes, cuatro coristas y tres legos que lo ocupaban llevados a Tudela, donde recibirán el socorro de cinco reales de vellón diarios.»[30]

La mayor parte del término del Coto o Campo Redondo, unas 300 hectáreas, fue vendida entre 1822 y 1835. Como ocurrió con el resto de abadía cistercienses, «situadas la mayoría en el medio rural, alejadas de las poblaciones, fueron presa de los rigores climáticos y de los expoliadores, facilitando su ruina y destrucción.»[31]​ No fue diferente en este caso y, tras casi un siglo de abandono, el monasterio quedó arruinado, al mismo tiempo que la Iglesia abacial convertida en almacén. El extenso archivo y la abundante biblioteca incautados.[32]

Mientras el archivo y objetos sagrados fueron custodiados por el cabildo catedralicio de Tudela, gran parte de las obras de arte religiosas y del mobiliario que se quedó fueron repartidos por distintas iglesias de Navarra. Por ejemplo, el retablo mayor fue llevado a Tafalla, la sillería acabó en Olite, el órgano en Lerín, etc.[33]

El siglo XX: la restauración monástica

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La actual comunidad de monjes trapenses es la continuadora, sin interrupción, de la comunidad de Santa Susana de Maella (Zaragoza), fundada el año 1796 por Dom Gerásimo de Alcántara, a instancias de Dom Agustín de Lestrange, restaurador de la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia. Fue esta la primera fundación trapense en España. Y aunque esta comunidad en 1835 tuvo que emigrar a Francia, donde siguió recibiendo miembros, regresó en 1880. Sin recursos económicos, durante unos años recorre diversos lugares de Cataluña, Baleares y Castilla buscando un emplazamiento. Finalmente, muy cerca de Perales del Río (Getafe), en La Aldehuela, se asentaron en 1889 dando lugar a la comunidad cisterciense conocida como la Trapa de la Val San José. Durante casi 38 años fue creciendo en un entorno duro y adverso hasta el año 1927 que se adopta la decisión de abandonar el lugar, repartiéndose la comunidad entre dos monasterios: San Isidro de Dueñas, en Venta de Baños (Palencia) y Santa María de la Oliva, en Carcastillo (Navarra).[34]

En 1927, a instancias de la Diputación Foral de Navarra y, más concretamente, de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra, presidida por el sacerdote Onofre Larumbe, tomó posesión del monasterio. Larumbe dedicó su vida y dinero a la restauración de La Oliva. La Institución Príncipe de Viana, que sucedió a la Comisión, continuó la tarea de restaurar el conjunto monástico.

El 17 de noviembre de 1926 el Ayuntamiento de Carcastillo adquirió la finca, con sus tierras anejas, que habían sido puestas a la venta pública por la "Unión de acreedores de La Agrícola". En la subasta celebrada ese día se pagó la suma de 1.600.000 pesetas. El propósito de la compra municipal fue «conceder todas las edificaciones del monasterio a los Padres Cistercienses, para que establezcan en él una Comunidad.»[35]

En 1948 fue elevada La Oliva al rango de Abadía, siendo su primer abad de esta nueva era fue José Olmedo (1948-1957). De esta manera comenzó una nueva etapa de la vida monástica, con la restauración del templo y el claustro, la construcción de la residencia de los monjes, y la adaptación del palacio abacial en hospedería.

