Luis Muñoz Rivera
| Luis Muñoz Rivera | ||
|---|---|---|
|
| ||
|
| ||
3.er Comisionado residente de Puerto Rico en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos | ||
| 4 de marzo de 1911-15 de noviembre de 1916 | ||
| Predecesor | Tulio Larrínaga | |
| Sucesor | Félix Córdova Dávila | |
|
| ||
| Información personal | ||
| Nacimiento |
17 de julio de 1859 | |
| Fallecimiento |
15 de noviembre de 1916 (57 años) | |
| Nacionalidad |
Española (hasta el 11 de abril de 1899) Puertorriqueña (desde el 11 de abril de 1899) | |
| Religión | Católico | |
| Familia | ||
| Cónyuge | Doña Amalia Marín | |
| Hijos | Luis Muñoz Marín | |
| Información profesional | ||
| Ocupación | Político | |
| Partido político |
Partido Autonomista Puertorriqueño (1890–1896) Comité Provincial del Partido Liberal Fusionista (1897–1898) Partido Federal de Puerto Rico (1899–1904) Partido Unión de Puerto Rico (1904–1916) | |
Luis Muñoz Rivera (Barranquitas, 17 de julio de 1859 – San Juan Puerto Rico, 15 de noviembre de 1916) fue una figura central de la historia de Puerto Rico a finales del siglo XIX. Logró ser nombrado ministro de Gracia, Justicia y Gobernación en el gabinete provisional autonómico de febrero de 1898. Meses más tarde, el 23 de julio de 1898 asumió la Presidencia del gobierno autonómico. Desde 1911 a 1916 fue comisionado residente ante el Congreso de los Estados Unidos. La investigadora Nieve de los Ángeles Vázquez lo analiza en El Jefe: Populismo y corrupción en el Puerto Rico de 1898 (2023) como el fundador del modelo de populismo y corrupción que ha definido la política puertorriqueña hasta el presente.
Niñez
[editar]Luis José Manuel Muñoz Rivera nació el 17 de julio de 1859 en Barranquitas, municipio enclavado en la Cordillera Central de Puerto Rico. El pueblo era por aquellos años uno de los más aislados de la isla: sin telégrafo, sin médico, sin farmacia, con una única escuela elemental y sin carretera que lo conectara con el exterior hasta 1906. Para salir había que hacerlo a caballo.[1]
Su padre, Luis Ramón Muñoz Barrios, nacido en Palencia, España, era al momento del nacimiento de su primogénito el alcalde de Barranquitas y una figura prominente en las redes del Partido Incondicional Español. La familia era parte de una dinastía de cargos públicos: el tío Vicente ocupaba la alcaldía de Caguas, el tío José la de Dorado, y el abuelo paterno había sido alcalde de Cidra. La hacienda familiar representaba un capital considerable para la época.[2]
Su madre, María Monserrate Rivera Vázquez, era hija del hombre más rico de la comarca. Murió en 1871, cuando Luis tenía doce años, dejando cinco hijos de entre uno y doce años.[2]
Muñoz Barrios ejerció sobre su hijo un control que sus biógrafos describen como estricto: le prohibió el juego, le negó amistades hasta los quince años, censor sus lecturas, le impidió alejarse de la casa hasta los veinticinco años y le fijó hora de regreso incluso en la adultez. La primera salida de Barranquitas ocurrió a los diecisiete años, acompañado por un familiar. Su amigo de infancia Quintín Negrón Sanjurjo dejó escrito que Muñoz Rivera «no experimentó nunca la alegría íntima de vivir».[2]
Siendo niño, en la víspera del toque de difuntos, se empeñó en tocar las campanas de la iglesia; cuando el campanero se negó, recurrió a la amenaza y a los golpes para conseguirlo.[2]
