Literatura victoriana

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Se denomina literatura victoriana a aquella producida en el Reino Unido durante el reinado de Victoria (1837-1901). La denominada era victoriana constituye en la historia de Inglaterra y en la de Europa una etapa cultural importantísima. Es el gran momento de Inglaterra, y aunque no tiene el brillante esplendor del período isabelino y jacobino ―la muerte de Lord Byron señala el ocaso de una edad heroica―, presenta, en cambio, una trabada coherencia, una organizada tenacidad en todos los campos de la actividad humana, y muestra una decidida voluntad de transformar el mundo y las fuerzas de la naturaleza para el bienestar y servicio[1]​ del ser humano.

Las características esenciales de aquella época son: una indiscutible preocupación por la decencia, con la consiguiente elevación del nivel moral; un creciente interés por las mejoras sociales y el despertar de un fuerte espíritu humanitario; cierta satisfacción derivada del incremento de riquezas, de la prosperidad nacional y del inmenso desarrollo industrial y científico; conciencia de la rectitud, y un sentido extraordinario del deber; indiscutible aceptación de la autoridad y de la ortodoxia; notable carencia de humor. La era victoriana es época de transformaciones políticas y sociales, inquietudes religiosas, firme trabazón moral, expansión rapidísima del comercio inglés y culminación de la Revolución Industrial.[2]

En líneas generales, la literatura británica, a diferencia de la francesa, consta, ante todo, de individuos y no de escuelas.[3]

En literatura, el largo reinado de Victoria es uno de los más gloriosos de la historia inglesa.[4]​ La era victoriana cubre prácticamente desde el Romanticismo hasta finales de siglo, y representa literariamente un cambio de estilo en un sentido realista. La fecha fronteriza entre el Romanticismo y la era victoriana es el año 1832. En realidad, Victoria no ascendió al trono hasta 1837, pero en 1832 moría Walter Scott; Keats, Shelley, Byron y Hazlitt ya no existían; Coleridge y Lamb estaban llegando al fin de sus días, y Wordsworth, aunque viviría aún bastantes años, había escrito ya lo mejor de su producción. A la vez, aparecían los primeros volúmenes de Tennyson, el futuro poeta laureado representante de la poesía victoriana. Aunque de hecho perduraba el Romanticismo, su energía creadora estaba agotada, y la literatura buscaba otras fuentes de inspiración. En las alternancias rítmicas del fenómeno literario, la reacción psicológica contra los excesos del Romanticismo inclinaba el gusto hacia la concreción y el orden. Después del reinado de la emoción y de los sueños y las tempestades del alma romántica, empezaba a manifestarse una época razonadora y realista, que emparentaba mejor con la actitud mental del siglo XVIII[4]​ (el siglo de las luces). La nota predominante era la racionalización del impulso literario. Ante los postulados del Romanticismo, los escritores victorianos consideraron la verdad concreta como uno de los motivos esenciales de la creación literaria. En consecuencia, su tono de expresión general fue el realismo; y, en conjunto, se preocuparon más que sus antecesores románticos por la perfección estilística y la organización formal de la obra de arte.[4]

Brillante en poesía y rico en pensamiento, el victoriano es un período en que la novela aparece en su máximo esplendor, floreciendo también en él un grupo de eminentes mujeres novelistas.[4]​ Además, hacia 1860, el teatro experimenta una renovación saludable.[4]​ Más adelante, a partir de 1875, las influencias francesas fueron preponderantes[5]​ en el esteticismo del ensayista Walter Pater y, sobre todo, en la obra poética, narrativa y dramática de Oscar Wilde.[5]​ Por su parte, la poesía del novelista Thomas Hardy habría de esperar al siglo XX para ser valorada[5]​ en su justa medida. En la novelística, destacarían en ese último período victoriano los nombres de Samuel Butler, George Meredith y, sobre todo, Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle[5]​ y Bram Stoker, maestros respectivamente de los géneros de aventuras, policíaco y de terror.

Índice

Contexto (histórico, social, económico, intelectual)[editar]

La época victoriana fue de gran actividad comercial, financiera e industrial. Diversas circunstancias fueron especialmente favorables a los esfuerzos ingleses. La Revolución Industrial la había adelantado a sus rivales del continente europeo, ya que contaba en su propio territorio con las materias más necesarias. La estabilidad política confirmó esa supremacía. Al no impedirse que el esfuerzo tuviera éxito, el proceso parecía ajustarse al derecho, y la ciencia (si lo es) de la economía política hizo grandes progresos en esta su época clásica, desde los Principios de Ricardo hasta los de J. S. Mill.[6]

Victorianismo temprano y medio[editar]

Los poetas victorianos, como los novelistas, se enfrentaban a una sociedad muy cambiada frente a la que describían los románticos: casi podían palpar cómo cambiaba la estructura de clases; la clase media iba tomando posiciones cada vez más influyentes frente a la antigua aristocracia y comenzaba a introducir un nuevo sistema de valores; ya nadie podía ignorar el proceso de industrialización ni sus secuelas de contaminación y miseria; la fe religiosa se veía amenazada por los descubrimientos geológicos y biológicos y por un espíritu de escepticismo que se volvía contra la Biblia.[7]

Es demasiado simple decir que los primeros victorianos hicieron un mundo de su crisis religiosa. El vacío espiritual hoy apenas significa nada (aunque algunos lampan por extraños terrenos para llenarlo). Sin embargo, los primeros que vieron cómo su fe iba desapareciendo vivían inmersos en una comunidad creyente, una comunidad que profesaba abiertamente sus creencias y en la que representar una vanguardia intelectual no resultaba nada cómodo. Mientras que el ateísmo de Shelley asesta un duro golpe al cristianismo convencional, las dudas convierten al victoriano en un reincidente sin ganas, en alguien que se debate entre problemas espirituales, alguien melancólico y añorante de lo que ha perdido y que los demás aún conservan. Más que como liberación, la falta de fe se vive como una pérdida.[8]

Parte de la vitalidad con que nos salpican las páginas de las novelas victorianas se debe a la nueva concepción que ofrecen del mundo. Gran Bretaña dejaba de ser un país rural y se transformaba rápidamente en una sociedad urbana, proceso terrible y emocionante a la vez por las consecuencias y las potencialidades que implicaba. Además, el tren iba descubriendo todos los rincones de la isla, que despertaban la curiosidad y admiración de los ciudadanos. Si antes el ámbito en el que discurría la vida de la gente era de unos quince o veinte kilómetros a la redonda, ahora este ámbito se multiplicaba por diez. Grupos enteros de población se desplazaban, geográfica y socialmente. En las nuevas ciudades industriales, que no solo eran nuevas, sino que representaban un nuevo modelo de ciudad, la gente se enriquecía y se arruinaba en cuestión de meses. Los milagros empresariales afectaban a todo el mundo, no solo a los nuevos capitalistas o a la fuerza trabajadora, y todos se bandeaban año tras año entre la confortable prosperidad y la inanición.[9]

La nueva religión de los nuevos capitalistas era el laissez-faire, normalmente denominado economía política o benthanismo. Inicialmente para los victorianos las nuevas doctrinas económicas, que abogaban por una economía de mercado sin restricciones y la total libertad del empresario (pero no del sindicalista), constituían dogmas de fe tan incuestionables como los que emanaban del púlpito; las leyes siderúrgicas no admitían refutación posible. Y el nuevo empresario, que divulgaba estas leyes y se aprovechaba de ellas, venía a ser el héroe nacional, el equivalente moderno del filibustero isabelino.[10]

Evidentemente para los intelectuales la época era muy distinta y mucho menos atractiva. La crisis religiosa, que en 1867 se convirtió en objeto de debate popular con El origen de las especies de Darwin, ya la habían librado en su interior escritores como Tennyson o George Eliot años antes. Al asomarse a la Inglaterra victoriana Matthew Arnold vio un horrible patio en el que jugaban bárbaros y filisteos. John Stuart Mill vio la degradación de las clases trabajadoras y el sometimiento de las mujeres.[11]

Victorianismo tardío[editar]

En la segunda mitad del mandato de la reina Victoria empezaron a criticarse cada vez con mayor intensidad la ética, los gustos y las costumbres eminentemente victorianos. Hoy vemos esta situación con más claridad que la gente de la época. Los guardianes de la moral pública que decidían, según Dickens, "qué es lo que debía sacarle los colores a los jóvenes" seguían dominando el panorama, lo cual obligaba a muchos escritores a expresarse de manera soterrada, sobre todo en materia sexual. Gran Bretaña volvía a poner ahora un enorme empeño en "aparentar" ser la gran potencia mundial que había sido a mediados de siglo, con la confianza de entonces: gobernaba, en medio de serias amenazas, el más vasto imperio que ha habido en el mundo y mantenía un alto poder de decisión en Europa.[12]

Sin embargo, el poder y los ideales victorianos estaban en decadencia. La depresión agraria (debida en parte a la competencia que suponían América del Norte y del Sur) empezaba a socavar los cimientos financieros de los nobles y los aristócratas hacendados. La depresión industrial iba sumiendo en la pobreza a las ciudades afectadas y se oían ya los primeros murmullos de un socialismo de masas. Con la publicación de El origen de las especies de Darwin el debate sobre el verdadero carácter literal de la Biblia saltó a la calle y dejó de estar confinado al estudio.[13]​ Al debilitarse los principios religiosos, empezaron a surgir todo tipo de liberaciones, grandes y pequeñas, que se fueron expandiendo.[14]​ A través de las sátiras se puso en evidencia que la religiosidad victoriana era un timo y su moralidad mera hipocresía; que su afición por las artes resultaba vulgar, materialista y mecánica.[14]

El cambio de talante puede verse reflejado en todos los aspectos de la vida, en la aparición de periódicos populares, en el teatro, en la búsqueda de nuevas religiones (el socialismo, la estética, el cultivo del espíritu), cualquier cosa que pudiera llenar el vacío de la fe. Particularmente interesantes son los cambios que tienen lugar en el terreno sexual.[14]

Poesía[editar]

Diez años separan la muerte de Shelley de los primeros versos de Tennyson, y otros diez median entre la última novela de Scott y la consagración definitiva de Tennyson como poeta. En esos estrechos límites temporales había dado comienzo una época nueva, aunque sin señal ninguna de rebelión. Keats y Tennyson, Shelley y Browning, Wordsworth y Matthew Arnold guardan entre sí relaciones de maestros a discípulos respectivamente.[15]​ Browning fue discípulo de Shelley, si Tennyson lo fue de Keats. También lo fue Swinburne.[16]​ Los poetas victorianos no reaccionan contra los representantes de la poesía romántica. Más bien se puede decir que siguen en la misma corriente. Pero, si aquéllos experimentaron, éstos pulen y perfeccionan; si aquéllos se dejaron arrebatar por su inspirado impulso, a veces genial, éstos se caracterizan por la armonía de su obra, por su mayor perfección estructural y penetración psicológica.[4]

En la poesía de la época victoriana pueden distinguirse dos grandes tendencias. La primera, más característicamente victoriana, está dominada por las figuras de Tennyson, de gran virtuosismo formal, y Browning, de marcado carácter psicologizante, y se interesa por la objetividad, el equilibrio y la precisión de las ideas. La segunda tendencia, la del movimiento prerrafaelita, presidido por Rossetti, tiende a una reacción idealista de ansiedades emotivas, busca el culto a la belleza, siente inclinación al ensueño y a la visión, combina la imaginación con la sensibilidad. A la entrada de la era victoriana se encuentran las personalidades, hasta cierto punto complementarias, de Tennyson y Browning, ambos interesados en mantener el nivel que la poesía había alcanzado con Byron y Walter Scott, los autores más leídos hacia 1830.[17]​ La inquietud de Arnold forma un punto de transición a la abstracción estética de los prerrafaelistas y al radicalismo revolucionario de Swinburne.[18]​ Arnold fue una figura prominente en esa gran pléyade de poetas victorianos que escribieron simultáneamente ―Tennyson, Browning, Rossetti, William Morris y Swinburne―, poetas entre quienes existía al menos este nexo de unión: que la búsqueda de todos ellos fue la anticuada búsqueda poética de lo bello. La belleza era su consigna, como había sido el santo y seña de sus inmediatos predecesores (Wordsworth, Coleridge, Keats, Shelley y Byron).[19]​ A partir de 1850, el grupo prerrafaelista infundiría un tono de melancolía gótica y de languidez a la poesía y a la pintura de esa fase de la época victoriana.[20]​ Por último, cabrá destacar a una serie de poetas del tramo final del período victoriano (último tercio del siglo XIX) que se caracterizaron por sus inquietudes religiosas y sus anhelos de espiritualidad.

Panorama de la poesía inglesa hacia 1830[editar]

Con Tennyson y Browning haría su aparición una poesía nueva, aunque los lectores de la época estuvieron muy poco dispuestos a reconocerlo así. Hacia 1830, Scott y Byron eran todavía los poetas más populares[21]​ ―pese a que este último ya había muerto y aquél ya había escrito toda su producción poética―, así como algunos otros que participaban de una estética parecida: Samuel Rogers con Italy, Thomas Moore con su lírica irlandesa, y Thomas Campbell, quien por muchas razones fue un poeta más auténtico que cualquiera de los otros.[21]

Poetas victorianos característicos[editar]

Los poetas que dominaron la primera mitad de la era victoriana nacieron a la sombra del movimiento romántico y todos ellos tomaron a los grandes poetas como modelos y mentores.[7]

En el primer término de esta época se destacan indudablemente las figuras complementarias de Tennyson y Browning. Su semejanza general provoca una antítesis, como la que uno de los editores de Browning intentó establecer entre forma y materia, entre el mero artista y el pensador.[18]​ Estos dos grandes poetas dominan la era heterogénea y polémica que se ha dado en llamar victoriana y que hoy vemos como uniforme:[22]​ Tennyson y Browning serían los encargados de devolver a la poesía inglesa parte de una función más elevada. Los dos consiguieron el éxito de conservar un público amplio para su poesía en una época en la que la novela se había convertido en la forma literaria más popular.[23]​ Fue característico de ambos aceptar como indiscutibles los supuestos básicos de la sociedad en que vivían y mostrar un espíritu de continuidad en sus métodos artísticos.[18]

Debemos considerar en primer lugar a Alfred Tennyson (1809-1892), no solo por ser el mayor, sino porque los propios victorianos lo consideraban el representante poético de la fuerza y la gloria de una época.[24]​ Tennyson fue un genuino representante de lo nacional inglés. Distinto de los grandes románticos ―Byron, Shelley, Keats―, tan despegados de Inglaterra y de los temas ingleses, Tennyson tiene un gran sentido nacionalista.[20]​ Mostraba una pasión de artífice del verso aprendida de Keats, pero ejercida con más minuciosidad.[18]​ El autor seguía el camino abierto por la Laodamía de Wordsworth más aún que el del Endymion de Keats, pero infundía en sus poemas una presión dramática mueva.[25]

Como en el caso de otros grandes poetas, lo esencial en su obra está en la música del verso.[22]​ El tono de bardo parecía fuera de lugar; y, sin embargo, cuando le plugo abandonarlo pudo escribir baladas tan excelentes como La carga de la brigada ligera y La venganza.[25]​ A pesar de haber sufrido duros ataques por parte de sus contemporáneos, nadie le podía negar el más perfecto dominio sobre la sonoridad del inglés, un oído impecable y una consumada elección y gusto por las palabras.[26]​ Su poesía abunda en imágenes de increíble belleza.[27]​ No obstante, Tennyson no poseía la originalidad, el vigor y la hondura de los grandes románticos.[28]

Había publicado a comienzos de la década de 1830 un par de volúmenes de poesía: Poemas principalmente líricos (1830) y Poemas (1832). De las composiciones contenidas en el primero de ellos, cabe señalar que si existe huella alguna de influencia inconsciente de algún maestro poético en dichos poemas, es la de Keats y Coleridge.[29]​ Sin embargo, los amantes de la poesía contemporánea no se sintieron atraídos por el libro.[29]​ En cuanto al segundo, comprende la obra poética de los años 1830-33: poemas aún reconocidos entre los más nobles e imaginativos de su obra.[30]Poemas, el primer volumen de poesía que publicó Tennyson como poeta maduro, recibió muchas críticas; incluso se le ridiculizó acusándole de pertenecer a la escuela cockney, es decir, que estaba influido por autores como Leigh Hunt o Keats. Keats indudablemente fue para él modelo indiscutible, más que por sus ideas por las imágenes, la dicción y los recursos métricos que utilizaba.[24]​ En 1833 falleció su gran amigo Arthur Hallam, y Tennyson comenzó In Memoriam y escribió Las dos voces[31]​ (1834). Tennyson se mantuvo en silencio hasta 1842, cuando reeditó Poemas en dos volúmenes, logrando al fin el reconocimiento completo como un gran poeta.[32]​ Esta edición (la tercera), contiene algunas de sus mejores composiciones, como el monólogo dramático Ulises. En esta obra, Tennyson combinó todo lo positivo de sus comienzos poéticos con un tema que simboliza la concepción romántica del espíritu heroico.[26]​ En Ulises, el guerrero ya entrado en años se ve incapaz de acomodarse a la rutina de la vida cuando vuelve a Ítaca, con lo cual decide volver al mar con sus guerreros.[33]​ Los versos de este poema esconden un desprecio poco paternal, el desprecio que siente el hombre de acción frente al previsor y al conservador. A pesar de que los victorianos parecían estar satisfechos de la civilización que estaban construyendo, también admiraban a quienes desertaban de ella para llevar una vida de acción o de heroica sencillez (como ocurre con el héroe de Maud).[34]​ Tampoco podemos olvidar que bajo el círculo de seguridad que rodea al viejo guerrero se esconde, según algunos críticos, esa fuerza subterránea que arrastra en dirección contraria.[34]​ Es a partir de 1842 que debe datarse la fama universal de Tennyson; desde el momento de la publicación de esos dos volúmenes dejó de ser una curiosidad, o el favorito de una camarilla de adelantados, y ocupó su lugar como el principal poeta de su época en Inglaterra.[35]

En 1850 publicaría, al fin, su obra magna, In Memoriam,[32]​ su poema más sincero e intenso. Su autenticidad lo convirtió en el gran poema de su tiempo.[36]​ Se trata de una extensa elegía filosófica que refiere los diversos estados de ánimo de un hombre desesperado por la muerte de alguien muy querido.[27]​ El poema, escrito en estanzas de cuatro versos, había ido creciendo hasta su versión definitiva durante un período de diecisiete años tras la muerte de Arthur Hallam.[37]​ Resulta sobrecogedor por lo que tiene de dolor insoportable, de aflicción y largos meses de melancolía, de tormentos y dudas espirituales.[38]​ Las composiciones siguen el devenir de su dolor en el tiempo y la consiguiente crisis religiosa en que se ve sumido. Afronta la nueva visión del mundo natural que los descubrimientos científicos iban imponiendo sobre las personas cultas.[38]​ El público, a cuyas creencias y pesares más profundos y por tanto más comunes apelaba el poema, lo acogió de inmediato. Los críticos no fueron tan rápidos en su reconocimiento. A algunos de ellos el poema les parecía desesperadamente oscuro.[39]

El genio de Tennyson se adaptaba perfectamente al poema narrativo breve de carácter lírico. Pero su ambición le indujo a dedicarse al poema épico, línea en la que trabajó, a intervalos, durante toda su vida. Escribió composiciones muy notables, algunas de gran extensión, como los Idilios del rey (1859; 1869; 1889).[28]​ La primera serie de esta tríada, gracias a la cual Tennyson alcanzó un éxito popular superior al experimentado antes por cualquiera de los poetas ingleses, salvo quizás Byron y Scott,[40]​ puso el nombre de Tennyson en los labios de todos sus contemporáneos. Es un extenso conjunto de poemas ―pintorescos, románticos, alegóricos y didácticos― que utilizan como argumentos distintos momentos de la tradición artúrica.[41]​ Tennyson redujo el modelo de los relatos artúricos al marco de las necesidades de la moralidad victoriana.[42]Idilios del rey no logra convertirse en la épica nacional que Tennyson habría deseado hacer, a pesar de que tiene pasajes maravillosos. Sin embargo, In Memoriam sí resulta representativo, para el lector actual, de la época victoriana, del espíritu de su tiempo.[38]​ Así como los Idilios son la poesía del poeta laureado, In Memoriam es la poesía del propio poeta, y, desde el mismo momento en que es tan auténticamente suya, se convierte al mismo tiempo en el gran poema de su época.[42]​ Desde la publicación de los primeros Idilios hasta el final de la vida del poeta su fama y su popularidad siguieron imparables.[43]

"Enoch Arden" (1862) no aparecería hasta 1864, en un volumen que también contenía "Sea Dreams", "Aylmer's Field" y, sobre todo, "El granjero del norte", la primera y mejor de las notables composiciones de Tennyson[40]​ en el dialecto de North Lincolnshire.[43]​ El volumen se convirtió, a juicio de su hijo, en la más popular de todas las obras de Tennyson, con la única excepción de In Memoriam.[43]Baladas y otros poemas (1880) es una colección de poemas líricos que contenía el sombrío y magnífico "Rizpah",[44]​ mientras que Deméter y otros poemas (1889) apareció casi simultáneamente a la muerte de Browning, un suceso que dejó de facto a Tennyson como figura única en la literatura poética.[44]

Tennyson consiguió un público muy amplio y tuvo numerosos imitadores. Es por tanto bastante natural que haya generado oposición a su poesía, oposición que llegaría a ser muy fuerte.[45]​ Con su lírica realizó una descripción de un mundo bello y antiguo, como si cerrara los ojos deliberadamente a la sucia industrialización de su propio siglo. La poesía concebida de esta manera no sería una interpretación de la vida, sino una ilusión cautivadora y distante.[45]​ Como poeta, es mucho más complejo de lo que parece; tenemos que estar muy despiertos a las connotaciones de las palabras, a los efectos métricos.[34]

Tennyson es un poeta de musicalidad excepcional que refinó sus dotes naturales a base de trabajo y de la constante revisión de sus obras.[24]​ Al contrario de los grandes románticos, el ilustre laureado no tenía mensaje concreto que dar a sus contemporáneos; su obra se cimenta especialmente en su dominio de la lengua y en la musicalidad de la palabra.[28]​ La poesía de Tennyson se caracteriza por una amplia perspectiva; por su intensa solidaridad con los más hondos sentimientos y aspiraciones de la humanidad; por su profunda comprensión de los problemas de la vida y el pensamiento; por un noble patriotismo que encuentra su expresión en poemas tales como La venganza, La carga de la brigada ligera y la Oda a la muerte del duque de Wellington; por su exquisito sentido de la belleza; por su maravilloso poder de descripción vívida y minuciosa, logrado en ocasiones por medio de una sola y afortunada frase y a menudo reforzado por la perfecta correspondencia entre sentido y sonido; y por una grandiosidad y una pureza de tono generales. Ningún poeta lo ha superado en precisión y delicadeza del lenguaje y en integridad expresiva. Como poeta lírico no tiene, tal vez, quien le aventaje, y únicamente dos o tres le igualan en la poesía inglesa.[32]​ Cuando se tienen en consideración el volumen, la variedad, el acabado y la duración de su obra, así como la influencia que ejerció en su época, se le debe asignar un lugar único entre los poetas de su país.[46]

Los dos hermanos mayores de Alfred Tennyson, Frederick Tennyson (1807-1898) y Charles Tennyson Turner (1808-1879), fueron poetas de primer orden.[31]​ Ambos contribuyeron al volumen Poemas de dos hermanos, que publicaron en su época universitaria. Charles publicó en 1830 un pequeño volumen de unos cincuenta sonetos, que atrajo la atención de unos pocos perspicaces, entre ellos Samuel Taylor Coleridge.[47]​ El poeta no volvería a atraer al público hasta 1864, cuando se publicó una nueva colección con cerca de cien sonetos dedicados a su hermano Alfred. Volúmenes subsiguientes aparecieron en 1868 y 1873. En 1880, después de su muerte, toda su obra precedente fue reeditada, con adiciones, en un volumen bajo el título de Collected Sonnets, Old and New (Viejos y nuevos sonetos recopilados).[47]​ Este volumen contiene en total cerca de 350 sonetos y media docena de poemas líricos breves en otros formatos.[47]​ Algunos se refieren a temas que resultan totalmente inapropiados para el tratamiento declamatorio en forma de soneto, mientras que otros poseen un interés insuficiente o una ejecución inadecuada. Pero una vez hechas todas las deducciones, queda un considerable conjunto de sonetos excepcionalmente sobresalientes por su delicada y espiritual belleza, combinada con una auténtica imaginativa. Alfred Tennyson consideraba algunos entre los mejores en su lengua.[47]​ Frederick, por su parte, produjo Días y horas (canciones, 1854), Las islas de Grecia (1890), Daphne (1891) y Poemas del día y la noche (1895). Todas sus obras ofrecen pasajes de genuina fuerza poética.[46]

Retrato de Robert Browning (1858), obra del pintor italiano Michele Gordigiani (1835-1909).

Los problemas morales y religiosos de los que se ocupó Tennyson serían también el tema principal de Robert Browning (1812-1889),[48]​ la segunda gran figura de la poesía victoriana,[49]​ si bien desde fuera parece que no hay tanta lucha ni tanto tormento espiritual en las obras[50]​ de este último. No es que Browning se tape los ojos ante la fealdad, sino que confía enérgicamente en las posibilidades humanas,[50]​ lo cual resultaba reconfortante y fortalecedor para sus contemporáneos. La poesía de Browning no tiene que ver esencialmente con los problemas sociales y espirituales de su época.[50]​ Quizá hayamos de entender que Browning se protegía de su propia época volviendo sobre períodos pasados, el Renacimiento, el mundo medieval, los tiempos bíblicos, períodos todos ellos sazonados con el peligro y con el sabor de lo excepcional y de lo heroico. Mientras que Tennyson suele recurrir al mito, Browning utiliza personajes históricos que le cautivan.[50]​ Al igual que la de aquél, la poesía de Browning se vería sometida a una crítica demoledora[48]​ décadas después de su muerte. Y a diferencia de Tennyson, Browning buscó, a la manera de sus antepasados sajones, la música de la aspereza, no de la dulzura,[27]​ y su tendencia a dramatizar fue todavía más marcada[51]​ que en el caso de aquél. Su primera publicación fue Pauline,[52]​ un pequeño volumen que apareció, de forma anónima, en enero de 1833,[53]​ pero suscitó escaso interés.[52]​ La publicación de Paracelsus en 1835, si bien el poema carece de popularidad en general, suscitó la atención de Carlyle, Wordsworth y otros hombres de letras, y le otorgó una reputación como poeta de prometedor futuro.[52]

La forma preferida por Browning es el monólogo dramático, género que consiguió llevar a la perfección y legarlo a la posteridad convertido en forma poética vigorosa.[50]​ Browning no se interesaba tanto por los conflictos en un grupo de personajes, cuanto por la suerte de un individuo único, y para conseguir este objetivo desarrollaría el monólogo dramático; de esta manera compondría sus obras más conocidas.[54]​ La aparición de estos trabajos en una serie de volúmenes entre los que se incluyen Dramatic Lyrics, Hombres y mujeres y Dramatis Personæ, le proporcionaría en la segunda mitad del siglo una reputación solo aventajada por la de Tennyson. Hoy día siguen siendo sus trabajos más notables.[54]

En su momento, sin embargo, para la gran mayoría de los lectores, probablemente, Browning fue mejor conocido por algunos de sus poemas breves.[52]​ Sus temas a menudo resultaban recónditos y quedaban fuera de la comprensión y de la simpatía de la gran mayoría de los lectores; y debido, en parte, a los sutiles vínculos de conexión entre las ideas, y en parte a su expresión a menudo extremadamente condensada y áspera, el tratamiento de los mismos rara vez dejaba de resultar dificultoso y oscuro. En consecuencia, durante mucho tiempo el autor apeló a un muy reducido círculo.[52]​ Con el paso del tiempo, sin embargo, y obra tras obra, el círculo fue ampliándose, y la maravillosa profundidad y variedad de ideas y la intensidad de los sentimientos experimentaron una fuerza creciente. Comenzaron a formarse sociedades para el estudio de la obra del poeta. Las críticas se tornaron cada vez más elogiosas, y el autor al fin recogió la cosecha de admiración y honor que merecía.[52]

Lo más selecto de la obra de Browning fue escrito entre 1840 y 1870, si bien ni siquiera en la última etapa de su vida dejaría de ser un poeta espontáneo y sutil.[55]​ En 1840 apareció la más compleja y oscura de sus obras, Sordello; pero, salvo para unos pocos, esta obra contribuyó poco a aumentar su reputación.[52]​ Se trata de un largo poema narrativo, histórico y filosófico, en el que refería la vida entera de un juglar medieval.[56]​ Browning mostraba en ella un conocimiento de la Italia medieval en el que utilizaba alusiones que ningún lector podía tener la esperanza de entender.[54]​ En consecuencia, Sordello es el más herméticamente oprimido y ocultamente sombrío de todos sus escritos.[56]

Cultivó los monólogos dramáticos; personajes imaginarios o reales, Napoleón III o Calibán, se muestran y se justifican.[27]​ Así, en el poema Browning habla por boca de una personalidad que él elige.[50]​ Los personajes suelen estar viviendo momentos cruciales de su vida: el joven que acaba de asesinar a su amante; el prelado renacentista que está a punto de morir; un falso vidente al que le acaban de descubrir sus mentiras. Todo ello da vigor y entusiasmo a sus propias revelaciones y justificaciones personales.[57]​ En este género triunfó plenamente, como demuestra su obra Pippa Passes (1841), incluida en la serie Campanas y granadas.[Nota 1]​ Siguiendo la línea marcada por Pippa Passes, aparece el volumen de Dramatic Lyrics (1842), en el que Browning se revela ―en la misma fecha que Tennyson― como un poeta de primer orden. Esta colección y la de Dramatic Romances (1845) contienen algunos monólogos, más o menos extensos, y buen número de composiciones, de carácter lírico narrativo o descriptivo, que, incluso las más sencillas, presentan un fondo dramático.[58]​ En 1850 escribió Víspera de Navidad y día de Pascua, y en 1855 apareció Hombres y mujeres,[52]​ que comprende no pocos monólogos dramáticos.[58]​ Los mejores poemas de Browning se escribieron entre 1845, año en que conoció a Elizabeth Barrett, y la muerte de ésta en 1861, si bien la influencia de Elizabeth todavía se hace sentir en sus Dramatis Personæ (1864).[55]​ Con esta última termina esta serie de poemas y monólogos, que son probablemente lo mejor del arte y del pensamiento de Browning.[59]

Pero donde el esfuerzo de Browning aparece con magnitudes casi titánicas es en El anillo y el libro (1868-69),[59]​ en el que se entrelazan toda una serie de monólogos dramáticos hasta conseguir uno de los poemas más extensos de la literatura inglesa.[54]​ Diez personas distintas, entre las cuales están los protagonistas, el asesino y la asesinada, el presunto amante, el fiscal, el abogado defensor y el Papa, narran minuciosamente la historia de un crimen. Los hechos son idénticos, pero cada protagonista cree que sus acciones han sido justas.[60]​ En esta recreación tan brillante, en la que el caso del sórdido asesino es observado desde diez perspectivas distintas, podemos captar la energía de que Browning es capaz, su amor por lo grotesco, su vasta erudición, su entusiasmo y su sentido de la musicalidad. Por otra parte, hemos de decir que resulta largo; la vida moderna nos parece demasiado breve como para abordar un poema de quinientas páginas.[61]​ Con todo, hay que reconocer que los senderos históricos y psicológicos que explora en sus momentos álgidos son realmente estimulantes y fortalecedores por el arrojo y la confianza que transmiten. Y aunque el principal atractivo de Browning lo encontremos a nivel dramático y de caracterización de personajes, tampoco le falta impulso poético.[61]​ La acogida de El anillo y el libro supuso un triunfo para el autor, quien ahora, cerca de los sesenta años, por primera vez ocupaba su lugar correspondiente en la vanguardia de los hombres de letras vivos.[62]

El fuego poético no está apagado, sin embargo, y aún le quedan energías para producir algo selecto, como lo demuestran sus Idilios dramáticos (1879-80).[63]Asolando (1889) apareció el mismo día de su muerte.[52]​ La facilidad con que discurre su lírica nos demuestra que fue un maestro del verso, pero, en sus últimas obras, los efectos especiales, aunque concedían realismo a los poemas, los ponían en peligro de convertirlos en manieristas.[54]​ Sus poemas serían recopilados en dos volúmenes en el año 1896.[64]

Su filosofía de la vida se basaba en unas cuantas grandes verdades que repitió con toda clase de variantes: Dios, inmortalidad, optimismo, amor al mundo y a la vida. Se le ha llamado el poeta del hombre, y quizá sería más propio designarlo como el poeta de los hombres, pues su interés por la humanidad era, en el fondo, interés por la individualidad de la persona.[63]​ Si Browning no hubiera elegido el verso, sería un gran cuentista, no inferior a Conrad o a Henry James.[60]

Retrato de Elizabeth Barrett Browning (1858), obra del pintor italiano Michele Gordigiani (1835-1909).

El matrimonio compuesto por Browning y Elizabeth Barrett (1806-1861) se profesaba una profunda y recíproca admiración literaria. Durante los primeros años de matrimonio, Barrett era mucho más popular como poeta que Browning.[48]​ La obra de Barrett es esencialmente amorosa. Tanto ella como su marido fueron, en el sentido más elevado, poetas del amor.[65]

Los poemas de Elizabeth Barrett pueden dividirse en religiosos, sociales, políticos, íntimos y narrativos.[66]​ Había publicado una traducción del Prometeo encadenado de Esquilo y otros poemas a los veintiséis años; tenía veintisiete cuando apareció "Los serafines".[67]​ En 1838 apareció Los serafines y otros poemas.[68]​ El volumen tuvo buenas críticas, pero no fue popular, y no fue necesaria una segunda edición; de los poemas posteriormente famosos contenía tres, "La tumba de Cowper", "Mis palomas" y "La gaviota", el primero apasionado y los otros dos muy tranquilos, que un gusto refinado debería clasificar en un lugar elevado entre todas sus obras.[69]El llanto de los niños apareció en agosto de 1843 en el Blackwood's Magazine;[70]​ la publicación de esta obra le dio un gran impulso[71]​ a su fama. Fue sugerida por el informe de los comisionados designados para investigar el asunto de la explotación laboral de niños de corta edad.[72]​ Sus dos volúmenes de poemas (1844) aparecieron, seis años después de su anterior libro, bajo el título de Poemas de Elizabeth Barrett Barrett;[70]​ comprendían "El drama del exilio", "Visión de los poetas" y "El cortejo de Lady Geraldine",[71]​ una composición violenta.[70]​ Lo mejor de sus poesías íntimas está en los Sonetos de la portuguesa (1850),[66]​ el relato de su propia historia de amor, apenas disimulado por el título.[71]​ Los Sonetos de la portuguesa se encuentran entre los más bellos en lengua inglesa, y fueron escritos en secreto por Mrs. Browning antes de su matrimonio, si bien no serían mostrados a su esposo hasta mucho después.[72]​ En Florencia escribió Las ventanas de la Casa Guidi (1851) ―considerada por muchos como su obra más sólida―, bajo la inspiración de la lucha por la libertad de la Toscana.[71]​ La obra más ambiciosa de Barrett, Aurora Leigh, el más extenso y, tal vez, el más popular de sus poemas extensos, apareció en 1856.[71]​ La propia autora la define como "la más madura de mis obras, la única en la que se han registrado mis mayores convicciones sobre el trabajo y el arte".[73]​ Se trata de una especie de "novela" sociológica de asunto moderno, y se desarrolla a lo largo de nueve libros, en unos 11.000 versos blancos.[66]​ El poema está repleto de belleza desde la primera página hasta la última.[73]​ En 1860 publicó una recopilación de poemas bajo el título Poems before Congress.[71]

Mrs. Browning ha tenido lectores dignos de su genio. La princesa de los poetas, dice George MacDonald, es noble en concepto, suntuosa en expresión.[73]​ Barrett es generalmente considerada como la más grande poetisa inglesa. Sus obras están llenas de pensamientos tiernos y delicados, pero también fuertes y profundos. Sus propios padecimientos, combinados con su fuerza moral e intelectual, la convirtieron en adalid de sufridores y oprimidos allá donde los hallase. Su talento fue esencialmente lírico, si bien gran parte de su trabajo no se encuadra en este género. Sus puntos débiles son una difícil comprensión, un manierismo ocasionalmente un tanto molesto, y errores frecuentes tanto en el metro como en la rima. Si bien no es equiparable a su esposo en cuanto a la fuerza intelectual y a las cualidades poéticas superiores, su obra tuvo, como era de esperar dada una comparación de sus respectivos temas y estilos, una aceptación muy anterior y más amplia entre el público en general.[71]

El lugar de Elizabeth Barrett Browning en la literatura inglesa es elevado, si no está en la cima.[74]​ Rara vez tiene calma o reposo, pero no es cierto que su poesía sea puramente emocional. Ésta está repleta de meditaciones en abundancia, e incluso en sobreabundancia. Resulta intelectualmente inquieta. No es suya la apasionada paz de la más grande poesía, tal como la de Wordsworth. Tampoco trata aparentemente de alcanzar esas cotas.[74]

Los primeros versos de Sir Francis Hastings Doyle (1810-1888) aparecieron en Eton Miscellany. En 1834 publicó su primer volumen de poesía, titulado Versos misceláneos, que fue reeditado en 1840 con una serie de poemas adicionales. Estos primeros versos eran un tanto inmaduros, apareciendo varios de los mejores poemas, incluyendo "El nido del águila", "Mehrab Khan", "El regreso del cruzado" y "The Catholic", por primera vez en la segunda edición. En 1844 publicó Dos destinos, un poema que trata cuestiones sociales;[75]​ y en 1852 El funeral del duque, en memoria del Duque de Wellington. Durante los siguientes catorce años no publicaría nada; pero en 1866 publicó El retorno de los guardias y otros poemas.[75]​ Este volumen contiene casi todos sus mejores poemas, entre ellos uno o dos que habían aparecido en su anterior colección.[75]

La obra poética de Doyle resulta memorable por ciertas composiciones aisladas y enérgicas de alabanza a la fortaleza británica.[76]​ Y resulta notable sobre todo por su tratamiento de la balada, una forma de expresión utilizada por numerosos poetas ingleses, y particularmente por su autor favorito, Sir Walter Scott. Sin embargo, mientras que éstos habían hecho la balada arcaica tanto en temas como en expresión, Doyle la empleó para el tratamiento de acontecimientos contemporáneos.[75]​ Su método había sido seguido con éxito por escritores posteriores. Entre sus notables baladas se pueden mencionar "The Red Thread of Honor", que fue traducida al pastún y se ganó el favor entre los habitantes de la región fronteriza noroccidental de la India; "The Private of the Buffs"; "El perro del fusilero"; "La pérdida del «Birkenhead»" y "Mehrab Khan". Si bien la fama poética de Doyle descansa principalmente en sus baladas, mostró en poemas tales como "El platónico", "The Catholic" y "La muerte de Héctor", que sus facultades no se limitaban a una única modalidad. Al mismo tiempo, sería una impresión errónea no observar que la mayor parte de su obra resultaba vulgar y prosaica, y que aunque a menudo mostró un genuino sentimiento poético rara vez encontró la adecuada expresión para el mismo.[77]

Helen Selina Sheridan, condesa de Dufferin (1807-1867), era nieta del dramaturgo y poeta Richard Brinsley Sheridan. Compartía el talento familiar, y escribió una gran cantidad de poesía, siendo tal vez su composición más conocida El lamento del emigrante irlandés[78]​ (1845). Sus canciones y poesías fueron publicadas de forma anónima, datando las primeras de su infancia.[79]​ Algunos de sus más dulces versos estaban dirigidos a su hijo en sus cumpleaños; y fueron publicados en 1894, junto con otras cosas escritas por ella.[79]

Richard Monckton Milnes, Lord Houghton (1809-1885), fue político, poeta y un influyente mecenas literario. Se dijo de él que "conocía a todo el mundo a quien merecía la pena conocer en su país y en el extranjero".[80]​ Publicó dos volúmenes de poesía en 1838, y un tercero en 1840.[Nota 2]​ Sus poemas suscitaron cierto interés entre el público, y algunos de ellos se hicieron populares, especialmente cuando se les puso música.[81]​ En 1844 publicaría otras dos obras poéticas: Poems, Legendary and Historical (Poemas legendarios e históricos) y Palm Leaves (Hojas de palma).[82]​ Su poesía es meditativa y delicada; algunas de sus baladas se encuentran entre las más populares de su tiempo, y toda su obra se caracterizaba por su refinamiento.[83]​ A pesar de que no poseía la profundidad mental o la intensidad emocional que hacen a un gran poeta, sus versos son la obra de un hombre de vasta cultura, elegante y refinado, y algunos de sus poemas más breves ―tales como "El latido de mi corazón" y "Extraños a pesar de todo"― dieron con la tecla que les otorgó una amplia aceptación.[80]

Es probablemente en su poesía donde a la larga descansará la reputación de William Bell Scott (1811-1890). Blake y Shelley fueron sus principales modelos, y la amistad de Rossetti fue un estímulo continuo para él. Pero carecía de la intensidad y el genio artístico de Rossetti. Era fundamentalmente escocés y, a pesar de la amplitud de sus inclinaciones afectivas, su mejor poesía es mística y metafísica antes que romántica.[84]​ Publicó cinco volúmenes de poesía, incluyendo Hades y The Year of the World, y numerosos hermosos sonetos, una forma poética en la que sobresalió.[85]​ Destaca notablemente su volumen de Poemas, de 1875, ilustrado con grabados suyos y de Alma-Tadema.[86]​ Bell Scott será recordado principalmente por su conexión con el círculo de Rossetti.[86]