Monasterio de la Oliva - Acceso al conjunto abacial

Arte y arquitectura

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Este enclave religioso ha sido objeto de atención de numerosos estudiosos del arte y la arquitectura apareciendo ya en descripciones realizada durante el siglo XIX y XX. Pedro Madrazo fue de los primeros que deja una referencia en su obra España. Sus monumentos y artes, dedicado a Navarra y Logroño donde recoge noticias históricas y aporta imágenes de la época (Barcelona, 1886, tomo III, pp. 310-332).[36]​ También aparece en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones,[37]​ así como en trabajos de autores coetáneos y posteriores como Julio Altadill,[38]Juan Iturralde y Suit,[39]​ Onofre Larumbe[40]​ o Tomás Biurrun,[41]​ entre otros.[42]

Al igual que sucede con otros centros monásticos, el monasterio de la Oliva es una obra representativa del período y su influencia se deja notar en numerosas inglesias parroquiales de su entorno, en Carcastillo, Mélida o Santacara.[43]

El conjunto monacal: fachada

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La fachada occidental del conjunto, en la entrada al monasterio, se articula con un gran arco apuntado que alberga dos puertas en arco de medio punto de distinto tamaño, la pequeña para el acceso de personas y la grande antiguamente usada para el acceso de carros y caballerías. Entre ambas portadas una pequeña hornacina con una imagen de la Virgen y una leyenda escrita que dice: "DOMUS DEI ET PORTA COELI" (Casa de Dios y Puerta del Cielo).

El mismo arco visto desde extramuros es apuntado, desde intramuros se muestra un arco carpanel. Ante este se abre una gran plaza diáfana, de forma rectangular irregular, cerrada por la línea de edificaciones meridionales (donde se ubica la actual hospedería) y abierta a un segundo jardín en la parte septentrional que antaño era el terreno sobre el que se levantaban distintas dependencias. Frente a la entrada en el lado oriental, se muestra la fachada principal de la iglesia abacial.

Iglesia abacial

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La estructuración de la iglesia abacial muestra en su interior «una variante del tipo más frecuente entre las abaciales cistercienses, puesto que consta de tres naves, largo transepto (de la misma anchura que la nave principal) y cinco capillas paralelas, siendo la central mayor (más alta, más ancha y más profunda) y de remate semicircular, mientras las laterales disponen remate recto.» Alcanza la nave central una longitud rondando los 74 m, con una altura de unos 18 m., mientras que el transepto de unos 37 m. Respecto a las cinco capillas de la cabecera, donde las capillas laterales presentan un testero recto, es una disposición habitual en abadía similares cistercienses, empezando por «la abadía madre de La Oliva, Scala Dei[42]

Fachada de la iglesia

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La monumental fachada de esta iglesia del Monasterio de la Oliva es el resultado de la incorporación de diferentes elementos en otras tantas épocas que van desde el siglo XIII hasta el XVII. Se organiza en tres grandes cuerpos, los laterales correspondientes a las naves laterales con grandes rosetones practicados hacia 1300 y el gran paramento central en forma de gran nichal apuntado que cobija una portada gótica datable hacia 1300. Esta última tiene la típica estructura abocinada levemente apuntada con arquivoltas baquetonadas. En los remates de las jambas aparecen las figuras de dos abades, uno con la cruz de Calatrava que se podría identificar con una las primeras representaciones del fundador de la Orden Militar de Calatrava, San Raimundo de Fitero. En el gran tímpano tan solo aparece el Crismón con el Agnus Dei.

Torre

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Todo el conjunto cambió totalmente de aspecto cuando entre 1639 y 1640 el maestro francés Juan de Treu levantó el actual coronamiento con la gran torre prismática. Sus galerías están cubiertas por bóvedas de crucería, con nervios curvos unidos por claves decoradas. Adosado también a la iglesia, se encuentra el palacio abacial, edificado en el siglo XVI y reformado en el XVIII.

Sacristía nueva

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De planta cuadrangular, está situada en el lado de la epístola y fue mandada construir por el abad Gaspar Gutiérrez.

En el exterior presenta una puerta de acceso de estilo clásico con un frontón triangular que se apoya sobre un arquitrabe de metopas y triglifos. Las dos hojas de la puerta, de madera, están divididas en seis panales (tres en cada hoja) donde se han tallado bajorrelieves narrando diferentes episodios de la vida de San Bernardo de Claraval.