Sin biblioteca ni maestro de arte poético en Barranquitas, Muñoz Rivera no publicó su primer poema hasta los veintitrés años, y lo hizo bajo el seudónimo Rigoló para evitar el juicio del padre. Cuando Muñoz Barrios leyó el poema en El Buscapié y lo elogió sin reconocer la autoría, el joven fue incapaz de reclamarlo.[2] No tuvo más educación formal que la escuela elemental de Barranquitas. El padre, a pesar de su fortuna, se negó a costearle estudios universitarios, mientras contemporáneos con muchos menos recursos se graduaban en Madrid, La Habana o Míchigan.[2]
La investigadora Nieve de los Ángeles Vázquez documenta en El Jefe cómo los patrones de esta infancia anticipan los que definirían su carrera política décadas más tarde.[2]
Formación intelectual
[editar]Luis Muñoz Rivera completó únicamente la escuela elemental de Barranquitas. Sexto grado fue su nivel educativo final. El padre, a pesar de una fortuna calculada en más de 50,000 pesos de la época, se negó a costearle estudios superiores. La distancia con sus contemporáneos era abismal: Herminio Díaz Navarro se graduaba de Derecho en Madrid a los veinticuatro años; Federico Degetau terminaba Leyes en Madrid a los veintiseiós; José Celso Barbosa obtenía el más alto honor en Medicina en la Universidad de Míchigan a los veintitrés; José de Diego terminaba sus estudios en La Habana a los veinticinco. Muñoz Rivera no pisó otra ciudad que no fuera Barranquitas hasta los diecisiete años.[2]
A los veinticuatro años, sin título ni carrera, se asoció con su amigo Quintín Negrón Sanjurjo en el establecimiento comercial Variedades, dedicado a telas, ferretería, frutos del país y ganado. El negocio le dio excusas para visitar San Juan con frecuencia, donde conoció personalmente a los líderes liberales que hasta entonces solo conocía por sus escritos.[2]
En 1882, con veintitrés años, publicó su primer poema. En 1883 lanzó Varsovia en El Buscapié bajo el seudónimo Rigoló para evitar la crítica del padre, estrategia que repetiría a lo largo de toda su carrera.[2]
A los treinta y un años, tras la muerte de Román Baldorioty de Castro, liquidó el negocio y abandonó Barranquitas rumbo a Ponce. Allí puso en marcha, con la ayuda de Ramón Marín, el periódico La Democracia. Desde su primera publicación en 1890, el periódico funcionó como su herramienta central de propaganda personal y construcción de imagen pública.[2]
El propagandista
[editar]A lo largo de su carrera, Luis Muñoz Rivera fue propietario de varios periódicos y produjo una obra escrita voluminosa. Sin embargo, la investigadora Nieve de los Ángeles Vázquez argumenta en El Jefe que su actividad en la prensa debe catalogarse como propaganda y no como periodismo: sus publicaciones no tuvieron como fin informar a la ciudadanía ni fiscalizar el poder, sino construir su propia figura pública y destruir la de sus rivales.[2]
La Democracia operó como un instrumento de posicionamiento: columnas sin firmar con frases patrióticas, elogios estratégicos a figuras con poder dentro del partido, y un espacio sistemático reservado al autobombo. Muñoz Rivera teorizó abiertamente sobre el método. En agosto de 1891, detenido dos horas por publicar que la policía se vende, convirtió el episodio en un evento mediático. Las donaciones recaudadas a su favor triplicaron la multa; la orden judicial le restituyó además las 15.000 pesetas ya pagadas. El dinero fue a sus bolsillos. Sus donantes no recuperaron nada. Su nombre, en cambio, comenzó a circular en toda la prensa del país.[2]