En el historiador Thomas Macaulay (1800-1859) encontramos cierta incapacidad para la poesía. Sus Lays of Ancient Rome (Lais de la antigua Roma) y su Armada los conocen todos los niños de las escuelas por su vigorosa retórica y su habilidad prosódica, pero no enriquecen en nada la imaginación.[87]​ Las Lays of Ancient Rome aparecieron en octubre de 1842[88]​ con notable éxito. Los poemas "Ivry", publicado originalmente en el Quarterly Magazine de Knight, y "The Armada", inicialmente publicado en el Friendship's Offering en 1833, fueron añadidos en 1848.[89]

Ebenezer Jones (1820-1860) escribió una buena cantidad de poesía de mérito muy desigual, pero en su mejor momento muestra una verdadera vena poética.[90]​ Su obra principal fue Studies of Sensation and Event (1843),[90]​ cuya despiadada acogida parecía ser la última gota de la amarga copa de su vida.[91]​ Los defectos eran evidentes para todos, y cegaron incluso a los pocos que de otro modo podrían haber reconocido el ardor, la pasión y el pintoresquismo del autor.[92]​ Frustrado y desalentado, destruyó sus manuscritos.[91]​ Tres poemas escritos cerca del final de su vida (Himno invernal a la nieve, Cuando el mundo está ardiendo y A la muerte) muestran el espacio que su mente había atravesado en el período de silencio. Atrevidamente originales en su concepción, estas notables piezas resultan también casi perfectas en su expresión; más sorprendentes que las cosas más llamativas de Studies of Sensation and Event, y totalmente exentas de la cruda vehemencia de aquel malogrado libro.[93]​ La fama que estas y algunas de las composiciones de aquel primer volumen aportaron a su autor llegó demasiado tarde.[91]

No puede ponerse en cuestión el genio de Jones; sus debilidades eran las de la mayoría de los poetas jóvenes, especialmente los autodidactas; sus últimas producciones muestran que sus defectos se habían remediado ellos mismos gradualmente, y que no necesitaba sino fortaleza para haber ocupado un lugar destacado entre los poetas ingleses.[93]

W. E. Aytoun (1813-1865), poeta humorístico escocés, se convirtió en un colaborador habitual del Blackwood's Magazine en 1836, y continuaría su relación con dicho medio hasta su muerte.[94]​ Su primera publicación ―un volumen titulado Polonia, Homero y otros poemas, en el que expresó su ávido interés por el Estado de Polonia― había aparecido en 1832.[95]​ En él eran ya evidentes las cualidades de su posterior estilo.[96]​ Entre 1841 y 1844 trabajó conjuntamente con Sir Theodore Martin[Nota 3][96]​ en una serie de ligeros textos humorísticos sobre los gustos y disparates de la época, en los cuales se intercalaban los versos que más tarde se harían populares como las Baladas de Bon Gaultier (1855),[95]​ que adquirieron una popularidad tan grande que fueron requeridas trece amplias ediciones de la obra entre 1855 y 1877.[96]​ Fue durante este período cuando Aytoun comenzó a escribir[96]​ la obra sobre la que descansa principalmente su reputación como poeta: las Lais de los caballeros de Escocia (1848).[95]​ La obra caló tan hondo entre el público que de ella aparecieron no menos de veintinueve ediciones.[96]​ En 1854 produjo el poema dramático[97]Firmiliano: una tragedia espasmódica,[95]​ bajo el seudónimo de «T. Percy Jones», destinado a satirizar a un grupo de poetas y críticos, incluyendo a Gilfillan, Dobell, Bailey y Alexander Smith.[94]​ Estaba, sin embargo, tan lleno de imaginación y fino movimiento rítmico, que su propósito fue malentendido, y lo que pretendía ser una caricatura fue interpretado como poesía seria. En 1856 Aytoun publicó Bothwell, un monólogo poético que trata de la relación entre el héroe y María, reina de los escoceses. Contenía numerosos pasajes hermosos, y fueron publicadas tres ediciones del mismo. En 1858 publicó, en dos volúmenes, una colección de Baladas de Escocia, cuidadosamente cotejada y anotada, de la cual han sido publicadas cuatro ediciones, la última en 1860.[97]

Notable poeta y crítico eminente, Matthew Arnold (1822-1888) ocupa un lugar destacado entre los escritores victorianos.[98]​ Era hijo del famoso doctor Arnold de Rugby.[99]​ Su poesía, menos importante que su prosa, ha sido juzgada con severidad por Eliot. Arnold influyó positivamente en su generación; su distinción, su ironía y su urbanidad son indiscutibles.[100]​ Su obra poética es de menor volumen y amplitud temática que la de sus dos grandes contemporáneos, pero refleja más claramente que ellos la tragedia que el hundimiento de la fe representó para muchos hombres de aquel período.[98]​ Su poesía lleva un sello intelectualista, y ningún escritor representa más típicamente que él el carácter de la época victoriana en su contraste con el Romanticismo.[101]​ Al igual que su prosa crítica, su verso tiene también sus encantos y sus inhibiciones. Su pesimismo le impide embarcarse en creaciones audaces, y hasta terminar las que ha empezado. Tiene una gracia clásica, pero fría. "La gitana erudita" y "Thyrsis" (esta última una elegía en la muerte de su amigo Arthur Hugh Clough) son composiciones que revelan casi toda su alma, y las dos son eminentemente académicas. Por lo demás, se refugia en el recurso de personalizar sus ideas en otros, y por lo general las lleva aún más lejos que Tennyson y Browning: a las orillas del Mar Caspio en el sombrío "Sohrab y Rustum", o entre los antiguos escandinavos en "Baldur muerto" y "El tritón abandonado".[102]​ Su primera publicación fue un poema premiado en Rugby, Alarico en Roma (1840). Éste fue seguido, en 1843, por su poema Cromwell, que ganó el Premio Newdigate.[99]​ En 1849 publicó su primer libro de poesías,[103]The Strayed Reveller and other Poems (El juerguista descarriado y otros poemas),[104]​ un volumen que pronto fue retirado de imprenta,[103]​ pero que adquirió una considerable reputación esotérica.[99]​ No obstante, aunque incluía dos de sus mejores poemas, "El tritón abandonado" y "Micerino", resultaba demasiado desigual así como demasiado insignificante para producir mucho efecto.[105]​ En 1852 publicó otro volumen, Empédocles sobre el Etna y otros poemas.[99]​ Contenía, junto con algunos breves poemas líricos, dos extensos poemas, el dramático "Empédocles sobre el Etna" y el narrativo "Tristán e Isolda", que eran mucho más ambiciosos en su planificación y elaborados en su ejecución que cualquier cosa anteriormente intentada por Arnold. Ambos poemas poseían grandes atractivos; las canciones del arpista Calicles en "Empédocles…" son combinaciones extraordinarias de belleza pictórica con pasión lírica, y el canto tercero de "Tristán…" es una obra maestra de poesía descriptiva.[105]​ Contienen suficiente belleza para justificar por sí mismos una gran reputación poética, e iban acompañados por una serie de exquisitos poemas líricos, entre los cuales bastará con nombrar "Una noche de verano", "La juventud de la naturaleza", "La juventud del hombre", "Soledad" y "Hojas marchitas". El espíritu de estas composiciones puede ser descrito como intermedio entre Wordsworth y Goethe.[105]​ El volumen no obstante no consiguió ganarse la atención del público.[105]​ Tal vez sea "Empédocles" el poema menos dramático que jamás se haya escrito en forma dramática, pero está repleto de bellezas líricas de primer orden. En 1853, Arnold publicó un volumen parcialmente consistente en poemas seleccionados de los dos libros anteriores:[99]Poems by Matthew Arnold, a new edition (Poemas de Matthew Arnold: nueva edición), precedido del famoso prólogo sobre la poesía. Esta vez Arnold firmaba la colección y se situaba entre los poetas más representativos de su época.[106]​ El nuevo volumen contenía los nuevos poemas "La gitana erudita" y "Requiescat", así como "Sohrab y Rustum". La última composición es un episodio del Shāhnāmé de Ferdousí, noble y conmovedor en su tema, y tan sencillo en su perfecta unidad de acción que no deja espacio para la digresión, mientras que admite plenamente los adornos de la descripción y el símil elaborado.[105]​ En 1855 publicó Poemas: segunda serie,[107]​ que contenía, sin embargo, solo dos inéditos;[99]​ pero el más importante, "Baldur muerto", una epopeya en miniatura en verso blanco a la manera de "Sohrab y Rustum", era nuevo y casi tan grande como aquél, una obra maestra de noble patetismo y solemne narrativa.[107]​ Aunque lo intentase, Arnold no podría escribir poesía lírica sin un impulso lírico, tal como le vino cuando en noviembre de 1857 escribió "Rugby Chapel (La capilla de Rugby)" sobre la muerte de su padre, o cuando en 1859 celebró a sus fallecidos hermano y cuñada en "A Southern Night (Una noche meridional)", uno de sus más bellos poemas; o cuando escribió "Thyrsis" al morir su amigo Clough en 1861.[107]

"Thyrsis" y "A Southern Night" fueron publicados por vez primera en los Nuevos poemas de Arnold de 1867. Muchas otras composiciones que figuran en ese volumen hacen evidente un declive de sus facultades no tanto por inferioridad en la elaboración como por la creciente tendencia a la mera reflexión; una de las composiciones, "Saint Brandan", fue publicada por separado.[107]​ La actividad poética de Arnold casi cesó después de dejar la cátedra de Poesía en Oxford.[99]

La producción poética de Arnold alcanza notables cotas de belleza y una formalización impresionante, aunque tuvo problemas para conseguir una voz propia, quizá porque no le resultara fácil acomodarse al mundo victoriano.[108]​ Al releer sus obras encontramos numerosos pasajes memorables que creemos conocer desde siempre, pero con mucha frecuencia nos sorprende comprobar que dichos pasajes nos remiten a otros autores.[108]​ En él también escuchamos con intensidad la voz de otros poetas, sobre todo la de Keats. Y sin embargo, pocas veces nos viene a la cabeza una cita de Arnold que nos sorprenda por ser típicamente suya. Cuando se acerca al mundo moderno utiliza un tono de voz educado, nostálgico, arrepentido, no muy distinto al de Tennyson, pero con menor implicación personal. Incluso en su mejor poema, "Dover Beach (La playa de Dover)", que trata de la crisis religiosa, de cómo la fe va retirándose en una marea lenta, no nos sentimos personalmente angustiados. El poema no se centra en su propia experiencia, sino en lo que supone vivir en una época en la que la fe va desapareciendo.[108]​ Arnold no es el poeta de quienes luchan por mantener la fe, sino de quienes se esfuerzan por aceptar la pérdida de esa fe.[109]

A pesar de la exquisita obra que Arnold ha dejado tras de sí, algunos críticos han llegado a la conclusión de que su impulso primario de expresión era el de un prosista de mentalidad poética más que el de un poeta nato. Y esto ha sido dicho por algunos que, no obstante, admiran profundamente poemas como "La gitana erudita", "Thyrsis", "El tritón abandonado", "La playa de Dover", "La tumba de Heine", "La capilla de Rugby", "La Grande Chartreuse", "Sohrab y Rustum", "El rey enfermo en Bujará", "Tristán e Isolda", etc.[19]

Si hay un poema suyo en el que uno esperaría encontrar la aceptación gozosa de la vida al margen de cuestionamientos acerca de la civilización en la que el poeta se encuentra situado ―sus esperanzas, sus miedos, sus aspiraciones y sus fracasos (en resumen, cuestionamientos semejantes a aquellos que siempre afligieron el alma de Arnold)―, ese poema sería "La gitana erudita".[19]​ Su más famoso adagio crítico es que "la poesía es una crítica de la vida". Lo que parece haber querido decir Arnold es que la poesía es la guinda de una crítica de la vida; que del mismo modo que los efectos métricos del poeta son y deben ser el resultado de un sinfín de generalizaciones semiconscientes sobre las leyes de causa y efecto en el arte métrico, así las cosas bellas que aquél dice acerca de la vida y las bellas imágenes de la vida que pinta son el resultado de sus generalizaciones sobre la vida tal y como él la recorre, y en consecuencia el valor de su poesía consiste en la belleza y la verdad de sus generalizaciones.[110]​ Las obras de Arnold sirvieron de inspiración temática para algunos de los poetas posteriores. La primera edición completa de los poemas de Arnold fue publicada en 1869 en dos volúmenes, el primero consistente en poemas narrativos y elegíacos, y el segundo en poemas dramáticos y líricos.[111]

Jean Ingelow (1820-1897) publicó tres volúmenes de poemas.[112]​ Los primeros años de su vida transcurrieron en Lincolnshire, y el efecto de los paisajes pantanosos resulta evidente en su poesía.[113]​ Su primer volumen, A Rhyming Chronicle of Incidents and Feelings (Crónica rimada de sucesos y sentimientos), publicado en 1850, suscitó escasa atención, aunque Tennyson encontró algunas cosas encantadoras en él.[113]​ No fue sino hasta la publicación de la primera serie de Poemas en 1863 cuando el público reconoció en Miss Ingelow a una poetisa de gran mérito. Contenía el poema titulado "The High Tide on the Coast of Lincolnshire, 1571 (Pleamar en la costa de Lincolnshire, 1571)", que por su seriedad y excelencia técnica constituye una de las más hermosas baladas modernas.[113]​ Una segunda serie de poemas apareció en 1876, y ambas series fueron reeditadas en 1879. Una tercera serie fue añadida en 1885. Escribió gran parte bajo la influencia de Wordsworth y Tennyson. Su poesía se caracteriza principalmente por su encanto lírico, su agraciada imaginación, su patetismo, su cercana y precisa observación de la naturaleza, y su simpatía hacia los intereses comunes de la vida. El lenguaje resulta invariablemente claro y sencillo. Es particularmente afortunada en el manejo de metros anapésticos.[113]​ En 1867, Ingelow publicó The Story of Doom and Other Poems, y entonces renunció por un tiempo a la poesía y se convirtió en una afanosa novelista.[114]

Sus poemas poseen a menudo el tono genuino de balada, y como escritora de canciones fue sumamente exitosa. "Sailing beyond Seas" y "When Sparrows build", de Supper at the Mill, estaban merecidamente entre las canciones más populares del momento; pero comparten con el resto de su obra los defectos de afectación y la pomposa fraseología.[114]​ Un falso arcaísmo y una asunción deliberada de sinónimos desconocidos e innecesarios para cosas sencillas se contaban entre sus más viciosos manierismos. En verso escribió, no obstante, con una dulzura que inspiraban su sensibilidad y su corazón.[114]

Edwin Arnold (1832-1904), periodista y poeta, obtuvo en 1852 el premio Newdigate con un vistoso poema sobre El festín de Baltasar. Éste fue publicado de forma separada (1852) y al año siguiente también fue reeditado para formar la materia prima de un elegante volumen, Poemas narrativos y líricos (Oxford, 1853).[115]​ La tarea literaria que se propuso era la interpretación en versos en inglés de la vida y la filosofía orientales. Con este objetivo, su principal obra es La luz de Asia (1879), un poema que tuvo gran popularidad pero cuyo lugar permanente en la literatura debe permanecer siendo muy incierto.[103]​ En verso blanco, de exuberancia oriental, en el que el color y la música están mezclados al modo tennysoniano con efectos intensificados, Arnold presenta aquí los elementos pintorescos y patéticos de la leyenda budista y la vida de Gautama. Las doctrinas morales eran aquellas a las que los europeos habían estado acostumbrados toda su vida, pero el contexto era nuevo para los lectores ingleses y americanos. El poema despertó la animosidad de muchos púlpitos, pero hubo sesenta ediciones en Inglaterra y ochenta en América, y hubo numerosas traducciones.[116]​ Se trata de una epopeya india, centrada en la vida y las enseñanzas de Buda, que está expuesta con gran riqueza de colorismo local y no poca alegría en la versificación. El poema contiene muchos versos de incuestionable belleza, y su inmediata popularidad, lejos de disminuir por la doble crítica a la que fue sometida la obra, se vio incrementada. Por un lado, fue criticada por los orientalistas por dar una impresión errónea de la doctrina budista; mientras que, por otro lado, la analogía sugerida entre Sakyamuni y Jesucristo ofendió el gusto de algunos cristianos devotos. Esta última crítica probablemente sugirió a Arnold la idea de intentar un segundo poema narrativo cuya figura central debía ser el fundador del cristianismo, como lo había sido el fundador del budismo en el anterior. Pero aunque La luz del mundo (1891), obra en la que esta idea tomó forma, poseía un considerable mérito poético, carecía de la novedad temática y de ambientación que habían otorgado al poema anterior gran parte de su atractivo; y, así, no pudo repetir el éxito alcanzado por La luz de Asia. Otros volúmenes destacados de poesía de Arnold fueron El Cantar de los Cantares hindú (1875), Perlas de la fe (1883), El canto celestial (1885), Con Saadi en el jardín (1888), La esposa de Putifar (1892), Adzuma o la esposa japonesa (1893)[117]​ ―Arnold residió, al final de su vida, durante algún tiempo en Japón, y su tercera esposa era una dama japonesa―[117]​ y La décima musa.[103]

De Edward Fitzgerald (1809-1883) podría decirse que fue un gran poeta menor.[60]​ Tiene un lugar entre los mayores poetas de aquel tiempo por virtud de una traducción: el Rubáiyát de Omar Khayyam.[118]Traductor e hispanista, desde 1850 dedicó su vida al estudio de las lenguas española y persa y de sus correspondientes literaturas. A sus estudios de lengua y literatura españolas se debe la traducción de ocho dramas de Calderón, versiones muy libres escritas en prosa o en verso blanco.[119]​ En 1853 lanzó al mercado el único libro al que vinculó su nombre: Seis dramas de Calderón, traducidos libremente por Edward FitzGerald[120]​ ―que contenía seis dramas menores―, y en 1865 se publicaron las traducciones de El mágico prodigioso y La vida es sueño.[119]​ Estas traducciones nunca han pretendido ser fieles reproducciones de los originales. Más bien tenían la intención de producir, en alguien que no pudiera leer el lenguaje del que fueron traducidos, algo del mismo efecto que el que transmiten los originales a los que están familiarizados con aquél.[120]​ Sus estudios persas lo llevaron primero a traducir en 1856 el Salámán y Absál de Jami. Después de esto se sintió atraído por el Mantiq al Tayr de Attar, y en 1859 había hecho del mismo una especie de traducción abreviada, a la que llamó El Lenguaje de los pájaros.[121]

En 1859 publicó anónimamente la breve obra que le daría fama imperecedera,[122]​ anteriormente referida. En el mundo en general, y en el círculo de los amigos personales de Fitzgerald, el poemario no parece haber atraído la atención en un principio.[123]​ Pero Rossetti lo descubrió en 1860, e inmediatamente le siguieron Swinburne y Lord Houghton. Los Rubáiyát se hicieron poco a poco famosos.[123]​ Omar Khayyam fue un distinguido astrónomo persa del siglo XI que, al margen de su obra matemática, dejó un centenar de coplas sueltas. Fitzgerald hizo con ellas un poema, traduciéndolas libremente y poniendo al principio las estrofas que se refieren a la mañana, a la primavera y al vino y, al fin, las que hablan de la noche, de la desesperación y la muerte.[124]​ Pocas veces en la literatura inglesa una traducción ha merecido, como en este caso, las consideraciones de una obra original.[125]​ La suave melancolía que se desprende de las estrofas y el estilo romántico fueron los elementos que Fitzgerald añadiría al original.[126]​ Trató con tanta libertad al poeta persa medieval, y puso en los versos aquel sentimiento de tristeza que su siglo tan bien conocía, que, aunque se trate de una traducción, el autor debe ser considerado como un artista, y uno de los más estimables, entre las figuras de su siglo.[126]​ De momento, el tomito de los Rubáiyát of Omar Khayyám, de Fitzgerald,[125]​ fue publicado en su primera edición con 75 poemas. En sus traducciones, Fitzgerald no pretendía tanto una mera reproducción literal del sentido del texto original como la reproducción de su efecto en el lector, y en esto resultó extraordinariamente exitoso.[127]

Robert Bulwer-Lytton (1831-1891), hijo de Edward Bulwer-Lytton (véase), fue, además de político (ejerció el cargo de Virrey de la India durante cuatro años), un poeta que escribió usualmente bajo el seudónimo de «Owen Meredith». Se consideraba a sí mismo más como poeta que como hombre de negocios; pero, pese a que poseía en gran medida algunas de las cualidades de un poeta, nunca obtuvo el reconocimiento del público o de la crítica.[128]​ La lista de sus obras publicadas es la siguiente: Clitemnestra y otros poemas (1855); El vagabundo (1858); Lucile (1860); Serbski Pesme, o canciones nacionales de Serbia (1861); Tannhäuser (en colaboración con Mr. Julian Fane,[Nota 4]​ 1861); Crónicas y personajes (1867); Orval, or The Fool of Time (1868); Fábulas cantadas (2 volúmenes, 1874); Glenaveril o las metamorfosis (1885); En pos del Paraíso, o las leyendas del destierro y otros poemas (1887); Marah (1892); y King Poppy (1892). Los dos volúmenes mencionados en último lugar fueron publicados póstumamente. Algunas piezas inéditas hasta entonces están incluidas en un volumen de Selecciones publicado, con una introducción de Lady Betty Balfour, en 1894. Su estilo métrico era sencillo y copioso, pero no preciso. A menudo da la impresión de haber sido producido con facilidad, porque el flujo de su pensamiento le llevaba consigo, y de no haberse sometido a un pulimento prolongado o minucioso. Frecuentemente sirvió de sugerencia para la obra de otros poetas, especialmente en sus producciones más tempranas.[129]

Tras abandonar el oficio clerical, el reverendo escocés George MacDonald (1824-1905) se dedicó a la literatura,[130]​ y en 1855 publicó su primer libro, Within and Without, un poema cuyo primer borrador había sido escrito en el invierno de 1850. Es una tragedia poética sobre el amor conyugal y la incomprensión. En el ardor de sus aspiraciones religiosas, muchos versos recuerdan a los primeros poemas de Browning, en especial a Pauline, aunque sin la oscuridad de Browning. El libro se ganó el aprecio de Tennyson y la intensa admiración de Lady Byron.[131]​ Un volumen de Poemas publicado en 1857 consolidó la reputación de MacDonald.[131]​ Más tarde se pasaría a la ficción[130]​ narrativa. Pero MacDonald era por encima de todo un poeta. El Diario de un alma anciana (1880) debe clasificarse junto con las mejores obras de Crashaw y Vaughan.[132]​ Su poesía resulta acogedora y directa, y está marcada por el fervor religioso y la sencillez.[133]

Frederick Locker-Lampson (1821-1895) publicó en 1857 su primera colección de poesía, London Lyrics, un pequeño volumen de noventa páginas, y el germen de toda su obra posterior. Ampliado o reestructurado en sucesivas ediciones, la última de las cuales data de 1893, este constituye su legado poético. En 1867 publicó la célebre antología titulada Lyra Elegantiarum, conteniendo "algunos de los mejores especímenes de «vers de société» y «vers d'occasion» en lengua inglesa".[134]​ Como poeta pertenecía a la escuela de Prior, Praed y Hood, y admiraba mucho la destreza métrica de Barham. Su principal empeño, decía, era evitar la planitud y el tedio, cultivar la franqueza y la sencillez tanto en el lenguaje como en la idea, y preservar la singularidad sin excentricidad ni afectación. En esto alcanzó el éxito. Su obra resulta siempre pulcra y clara, moderada en su arte y refinada en su tono;[134]​ a un ingenio que rivaliza con el de Praed, y una ligereza digna de Prior, con frecuencia une un toque de patetismo que recuerda la voz de Hood. Su obra maduró a medida que él se hacía viejo, y se alejó más de sus primeras muestras.[134]

London Lyrics, el único volumen de poesía original de Locker, ha aparecido en numerosos formatos desde su primera publicación en 1857.[135]​ Locker preparó en 1882 un volumen suplementario, impreso de forma privada, titulado London Rhymes.[135]

Poetas irlandeses victorianos[editar]

James Wills (1790-1868) publicó en 1831 en Dublín The Disembodied and other Poems;[136]​ en 1845 publicó Esbozos dramáticos y otros poemas.[136]​ En 1868, poco antes de su muerte, publicó El idólatra y otros poemas, que, como los Esbozos dramáticos de fecha anterior, consistía en una recopilación de aportaciones dispersas a varias publicaciones periódicas. Su poesía no carece de mérito; las composiciones más breves rezuman un fuerte espíritu de patriotismo irlandés de la mejor especie.[136]​ Algunos de sus más ambiciosos poemas muestran gran parte del poder dramático que heredaría su hijo, William Gorman Wills.[137]

James Clarence Mangan (1803-1849), humilde poeta irlandés criado en un ambiente de pobreza, contribuyó con versos de muy diverso mérito a una serie de periódicos irlandeses, y con traducciones del alemán al Dublin University Magazine.[138]​ La tendencia mística de la poesía alemana poseía un atractivo especial para él. Escogía poemas que estuvieran en sintonía con su propio temperamento melancólico, y en este campo hizo muchas cosas que resultaron excelentes.[139]​ Sus facultades poéticas fueron consideradas por algunos críticos como suficientes para haberle hecho conquistar el primer puesto entre los poetas irlandeses; pero sus hábitos irregulares y destemplados le impidieron alcanzar una firme excelencia. Lo mejor de su obra, generalmente inspirada en las miserias de su país, se eleva a menudo a un alto nivel de fuerza trágica, y de haber sido la pujanza de su carácter igual a su talento poético es difícil decir hasta qué niveles podría haber llegado.[140]​ En 1834 apareció su primera contribución al Dublin University Magazine, y en la misma revista se sucedería una gran cantidad de prosa y poesía, siendo la mayoría artículos sobre poesía alemana con traducciones. Publicó también numerosas piezas que él pretendía eran traducciones del turco, persa, árabe y copto. Ignoraba totalmente esos idiomas, pero sus muchas lecturas de libros sobre el Oriente le permitieron dar un colorido oriental a su poesía. Tampoco sus adaptaciones de poesía irlandesa estaban elaboradas partiendo directamente de los originales, pues ignoraba el irlandés, y dependían de traducciones en prosa hechas para él[141]​ por terceros.

Mangan fue probablemente el más grande de los poetas irlandeses de nacimiento, a pesar de que sus méritos han sido exagerados por alguno de sus editores. Sus traducciones y paráfrasis resultan notablemente enérgicas, y su dominio del lenguaje no es menos notable que su desenvoltura con las rimas y su oído para la melodía.[142]

Durante algún tiempo tras su muerte no hubo una edición adecuada de sus obras, pero la Antología alemana (1845) y Los poetas y la poesía de Munster (1849) habían aparecido en vida del autor.[139]​ Treinta de las baladas de Mangan fueron publicadas en Romances y baladas de Irlanda, de Hercules Ellis (Dublín, 1850). Una edición incompleta de sus poemas, editada por Mitchel,[Nota 5]​ apareció en Nueva York en 1859.[142]​ Otras selecciones aparecieron posteriormente, notablemente una (1897) de Miss L. I. Guiney.[Nota 6][139]

Mangan ocupa un puesto cumbre entre los poetas irlandeses, pero su fama quedó diferida por la desigualdad y el volumen de su obra, gran parte de la cual yace sepultada en inaccesibles archivos de periódicos bajo sus numerosos seudónimos: «Vacuus», «Terræ Filius», «Clarence», etc. De su genio, aunque a veces resulta morboso, como en su trágica balada autobiográfica "The Nameless One", no puede haber ninguna duda. Expresó con sinceridad nada frecuente la tragedia de las ilusiones y aspiraciones irlandesas, y suministró abundantes pruebas de su versatilidad en sus excelentes versos disparatados, que están en extraño contraste con la tendencia general de su obra.[139]

Sir Samuel Ferguson (1810-1886), poeta y anticuario irlandés, publicó en 1834 una versión en metros ingleses de The Address of O'Byrne's Bard to the Clans of Wicklow (Alocución del bardo O'Byrne a los clanes de Wicklow), The Lament over the Ruins of Timoleague Abbey (Lamento sobre las ruinas de la abadía de Timoleague), The Fair Hills of Holy Ireland (Las bellas colinas de la sagrada Irlanda) y The Forester's Complaint; y en 1836 The Fairy Thorn y Willy Gilliland.[143]​ Fue colaborador del Blackwood's Magazine, en el que apareció su más célebre poema, "The Forging of the Anchor (La forja del ancla)", y uno de los principales promotores del renacimiento gaélico en la literatura irlandesa.[144]​ "La forja del ancla" es una de los mejores baladas modernas.[145]​ En 1865 publicó un volumen de poemas reunidos, Lays of the Western Gael (Lais de la Gaélica occidental); en 1872 Congal, un poema épico en cinco libros; y en 1880 un tercer volumen de Poemas, principalmente sobre temas tomados de la literatura irlandesa.[143]Congal, una narración en metros sobre la era heroica de Irlanda, es con todo, aunque lejos de la perfección ideal, tal vez la tentativa más exitosa hecha por un poeta irlandés moderno para revivificar el espíritu del pasado en un poema de proporciones épicas.[145]

Como poeta es digno de recuerdo en Irlanda, para la cual se esforzó mucho por crear una poesía moderna partiendo de los añejos cuentos de héroes y santos e historias de lugares irlandeses.[143]​ No estaba perfectamente familiarizado con la lengua irlandesa, y tal vez esto explica el hecho de que, mientras que a veces daba a las historias más belleza de la que les restaba, pierde algo de la realidad de la vida antigua, y parece hablar de una escena sombría, y no de los hechos reales de hombres y mujeres. Varios de los poemas de su experiencia propia resultan admirables, y gozarán probablemente de una popularidad permanente en Irlanda. La "Elegía en la muerte de Thomas Davis", "Willy Gilliland" y "Lines on the Liffey in Mesgedra" no son impecables, pero resultan bellos poemas con un genuino aire irlandés.[143]

En julio de 1842 Thomas Osborne Davis (1814-1845), Duffy y Dillon[Nota 7]​ fundaron el periódico The Nation, cuyo primer número apareció el 15 de octubre.[146]​ Gran parte de su éxito se debió a los emocionantes poemas nacionalistas que aparecían de vez en cuando en sus páginas. Un gran número de ellos fueron aportados por Davis, quien, hasta el lanzamiento de The Nation, no había escrito un verso en su vida.[146]​ El Lamento de Owen Roe O'Neill fue publicado en el sexto número, y fue seguido por una serie de poemas líricos ―La batalla de Fontenoy, The Geraldines, Máire Bhán a Stoír y muchos otros― que ocupan un lugar elevado en la poesía nacional irlandesa.[147]​ Parece casi increíble que una balada como El saqueo de Baltimore (el último poema que escribió Davis) debiera haber sido la obra de una mano casi inexperta. Máire Bhán a Stoír, La flor de Finae y Mi sepultura son excelentes ejemplos de su sensibilidad y patetismo, mientras que The Geraldines y Fontenoy están llenos de genuino fervor y sentimiento patrióticos.[146]​ Los Poemas de Davis fueron recopilados y publicados después de su muerte, y constituyeron uno de los volúmenes de la «Biblioteca irlandesa» de Duffy en 1846.[148]

Aubrey Thomas De Vere (1814-1902) fue autor de numerosos libros de poesía;[149]​ comenzó su carrera como poeta publicando en 1842 Los valdenses y otros poemas, un volumen que contenía algunos sonetos y poemas líricos que en la actualidad tienen su lugar en antologías modernas. La búsqueda de Proserpina y otros poemas apareció en 1843, mereciendo el poema que da título al volumen los elogios de Landor.[150]​ Esta obra lo hizo amplia y favorablemente conocido como escritor de poesía, elegante, refinado y fluido.[151]​ A sugerencia de Pío IX escribió Villancicos de mayo, himnos a la Virgen y a los santos (1857), con una introducción que explica su conversión.[152]​ Siempre interesado en las leyendas y la historia de Irlanda,[152]​ en 1861 comenzó una serie de poemas sobre temas irlandeses: Inis Fáil, El niño nupcial, Odas irlandesas, etc.[149]Inis Fáil, una crónica lírica de Irlanda (1862) ilustra los anales irlandeses de seis siglos.[152]​ Su poesía se caracteriza por un sublime tono ético, su poder imaginativo y su grave majestuosidad expresiva.[149]​ Es intelectual, digna e imaginativa, pero algo demasiado alejada del pensamiento y el sentimiento familiares como para lograr una amplia aceptación. Discípulo de Wordsworth desde el principio, tenía predilección por los temas pintorescos y románticos. Lo mejor de su obra está en sus poemas sobre viejos temas irlandeses, y en sus sonetos, algunos de los cuales como "The Sun-God" y "Sorrow" alcanzan un alto nivel de ejecución.[152]

Al igual que muchos de sus jóvenes contemporáneos, Denis Florence MacCarthy (1817-1882) se adhirió al movimiento por la derogación, y en 1843 comenzó a contribuir a The Nation con una serie de poesías políticas, con la firma de «Desmond».[153]​ Después de editar Poetas y dramaturgos de Irlanda y el Libro de las baladas irlandesas (1846), con ensayos introductorios sobre la historia y la religión de los irlandeses y sobre la poesía de baladas, en 1850 apareció su primer volumen de poemas propios, Baladas, poemas y canciones; y en 1857 se publicaron The Bell-founder y Under-glimpses. Dos odas suyas han sido publicadas: Oda a la muerte del conde de Belfast (1856) y El centenario de Moore, impresa de forma privada (1880).[153]

El primer volumen de William Allingham (1824-1889), titulado simplemente Poemas, publicado en 1850 con una dedicatoria a Leigh Hunt, sería sin embargo retirado en poco tiempo, y su siguiente proyecto, Day and Night Songs (Canciones del día y de la noche) (1854),[154]​ un volumen que contiene muchas encantadoras canciones,[155]​ aunque reproducía muchos de los primeros poemas, estaba en una escala mucho más modesta. Su indudable éxito justificó la publicación de una segunda edición el año siguiente, con la adición de una nueva composición principal, "The Music Master", un poema idílico que había aparecido en el volumen de 1850, pero que había sido sometido a tantas modificaciones que casi se había convertido en una nueva obra. También fue añadida una segunda serie de Canciones del día y de la noche.[156]​ En 1864 apareció Laurence Bloomfield en Irlanda,[156]​ un poema narrativo considerablemente extenso en pareados heroicos, que evidencia un cuidadoso estudio de Goldsmith y Crabbe, y es considerado por el propio autor como su obra más importante. Ciertamente fue la más ambiciosa, y su escaso éxito entre el público solo puede atribuirse a la inherente dificultad del tema.[156]​ Se trata de un poema ilustrativo de cuestiones sociales irlandesas,[155]​ que sigue siendo la epopeya del latifundismo filantrópico irlandés, y su falta de estimulante interés queda en buena medida redimida por su riqueza de admirables descripciones, tanto del hombre como de la naturaleza.[156]​ En 1865 publicó Cincuenta poemas modernos, seis de los cuales habían aparecido en colecciones anteriores. Del resto, las más importantes son composiciones de interés local o nacional. A excepción de Canciones, baladas y relatos (1877), básicamente consistente en reediciones, publicó poca poesía más hasta la recopilación definitiva de sus obras poéticas en seis volúmenes (1888-93).[156]​ Allingham mantuvo una estrecha amistad con Dante Gabriel Rossetti, quien contribuyó a la ilustración de sus Canciones….[155]​ Su poesía es clara, fresca y elegante.[157]​ A pesar de trabajar en una escala nada ostentosa, Allingham produjo una gran cantidad de excelente poesía lírica y descriptiva, y sus mejores composiciones son totalmente nacionales en espíritu y colorido local.[155]​ Otras obras suyas son: Evil May Day (1883), Blackberries (1884), Canciones y poemas irlandeses (1887).[157]

Aun sin estar situado entre los más destacados de su generación, Allingham es, en su mejor momento, un excelente poeta, sencillo, claro y elegante, con una singularidad inconfundible aunque no llamativa en exceso. Lo mejor de su obra está concentrado en sus Canciones del día y de la noche.[156]​ El empleo del irlandés coloquial sin "hibernicismos" convencionales fue en su momento una novedad digna de mención.[158]​ El resto de la obra poética de Allingham está en un nivel inferior.[158]

John Francis Waller (1810-1894) merece ser mejor recordado como escritor de poesía, y especialmente como autor de canciones, muchas de las cuales, musicalizadas por Stewart y otros compositores, alcanzaron una amplia aceptación. Algunas fueron traducidas al alemán. Las más conocidas son tal vez "Las voces de los muertos", "Cushla ma Chree" y "La canción del vaso". De esta última, Richard Monckton Milnes dijo que era una de las mejores "canciones de borrachera" de la época. Waller también escribió la Oda imperial para la Exposición de Cork (1852), y una oda sobre La edificación del campanario del Trinity College, que junto con otras composiciones del mismo género fueron publicadas en 1864 como Odas ocasionales.[159]

Alfred Perceval Graves (1846-1931) jugó un papel destacado en el resurgimiento de las letras irlandesas.[160]​ Es el autor de la famosa balada del Padre O'Flynn[160]​ ―recogida en su libro El padre O'Flynn y otros poemas líricos irlandeses (1889)― y de muchas otras canciones y baladas. En colaboración con Sir C. V. Stanford publicó Canciones de la vieja Irlanda (1882) y Canciones y baladas irlandesas;[160]​ los aires de sus Canciones tradicionales irlandesas (1897) fueron arreglados por Charles Wood,[Nota 8]​ con quien también colaboró en Canciones de Erin (1901).[160]​ Otras obras suyas son: Canciones de Killarney (1872) y Cancionero irlandés (1894).[161]

Poesía religiosa[editar]

Conviene tener en cuenta la poetización de las experiencias religiosas de Arthur Hugh Clough, John Keble, John Henry Newman y demás miembros del Movimiento de Oxford.[Nota 9][98]John Keble (1792-1866) fue clérigo, poeta y teólogo. En 1833, su famoso sermón sobre "La apostasía nacional" dio el primer impulso al Movimiento de Oxford, del que fue considerado, junto con Pusey y tras la marcha de Newman a la Iglesia de Roma, como su líder.[162]​ En 1846 publicó otro libro de poemas, Lyra Innocentium.[162]​ En 1847 apareció el único volumen completo de sermones de Keble publicado en vida del autor. Se titulaba Sermones académicos y ocasionales, y pretendía principalmente, como indica el prefacio, evitar que los clérigos siguieran el ejemplo de Newman.[163]​ Este volumen contiene el famoso sermón sobre "La apostasía nacional", que Newman siempre consideró "el punto de partida del Movimiento de Oxford". Es a la vez singularmente sencillo y completamente valiente y franco.[163]​ Tras su muerte aparecieron doce volúmenes de Sermones parroquiales.[162]​ Sus poemas, si bien en modo alguno poseen idéntico mérito literario, se caracterizan generalmente por su delicado y genuino sentimiento poético, y por su lenguaje refinado y a menudo extremadamente alegre; y resulta ser una prueba de la fidelidad a la naturaleza con la que sus temas son tratados el hecho de que el libro se haya convertido en un clásico religioso con lectores muy alejados del punto de vista eclesiástico del autor y de su línea general de pensamiento.[162]​ Keble ejerció una enorme influencia espiritual sobre su generación.[162]

En cuanto a la obra poética de John Henry Newman (1801-1890), durante una gira por Europa escribió la mayoría de sus poemas breves, entre ellos "Lead Kindly Light", que fueron publicados en 1834 bajo el título de Lyra Apostolica.[164]​ Escribió ocho volúmenes de sermones (Oxford Sermons, 1828-1853),[165]​ que le sitúan en primera fila entre los predicadores ingleses,[164]​ y el poema El sueño de Geroncio[164]​ (1865).