En el interior, está cubierta por una falsa cúpula realizada con ladrillo y mampostería donde aún se conservan restos de la pintura manierista ejecutados en el siglo XVIII, y en estado muy deteriorado, donde aún se distinguen figuras de ángeles y jarrones. La estancia se ilumina con dos ventanales rectangulares.

Capilla de San Jesucristo

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En la parte nordeste del conjunto, frente al ábside de la iglesia, muy cerca del camposanto, y en un lugar hoy utilizado como huerta del monasterio, hallamos la capilla de San Jesucristo, la parte más antigua de todo el monasterio.[47]​ Realmente según la tradición de la comunidad cisterciense, fue la primera iglesia levantada en todo el conjunto monástico,[48]​construida poco después de 1149 e, inicialmente, dedicada a Santa María aunque cambió su advocación al levantarse la actual iglesia abacial.[49]​ Su actual nombre parece estar vinculado al «culto a una imagen del Crucificado» existente en su interior.[50][49]

Es una construcción de nave única, planta rectangular (8,30 x 5,20 m), en un solo tramo cubierta con una bóveda de cañón, y rematada en una cabecera poligonal de cinco paños que al exterior presentan contrafuertes en los muros, de 115 cm de ancho, sobre los que se sostiene un sencillo alero con modillones lisos, mientras en el interior los planos se separan con columnas adosadas a pilares ligeramente salientes. Sirven los capiteles de estos pilares de punto de apoyo de los cuatro arcos fajones convergentes.[51][52]

Esta estructura, con todo, ha sido objeto de intesas restauraciones, amén de haber estado semienterrada durante mucho tiempo (formando «una especie de cripta») y servir de cantera de piedra al reutilizarse muchos de sus materiales.[53]

Probablemente, según demuestran algunos historiadores del arte, se levantó como capilla de la enfermería en una fecha anterior, pero cercana, a 1232, ya que parece fuera de duda que, por su diseño así como las marcas de canteros, hay que situar su construcción en fecha posterior «de la panda del capítulo y antes del refectorio, cocina y portería.»[54]​ Su consagración se registró el 6 de septiembre de 1232 al mismo tiempo que se consagró la iglesia parroquial de Carcastillo y en presencia de siete obispos «que allí habían concurrido volviendo de un Concilio juntos por este camino».[55]

Cementerio

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Adyacente a la capilla se localiza el cementerio monástico de una austeridad plena donde apenas se indican las sepulturas con unas cruces metálicas sobre dados de hormigón, indicando el titular de los restos ahí depositados.

Claustro

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Los monasterios y conventos navarros cuentan con claustros de diferentes estilos y cronologías en torno a los cuales se ubican la iglesia, la sala capitular, el refectorio y la cocina. El de la Oliva pertenece al estilo gótico, sus obras, comenzaron a mediados del XV para concluir en los albores del siglo XVI, siendo el abad don Pedro de Eraso (1468-1502). En los Anales del papa Urbano, hablando de este prelado, se dice:

(...) para que todos tengamos memoria del autor de este beneficio, en lo alto de estas bóvedas están puestos muchos escudos con las armas de este Señor Abad que son dos lobos.
Anales del papa Urbano

En una primera etapa se realizó la crujía oriental y algún tramo de la sur con un estilo relacionado, con el del claustro de la catedral pamplonesa y, a continuación, el resto de esta última, la occidental y la septentrional con esquemas en sus arcadas ligados al gótico flamígero.

Sala capitular

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La sala capitular en los monasterios cistercienses debían resultar lo suficientemente amplias como para acoger a todos los monjes. Allí se reunían bajo la presencia abacial tras la misa de la mañana, sentándose en el escaño corrido en riguroso orden de antigüedad. Era el lugar de los asuntos del gobierno del cenobio. Asimismo en el capítulo los monjes hacían confesión de sus faltas y denunciaban las de sus hermanos sin citar sus nombres.