Él mismo describió el mecanismo sin disimulo: «Esas injusticias [el encarcelamiento de periodistas] conducen a alguna parte? Sí, a excitar más las pasiones populares; a que el pueblo acuda en masa a las rejas de la cárcel a felicitar a los periodistas; a que estos sean los hombres del día».[2]
El uso de artículos sin firma fue una constante documentada a lo largo de toda su carrera. Ya como comisionado residente en Washington, instruyó por carta a su colaborador Eduardo Giorgetti a publicar en La Democracia un artículo para que «aparezca sin firma, como de la redacción, guardándose reserva sobre su verdadero origen, porque como yo estoy aquí, conviene que el trabajo aparezca de allá, a fin de dejarme cierta libertad de acción».[2]
La comisión
[editar]Desde 1891, Luis Muñoz Rivera venía librando una batalla dentro del Partido Autonomista Puertorriqueño para lograr su disolución y fusionarlo con un partido peninsular. Lo que buscaba no era la autonomía. En marzo de ese año escribió en La Democracia que intentaba eliminar la palabra del nombre del partido porque «la autonomía nunca vendrá» y constituía un obstáculo. Lo que perseguía era el poder: «podemos pactar con las agrupaciones peninsulares con el fin de obtener una reciprocidad completa que nos ponga en aptitud de dirigir la colonia», declaró sin ambages. En la asamblea de mayo de 1891 propuso por primera vez la fusión con el partido de Práxedes Mateo Sagasta o el de Castelar. Fue derrotado. Repitió el intento en la asamblea de Aguadilla en 1895. Fue derrotado de nuevo. En la quinta asamblea de abril de 1896, en San Juan, presentó directamente la moción de disolver el partido. El resultado fue 86 votos en contra, 36 a favor. Muñoz Rivera se marchó en medio de un ataque de ira antes de que terminara la sesión.[2]
La investigadora Nieve de los Ángeles Vázquez documenta en El Jefe que Muñoz Rivera nunca fue autonomista. Sus propios escritos lo confirman: «el credo autonomista tiene muy poco de autonomista», escribió en 1891. Nunca creyó en el autogobierno como fin político. Francisco Cepeda, uno de los líderes del partido, lo advirtió con precisión: «Muñoz Rivera no era liberal, ni autonomista, ni nada».[2]
En mayo de 1895, Luis Muñoz Rivera viajó por primera vez a Madrid. Con treinta y cinco años, se fue junto a su esposa Amalia Marín, cuya fortuna le permitió permanecer ocho meses en la capital española. Lo que hizo durante esos meses fue distinto a lo declarado: reuniones con Sagasta, Moret, Maura, Castelar y Pi y Margall. En su entrevista con Sagasta, el líder fusionista le prometió que cuando volviera al poder, abriría los brazos a los autonomistas puertorriqueños.[2]
En julio de 1896, gracias a la mediación del abogado Rosendo Matienzo Cintrón, consiguió una reunión con el directorio autonomista en Caguas. Los líderes aceptaron enviar una comisión a Madrid con carácter informativo. Muñoz Rivera logró insertar una excepción: si Sagasta aceptaba íntegro el credo autonomista, la comisión podía pactar en firme.[2]
El 13 de septiembre de 1896, los cuatro comisionados, José Gómez Brioso, Federico Degetau, Rosendo Matienzo Cintrón y Luis Muñoz Rivera, partieron rumbo a España. Muñoz Rivera tomó el liderato de facto desde el primer momento. En Madrid, los comisionados obtuvieron de Cánovas del Castillo la confirmación de la autonomía sin necesidad de pacto alguno. Muñoz Rivera continuó negociando con Sagasta de todas formas.