La carrera de Arthur Hugh Clough (1819-1861) fue mucho menos brillante de lo que se esperaba.[109]​ Con todo, siquiera de manera intermitente, sus poemas ofrecen una fuerza, un coraje y una efervescencia mucho más atractivos para el lector actual que la melancolía reinante.[109]​ Estuvo inicialmente bajo la influencia de Newman,[166]​ y adquirió el más vivo interés por las controversias teológicas de la época. El resultado en su caso fue un abandono gradual de su credo inicial.[167]​ Posteriormente se convirtió en un escéptico.[166]​ Nunca se mostró amargo hacia la Iglesia de su infancia, pero llegó a considerar sus dogmas como imperfectos e insostenibles.[167]​ Había perdido la fe, es verdad, pero nunca dejó de interesarse por la religión. En The Last Decalogue (El último decálogo), versión de los diez mandamientos adecuada a una época basada en el rendimiento económico, quebranta la hipocresía de la piedad victoriana.[109]​ De su lucha con este mundo sin Dios surge en ocasiones una vitalidad sorprendente, una sensación de tranquilidad, incluso de victoria, por coyuntural que ésta sea.[168]​ En el Oriel College de Oxford llevó grupos de lectura, uno de los cuales le sugirió[167]​ el poema homérico-pastoral The Bothie of Tober-na-Vuolich (1848), escrito en hexámetros[166]​ y pleno de socialismo, humorismo de los grupos de lectura y paisajes escoceses.[169]​ Su pensamiento heterodoxo en aquel momento había entrado en conflicto con la ortodoxia requerida en su labor académica, lo que le obligó a renunciar a ésta; la sensación de alivio que esta renuncia le supuso se manifestó en textos literarios optimistas a la par que reflexivos, y publicó poemas tanto nuevos como antiguos.[169]​ Así, Ambarvalia (1849), publicado conjuntamente con su amigo Thomas Burbidge, contiene poemas breves de diversas fechas desde 1840 (o anteriores) en adelante.[169]​ En Roma, en 1849, escribió Amours de Voyage (Amores de viaje), una novela corta en verso.[166]​ Su último poema extenso, el Dipsychus, fue escrito en un viaje a Venecia en 1850.[170]​ Se trata de una sátira más bien irregular.[169]​ Cabe destacar también los idilios que componen Mari Magno, o relatos de a bordo[169]​ (1861). Sus poemas, aunque repletos de delicadas y sutiles meditaciones, son, a excepción de algunos poemas líricos breves, deficientes en su forma, y los hexámetros que empleó en The Bothie… resultan a menudo toscos, aunque tal vez utilizados tan eficazmente como por cualquier escritor de poesía en inglés.[166]​ Clough fracasó en llevar a cabo cualquier proyecto extenso, y su poesía resulta deficiente en forma y acabado; con todo, para las mentalidades congeniales posee un encanto mayor que el de mucha poesía de superior refinamiento y elaboración más exquisita.[170]​ Aunque Clough fue, hasta cierto punto, un discípulo de Wordsworth, muestra la originalidad de un verdadero genio en sus descripciones de paisajes y en su tratamiento de los grandes problemas sociales y filosóficos de su tiempo. Si bien algunos contemporáneos mostraron mayor destreza artística, nadie ofreció mayores indicios del poder de revestir el lenguaje poético de una reflexión seria.[170]​ Algunos de sus mejores poemas líricos poseen una intensidad melódica que iguala a su profundidad reflexiva.[169]​ No obstante, era justamente considerado, al igual que su amigo Matthew Arnold, como uno de los poetas ingleses más característicos de mediados del siglo XIX.[169]​ Su poesía lleva a cuestas la melancolía y la perplejidad de una época de transición.[169]​ En el aspecto técnico, la obra de Clough resulta interesante para los estudiosos de la métrica, debido a los experimentos que llevó a cabo, en The Bothie y otras, con hexámetros en inglés y otros tipos de versos formados sobre la base de modelos clásicos.[169]​ Clough vino a tender un puente entre la primera etapa de la época victoriana y algunos de los poetas victorianos más tardíos, caracterizados por su cinismo, su exuberancia, por admitir una tierra cada vez más fría y un cielo cada vez más vacío.[171]

Henry Alford (1810-1871) publicó, en febrero de 1833, su obra lírica inaugural, Poemas y fragmentos poéticos,[172]​ volumen que sería posteriormente reeditado con adiciones, conjuntamente con un poema extenso, La escuela del corazón, en 1835, y más tarde (1841) otro pequeño volumen titulado El abad de Muchelnaye, con sonetos, etc.[173]​ Además de editar las obras de John Donne, publicó varios volúmenes de poemas propios[174]​ y una colección de Salmos e himnos[172]​ (1844). Dos de sus numerosos himnos, el himno a la cosecha "Come, ye thankful people, come", y el himno bautismal "In token that thou shalt not fear", se han ganado una muy alta posición.[173]​ En momentos puntuales hizo buena su reivindicación de ser considerado como uno de los más sutiles y tiernos de entre los poetas religiosos menores de Inglaterra.[172]

Bajo el título de El año de la plegaria, Alford publicó en 1866 un libro de devoción familiar, y en 1867, una colección de himnos originales titulada El año de la alabanza, obras poco pretenciosas pero que popularizaron ampliamente el nombre del autor.[172]​ Su última efusión poética de considerable extensión fue Los niños de la oración del Señor, que apareció en 1869.[172]

La pobreza, la carencia durante muchos años de un hogar fijo y una muy mala salud contribuyeron a ahondar las opiniones religiosas[175]​ de Dora Greenwell (1821-1882). Miss Greenwell comenzó su carrera como escritora con la publicación de un volumen de poemas en 1848.[175]​ Fue bien acogido, y seguido en 1850 por otro volumen, Historias que podrían ser ciertas, con otros poemas. Un tercer volumen apareció en 1861, y de este se publicó una edición ampliada en 1867. Su siguiente volumen de poemas se tituló Carmina Crucis (1869).[175]​ Posteriormente publicó Songs of Salvation (Canciones de salvación, 1873), The Soul's Legend (La leyenda del alma, 1873) y Camera Obscura (1876), todas obras poéticas.[176]

Poetas espasmódicos[editar]

La «escuela espasmódica» debe su denominación al profesor Aytoun,[Nota 10]​ quien parodió su estilo en Firmiliano. El epíteto, sin embargo, se lo aplicó por primera vez Carlyle a Byron. La escuela incluye a George Gilfillan, Philip James Bailey, John Stanyan Bigg, Dobell, Alexander Smith y, según algunos críticos, Gerald Massey. Se caracterizaba por una tendencia subyacente al descontento con el enigma de la existencia, por un empeño estéril, una lucha sin recompensa, una desazón escéptica, y por un esfuerzo inquieto en pos de lo inalcanzable. En consecuencia, reflejaba fielmente cierta fase del pensamiento del siglo XIX. Las creaciones de la escuela están marcadas por un exceso de metáforas y una habitual extravagancia lingüística. Por otro lado, muestran una frescura y una originalidad a menudo ausentes en obras más convencionales.[177]

Poesía social y poesía política[editar]

Thomas Hood (1799-1845), humorista y poeta, fundó un magacín[178]​ y lo dirigió desde su lecho de enfermo, del que nunca se levantaría,[178]​ y en el que compuso poemas, muy pocos en número, pero inmortales en la lengua inglesa, tales como "Song of the Shirt (Canción de la camisa)" (que apareció de forma anónima en el número navideño de Punch de 1843), "The Bridge of Sighs (El puente de los suspiros)" y "Song of the Labourer (Canción del jornalero)", que aprovecharon los profundos intereses humanos de la época, y los transportaron desde el terreno de la filosofía social hacia los más sublimes dominios de la imaginación. No son expresiones clamorosas de ira ante las discrepancias y los contrastes de la humanidad, sino imágenes sencillas, solemnes de las condiciones de vida, cuya existencia no podían negar ni el político ni el moralista, y que éstos están imperativamente llamados a remediar. La mujer, en su vida desaprovechada, en su muerte apresurada, se presenta en ellos apelando a la sociedad que la degrada, con una combinación de elocuencia y poesía, de formas artísticas a la vez instantáneas y permanentes, y con gran energía y variedad métricas.[178]​ En el New Monthly Magazine apareció Miss Kilmansegg, tal vez su obra maestra dentro de su más característico estilo propio. Un éxito aún mayor alcanzaría la "Canción de la camisa".[179]​ En 1844 recopiló algunas de sus composiciones recientes en un volumen titulado Whimsicalities (Caprichosidades), ilustrado por Leech.[Nota 11][179]​ Sus poemas fueron editados por Canon Ainger en 1897.[179]

Como poeta en el sentido más convencional y restringido era elegante, grácil y sensible, pero no muy potente. Como humorista era exuberante y estaba dotado de una facultad perfectamente excepcional de jugar con las palabras. Como poeta es un discípulo nada indigno de Lamb y Hunt; como humorista se asemeja a Barham,[Nota 12]​ con menos opulencia de invenciones grotescas, pero con un patetismo para el que Barham era un extraño. En sus dos poemas más famosos, la "Canción de la camisa" y "El puente de los suspiros", este patetismo está casi separado del elemento humorístico en el que comúnmente va incrustado, y el resultado son dos de los más raros logros de la poesía contemporánea.[180]

Thomas Cooper (1805-1892) fue un destacado cartista desde 1840 y en los años posteriores fue uno de los líderes de la facción más extremista entre los cartistas.[181]​ En 1842-43 fue acusado de sedición y conspiración,[182]​ y condenado a dos años de prisión. La mayor parte de ese tiempo la pasó en la cárcel de Stafford,[182]​ donde escribió algunos cuentos y El purgatorio de los suicidas, una epopeya política en diez libros, escrita en estancias spenserianas. El poema es una representación poética de los ideales del movimiento radical, y las circunstancias y motivaciones de algunos de los más famosos suicidios de la historia son utilizados como contexto moral y político de la obra.[182]​ Gracias a la ayuda de Douglas Jerrold[Nota 13]​ la obra apareció en 1845.[183]​ Alcanzaría una tercera edición en 1863.[182]​ En aquella época adoptó puntos de vista escépticos, que mantendría hasta 1855,[184]​ cuando renunció repentinamente a las doctrinas de libre pensamiento que durante tantos años había sostenido, y se convirtió en conferenciante sobre las evidencias cristianas:[183]​ se convirtió en cristiano, unido a los bautistas, y fue entre ellos un predicador.[184]​ Además de sus poemas escribió varias novelas.[184]

Las Obras poéticas reunidas de Cooper fueron publicadas en Londres (1877).[182]

En 1855, Ernest Charles Jones (1819-1869) publicó el volumen El día de la batalla y otros poemas, del cual Landor escribió: "Byron lo habría envidiado, Scott lo habría aplaudido". Sus canciones políticas, de las cuales las mejores son la "Canción de los pobres", la "Canción de los jornaleros", la "Canción del esclavo de la fábrica" y la "Canción de las clases pobres", muestran un poderío lírico considerable, y fueron sumamente exitosas.[185]​ En 1857 publicó La rebelión del Indostán, supuestamente escrito en prisión, en 1848 y 1849, con su propia sangre sobre las hojas sueltas de un devocionario rasgado, e impreso de forma privada en 1850; en 1859 escribió Corayda y otros poemas.[185]​ Como poeta poseía una gran aptitud lírica.[185]

Joseph Skipsey (1832-1903), el poeta minero, que trabajó en las minas de carbón desde los siete años, no tenía estudios, pero pronto aprendió a leer y escribir.[186]​ En 1859 publicó un volumen de Poemas, del cual no parece haberse conservado copia alguna.[186]​ Skipsey publicó Poemas, canciones y baladas (1862); El niño minero y otros poemas líricos (1864); Poemas (1871) y Un libro de poemas líricos misceláneos (1878).[186]​ Siguieron Villancicos de los yacimientos de carbón (1886) y Canciones y poemas líricos (1892). La obra publicada de Skipsey pronto recibió elogios de los críticos perspicaces.[186]

Los poemas de Skipsey eran principalmente líricos, y muestran la influencia de Burns y Heine. Lo mejor de su obra está en las poesías inspiradas por su experiencia como minero. Adquirió el hábito de revisar cuidadosamente su trabajo, pero no pudo vencer la innata aspereza de su lenguaje.[187]

Poesía cómica y humorística[editar]

Entre la poesía menor de la época victoriana no debemos olvidar la masa de buenos versos humorísticos que encontraron salida en las páginas del Punch y de otras publicaciones cómicas.[188]​ Los tres tipos de humor ―el disparate, la parodia gruesa y la sugestión sutil― tuvieron exponentes valiosos. La crema del despropósito se encuentra en el Book of Nonsense (Libro de los disparates) (1846) de Edward Lear,[Nota 14]​ que Ruskin puso en primer lugar en una lista de cien libros deliciosos.[188]​ En la década de 1860, el comediógrafo W. S. Gilbert aportó excelentes versos cómicos a la revista Fun, con ilustraciones humorísticas, fruto de su propia pluma, bajo la firma de «Bab». Una selección de estos poemas líricos, en los que una hábil artesanía combina una estimulante sátira sobre el carácter engañoso de las apariencias con los incontenibles disparates de un Lewis Carroll, fue publicada de forma independiente en 1869 bajo el título de Bab Ballads (Baladas de «Bab»), y fue seguida por More Bab Ballads (Más baladas de «Bab»)[190]​ (1873). Gilbert buscó efectos paródicos gruesos en los libretos de sus famosas óperas cómicas. Son ingeniosos por las rimas, convincentes por la lógica y desconcertantes por las consecuencias. El verso no está vestido con la belleza de los de Aristófanes ―cuyas comedias son lo que más se le parece―, pero la música de Sullivan les da una gracia muy subida. No solo es la perfección de la música ligera y humorística, sino la resurrección del genuino arte inglés de la melodía.[191]C. S. Calverley (1831-1884), poeta y traductor,[192]​ brillante como erudito, músico y orador, es tal vez más conocido como uno de los más grandes parodistas.[192]​ Su poder imitativo, combinado con su ágil ojo para lo ridículo, hicieron de él tal vez el mejor parodista en su idioma. Su destreza intelectual, su lúdico humor y su agudo ingenio lo sitúan en primera fila entre los modernos escritores de los tipos más ligeros de poesía.[193]​ Es maestro de la parodia sutil y de las sorpresas ingeniosas tanto en versos en inglés como en versos latinos. Ha tenido muchos imitadores en la parodia, pero sus impresiones de Tennyson, Browning, Rossetti y Tupper son particularmente vivas y durarán tanto como sus fuentes. Calverley coloca la idea o el epíteto incongruente en sus versos ligeros con un arte que tuvo por padre a Horacio.[194]​ El ingenio de Calverley era sentido común refinado; no era un místico, y dirigía sus bienhumoradas burlas contra lo artificioso, lo oscuro y lo mórbidamente sentimental.[193]​ Su poesía tiene el peculiar encanto del optimismo de un colegial combinado con la exquisita cultura de un concienzudo erudito.[193]​ Publicó Versos y traducciones (1862) y Fly-leaves (1872). También tradujo a Teócrito (1869).[192]

El movimiento prerrafaelita[editar]

En 1850 aparece una nueva tendencia en la poesía victoriana: la del movimiento prerrafaelita, surgida, a su vez, de la acción de la Hermandad Prerrafaelita, una asociación de pintores, poetas y críticos ingleses fundada en 1848 en Londres. Este movimiento poético y artístico protestaba contra la naturaleza mecánicamente literal de la mentalidad victoriana y pretendía recuperar parte de la espiritualidad y de la sencillez del mundo medieval.[195]​ La concepción artística de la Hermandad Prerrafaelita se expresó en la efímera revista The Germ: Thoughts towards Nature in Poetry, Literature and Art (El Germen: Reflexiones en torno a la Naturaleza en la poesía, la literatura y el arte).[Nota 15]​ El prerrafaelismo representó una reacción idealista ―medievalista― frente a la concepción ―más realista y clásica― del arte de los primeros victorianos, y tiende a una expresión más emotiva, busca cualidades imaginativas más internas y una nueva sensibilidad basada en el verdadero culto a la belleza. La inclinación de los prerrafaelistas al ensueño y su inspiración medieval los acerca a los románticos.[196]

Retrato de Dante Gabriel Rossetti a los 22 años de edad, obra de William Holman Hunt (1827-1910).

Dante Gabriel Rossetti (1828-1882), no menos interesante como poeta que como pintor, llegó a ser considerado como el portavoz[196]​ y máximo exponente del grupo. Sus obras pictóricas son de todo punto el mejor comentario a sus poemas.[197]​ Rossetti apartó de su obra todo el interés moral, político y religioso que tanta importancia tiene en la literatura victoriana de la primera época. Despreocupado de intereses científicos, filosóficos e históricos, a Rossetti solo le importaba el amor y la belleza, en particular el amor humano y la belleza femenina.[196]​ La revista The Germ (1850) contenía los primeros escritos en prosa o verso publicados por Rossetti. En ella aparecieron La doncella bendita, el poema en prosa Hand and Soul, seis sonetos y cuatro poemas líricos.[198]La doncella bendita fue escrito en fecha tan temprana como 1847 o 1848. Sister Helen fue producido en su forma original en 1850 o 1851. Sus traducciones de los primitivos poetas italianos también comenzaron ya en 1845 o 1846, y podrían haber estado prácticamente terminadas para 1849.[198]​ De los primitivos pintores italianos aprendió misticismo y exquisitez, y esto se confirmó en sus delicadas traducciones de los primitivos poetas toscanos, especialmente de la Vita nuova de Dante. En realidad, Dante fue su principal inspiración poética, y su discipulado tuvo perfecta expresión en el bello Dante en Verona.[197]Primitivos poetas italianos (1861) y Dante y su círculo (1874) constituyen una escrupulosa selección de traducciones de Dante Alighieri (que incluye la Vita nuova y varios sonetos y poemas) y de sus antecesores y contemporáneos.[199]Primitivos poetas italianos fue saludada con entusiasmo por Coventry Patmore y otros excelentes expertos.[200]​ La obra fue reimpresa en 1874 bajo el título de Dante y su círculo, con los poetas italianos que le precedieron: una selección de poemas líricos, editados y traducidos en sus metros originales. El libro es un jardín de encantadora poesía, impregnada de espíritu italiano.[200]​ Los mayores éxitos están logrados en las composiciones aparentemente más difíciles de reproducir, las ballate y las canzoni.[200]​ Las baladas fascinaban a Rossetti, que usó el recurso de los refranes o estribillos en Lilith y Eden Bower, y en la aún más emocionante Sister Helen.[197]​ Una obra aún de mayor importancia fue afortunadamente llevada a cabo: la publicación en 1870 de sus Poemas reunidos (nueva edición en 1881). Las nuevas composiciones afianzaron plenamente la reputación de aquellas que ya habían aparecido en revistas.[201]​ La magnífica balada épica Rose Mary había sido escrita en 1871, justo antes de que las nubes se oscurecieran en torno a él. A ésta fueron añadidas, en 1880, La nave blanca y La tragedia del rey, baladas superiores incluso en fuerza, aun siendo imaginativamente menos potentes. Las tres fueron publicadas hacia finales de 1881, junto con otros poemas nuevos, principalmente sonetos, en un volumen titulado Baladas y sonetos,[202]​ su último esfuerzo literario.[203]​ Tanto los Poemas de 1870 como las Baladas y sonetos reproducen con extraordinaria verosimilitud la atmósfera misteriosa y sobrenatural que él hallaba en la naturaleza y en la vida.[199]​ Sus composiciones se caracterizan por una extraña combinación de mística y sensualidad.[204]​ Rossetti era exigente en su composición; sus poemas son notables tanto por su concreción, su acabado y su expresión precisa del pensamiento del poeta como por su suntuoso colorismo y su riqueza de imágenes concretas.[203]​ En toda la obra de Rossetti se respira un ambiente de invernáculo, de belleza enfermiza.[205]

No había la misma exquisitez en William Morris[197]​ (1834-1896) amigo íntimo del desventurado Rossetti, que muchas veces (en realidad lo es normalmente) resulta prolijo, pero tenía mayor fuerza creadora.[197]​ Aportó el sentido de los grupos en las escenas de los poemas épicos y el colorido ricamente sugestivo; pero los perfiles son menos puros que en Rossetti. Su vocabulario es sencillo y selecto, lleno de lánguidos ritmos yámbicos, pero su estilo no es llano.[197]​ Precisamente por falta de un estilo llano, Morris fue incapaz para la tragedia. En el último libro de Vida y muerte de Jasón trata el mismo asunto que Eurípides en la Medea, y maravilla ver cuánto más "moderno" resulta el griego, más moderno sencillamente porque es más veraz.[206]

La Belle Iseult (La bella Isolda) ―anteriormente conocido como Queen Guenevere (La reina Ginebra)―, obra de William Morris (1858), representa en atuendo medieval a Jane Burden, con quien Morris contrajo matrimonio en abril de 1859.

Durante 1857 escribió la mayor parte de los poemas publicados por él en marzo de 1858 en el volumen titulado Defensa de la reina Ginebra y otros poemas.[207]​ La primera colección de poemas de Morris fue el manifiesto más temprano del que a veces se ha llamado segundo romanticismo.[208]​ Probablemente nada representa mejor a Morris[209]​ que esta su primera obra importante, la cual nos muestra al autor siguiendo la estela de Rossetti en un mundo medieval y, tomando a Malory y a Froissart como guías, escribe poemas que son humanos y tensos o simplemente bellos sueños líricos sin fuerza ni argumento.[210]​ Sus sugestiones rítmicas, aunque no se aprecian de inmediato, se combinan con una lejanía artística del autor para hacer de ésta una obra sumamente característica.[209]​ La obra pasó prácticamente desapercibida por la crítica contemporánea, pero ahora es reconocida como una de las perlas de la poesía victoriana.[211]​ Hacia 1865 reanudó la escritura de poesía de un modo completamente nuevo y con extraordinaria copiosidad. Ya había estructurado el esquema general de El paraíso terrenal; y en 1866 comenzó la composición de una serie de poemas narrativos para esta obra.[212]​ Uno de los primeros en ser escritos, el "Relato del Vellocino de Oro", sobrepasó sus límites hasta tal punto que se convirtió en un sustantivo poema épico de más de 10.000 versos. Fue publicado por separado, bajo el título de Vida y muerte de Jasón, en junio de 1867, y otorgó a Morris una posición reconocida en lo más alto del escalafón de los poetas modernos.[212]​ Se trata de una larga y lenta epopeya que refiere, con acopio de invenciones circunstanciales y de finos rasgos patéticos, la empresa de los argonautas y el amor de Medea.[213]​ Los tres volúmenes de El paraíso terrenal, sucesivamente publicados entre 1868 y 1870, contenían otros veinticinco poemas narrativos, conectados entre sí por un entramado de compleja destreza y aptitud y belleza singulares.[212]​ En esta su obra más extensa (entre todos los poemas suman más de 50.000 versos),[212]​ Morris regresa a la manera chauceriana de utilizar el verso para contar historias. Le falta la humanidad de Chaucer, y tampoco posee ni su destreza en el uso del lenguaje ni la vívida presentación de los personajes.[210]

El poema Love is Enough (El amor es suficiente), iniciado tras el regreso de Morris de Islandia, y publicado a finales de 1872,[212]​ es un singular e imperfectamente exitoso intento de revivir, conforme a las condiciones modernas, el método dramático de la Baja Edad Media y el verso aliterativo en inglés medio que había quedado en desuso con la llegada de formas métricas extranjeras en el siglo XV.[212]

En 1875 llevó a cabo una traducción en verso de la Eneida de Virgilio,[214]​ que resulta interesante más por su singularidad que por cualquier fidelidad al espíritu del original.[211]​ Sus viajes a Islandia le inspiraron la redacción de sus Tres historias de amor nórdicas y la epopeya de Sigurd el volsungo (1876),[214]​ versión extraordinariamente ambiciosa de la saga escandinava de este tema. El propio Morris pensaba que era su obra poética más sublime, si no la mejor. En ella la influencia nórdica se ve en su apogeo, y destierra momentáneamente, o empuja bajo la superficie, su medievalismo romántico y todo rastro del estilo chauceriano.[215]​ Su inspiración estaba directamente extraída de las epopeyas nórdicas de los siglos X al XII, cuando no derivan de modelos aún más antiguos y más universales; y el Sigurd es a la vez la más larga y poderosamente modelada de todas las obras poéticas de Morris, y el poema que más cerca se aproxima al espíritu y al estilo homéricos de todos los poemas europeos desde la Ilíada y la Odisea.[215]​ Publicó también una valiosa Biblioteca de Sagas.[216]​ En 1887 publicó su traducción de la Odisea, que poseía muchas de las cualidades y defectos de su Eneida, y resulta mucho más interesante como experimento que valiosa como "réplica homérica".[211]

En toda su obra posterior a la madurez hay una marcada ausencia de extravagancias, de alardes, de astucia o eficacia superficiales, y un igualmente marcado sentido de la compostura y la subordinación. En consecuencia, su poesía está singularmente desprovista de versos o expresiones llamativos.[217]​ La Defensa de Ginebra tuvo una profunda influencia en un público muy limitado. Con Jasón y El paraíso terrenal alcanzó una amplia popularidad; y estos poemas, apareciendo como lo hicieron en un momento en que el arte poético en Inglaterra parecía estar reduciéndose a mera faena sobre un campo tres veces arado, no solo ofreció una nueva esfera de acción, alcance y flexibilidad a la poesía rimada inglesa, sino que recuperó para la poesía narrativa un lugar entre los principales géneros artísticos.[217]​ En Sigurd el volsungo Morris parece haber apuntado más alto que en sus otros poemas, pero no parece haber alcazado su propósito con la misma certidumbre; y su propio retorno posterior de la épica al romance puede indicar que este último era el terreno en el que se sentía más a gusto.[218]​ Como editor, fundó en 1890 su propia imprenta: la Kelmscott Press; y uno de los primeros libros que salieron de la misma fue un volumen de poemas breves suyos, principalmente poemas líricos y baladas, titulado Poems by the Way (1891), la mayoría de los cuales se publicaban por primera vez.[219]

Tal vez pueda ser considerado como el principal exponente de la escuela romántica moderna, inspirada en el amor a la belleza por sí misma; su poesía es rica y musical, y posee un poder descriptivo que hace que sus imágenes vivan y brillen, pero su narrativa en ocasiones adolece de extensión y lentitud de movimiento.[220]​ No obstante, pese a la lentitud que algunos críticos le reprochan, fue un gran poeta.[216]

Hay otros dos poetas relacionados con el nombre de Rossetti, aunque su manera de entender la existencia se diferencia ampliamente de la de éste. Su hermana Christina Rossetti (1830-1894), que, aunque admiradora de aquél, llevó una vida devota y religiosa cuyos valores él nunca entendería.[221]​ Con respecto a su hermano, poseía un talento más limitado, pero de gran pureza dentro de sus límites.[197]​ Menos ambiciosa en sus propósitos que Elizabeth Barrett Browning, y de producción más reducida, su poesía es la expresión perfecta de la sencillez de su personalidad. A diferencia de su hermano, cuyo interés por la religión era puramente estético, Christina Rossetti estaba dotada de un temperamento auténticamente religioso, y su fe absoluta y vivencial en los misterios del cristianismo se hallaba en patente contraste con el escepticismo de un amplio sector de la intelectualidad de su tiempo.[222]​ El temperamento profundamente religioso[223]​ de C. Rossetti y su devoción fuertemente anglicana[224]​ explican en gran medida lo que, por lo demás, habría de ser oscuro en su poesía, y dan razón del carácter melancólico e incluso morboso de la mayor parte de aquélla. Pocos han expresado con el mismo patetismo las agonías del amor no correspondido y desesperanzado, y mucho de ese mismo espíritu impregna también su poesía devota.[224]​ Los primeros poemas de Christina Rossetti aparecieron en The Germ en 1850; algunos de ellos son ya ejemplos de lo que va a ser su poesía: musical, íntima, soñadora, meditativa y sencilla.[222]​ Su lenguaje es cristalino, y sus canciones religiosas son tiernas y sencillas.[197]​ En su primer volumen publicado, Goblin Market and Other Poems (El mercado de los duendes y otros poemas), con dos ilustraciones de D. G. Rossetti (1862), alcanza un nivel que nunca volvería a igualar.[224]​ Esta obra indica una imaginación rica y colorista, que se iría posteriormente a medida que aumentaba su fe religiosa.[221]​ Su Goblin Market es original en su concepción, estilo y estructura, tan imaginativo como la Balada del viejo marinero, y solo comparable a Shakespeare por la percepción que muestra de las naturalezas no humana y aún espiritual.[224]​ En este volumen, de hecho, se encuentran aún la mayoría de sus mejores escritos.[225]​ Otras obras poéticas posteriores fueron El progreso del príncipe (1866) y Un desfile y otros poemas (1881).[226]​ Son, con respecto a su anterior obra, muy inferiores, pero están, al igual que Goblin Market, acompañadas de poemas líricos de gran belleza. En muchos de éstos ―tal vez en la mayoría― el pensamiento o bien resulta inadecuado para una composición delicada o está insuficientemente elaborado; pero cuando naturaleza y arte se combinan, el resultado es exquisito. "Dream Love", "An End", "L. E. L.", "A Birthday" o "An Apple Gathering", se pueden citar como ejemplos de lírica perfecta, y hay muchos otros. Poseía también una especial vocación para el soneto, y sus mejores ejemplos rivalizan con los de su hermano, ganando en desenvoltura y sencillez lo que pierden en majestuosa magnificencia. Sin embargo, salvo en Goblin Market, ella nunca se acerca al poder imaginativo o descriptivo de aquél.[224]

Después de producir Sing-Song (canciones de cuna) en 1872, se dedicó principalmente a la composición de obras de edificación religiosa, meritorias en método, pero escasamente relevantes para ser literatura. Obtuvieron, no obstante, una amplia difusión, y probablemente hicieron más por popularizar el nombre de la autora de lo que un segundo Goblin Market podría haber conseguido.[224]​ En 1890 la S.P.C.K.[Nota 16]​ publicó un volumen de su poesía religiosa. Recopiló sus escritos poéticos en 1891.[227]​ Después de esto, escribió poco.[227]​ A pesar de sus evidentes limitaciones de comprensión y experiencia, Christina Rossetti se cuenta entre los poetas más destacados de su tiempo. En la pureza y la solidez de sus mejores poemas líricos, la luz y la música con las que reviste sus modos de ensoñación melancólica, su extraordinaria mezcla de austeridad con dulzura y de santidad en el tono con sensualidad en el color, Christina Rossetti, en sus mejores composiciones, puede desafiar la comparación con los más admirables poetas. La unión de firme fe religiosa con un dominio sobre la belleza material y los aspectos más ricos de la naturaleza ha sido señalada como el rasgo más original de su poesía.[227]​ Sus poemas inéditos, junto con muchos recopilados de publicaciones periódicas, fueron impresos en 1896 por el hermano que la sobrevivió, W. M. Rossetti, bajo el título de Nuevos poemas.[224]​ Estos versos resultan en la mayoría de los casos demasiado irrelevantes en el tema o demasiado inacabados como para aportar nada a su reputación. Pero el carácter de Christina Rossetti era tan interesante, y su sentimiento tan intenso, que pocos de incluso sus más insignificantes poemas líricos están desprovistos de algún toque de genio digno de ser preservado. Al mismo tiempo, su reputación ciertamente habría resistido en lo más alto si hubiera producido menos o quemado más. Ninguna escisión, sin embargo, podría haber eliminado la mácula de la enfermedad que se adhiere a su más bella poesía, ya sea secular o religiosa, a excepción del Goblin Market.[224]

Su poesía se caracteriza por su poder imaginativo, su exquisita expresión, y por su sencillez y profundidad reflexiva. Rara vez imitó a algún precursor, y se inspiró en sus propias experiencias de pensamiento y sentimiento. Muchos de sus poemas son sin duda religiosos en su forma; más son los están profundamente imbuidos de sentimiento y motivación religiosos.[203]​ Con toda su personalidad y su genio innegable, Christina Rossetti estuvo lejos de la rebeldía y del afán de notoriedad de otras escritoras de menos talla. De todo el grupo, fue quien se atuvo mejor a las normas del credo inicial prerrafaelista.[228]

La situación es diferente en el caso de Coventry Patmore (1823-1896), pues en él sería el incremento del sentimiento religioso y espiritual el que le conduciría a un aumento de la capacidad poética.[221]​ Patmore es interesante y desigual, y cantó los placeres de la vida doméstica feliz.[229]​ Se interesó por la literatura movido por el súbito éxito de Tennyson; y en 1844 publicó un pequeño volumen de Poemas no exento de singularidad, pero empañado por las irregularidades de su elaboración;[230]​ éste contenía, junto con otras composiciones menores, cuatro poemas narrativos: "El río", "La hija del leñador", "Lilian" y "Sir Hubert", sorprendentemente originales y singulares en estilo e idea, aunque no sin trazas de Tennyson y Coleridge.[231]​ En muchos aspectos, el volumen anticipó los principios y la obra de los prerrafaelistas en otra esfera artística.[231]

Amigo de Tennyson y de Ruskin, se relacionó con el grupo prerrafaelita y colaboró en The Germ.[232]​ En 1853 volvió a publicar, en Tamerton Church-Tower (El campanario de Tamerton), las composiciones más exitosas de entre los Poemas de 1844, añadiendo varias poesías nuevas que mostraban una clara progresión, tanto en la concepción como en el tratamiento.[230]​ Al igual que sus anteriores obras, El campanario de Tamerton es un poema narrativo,[233]​ y está llena de exquisitos esbozos de paisajes.[233]​ Pero Patmore es sobre todo el poeta del idilio de la vida familiar, del matrimonio santificado por la ternura y por el respeto a las convenciones de una sociedad organizada.[232]​ Buena muestra de ello es su creación más destacada, la tetralogía The Angel in the House (El ángel del hogar) (1854-62), una apoteosis del amor conyugal,[232]​ una historia de amor versificada de gran sencillez, entremezclada con breves meditaciones, unas veces graves, otras veces epigramáticamente ingeniosas, sobre las más profundas significaciones del amor en el matrimonio.[234]​ La primera parte, El desposorio, fue publicada de forma anónima en 1854,[233]​ y tuvo su continuación en Los esponsales (1856); Fiel para siempre (1860),[230]​ un poema de amor no correspondido;[233]​ y Las victorias del amor (1862),[230]​ un poema de duelo.[233]​ Cabe decir que la calidad de la ejecución poética iba in decrescendo, aunque hay cosas sumamente hermosas en Fiel para siempre. No obstante, los cuatro poemas constituyen entre ellos un cuerpo de profunda, tierna y auténticamente poética meditación sobre el amor y los amantes, embellecida con encantadoras imágenes del paisaje y la vida hogareña ingleses, tal como ningún otro poeta ha ofrecido.[233]​ En esta magna obra, que fue su éxito más popular,[229]​ el autor tiene el atrevimiento de utilizar la poesía como algo cotidiano al mismo tiempo que usa efectos realistas. Las partes más filosóficas del poema revelaban ya el misticismo de Patmore,[221]​ patente en sus obras posteriores. En efecto, la muerte de su esposa tras una prolongada enfermedad (1862) y su posterior conversión al catolicismo (1864), orientaron su poesía hacia el misticismo apasionado que impregna las obras de su segunda etapa poética.[232]​ Así lo atestiguan composiciones como las del doble volumen Eros desconocido y otras odas (1877), conjunto de odas sobre temas elevados, muy alejados de la intimidad familiar de sus poemas anteriores.[235][Nota 17]​ Pensamientos profundamente conmovedores y también los más sublimes sobre el amor, la muerte y la inmortalidad son presentados bajo una imaginería extremadamente poética en las odas de The Unknown Eros.[238]​ En ellas, Patmore volvería a desarrollar ese mismo tema, con una enorme osadía en el lenguaje, y con gran capacidad para poner en verso complejos pensamientos.[221]​ El abismo entre El ángel del hogar y las Odas es parcialmente llenado por Amelia, publicado inicialmente en 1878, un exquisito y breve idilio similar a aquélla obra en su asunto, y a esta última en su estructura métrica, y estimado no injustamente por su autor como su obra más perfecta.[236]​ Una recopilación de sus poemas apareció en dos volúmenes en 1886.[230]

Sus obras están llenas de reflexión elegante y sugerente, pero de vez en cuando adolecen de excesiva extensión y discursividad.[239]​ Sus mejores poemas tienen ese aire indefinible de lo inevitable que es, después de todo, la piedra de toque de la calidad poética.[230]​ Lo mejor de su obra se encuentra en Eros desconocido, que está llena no solo de pasajes sino de poemas enteros en los que el pensamiento exaltado está expresado en versos de la más rica y digna melodía.[230]​ La magnífica composición en alabanza del invierno, las solemnes y hermosas cadencias de "Departure", y el hogareño pero sublime patetismo de "The Toys (Los juguetes)", no tienen, en sus diversas formas, parangón en la poesía inglesa por la sublimidad de pensamiento y perfección expresiva.[230]

Al círculo de Morris y de Rossetti perteneció el gran poeta erótico Algernon Charles Swinburne (1837-1909), que trajo al idioma inglés una nueva música. Su poesía es, aún más que la de Tennyson, intraducible.[240]​ Nadie consiguió convulsionar tanto la moralidad burguesa.[241]​ El constante y cacareado erotismo de sus primeros poemas, su permanente apelación al placer frente a la obligación, a la experimentación sensual frente al control de uno mismo, sus llamadas a desechar "los credos que prohíben y constriñen", resultaron indignantes a los mayores, pero fascinantes y liberadores a los más jóvenes.[241]​ Con su obra brillantemente subversiva,[209]​ Swinburne fue, por encima de todo, un melodista. El efecto que producen sus versos al conocerlos por primera vez es irresistible; con su pasión y su rapidez, enciende el alma del lector. Las aliteraciones y los ecos aumentan la fuerza del hechizo, que se ejerce a través de estrofas de estructura nueva.[209]​ Su mayor debilidad reside en que el verdadero pensamiento falta con frecuencia, habiéndose perdido en una sugestión aliterativa o rítmica.[242]​ En sus primeros años Swinburne perteneció a la Hermandad Prerrafaelita,[243]​ y a consecuencia de su estrecha vinculación con los prerrafaelitas se sometió sucesivamente a la influencia clásica y a la romántica, y mostró las huellas de ambas en sus obras.[244]​ Ningún poeta, excepto quizá Lord Byron, sorprendió tanto al público inglés. Su obra, espectacular y revolucionaria, causó, como la del gran poeta romántico, admiración y extrañeza.[245]​ Tras casi un siglo de indiferencia, Swinburne fue el primer poeta inglés que tuvo conocimiento de las novedades que habían tenido lugar en la Europa continental. Tomó a Victor Hugo por maestro y por héroe; a Victor Hugo, a quien miraba con recelo la Inglaterra victoriana por impío y poco respetable.[242]​ Nadie puede lanzar acusaciones más torrenciales que Swinburne. Cuando se excita su odio, ya sea en verso, ya sea en prosa crítica, desencadena un ataque irresistible; y es casi tan eficaz en la alabanza de lo que le agrada, aunque muchas veces se muestre parcial.[242]​ Posee una técnica poética arrolladora, en la que la belleza y el virtuosismo rítmico fluyen aparentemente sin esfuerzo.[241]​ En 1865 apareció la tragedia lírica de Atalanta en Calidón, seguida al año siguiente por los famosos Poemas y baladas, y con estas obras el poeta pasó a ser el centro de atención del público, y de inmediato comenzó a disfrutar de una buena aceptación casi comparable a la alcanzada por Byron.[246]​ La aparición de Atalanta en Calidón determinó su reconocimiento inmediato como poeta de primer orden.[244]​ El "Himno a Artemisa" incluido en Atalanta es sin duda uno de los más espléndidos ejemplos del poder de la métrica en el lenguaje.[244]​ Tanto Atalanta como sus Poemas y baladas (1866), obra violentamente atacada por inmoral, tuvieron tanto éxito como el Childe Harold de Byron, y provocaron tanta indignación como los primeros cantos del Don Juan[245]​ byroniano. Los Poemas y baladas contienen pruebas de sus diversos entusiasmos: por Safo y los griegos, por Hugo y Baudelaire, por las baladas trágicas.[188]​ Fueron vehementemente atacados, pero "Dolores" y "Faustine" estuvieron en boca de todos.[246]​ La sensualidad que impregna su obra, que algunas veces llega a la animalidad, se encuentra pujante en la primera serie[188]​ de este volumen, el cual causó una profunda sensación, tanto entre los críticos como entre el común de los lectores, por su audaz ruptura con las normas establecidas, políticas y morales, y originó una prolongada y amarga controversia.[244]​ Swinburne extrajo un placer exquisitamente decadente de la desesperanza ("Laus veneris"), del pecado ("Fedra") y de la lascivia cruel ("Anactoria"), mientras que en el "Himno a Proserpina" exaltó el antiguo paganismo apolíneo.[188]​ La poesía victoriana había mantenido sus temas, y Swinburne, deliberadamente rebelde, escribió sobre un amor apasionado, cruel, en ocasiones pervertido y sádico. En lugar de sentimientos delicados y de veneración por el otro, en él encontramos desvarío, crueldad y hastío.[247]​ Las tres series de composiciones, con su rebeldía contra el puritanismo y la honorabilidad, abrieron en la literatura victoriana una brecha que permitió el paso de la corriente que llevó al decadentismo.[248]

Algunas de sus composiciones fueron seriamente censuradas por su desenfadado desprecio de la tradición y espíritu pagano.[249]​ Una nueva fuerza parece surgir en algunos de sus volúmenes postreros, como en Cantos antes del alba (1867-71), elogio de la independencia italiana.[250]​ Pero cuando posteriormente se dedicó a escribir sobre temas más amplios y más normales, su poesía se convertiría en pura retórica, y las palabras vacilarían en medio de melodías laberínticas en las que la sonoridad excedería el significado.[250]​ Volviendo a los modelos griegos que había seguido con tanto éxito en Atalanta produjo Erecteo (1876), cuyo extraordinario poder métrico causó admiración general.[244]​ En la segunda serie de Poemas y baladas (1878) se percibe la influencia francesa.[246]​ Swinburne dio nueva flexibilidad al dístico heroico[188]​ en su Tristán de Leonís (1882), revisión del mito de Tristán e Isolda, pero pervive sobre todo por sus poesías líricas.[188]​ En Tristán de Leonís el pareado heroico experimentó una metamorfosis completa. No unido ya a la antítesis y a una aguda cesura, se convirtió en un rico, melodioso metro, capaz de una infinita variedad de notas y armonías, palpitante, intenso.[251]

En la brillantez de su ejecución revelaba Swinburne la vacuidad de muchas obras victorianas. Derribó los viejos valores con resonante estrépito, pero no estableció otros nuevos o sólidos. Puso fin a una época y anunció otra nueva, una época nueva de gran confusión, de tendencias múltiples y sin realizaciones seguras.[188]

Swinburne, incluso lo que su obra tiene de pagana sensualidad, nos resulta superficial y en cierta medida inseguro. Cuando celebra el placer que produce el dolor, no estamos ante la unión de los contrarios que vemos en Keats, sino ante el deseo histérico y un tanto infantil de provocar a toda costa. Y, como siempre, hay versos memorables que se pierden en poemas mal resueltos, víctimas de un lirismo informe y sin objetivo (como ocurría con los poemas más endebles de Shelley).[252]​ La poesía de Swinburne revolucionó por completo el sistema de expresión métrica. Encontró la poesía inglesa encorsetada en la esclavitud del yámbico; la dejó deleitándose en la libertad del coriambo, el dáctilo y el anapesto. Efectos enteramente nuevos; una riqueza de orquestación semejante a la armonía de una banda de muchos instrumentos; el estruendo de las olas, y el murmullo de las hojas al viento; estos, y un repertorio de otros sorprendentes recursos poéticos se aliaron en su poesía al dominio del lenguaje y a un arrollador impulso en pos de la belleza formal y la exquisitez imaginativa.[251]​ El servicio que Swinburne prestó al idioma inglés como vehículo para el efecto lírico es simplemente incalculable. Revolucionó todo el esquema de la prosodia inglesa.[251]​ Fue el poeta de la juventud insurgente contra todas las restricciones del convencionalismo y la costumbre.[251]

Últimos poetas victorianos[editar]

Aunque más conocido como novelista, George Meredith (1828-1909) comenzó escribiendo deliciosos poemas líricos fácilmente inteligibles, de entre los cuales el más memorable es sin duda "Amor en el valle",[221]​ incluido en su primer volumen. Escribió varios volúmenes de poemas; entre ellos: Poemas (1851); Modern Love (1862); Poemas y cantos del goce de la Tierra (1883); Baladas y poemas de la vida trágica (1887); Interpretación de la Tierra (1888); Una lectura de la vida (1901) y Últimos poemas[253]​ (de publicación póstuma). Sin embargo, la poesía de Meredith no se difundió entre el público inglés de su tiempo, y tampoco es muy conocida en nuestros días.[253]​ Era algo mayor que cualquiera de los prerrafaelistas, y aunque estuvo en contacto con ellos, su temperamento y su poesía son muy diferentes. Meredith es un poeta realista, y los amaneramientos, languideces y fogosidades de los prerrafaelistas no cabían en su arte.[254]​ Para él, la poesía debía expresar las realidades de la vida contemporánea, no mediante una simple descripción de costumbres, sino interpretando los nuevos modos de pensar y de sentir que, siendo auténticos, no hubieran encontrado aún expresión literaria. En este aspecto, Meredith y Thomas Hardy son dos poetas absolutamente modernos.[254]​ En el primer volumen de Meredith, Poemas (1851), el nivel general de resultado y belleza es alto; hay atrevimiento en los experimentos rítmicos sin rima del joven poeta.[255]​ El poemario se ganó numerosos elogios. W. M. Rossetti lo describió como "keatsiano".[255]​ El pequeño volumen resultó afortunado al menos al obtener el elogio de los dos expertos cuya opinión resultaba de la mayor importancia para un principiante. Tennyson fue inmediatamente sacudido por el genuino sabor de sus versos,[256]​ y escribió que encontraba los de "Amor en el valle" muy dulces en sus labios. La quinina, tan distintiva de la poesía posterior de Meredith, sería importada más tarde.[255]Charles Kingsley sometió al volumen a una esmerada consideración, alabándolo por una riqueza y singularidad de tono que le recordaban a Herrick, por la integridad y coherencia en cada poema independiente, y por la animada dulzura y el vigor de su atmósfera general. Al mismo tiempo censuró la laxitud del ritmo, la ocasional carencia de lustre, y la tendencia a sobrecargar las descripciones con detalles objetivos en confusión con el efecto principal.[257]​ El complejo análisis de los estados de ánimo, característico de sus novelas, posee también su contrapartida poética en Modern Love,[258]​ generalmente considerada como su mejor obra poética.[259][Nota 18]​ Algunos de los "sonetos" individuales (de dieciséis versos) en los que se divide Modern Love son ciertamente dignos de ser clasificados dentro de la más sutil y más intensa obra poética del siglo XIX.[260]​ El libro incluía "Juggling Jerry", "El viejo cartista" y otros poemas reimpresos del Once A Week,[Nota 19]​ además de doce nuevos poemas.[261]​ En cuanto a las composiciones incluidas en el volumen Poemas y cantos del goce de la Tierra, "Los bosques de Westermain", en particular, posee un sentido de la misteriosa comunión del hombre con la naturaleza no igualado por ningún poeta inglés salvo Wordsworth y Shelley. Baladas y poemas de la vida trágica e Interpretación de la Tierra dieron una prueba más de la riqueza de pensamiento y del vigor expresivo que Meredith introdujo en la elaboración de versos. Para la mayoría, sin duda, la poesía de Meredith resulta prohibitiva, o casi ―porque, al fin y al cabo, ha escrito ciertos poemas, como "Martin's Puzzle", "El viejo cartista" y "Juggling Jerry", que nadie puede leer con facilidad―.[260]​ Sus lectores ―de su poesía incluso más que de su prosa― deben estar preparados para conocerlo sobre una base intelectual común.[260]

En 1898 apareció su Odas como contribución al canto a la historia de Francia, que consiste en una oda ("Francia, diciembre de 1870") reeditada de Baladas y poemas (1871) y otras tres inéditas; un buen ejemplo de su noble pensamiento y de su magnífico ―aunque a menudo difícil― lenguaje personal.[260]​ Entre los poemarios de su última época también se encuentran La bolsa vacía y Jump to Glory Jane[259]​ (ambos de 1892).