Este ejemplo de la Oliva es típico de los monasterios bernardos y muy parecido al de la abadía-madre de Escala Dei. Se trata de una estancia ligeramente rectangular, dividida en tres cuerpos por cuatro columnas exentas. Las cubiertas de bóvedas de crucería guardan relación muy estrecha con otras de la iglesia del mismo monasterio.

Santa María la Real de la Oliva, obra de Raymond Virebent (1874-1965), ceramista de Toulouse, realizada en 1932

Palacio abacial - Hospedería

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El palacio abacial, del siglo XVI y reformado durante el siglo XVIII, acoge la hospedería del monasterio. Es sobre este portalón donde se levanta la antigua residencia abacial, renovada en 1565 por el abad Miguel de Goñi y reformada entre los años 1776-1789 por el abad Antonio Resa.

La hospedería está formada por dos pisos que miran al patio interior. En el piso superior se observan arcos de medio punto cegados y sobre cada arco un óculo; incluso, en algunos de ellos un balcón. En el piso inferior, con arcos de medio punto también cegados, y separados por pilastras de orden toscano, donde se muestran grandes ventanales en algunos de ellos. La hospedería fue realizada en 1780 como se refleja grabado en piedra en la parte superior de la galería corrida en el lado meridional, cerca de la entrada.

Santa María la Real de la Oliva

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La actual imagen de la patrona, Santa María la Real, advocación presente en varios monasterios navarros en homenaje a la patrona de los reyes de Navarra, es de 1932, realizada tras la reinstauración monástica tras el parón derivado de las desamortizaciones del siglo XIX. Esta obra actual, en cerámica, fue sufragada por Justo Garrán Moso, diputado por Tafalla, y realizada por Raymond Virebent (1874-1965), ceramista de Toulouse, miembro de una larga familia de ceramistas franceses afincados en esa zona.[56][57][58]

Con la colocación del nuevo retablo, hacia 1585-1589, la anterior imagen titular, gótica, realizada en el siglo XIV, había quedado sin un espacio principal donde colocarla. En estas circunstancias, fue trasladada el 10 de agosto de 1600 a una ermita cisterciense, entonces, actualmente el Santuario de la Virgen de la Oliva en Ejea de los Caballeros (Zaragoza) donde había arraigado tal devoción desde el siglo XII. Pocos años después, en 1665, la ermita mostraba serías necesidades de reparaciones. Se creó una cofradía, en 1667, bajo tal advocación que culminaría un siglo después, en 1765, con la inauguración del nuevo templo y el traslado de la efigie mariana al mismo. Todas estas muestras, en el contexto de largos años de duras sequías, plagas y otras calamidades, llevaron a nombrarla patrona de esta ciudad,[59]​ como ya lo era San Juan el Bautista, e incluso ganando preponderancia ante éste y la devoción a la Inmaculada Concepción de manera tal que se fue «uniendo en su figura leyenda, tradición y señas de identidad».[60]

Esta relación se mantiene viva hoy día con peregrinaciones regulares al monasterio.[61]

Retablo mayor del monasterio de la Oliva trasladado primero al Convento de las Concepcionistas Recoletas y, desde finales de 2006, en la iglesia parroquial de San Pedro de Tafalla

Retablo mayor

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Al margen de las noticias proporcionadas por Jusepe Martínez, consta documentalmente que el 2 de diciembre de 1571, ante Esteban de Armendáriz, notario de Carcastillo, «Paulo Ezchepers» (Pablo Esquert o Scheppers) y Roland de Mois, «habitantes en Zaragoza», contrataron con los monjes del monasterio cisterciense de la Oliva en Carcastillo (Navarra) la realización de su retablo mayor.[62]​ A la muerte de Esquert, en 1578, o quizá un poco antes, aún no había sido terminado y no lo estaría, por diversas circunstancias, hasta 1587. Tras un retraso y un pequeño litigio, en 1589 el retablo ya lucía en la iglesia monacal.