Vázquez señala el dato que la historia oficial ha ignorado: en la primera reunión con Cánovas, los comisionados obtuvieron la confirmación de la autonomía sin necesidad de pacto alguno. Que Muñoz Rivera continuara pactando con Sagasta después de esa confirmación revela que, para él, la autonomía nunca fue el fin. Era el poder.[2]
El ascenso político y el cacique
[editar]En febrero de 1897, Luis Muñoz Rivera alcanzó su primer puesto de liderato formal: la presidencia del Comité Provincial del Partido Liberal Fusionista de Puerto Rico. Tenía treinta y siete años.[2]
Lo que siguió fue una campaña electoral que Nieve de los Ángeles Vázquez describe en El Jefe como un manual del populismo clásico: actos multitudinarios con banderas, bandas de música y discursos que exacerbaban las emociones; un binomio permanente entre el líder y el pueblo; y la construcción sistemática de un enemigo, los autonomistas ortodoxos, a quienes catalogaba de traidores y enemigos envidiosos.[3]
Cuando en febrero de 1898 se constituyó el Gabinete Autonómico provisional, Muñoz Rivera maniobró para obtener la Secretaría de Gracia, Justicia y Gobernación, la cartera que controlaba los nombramientos judiciales, las alcaldías, la policía y la organización de las elecciones. Era un movimiento de ajedrez: «él me ganó la dama y yo le gané el caballo», escribió La Democracia. El sueldo asignado era de 8000 pesos anuales, equivalentes a unos 237 000 dólares actuales, mientras un peón de hacienda ganaba 31 centavos diarios.[3]
De inmediato pobló los cargos bajo su jurisdicción con aliados: su subsecretario fue el abogado José de Diego; su cuñado Quintín Negrón Sanjurjo obtuvo un puesto en su despacho. El patrón era conocido en la isla desde antes: el padre de Muñoz Rivera había sido alcalde; sus dos tíos también lo habían sido; su abuelo paterno igualmente.[3]
Bajo su gestión como secretario, Muñoz Rivera organizó las elecciones autonómicas de marzo de 1898, las únicas que se celebraron bajo el régimen autonómico. El Jefe documenta que fueron un fraude monumental: las mismas elecciones que él administraba, ganó. A las críticas respondió con la fórmula populista: «Nosotros tenemos confianza en el pueblo puertorriqueño; los que protestan son solo cuatro alborotadores de oficio».[3]
Para la primavera de 1898, el culto a la personalidad había alcanzado niveles que sus contemporáneos documentaron con asombro. Calles y plazas llevaban su nombre. Se abrió una suscripción popular para inmortalizar su figura en un óleo de cuerpo entero para el Salón del Trono de La Fortaleza. Hoy, más de 16 escuelas, 77 calles y avenidas, y múltiples plazas públicas en Puerto Rico llevan su nombre.[3]
El pacto secreto con Práxedes Mateo Sagasta
[editar]En febrero de 1897, en la sexta asamblea del Partido Autonomista celebrada en San Juan, Luis Muñoz Rivera consiguió finalmente lo que había buscado desde 1891: disolver el partido y crear el Comité Provincial del Partido Liberal Fusionista de Puerto Rico, una filial directa del partido peninsular de Práxedes Mateo Sagasta. El acuerdo era simple: cuando Sagasta volviera al poder en España, arrastraría a Muñoz Rivera al poder en Puerto Rico.[2]
Lo que la historia oficial ha presentado como un logro autonomista fue en realidad un intercambio de lealtades. La investigadora Nieve de los Ángeles Vázquez documenta en El Jefe que la Carta Autonómica de noviembre de 1897 no fue consecuencia del pacto con Muñoz Rivera. Sagasta no mencionó ni una sola vez a los puertorriqueños en su exposición de motivos. La autonomía llegó por las armas cubanas y las presiones de Washington, no por gestión alguna de Muñoz Rivera.[4]
Práxedes Mateo Sagasta tenía para 1896 setenta y dos años y una larga historia de represión en Puerto Rico. Había sido él quien, en 1887, nombró gobernador a Romualdo Palacio, responsable de la persecución y tortura de autonomistas. El propio Muñoz Rivera lo había llamado «el más traidor de nuestros enemigos» en 1893. Ese mismo Muñoz Rivera, apenas cuatro años después, lo convertía en el garante de su acceso al poder.[4]