La calidad literaria de Meredith debe ser considerada siempre a la luz del lado céltico de su temperamento y de las peculiaridades de su bagaje intelectual.[262]​ La supresión de las asociaciones conectivas con frecuencia otorga a su lenguaje, como ya sucediera con el de Browning, pero incluso en mayor medida, un aire de oscuridad impenetrablemente nebulosa. Esta crítica es aplicable principalmente a su poesía.[262]

Dos poetas religiosos, protegidos de Bridges, fueron Richard Watson Dixon (1833-1900), conocido también como historiador de la Iglesia, y Digby Mackworth Dolben (1848-1867). Lo mejor de Dixon son sus poesías líricas breves.[263]​ Publicó siete volúmenes de poesía.[264]​ Su primer volumen de poemas publicado, titulado Christ's Company, había aparecido en 1861, y un segundo, Odas históricas, le siguió en 1863. Estos primeros poemas de Dixon se distinguen por no poco del colorido y la imaginación, y también por algo de la excentricidad, que marcaron las primeras obras de la escuela prerrafaelita.[265]​ Los poemas del primer volumen, aunque en gran parte sobre temáticas religiosas, no son estrictamente poesía religiosa; son obras de una pintoresca imaginación más que de sentimiento devocional. Las Odas históricas muestran un avance en sencillez, y un poder de construcción de las odas, que Dixon posteriormente llevaría aún más lejos. Las odas sobre Wellington y Marlborough contienen mucha buena escritura, y merecen más atención de la que han recibido.[265]​ Pero no fue hasta 1883 que atrajo una atención sobresaliente con Mano, un poema histórico en terza rima, que fue elogiado con entusiasmo por Swinburne. Completaría este éxito con tres volúmenes impresos de forma privada: Odas y églogas (1884), Poemas líricos (1886) e Historia de Eudocia (1888).[266]​ Los últimos poemas de Dixon son los mejores. Crecieron hasta el final en sencillez y fuerza intelectual. Sus canciones postreras poseen algo de la franqueza y de la calidad musical e imaginativa de Blake. Las odas "On Conflicting Claims" y "On Advancing Age", y aquella titulada "The Spirit Wooed", pueden ser consideradas sus obras maestras;[267]​ pero él nunca alcanzaría ninguna popularidad general como poeta, estando el atractivo de su poesía directamente dirigido al erudito. Gran estudioso de la historia, sus estudios en esa dirección dieron colorido a gran parte de su poesía. La atmósfera romántica está notablemente preservada en Mano, un exitoso ejercicio métrico en la difícil terza rima. Sus poemas típicos poseen encanto y melodía, sin introducir ninguna nota o variedad rítmica nuevas. Es contemplativo, sobrio y afinado en la ejecución literaria, un típico ejemplo de la escuela de Oxford.[266]​ Los Poemas escogidos de Dixon fueron publicados en 1909 con una semblanza biográfica del autor escrita por Robert Bridges.[266]​ Dolben murió demasiado joven para cumplir lo que sus versos prometían.[263]

La poetisa y filántropa londinense Adelaide Anne Procter (1825-1864) creció marcada por un ambiente literario (su padre era amigo personal de gran parte de los escritores de la época), y siendo aún muy joven comenzó a publicar poemas de influencia piadosa y religiosa en publicaciones periódicas, como Household Words y All The Year Round, ambas dirigidas por Dickens.

Miss Procter, si bien no era una gran poetisa, poseía un don para el verso, y se expresaba con distinción, encanto y sinceridad. Se apropiaba de poco o nada, y mostró el mejor provecho en sus poemas narrativos. "La historia del ángel", "La leyenda de Bregenz", "La leyenda de Provenza", la "Historia de un alma fiel", se encuentran en numerosas antologías poéticas.[268]​ Sus poemas fueron publicados en los Estados Unidos, y también traducidos al alemán. En 1877 la demanda de poemas de Miss Procter en Inglaterra superaba la de los de cualquier escritor vivo a excepción de Tennyson.[268]

La ardiente fe y la seguridad dogmática de Christina Rossetti y Coventry Patmore no orientaron la vida del infortunado James Thomson (1834-1882), que firmaba «B. V.», «Bysshe Vanolis», en honor a sus modelos Percy Bysshe Shelley y Novalis.[269]​ Thomson es principalmente conocido por un largo y desesperanzado poema, The City of Dreadful Night (La ciudad de la noche espantosa) (1874).[270]​ Su vida modesta y solitaria influyó decisivamente en su obra: los elementos tristes y sombríos de la vida londinense se tejen en el imaginario de sus poemas.[271]​ Bajo los auspicios de Charles Bradlaugh, a la sazón editor del London Investigator, Thomson se dio a conocer por primera vez ante el público como escritor, si bien en realidad su primera publicación fue en el Tait's Edinburgh Magazine en julio de 1858, bajo el seudónimo de «Crepusculus».[272]​ Fue el National Reformer el medio donde aparecieron (1863), entre otras producciones de James Thomson, los poderosos y sonoros versos de A nuestras damas de la muerte, y su obra principal, el sombrío e imaginativo La ciudad de la noche espantosa.[272]​ En 1869 disfrutó de la que ha sido descrita como su "única aparición estimable en la sociedad literaria respetable", debido a la aceptación de su extenso poema Un domingo río arriba por el Fraser's Magazine, por consejo, según se dijo, de Charles Kingsley.[272]

Principalmente por mediación de los esfuerzos de su amigo y admirador, Bertram Dobell, el libro más conocido de Thomson, La ciudad de la noche espantosa y otros poemas, fue publicado en abril de 1880, e inmediatamente llamó la atención de forma considerable.[273]​ Se trata de una extensa composición profundamente pesimista,[274]​ de sólida estructura y profundo simbolismo,[271]​ en la que Thomson vuelca su desesperanza y sus desengaños.[269]​ En el mismo año apareció El relato de Vane y otros poemas, y al año siguiente Ensayos y fantasías. Lo mejor de su obra fue producido entre 1855 y 1875 (La maldición de una ciudad, 1857; A nuestras damas de la muerte, 1861; Weddah y Om-el-Bonain y La diosa desnuda, 1866-67; La ciudad de la noche espantosa, 1870-74).[273]

En sus poemarios predominan los poemas breves, descriptivos o interpretativos de la vida contemporánea; de amor y alegría; poemas de nostalgia, o de desilusión.[269]La ciudad de la noche espantosa le atrajo el reconocimiento de George Eliot, George Meredith, Philip Bourke Marston y otros distinguidos autores.[271]​ Los llamativos contrastes en el carácter de «B. V.» ―un espíritu valiente y genial unido a una insoportable melancolía; aspiración espiritual con comprensión realista de los hechos; celo ardiente por la democracia y el librepensamiento junto con obstinada ausencia de fe en el progreso humano― están claramente marcados en sus escritos, que se iluminan aquí y allá con destellos de brillante alegría, pero que son oscuramente pesimistas en lo principal.[271]​ Su obra posee un cierto poder melancólico que la hace distintivamente notable.[274]

A las producciones de James Thomson ya mencionadas cabe añadir el volumen póstumo titulado Una voz desde el Nilo y otros poemas (1884).[273]​ Este volumen contiene mucho material interesante, pero nada que acreciente la reputación de Thomson. Si se intenta establecer la conexión literaria más evidente del autor de La ciudad de la noche espantosa, uno podría aventurar la idea de que James Thomson era un hermano menor de De Quincey. Si Thomson tiene una afinidad distintiva con respecto a cualquier escritor es con el autor de Suspiria de Profundis; si miramos más allá, quizá podríamos discernir vagos prototipos en Leopardi, Heine y Baudelaire.[273]​ Su maduro estilo, en su severa concisión, es menos shelleyano que dantesco.[271]​ Pero, después de todo, Thomson ocupa un lugar tan único como poeta que el esfuerzo de clasificación resulta prescindible. Lo suyo no era pesimismo literario, ni fingida melancolía. El poema "Insomnia" es un capítulo distintivo de su biografía; y en "Mater Tenebrarum" y otros fragmentos de entre sus escritos son frecuentes los pasajes de autorrevelación. Los méritos de la poesía de Thomson residen en su fuerza imaginativa, su sombría intensidad y su sonoridad musical; a estas características cabe añadir, en sus composiciones más ligeras, una mezcla tipo Heine de extraño regocijo, patetismo e ironía cáustica.[273]​ Sus defectos son una monotonía en los epítetos, el nada infrecuente uso de mera retórica y verborrea, y tal vez una predominante ausencia de sentido formal; además de, ocasionalmente, una vulgar imprudencia expresiva, como en ciertas partes de El relato de Vane, y en algunos de sus escritos en prosa.[273]

William Johnson Cory (1823-1892) ocupa un lugar permanente y excepcional entre los letristas ingleses como cantor del afecto de un profesor por sus alumnos. La primera edición de su Ionica, publicada de forma anónima en 1858, desapercibida en un principio, pronto llegaría a ser buscada y atesorada, y ahora se encuentra entre las más preciadas editio prínceps modernas. Una nueva edición ampliada fue reeditada en 1891. En composiciones como "Anteros" y "Mimnermo en el templo", el brillo emocional y la patética ternura se mezclan con indescriptible encanto. En los poemas escritos posteriormente, y publicados junto con el original de Ionica en 1891, Cory abandona el terreno en que se mueve con ventaja y aparece meramente como versificador elegante y melodioso. Practicó la composición poética en latín y griego con un gusto y una destreza consumados; los versos originales que acompañan a su Lucretilis, una "introducción técnica al arte de escribir versos líricos latinos" (1871), fueron declarados por H. A. J. Munro[Nota 20]"los mejores y más horacianos, sáficos y alcaicos desde que Horacio dejó de escribir".[275]

John Leicester Warren, Barón de Tabley (1835-1895), fue poeta, dramaturgo, ensayista, numismático y una autoridad en materia de ex libris. La poesía, sin embargo, fue su primera y última pasión, y a la que dedicó mayor energía a lo largo de su vida.[276]​ Escribió poemas de muy alto rango, algunos de ellos publicados bajo los seudónimos de «George F. Preston» y «William Lancaster».[277]​ Publicó, conjuntamente con su amigo George Fortescue, un pequeño volumen de Poemas bajo el seudónimo de «George F. Preston». No contenía nada destacable, pero varios de los poemas de Warren serían posteriormente refundidos por el autor y tratados con mayor efecto. Siguieron, bajo el mismo seudónimo, Baladas y esbozos métricos (1860), El umbral de Atrides (1861) y Destellos de la Antigüedad (1862).[278]​ Más poder evidenciaban Præterita (1863), Églogas y monodramas (1864) y Estudios en verso (1865), todos publicados bajo el seudónimo de «William Lancaster». Los poemas en verso blanco de los que estaban principalmente compuestos estos volúmenes son tennysonianos en estilo y esencia, pero la frescura de las descripciones naturales revela a un hombre que había buscado en la naturaleza con sus propios ojos.[278]​ Todos estos volúmenes exhiben elegancia técnica y abundante belleza natural.[276]

El volumen de poemas modestamente titulado Rehearsals (Ensayos) (1870), y publicado también bajo el seudónimo de «William Lancaster», indica que la influencia de Tennyson, aunque todavía fuerte, estaba cediendo a la de Browning y Swinburne. Sin embargo, La extraña parábola y Nemrod, poemas en verso blanco muy exquisitamente concebidos, expresan un tono original, y Tergiversación resulta intensamente personal. En otra colección miscelánea, titulada con igual modestia Searching the Net (1873), el autor puso por primera vez su nombre en la portada. Aquí el poderío del poeta, aparte sus esfuerzos dramáticos, culmina en el grandioso "Jael", el singularmente intenso "El conde de Senlis", y el patético "Ocean Grave"; y como el volumen se centra principalmente en la descripción de la naturaleza y en la expresión de sentimientos subjetivos ―especialidades en las que él se encontraba enteramente como en casa―, el autor está menos en deuda que antes con sus predecesores.[278]Poemas dramáticos y líricos (1893) incluía selecciones de obras anteriores.[277]​ El volumen obtuvo pleno reconocimiento público para quien había parecido completamente olvidado. Un volumen subsiguiente, publicado en 1895 como segunda serie del precedente, no pudo rivalizar con la obra seleccionada de treinta años, pero demostró que aún podía haberse esperado mucho del autor si sus facultades físicas no hubieran comenzado a abandonarlo.[279]

Como poeta, Lord Tabley no puede ser mencionado entre aquellos que han sido poseídos por una inspiración subyugante. Poseía escasas dotes líricas, sus poemas por regla general transmiten la impresión de una esmerada composición, y sus principales pretensiones como mero escritor son la "brocada" majestuosidad ―en feliz expresión de Gosse― de su lenguaje, la vívida originalidad de sus descripciones naturales, y una ocasional acritud expresiva. Pero si el poeta a veces desaparece, el hombre está siempre visible. Sus emociones son siempre genuinas, y cuando el sentimiento se intensifica el escritor es completamente él mismo, descarta el manierismo imitativo, y se emancipa de la influencia de otros poetas.[279]

Sus poemas póstumos fueron recopilados en 1902. Las características de la poesía de De Tabley son preeminentemente la magnificencia del estilo, derivado de un estudio detallado de Milton, la sonoridad, la solemnidad, la fuerza y el colorido. Su pasión por el detalle era a la vez una fortaleza y una debilidad.[276]​ Siempre fue un estudioso de los poetas clásicos, y extrajo gran parte de su inspiración directamente de ellos.[276]

Augusta Webster (1837-1894) publicó en 1860, bajo el nombre de «Cecil Home», un volumen titulado Blanche Lisle y otros poemas. Bajo el mismo seudónimo apareció en 1864 el poema Lilian Gray.[280]​ El primer volumen importante de poesía original de Mrs. Webster, Estudios dramáticos, fue publicado en 1866. Contiene "The Snow-waste", uno de sus mejores poemas. En 1870 apareció Retratos, la obra en verso más llamativa de Mrs. Webster aparte de sus dramas. Alcanzaría una segunda edición el mismo año de su publicación, y una tercera en 1893. Un poema notable, The Castaway, se ganó la admiración de Browning, y merece un lugar junto al Jenny de Rossetti.[280]

Durante sus primeras visitas a Italia, Mrs. Webster se había sentido atraída por las canciones campesinas italianas conocidas como rispetti, y en 1881 publicó Un libro de rimas, que contiene poemas rurales llamados "rispetti ingleses". Fue la primera en introducir dicho formato en la poesía inglesa.[281]

La poesía de Mrs. Webster le da derecho a un lugar elevado entre los poetas ingleses. Usó con éxito la forma del monólogo dramático. A menudo sacrificaba la belleza en favor de la intensidad, pero poseía una gran destreza métrica y oído para la melodía. Algunos de sus poemas líricos merecen un lugar en cada antología de la poesía inglesa moderna. Muchos de sus poemas tratan entera o incidentalmente de cuestiones que afectan especialmente a las mujeres.[282]

Al morir Tennyson en 1892 se tenía la sensación de que ninguno de los poetas entonces vivos, excepto Swinburne o William Morris, que estaban fuera de consideración por otros motivos, eran lo suficientemente sobresalientes como para heredar la corona de laurel, y durante varios años no fue nombrado ningún nuevo poeta laureado.[283]​ Finalmente, en 1896, fue designado Alfred Austin (1835-1913). Como poeta laureado, sus poesías de circunstancias no escaparon de la crítica adversa, siendo un ejemplo notable su arrebatado poema en alabanza de la Incursión de Jameson de 1896. La característica más lograda de la poesía de Austin es un genuino e íntimo amor por la naturaleza. Sus idilios en prosa, El jardín que amo y En el jardín de Verónica, están llenos de un agradable sabor a aire libre, que es también el rasgo destacado de sus Poemas líricos ingleses. Sus poemas líricos carecen de espontaneidad e individualidad, pero muchos de ellos poseen un sencillo y metódico encanto.[283]

David Gray (1838-1861), poeta escocés,[284]​ hizo varios experimentos métricos ―algunos de ellos al estilo de Keats, y uno a la manera del método dramático de Shakespeare―, y luego se centró en la composición de su poema idílico The Luggie.[284]​ Enfermo de consunción, y ante la expectativa de una muerte prematura y de unas esperanzas frustradas,[285]​ escribió una serie de sonetos, con el título general de In the Shadows (En las sombras).[284]

La mayoría de sus poemas muestran forzosamente trazas de inmadurez, y con frecuencia pueden encontrarse en ellos versos que son meros ecos de Thomson, Wordsworth o Tennyson, pero poseen, no obstante, una inconfundible singularidad, y muestran un auténtico aprecio de la belleza natural.[286]The Luggie, el principal poema de Gray, es una especie de ensoñación en la que las escenas y los acontecimientos de su infancia y sus primeras ambiciones se mezclan con la música del río al que celebra.[286]​ El poema contiene muchas hermosas descripciones;[285]​ con su sentido de la belleza natural, y su promesa de poder didáctico y descriptivo, constituye la principal reivindicación de Gray como poeta.[284]​ Pero su genio alcanzó su máxima expresión en la serie de 30 sonetos que lleva por título In the Shadows. Rezuman un espíritu de la más profunda melancolía, que la esperanza no alivia.[285]​ Estos sonetos resultan notables en sustancia, y varios de ellos son afortunados en estructura y expresión. The Luggie and Other Poems apareció por vez primera en 1862.[284]

David Wingate (1828-1892) poeta escocés, estuvo trabajando en los pozos de carbón cercanos a Hamilton desde los nueve años. Publicó Poemas y canciones (1862), que fue acogido favorablemente, y seguido por Annie Weir (1866).[287]Lily Neil apareció en 1879, seguido por Poemas y canciones (1883) y Poemas escogidos (1890).[287]

Robert Williams Buchanan (1841-1901) fue un poeta, novelista y dramaturgo inglés de origen escocés. Su primera obra, la colección de poemas Undertones (1863), tuvo cierto éxito.[288]​ Este volumen "tentativo" fue seguido por Idilios y leyendas de Inverburn (1865), Poemas de Londres (1866) y Costa Norte y otros poemas, en los cuales mostraba aptitud para la narrativa poética y percepción comprensiva de las condiciones de vida más humildes. En estos poemas narrativos se encuentra, en líneas generales, el mejor Buchanan, si bien ensayaría una más ambiciosa travesía en El libro de Orm: un preludio a la épica, un estudio del misticismo que apareció en 1870.[289]​ Estas obras le dieron una reputación creciente, y alimentaron grandes esperanzas sobre su futuro[288]​ como poeta. Los poemas de Buchanan fueron recopilados en tres volúmenes en 1874, en un volumen único en 1884, y como Obra poética completa (dos volúmenes, 1901). Entre sus poemas también cabe mencionar: "El drama de los reyes" (1871); "Saint Abe y sus siete esposas", un vívido cuento de Salt Lake City, publicado anónimamente en 1872; "Balder el hermoso" (1877); "La ciudad de los sueños" (1888), "The Outcast: A Rhyme for the Time" (1891), y "El judío errante" (1893).[289]​ Estos dos últimos iban dirigidos contra determinados aspectos del cristianismo.[288]

Thomas Gordon Hake (1809-1895), médico y poeta, estuvo al servicio de la condesa de Ripon, quien estaba emparentada con la familia de su madre. La belleza de los bosques de Lady Ripon en Nocton revivió dentro de él el espíritu poético. Escribió su Lirio del valle y sus Old Souls (Viejas almas), los cuales, junto con otros poemas, se unieron en El epitafio del mundo, impreso de forma privada en 1866 en una edición de cien copias.[290]​ En los años posteriores se mantuvo ocupado principalmente en la composición y publicación de poesía para minorías, más dificultosa que oscura en concepto y lenguaje, pero nada atractiva para aquellos que no pudieran apreciar el simbolismo místico. En 1871 publicó Madeline y otros poemas, que reproducía gran parte de El epitafio del mundo.[290]​ En 1876 apareció New Symbols (Nuevos símbolos); en 1879 Legends of the Morrow (Leyendas del mañana); en 1880 Maiden Ecstasy (El éxtasis de la doncella); en 1883 The Serpent Play (El juego de la serpiente), y en 1890 The New Day (El nuevo día), una colección de sonetos a la manera de Shakespeare.[290]

Hake es un raro ejemplo de poeta que ha producido casi toda su obra después de los cincuenta.[290]​ No hay ningún poeta a quien sería más aplicable la frase de Tennyson: "Apagó su música", y más si cabe en la medida en que el resultado es realmente música, soliendo estar los versos más artificiales de Hake acompañados de una melodía que demuestra que la expresión métrica era, después de todo, natural para él, y esa poesía era en realidad su vocación. Es, no obstante, esencialmente un poeta de la reflexión, a pesar del carácter objetivo de la mayoría de sus poemas y del empeño de éstos por representar las ideas mediante símbolos materiales. Su poder descriptivo y su sentido de la condición misteriosa de la naturaleza están equilibrados con frecuentes caídas en la trivialidad; la impresión total que producen es, no obstante, de dignidad y distinción intelectual, y tienen, en todo caso, el mérito de ser independientes de toda la poesía contemporánea. La relativa fluidez y flexibilidad de los sonetos de Hake, su última obra poética, parecen indicar que habría superado sus defectos si la edad le hubiera permitido seguir escribiendo.[290]

Mathilde Blind (1841-1896) publicó varios libros de poesía: La profecía de San Odrán (1881), El brezo en llamas (1886), Canciones y sonetos (1893), Aves de paso (1895), etc.[291]​ Su obra inicial es un pequeño volumen de Poemas inmaduros publicado en 1867 bajo el seudónimo de «Claude Lake». Visitas a Escocia la inspiraron dos poemas de considerable alcance y pretensión: La profecía de San Odrán (publicado en 1881, pero escrito algunos años antes), que narra la singular leyenda de este santo, y El brezo en llamas (1886), una denuncia de los desahucios indiscriminados en las Highlands. Ambos están llenos de apasionada elocuencia y energía.[292]​ En 1888 Mathilde Blind produce la más ambiciosa de sus obras, El ascenso del hombre, diseñada como la epopeya de la evolución según Darwin. El poema de Mathilde Blind es bueno solo por partes, pero las mejores partes son muy buenas.[292]​ Su última obra poética fue ejecutada en Stratford-on-Avon, donde la tranquila belleza de los paisajes de Warwickshire y las asociaciones con Shakespeare la inspiraron algunos sonetos muy hermosos.[292]

Había en Mathilde Blind más carácter del que lograba sacar a relucir en su poesía, aunque ningún esfuerzo era vano. La conciencia del esfuerzo, de hecho, es un inconveniente para disfrutar de su poesía. Sin embargo, en ocasiones, especialmente en canciones, sonetos y en los poemas líricos que le inspiraba su solidaridad con las clases indigentes y marginadas, logra un resultado perfecto; y el colorido local de sus poemas de tema escocés y de muchos de los de temática oriental es hermoso y genuino. Algunos de sus sonetos resultan sumamente impresionantes; no obstante, hacía más verdadera justicia a sus facultades cuando dejaba a un lado sus ropajes cancioneriles.[293]

Arthur O'Shaughnessy (1844-1881) se interesó por la historia natural, y llegó a ser una autoridad en la rama de la herpetología. Su atención, no obstante, se había centrado, más decididamente incluso, en la poesía y la literatura en general. En 1870, sin haber ofrecido muchas evidencias previas de su talento, asombró a los lectores de poesía con su Epopeya de las mujeres y otros poemas, ilustrado con diseños de su amigo J. T. Nettleship.[Nota 21]​ Este volumen atrajo merecidamente una gran admiración por la espontánea melodía de su lírica, así como por la fuerza y la pasión dramáticas de algunas de sus más elaboradas composiciones. Las expectativas así creadas no se vieron cumplidas con sus Lais de Francia (1872), adaptado principalmente a partir de los poemas de María de Francia; y a pesar de que Music and Moonlight (La música y la luz de la luna) (1874) habría llamado la atención si hubiera sido su primera obra, parecía una flojísima repetición de Epopeya de las mujeres, excepto por los indicios de una nueva veta en "Europa" y algunos otros poemas cargados de alusiones políticas.[294]​ Sus poemas póstumos fueron publicados el mismo año de su muerte bajo el título de Songs of a Worker (Cantos de un obrero). En general, no muestran ningún avance con respecto a sus composiciones anteriores, pero incluyen algunos bonitos poemas sobre escultura, un tema al que postreramente había dedicado mucha atención.[294]

Su mejor poesía tiene las características de la música de Chopin: ensoñadora y a veces extraña, con un melodía original, deliciosa e inagotable. Algunas piezas, tales como "Flores de palma", exhiben, además, una notable facultad para la vistosa pintura verbal; otras, como "La hija de Herodías", poseen gran intensidad dramática, otras fascinan por un misticismo semi-sensual, y "Chaitivel" y "Bisclavaret" son salvajemente imaginativas. Sin embargo, todos estos dones, excepto el de la música verbal, parecieron ir desapareciendo a medida que el poeta envejecía, y su decadencia no fue compensada por un crecimiento en la fuerza intelectual.[294]

O'Shaughnessy era un genuino cantor; pero sus poemas carecen de importancia en los temas y de dignidad en las ideas. Sus melodías resultan a menudo espléndidas; y, como en "El manantial de las lágrimas", la riqueza de sus metáforas encubre cierta vaguedad e indecisión de la facultad creadora. Era muy afortunado en el uso audaz de la repetición y el eco, mediante los cuales garantizaba efectos que por sus obsesionantes melodías resultan casi inimitables.[295]​ Ha sido menospreciado por algunos críticos, pero su memoria fue reparada por Francis Turner Palgrave, quien dijo con cierta exageración que su talento para la métrica era el mejor de cualquiera de los poetas posteriores a Tennyson, y que "todo lo suyo poseía una musicalidad obsesionante".[295]

Edmund Gosse (1849-1928) se distinguió como poeta y como crítico, siendo las siguientes sus obras poéticas más destacadas: Madrigales, canciones y sonetos (1870); On Viol and Flute (De la viola y la flauta) (1873);[296]El rey Erik (1876); Nuevos poemas (1879); Ferdousí en el exilio (1885); In Russet and Silver (En bermejo y plata) (1894)[297]​ y Poemas recopilados (1896).[298]

Philip Bourke Marston (1850-1887) era hijo del dramaturgo y crítico John Westland Marston, y ahijado del poeta Philip James Bailey y de la novelista y poetisa Dinah Craik. A lo largo de su carrera, la poesía de Marston fue haciéndose progresivamente más y más triste y melancólica. Los idilios de la vida floreciente, tales como el precoz y muy hermoso "La rosa y el viento" fueron sucedidos por ensueños del sueño y del reposo de la muerte. Estas clases y gradaciones de sensaciones, que reflejan los sucesivos ideales de acción y quietud del poeta, resultan trazables[299]​ a través de sus tres volúmenes de poesía publicados en vida: Song-Tide and Other Poems (Marea de canciones y otros poemas) (1871), All in All (1875) y Wind Voices (Las voces del viento) (1883), abundan en hermosas meditaciones expresadas en un lenguaje hermoso, pero pronto se vuelven tediosos por la monotonía, no solamente de sentimientos, sino del léxico y las figuras poéticas. El soneto era indudablemente lo más apropiado para reproducir su veta usual de sentimiento; y esa forma de versificación u otras relacionadas llegaron a ser tan habituales en él que parecía experimentar una dificultad a la hora de fundir sus ideas en cualquier otro molde. Sin embargo, la suprema excelencia es a la vez tan indispensable en el soneto y tan difícil de alcanzar, que a pesar de que Marston no siempre está a la altura de la misma, la mayor parte de su obra en esta especialidad solo puede ser clasificada como de segunda categoría. También adolecía de ser un seguidor demasiado fiel, degenerando en la imitación, de un maestro más grande: Rossetti.[300]​ Dos colecciones póstumas de sus poemas fueron publicadas por Mrs. Moulton,[Nota 22]​ con los títulos de Secretos del jardín (1887) y Una última cosecha (1891).[300]

El académico y político galés Sir Lewis Morris (1833-1907) publicó en 1871 Canciones de dos mundos, que mostraba la influencia de Tennyson y fue bien recibida, aunque más bien por el público en general que por los círculos más críticos.[214]​ La primera serie, publicada de forma anónima, estaba principalmente compuesta de poemas líricos aportados desde 1865 en adelante a una pequeña sociedad literaria y artística, «The Pen and Pencil Club» («Club de la Pluma y el Lápiz»).[301]​ El verso sonoro y su plácido optimismo atrajeron una gran popularidad para estas Canciones, y una segunda serie que siguió en 1874, y una tercera publicada en 1875, resultaron igualmente atractivas.[301]​ Con posterioridad, Morris emprendería la composición de una serie de monólogos en verso blanco puestos en boca de los principales personajes de la mitología griega.[301]​ Estos poemas expresaban los prejuicios e ideales morales de su propia época. Las composiciones estaban relacionadas entre sí por el recurso de una peregrinación al Averno. Finalmente todos fueron recopilados bajo el título general de La epopeya de Hades[301]​ (1876-77), una ambiciosa obra que gozó de una extraordinaria popularidad, y que, si bien exhibe un talento innegable tanto en la versificación como en su poder narrativo, carecía de las cualidades de los géneros superiores de poesía.[214]​ Estaba compuesta por tres secciones denominadas "Hades", "Tártaro" y "Olimpo".[301]​ Su lucidez expresiva, las numerosas imágenes idílicas, los pasajes de exaltación espiritual, unidos a un carácter fuertemente didáctico, hicieron que la obra fuera especialmente popular entre la clase media.[301]

De formación autodidacta, el poeta escocés Alexander Anderson (1845-1909) llegó a dominar el alemán, el francés y el español lo suficiente como para leer las principales obras maestras en estas lenguas. Pronto se manifestó su vena poética, la cual era genuina aunque de alcance algo limitado, y su primer libro, Un canto al trabajo y otros poemas, apareció en 1873, y fue seguido por Los dos ángeles y otros poemas (1875), Canciones del ferrocarril (1878) y Baladas y sonetos (1879).[302]​ Viajó a Italia, pero la serie de sonetos En Roma no registra las impresiones producidas por las experiencias italianas: son las imaginaciones del obrero ferroviario que, cuando los publicó (1875), apenas había salido de su condado natal.[303]​ A partir de 1880, escribió poco.[302]​ Generalmente, escribió bajo el sobrenombre de «Surfaceman»,[302]​ en referencia a su oficio de obrero ferroviario.

La obra poética de Anderson muestra poderío lírico, generoso sentimiento y vívida perspectiva, así como un dominio de la métrica y unas dotes literarias que serían dignas de mención en un escritor de educación liberal y en un entorno culto.[304]​ Sus logros más característicos fueron como "poeta laureado del ferrocarril" (a la manera de las Baladas de Pike County[Nota 23]​ o de Bret Harte) y de la vida infantil en los hogares escoceses humildes. En sus poemas más conocidos la lengua vernácula del suroeste de Escocia es empleada con brío y discreción. Pocas antologías de poemas escoceses carecen en la actualidad de uno o dos de «Surfaceman», y varios de los poemas ferroviarios e infantiles son popularmente recitados.[304]

Como poeta, Robert Bridges (1844-1930) se sitúa más bien aparte de la corriente de la moderna poesía inglesa, pero su obra ha ejercido una gran influencia en un selecto círculo, por su contención, pureza, precisión y por la delicadeza y pujanza de su expresión; y encarna una teoría distinta de la prosodia.[305]​ Su poesía fue inicialmente editada de forma privada, y lentamente hizo su camino más allá de un círculo relativamente reducido de admiradores. Lo mejor de su obra se encuentra en sus Shorter Poems (Poemas brevísimos) (1890).[305]​ Sus principales volúmenes son Prometeo (1883; impreso de forma privada), una "mascarada al estilo griego"; Eros y Psique (1885), versión de Apuleyo; The Growth of Love, una serie de sesenta y nueve sonetos impresos para circulación privada en 1876 y 1889; Poemas brevísimos (1890).[305]

William Sharp (1855-1905), poeta y hombre de letras escocés, fue durante su vida conocido únicamente por una serie de obras poéticas y críticas de gran mérito, aunque no excepcional.[306]​ Sus volúmenes de poesía fueron La herencia humana (1882), Las voces de la Tierra (1884), Baladas románticas y poemas de fantasía (1886), Sospiri di Roma (1891) y Flower o' the Vine (1894).[306]

También otros escritores más conocidos como novelistas o como dramaturgos merecen recordarse al estudiar la poesía victoriana. Dos, al menos, deben ser citados:[307]​ el escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894) y el irlandés Oscar Wilde (1854-1900). Del primero destacan sus poemas amorosos o de otro carácter publicados tras su muerte y algunos de los mejores versos para niños:[308]El jardín de versos para niños (1885), que muestra su extraordinaria percepción de la psicología de vida infantil;[309]Underwoods (1887) y la edición completa de sus Poemas y baladas, publicada póstumamente en 1913. En cuanto a Wilde, lo más importante de su producción poética ―compuesta por seis poemarios escritos entre 1878 y el año de su muerte― es la conmovedora Balada de la Cárcel de Reading (1898),[310]​ poema de profundo patetismo, cuyo argumento es la compunción de un condenado a muerte.[307]​ En el poema, desprendido ya de las simplezas vanas del esteticismo, escribe con fuerza sobre la comunidad carcelaria, justo antes de que se vaya a producir el ajusticiamiento de uno de sus miembros. Al poema no le falta ornamentación, ni cierto sentimentalismo que Wilde pone en boca, por ejemplo, del hombre que ha sido sentenciado. Sin embargo, el efecto global es salvaje. Sentimos el terrible hastío, la frustración, la desesperanza de esos hombres.[243]​ Una selección de sus primeros poemas, marcados por extrañas afectaciones, pero dotados de un acabado clásico y una ocasional fortuna en los detalles,[311]​ había sido editada en 1881 como Poemas de Oscar Wilde.[311]​ La versión no expurgada de De profundis, en su forma original de carta a Lord Alfred Douglas (1897), es un documento conmovedor.[310]

Poesía dialectal[editar]

William Barnes (1801-1886) fue el poeta de Dorsetshire.[312]​ Si bien sus estudios principales se desarrollaron en el ámbito de la filología, ya en 1833 escribió para el County Chronicle sus primeros poemas en el dialecto de Dorset, entre ellos dos églogas inigualables: "The 'Lotments" y "A Bit o' Sly Coorten".[312]​ La obra sería editada de forma independiente en 1844,[313]​ bajo el título de Poemas de la vida rural en dialecto de Dorset.[314]​ En 1858 apareció una segunda serie de poemas de Dorset bajo el título de Hwomely Rhymes, varias de cuyas composiciones ―en especial "The Vaices that be Gane"― fueron eficazmente traducidas al francés para las Beautés de la Poésie Anglaise (Bellezas de la poesía inglesa) de De Chatelain.[Nota 24][315]​ Una nueva serie de Poemas de la vida rural en dialecto de Dorset apareció en 1862, y en 1868 el autor fue persuadido de publicar una serie de Poemas de la vida rural en inglés común, que obtuvo menos éxito que sus poemas dialectales. Estos últimos fueron recopilados en un solo volumen en 1879.[316]

Los poemas de Barnes se caracterizan por una singular dulzura y ternura emotivas, una honda percepción de la humilde vida rural y de sus personajes, y una exquisita sensibilidad para la ambientación local.[313]​ Su poesía es de carácter esencialmente inglés; ningún otro escritor ha mostrado un cuadro tan sencillo y sincero de la vida familiar y del trabajo en la Inglaterra rural. Su obra está llena de humor y de limpia, entusiasta alegría de vivir; y su rusticidad va singularmente unida a un sentido literario y un notable acabado técnico. Barnes es ciertamente el Teócrito victoriano; y, a medida que la vida rural inglesa sucumbía lentamente ante el avance del ferrocarril y el telégrafo, sería más y más leído por su cálido y evocador recuerdo del amor y la piedad rústicos.[316]

"Escritor lírico de una genialidad en grado sumo", Barnes fue también un muy interesante vínculo entre las formas presentes y pasadas de la vida rural ―un repertorio de costumbres, palabras y sentimientos olvidados―. A diferencia de Burns, Béranger y otros poetas del pueblo, nunca adopta el estilo más convencional, y abandona totalmente la ambición, el orgullo, la desesperación, la rebeldía y las grandes pasiones. "Sus rústicos son, por regla general, gente feliz, y rara vez sienten el aguijonazo del resto del moderno género humano ―la desproporción entre el deseo de serenidad y la facultad de obtenerlo―". Al igual que Chaucer, Barnes está lleno de alegría de vivir. Menos sombrías y más rústicas que las de Crabbe, sus églogas, inigualadas en inglés, no son totalmente indignas de comparación con los prototipos de Teócrito y de Virgilio.[317]

En 1856, Edwin Waugh (1817-1890), poeta de Lancashire, aumentó enormemente su reputación con su canción "Come whoam to the childer an' me".[318]​ En seguida se hizo inmensamente popular, no solo en Lancashire sino fuera de allí, e incluso en las colonias. La Saturday Review la llamó "uno de los más deliciosos idilios del mundo".[318]

El éxito de este poema lírico influyó en gran medida en la carrera posterior de Waugh.[318]​ Numerosas composiciones métricas permanecían aún en manuscrito. Preparó entonces algunas de ellas para su publicación, y aparecieron, con numerosas adiciones en el dialecto de Lancashire, en sus Poemas y canciones (1859).[318]