El retablo, dedicado a la Asunción de la Virgen se convertirá en arquetipo de la posterior producción de Mois, que reiteró en varias ocasiones sus composiciones aunque nunca volviese a alcanzar la calidad de las tres tablas principales,[63]​ lo que plantea el problema de la colaboración entre los dos pintores. Considerando que Jusepe Martínez afirmaba que Mois «acabó algunas obras bosquejadas de su compañero Micer Pablo con todo cumplimiento, observando aquella misma manera»[64]​ parece probable que Esquert tuviese una participación mayor en la invención de las historias que su compañero.[65]

En palabras del historiador del arte Jesús Criado Mainar, el retablo mayor del monasterio de Nuestra Señora de La Oliva «ilustra mejor que ninguna otra obra la profunda puesta al día que la pintura zaragozana experimentó por esos años en sintonía con los presupuestos de la Contrarreforma».[66]​ Con base en las nuevas precisiones documentales que plantea este autor, termina afirmando que «es, cuando menos, posible que en esta ocasión sí nos encontremos ante una composición original -desde luego, tan sólo hasta cierto punto- de Mois, independientemente de las creaciones de Scheppers.»[67]

El retablo, tras las desamortizaciones de mediados del siglo XIV, fue llevado a la iglesia de las Concepcionistas Recoletas de Tafalla (Navarra) donde permaneció durante más de siglo y medio. El 16 de julio de 2004 el pleno extraordinario del ayuntamiento de Tafalla aprueba la adquisición de este convento[68]​ por lo que, a finales de 2006, se trasladó, una vez más, a la iglesia parroquial de San Pedro de la misma ciudad donde permanece actualmente.[69]

Sillería de Coro actualmente en la Iglesia de San Pedro de Olite y procedente del monasterio de la Oliva.

Otro legado desamortizado

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La aplicación de la ley de desamortización de 1835, tuvo lugar en plena primera guerra carlista, con el resultado de unos monjes expulsados del monasterio, y llevados a Tudela, un templo cerrado y unos bienes vendidos en subasta pública.

Excepto el edificio de la iglesia y su contenido, terminada la guerra, los retablos, las reliquias y las sillas de coro fueron depositados en otros templos navarros. La relación conocida de esta distribución habla de «doce sillas, el facistol, el apostolado y un cuadro de San Bernardo» acabaron adornando la iglesia parroquial de Murillo el Fruto; «la de Beire recibe los altares de la Virgen del Pilar y de Santiago.» Algo más tarde, en 1852, los vecinos de Mélida solicitan «las puertas interiores del cancel de la iglesia, unos balaustres de madera de la parte superior de las sillas del coro, un altarcito, una puerta de la sacristía y otra que servía para entrar del monasterio a la iglesia.» También en 1852, los de Sanguesa obtienen 14 sillas de coro».[33]

Así el interior del órgano de la iglesia abacial fue llevado a la parroquia de Lerín, mientras que «la parte exterior de la caja, el secreto y dos tablones de lengüetería o flautado del órgano de La Oliva serán llevados en 1852 a Sangüesa».[70]

En la iglesia de San Pedro de Olite se conserva «una sillería barroca (h. 1718), obra de Vicente Frías, que se completa con las sillas de la nave del Evangelio y el presbiterio.»[71]

Véase también

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Referencias

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  1. a b Base de datos de bienes inmuebles del Ministerio de Cultura [1]
  2. a b c Larumbe, Onofre (24 de marzo de 1925). «Real Monasterio de Santa María de la Oliva». La Avalancha, revista ilustrada (720): 62-64. 
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  4. El largo y amplio debate historiográfico sobre la datación correcta de la fundación está bien plasmado en Munita Loinaz et al., 1995, pp. 94-119 y Abella Villar et al., 2012, p. 7
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Bibliografía

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Enlaces externos

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