El primer ministro y la invasión (1898)
[editar]El 11 de febrero de 1898, Luis Muñoz Rivera ocupó la cartera de Gracia, Justicia y Gobernación con poder sobre nombramientos de alcaldes, concejales, jueces y sobre todo de las juntas electorales. No fue hasta el 23 de julio de 1898, dos días antes de la invasión, que logró posicionarse como primer ministro en un gabinete autonómico compuesto por sus acólitos y miembros del Comité Provincial del Partido Liberal Fusionista de Práxedes Mateo Sagasta.[5]
Durante los meses previos a la invasión, mientras el general Nelson Miles preparaba su expedición y la prensa estadounidense titulaba «Porto Rico is Rich!», Muñoz Rivera concentraba todas sus energías en lograr que las Cámaras se reunieran para que nombraran un gabinete autonómico definitivo en el que él fuera el presidente y primer ministro. La Democracia calificaba los rumores de invasión como «bolas e interesadas invenciones».[5]
El 25 de julio de 1898, cuando las tropas de Miles desembarcaron en Guánica, Muñoz Rivera se enteró por Luis Porrata Doria al llegar al Palacio de la Real Intendencia. «¿Es cierto? ¿Ya están aquí los estadounidenses?», le preguntó. No sabía nada. Corrió al Palacio de Santa Catalina a ver al gobernador y regresó con la confirmación. Ese mismo día, canceló las sesiones de la Cámara Insular que nunca volvió a reunirse.[5]
El 28 de agosto de 1898, en funciones de primer ministro aún, Muñoz Rivera concedió una larga entrevista al reportero R.D. Gill del New York Tribune. En ella reescribió su propia historia, adjudicándose logros de otros, ocultando episodios comprometedores y ofreciendo su visión sobre el futuro de Puerto Rico bajo Estados Unidos. Pidió la estadidad para la isla, antes incluso del traspaso oficial de la soberanía española, y aconsejó al nuevo imperio cómo «americanizar Porto Rico». La investigadora Vázquez describe este acto como «una entrega servil que roza grados de traición».[6]
El 13 de octubre de 1898, Muñoz Rivera disolvió el Comité Provincial del Partido Liberal Fusionista con la excusa de facilitar la obra del gobierno estadounidense. Con ese acto demostró que el objetivo siempre fue el poder personal y nunca el bienestar colectivo: se unió al Partido Liberal Fusionista para llegar al poder y lo disolvió para mantenerse en él bajo el nuevo régimen.[6]
El 18 de octubre de 1898, en la ceremonia del traspaso de soberanía, el general Brooke bajó del Palacio de Santa Catalina tomado del brazo de Luis Muñoz Rivera. Comenzaba el Imperio de Estados Unidos sobre Puerto Rico, con la colaboración visible del hombre que había sido su primer ministro.[6]
La reescritura de la historia
[editar]Desde sus primeros años como periodista, Luis Muñoz Rivera desarrolló la práctica sistemática de construir una versión propia de los eventos, distinta a la que sus contemporáneos podían verificar. La investigadora Nieve de los Ángeles Vázquez documenta en El Jefe múltiples instancias de esta conducta, que define como constitutiva de su modelo de liderazgo populista.[7]
La entrevista concedida al New York Tribune en agosto de 1898 es uno de los ejemplos mejor documentados: en ella Muñoz Rivera se adjudicó un duelo a pistolas que en realidad protagonizó su amigo y colega Mariano Abril; presentó como propios los logros políticos de otros comisionados; eliminó de la narrativa su campaña de 1891 para disolver el Partido Autonomista; y se presentó ante la prensa estadounidense como el único artífice de la autonomía. El propio periódico publicó una versión distinta en español, más cercana a los hechos, constatando que lo que Muñoz decía en inglés para el público estadounidense difería de lo que publicaba en español para los puertorriqueños.[7]