El mayor obstáculo para la popularidad de Thomas Edward Brown (1830-1897) es el empleo del dialecto de la isla de Man. A Brown le interesaban la naturaleza y la gente sencilla, y le gustaba expresarse honrada e individualmente. Tiene cierto tono místico.[319]​ La primera de sus historias en verso, Betsy Lee, apareció en el Macmillan's Magazine en abril de 1873. Ésta sería reeditada junto con otros tres poemas narrativos maneses bajo el título de Fo'c'sle Yarns en 1881, y en 1889 apareció una segunda edición. El doctor y otros poemas vio la luz en 1887, La bruja de Man y otros poemas en 1889, y Old John en 1893. Una edición recopilatoria de los poemas apareció en 1900.[320]​ Los Fo'c'sle Yarns fueron muy apreciados por expertos como George Eliot y Robert Browning; pero el dialecto manés, al ser absolutamente lo contrario de formidable, parece haber funcionado como un aislante, y los poemas no encontraron ni una décima parte del reconocimiento que merecían.[320]​ Los mencionados Fo'c'sle Yarns (Cuentos del castillo de proa), la Epistola ad Dakyns y algunas poesías líricas cortas representan bien su abundante producción.[321]

Narrativa[editar]

Contexto[editar]

Las raíces morales y religiosas del espíritu victoriano se remontan al siglo XVIII, a los Wesley y al renacer de las ideas evangélicas. A comienzos del siglo XIX la gente ya empezaba a rechazar a escritores como Fielding o Swift por no tener pelos en la lengua.[322]​ A mediados de los años cuarenta ya estaba seriamente limitado lo que un novelista podía decir sin perder el favor del público familiar. Para muchos este público familiar ―que se reunía para leer las novelas en voz alta, en una especie de liturgia entretenida― resultaba básico; en él radicaba su medio de subsistencia. Como los límites eran tan estrictos, había muchos temas, como la inmoralidad sexual, los desvíos sexuales, la prostitución, etc., que se evitaban o que, en todo caso, aparecían rodeados de un tono absolutamente falso, como si el autor caminara siempre sobre arenas movedizas. Por otra parte, esta costumbre de leer en voz alta, unida al método de publicación semanal o mensual que utilizaban muchos escritores, estrechó el contacto entre novelista y lector, lo cual anima y refuerza muchos aspectos de la ficción victoriana, sobre todo el humor y la conciencia social. La fuerza de esta relación hace que las prohibiciones impuestas resulten comparativamente triviales en escritores como Dickens.[322]

Panorama de la narrativa inglesa a lo largo del siglo XIX[editar]

El reinado de la reina Victoria fue la Edad de Oro de la novela inglesa. Fueron varios los escritores cualificados para pretender la supremacía artística a base de méritos muy diferentes.[323]​ En los primeros años del reinado las novelas reflejan la confianza de la gente normal y corriente, más que las dudas y el abatimiento de los intelectuales. Nadie como Charles Dickens, el primer novelista de la época victoriana y su favorito, ha retratado en sus obras el paso que se vivió en la época: del exuberante optimismo al asco y la desesperación.[324]​ El sentido social, las esencias culturales producidas por el choque con esa realidad que llamamos vida, y los frutos del esfuerzo que los ingleses del siglo XIX hicieron para ser lo que tenían que ser, sí aparecen claramente en las obras escritas por los novelistas de la época. Pero como ninguna transformación de la vida deja de ir acompañada por el sufrimiento, tampoco se libró de él esta etapa, y la dirección de las energías y propósitos de los victorianos, por muy constructivos que fueran sobre todo en su aspecto externo, fomentó la agresividad y el afán de dominio, y supeditó el trabajo humano a fines no siempre honrosos. Charles Dickens fue el novelista que acusó con singular eficacia crítica las grietas y defectos del edificio aparentemente compacto de la sociedad victoriana.[1]

La variedad y el vigor excepcional de la novela inglesa de mediados del siglo XIX se debió al interés con que los escritores se aplicaron a dar forma artística a los modos de vida, distintos y cambiantes, de la sociedad en que vivían. Quizá sus obras no parezcan bien acabadas, debido a la costumbre generalizada de publicarlas por entregas; pero su espontaneidad creadora y su alcance son comparables a la explosión dramática del período isabelino. Por primera vez en la historia, la novela se convierte en el género literario dominante en Inglaterra, y el hecho de que fuera el vehículo más adecuado para el estudio psicológico y sociológico de las realidades humanas atrajo a muchos de los grandes creadores de la época.[325]

Así pues, la época victoriana fue, sobre todo, la del auge y expansión de la novelística inglesa. Su mayor representante, y uno de los autores más célebres de la literatura universal, fue Charles Dickens, a cuyo nombre hay que sumar los de otros autores no menos destacados como William Thackeray, Anthony Trollope o George Eliot. Un brote original y diferenciado, más afín al temperamento romántico, surgió en las novelas de las hermanas Brontë. La novela social estuvo representada por Elizabeth Gaskell y Charles Kingsley, y la narrativa histórica por las obras del barón Edward Bulwer-Lytton, mientras que los novelistas más relevantes de los que intentaron prescindir de incidentes sensacionalistas, falsas emociones y convenciones melodramáticas para captar los tonos vitales que experimenta la gente normal en su vida más cotidiana fueron George Eliot y Anthony Trollope.[326]

Dickens y Thackeray fueron amigos personales, si prescindimos de una desgraciada incomprensión; los dos eran humoristas, sentimentales, reformadores y de la misma clase social: la clase media. Pero el humorismo de Thackeray se inclinaba a los juegos de ingenio, y el de Dickens a la farsa; el sentimentalismo de Thackeray estaba refrenado por su "cinismo", mientras que el de Dickens rebosaba; Thackeray usaba la ironía contra las cosas malas, pero Dickens enronquecía de gritarles; Thackeray puso en sus libros a gentes que conoció, pero Dickens descubrió al cockney.[327]

La Inglaterra del siglo XIX fue prolífica en mujeres novelistas, algunas de las cuales hicieron aportaciones de importancia cardinal para el arte.[328]​ Las Brontë con su interpretación de las pasiones, y George Eliot con su penetración psicológica, trajeron al arte dos factores nuevos que han seguido predominando.[328]

En la época también escribían figuras como Benjamin Disraeli, Frances Trollope, Harrison Ainsworth, Mrs. Oliphant, Wilkie Collins y muchos otros. Sus obras fueron publicadas y traducidas en toda Europa y en América y basta echar una ojeada a los periódicos europeos para ver con qué tristeza recogieron la muerte de Dickens y para comprobar, por tanto, el lugar tan especial que ocupaban los novelistas ingleses entre los lectores extranjeros y en la tradición que iba retoñando en Francia, Italia, España y sobre todo en Rusia.[329]

Novela humorística y humanitaria[editar]

Fuera de ciertas circunstancias biográficas, lo único indiscutible que se puede decir de Charles Dickens (1812-1870) es que era un hombre de genio.[330]​ Destacado ejemplo de novelista victoriano, Dickens no solo cultivó lo sentimental, sino lo humorístico, lo grotesco, lo sobrenatural y lo trágico.[330]​ Extraordinariamente popular en su día (todas sus obras gozaron de una notable difusión) gracias a unos personajes que cobraron vida propia más allá de las páginas de sus libros, al frescor y la cordialidad de su estilo, a la fuerza de sus descripciones y a su incomparable poder para crear personajes, situaciones y ambientes, Dickens sigue siendo uno de los autores más populares y leídos de todos los tiempos. Legó al mundo una galería de personajes, que, sin dejar de ser un tanto caricaturales, son imperecederos también.[330]​ Como escritor, trabajó diligente y prolíficamente para producir el tipo de literatura entretenida que el público de la época demandaba, pero también para ofrecer un análisis de los retos sociales de su tiempo, ocupándose en muchas de sus novelas de la difícil situación de los pobres y oprimidos. Byron, Scott y Wordsworth habían descubierto la belleza del mar y de las montañas; Dickens descubrió la emoción de los barrios humildes.[330]​ El arte de Dickens no consistía en retratar la vida como después hicieron con gran acierto Thackeray y Trollope, sino ―como la vida misma, que nunca imita― en crear de nuevo.[331]​ Los esbozos de escenas y caracteres costumbristas que constituyeron su primera obra, Sketches by Boz (publicados en 1836-37), son una muestra de rapidez de percepción y fuerza descriptiva. Los Sketches by Boz representaban un género nuevo, ya que el periodismo descriptivo apenas se practicaba en aquel tiempo.[332]​ Dickens, el más grande novelista de una era de novelistas, alcanzó su primer éxito un año antes de que la reina Victoria subiera al trono y prolongó su carrera hasta mediados de su reinado.[324]​ Entre 1836 y 1837 publicó por entregas su primera novela, Los papeles póstumos del Club Pickwick, la obra humorística por excelencia de la literatura inglesa. Resultó un éxito a medida que avanzaba la obra y se afirmaban los caracteres de los personajes y se desarrollaban sus humorísticas andanzas.[332]Pickwick Papers, el debut con mayor éxito que probablemente haya tenido ningún novelista, vuelve los ojos hacia el pasado en muchos aspectos, a un mundo preindustrial de carruajes, aldeas dormidas y amables balnearios.[324]​ Con una estructura novelística casi inexistente y sin necesidad de un argumento básico (la trama descansa totalmente sobre los personajes y no tiene verdadero asunto),[327]​ es la obra de un excelente periodista que lleva en sí el germen de un novelista genial, y constituye un paso adelante hacia la novela, partiendo de los anteriores esquemas descriptivos, los Sketches by Boz.[333]​ Los primeros trazos de Pickwick en sí siguen una línea de sátira dura, muy dieciochesca, pero Dickens pronto los refuerza dotando a su protagonista de un corazón y una conciencia social propios del siglo XIX.[324]​ En ella, la comedia no se halla nunca superpuesta, pues se trata de una expresión realizada sin esfuerzo de una visión cómica de la vida. Dickens parece ver las cosas de manera diferente en una forma agradable y exagerada, y en su primera obra pasa con enorme exuberancia de una aventura a otra, sin pensar para nada en un argumento o en un plan[334]​ preconcebido. En las otras obras de Dickens nuestro juicio se distrae por atender al asunto o a la finalidad de las mismas; pero en ésta, que fue el primero de sus éxitos, tenemos solo las dramatis personae y los escenarios y ambientes en que se mueven[335]​ los personajes. Con todo, en esta etapa de su carrera, la concepción del mundo que tenía Dickens era de sol y rosas, con poco espacio para las sombras.[324]​ Se trata sin duda de la obra más cómica y humorística de Dickens, y aunque el humor y el tono satírico de uno u otro modo impregnarán toda su producción, después de Los papeles póstumos del Club Pickwick se orientará en un sentido humanitario condicionado por las circunstancias.[336]

En las novelas inmediatamente posteriores del autor se manifiesta un mayor dominio estructural y una unidad temática más sólida. Con Oliver Twist (1837-39) y Nicholas Nickleby (1838-39), Dickens se orienta hacia problemas sociales y humanitarios, basándose en recuerdos sórdidos o desagradables de su infancia.[336]​ Quizá como reacción al optimismo que dejaron los Pickwick Papers, Oliver Twist, su siguiente éxito inmediato, nos da sensación de mayor oscuridad, aunque no podemos tachar a la novela de deprimente, si consideramos la indignación tan enérgica y la creatividad tan intensa que despliega.[337]​ En ella, el sentimiento comienza a imponerse al humor, y Dickens, aterrorizado por la crueldad imperante en su época, comienza a sentir el deber de comunicar un mensaje a través de la ficción a su insensible generación.[334]​ La novela se centra en el maltrato que sufren los niños y arremete contra las fábricas levantadas sobre principios benthanianos, que desprecian los esfuerzos destinados a solucionar la pobreza y el hambre y los reducen al mínimo para mantener el equilibrio natural de la economía siderúrgica. Oliver no es solo el representante de la niñez, sino el símbolo de todo el sufrimiento humano.[338]​ Por su parte, en Nicholas Nickleby el argumento va adquiriendo importancia y Dickens muestra su talento para lo melodramático.[339]Pickwick y Oliver son libros llenos de soberbias caricaturas que dieron la fama a Dickens y que lograron hacer de sus obras animadas galerías de personajes. Si en novelas posteriores parece que los personajes pierden vigor es porque alcanzan mayor hondura y no porque tengan que ajustarse a una visión de la sociedad cada vez más desesperada.[338]​ En el período central de su vida (1840-1857), Dickens escribió ocho novelas, empezando por La tienda de antigüedades (1840-41), que presenta de un modo muy efectivo el lado sentimental[340]​ del autor.

En las novelas en las que Dickens nos depara una visión de la infancia es donde mejor mantiene su energía original. En David Copperfield (1849-50), obra en la que relata de manera más o menos ficticia, pero con emoción sincera, su propia niñez, aparecen algunas de sus caricaturas más atractivas;[341]​ es la historia novelada de varias fases de la vida del propio autor. En ésta, considerada por muchos como su obra cumbre, Dickens llevaría hasta sus últimas consecuencias la primera fase de su novelística en una historia que posee un fuerte elemento autobiográfico y con personajes logrados.[339]

El arte de Dickens, el observador, el vigoroso poeta de la vida urbana del XIX, se basa en la habilidad con que el autor percibía lo extremo, lo grotesco, lo anormal.[342]​ Atrapaba acertadamente el espíritu esencial de la gente, de los lugares, de los ambientes; los elevaba y obligaba al lector a reconocer la infinita variedad y la riqueza de lo que veía. Por esta capacidad Dickens atrae a veces el desprecio de quienes piensan que solo sabe crear personajes planos, caricaturas.[342]​ Lo mismo que el resto de los grandes artistas, Dickens contemplaba el mundo como si se tratase de una experiencia enteramente nueva vista por vez primera, y poseía una extraordinaria versatilidad en el lenguaje, dominando desde la creación cómica hasta la gran elocuencia. Creó personajes y situaciones tan diversos como nunca había conseguido nadie desde Shakespeare e influyó de manera muy profunda en su público hasta el punto de que la concepción del mundo que encontramos en sus novelas ha pasado a formar parte de la tradición inglesa.[343]​ Junto a esto Dickens ofrece una aguda sensibilidad lingüística, para las implicaciones que subyacen a lo dicho, y por eso los diálogos resultan absolutamente reveladores.[342]​ No creó escuela, no tuvo sucesores. Resulta imposible ser como Dickens, igual que uno no puede copiar a Shakespeare.[342]​ Dickens marcó un antes y un después en la literatura inglesa: la posterior a su muerte (1870) es notablemente diferente de la producida en los inicios de la época victoriana.

Novela de aventuras y novela militar[editar]

Frederick Marryat (1792-1848), marino y novelista inglés, fue contemporáneo y amigo de Charles Dickens, y destacó por ser uno de los primeros autores de novelas de ambiente marinero. Sirvió en la Royal Navy durante un cuarto de siglo (1806-30), y volcó su madura experiencia y su irreprochable vivacidad a su obra cuando comenzó a escribir novelas.[344]​ Asentándose en su nueva profesión literaria, produjo con asombrosa rapidez[345]​ una trepidante sucesión de historias: Newton Forster (1832), Peter Simple (1834), Jacob Faithful (1834), El pachá de muchos cuentos (1835), Japhet en busca de un padre (1836), El guardiamarina Easy (1836), El pirata y los tres cúter (1836), hasta alcanzar su más alta cota de habilidad constructiva en El perro diabólico (1837).[344]​ Marryat poseía un don admirable para la narrativa lúcida y directa, y un fondo inagotable de episodios, y de humor, en ocasiones rayano en la farsa. De todos sus retratos de marineros aventureros, el «Gentleman Chucks» de Peter Simple y el «Equality Jack» de El guardiamarina Easy son los más famosos, pero creó otros muchos personajes que adquirieron categoría entre las figuras características de la ficción inglesa.[344]​ Entre sus restantes obras están El buque fantasma (1839);[344]Poor Jack (1840); Joseph Rushbrook (1841); Percival Keene (1842); The Privateer's Man (El corsario) (1844); y Valerie, inconclusa (1849). Sus novelas constituyen un importante vínculo entre Smollett y Fielding, y Charles Dickens.[346]

Como escritor, Marryat ha sido juzgado de forma diversa, pero su sitio como narrador está asegurado. Extrajo de su experiencia profesional y de sus conocimientos el material para sus historias.[347]​ Marryat es el príncipe de los narradores del mar; su conocimiento del mar, su vigorosa definición de personajes y su humor campechano y honesto, si bien algo grueso, nunca dejan de complacer.[348]

Tras retirarse en 1827, el capitán de la Marina Frederick Chamier (1796-1870) se consagró a la profesión literaria. Fue autor de varias novelas, las cuales, modestas imitaciones de las de Marryat, tuvieron en su momento una popularidad considerable, aunque actualmente casi han caído en el olvido. Entre ellas cabe mencionar Vida de un marinero (1832), Ben Brace (1836), El «Aretusa» (1837), Jack Adams (1838) y Tom Bowling (1841).[349]

Las aventuras del médico y novelista irlandés Charles James Lever (1806-1872) en el Trinity College de Dublín (1823-28) forman la base de esa vasta reserva de anécdotas de la que se derivan las mejores cosechas de sus novelas. El inimitable Frank Webber en Charles O'Malley era Robert Boyle, un amigo irlandés de la universidad, posteriormente párroco. Lever y Boyle cantaban baladas compuestas por ellos mismos en las calles de Dublín, a la manera de Fergusson o Goldsmith, colmaban sus gorras con monedas de cobre y gastaban muchas otras bromas inmortalizadas en las páginas de Charles O'Malley, Con Cregan y Lord Kilgobbin.[350]​ Lever viajó a Canadá como cirujano no titulado en un barco de emigrantes, y se basó en algunas de sus experiencias para Con Cregan, Arthur O'Leary y Roland Cashel. Al llegar a Canadá se internó en los bosques del interior, se unió a una tribu de indios y tuvo que escapar para salvar su vida, como su propio personaje Bagenal Daly.[350]​ En febrero de 1837, tras diversas experiencias, comenzó a publicar Las confesiones de Harry Lorrequer a través de las páginas del recientemente creado Dublin University Magazine[350]​ (publicación de la que posteriormente sería editor entre 1842 y 1845). Harry Lorrequer no era más que una serie de historias irlandesas y de otro tipo, buenas, malas y regulares, pero en su mayoría joviales, y Lever quedó sorprendido por su éxito.[350]​ Era su primera novela, y la inmediata y amplia aceptación que recibió decidieron a su autor a dedicarse a la literatura.[351]​ Lever nunca había tomado parte en una batalla, pero sus siguientes tres libros: Charles O'Malley (1841), Jack Hinton (1842) y Nuestro Tom Burke (1843), escritos bajo el estímulo de la extravagancia crónica propia del escritor, contienen algunos espléndidos relatos militares y algunas de las más vigorosas batallas que se recuerdan.[352]​ En las páginas de Charles O'Malley, su libro más popular,[351]​ y de Tom Burke Lever anticipa no pocos de los mejores ecos de Marbot, Thiébault, Lejeune, Griois, Séruzier, Burgoyne y otros similares.[Nota 25]​ Su relato de la batalla del Duero no tiene nada que envidiar, se ha dicho, al de Napier.[352]​ Durante esos años apenas pasaba uno sin una contribución a la lista de sus joviales, frescas y divertidas historias.[351]​ No obstante, a causa de que su estilo era demasiado fácil de parodiar, la fama de Charles Lever sufrió un eclipse pasajero.[353]

Tras publicar Arthur O'Leary: sus andanzas y meditaciones en numerosos países (1844) y The O'Donoghue: un relato de Irlanda hace cincuenta años (1845), Lever consideró que su "savia original" estaba agotada y decidió renovarla en Europa.[352]​ Al igual que sus personajes de The Daltons (1852) o La familia Dodd en el extranjero (1854), viajó por todo el continente, de Karlsruhe a Como, de Como a Florencia, de Florencia a las termas de Lucca y así sucesivamente.[352]The O'Donoghue y El caballero de Gwynne (1847) se enmarcan en la línea de los romances históricos.[351]​ Tanto en esta última como en Las confesiones de Con Cregan (1849), Roland Cashel (1850) y Maurice Tiernay, soldado de fortuna (1855) aún encontramos rastros de su antiguo estilo; pero estaba empezando a perder su alegría compositiva original.[352]​ Continuó produciendo novelas hasta el final de su vida.[351]​ Sus obras postreras incluyen La fortuna de Glencore (1857), Tony Butler (1865), Luttrell of Arran (1865), Sir Brooke Fosbrooke (1866),[352]Los Bramleigh de Bishop's Folly (1868) y Lord Kilgobbin (1872).[351]

Lever era un narrador nato.[352]​ Con escaso respeto por la unidad de acción o por la estructura novelística convencional, sus libros más brillantes, como Harry Lorrequer, Charles O'Malley y Tom Burke, son de hecho poco más que sucesiones de escenas de la vida de un "héroe" en particular, sin interconexión alguna mediante una trama continua. El tipo de personajes que representa es en la mayoría de los casos elemental. Sus personajes femeninos son en su mayoría "interesadas" o "aprovechadas", jaraneras o de mal carácter; sus héroes poseen un temperamento demasiado avinagrado y constituyen una presa fácil ante los graves ataques de Poe o ante las más guasonas burlas de Thackeray en Phil Fogarty o de Bret Harte en Terence Deuville.[352]​ Pese a todo, sus descuidados esbozos contienen creaciones inolvidables tales como Frank Webber, el mayor Monsoon y Micky Free, "el Sam Weller de Irlanda". Falstaff es único en la literatura universal; pero si alguna vez llegó a haber un Falstaff posterior, ese fue Monsoon.[352]​ Los críticos podrán elogiar las novelas posteriores de Lever, reflexivas y cuidadas, pero Charles O'Malley siempre será el modelo de romance militar.[352]

La carencia de habilidad artística y de simpatía hacia los rasgos más intensos del carácter irlandés por parte de Lever han obstaculizado su reputación entre los críticos. Salvo en cierta medida en The Martins of Cro' Martin (1856), se puede admitir que sus retratos de los irlandeses están esbozados demasiado exclusivamente dentro del tipo representado en las Memorias de Sir Jonah Barrington[Nota 26]​ y de sobra conocido en el teatro inglés. Desde luego, no tenía ninguna intención deliberada de "menospreciar el carácter nacional". Todo lo contrario.[354]​ Sus joviales pinturas de la sociedad irlandesa, despreocupada y aficionada a beber, no pueden quedar en el limbo, aunque muchas veces el lector no vaya más allá de Las confesiones de Harry Lorrequer.[353]

El escocés James Grant (1822-1887) llegó a ser un hábil delineante, pero otros gustos ―literarios― se mostraron en sí mismos, y entonces se dedicó a escribir novelas, convirtiéndose rápidamente en un escritor sumamente prolífico.[355]​ Escribió más de 50 novelas en un estilo enérgico, vivaz;[285]​ sus historias, plenas de vivacidad y sucesos, se ocupan principalmente de escenas y personajes militares.[356]​ Su primera novela, y en algunos aspectos la mejor, Romance de guerra, apareció en 1845. Debía su origen a las numerosas anécdotas de la guerra hispano-francesa, que le habían sido relatadas por su padre, y describía las aventuras de los Gordon Highlanders en la Península. La vívida descripción de batallas procuraría rápidamente unas enormes ventas para la novela.[355]​ Pronto seguiría una secuela titulada Los Highlanders en Bélgica. Después llegaría Las aventuras de un ayudante de campo, cuya popularidad igualó a la de su primera novela. La fragata amarilla, Bothwell, Jane Seton y muchas más tuvieron éxito, y a partir de ese momento hasta su muerte nunca pasaría un año sin que fueran producidas una, a menudo dos, e incluso tres novelas.[357]​ Otros títulos destacados: Frank Hilton, o propiedad de la Reina (1855); El regimiento fantasma y Harry Ogilvie (1856); Lucy Arden (1858); La escarapela blanca (1867); Solo un alférez (1871); Shall I Win Her? (1874).[356]​ Sus últimas obras de ficción fueron Trabajos de amor ganados (1888), que relata episodios de bandolerismo en Birmania; y Jugando con fuego (1887), una historia de la guerra de Sudán. Escribió en total unas cincuenta y seis novelas. Una rápida sucesión de episodios, un estilo muy vivaz, y unos diálogos que raramente decaen caracterizan todas ellas. Las que tratan la historia de Escocia incorporan una considerable investigación, son vigorosas y pintorescas en el estilo, y expresan mucha simpatía con el temerario arrojo, la lealtad y la hombría de los héroes escoceses y fronterizos.[358]

William Clark Russell (1844-1911), escritor inglés nacido en Nueva York, sirvió en la Marina Mercante Británica desde 1858. Su vida a bordo estuvo marcada por privaciones que quebrantaron seriamente su salud. No obstante, partiendo de estas experiencias tempranas Clark Russell reunió el material que habría de constituir su materia prima literaria.[359]

En 1866 se retiró del servicio mercante, y tras unos meses en ocupaciones comerciales, adoptó la carrera literaria.[359]​ Pronto se dedicaría a escribir historias de aventuras náuticas, lo que a partir de entonces sería su principal ocupación. Su primera novela, John Holdsworth, primer oficial de puente (1875), atrajo de inmediato la atención, y la todavía más popular El naufragio del «Grosvenor» (1877) afianzó su reputación como escritor gráfico de historias marinas.[359]​ Durante treinta años, un flujo constante de novelas más o menos exitosas fluyó de su fértil pluma; en total, produjo cincuenta y siete volúmenes.[359]

Novela histórica[editar]

George Payne Rainsford James (1801-1860), novelista y escritor histórico,[360]​ publicó alrededor de un centenar de volúmenes que gozaron de una considerable e inmediata popularidad. Entre ellos se cuentan Richelieu (1829), Felipe Augusto (1831), El hugonote (1838), El salteador (1838), Enrique de Guisa (1839),[361]​ etc. Richelieu, su primera novela, fue escrita en 1825 y publicada en 1829.[362]​ Otras de sus novelas más conocidas son Henry Masterton (1832); The Gypsy (1835); Atila (1837); El hombre armado y The King's Highway (ambas de 1840); Agincourt y Arabella Stuart (ambas de 1844); El contrabandista (1845); Henry Smeaton (1851), y Ticonderoga (1854).[362]

Endebles y melodramáticos como resultan ser los romances de James, fueron éstos muy populares. El marco histórico resulta en la mayoría de los casos laboriosamente preciso, y aunque los personajes no tienen vida, el tono moral es irreprochable; en las tramas hay un agradable sabor aventurero, y el estilo es claro y correcto.[363]

En la época victoriana Edward Bulwer-Lytton (1803-1873) continuó su labor literaria con una energía casi inagotable hasta el final de su vida.[128]​ Durante un viaje a Italia, Bulwer recibió el influjo histórico-romántico de Walter Scott, y a su regreso publicó dos novelas históricas de tema romano: Los últimos días de Pompeya (1834) y Rienzi, el último tribuno (1835). Con ellas, Bulwer alcanzó la cima de su popularidad. Hizo grandes esfuerzos con estas historias, y a pesar de su estridente colorido y de su amanerado énfasis excesivo, señalan indudablemente la cota más alta de su talento.[364]​ No hay en él la imaginación creadora de Scott ni la gracia de su estilo, pero se esfuerza por presentar la realidad histórica y arqueológica con la mayor precisión.[365]​ En Los últimos días de Pompeya, su novela más conocida en este campo,[365]​ el motivo romántico lo proporcionan los amores de una pareja griega, el joven Glauco y su novia Ione, y los torcidos propósitos de Arbaces, el tutor de Ione, que está enamorado de ella.[365]​ Posteriormente, el marco de sus relatos históricos volvió a ser Inglaterra, concretamente la Inglaterra de la conquista normanda (1066) y la de la Guerra de las Dos Rosas (siglo XV). El último de los barones (1843) pretende ser una interpretación filosófica de los cambios sociales de un período, y su argumento se centra en la fase final de la citada guerra. Harold, el último rey sajón (1848) sigue la pauta histórica de la conquista normanda, con una idea distinta de la de Scott: si éste se servía de la historia para escribir novelas, Bulwer-Lytton se vale de su capacidad novelística para realzar la historia.

William Harrison Ainsworth (1805-1882), un prolífico escritor tan oscuro en la actualidad como famoso llegó a ser en su tiempo, reinventó la novela de ambiente gótico en un entorno inglés, una revisión radical del modelo scottiano de novela histórica y un antecedente del gótico urbano contemporáneo de Dickens y Reynolds.[366]​ La zona residencial de Manchester en la que creció ―en un ambiente histórico y romántico de estilo georgiano― y sus lecturas de infancia (obras románticas repletas de aventuras o temas sobrenaturales) influyeron notablemente en su ingente obra posterior. Desde mediada la década de 1830 continuó produciendo hasta el año 1881 un torrente de novelas, hasta llegar a 39,[367]​ de las cuales cabe destacar La Torre de Londres (1840); Old St. Paul's: A Tale of the Plague and the Fire (1841) y El alguacil de la torre (1861). Sus novelas del ciclo de Lancashire abarcan por completo un período de cuatro siglos de historia de Inglaterra e incluyen los siguientes títulos: Las brujas de Lancashire (1847), su mejor obra y la última de sus novelas góticas "originales";[366]Vida y aventuras de Mervyn Clitheroe (1857-58) y The Leaguer of Lathom (1876). Otras novelas suyas, ambientadas en diferentes épocas de la historia de Gran Bretaña, son: Guy Fawkes o la traición de la pólvora (1840), La hija del avaro (1842), El castillo de Windsor (1843) y Saint James's o la corte de la reina Ana: un romance histórico (1844). La inconclusa Auriol o el elixir de la vida, una de sus mejores novelas, fue parcialmente publicada por entregas entre 1844 y 1845. En una visión de conjunto, la obra narrativa de Ainsworth dependía de sus efectos sobre situaciones sorprendentes y descripciones poderosas: en él hay escaso humor o capacidad para definir caracteres.[367]​ Ainsworth fue muy popular en su tiempo y sus novelas se vendieron en gran número, pero su reputación no ha resistido el paso del tiempo.[368][369]

En Barnaby Rudge: un relato del motín del 80 (1841), la primera novela de ambientación histórica escrita por Charles Dickens (la acción transcurre durante los disturbios de Gordon de finales del siglo XVIII), el argumento va adquiriendo una importancia cada vez mayor.[339]Historia de dos ciudades (1859) es una narración vigorosa, escrita probablemente bajo el influjo de Thomas Carlyle.[370]​ Con la época de la Revolución francesa y el período del Terror como trasfondo histórico, la novela revela las atrocidades, contradicciones y heroísmos de que es capaz el hombre, individual y colectivamente, en momentos de exaltación y de grandes crisis.[370]​ Esta obra dio una nueva estructura a la novela histórica: el asunto pertenecía al pasado y, sin embargo, no es el pasado lo que interesa, sino el carácter de valor permanente.[371]

William Henry Giles Kingston, más reconocido como W. H. G. Kingston (1814-1880) y más célebre por sus novelas juveniles de aventuras, viajó y vivió más experiencias que la mayoría de los hombres de su tiempo. Sus numerosos artículos periodísticos sobre Portugal, donde residió, fueron traducidos al portugués y por ellos se le otorgó una pensión del Gobierno. Su primer libro, El jefe circasiano, apareció en 1844.[372]​ Viviendo aún en Oporto escribió El primer ministro, una novela histórica.[373]​ Ya en Inglaterra, se interesó por el fenómeno emigratorio[373]​ y sus raíces históricas.[Nota 27]​ En los últimos años de su carrera escribió numerosos relatos históricos ambientados en casi todas las épocas y países, desde Eldol el druida (1874) y Joviniano, una historia de los primeros días de la Roma de los papas[374]​ (1877) en adelante, y emprendió algunas populares compilaciones históricas como Ratos con los reyes y reinas de Inglaterra (1876).[375]​ Sus obras fueron muy populares; sus historias eran bastante inocuas, pero la mayoría de ellas resultaron efímeras.[375]

Eliza Lynn Linton (1822-1898) fue la primera mujer periodista asalariada en Gran Bretaña, y autora de más de veinte novelas. Con escaso conocimiento del mundo, poseía un vasto surtido de conocimientos antiguos obtenidos de la biblioteca de su padre.[376]​ Ni su erudición ni su imaginación eran similares al recrear Egipto o Grecia, pero Azeth el egipcio (1846) y Amimone: un romance de los días de Pericles (3 volúmenes, 1848), evidenciaban una vehemente elocuencia y un brillante colorido.[376]

Wilkie Collins (1824-1889) pasó dos o tres años con sus padres en Italia,[377]​ y posteriormente, bajo la influencia de una fuerte admiración juvenil por Bulwer-Lytton, produjo clandestinamente una novela en la que utilizó con gran astucia toda la información local que había adquirido en Roma.[377]​ La obra en cuestión, Antonina o la caída de Roma, recibiría un alentador recibimiento en el momento de su aparición en 1850.[377]​ Se trata de una novela ambientada en el año 410, cuando tras siglos de humillación los godos avanzan sobre Roma, en la que el amor y la muerte se alternan en una danza dramática que mantiene en vilo permanente al lector.[378]​ Es sin duda, en cuanto al estilo se refiere, una de sus mejores obras, y en ella se expresan ya plenamente el dominio de la trama y el manejo de la intriga, así como el dibujo de personajes de una fuerza extraordinaria.[378]

La producción literaria de Charles Kingsley (1819-1875), co-fundador del grupo de los Socialistas Cristianos, presenta tres tendencias: novelas de carácter político-social, novelas históricas y cuentos y fantasías para niños. Más éxito que con sus novelas de orientación social y moral (véanse) obtuvo Kingsley con sus tres novelas históricas: Hipatia o nuevos enemigos con viejo rostro (1853), Westward Ho! (¡Rumbo a Poniente!) (1855) y Hereward the Wake (1866), aunque no todas ellas son igualmente objetivas ante los hechos históricos que les sirven de base.[379]​ Su notable novela Hipatia, indudablemente una de las más exitosas tentativas en un estilo literario muy dificultoso,[380]​ transcurre en la Alejandría de los tiempos del Imperio romano de Oriente, y encierra una crítica al escepticismo como actitud intelectual y al fanatismo de los cristianos ortodoxos de aquel período frente al paganismo neoplatónico; en esta obra, Kingsley explotó inteligentemente el contraste entre la Roma decadente y los bárbaros, salvajes pero emprendedores.[381]​ Al igual que sus anteriores libros, éste pretende transmitir una lección para la época, ocupándose de un período análogo de la fermentación intelectual. Muestra su brillante facultad para construir un cuadro vívido, si bien no demasiado certero, de un estado social del pasado.[380]​ Siguiendo con el género histórico, apeló con éxito a prejuicios inveterados en su Westward Ho! (¡Rumbo a Poniente!), con galantes lobos de mar isabelinos y siniestros españoles de cliché. El relato avanza sin una pausa, y no carece de viveza y de energía.[381]​ Es en cierto modo su libro más característico, y las descripciones de los paisajes de Devonshire, su campechana simpatía con los héroes isabelinos, y el inquebrantable espíritu del relato, dejan al lector indiferente a su obviamente parcial punto de vista de la historia.[382]¡Rumbo a Poniente! es la novela más popular de Kingsley, que ha sido leída por la mayoría de los ingleses, y la que más ha influido en la opinión de éstos sobre la España del siglo XVI. Es obra de exaltación patriótica, de aventuras y empresas navales en la época de Isabel I de Inglaterra.[383]Hereward the Wake (Hereward el Proscrito) es otro extracto de la historia de la Inglaterra de John Bull.[381]​ En ella se describe la personalidad y las aventuras del personaje que da nombre a la propia novela,[Nota 28]​ su matrimonio con la culta y encantadora Torfrida, y su levantamiento, en 1070, contra Guillermo el Conquistador.[383]

Como novelista su mayor poder residía en sus facultades descriptivas. Las descripciones de los paisajes de Sudamérica en Westward Ho!, del desierto egipcio en Hypatia, están entre las más brillantes composiciones del figuralismo en prosa inglesa.[384]

Siguiendo la trayectoria de la novela histórica es preciso mencionar a Nicholas Wiseman (1802-1865).[385]​ El cardenal Wiseman es el autor de Fabiola, o la Iglesia de las catacumbas (1854), recreación novelada de la vida y el espíritu de los cristianos en la Roma de los primeros tiempos de nuestra era.[385]​ La obra tuvo una amplísima difusión y fue traducida a diez idiomas.[386]

Charlotte Mary Yonge (1823-1901) entrelazó desde muy pronto leyendas históricas en muchas de sus historias, y sus primeras novelas históricas incluyeron El pequeño duque, o Richard el audaz (1854); Las lanzas de Lynwood (1855); El pastel de pichón: un relato de los tiempos de los «cabezas redondas» (1860); El príncipe y el paje: una historia de la última cruzada (1865); La paloma en el nido del águila (1866) y El león enjaulado (1870).[387]​ Algunos de estos relatos históricos fueron muy bien recibidos.[388]

La más grande novela de Charles Reade (1814-1884), el romance medieval, en cuatro volúmenes, titulado El claustro y el hogar, fue publicada en 1861.[389]​ Se considera su mejor novela, y en ella su método documental se aplica a la historia del siglo XV. Inspirada en los Coloquios de Erasmo y en su biografía, en los escritos de Lutero y en el material adecuado de cronistas e historiadores, Reade nos muestra vívidos cuadros de los monasterios, palacios y tabernas del período anterior al Renacimiento.[390]​ La acción transcurre en los Países Bajos, Alemania, Francia e Italia en el siglo XV, y los modales, las costumbres, la política y los coloquios familiares de la época están exitosamente representados. Son incidentalmente introducidos, junto con los personajes ficticios, personajes históricos como Froissart, Gringoire, Villon, Deschamps, Coquillart, Lutero y Erasmo.[389]​ La obra es actualmente reconocida como una de las mejores novelas históricas existentes.[391]​ Con respecto a otras novelas suyas, El claustro y el hogar es más libre de defectos, y la madura erudición y perspicaz inventiva que en ella están combinadas con la delicadeza y reserva artísticas constituyen su mejor título clasificable con los grandes novelistas.[392]​ Casi todos los críticos están de acuerdo en cuanto a la gran excelencia de El claustro y el hogar, situándola Swinburne "entre las magnas obras maestras de la narrativa".[393]

Quizá con menos suerte, George Eliot (Mary Ann Evans, 1819-1880), una de los grandes novelistas del siglo XIX, hizo también su incursión en el género de narrativa histórica. Romola (1862-63) es un intento fallido[Nota 29]​ de escribir una novela histórica ambientada en la Florencia renacentista, en la época de Savonarola.[395]Romola debe su vitalidad no a los retratos de Savonarola o de la heroína, o a sus vigorosos cuadros de la vida florentina en el siglo XV, sino a su soberbia descripción del traidor y atractivo Tito Melema, que no pertenece a ninguna época sino a cada generación.[396]

R. D. Blackmore (1825-1900), poeta y novelista, descubrió pronto que la ficción, y no la poesía, era su verdadera vocación,[397]​ y aplicó sus facultades poéticas al presentar escenas naturales en su prosa. Su primera tentativa de ficción, La doncella de Sker, cuyo escenario se sitúa en Nottage Court,[398]​ no le satisfizo y fue aparcada a medio terminar, y solo la completaría al cabo de los años.[398]​ Comenzando con Clara Vaughan en 1864, produjo quince novelas, todas meritorias, y dos o tres de ellas de un mérito excepcional.[397]​ A pesar de las situaciones dramáticas del libro y del notable poder de observación que reveló, Clara Vaughan fue considerada como un relato sensacionalista curiosamente desigual, que trata de desentrañar el crimen, y con todo resulta luminoso por sus exquisitas transcripciones de la naturaleza.[399]Cradock Nowell fue publicada en 1866.[399]​ Su protagonista es uno de los mejores héroes de Blackmore, y en Amy Rosedew legó al mundo una de las más fascinantes heroínas.[400]​ Su obra más apreciada, y la más conocida por los lectores ingleses, es Lorna Doone (1869), novela romántica de ambiente histórico situada en la época de Carlos II y Jacobo II, en el último tercio del siglo XVII.[385]​ Durante generaciones, esta novela ha sido muy leída por los escolares ingleses en su adolescencia. La novela costumbrista estaba en auge cuando apareció Lorna Doone, y Blackmore fue el pionero del movimiento neorromántico que, en alianza más o menos estrecha con la investigación histórica, alcanzaría desde entonces un verdadero éxito.[400]​ No menos de doce novelas siguieron a Lorna Doone.[400]​ De entre ellas destacan la ya citada La doncella de Sker (1872), la favorita del autor, y Springhaven (1887)[397]​ ―un romance histórico―.[400]​ En esta última, que es indudablemente uno de sus libros más ambiciosos, dio rienda suelta a su culto a la heroicidad de Nelson.[400]​ Sus restantes novelas fueron: Erema, o el pecado de mi padre (1877), Mary Anerley (1880), Christowell (1882), La extraordinaria historia de Tommy Upmore (1884), Springhaven (1887), Kit y Kitty (1889), Perlycross (1894), Cuentos de la casa de los cuentos (1896) y Dariel (1897). Todas ellas llevan el sello inconfundible de su propia personalidad atractiva y poco convencional, aunque en punto a mérito y poder de atracción resultan curiosamente desiguales.[400]​ Las páginas iniciales de Cuentos de la casa de los cuentos contienen algunos recuerdos de su infancia.[400]​ Una de las características más notables de las obras de Blackmore es su maravillosa capacidad de observación de la naturaleza y su simpatía por la misma. Se puede decir que hizo por Devonshire lo que Scott había hecho por las Tierras Altas de Escocia.[397]​ Sus novelas dan testimonio de su sinceridad y fuerza, de su generosa interpretación de sus semejantes, de su caballerosa devoción por muchachas y mujeres, de su aguda apreciación de la belleza de la naturaleza, de su elevada perspectiva de la vida, y del humor sagaz, la luminosa imaginación y la delicada simpatía que introdujo en la interpretación de la rutina común.[400]

Novela realista[editar]

La novela victoriana de carácter realista deriva de Richardson, Fielding y Jane Austen, sobre todo de los dos últimos, y en su primera etapa está representada por Thackeray y Trollope, novelistas tan notables, que en ciertos aspectos se pueden alinear con Dickens.[401]

A finales de los cuarenta aparecieron nuevos autores que no se parecían en nada a Dickens, pero que también merecen lugares destacados: Thackeray, las Brontë y Mrs. Gaskell. De todos ellos Thackeray es quien más unido suele ir a Dickens y a finales de siglo el público más educado solía aclamarle como gran maestro. Sin embargo, esta idea se ha desvanecido.[402]​ En general este autor ha pasado a la historia como creador de Vanity Fair (La feria de las vanidades) y poco más, lo cual puede que sea razonablemente justo.[402]

Novela de tesis y novela filosófica[editar]

Charlotte Mary Yonge, perteneciente a una familia extraordinariamente religiosa y devota de la Iglesia cristiana de Inglaterra, se propuso expresar sus ideas religiosas en forma novelada.[388]​ Publicó durante su larga vida cerca de un centenar de obras, principalmente novelas, interesantes y bien escritas, bajo la influencia de la High Church.[403]​ Fue en 1853 cuando la aparición de El heredero de Redclyffe proporcionó a la autora un auténtico éxito popular.[387]​ El libro satisfizo perfectamente el fervor religioso de la época, y su tendencia al autoanálisis. Alcanzaría su vigésima segunda edición en 1876, y fue reeditado en incontables ocasiones.[387]​ A ésta siguieron otras narraciones orientadas en el mismo sentido:[388]Heartsease (Viola tricolor) (1854) y The Daisy Chain (La guirnalda de margaritas) (1856), que fueron acogidas con especial efusión.[387]​ Otras historias moldeadas de modo similar fueron Dynevor Terrace (1857); La prueba: más eslabones de la guirnalda de margaritas (1864); La mujer inteligente de la familia (1865); Los pilares de la casa (1873) y Magnum Bonum (1879).[387]​ Gracias a su firme dominio de los personajes y a su comprensión de los detalles de la vida doméstica, las ficciones de Miss Yonge atrajeron a variados círculos de lectores.[387]

De todas las novelistas del siglo XIX, George Eliot (Mary Ann Evans) fue, sin duda, la más ilustrada, y la más adulta por lo que se refiere a sus obras.[404]​ La obra de esta mujer tiene cierta calidad shakespeariana. George Eliot resolvió el problema que había desconcertado a Cervantes: el de narrar un asunto largo sin acudir a cosas ajenas al mismo y sin aburrir.[405]​ Con Eliot la unidad del asunto y la cohesión del mismo se convirtieron en los rasgos principales de la construcción novelesca. Trabaja partiendo de los caracteres.[405]​ En sus novelas más sociales, Eliot seguiría otro rumbo distinto al realismo de las hermanas Brontë; aseguradas las conquistas de éstas y de Elizabeth Gaskell, Eliot se basará en el positivismo de Comte y tratará de convertir la novela en un fiel estudio de la vida y en un análisis lo más completo posible de las reacciones psicológicas y de las motivaciones humanas.[406]​ Describió sobre todo la Inglaterra de los pequeños propietarios, que estaba a punto de desaparecer por la absorción que de los campesinos hizo la ciudad, y por el paso de la pequeña propiedad a los grandes industriales.[407]​ En contacto con prohombres como John Chapman,[Nota 30]Herbert Spencer y especialmente George H. Lewes, bajo la influencia de sus lecturas, y dotada de un temperamento similar, George Eliot difícilmente podía orientarse en otro género de novela que no fuera el filosófico.[408]

Su producción novelística se divide en dos etapas condicionadas, hasta cierto punto, por el predominio de las experiencias vividas, vertebradas por la inspiración, la primera, y por la observación metódica, la profundización del carácter de los personajes y el análisis filosófico de la vida, la segunda. Las obras del primer ciclo son cuatro, y vienen a ilustrar su positivismo en un aspecto psicológico y profundamente ético, en un marco campestre o de pequeñas comunidades rurales.[409]

No fue sino hasta que frisaba ya los cuarenta cuando la escritora parece haber descubierto la verdadera naturaleza de su genio; porque no fue hasta 1857 cuando Los infortunios del reverendo Amos Barton apareció en el Blackwood's Magazine, anunciando el surgimiento de un nuevo escritor de singular energía.[410]​ Esta novela corta supuso el primer trabajo literario de Evans. La misma revista publicó también las otras dos novelitas que, junto con Amos Barton (sin duda, la mejor del conjunto), componían las Escenas de la vida clerical (1857-58), que alcanzaron un éxito inmediato. En ciertos aspectos, las Escenas de la vida clerical nunca fueron superadas por la autora. Su poder no forzado, su patetismo y la compasiva apreciación de la vida a la antigua usanza por un gran intelecto les otorgan un encanto singular.[395]​ Este fue el inicio de un ciclo de cuatro años (1858-61) en el que la escritora compuso cuatro de sus mejores obras. Tras ese primer éxito, George Eliot comenzó a trabajar en su primera obra extensa, Adam Bede (1859), novela de ambiente rural en la que la escritora pone de relieve toda su capacidad creadora. Es una novela de seducción, crimen y remordimiento, cuyas consecuencias sufren tanto los culpables como los inocentes.[411]Adam Bede, a juicio de muchos la obra maestra de George Eliot,[396]​ fue recibida con un aplauso unánime,[395]​ y situó de inmediato a su autora en primera fila de la literatura contemporánea.[395]

A partir de entonces el dilema ante el que siempre se encontraría Eliot en tanto que novelista consistiría en determinar si sus historias estarían guiadas por la intuición o por la racionalidad. Su siguiente novela, El molino del Floss (3 volúmenes, 1859-60), cuyos primeros capítulos son en gran parte autobiográficos,[410]​ muestra ese dilema de forma más clara.[412]​ Ambientada también en un escenario provinciano, se trata de una dramatización de la vida interpretada con firme trazo realista, y en ella el lenguaje ordinario de la gente del campo se reproduce tan fielmente como en Adam Bede.[413]​ El libro hizo su camino, y aparejó una multitud cada vez mayor de lectores[396]​ para sus siguientes obras. La plenitud creativa de Eliot continuó en la novela rural Silas Marner (1860-61), que señaló el final de su primer período literario,[395]​ y que supone quizás el más artísticamente elaborado de sus libros,[410]​ y, sin duda, la mejor y más equilibrada obra de este primer período, que revela la culminación de las posibilidades creadoras de la novelista.[413]Silas Marner muestra un retorno a su primitivo estilo ―el estilo de las Escenas de la vida clerical―.[396]​ Aunque en el espacio y el tiempo su argumento esté situado en una pequeña comunidad rural y a principios del siglo XIX, la obra recoge, dentro de las posibilidades artísticas del género, las direcciones más importantes de la problemática de la época.[413]

Posteriormente, Eliot emprendió la redacción de su novela más extensa y, sin lugar a dudas, más ambiciosa: Middlemarch: un estudio de la vida en provincias (1871-72), considerada por muchos como su obra más importante.[410]​ En efecto, a pesar de su extensión y complejidad, es una de las mejores novelas[414]​ de la autora, si no la mejor. En esta obra, Eliot regresó del pasado a la época contemporánea y se dedicó a acumular descripciones llenas de comprensión de la vida de varias familias y a estudiar sus reacciones.[415]Middlemarch sigue los destinos entrelazados de una docena de personas que viven en una ciudad provinciana de Inglaterra o en sus alrededores en un momento crucial de la historia británica: los años que conducen a la gran Ley de Reforma de 1832.[416]​ Igual que Vanity Fair, la novela gira en torno a dos personajes y a lo que a cada uno le depara el destino, pero estos personajes alcanzan una altura y abren unas expectativas mucho mayores que los de Thackeray.[416]​ Al final uno y otro caen derrotados por el tenaz conservadurismo de la sociedad provinciana, aunque también por su inmadurez y por sus propios errores.[417]​ Una y otra son figuras proféticas, se adelantan a su tiempo, al menos, al tiempo en que vive Middlemarch. A su alrededor encontramos multitud de personajes, algunos próximos a la caricatura dickensiana.[418]​ Si bien carece del espontáneo frescor de sus primeras novelas, éste queda suficientemente compensado por la penetración filosófica de los hechos y la profundidad con que cala en la caracterización de los personajes y establece los motivos de la acción.[409]​ Su exposición de las mentalidades de las clases alta y media de su tiempo es una obra maestra de psicología científica.[396]​ El éxito resultó notable. A finales de 1874 habían sido vendidas cerca de 20.000 copias.[394]Daniel Deronda (1874-76) resultó muy inferior, y fue su última novela.[410]​ Se trata de un tratado novelado en el que George Eliot desarrolla algunas de sus últimas conclusiones sobre las leyes que, a su parecer, orientan la vida humana.[414]​ Contiene algo de sátira y de personajes sumamente admirables, aunque del generoso deseo de apreciar la raza judía apenas puede decirse que haya producido resultados satisfactorios.[394]​ Con respecto a Middlemarch, su predecesora, exhibía la misma percepción humana, la misma apasionada sinceridad, el mismo insinuado alegato particular para casos difíciles, la misma pujanza intelectual, pero el tema era inmanejable, casi prohibitivo, y, como resultado, la novela, a pesar de su distinción, nunca gustaría del todo.[396]

En general, en sus novelas hay mucho pensamiento y honda crítica de la vida, a veces incluso directa. Su peculiar facultad de novelista consiste en el profundo substrato de pensamiento moderno y psicología teórica que posee, y el íntimo conocimiento de una gran variedad de aspectos de la naturaleza humana.[409]​ También hay algo de shakespeariano en su objetividad. La autora revela más parcialidad en Silas Marner que en Adam Bede, quizás porque el primero de estos libros es una exposición más directa de su credo positivista; en Middlemarch no hay ya la antigua vehemencia.[419]​ Es característico de ella que sus retratos de personajes masculinos y femeninos no presenten ninguna inclinación sexual:[419]​ sus personajes no ofrecían ninguna pista para conjeturar su sexo. La veracidad de esos personajes está garantizada con frecuencia por el lugar que tuvieron en su vida.[419]​ Rasgo específicamente femenino de su obra son los tipos de mujeres con una misión que cumplir; tal es la dulce Dinah Morris de Adam Bede, cuya vocación para ayudar a los pobres enfermos y predicar en sentido metodista tuvo realidad histórica.[420]​ Su visión general de la vida es pesimista, aliviada por una capacidad para extraer los elementos jocosos de la estupidez y el mal proceder humanos. También hay, sin embargo, mucha seriedad en su tratamiento de las fases de la vida, y pocos escritores han mostrado con mayor poder el endurecimiento y los efectos degradantes que conlleva la insistencia en malas conductas, o las inevitables e irreparables consecuencias de una mala acción.[410]​ Es indiscutible que con su fuerza intelectual, su capacidad creadora de caracteres y de plasmación artística de la realidad en sus distintas manifestaciones, George Eliot contribuyó a proporcionar a la novela inglesa madurez de contenidos y una dinámica ideológica de alta calidad, que repercutió en novelistas[388]​ posteriores. De todos los autores ingleses del XIX sería ella, sin duda, la que más se aproximaría a la literatura de Balzac. Leyendo la obra de George Eliot, se es consciente del deseo de la autora por aumentar las posibilidades de la novela como forma de expresión: le gustaba incluir temas nuevos y penetrar en el personaje con una mayor profundidad.[421]

Su método de acometer un tema muestra la influencia de Jane Austen, especialmente en partes de Middlemarch; uno puede detectar también la influencia más fuerte de Mrs. Gaskell, de Charlotte Brontë y de Miss Edgeworth.[396]​ Uno a menudo oye que ella no es artística; que sus caracterizaciones son menos distintivas que las de Jane Austen; que ella cuenta más de sus héroes y heroínas de lo que debería ser conocido. Pero cabe recordar que Jane Austen se ocupaba de tipos domésticos familiares, mientras que George Eliot sobresalía en la presentación de espíritus extraordinarios. Una dibujaba a los miembros de la buena sociedad con nociones correctas, mientras que la otra describía a rebeldes sociales con ideas e ideales. En cada uno de los libros de George Eliot, los protagonistas, atormentados por sueños de perfección, se rebelan contra los prudentes compromisos de lo mundano.[396]​ Jane Austen despreciaba a la mayoría de sus personajes; George Eliot sufría con cada uno de los suyos. Aquí, tal vez, encontramos la razón por la que es acusada de ser poco artística. No podía ser impersonal.[396]

La fama que la escocesa Margaret Oliphant (1828-1897) se ganó con sus primeras obras (véase el artículo sobre «Novela realista en lengua inglesa») se vería muy incrementada por el éxito de su serie de cuatro novelas, titulada Las crónicas de Carlingford, tres de las cuales fueron publicadas de forma anónima en el Blackwood's Magazine[422]​ (1862-65). La primera fue La capilla de Salem (en 2 volúmenes); y fue seguida por El rector y la familia del doctor (1863), El coadjutor vitalicio (1864) y Miss Marjoribanks (1866). La última de la serie fue publicada en 1876, y se titulaba Phoebe Junior: última crónica de Carlingford. Con frecuencia fueron tomadas como obras de George Eliot, y aunque los críticos más perspicaces nunca cayeron en este error, la semejanza superficial es muy marcada. Los personajes hablan y se comportan muy a la manera de George Eliot, y con no menos consistencia y fidelidad hacia la naturaleza, pero la mentalidad que hay tras ellos es de un calibre intelectual manifiestamente menor.[422]

Narrativa de terror y misterio[editar]

La carrera del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873) como narrador se circunscribe casi por completo a la época de su retiro[423]​ (desde 1858, fecha en la que enviudó). Le Fanu destacó en la narrativa gótica y de terror y misterio, y está considerado el padre del cuento de fantasmas victoriano y uno de los mejores autores de la narrativa fantástica del siglo XIX.[424]​ Escribió algunas novelas inteligentes, de un nivel sensacional, en las que da rienda suelta a su vigorosa imaginación y a su pasión irlandesa por lo sobrenatural.[425]​ Compaginó sus actividades periodísticas con la literatura.[424]​ En el Dublin University Magazine publicó, entre 1838 y 1840, sus doce primeros relatos, entre ellos su primer cuento de fantasmas, El fantasma y el ensalmador (1838).[Nota 31]​ Como escritor, era muy meticuloso y reelaboraba constantemente sus escritos buscando la mejor versión (muchas de sus novelas, por ejemplo, son versiones ampliadas y mejoradas de relatos cortos anteriores).[cita requerida] Su especialidad era el efectismo para sorprender y sobresaltar al lector y su capacidad para dejar en el aire los detalles más importantes de la historia, buscando así conservar el halo de lo inexplicable y misterioso.[cita requerida] Trató de evitar que lo sobrenatural fuera demasiado evidente en sus relatos, prefiriendo que apareciera en la mayoría de los casos como algo sutil e implícito, e incluso racionalmente explicable (así sucede, por ejemplo, en su novela corta Té verde).[cita requerida] Para sus relatos casi siempre se inspiró en el folclore irlandés.[cita requerida] Entre sus obras cabe destacar la novela corta de ambientación típicamente gótica Spalatro (1843), que Le Fanu publicó como anónima y cuya autoría solo sería tardíamente reconocida a finales del siglo pasado, y sus primeras novelas, históricas al estilo de Walter Scott aunque de ambientación irlandesa: El gallo y el ancla (1845), La fortuna del coronel Torlogh O'Brien (1847) y La casa junto al cementerio (1863). Las dos primeras fueron publicadas de forma anónima, y no tuvieron mucho éxito.[423]​ Fue autor, además, de numerosos relatos publicados en revistas y de otras novelas como Wylder's Hand (1864), Guy Deverell (1865), The Wyvern Mystery (1869), The Rose and the Key (1871) y Willing to Die (1873),[424]​ su última obra. Pero, sobre todas ellas, sus grandes obras fueron: Tío Silas (1864), novela de misterio y horror macabro, y En un vidrio misterioso (1872), un volumen que incluía los que pasan por ser sus mejores relatos de terror: Té verde, La habitación del dragón volador y la novela corta Carmilla, precursora del género de historias de vampiros, que influiría notablemente en el Drácula de Bram Stoker.[cita requerida] Tío Silas, en muchos aspectos su obra más poderosa y original, confirmó su reputación en 1864, y entre esa fecha y la de su muerte, nueve años más tarde, publicaría doce volúmenes más de ficción.[423]​ Aparte de Carmilla, las obras de Le Fanu influyeron notablemente en autores posteriores, como M. R. James,[cita requerida] y, por lo general, todas ellas se distinguen por su hábil construcción, una trama ingeniosa, y por su poder en la presentación de lo misterioso y sobrenatural.[426]​ La obra de Le Fanu ―refinada, ya despojada de los trucos fáciles y ruidosos de la degradada ficción gótica de las primeras décadas del XIX― marca la transición de la corriente clásica de los Radcliffe y Maturin a la llamada novela sensacionalista de la era victoriana: aunque muchos de sus argumentos recuperan el manido tema de la doncella atrapada en las garras de un pérfido villano, se trasladan ahora a los ambientes contemporáneos, provocando un curioso contraste entre lo arcaizante de las tramas y la modernidad de los escenarios. Precisamente, esa tensión entre el pasado terrorífico y el presente cotidiano será una de las claves para entender gran parte del género fantástico posterior.[424]

Entre los modernos novelistas irlandeses iguala a Lever en popularidad, y, si es inferior a éste en vigor narrativo, le supera en poder imaginativo. Lo sobrenatural poseía un poderoso encanto para él, probablemente intensificado por la melancolía de su vida postrera, y este rasgo proporciona a sus novelas un efecto que recuerda algunas características de Hawthorne. En la ingeniosidad de sus tramas rivaliza con Wilkie Collins.[423]

Catherine Crowe (¿1800?-1876), novelista y escritora sobre temas sobrenaturales, escribió en 1841 su más exitosa obra de ficción: Susan Hopley.[427]​ Publicó su Night Side of Nature (El lado nocturno de la naturaleza) en 1848. Es ésta una de las mejores colecciones de relatos sobrenaturales en lengua inglesa, aportando la energía de las creencias de la propia autora animación a su narrativa. Desde cualquier otro punto de vista tiene poco valor, por ser excesivamente crédula y acrítica. Lilly Dawson, la más exitosa de sus novelas después de Susan Hopley, fue publicada en 1847. The Adventures of a Beauty y Luz y oscuridad aparecieron en 1852, Linny Lockwood en 1854.[427]​ Crowe será probablemente mejor recordada por su Night Side of Nature, pero sus novelas no están de ninguna manera desprovistas de mérito. Son una mezcla curiosa y no desagradable de imaginación y hechos reales. La ingeniosidad de las tramas y la naturaleza romántica de los sucesos contrastan forzosamente con el carácter prosaico de los personajes y la desapasionada llaneza del léxico. La curiosidad y la compasión están profundamente excitadas, y se muestra mucha destreza en mantener el interés hasta el final.[427]

Resulta notable que la inventiva de Elizabeth Gaskell (1810-1865) se mostrara muy atraída por todo lo relativo a lo sobrenatural, a través de cuyos límites se aventuró en más de uno de sus escritos menores ―por ejemplo, My Lady Ludlow (1858), La clarisa pobre (1856) o la Historia de la vieja niñera (1852)―.[428]​ Otros títulos de Gaskell en este género: Desapariciones (1851); La historia del caballero (1853); La maldición de los Griffiths (1858); La bruja Lois, La rama torcida y El fantasma de la galería (todos ellos de 1859); y La mujer gris (1861).

Novela política y novela social[editar]

En el período que va desde 1830 a 1850, el problema político y social inglés cobra grandes proporciones. En estas circunstancias aparece la novela interesada por la condición social de la Inglaterra de este período. Surge como transformación y ampliación de la novela histórica, y es histórica hasta cierto punto, ya que responde a motivaciones político-sociales.[429]

La acometida más fuerte contra el nuevo industrialismo y la denuncia del empobrecimiento por él ocasionado no vinieron, como pudiera suponerse, del lado revolucionario, sino del conservador. Y el eficaz crítico de esa situación fue Benjamin Disraeli (1804-1881),[430]​ cuya reputación como personaje político esencial (llegó a ser Primer Ministro del Reino Unido entre 1874 y 1880) oscureció en cierta medida su faceta literaria. Brillo, inteligencia y temas políticos mantienen vivas sus novelas.[353]

Tras siete años (1837-44) dedicado de lleno a la labor parlamentaria, Disraeli comenzó su período literario más fructífero. Lo más importante de su producción literaria lo constituyen las novelas de su famosa trilogía de la «Young England» («Joven Inglaterra»), exposición clara de su idealismo político: Coningsby o la nueva generación (1844), ambientada en los acontecimientos políticos ocurridos entre la promulgación de la Ley de Reforma de la Representación Parlamentaria (1832) y la caída del Primer Ministro Lord Melbourne (1841); Sybil o las dos naciones (1845), novela de ambientación realista y tono romántico centrada en denunciar la miseria y las degradantes condiciones en que vivían los desheredados de la Inglaterra victoriana; y Tancred o la nueva cruzada (1847), en la que el autor aborda la cuestión de las relaciones entre la religión y el Estado. Estas novelas presentan, en forma articulada y artística, un programa político para la solución de los problemas de Inglaterra, consistente en un conservadurismo reformado[431]​ y en una nueva concepción de la nacionalidad.[432]​ Las dos primeras fueron publicadas justo antes de la derogación de las Corn Laws, y mientras el Partido Conservador aún seguía aparentemente intacto. La sensación que causaron fue enorme, y perdurable el efecto que produjeron. Los puntos de vista políticos expuestos en estas célebres novelas ya habían sido abordados en la Vindicación de la Constitución británica, pero entonces suscitaron escasa atención; y tal vez por esta razón el autor decidió refundirlos en forma de ficción. La esencia y el meollo de la teoría que encarnaban consistían en que desde 1688 hasta 1832 el gobierno del país había sido una oligarquía cerrada, y que por la Ley de Reforma de 1832 la corona, habiendo quedado liberada de las conexiones aristocráticas que habían usurpado sus prerrogativas, podría quizá estar destinada a recuperar parte de sus poderes suspendidos, y que en esto podría residir la mejor solución de muchas de las dificultades actuales[433]​ de la nación británica. Sybil estaba basada en la experiencia del sistema de fábrica que Disraeli aprendió durante un viaje por el norte de Inglaterra en 1844 en compañía de Lord John Manners[Nota 32]​ y el Honorable G. Smythe.[Nota 33]​ Las imágenes gráficas de la miseria y la pobreza de la población fabril, que infunden a sus páginas un interés dramático tan vívido, rindieron un poderoso impulso a la causa de la reforma fabril, iniciada por Mr. Sadler[Nota 34]​ y posteriormente sacada adelante por Lord Ashley.[434]​ En Sybil la Iglesia juega el papel que en Coningsby es desempeñado por la corona.[434]​ Con la publicación de Tancred (1847) Disraeli se despidió de la ficción durante un cuarto de siglo.[434]

Las dos novelas de sus últimos años son Lothair (1870) y Endymion (1880). Lothair, también de carácter biográfico, contiene muchas referencias a la política y a la religión, aunque no propone, como Coningsby, por ejemplo, un programa político concreto. Endymion, su novela postrera, es una mezcla de fantasía y realidad; relata la vida de aventuras amorosas y éxitos sociales del protagonista, que consigue triunfar influido por admirables mujeres que se identifican con sus ideales e intereses.[435]

Como escritor, Disraeli resulta generalmente interesante, y sus libros están repletos de ideas sorprendentes, perspicaces máximas y frases brillantes que se graban en la memoria. Por otro lado, a menudo es artificial, extravagante y exagerado, y su posición literaria final resulta difícil de predecir.[436]

Charles Dickens odiaba el sistema social en el que había nacido, y en muchas de sus novelas se proponía atacar la corrupción de su época. Sin embargo, esa misma época le exigiría su tributo al imponerle que, si quería que sus novelas fuesen populares, debían respetar las convenciones de la clase media en lo referente a moralidad y a vocabulario.[334]​ En Dombey e hijo (1846-47), en la que arremete contra el mercantilismo como objetivo único de la vida, Dickens comenzó a alcanzar su plenitud como novelista.

Donde Dickens alcanza la cima de sus objetivos y expresa con mayor rigor la concepción que tiene de la sociedad es en una serie de novelas largas escritas entre 1850 y 1870, en las que analiza el estado en que se encuentra Inglaterra, volcada al exterior, tan segura de sí misma, tan triunfadora, pero en realidad tan injusta, tan ineficaz, tan dividida. Quizá la mejor de todas sea Bleak House (Casa desolada) (1852-53), que comienza criticando la ley, sus dilaciones, su falta de humanidad, la avaricia de quienes la ejecutan, pero amplía su objetivo arremetiendo contra la sociedad y sus profetas.[341]​ Se trata de la novela más consciente y profundamente planificada de toda la obra de Dickens,[339]​ y, con respecto a las anteriores, tiene otras características: encierra en su interesante y complicada trama una violenta censura de los abusos de la justicia de la época.[437]​ Es una novela de altas miras, que afecta a todas las clases sociales.[341]​ Aunque a lo largo de toda su obra Dickens se dedicaría a atacar las condiciones sociales de su época,[438]​ en Tiempos difíciles (1854) insiste especialmente en ello. El objetivo de Hard Times es atacar con particular virulencia los principios económicos que regían el desarrollo industrial, de tal forma que los personajes parecen ser meras reproducciones mecánicas de creaciones anteriores. Debemos reconocer que Dickens vio cómo el sistema industrial transformaba personas en autómatas y por eso se ve obligado a restar vitalidad a sus personajes, a convertirlos en seres a medio camino entre las personas y los títeres.[439]​ En esta obra, Dickens protesta duramente contra los sistemas educativos basados en hechos y estadísticas a costa de la formación de la conciencia y del desarrollo de los afectos y de la imaginación.[437]​ La novela muestra, mejor que algunas obras históricas, la vida en las ciudades industriales inglesas de mediados del siglo XIX,[437]​ y satiriza completamente el sistema del laissez-faire de la Escuela de Mánchester.[438]​ Un prejuicio social sería también el hilo conductor de La pequeña Dorrit (1855-57),[438]​ última novela de este período medio de la vida de Dickens, en la que el autor ataca los métodos de la burocracia.[438]​ La descripción de la vida carcelaria se convierte en un tema serio a través del retrato que Dickens hace de la cárcel para deudores de Marshalsea (Londres), en la que había estado recluido el propio padre del autor.[149]

La ciudad de Mánchester en 1840 (grabado del ilustrador Percy William Justyne). La acción de Mary Barton, primera novela de Elizabeth Gaskell, se desarrolla en esta ciudad industrial en los años 1839-42.

Elizabeth Gaskell se casó con un pastor unitario de Mánchester, una de las zonas de mayor miseria e inestabilidad de la Inglaterra industrial.[440]​ Ella y su marido idearon una especie de crónica de la crueldad del sistema industrial sobre las clases humildes de la ciudad de Mánchester, siguiendo la tendencia realista de George Crabbe. Este proyecto cuajó en Mary Barton (1848), la primera novela de Mrs. Gaskell,[441][Nota 35]​ en la que la vida y los sentimientos de la clase obrera fabril están representados con mucha energía y empatía.[443]Mary Barton: un relato de la vida en Mánchester sentó las bases de la carrera literaria de Mrs. Gaskell.[444]​ Quizá sea el retrato que describe (y condena) con mayor intensidad el escenario industrial de los que se hicieron en el siglo XIX. Los matices melodramáticos, imaginativos y sentimentales que incluye no empañan la imagen que nos ofrece sobre la vida de la clase trabajadora, de sus momentos prósperos y de los más deprimidos. Esta imagen convence por la honestidad que encierra, por la meticulosidad con que observa los detalles más significativos, por la cercanía que muestra sin llegar a rebasar el límite del alegato.[440]​ Nadie consiguió poner sobre la palestra victoriana una visión tan profunda (quitando a Disraeli) y una reflexión tan aguda del panorama industrial.[445]​ El fondo de inquietud industrial que vemos en Shirley se convierte en el asunto principal de Mary Barton.[446]​ La obra tiene dos aspectos: el social y el rural o idílico-humorístico. Mary Barton es una novela inquietante, que describe la vida tal como la vio la escritora en los barrios industriales de Mánchester durante sus primeros años de matrimonio, y resulta más atractiva porque no se propone enfrentar hostilmente a los diversos estratos sociales, sino describir y, en lo posible, incluso conciliar realidades. La novela causó mucho revuelo en su tiempo, y todavía resulta un libro interesante porque describe con realismo los horrores y desequilibrios sociales de la Inglaterra de la década de 1840. A pesar de alguna inverosimilitud, es uno de los mejores estudios de la vida industrial victoriana en el momento en que empezaba a entablarse en Inglaterra la lucha de clases.[447]

Mrs. Gaskell escribió otra novela industrial, North and South (Norte y Sur), admirada por muchos, aunque resulta algo más floja porque la autora evitó situarse en uno o en otro bando de la batalla industrial.[445]​ Publicada por entregas en el Household Words entre septiembre de 1854 y enero de 1855, en ella Gaskell vuelve a la novela social del estilo de Mary Barton, aunque proyectada desde otro ángulo.[448]​ Como aquélla y Tiempos difíciles, de Dickens, esta novela, en la que Gaskell compara la situación en las dos mitades de Inglaterra,[446]​ se propone infiltrar los valores humanos en el formidable dique del mundo industrial de mediados del siglo XIX.[448]​ Salvo por algunos defectos constructivos, quizá debidos en parte al método fragmentario de publicación semanal que la autora despreciaba enérgicamente, Norte y Sur podría con toda seguridad ser descrita como su ficción narrativa más lograda.[449]

La trama de Los amantes de Sylvia, publicada a principios de 1863, refiere los hechos de las levas hacia finales del siglo XIX.[450]​ Gaskell expone retrospectivamente la lucha de clases mediante una historia de enredos periodísticos.[446]​ Es una novela de conflicto familiar y carácter romántico, ambientada en la zona costera del condado de York.[451]​ La autora combinó con talento la crítica social y el melodrama, aunque sus cualidades no se reducirían a ese tipo de novelas de protesta social.[432]

Gaskell tenía gran intuición para someter a forma artística el material conflictivo tanto en el aspecto moral como en el social, y con ello prestó un servicio notabilísimo a la novelística inglesa de su tiempo.[451]

Como escritor político-social ―más social y humanitario que político―, Charles Kingsley abordó temas semejantes a los estudiados por Disraeli: los campesinos, los obreros de las ciudades, los terratenientes, los propietarios industriales.[452]​ Kingsley puso todo su empeño en la lucha por la mejora de las condiciones higiénicas y sanitarias de la población más desfavorecida. Sus ideas en esta tendencia y, en definitiva, su doctrina social se encuentran en las novelas propagandísticas Yeast (Levadura) (1848) y Alton Locke, sastre y poeta (1850), en las que se ocupa de cuestiones sociales como las que afectan a la clase trabajadora agrícola y al trabajador de la ciudad, respectivamente.[453]​ En estas obras, aunque señalaba incansablemente el disparate de los extremismos, ciertamente simpatizaba no solo con los pobres, sino con mucho de lo hecho y dicho por los líderes del movimiento cartista.[454]Yeast fue publicada en el Fraser's Magazine en el otoño de 1848. En gran medida había sido excitada por los acontecimientos de los meses previos.[380]Yeast y Alton Locke muestran ciertamente una compasión incluso apasionada por los padecimientos del jornalero agrícola y del artesano de Londres. La balada de La viuda del cazador furtivo en Yeast es una denuncia de los cotos de caza lo suficientemente enérgica para satisfacer al cartista más convencido.[380]​ Tanto estas dos novelas como Dos años atrás (1857) resultan interesantes por la información que ofrecen y por las aspiraciones a que apuntan, aunque de escaso valor artístico. Constituyen una trilogía de orientación social y moral, en la que se descubren las causas del movimiento obrero inglés.[379]​ Kingsley había llegado a estar profundamente interesado en este tipo de cuestiones, y se lanzó en cuerpo y alma, en colaboración con F. D. Maurice y otros, en pos del bienestar social, que apoyaron bajo el nombre de socialismo cristiano.[453]​ Influido por Coleridge, que insistía en que el cristianismo debía comprometerse en la reforma de la sociedad, Kingsley trató de impulsar a la Iglesia anglicana para que realizara esta transformación.[379]​ Su tipo de religión, alegre y robusto, fue definido como «cristianismo muscular».[453]

Charles Reade (1814-1884), dramaturgo y novelista, transformaba con frecuencia sus novelas en obras de teatro o viceversa, y en ellas atacaba con frecuencia los vicios y abusos de la sociedad contemporánea, apoyándose en numerosos testimonios documentales. Reade se sirve de la novela convencido de que con ella puede colaborar en la reforma social, y para ello investiga la vida de las prisiones, aprende oficios artesanos, estudia los sectores de la abogacía, de la banca, e incluso se dedica a la observación de la vida del mar o de las minas de oro de Australia.[455]​ Entre sus novelas basadas en la documentación aparecen las que, siguiendo la línea de Defoe, descubren modos de vida u ocupaciones, como The Autography of a Thief (Autobiografía de un ladrón) (1858) y Jack of All Trades (El hombre de muchos oficios) (1858); otras, de carácter humanitario y en la trayectoria de Dickens, pero mucho más acusadoras y directas,[455]​ como el poderoso documento social titulado Nunca es demasiado tarde para enmendarse[381]​ (1856) y Hard Cash (Al contado) (1863), son una feroz denuncia, respectivamente, de los horrores que había visto en las cárceles de Reading, Oxford y Durham, y en los asilos; o delatan la insalubridad de la vida en ciertos poblados, como A Woman Hater (Un misógino) (1877); o critican el celibato de los clérigos, como Griffith Gaunt, or jealousy (Griffith Gaunt o los celos) (1866), motivo que había tratado ya en The Cloister and the Hearth (El claustro y el hogar) (1861).[455]Hard Cash es otra sobrecogedora novela con propósito,[391]​ un fascinante registro de agónicas evasiones por mar y tierra, culminando con revelaciones de las iniquidades en los manicomios privados, y con críticas un tanto extravagantes sobre la profesión médica.[456]

Una comedia suya, Máscaras y rostros, la reescribiría posteriormente como una novela, Peg Woffington (1852), que alcanzó gran popularidad.[393]​ Más tarde, en 1853, produjo como volumen complementario otra encantadora ficción breve, titulada Christie Johnstone, parte de la cual había esbozado en un período anterior. Cada volumen tuvo un éxito inmediato e inmenso.[457]Christie Johnstone presenta una aldea escocesa de pescadores, y es la más idílica de sus narraciones.[455]​ Por fin, en 1856, Reade marcó una época diferente en su carrera literaria al terminar una novela largamente planificada, Nunca es demasiado tarde para enmendarse.[389]​ A partir de entonces haría de la exposición de los notorios abusos sociales un propósito principal de sus obras de ficción. Nunca es demasiado tarde para enmendarse ilustraba con extraordinaria energía los abusos de la disciplina penitenciaria tanto en Inglaterra como en Australia.[389]​ Reade describió la vida carcelaria con una fidelidad que a veces llega a ser tediosa y repulsiva; pero el poderío de las descripciones era innegable, y el interés era profundo.[391]​ La novela exhibe favorablemente las facultades de Reade y sus limitaciones. Las características más notables son las descripciones de la naturaleza y de la vida en los yacimientos auríferos de Australia, cuyo conocimiento Reade debía enteramente a la investigación literaria.[389]​ Pero en la trama, que es melodramática, y en la caracterización, que es insustancial, desciende a niveles inferiores.[389]​ Los personajes son meras encarnaciones de virtudes o vicios, insuficientemente matizadas, y consecuentemente no logran convencer al lector de su vitalidad. Sus descripciones de las brutalidades de la cárcel, aunque vigorosas, estaban gravemente exageradas, y principalmente en este aspecto el libro suscitó una desfavorable acogida entre los críticos.[389]​ La verosimilitud de algunos de sus detalles fue cuestionada, y el novelista se defendió con vigor contra los intentos de refutar sus aseveraciones.[391]​ La novela tuvo, sin embargo, una enorme difusión.[389]​ Reade no añadió nada sobresaliente a su fama con sus cinco novelas subsiguientes:[389]White Lies (Mentiras piadosas) (1856-57), The Course of True Love Never did Run Smooth (1857), Jack of All Trades (1858), Autobiografía de un ladrón (1858), y Love me little, love me long (Ámame poco, ámame por mucho tiempo) (1859).