El uso sistemático de artículos sin firma en La Democracia fue otra herramienta de la misma estrategia. En una carta al colaborador Eduardo Giorgetti fechada el 16 de junio de 1911, Muñoz Rivera instruyó publicar un artículo «para que aparezca sin firma, como de la redacción, guardándose reserva sobre su verdadero origen, porque como yo estoy aquí, conviene que el trabajo aparezca de allá, a fin de dejarme cierta libertad de acción».[7]
La versión muñocista de los eventos de 1897-1898, en la que él es el único responsable de la autonomía y un valiente resistente a la invasión, es la que la historiografía oficial puertorriqueña ha reproducido sin cuestionamiento crítico durante más de un siglo. El Jefe es el primer trabajo que sistematiza, con fuentes primarias del Congreso estadounidense, la prensa de la época y archivos corporativos, la distancia entre esa narrativa y los hechos documentados.[7]
Legado y controversia
[editar]Luis Muñoz Rivera murió el 15 de noviembre de 1916 en la mansión de Eduardo Giorgetti en Santurce. Sus últimos años en Washington los invirtió en conseguir la ciudadanía estadounidense para Puerto Rico, incluso llegó a presentar un proyecto de ley alternativo a la Ley Jones. Su defensa a la ciudadanía estadounidense fue a tal nivel que el presidente Woodrow Wilson le dedicó una de las plumas con las que firmó la Ley Jones el 2 de marzo de 1917. Documentos privados registrados en los archivos demuestran que en sesiones secretas su partido, el Partido Unión, acordó no oponerse a la ciudadanía estadounidense mientras mantenían públicamente el discurso contrario.[8]
Su figura fue canonizada rápidamente por la historiografía puertorriqueña. Hoy su nombre figura en más de 16 escuelas del archipiélago, al menos 77 calles y avenidas, plazas públicas en Mayagüez, Arecibo, Humacao, Ponce y San Juan, y en el majestuoso parque Luis Muñoz Rivera en la capital. El proceso de canonización comenzó en vida: en febrero de 1898 ya se había abierto una suscripción popular para inmortalizar su figura en un óleo de cuerpo entero destinado al Salón del Trono de La Fortaleza.[8]
La investigadora Nieve de los Ángeles Vázquez argumenta en El Jefe que la hagiografía oficial sobre Muñoz Rivera ha impedido a Puerto Rico hacer un análisis crítico de los patrones de conducta que fundan su clase política. Los mismos elementos que caracterizaron su liderazgo, promesas incumplidas, red clientelar, monopolio del mérito colectivo, propaganda sistemática y ausencia de responsabilidad por los resultados, se reproducen sin interrupción en la política puertorriqueña del siglo XXI. «Los santos tienen su lugar en la esfera de la religión pero no en la política», escribió el intelectual puertorriqueño José Luis González, frase que Vázquez hace suya en la introducción del libro.[8]
Referencias
[editar]- ↑ Vázquez, Nieve de los Ángeles. El Jefe: Populismo y corrupción en el Puerto Rico de 1898. 2023, cap. 1.
- 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 Vázquez, Nieve de los Ángeles. El Jefe: Populismo y corrupción en el Puerto Rico de 1898. 2023, cap. 1.
- 1 2 3 4 5 Vázquez, Nieve de los Ángeles. El Jefe: Populismo y corrupción en el Puerto Rico de 1898. 2023, cap. 3.
- 1 2 Vázquez, Nieve de los Ángeles. El Jefe: Populismo y corrupción en el Puerto Rico de 1898. 2023, caps. 1 y 3.
- 1 2 3 Vázquez, Nieve de los Ángeles. El Jefe: Populismo y corrupción en el Puerto Rico de 1898. 2023, cap. 6.
- 1 2 3 Vázquez, Nieve de los Ángeles. El Jefe: Populismo y corrupción en el Puerto Rico de 1898. 2023, cap. 7.
- 1 2 3 4 Vázquez, Nieve de los Ángeles. El Jefe: Populismo y corrupción en el Puerto Rico de 1898. 2023, caps. 1 y 7.
- 1 2 3 Vázquez, Nieve de los Ángeles. El Jefe: Populismo y corrupción en el Puerto Rico de 1898. 2023, caps. 9 y 10.
Véase también
[editar]
Portal:Puerto Rico. Contenido relacionado con Puerto Rico.
Lecturas adicionales
[editar]- Pablo Martínez Archilla (2012). Desengáñate, Quintín: un juego de toma y daca. Puerto Rico: Publicaciones Excelente. ISBN 9780985307004.
Enlaces externos
[editar]
Wikimedia Commons alberga una categoría multimedia sobre Luis Muñoz Rivera.