Posteriormente fueron emprendidas otras tres novelas semejantes a Hard Cash, en dos de las cuales al menos el propósito moral, aunque visible por completo, no permitía entorpecer el flujo incidental: Foul Play (Juego sucio) (1869), en la que expuso las iniquidades de los ship-knackers (desguazadores de barcos), y allanó el camino para los trabajos de Samuel Plimsoll;[Nota 36]Ponte en su lugar (1870), en la que lidió con los tiránicos desmanes de los sindicatos; y Un misógino (1877), en la que exponía las degradantes condiciones de la vida rural.[391]Juego sucio fue escrita en colaboración con Dion Boucicault.[393]

Su dependencia sistemática de la información documental, y su capacidad para vivificar los resultados de sus investigaciones, lo conectan estrechamente con la categoría de los novelistas realistas, de los cuales Defoe y Zola son tipos familiares.[392]​ Reade había recopilado una enorme cantidad de materiales para su estudio de la naturaleza humana, procedentes de la observación personal, de periódicos, libros de viajes, almanaques de comisiones de investigación, y de lecturas diversas.[458]​ Y probablemente debamos su maravillosa abundancia de sucesos a su estrecho y constante contacto con los datos, guiándose por una imaginación naturalmente fértil. Incluso en sus novelas de personajes no existe un estancamiento meditativo y analítico; el desarrollo de los caracteres es mostrado mediante una rápida progresión incesante de datos significativos.[458]​ Los críticos han discrepado muy ostensiblemente en cuanto a los méritos de Reade como novelista, y le han atribuido y negado las mismas cualidades; pero será generalmente admitido que, si bien muy desigual, Reade fue, en su mejor momento, un escritor de poderío y viveza inusuales.[393]

William Gilbert (1804-1890) fue autor de una serie de novelas, entre las cuales las más conocidas fueron El manicomio de Shirley Hall (1863) y Los huéspedes del Dr. Austin (1866). Varias de esas novelas ―que se caracterizaban por su singular agudeza y lucidez estilística, por un humor seco y "sub-ácido", por un fondo de sentimiento humanitario y por unos conocimientos médicos considerables, especialmente en lo respectivo a la psicología de los lunáticos y monomaniacos― fueron ilustradas por su hijo,[459]​ el dramaturgo W. S. Gilbert. Cirujano y escritor, Gilbert Sr. abandonó su profesión tras heredar una considerable fortuna de su padre.[460]​ En 1858, cuando publicó su primer libro, Gilbert tenía casi sesenta años. Se trataba de un minucioso estudio de la vida en los barrios bajos de Londres, titulado Dives and Lazarus, que trata de su tema favorito, el profundo contraste entre las zonas de ricos y pobres, y, al igual que muchos de sus libros, no llevaba el nombre del autor. Tuvo un éxito tal que parece haber estimulado al autor.[460]​ Fue seguida en 1859 por Margaret Meadows, un "cuento para fariseos".[460]​ De sus novelas posteriores la más conocida fue El manicomio de Shirley Hall (1863), un estudio muy entretenido sobre la monomanía, un tema sobre el que Gilbert exhibió el minucioso conocimiento de un experto.[460]

Aunque las novelas de Gilbert nunca fueron muy populares, eran sumamente apreciadas por un selecto círculo por su originalidad. Narrador sui géneris, carente de perspectiva, de poder de compenetración, y de continuidad, Gilbert estaba, por otra parte, dotado de un estilo de chispeante lucidez, una observación tal vez más inteligente que profunda, y un muy seco pero sutil humor, en el que indudablemente hay cierta infusión del espíritu de Demócrito.[461]

George Meredith causó poca impresión en la masa general de lectores, no porque tuviese una doctrina excesivamente difícil para ellos, sino a causa del preciosismo de su estilo y método.[462]​ En consecuencia, su fama fue disminuyendo progresivamente a lo largo de los años debido a la complejidad de sus novelas. Se interesó profundamente por revelar el alma del hombre y la mujer en el marco psicológico, filosófico, científico y moral de su tiempo.[463]​ Como se ha dicho al referirse a su obra poética, Meredith entiende que las tendencias evolucionistas de la naturaleza tienen un desarrollo paralelo en el plano espiritual.[463]​ Su realismo idealista tiene un sustrato romántico, y su filosofía tiende a reconciliar el pensamiento científico positivista con un idealismo humanista, que para él era lo único que justificaba el vivir.[463]​ Su defensa de los derechos y de la emancipación de la mujer, y el respeto por su dignidad e inteligencia, emanaban de su idea de que la mujer, formada intelectual y moralmente podría contribuir eficacísimamente en la superación de la raza humana.[463]

Meredith es hombre de temperamento individualista y aun excéntrico, y como novelista no se le puede relacionar con sus antecesores. Si Dickens, Thackeray y Trollope enmarcaban sus novelas más o menos en la sociedad de su tiempo, Meredith las encierra en un sentimiento de casta casi feudal, y describe ambientes y expresa emociones muy personales en forma sumamente intelectualizada y estilo muy exigente.[464]​ Su estilo se va haciendo increíblemente artificioso a medida que avanzamos desde La prueba de Richard Feverel hasta Diana de las encrucijadas, pasando por El egoísta.[465]​ Las novelas destacadas del primer período de su producción ―La prueba de Richard Feverel (1859); Evan Harrington (1860-62); Emilia en Inglaterra (posteriormente rebautizada como Sandra Belloni,[466]​ 1864) y su secuela, Vittoria (1865); Rhoda Fleming (1865) y Las aventuras de Harry Richmond (1870-71)― analizan los años de formación y aprendizaje en la vida de distintos jóvenes de familias acomodadas o, en el caso de Rhoda Fleming, pertenecientes a la clase rural trabajadora. El viejo tema de padres e hijos proporcionó el asunto de La prueba de Richard Feverel, libro que, por ser el primero que ofrece ya plenamente la manera de Meredith, pero libre aún de ingeniosidad excesiva, algunos críticos consideran el mejor de los suyos.[467]Evan Harrington es la más realista, y tal vez la más generalmente entretenida, de todas las novelas de Meredith. Describe en una vena sardónica los frenéticos intentos de las hermanas de Evan[468]​ por escapar del Demogorgon de Tailordom.[Nota 37][468]​ En cuanto a Emilia en Inglaterra y Vittoria (o Emilia en Italia), la pasión de Emilia por Italia conforma el tema central del conjunto. Su figura, la más bella y elaborada que el autor había retratado, domina las dos novelas.[466]​ La recepción de la obra fue, no obstante, pobre.[466]Vittoria, novela de la Revolución de 1848-49, posee una compleja trama en la que figuran Carlos Alberto, Mazzini y otros personajes históricos.[469]Rhoda Fleming es, comparativamente hablando, una historia simple, principalmente acerca del amor, y se refiere ante todo a personas de vida humilde. Meredith intenta la delicada tarea de describir la pureza innata de una mujer en pos de una moral.[469]​ Sus facultades estaban entonces en su punto óptimo de maduración, y durante 1869 y 1870 se mantuvo ocupado en la gran novela en primera persona Las aventuras de Harry Richmond.[470]​ En ella, el tema de padre-hijo de Richard Feverel es reanimado en una atmósfera en ocasiones "deslumbrantemente" operística.[470]​ Ninguno de los libros del autor rivaliza con éste en inventiva.[470]​ Completa este período la novela El oficio de Beauchamp (1875), que pasa por ser la favorita del propio autor.[259]

La crítica clasifica otras tres novelas ―La casa de la playa (1877), El caso del general Ople y Lady Camper (1877) y El relato de Chloe (1879)― en un período medio de transición cronológica y temática entre las novelas tempranas y tardías de Meredith, en el que el sentimiento feminista del autor se intensificó, apoyando en sus textos los derechos de y el respeto hacia la mujer.[cita requerida]

Las obras de su último período amplían el campo para abarcar la política inglesa, alemana e italiana de la época. Son especialmente dignas de mención El egoísta (1879), Los cómicos trágicos (1880) y Diana de las encrucijadas (1885); en estas dos últimas, Meredith se inspiró en dos hechos reales de su época. El método de Meredith está plenamente desarrollado en El egoísta. No permite la crítica de los prejuicios sociales, porque éstos son la urdimbre necesaria para la situación. Tanto ésta como el personaje están concebidos con penetración y sutileza psicológicas, pero estáticamente.[467]​ Meredith escribe esta novela en la cumbre de su capacidad creadora y marca el comienzo de un cambio en el estilo caracterizado por una mayor meticulosidad en la elección de las palabras y frases y una mayor condensación del pensamiento con respecto a sus predecesoras.[467]Diana de las encrucijadas es la primera novela del autor que logró aproximarse a la popularidad general.[259]​ Su protagonista, Diana Merion, es un personaje más atrayente y mejor adaptado al concepto común de comedia, pero está igualmente estereotipado, a través de toda la novela, como la misma muchacha irlandesa llena de atractivo.[467]​ La novela fue un éxito inmediato, y el nombre del autor, hasta entonces prácticamente desconocido por el gran público, alcanzó la popularidad. Como las otras obras de Meredith, está llena de belleza, ingenio y poesía, y representa el mayor empeño del autor por la emancipación de la mujer.[471]

Las novelas de la última fase tienen como eje principal y común la defensa de la mujer herida en su orgullo y comprometida en su honor por el despotismo masculino.[472]​ En la magnífica trilogía que escribe en la década de 1890, al final de su carrera novelística, Meredith estudia con especial detenimiento las relaciones hombre-mujer vinculadas a consideraciones de nacimiento, posición social y legitimidad.[473]​ Meredith se dedicó siempre a analizar minuciosamente la debilidad y la impostura del espíritu humano. En ocasiones parece como si hiciese de la vida algo demasiado complejo, y, a medida que va avanzando su obra, la complejidad aumenta,[474]​ hasta alcanzar su punto culminante en Uno de nuestros conquistadores (1891), que aborda la tragedia de la ilegitimidad en la figura de una mujer nacida de las relaciones extramatrimoniales de sus padres. Lord Ormond y su Aminta (1894) explora el caso de la diferencia de nivel social en el matrimonio. En El matrimonio asombroso (1895) Meredith insiste en el mismo tema y demuestra hasta qué punto el orgullo de casta de un hombre impide apreciar cuanto es auténticamente noble y valioso en una mujer.[473]​ Estas tres novelas muestran una tendencia a acentuar aquellas cualidades de estilo que restaban popularidad en general a todas las obras de Meredith, y en consecuencia hicieron poco por acrecentar la reputación del escritor.[259]

Aunque las obras de Meredith nunca fueron y probablemente nunca serán generalmente populares, su genio fue, desde el principio, reconocido por los mejores jueces.[259]​ Para compensar sus defectos, Meredith ofrece humor ―a menudo caprichoso, es cierto, pero entusiasta y brillante―, una observación cercana de la naturaleza y una exquisita sensibilidad por la misma, una capacidad maravillosa para la pintura verbal, el más delicado y penetrante análisis de caracteres, y un optimismo invencible que, aunque no logra cegar los aspectos más oscuros de la vida, triunfa sobre la depresión que éstos podrían inducir en una naturaleza más débil.[475]​ Meredith es un novelista brillante, concentrado y complejo. El humor, ingenio, magia y colorido de su estilo son evidentes. Como intérprete de la mujer y defensor de la personalidad femenina, Meredith es el más destacado de los novelistas del siglo XIX.[476]

El mundo de la política ofrecía a Anthony Trollope posibilidades parecidas a las del sector eclesiástico; le permitía presentar un nuevo aspecto de la clase dirigente y ampliar el cuadro de la sociedad inglesa victoriana.[477]​ En comparación con sus novelas realistas del «ciclo de Barchester», quizá nos sorprendan más, y puede que resulten más reales para el lector actual sus novelas políticas, sobre todo The Way We Live Now (El modo en que vivimos) (1874-75).[478]​ Las novelas del «ciclo de Palliser» no son políticas en el sentido en que lo son las de Disraeli; no presentan, como las de éste, una filosofía política o un programa de gobierno.[477]Can You Forgive Her? (¿Puedes perdonarla?) (1864-65), primera novela del ciclo, se centra en el drama matrimonial de la pareja protagonista, drama que, por su interés íntimo y por la realidad de sus personajes, atrae especialmente la atención del lector.[477]​ En el St. Paul's Magazine fue publicada una de las mejores novelas de Trollope, Phineas Finn, el diputado irlandés (1869), precursora de una serie de libros similares ―Phineas Redux (1873), El primer ministro (1876), El senador americano (1877) y Is He Popenjoy? (¿Es él Popenjoy?) (1878)― en los que la veta política era explotada como lo había sido anteriormente la veta de la vida rural. La veta no era tan rica ni la ejecución fue tan hábil; no obstante, estos estudios políticos poseen un interés indudable, y constituyen las más notables de entre las últimas obras de Trollope.[479]Phineas Finn y Phineas Redux narran las peripecias de un pintoresco abogado dublinés empeñado en hacer carrera parlamentaria en Londres. El primer ministro y Los hijos del duque (1880) tratan especialmente de los asuntos políticos y personales de la pareja protagonista de la primera novela del ciclo; la primera es una obra muy notable que muestra de modo convincente la actitud y la evolución mental de un gran aristócrata y político del siglo XIX.[480]​ En cuanto a The Way We Live Now (El modo en que vivimos), Trollope denuncia en ella con crudeza el abandono de los estándares morales, el doble juego económico, o la calculadora obsesión por el dinero que se esconden detrás de la fachada aparentemente sólida de las instituciones victorianas. La novela, que coincide con las de Dickens en el sentimiento de repulsa que inspira y en el ámbito que cubre, modifica la impresión un tanto complaciente que pudieran dejarnos las «Barchester Novels».[478]​ Las novelas políticas de Trollope presentan importantes escenas parlamentarias y de caza, despliegan numerosos acontecimientos sociales, y se distinguen sobre todo por los retratos de los personajes y su caracterización.[480]

Felix Holt, el radical (1865-66), de George Eliot, una novela que se ocupa de cuestiones políticas, está tensada por un sufrimiento demasiado severo para el gusto de cualquier lector.[396]​ La obra estudia, con un argumento muy elaborado,[412]​ las condiciones en que vivían las clases obreras después de la Ley de Reforma (1832), así como las actividades de los políticos radicales para encontrar vías de superación.[414]​ Donde otros eminentes autores han producido libros mecánicos, o libros que eran meras repeticiones de sus obras más populares, ella erró únicamente en el lado de lo penoso y lo angustioso. Felix Holt es ambas cosas, y es la única de sus novelas que carece de una nota humana inolvidable.[396]

Narrativa infantil y juvenil[editar]

El nombre de Stevenson es un recordatorio para no olvidar las opera minora de la época victoriana dedicadas a los niños. En algunos casos, como el de Jackanapes (El mequetrefe), de Mrs. Ewing, y Black Beauty (Belleza negra), de Anna Sewell, se trata de verdaderos clásicos infantiles, tan perfectos en cuanto al idioma como modestos. Tom Brown's School Days, de Hughes, y Eric (actualmente un poco en disfavor por su pedantería), del deán Farrar, son favoritos de las escuelas de niños que resisten la lectura en años posteriores. El tema de aventuras se encuentra en Masterman Ready, de Marryat, Peter el ballenero, de Kingston, y La isla de coral, de Ballantyne.[481]

Cuando, hacia finales de la década de 1830, la soltura con la que Frederick Marryat había producido novelas sobre la vida en el mar a un ritmo de dos o tres por año comenzó a fallar, encontró una nueva fuente de beneficios en sus populares libros infantiles.[345]​ De hecho, sus mejores libros posteriores a 1837[Nota 38]​ son los escritos expresamente para niños.[344]​ A ellos se dedicaría principalmente durante sus últimos ocho años. La serie se inició con Masterman Ready, o el naufragio del «Pacific» (1841), y continuó con Narración de los viajes y aventuras de Monsieur Violet en California, Sonora y el oeste de Texas (1843); Los colonos del Canadá (1844); La misión, o escenas de África (1845); Los chicos de New Forest (1847); y El pequeño salvaje, publicado después de su muerte, en 2 partes (1848-49).[345]

Matilde Anne Mackarness (1826-1881), hija del dramaturgo James Robinson Planché, escribió desde muy temprana edad novelas y cuentos morales para niños. Como novelista tomó a Dickens como modelo. En 1845 apareció Old Joliffe, y al año siguiente A Sequel to Old Joliffe. En 1849 publicó Una trampa para cazar un rayo de sol, un pequeño cuento con moraleja brillantemente escrito, y es principalmente en esta producción donde descansa su reputación. Fue compuesto unos tres años antes de la fecha de publicación, y ha pasado a través de cuarenta y dos ediciones, apareciendo la última en 1882, y ha sido traducido a numerosos idiomas extranjeros, incluyendo el indostánico.[482]

El escocés R. M. Ballantyne (1825-1894) fue un prolífico escritor de ficción juvenil, que volcó en su primera obra, La bahía de Hudson, o la vida cotidiana en las selvas de Norteamérica (1848),[483]​ y en todas las posteriores sus propias experiencias de juventud (a los dieciséis años emigró a Canadá y estuvo seis al servicio de la histórica Compañía de la Bahía de Hudson,[483][484]​ comerciando con nativos y tramperos). Tras trabajar en el sector editorial,[484]​ cambió radicalmente de vida y, animado por un editor edimburgués,[483]​ comenzó a escribir un libro para niños, incorporando algunas de sus experiencias en la "gran tierra desierta".[Nota 39][485]​ El resultado fue publicado con éxito en 1856 bajo el título Copos de nieve y rayos de sol, o los jóvenes comerciantes de pieles.[485]​ Desde entonces se dedicó por entero a la elaboración de novelas de aventuras, cuentos ilustrados y manuales juveniles que le hicieron popular. En su segunda novela, Ungava: un relato de la tierra de los esquimales (1857), se inspiró de nuevo en el gran noroeste.[485]​ Destacan por encima de todas sus novelas las tres primeras que publicó, sobre todo La isla de coral: un relato del océano Pacífico (1857). Ninguna de sus obras de ficción posteriores fue tan popular como esas tres primeras,[483]​ si bien están todas ellas documentadas de primera mano: así, para escribir El bote salvavidas (1864) fue a Ramsgate y conoció al timonel del bote salvavidas de ese lugar; para preparar El faro (1865) obtuvo permiso de la Comisión de Faros del Norte para visitar el de Bell Rock, y estudió el reporte de Stevenson sobre el edificio; para obtener el colorido local de Luchando contra las llamas (1867) sirvió en el London Salvage Corps (Cuerpo de Salvamento de Londres) como bombero amateur; y Deep Down (En las profundidades) (1868) lo llevó con los mineros de Cornualles. Visitó Noruega, Canadá, Argelia y la Colonia del Cabo con el fin de documentarse, respectivamente, para Erling el intrépido, Los nórdicos del Oeste, La ciudad pirata y El colono y el salvaje.[485]

En historias tales como las citadas, a las que pueden añadirse El mundo de hielo (1859), El perro Crusoe (1860), Los cazadores de gorilas (1862), El caballo de hierro (1871) y Marfil negro (1873), Ballantyne dio continuidad a los éxitos de Mayne-Reid. Pero su éxito es tanto más notable por cuanto que sus relatos siguieron siendo genuinamente populares entre los jóvenes (a pesar de la competencia de Jules Verne, Henty y Kingston) por un período de casi cuarenta años, durante los cuales Ballantyne produjo una sucesión de más de ochenta volúmenes.[485]​ Ballantyne vivió en todos los aspectos de acuerdo con los ideales que buscaba inculcar en sus lectores.[486]​ En los libros que escribió, su pauta en todos los casos era escribir hasta donde fuera posible desde el conocimiento personal de las escenas que describía. Sus historias tenían la virtud de ser completamente sanas en el tono y poseían una considerable fuerza gráfica.[487]

Thomas Mayne-Reid (1818-1883), novelista angloirlandés, marchó a los veinte años rumbo a México para probar suerte, y vivió numerosas aventuras, incluyendo su participación en la guerra Estados Unidos-México.[488]​ Tras regresar a Europa comenzó una larga serie de novelas de aventuras con The Rifle Rangers (1849). El resto incluyen The Scalp Hunters (1860), The Boy Hunters (1855) y The Young Voyagers, que obtuvieron gran popularidad, especialmente entre el público juvenil.[488]

Comenzando su carrera con relatos infantiles, Dinah Craik (Dinah Maria Mulock, 1826-1887) se convirtió en una prolífica y popular novelista.[489]​ En los círculos intelectuales londinenses halló un gran estímulo para los relatos juveniles a los que se limitó en un principio, de los cuales Cola Monti (1849) fue el más conocido.[490]​ El delicioso relato feérico Alice Learmont fue publicado en 1852, y numerosos relatos cortos aparecidos en publicaciones periódicas, demostrativos algunos de ellos de un gran poder imaginativo, fueron publicados en 1853 bajo el título de Avillion y otros cuentos.[490]​ Algunos de los relatos de este volumen exhiben también una hermosa imaginación.[491]​ Una colección similar, de mérito inferior, apareció en 1857 bajo el título de Nada nuevo.[490]​ Poco de lo que escribió posteriormente resulta importante, excepto algunos cuentos infantiles muy encantadores.[491]​ En su postrera etapa volvería al cuento imaginativo que tan frecuentemente había empleado en su juventud, y logró un gran éxito con The Little Lame Prince (El principito cojo) (1874), un encantador relato juvenil.[490]

El reverendo Henry Cadwallader Adams (1817-1899) fue profesor en el Winchester College y, además de redactar y publicar libros de texto escolares (de latín, griego y religión), como escritor de ficción se especializó en relatos de ambientación escolar en la época victoriana (The Cherry-stones, or Charlton School, 1851; Who Did It?, or Holmwood Priory: A Schoolboy's Tale, 1852; College Days at Oxford, or Wilton of Cuthbert's, 1887) y de aventuras en lugares remotos del Imperio (The Indian Boy, 1865; Hair-breadth Escapes, or The Adventures of Three Boys in South Africa, 1876; Travellers' Tales: A Book of Marvels, 1883).

W. H. G. Kingston fue un autor notablemente prolífico, especialmente de novelas juveniles de aventuras. Vivió largo tiempo en Portugal y realizó frecuentes viajes entre este país e Inglaterra, lo que le hizo cobrar un afecto especial por el mar, tema recurrente en sus novelas posteriores. A partir de 1850 su principal ocupación fue la de escribir libros para jóvenes[373]​ (más de un centenar), o la edición de anuarios y semanarios juveniles.[373]​ Su primera novela juvenil, Peter el ballenero, fue publicada en 1851 con tal éxito que su autor abandonó su negocio y se dedicó por completo a la producción de este tipo de literatura, en el que su popularidad llegó a ser merecidamente grande; y durante treinta años escribió más de 130 historias.[372]​ De entre sus numerosas novelas de aventuras de ambiente marinero destacan títulos como Blue Jackets (1854), Digby Heathcote (1860), La travesía del «Frolic» (1860), Las naves de fuego (1862),[373]Los tres guardiamarinas (1862), El guardiamarina Marmaduke Merry (1863), Foxholme Hall (1867), Ben Burton (1872),[373]Los tres tenientes (1874), Los tres comandantes (1875), Los tres almirantes (1877),[492]Secuestro en el Pacífico (1879) y Hendriks el cazador (1884).[375]

Aparte de los ya mencionados, otro aspecto de la personalidad de Charles Kingsley como prosista se manifiesta en sus cuentos para niños.[383]Los héroes (1856), de inspiración mitológica griega, y Los niños del agua: cuento de hadas para un niño de tierra (1863) han gozado siempre del favor del público.[383]Los niños del agua es un cuento para niños escrito para inspirar amor y respeto por la naturaleza.[453]

Frances Freeling Broderip (1830-1878), hija del poeta Thomas Hood (1799-1845), inició su carrera literaria en 1857 con la publicación de Wayside Fancies, que fue seguida en 1860 por Funny Fables for Little Folks (Fábulas divertidas para gente menuda), la primera de una serie de obras cuyas ilustraciones fueron proporcionadas por su hermano, Tom Hood.[Nota 40][493]​ Otros libros suyos: Chrysal, o una historia con final (1861); El país de las hadas, o entretenimientos para la nueva generación (1861) (escrito por Thomas y Jane Hood, y sus hijo e hija); El pequeño renacuajo y otros cuentos (1862); El presupuesto de historias de mi abuela (1863); Canciones alegres para voces menudas (1865) (escrito por F. F. Broderip y Thomas Hood); El grillo Gruñón y el sobrecama (1865); Los chismes matutinos de mamá (1866); Las rosas silvestres: historias sencillas de la vida rural (1867); La margarita y sus amigos: cuentos y relatos para niños (1869); Cuentos de juguetes contados por ellos mismos (1869); Excursiones a Puzzledom (1879) (escrito por Tom Hood y F. F. Broderip).[494]

Frederic William Farrar (1831-1903), deán de Canterbury, vivió una plácida infancia en Aylesbury[495]​ hasta que fue internado en el King William's College de la Isla de Man.[495]​ La cultura y el confort del hogar de Aylesbury y las comparativas incomodidades y tosquedades del college son descritos por Farrar en su primera historia,[495]Eric, or Little by Little (Eric, o poco a poco) (1858), un relato de la vida escolar, parcialmente autobiográfico, que mantuvo su popularidad durante mucho tiempo; en vida del autor aparecieron treinta y seis ediciones.[496]Eric describe la caída en la depravación moral de un niño en un internado, y carece de la melosidad y la unidad orgánica de Tom Brown's School Days, que apareció un año antes. Pero influye en los niños a través de su viveza y sinceridad, que reflejan el temperamento ardiente y el altruista idealismo de Farrar. Seguiría en 1859 Julian Home: un relato de la vida universitaria.[496]​ En 1862 fue impreso de forma anónima Saint Winifred, o el mundo de la escuela.[496]

Hesba Stretton (Sarah Smith, 1832-1911) comenzó pronto a escribir pequeños cuentos sin intención de publicarlos.[497]Charles Dickens, director del Household Words,[497]​ le publicó uno de esos relatos, The Lucky Leg, el 19 de marzo de 1859.[497]​ A partir de entonces, la joven autora contribuiría a casi todos los números navideños del All the Year Round hasta 1866. Su cuento más notable de ese período fue The Travelling Post Office (La estafeta ambulante), de la serie Mugby Junction (diciembre de 1866).[497]​ Sin embargo, su obra pasó casi desapercibida hasta la aparición en el Sunday at Home de La primera oración de Jessica (1866), una conmovedora historia, escrita con sencillez, sobre el despertar de una niña abandonada al significado de la religión. Publicada en forma de libro en 1867, alcanzó una popularidad inmediata y perdurable.[497]​ Vendió más de un millón y medio de ejemplares,[497]​ y fue traducida a todas las lenguas europeas y a la mayoría de las lenguas asiáticas y africanas. La historia muestra un conocimiento preciso de la vida de los niños indigentes en las grandes ciudades, e incorpora investigaciones personales de las condiciones en los bajos fondos.[497]​ Siguieron otras historias similares, de las cuales las más populares fueron Los hijos de Little Meg (1868) y Alone in London (1869), que alcanzaría una circulación simultánea de 750.000 copias.[497]​ Hesba Stretton publicó en total cincuenta volúmenes, en su mayoría cuentos religiosos y morales.[497]

Juliana Horatia Ewing (1841-1885), escritora de relatos infantiles,[498]​ escribió historias que apenas han sido superadas en percepción comprensiva de la vida infantil, y siguen gozando de una popularidad sin menoscabo.[498]​ Su primer relato, A Bit of Green, publicado en julio de 1861, constituyó, junto con algunos otros, su primer volumen, publicado en 1862 bajo el título de El sueño de Melchor y otros cuentos.[499]​ En 1869 el Aunt Judy's Magazine, que su madre puso en marcha en 1866,[500]​ publicó el relato que muestra el punto álgido de sus facultades: La tierra de los juguetes perdidos, seguido por otros muchos, algunos escritos en deliciosos versos irregulares y posteriormente publicados en pequeños volúmenes independientes. En 1872 escribió su primera historia soldadesca, The Peace Egg, seguida por Lob-lie-by-the-Fire (1873), la popular Jackanapes (El mequetrefe) (1884) y la conmovedora Historia de una vida breve[499]​ (1885), obteniendo estas dos últimas, en particular, un gran éxito.[500]​ Aparte de las ya citadas, sus mejores historias son: The Brownies (1870), A Flat-Iron for a Farthing (1873),[500]Los recuerdos de la señora Over-The-Way (1866), Six to Sixteen, Jan el del molino de viento (1876), Una gran emergencia (1877), Nosotros y el mundo (1881), Cuentos de hadas anticuados, Brothers of Pity (1882), La colada de la muñeca, Master Fritz, Nuestro jardín, Los hijos de un soldado, Tres pequeños nidos de pájaros, Una semana en una casa de cristal, A Sweet Little Dear y Blue-Red (1883).[500]​ La mayor parte de las historias de Mrs. Ewing aparecieron en el Aunt Judy's Magazine, entre 1861 y 1885, pero también contribuyó a otras publicaciones periódicas.[499]​ De estilo sencillo y sin afectación, y sana y saludable en sus temas, con sosegados toques de humor y brillantes esbozos de paisajes y personajes, las mejores historias de Mrs. Ewing nunca han sido superadas en el género de literatura al que pertenecen.[500]

Retrato de Lewis Carroll (1855)

Lewis Carroll (Charles Lutwidge Dodgson, 1832-1898), brillante matemático, lógico, diácono anglicano y fotógrafo anglo-irlandés, fue además uno de los escritores más célebres de su tiempo gracias a sus dos obras más famosas: Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865) y su secuela, A través del espejo (1871). Ambas recurren al despropósito, pero a un despropósito calculado que apenas si elude nuestra comprensión.[501]​ Destacó por su facilidad para los juegos de palabras, la lógica y la fantasía; actualmente sigue siendo uno de los escritores más leídos del mundo y existen sociedades en varios países[502]​ dedicadas al disfrute y a la promoción de sus obras y a la investigación de su vida. Desde muy joven escribió poemas y cuentos (en su mayoría de tono humorístico) para varias revistas. Su amistad con la familia del decano Henry Liddell, en especial con sus tres hijas (Lorina, Alice y Edith Liddell), ejercería una notable influencia en su carrera como escritor.

Ilustración original de John Tenniel para la primera edición de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865)

Carroll ideó la historia que con el tiempo se convertiría en su primer y más resonante éxito editorial durante una excursión con su amigo el reverendo Robinson Duckworth y las hermanas Liddell en el verano de 1862.[503]​ Fue la propia Alice Liddell (posible inspiración del personaje de Alicia) quien le animó a que escribiera la historia para ella[504]​ y le añadiese ilustraciones. Carroll regaló a Alice Liddell el manuscrito terminado ―ilustrado por él mismo e inicialmente titulado Alice's Adventures Under Ground (Las aventuras subterráneas de Alicia)― en noviembre de 1864.[504]​ Tras revisar y ampliar el texto, la editorial Macmillan & Co. publicó Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas en 1865,[504]​ con ilustraciones del prestigioso dibujante John Tenniel. El libro alcanzó un abrumador éxito comercial que cambió la vida de su autor en muchos aspectos y le hizo famoso en todo el mundo. En su formato definitivo, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas ―o Alicia en el país de las maravillas, como es abreviado por la mayoría de personas― fue inmediatamente popular, y ha sido popular desde entonces, con una popularidad solo igualada por su compañera, A través del espejo,[505]​ la secuela que se publicaría a finales de 1871, con un tono algo más oscuro que el de su antecesora. En ellas el don para la absurda invención cómica y la delicada diversión fantástica que poseía el autor está en su punto álgido; mientras que la circunstancia de que los libros tuvieran su origen en el deseo de entretener a una de sus pequeñas amigas los anima con un encanto y una humanidad que no se encuentran en el mismo grado en ninguna otra cosa escrita por él.[505]

El éxito de ambos libros se vio fortalecido en gran medida por los dibujos de Mr. John Tenniel. Alicia en el país de las maravillas ha sido traducida al francés, alemán, italiano y neerlandés.[505]​ El autor llevó a cabo algo que era prácticamente nuevo en literatura: una locura persuasiva a la par que alegre, que por sus bufonadas fascina a los niños y por su astucia a los mayores. Los dos libros de Alicia fueron adaptados al teatro en 1886 por Mr. Savile Clarke.[Nota 41][505]

Nunca sabremos si Lewis Carroll sintió que en ese mundo inestable de figuras que se disuelven unas en otras hay un principio de pesadilla. Años después publicaría los dos tomos de Silvia y Bruno (1889/1893), intrincada y casi indescifrable novela que, según él, procede directamente de sueños.[506]

George Alfred Henty (1832-1902), novelista juvenil, escribió más de 80 libros para jóvenes, que gozaron de gran popularidad. Entre ellos están By England's Aid, Marcha hacia Jartum, Afrontando la muerte, En la causa de la libertad, En la Pampa, etc., todos plenos de aventuras e interés, y todos transmiten información así como diversión.[507]

Su primer libro para jóvenes, En la Pampa (1868), fue seguido por Los jóvenes francotiradores (1872), una historia de la guerra franco-prusiana. Después de 1876 se dedicó a escribir historias mayormente basadas en sus propias experiencias. Publicó cerca de una docena de ortodoxas novelas, incluyendo El secreto del coronel Thorndyke, publicada en 1898, pero ninguna de ellas lograría mucho éxito. Su verdadera fortaleza residía en escribir historias de aventuras para jóvenes, que aparecían a razón de tres o cuatro volúmenes al año. La historia militar era su tema favorito, pero sacó provecho de toda la historia, desde la del Antiguo Egipto en El gato de Bubastis (1889) hasta la de los asuntos de actualidad en Con Roberts a Pretoria (1902). Se enorgullecía de su fidelidad histórica y de su sensibilidad varonil.[508]

Más destacado quizá por su labor como dramaturgo, Oscar Wilde compuso entre los años 1885 y 1890 varios relatos cortos y algunos encantadores cuentos de hadas rebosantes de ternura y humorismo, que fue recopilando en tres volúmenes. El príncipe feliz y otros cuentos (1888, ilustrado por Walter Crane y Jacomb Hood), un volumen con un toque picante de sátira contemporánea,[311]​ y su secuela, Una casa de granadas (1892), que fue considerado en general, en valoración del autor, como "no destinado ni a los niños británicos ni al público británico",[509]​ reunían sus nueve cuentos de hadas, entre los que destacan El príncipe feliz, El gigante egoísta y El joven rey.

Novela de formación o de aprendizaje (Bildungsroman)[editar]

Edward Bradley (1827-1889) fue amigo y socio de Cruikshank, Frank Smedley,[Nota 42]Mark Lemon y Albert Smith.[Nota 43][510]​ Generalmente escribía para la prensa bajo el seudónimo de «Cuthbert Bede», la suma de los nombres de los dos santos patronos de Durham. Su único éxito literario notable lo obtuvo en 1853, cuando produjo Las aventuras de Mr. Verdant Green, un novato en Oxford.[510]​ La primera parte fue publicada en octubre de 1853;[510]​ la segunda parte aparecería en 1854 y la tercera en 1856. Las tres partes fueron posteriormente encuadernadas en un volumen, del cual para 1870 se habían vendido cien mil copias.[510]

Thomas Hughes (1822-1896), miembro activo del grupo de los Socialistas Cristianos, reduce la historia a una combinación de biografía y descripción de su propia experiencia escolar en Tom Brown's School Days (1857).[511]​ Esta novela de propósito didáctico-social alcanzó una enorme popularidad[512]​ y resultó muy útil: además de ser una obra clásica en su género, influyó en gran medida en la idea de lo que debían ser los colegios elitistas privados ingleses. En su idioma, tal vez siga constituyendo el mejor cuadro de la vida en las escuelas públicas inglesas. Su secuela, Tom Brown en Oxford (1861), fue un relativo fracaso.[512]

Novela sensacionalista[editar]

El género popular de «novela sensacionalista» («sensation novel») surgió en Gran Bretaña a partir de las anteriores novelas melodramáticas y «novelas de Newgate», y se desarrolló en las décadas de 1860 y 1870. El término «sensation novel» se aplicó inicialmente en tono despectivo a una amplia gama de novelas de crímenes, misterio y terror escritas en la década de 1860.[513]​ El subgénero quedó eficazmente definido en un período de dos años por las novelas de Wilkie Collins, Ellen Wood y Mary Elizabeth Braddon, inicialmente publicadas por entregas en las nuevas revistas literarias antes de aparecer en un formato de tres volúmenes favorecido por los préstamos bibliotecarios.[513]​ Winifred Hughes asocia el auge de la «novela sensacionalista» en la década de 1860 con un continuado gusto popular por la novela gótica del siglo anterior (particularmente el goticismo escalofriante de Ann Radcliffe y el más horripilante de Matthew G. "Monk" Lewis, las novelas históricas de Sir Walter Scott, las historias orientales de Lord Byron) y por la más reciente «novela de Newgate», iniciada por William Harrison Ainsworth, Edward Bulwer-Lytton y Charles Dickens. Los críticos conservadores, sostiene esta autora, consideran este nuevo subgénero ―como así ejemplifican las novelas de principios de la década de Wilkie Collins, Ellen Wood y M. E. Braddon― como "impetuoso, vulgar y subversivo".[514]​ Si bien fue La dama de blanco (1859-60), de Wilkie Collins, la novela que inició la moda «sensation»,[513]​ sería la controvertida East Lynne (1861), de Ellen Wood, la primera obra en ser denominada por la crítica como "sensacionalista" y la que inició una tendencia entre cuyos principales exponentes también se incluyen, además de los mencionados Collins (Sin nombre, 1862; Armadale, 1866) y Wood (La sombra de Ashlydyat, 1863), Mary Elizabeth Braddon (El secreto de Lady Audley, 1862; Aurora Floyd, 1863) y Charles Reade (Griffith Gaunt o los celos, 1866; Juego sucio, 1869).

Narrativa policíaca[editar]

Con elementos de misterio y atmósferas tenebrosas tomados de los novelistas góticos (si bien este autor podía hacer aparecer el misterio y el terror de una manera mucho más ingeniosa que Horace Walpole o Ann Radcliffe[432]​) y otros más influidos por el realismo oscuro y descarnado de las últimas novelas de Dickens, Wilkie Collins (1824-1889) creó un género nuevo que posteriormente sería cultivado por escritores tan conocidos como Arthur Conan Doyle y Agatha Christie.[515]​ Bajo el influjo de la novela epistolar del siglo XVIII, Collins fue el primer novelista que usó el procedimiento de que una historia fuera contada por los personajes de la fábula. Este concepto de los diversos puntos de vista sería utilizado y profundizado después por Browning y por Henry James.[516]

Collins publica La piedra lunar (1868) en las páginas del periódico de Dickens All The Year Round. La obra está impregnada de un ambiente de misterio y temor,[517]​ y en ella figura uno de los primeros detectives de la narrativa inglesa, el sargento Cuff. Como La dama de blanco, La piedra lunar se construye con el procedimiento de buscar la verdad mediante el testimonio de distintos personajes. El mérito de Wilkie Collins está en la fuerza con que impone su ambiente agorero, en las escenas de desolación, depresión y horror.[517]​ Ha sido llamada "la primera, la más larga y la mejor de las novelas policíacas inglesas modernas".[381]T. S. Eliot y Dorothy L. Sayers consideran La piedra lunar la primera novela de detectives en inglés, aunque Edgar Allen Poe inició el relato de crimen y deducción dos décadas antes.[513]​ Eliot dijo de ella que no solo es la más larga, sino también la mejor de cuantas novelas policiales han sido escritas.[516]

El escocés Arthur Conan Doyle (1859-1930), médico de profesión, fue un escritor de segundo orden a quien el mundo debe un personaje inmortal: Sherlock Holmes. Este ser casi mitológico está construido sobre el caballero Dupin de Edgar Allan Poe, pero goza de una vitalidad que no tiene su precursor.[518]​ En 1891 alcanzó una inmensa popularidad con Las aventuras de Sherlock Holmes, que aparecieron originalmente en The Strand Magazine. Estos ingeniosos relatos del éxito del imperturbable Sherlock Holmes, quien había hecho su primera aparición en Estudio en escarlata (1887), descubriendo crímenes y desentrañando misterios, encontraron multitud de imitadores. El novelista retomaría a su héroe en Las Memorias de Sherlock Holmes (1893).[519]

Doyle ha sido conocido por varias generaciones de lectores ingleses pertenecientes a todos los niveles culturales y poseyendo un pensamiento crítico muy diverso, y el público ha disfrutado mucho con sus relatos. Su personaje más célebre, el detective Sherlock Holmes, y su ingenuo y honrado compañero, el doctor Watson, son nombres familiares, cuando menos en Inglaterra.[520]

Novela naturalista[editar]

Atendiendo a criterios puramente semánticos, el Diccionario de la lengua española, elaborado por la Real Academia Española, define naturalismo, en su tercera acepción, como la "corriente literaria del siglo XIX que intensifica los caracteres del realismo inspirándose en la ciencia experimental y en la concepción determinista de las actitudes humanas". Aplicando a la literatura métodos científicos, el naturalismo pretendía reproducir la realidad con la máxima objetividad y en todos sus aspectos, incluso en los más vulgares.[521]​ Los más destacados representantes de la narrativa naturalista en Gran Bretaña fueron Thomas Hardy (1840-1928) y George Gissing (1857-1903).

Otros novelistas victorianos[editar]

La periodista y egiptóloga Amelia Edwards (1831-1892) fue una escritora de talento singularmente precoz: publicó su primer poema a los siete años y su primer relato a los doce.[cita requerida] En total sus novelas son solo ocho, cada una de las cuales, según ella solía decir, le llevaba dos años de trabajo. La primera, La mujer de mi hermano, fue publicada en 1855. Después siguieron La escalera de la vida en 1857 y La mano y el guante en 1859. Su primer éxito fue con la Historia de Bárbara (1864), que alcanzó tres ediciones, además de ser reproducida por Harper (en Estados Unidos) y Tauchnitz (en Alemania), así como traducida al alemán, italiano y francés.[522]​ Centrada en el tema de la bigamia, esta obra consolidó su reputación como novelista.[cita requerida] Solía dedicar bastante tiempo a documentarse y a la labor de creación de ambientes para sus novelas.[cita requerida] A El juramento de Debenham (1870), que contiene una descripción de la elusión del bloqueo en el puerto de Charleston, le dedicó infinitos sufrimientos para ser certera en los detalles locales. De nuevo con su última y más popular novela, Lord Brackenbury (1880), hizo un viaje especial a Cheshire para estudiar del natural el escenario de la historia.[522]​ Esa minuciosa y ardua labor de composición dio sus frutos: Lord Brackenbury fue un éxito comercial arrollador que alcanzó no menos de quince ediciones.[522]

Henry Kingsley (1830-1876), hermano menor de Charles Kingsley y George Henry Kingsley,[523]​ dejó la universidad en 1853 para marchar a los yacimientos auríferos de Australia con algunos compañeros de estudios.[523]​ A su regreso en 1858 se consagró afanosamente a la literatura,[453]​ dándose a conocer con la animosa y exitosa novela Geoffrey Hamlyn, en la que sacó provecho de su experiencia en Australia. Fue seguida en 1861 por Ravenshoe, que también dejó huella, y posteriormente por muchas otras,[523]​ entre ellas Los Hillyar y los Burton (1865) y Austin Elliot (1863). De todas ellas Ravenshoe es generalmente considerada como la mejor.[372]

Por sus novelas realistas de ambientación rural escocesa ―destacando entre ellas David Elginbrod (1863), Alec Forbes (1865) y Robert Falconer (1868)―, George MacDonald sería considerado uno de los fundadores de la denominada Escuela Kailyard de ficción escocesa, un movimiento literario costumbrista surgido en la década de 1890.[cita requerida] Alec Forbes y Robert Falconer se situarán entre los clásicos de la literatura escocesa por su poderosa delineación del carácter escocés, su sentido de la nobleza del trabajo rural, y su apreciación del ideal de belleza. Un pintoresco humor teñía la austera oposición de MacDonald a la rígida teología de la ortodoxia escocesa, y estos libros hicieron mucho por debilitar la fuerza del calvinismo y ampliar los ideales espirituales.[131]​ Como novelista, poseía un considerable poder narrativo y dramático, humor, ternura, una visión genial de la vida y el carácter, teñida de misticismo, y dentro de sus límites era un auténtico poeta.[130]

Desde 1853 hasta su muerte, la irlandesa Frances Cashel Hoey (Mrs. Frances Sarah Hoey, 1830-1908) se mantuvo ocupada de forma continua en el periodismo, la escritura de novelas o la traducción.[524]​ En 1865 Mrs. Hoey comenzó con un relato titulado Buried in the Deep una prolongada relación con el Chambers's Journal, entonces bajo la dirección editorial de James Payn. Hasta 1894 fue una incesante colaboradora, escribiendo artículos, relatos y dos novelas por entregas, A Golden Sorrow (1892) y The Blossoming of an Aloe (1894).[524]

Mrs. Hoey escribió en total once novelas, que en su mayor parte se ocupan de la sociedad mundana. Su primera novela, Un castillo de naipes (3 volúmenes, 1868; 2ª edición en 1871), dos novelas posteriores ―Falsamente verdadero (1870) y The Question of Cain (1882)―, y su última novela, A Stern Chase (1886), alcanzaron cada una de ellas una segunda edición, y algunas gozaron de buena aceptación en Canadá y en los Estados Unidos. Mrs. Hoey también fue en gran parte responsable de Land at Last (1866), Oveja negra (1867), Esperanza perdida (1867), Rock Ahead (1868) y Un agravio enmendado (1870), cinco novelas que fueron publicadas bajo el nombre de Edmund Yates; de la última obra Mrs. Hoey fue la autora única, y el secreto de su autoría fue divulgado.[525]

Mortimer Collins (1827-1876), hijo de un notario de Plymouth,[526]​ fue un prolífico autor, que escribió varias novelas, incluyendo Sweet Anne Page (1868); Two Plunges for a Pearl (1872); Mr. Carrington (1873), bajo el nombre de «R. T. Cotton»; y A Fight with Fortune (1876).[526]​ Sus novelas, descuidadamente construidas, son las novelas de un humorista, más interesantes por observaciones sueltas que por el desarrollo de las historias.[527]

Sir Walter Besant (1836-1901), novelista e historiador de Londres,[528]​ inició en 1871 su fructífera colaboración con James Rice.[Nota 44][528]​ El primer resultado de la misma fue Ready-Money Mortiboy, que apareció inicialmente por entregas en el Once A Week y fue publicada en tres volúmenes en 1872. El libro fue acogido con entusiasmo por el público. La colaboración se mantuvo hasta la invalidez de Rice por enfermedad en 1881. Los frutos fueron My Little Girl (1874); Con el arpa y la corona (1874); Este hijo de Vulcano (1875); La mariposa dorada (1876), un éxito triunfal; Los monjes de Thelema (1877); Junto a la arboleda de Celia (1878); El capellán de la flota (1879) y El lado oscuro (1881).[529]​ El reparto de tareas hacía que Rice fuera principalmente responsable de la trama y su desarrollo, y Besant de la forma literaria.[529]

Nueva literatura[editar]

En el último cuarto del siglo XIX, el número de aficionados a la novela era mayor que nunca. La Ley de Educación de 1870 garantizó la educación general básica de los cinco a los once años, lo cual generó grandes expectativas de lectura entre personas procedentes de clases trabajadoras, semieducadas, que buscaban en la literatura una manera de distraerse en sus ratos libres. Esta época hizo surgir a Robert Louis Stevenson (1850-1894), un narrador nato de extraordinaria sensibilidad estilística.[530]

A partir de 1875 hicieron su aparición nuevos valores, tanto por lo que se refiere al tipo de novelas que se escribían como al público que las leía. El número de lectores fue en aumento, y muchos de ellos no poseían tradición lectora alguna y se oponían a las largas novelas de tres volúmenes que habían sido antes muy populares.[531]​ Paulatinamente, los editores se dieron cuenta de que podían obtener mayores beneficios de los volúmenes más cortos y más asequibles.[531]​ Stevenson habría de ser uno de los primeros escritores en conseguir que los editores fueran conscientes de esos cambios.[531]

De todos aquellos escritores que iniciaron su actividad en el siglo XIX y la prosiguieron en el XX, ninguno está más cerca de nosotros que Henry James (1843-1916),[532]​ contemporáneo de Thomas Hardy. Indudablemente no hay dos novelistas más distintos. Hardy nunca fue bueno a la hora de analizar minuciosamente las motivaciones de la conciencia y nunca se sintió a gusto al describir el grupo social que a James más le iba, el de la gente acomodada. En realidad, James sigue la tradición de novela realista heredada de Jane Austen (a quien sorprendentemente no valora), George Eliot y Turguénev (el modelo que más claramente reconocía). Evita las estructuras melodramáticas, grotescas y tambaleantes de la novela victoriana típica de los primeros años. Sus personajes se enfrentan a problemas amorosos y conyugales, o a la alternativa que se les plantea cuando no saben si deben dejarse llevar por el propio interés o renunciar al mismo. Suelen contraponer distintos códigos de conducta, en un entorno meticulosamente diseñado que forma parte de la acción, aunque ésta se adelanta ligeramente y las cuestiones morales afloran a la superficie a través del análisis detallado de las mentalidades o a través de inteligentes diálogos alusivos.[533]

Henry James nació en América, pero se asentó en Inglaterra, donde vivió sus últimos cuarenta años.[533]​ Un año antes de su muerte se hizo ciudadano inglés.[532]​ Uno de sus primeros temas fue el del americano en Europa; lo creía moralmente superior a los europeos y menos complejo.[532]​ En The Europeans (Los europeos), una joya de novela inicial, el mundo de los Wentworth de New Ingland se enfrenta al de sus primos, unos americanos europeizados.[534]​ La mejor novela que escribió James en esta primera fase es indiscutiblemente The Portrait of a Lady (Retrato de una dama)[534]​ (1881).

James quería refinar la técnica novelística, convertirla en una herramienta artística más sensible y más sólida, utilizarla para investigar niveles de caracterización más profundos, sombras más sutiles de conciencia. Esto es lo que consigue en The Portrait, y al leerlo entendemos por qué a James se le suele considerar el padre de la novela moderna.[535]

Otra novela, Lo que Maisie sabía (1897), insinúa una historia atroz, a través de la inocente ignorancia de una niña, que la narra sin entenderla. Sus relatos son voluntariamente ambiguos; el más divulgado de todos, Otra vuelta de tuerca (1898), admite, por lo menos, dos interpretaciones.[536]

Entre sus obras del período victoriano especialmente dignas de mención se encuentran, aparte de las ya mencionadas, las siguientes: Roderick Hudson (1875), El americano (1877), Daisy Miller (1878) y Las bostonianas (1886). James vivió sin esperanza, pero creyó con toda razón en la importancia y sutileza de su obra, que abarca más de treinta volúmenes.[537]

Richard Jefferies (1848-1887), novelista y naturalista, publicó en 1874, en parte con su propio dinero, su primera novela: El chal escarlata. Al igual que sus sucesoras, Inquietos corazones humanos (1875) y El fin del mundo (1877), resultó ser un fracaso. Su siguiente novela, The Dewy Morn, aunque netamente superior a sus predecesoras, no pudo en aquel momento encontrar editor.[538]​ Tras publicar una serie de obras misceláneas y de carácter científico, Jefferies sintió la necesidad de combinar al naturalista con el novelista, y, comprimida en el molde de la ficción, la profusión de sus observaciones y su imaginación adquirió algo así como la unidad artística. Bevis (1882) es la idealización de su propia infancia. Es un libro hermoso, pero fue superado con creces por la originalidad de su predecesor, Wood Magic (1881), que está basado en la idea de un mundo de animales que hablan y razonan, mostrando en sus modos y hechos todas las pasiones del género humano, y entre los cuales un niño, el único personaje humano, se mueve un tanto como el coro de una tragedia griega. El último capítulo, el "Diálogo de Bevis y el viento", es uno de los mejores poemas en prosa en su idioma.[539]​ Así como Bevis idealiza las escenas y episodios de la infancia de Jefferies, La historia de mi corazón (1883) idealiza los sentimientos y anhelos de su juventud; difícilmente sea lo que el muchacho realmente pensaba, pero encarna todo lo que habría de pensar una vez que hubiese alcanzado intelectualmente la condición de hombre. El único punto fijo en ella es su intenso panteísmo.[539]​ La idea narrativa de After London (1885) no resulta menos sorprendente. Inglaterra, abandonada por la mayoría de sus habitantes, se ha convertido en gran medida en un primitivo desierto. Londres es una ciénaga ponzoñosa; el Támesis, un vasto lago; los bosques, infestados de bestias salvajes y de una raza maligna de enanos, cubren la mayor parte del país; los residuos de la antigua población, aunque practicando las virtudes de cazadores y guerreros, a pesar de todo viven en la ignorancia y el miedo; y en medio de toda esta oscuridad amanece una nueva luz inspirada por una juventud de genio.[539]After London es un temprano ejemplo de ciencia ficción distópica. Estos cuatro libros, junto con Vida salvaje, le otorgan a Jefferies su lugar permanente en la literatura inglesa.[539]

A partir de la década de 1870, el poeta de origen escocés Robert Williams Buchanan tanteó la prosa de ficción y el teatro, no siempre con éxito.[288]​ En 1876 apareció La sombra de la espada, la primera y una de las mejores de una larga serie de novelas.[289]​ Tanto ésta como otra de sus primeras novelas, Dios y el hombre (1881), llamativa historia de una disputa familiar, se caracterizan por una cierta amplitud y simplicidad de tratamiento que no resultan tan notables en sus sucesoras, entre las cuales cabe mencionar El martirio de Madeline (1882), Foxglove Manor (1885), Effie Hetherington (1896) y Father Anthony (1898).[289]

En Robert Louis Stevenson estimamos el estilo más que los ideales.[540]​ Su prosa es fluida y atrayente, cuidadosamente articulada y un tanto carente de vigor.[541]​ Stevenson hizo todo lo que pudo para dotar al género narrativo de la novela de aventuras de un realismo y una perfección artística que le proporcionaran la debida dignidad. La neutralidad y la objetividad fueron su divisa.[517]​ La teoría y la práctica del estilo lo preocuparon siempre.[542]​ Consciente, pues, de que el escritor es un orientador de la sociedad, adopta la doctrina estética de la serena imparcialidad y se adhiere a la idea de la absoluta supremacía de los derechos del arte. Estas ideas le hacen mucho más exigente que otros narradores, y a su luz escribió los ensayos, narraciones de viajes, cuentos y novelas que su corta vida le permitió.[543]

Portada de La isla del tesoro (Treasure Island), en su edición de Charles Scribner's Sons (Nueva York, 1911), ilustrada por Newell Convers Wyeth (1882-1945).

A partir de 1880 entró en un período de productividad que, teniendo en cuenta su precaria salud, resultó muy notable, tanto en lo que respecta a la cantidad como a la calidad.[544]​ A pesar de que la originalidad y el poder de los escritos de Stevenson fueron reconocidos desde el principio por un selecto grupo, fue solo lentamente que llegaron a oídos del público en general.[309]​ La fama de Stevenson llegó en 1883 con la publicación de La isla del tesoro, novela de mar y piratería ambientada a mediados del siglo XVIII. Tras su publicación, la obra se convirtió inmediatamente en un éxito popular incluso entre el nuevo público adulto. En esta historia, la fuerza inventiva y la viveza narrativa atrajeron a todos los lectores, incluidos aquellos para quienes sus otras cualidades de estilo y delineación de personajes habrían pasado desapercibidas en sí mismas; y ha ocupado un lugar en la literatura como historia clásica de piratas y aventuras de amotinados.[545]​ Se conserva el mismo paso en toda la obra, las sorpresas son oportunas y los personajes son claros y distintos.[308]​ También a principios de 1883 concluyó una segunda historia juvenil: La flecha negra. Esta historia de la guerra de las Dos Rosas, escrita en un estilo basado en las Paston Letters,[Nota 45]​ fue preferida a La isla del tesoro por el público al que inicialmente se dirigió, pero no satisfizo a los críticos cuando fue publicada en formato de libro cinco años después, y no era la favorita de su autor.[545]

En 1885 publica El príncipe Otón. En esta historia, o fantasía, ciertos problemas de caracteres y relaciones conyugales que lo habían ocupado desde su tragedia juvenil Semíramis son resueltos con un vivo juego de intelecto y humor, y (como algunos piensan) con un exceso de refinamiento y experimentación estilística, en un escenario de la vida cortesana alemana y con un delicioso trasfondo de paisajes forestales alemanes. El libro, nunca muy popular, es uno de los más característicos de la mentalidad del autor.[545]

En 1886 llegaron dos éxitos que incrementaron enormemente su reputación, y con ella su poder adquisitivo. Éstos fueron El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde y Secuestrado. El primero, basado en parte en un sueño, es un llamativo apólogo sobre la doble vida de un hombre.[546]​ En esta novela, un maravillosamente poderoso y sutil relato psicológico,[309]​ Stevenson abandonó su tono habitual para escribir una alegoría moderna sobre el bien y el mal en la personalidad humana.[531]​ Se hizo popular al instante; fue traducido al alemán, francés y danés.[546]​ En Secuestrado ―una historia escocesa para jóvenes sugerida por el histórico incidente de los asesinatos de Appin―[Nota 46]​ las aventuras resultan apenas menos emocionantes que las de La isla del tesoro, los elementos de delineación de personajes son más sutiles y llegan más lejos, mientras que el elemento romántico de la historia y el sentimiento patriótico están expresados como casi nunca desde Scott. El éxito de estas dos historias, tanto de crítica como de público, cimentó la posición de Stevenson al frente de los jóvenes escritores de su época, entre quienes su ejemplo estimuló una mayor atención general a las cualidades técnicas de estilo y elaboración, así como una reacción a favor de la novela de acción y romance frente a las modalidades de ficción más analíticas y menos estimulantes que predominaban entonces.[546]

El barón de Ballantrae (1889) es una novela, hasta cierto punto histórica, sobre una querella entre dos hermanos que dura toda la vida.[547]​ Muchas personas piensan que esta trágica historia de odio fraterno ocupa el primer lugar entre las novelas del autor, tanto por la viveza de sus descripciones como por su penetración psicológica.[548]Catriona (1893), secuela de Secuestrado, es, como ésta, otra novela histórica en la línea de las de Walter Scott, y está igualmente ambientada en el período político de las Highlands posterior a 1745. Ambas resisten la comparación con Scott, y al compararlas resultan más ligeras en cuanto a erudición, caracterización y sentido nacional; pero resultan más eficaces en cuanto narraciones.[308]Catriona contiene parte del mejor trabajo del autor, especialmente en las escenas finales de Leiden y Dunkerque. La comedia de una pasión juvenil difícilmente ha sido expresada de manera más brillante o más delicada.[549]

En 1892 había comenzado The Ebb-Tide (Bajamar), una oscura historia de crímenes y aventuras en los mares del Sur, planificada algún tiempo antes bajo el título de Pearl-Fisher (El pescador de perlas) en colaboración con Mr. Lloyd Osbourne.[550]​ Fue publicada por entregas entre noviembre de 1893 y enero de 1894, y en formato de libro en septiembre de 1894.[550]

Con Weir of Hermiston (comenzada en 1892 y publicada póstumamente en 1897), Stevenson presenta el esquema de una novela de mayor profundidad y más amplia estructura que las anteriores.[551]​ Quedó inconclusa al morir el escritor, pero aun así en ella están perfectamente desarrollados tanto el entorno escenográfico como los principales personajes. De entre todas sus obras, esta prometía ser la mejor. En ella Stevenson profundiza aún más en la caracterización de tipos nacionales, ofreciéndonos un somero panorama de la estructura económica de Escocia y de los grupos que de ella surgen en entornos rurales y urbanos. Con esto el elemento romance adquiere mayor densidad e importancia.[552]​ Los pocos capítulos que pudo completar, tomados como bloques separados de presentación narrativa y de personajes, son del más alto poder imaginativo y emotivo.[550]​ Se trata de una trágica historia de las fronteras escocesas, cuyo personaje principal estaba basado en el famoso juez Lord Braxfield.[Nota 47][550]​ Stevenson no parecía tener la suficiente capacidad imaginativa, ni el método y preparación para escribir novelas extensas de argumentación trabada y perfilada caracterización. Sin embargo, Weir of Hermiston es un indicio seguro de hasta dónde hubiera podido llegar Stevenson, ya que, de haberse terminado, esta obra podría ponerse al lado de cualquiera de las grandes novelas escocesas de Walter Scott.[553]

El estilo de Stevenson es singularmente fascinante, elegante, variado, sutil y dotado de un encanto especial.[309]​ Stevenson sería siempre muy consciente de su estilo, que había surgido de su propia perfección. Algunas veces, incluso, el lector está tentado a considerar que el estilo era demasiado bueno para la obra. Stevenson llevó la novela de vuelta al relato y a la narración de aventuras.[531]​ Fue un artista tan sólido que al principio es difícil advertir el fenómeno que provocó su éxito.[531]​ Como a Kipling, la circunstancia de haber escrito libros para los niños ha disminuido acaso su fama. La isla del tesoro ha hecho olvidar al ensayista, al novelista y al poeta.[542]​ Pocos escritores han concitado durante su vida tanta admiración y respeto por parte de sus colegas de profesión.[550]

Sabine Baring-Gould (1834-1924), novelista inglés, poseía una pluma dispuesta, y comenzó a publicar libros sobre temas diversos ―física, viajes, historia, folclore, religión, mitología― desde 1854 en adelante. Su novela Mehalah (1880), cuyo escenario se sitúa en la costa este de Inglaterra, era una historia excelente, y entre muchas otras cabe mencionar John Herring (1883), un relato del West Country; Court Royal (1886); La araña roja (1887); The Pennycomequicks (1889); Cheap Jack Zita (1893) y Broom Squire (1896), un relato de Sussex.[554]

En 1884, Mrs. Humphry Ward (Mary Augusta Ward, 1851-1920) publicó un ambicioso aunque breve estudio de la vida moderna, Miss Bretherton, la historia de una actriz.[555]​ Pero sería su siguiente novela la que habría de hacerla famosa. En febrero de 1888 apareció Robert Elsmere, una poderosa novela que traza la evolución mental de un clérigo inglés, de carácter y conciencia sublimes y con inclinaciones intelectuales, obligado a rendir su propia ortodoxia a la influencia de la «Alta crítica». El personaje de Elsmere debe mucho a reminiscencias del filósofo T. H. Green y del historiador J. R. Green. El libro se convirtió en motivo de conversación del mundo civilizado, en gran parte como consecuencia de una reseña de W. E. Gladstone en el The Nineteenth Century.[555]​ En cinco meses alcanzó siete ediciones en un formato de tres volúmenes, y las ediciones baratas estadounidenses tuvieron unas ventas enormes. Fue traducida a varios idiomas europeos, y fue objeto de artículos en doctas revistas extranjeras. Robert Elsmere es en sí misma una buena historia, especialmente por su representación del conflicto emocional entre Elsmere y su esposa, cuya ortodoxia demasiado constreñida lleva su fe religiosa y su mutuo amor a un terrible callejón sin salida; pero lo que le otorgó al libro su buena aceptación fue el detallado debate sobre la «Alta crítica» de la época, y su influencia en la fe cristiana, más que su poder como obra de ficción dramática. Dio origen, como ninguna obra académica podría haber hecho, a un debate popular sobre el cristianismo histórico y esencial.[555]

Literatura del esteticismo[editar]

El esteticismo fue un movimiento artístico de origen inglés que se basaba de forma exclusiva en los criterios estéticos, al margen de cualquier finalidad utilitarista.[556]

En su obra maestra, la novela filosófica Mario el epicúreo, considerada la «Biblia» del esteticismo, Walter Pater (1839-1894) plasmó sus ideales artísticos y religiosos a un mismo tiempo, estableciendo que el átomo integral ―el momento de placer― constituye la unidad y el índice de referencia del valor literario.[557]​ Esta fina y pulida obra, la principal de todas sus contribuciones a la literatura, fue publicada a principios de 1885. Pater expone en ella, con perfeccionada plenitud y amorosa elaboración, su ideal de vida estética, su culto a la belleza en contraposición al desnudo ascetismo, y su teoría del efecto estimulante de la búsqueda de la belleza como un ideal propio.[558]Mario es una apología del más sublime epicureísmo, y al mismo tiempo es una textura que el autor ha recamado con exquisitas flores de la imaginación, el aprendizaje y la pasión. El moderno humanismo no ha producido un producto más admirable que este noble ensueño de una búsqueda, a través de la vida, del espíritu de la belleza celestial.[559]

La única novela escrita por Oscar Wilde (1854-1900), El retrato de Dorian Gray (1890), que fue inicialmente publicada en el Lippincott's Magazine, estaba llena de sutil impresionismo y de epigramas sumamente forjados, pero debió su notoriedad a una tendencia subyacente de muy desagradable sugestión. Un Prefacio al Dorian Gray, que concluía que "todo arte resulta bastante inútil", apareció de forma independiente en The Fortnightly Review (marzo de 1891).[509]El retrato… es una verdadera síntesis del esteticismo (Wilde dirigió el esteticismo, sin creer demasiado en él[560]​). La obra está como abrumada de epigramas y de excesivo lujo.[560]​ Esta novela es la expresión más completa que poseemos de la personalidad de Oscar Wilde y un documento humano del mayor interés.[561]​ En gran parte de sus escritos, y en su actitud general, había para la mayoría de la gente un trasfondo de sugestión más bien obscena que creó prejuicios contra él, y El retrato de Dorian Gray, con toda su chispa y astucia, les impresionó más desde este punto de vista que por su brillantez puramente literaria.[562]

El cuento victoriano[editar]

En el siglo XIX surge el cuento de contenido realista.[563]​ Esta tendencia coexiste, a finales del siglo, con la fantasía (Stevenson) o el universo imaginativo infantil (Lewis Carroll, Wilde).[563]

La anglo-irlandesa Anna Maria Hall (1800-1881) escribió y publicó decenas de cuentos y piezas breves (sketches), a menudo bajo el seudónimo de «Mrs. S.C. Hall». Aunque como escritora no es tan conocida como su amiga e inspiración Maria Edgeworth, Anna Maria Hall debe indudablemente ser reconocida como una de los escritores anglo-irlandeses más prolíficos de la época victoriana.[564]Irlanda, su tierra natal, que abandonó en la adolescencia, le proporcionó el motivo de varios de sus libros más exitosos.[565]​ Si bien nunca llegó a ser cruelmente satírica en su interpretación de la clase campesina irlandesa, sus breves y ficticios retratos no se alejaron mucho del didactismo, y fue en ese sentido como resultó más conocida.[564]​ De 1840 son sus Cuentos del campesinado irlandés, publicados en el Chambers's Edinburgh Journal y posteriormente en forma de recopilación.[566]

Una de sus últimas obras, Boons and Blessings (Dones y bendiciones) (1875), dedicada al conde de Shaftesbury, es una colección de cuentos sobre la templanza, ilustrados por los mejores artistas.[566]​ Sus libros nunca fueron populares en Irlanda, ya que ella veía en cada una de las facciones muchas cosas elogiables y muchas censurables, de modo que no pudo complacer ni a los orangistas ni a los católicos romanos.[566]

Otras obras suyas son: El huevo de cisne: un cuento (1850), El penique de la suerte y otros cuentos (1857), La guirnalda de la aldea: cuentos y esbozos (1863), Nelly Nowlan y otras historias (1865), El compañero de juegos y otras historias (1866), El camino del mundo y otras historias (1866), Alice Stanley y otras historias (1868), Annie Leslie y otras historias (1877),[567]​ etc.

No se puede entender una semblanza de Charles Dickens sin detenerse en sus cuentos navideños: Canción de Navidad (1843), Las campanas (1844) y El grillo del hogar (1845).[568]​ El primero de estos relatos, quizá la más peculiar de todas sus obras, muestra su creencia en la bondad humana llevada casi hasta el misticismo.[339]​ Cualquiera de estos cuentos constituye una admirable introducción al estudio de las posibilidades de Dickens como novelista: su calidad poética, su estilo y los principales elementos de su ideología.[568]

Al igual que sus novelas, algunos de los cuentos de Robert Louis Stevenson son también obras maestras. De éstos se pueden mencionar Janet la contrahecha y Will el del molino como ejemplos en muy diferentes tipos.[309]​ Sus primeros relatos publicados fueron: Alojamiento para una noche (Temple Bar Magazine, octubre de 1877); La puerta del señor de Malétroit (Temple Bar, enero de 1878); y Will el del molino (Cornhill Magazine, enero de 1878).[569]

El año 1878 fue de gran productividad para Stevenson:[569]​ entre los meses de junio y octubre apareció en el London Magazine (dirigido por Henley) la colección de modernos cuentos fantásticos titulada Las nuevas mil y una noches,[Nota 48]​ concebida en una muy animosa y entretenida vena de lo realista-irreal, así como el relato La Providencia y la guitarra.[569]​ En el verano de 1881 escribió Janet la contrahecha y la mayor parte de Los hombres dichosos, dos de los relatos cortos más sólidos de la literatura escocesa, el primero sobre posesiones satánicas, el otro sobre una conciencia y una imaginación embrujadas, hasta perder la razón, por los terrores del mar.[545]

En 1882, la editorial Chatto & Windus publicó, en dos volúmenes, una edición ampliada de la colección de Las nuevas mil y una noches.[Nota 49]​ Esta recopilación anticipa la visión de un Londres fantástico, y fue redescubierta mucho después por su fervoroso biógrafo Chesterton.[570]​ Durante el mismo período, escribió una sucesión de relatos navideños ―El ladrón de cadáveres en el Pall Mall Gazette (1884); Olalla en la The Court and Society Review y Las desventuras de John Nicholson en el Anuario navideño Cassell (ambos en 1885); y Markheim en el Anuario navideño Unwin (1886)―.[546]​ Este último narra la historia de un crimen.[542]​ El libro de relatos En los mares del Sur (póstumo) es el resultado de su estancia en Samoa,[571]​ donde murió.

Los cuentos y relatos breves de Thomas Hardy ―recopilados en los volúmenes Cuentos de Wessex (1888), Un grupo de nobles damas (1891), Las pequeñas ironías de la vida (1894) y Un hombre cambiado y otros relatos (1900)― no parecen presentar el pesimismo de sus grandes novelas. Incluso los títulos de las colecciones en los que los recogió invitan a ello: Las pequeñas ironías de la vida o Un grupo de nobles damas no son títulos que hagan pensar en situaciones altamente dramáticas; y no lo son, en verdad, sino que están más cerca de sugerir historias curiosas e ingeniosas para entretener a los oyentes.[572]​ Esas historias de Hardy, dramáticas o humorísticas, irónicas o provocadoras, no se apartan de ninguna de las obsesiones y asuntos que viven en sus novelas. Son relatos ambientados en el mundo rural, pero también en el de la ciudad, de finales del siglo XIX.[572]

En 1888, Oscar Wilde inició un período de actividad literaria, que fue progresiva hasta el colapso de su carrera en 1895. Este período se inició con El príncipe feliz y otros cuentos (ilustrado por Walter Crane y Jacomb Hood), un volumen de encantadores cuentos de hadas con un toque picante de sátira contemporánea.[311]​ Algo de la felicidad verbal de las comedias de Wilde se encuentra en los cuentos recopilados en El crimen de lord Arthur Saville (1891).[310]​ Se trataba de una colección de cinco relatos de crimen y misterio nada convencionales, destacando especialmente entre ellos El fantasma de Canterville, que introdujo una notable variación en el género del cuento de fantasmas. La colección Una casa de granadas (más cuentos de hadas, 1892) fue considerada en general, en valoración del autor, como "no destinada ni a los niños británicos ni al público británico".[509]

Teatro[editar]

El siglo XIX fue una de las épocas más pobres en la historia del teatro inglés;[573]​ no obstante, también fue una época de grandes actores en la que destacaron nombres como los de Kean, Macready, Henry Irving y Ellen Terry, aunque en general solían representar a los clásicos (en especial a Shakespeare, adaptado a los gustos y el capricho de los actores principales), triviales comedias modernas o melodramas sensacionalistas.[574]​ En conjunto, la situación del teatro de comienzos del siglo XIX era deplorable.[575]​ No obstante, la decadencia del teatro no puede achacarse a una causa única.[575]​ Sin embargo, la aprobación del Acta del Teatro de 1843 para regular el sector acabó con el monopolio que mantenían hasta entonces las dos grandes empresas teatrales, la del Covent Garden y la del Drury Lane, las únicas autorizadas para representar dramas dialogados en Londres. Esto permitió a teatros más pequeños producir obras en igualdad de condiciones con las dos empresas privilegiadas. Como resultado de esa nueva situación, en la década de 1860 se construirían en Londres numerosos teatros.[575]​ A partir de entonces, la situación del teatro inglés fue mejorando, aunque solo de manera modesta.[576]

Prosa[editar]

El conflicto entre los conocimientos nuevos y la opinión consagrada llenó la época victoriana con el alboroto del debate. Los viajeros ampliaban nuestro conocimiento del mundo objetivamente considerado; los teóricos de las ciencias estudiaban su estructura interna; los economistas políticos y los moralistas deducían conclusiones que escandalizaban al hombre corriente. Detrás de todo esto, el aumento de la riqueza y del poder material favorecía una interpretación materialista de la experiencia, tácitamente aceptada en casi todos los departamentos de ésta hasta por los ortodoxos. Este materialismo se apoyaba erróneamente en la autoridad de la ciencia, ya que los científicos se mantenían correctamente dentro de los límites que sus premisas les imponían.[577]

Dos ensayistas, o más bien tres, alzaron fuertemente sus voces contra las enseñanzas de los economistas, los utilitaristas y los materialistas:[578]Carlyle, Ruskin y Matthew Arnold. Los dos primeros se erigieron en dos profetas que acusaron con vehemencia a su época y de los cuales ha tomado la posteridad la irónica venganza de considerarlos victorianos típicos, haciéndolos objeto de excesivas reconvenciones.[579]

Religión, teología y oratoria[editar]

Los primeros años del reinado de la reina Victoria presenciaron un segundo gran movimiento de reforma en la Iglesia inglesa. El primero, o sea el de John Wesley, había sido evangélico; esta segunda reforma fue doctrinal y sacramental. El primero había llevado a la separación de los wesleyanos o metodistas de la comunión nacional. El segundo escindió esa comunión en dos partes discordantes, la una católica y la otra protestante. El tema de la época fue el conflicto entre el racionalismo y la fe, tomados estos términos en un sentido profano tanto como religioso, y a esta luz el Movimiento tractariano puede considerarse como una afirmación de fe.[501]​ Los tractarianos o folletistas se diferenciaban de la confesión católica romana ―afirmaban― por su mayor fidelidad a la organización de la Iglesia primitiva, por estar libres de los "errores populares" debidos a la corrupción de los tiempos posteriores. En realidad, el Movimiento restauró la autoridad de la Iglesia, la precisión dogmática (entre los que aceptaron esas opiniones), la catolicidad, la reverencia a los sacramentos y cierto tipo de santidad.[501]

Los himnos de The Christian Year (El año cristiano), de John Keble, son parte del germen de dicho movimiento, pero su consecuencia literaria más notable fue la Apologia pro Vita Sua de Newman.[580]

Por último, debe recordarse que la época victoriana fue la Edad de Plata de la oratoria inglesa. Había aún suficiente unidad en la política y la religión para imprimir un tipo a la retórica, aunque la homogeneidad ya era menor que en el siglo XVIII. El sermón de Keble sobre La apostasía nacional, predicado en Oxford, tuvo fuertes repercusiones. El deán Stanley alcanzó la perfección de la oratoria eclesiástica, y el disidente C. H. Spurgeon dio nueva vida a las raíces de la prosa de Latimer.[581]​ Hubo acuerdo en cuanto al estilo, en lo esencial; solo a fines del siglo desapareció el gran estilo bajo la granizada de golpes del estilo de Joseph Chamberlain, mucho más incisivo. No todos los discursos famosos sobreviven impresos, y los de la época victoriana hay que estudiarlos en antologías. Entonces se advierte que son homogéneos y diferentes.[581]

El sacerdote anglicano Richard Garnett (padre) (1789-1850) dedicó gran parte de su vida al estudio y la investigación. Garnett sostuvo, a través de algunas de sus obras, un intenso debate dialéctico sobre el tema de los milagros eclesiásticos con el jurista católico Charles Butler (1750-1832). Especialmente desde 1826 fue un conocido polemista en temas religiosos, gracias a sus controvertidos artículos en The Protestant Guardian, de los cuales los más notables consistían en exposiciones sumamente jocosas y sarcásticas de los milagros apócrifos atribuidos a San Francisco Javier.[582]​ Sus obras teológicas no llegaron a ser editadas.

Isaac Taylor (1787-1865), escritor filosófico e histórico, artista e inventor,[583]​ desarrolló en sus obras El fanatismo (Londres, 1833) y El despotismo espiritual (Londres, 1835, tres ediciones) un tema del que ya se había ocupado en una obra anterior, la Historia natural del entusiasmo (Londres, 1829), por la cual es más recordado.[584]​ Era ésta una especie de disquisición histórico-filosófica sobre las perversiones de la imaginación religiosa, y estaba escrita con una frescura y un vigor que le dieron una inmediata buena aceptación.[584]​ Tres volúmenes adicionales sobre el escepticismo, la credulidad y la corrupción moral fueron incluidos en el voluminoso proyecto del autor de una Anatomía patológica de la religión espuria, pero estos volúmenes complementarios nunca fueron terminados.[584]

Mientras tanto Taylor había publicado un volumen más devocional titulado Saturday Evening (Londres, 1832; numerosas ediciones en Inglaterra y América). Con posterioridad desarrollaría parte de ese libro en La teoría física de la otra vida (Londres, 1836), una obra puramente especulativa, que anticipaba un esquema de deberes en un mundo futuro, adaptado a la supuesta expansión de nuestras facultades después de la muerte.[584]

Con su publicación durante 1839-40 de El cristianismo primitivo y las doctrinas de los «Oxford Tracts» (en ocho partes),[584]​ una serie de disertaciones en respuesta a los Tracts for the Times,[585]​ Taylor se mostró por vez primera como un polemista, siendo su aseveración que la Iglesia del siglo IV (sobre cuyas costumbres primitivas los seguidores de Pusey trataban de injertar las instituciones de la Iglesia anglicana) ya había madurado una cuantiosa cosecha de supersticiones y errores,[584]​ que no debía ser considerada como la encarnación de la doctrina y la práctica de los apóstoles porque ya entonces estaba corrompida por el contacto con la superstición pagana.[585]​ Su punto de vista fue acaloradamente refutado.[584]

En marzo de 1841, Taylor pronunció cuatro conferencias sobre El cristianismo espiritual (publicadas en Londres). Poco después fue persuadido a completar y editar una traducción de La guerra de los judíos de Flavio Josefo, que había sido preparada por el Dr. Robert Traill.[584]

Publicó años más tarde una obra sobre el argumentario cristiano, titulada La restauración de la fe (Londres, 1855), en la que recurrió una vez más a su formato preferido de publicación anónima. La lógica en teología y Civilización última, dos volúmenes de ensayos parcialmente reimpresos de la Eclectic Review durante 1859 y 1860, fueron seguidos a su vez por El espíritu de la poesía hebrea (Londres, 1861), un volumen de conferencias, originalmente pronunciadas en Edimburgo, que abunda en pasajes sugestivos y hermosos, y que es la más importante de sus obras postreras.[584]​ En sus Consideraciones sobre el Pentateuco (Londres, 1863), se oponía a las conclusiones de Colenso.[586]

Algunos lo consideran como el mayor teólogo laico inglés desde Coleridge.[587]​ Ciertamente se caracterizaba por su vasta formación, sus nobles propósitos, y una profunda piedad personal, pero la mayoría de sus libros han caído en el olvido.[587]

En una trayectoria distinta ―y a menudo opuesta― a la tumultuosa corriente positivista, utilitaria, racionalista y tecnológica de los primeros tiempos de la era victoriana, encontramos a John Henry Newman (1801-1890), el eminente ministro anglicano[165]​ que acabaría convertido al catolicismo. Tras romper definitivamente con el evangelicalismo en el que se había criado[164]​ (1830), creó el Movimiento de Oxford (1833), cuyo propósito inicial era rescatar a la Iglesia anglicana del nivel de institución puramente humana en que parecía encontrarse, e infundirle el espíritu sacramental y sacerdotal derivado de Jesucristo. Newman fue durante años el principal motor del Movimiento,[165]​ hasta su renuncia (1842) y posterior conversión al catolicismo (1845). Dentro de la comunión católica romana la posición de Newman era la de un "católico liberal".[588]​ Aparte su colaboración en Tracts for the Times,[Nota 50]​ escribió Alcance y naturaleza de la educación universitaria (1852) e Idea de universidad (1873), obras de gran valor formativo, y de una prosa excelente.[165]​ Una controversia con Kingsley, quien había escrito que Newman no consideraba la verdad como una virtud necesaria,[Nota 51]​ dio pie a la publicación de su Apologia pro vita sua (1864), uno de los libros de autobiografía religiosa más notables que se han escrito,[164]​ cuyo sencillo tono confidencial "revolucionó la estimación popular de su autor", consolidando la pujanza y la sinceridad de las convicciones que lo habían llevado a la Iglesia católica.[591]​ La manifiesta sinceridad y espiritualidad de la Apologia lo vindicaron a los ojos de todos los lectores de buena fe; pero esas cualidades solas no hubieran bastado para poner tan alto la obra entre las grandes confesiones de la cristiandad.[580]

Newman era un escéptico ávido de dogma. Su análisis de la historia y el contenido del dogma fue corrosivo, pero lo compensaba una sumisión apasionada a la autoridad.[580]

Además de las obras mencionadas escribió, entre otras: Los arrianos del siglo IV (1833), Doce conferencias (1850), Conferencias sobre la postura actual de los católicos (1851), El romanismo y el protestantismo popular y Disquisición sobre el canon bíblico. Poseedor de uno de los intelectos más agudos y sutiles de su tiempo, Newman fue también maestro de un estilo de belleza y poder maravillosos. A juicio de muchos, sin embargo, su sutileza en no pocas ocasiones daba la sensación de pasarse a la sofística; y su actitud hacia las escuelas de pensamiento diametralmente opuestas a la suya propia fue en ocasiones dura y antipática. Por otra parte, se encontraba en condiciones de ejercer una notable influencia sobre los hombres que en lo eclesiástico y en ciertos aspectos en lo religioso, más fuertemente se opusieron a él.[164]​ Newman y sus compañeros del Movimiento de Oxford proporcionaron a la Iglesia anglicana del siglo XIX un considerable impulso de fervor y espiritualidad.[165]

Edward Bouverie Pusey (1800-1882) fue un teólogo, erudito y profesor inglés. En sus Observaciones sobre los beneficios futuros y pasados de las instituciones catedralicas (1833), Pusey defendió el sistema existente, ya que había proporcionado a algunos de los clérigos las oportunidades de estudio que habían producido y producirían de nuevo las principales obras de la teología inglesa, y los más sólidos esquemas de la doctrina teológica.[592]

James Martineau (1805-1900), hermano menor de la escritora y activista Harriet Martineau, fue un destacado teólogo unitario. En Liverpool, durante un cuarto de siglo ejerció una extraordinaria influencia como predicador, y alcanzó una gran reputación como escritor de filosofía religiosa.[593]​ En 1839 salió en defensa de la doctrina unitaria, que había sido atacada por ciertos clérigos de Liverpool,[594]​ y publicó cinco discursos, en los que disertaba acerca de La Biblia como gran autobiografía de la naturaleza humana, desde su infancia hasta su perfección; La Deidad de Cristo; La redención vicarial; El mal y El cristianismo sin sacerdote ni ritual.[Nota 52][595]​ Aparte de las Iglesias, hombres como Carlyle y Matthew Arnold ―con quien tenía mucho en común― le influyeron; mientras que Herbert Spencer en Inglaterra y Comte en Francia proporcionaron la necesaria antítesis al desarrollo dialéctico de sus propios puntos de vista.[595]​ El auge del evolucionismo y la nueva forma científica de ver la naturaleza y sus métodos de creación, lo obligaron a repensar y reformular sus principios y conclusiones teístas, especialmente en lo referente a las formas en las que podría ser concebida la relación de Dios con el mundo y su acción sobre el mismo.[595]​ No hay apenas nombre o movimiento en la historia religiosa de su siglo que no tocara e iluminara. Fue de esta forma que criticó el «mesmerismo ateísta» con el que su hermana Harriet se había comprometido, y ella nunca le perdonaría dicha crítica.[595]

Entre sus escritos, que fueron muy influyentes, están los Fundamentos de investigación religiosa (1836), Los sustitutos ideales de Dios (1879), Estudio sobre Spinoza (1882), Tipos de teoría ética (1885), El estudio de la religión (1888), Establecimiento de la autoridad en la religión (1890), y poemas religiosos e himnos.[596]​ Los tres últimos títulos mencionados expresaban su pensamiento maduro, y puede decirse que contienen, en lo que el autor concibe como una forma final, los logros especulativos de su vida.[595]​ Sus cualidades literarias y especulativas son en verdad excepcionalmente brillantes; resultan espléndidos en léxico, elaborados en su argumentación, convincentes a la par que reverentes, perspicaces a la par que audaces en la crítica. Pero poseen también los más obvios defectos: son incuestionablemente los libros de un anciano que había pensado tanto como hablado y escrito a menudo sobre los temas acerca de los cuales diserta, pero que finalmente había organizado sus materiales a toda prisa en un momento en que su mente había perdido, si no su vigor dialéctico, sí en cambio su frescura y su sentido de la proporción.[595]

En la órbita de Newman y de la High Church anglicana se encuentra el pensamiento teológico del arzobispo y posteriormente cardenal Henry Edward Manning (1808-1892), que también se adhirió a los postulados del Movimiento de Oxford y pasa por ser uno de los más capaces del grupo tractariano.[140]​ Se ganó reputación de orador elocuente tras la publicación de sus dos primeras obras: Regla de fe (1839) y su obra capital, La unidad de la Iglesia (1842). Tras su conversión al catolicismo y su adhesión a la Iglesia de Roma (1851), en la que se unió a la facción ultramontana,[140]​ alcanzó una posición de notable influencia en el seno de aquélla, llegando a ser, superando incluso a Newman,[140]​ el máximo representante de la misma en Inglaterra (1865). Sus escritos incluyen sermones, de los que publicó varios volúmenes antes de su abandono de la Iglesia de Inglaterra, y algunas obras controvertidas, incluyendo Petri Privilegium (1871), Los decretos del Vaticano (1875) ―en respuesta a Los decretos del Vaticano y el vaticanismo, de Gladstone― y El sacerdocio eterno (1883).[140]

Liberal en política y celoso reformador eclesiástico,[597]​ el pedagogo y profesor Thomas Arnold (1795-1842) estuvo implicado en numerosas controversias educativas y religiosas. Como hombre de iglesia fue un erastiano[Nota 53]​ convencido, y se opuso frontalmente a la facción de la High Church (Iglesia Alta).[597]​ En sus últimos años escribió un par de volúmenes de sermones (1842 y 1844) y una obra teológica (La interpretación de las Escrituras, publicada póstumamente en 1845).

Desde 1827, el teólogo F. D. Maurice (1805-1872) se entregó a la labor literaria, escribiendo una novela, Eustace Conway, y editando el London Literary Chronicle hasta 1830.[598]​ También escribió para la Westminster Review y otras publicaciones, y durante un breve período de tiempo editó el Athenæum.[599]​ En ese momento se encontraba muy confuso en cuanto a sus opiniones religiosas.[598]​ Finalmente, al cambiar sus puntos de vista teológicos, se unió a la Iglesia de Inglaterra.[599]​ Se convirtió en un líder entre los socialistas cristianos, y por un breve período de tiempo editó su órgano de propaganda.[600]​ Acusado de heterodoxia (1851) y posteriormente absuelto por una comisión de investigación,[598]​ al publicarse sus Ensayos teológicos en 1853 se le pidió que renunciara a su puesto de profesor en el King's College.[600]​ Maurice mantuvo con gran efusión de convicción que sus puntos de vista estaban en concordancia con las Escrituras y los criterios anglicanos, pero el consejo, sin especificar ninguna "herejía" concreta y negándose a someter el caso al juicio de los teólogos competentes, dictaminó lo contrario y le privó de sus cátedras.[598]​ Entre sus escritos se cuentan Las religiones del mundo y su relación con el cristianismo (1847), Filosofía moral y filosofía metafísica (1848), Los profetas y reyes del Antiguo Testamento (1853), La doctrina del sacrificio (1854) y Ensayos teológicos. El estilo de Maurice era copioso, y con frecuencia es tachado de oscuro; sin embargo, ejerció una extraordinaria influencia sobre algunas de las mejores mentes de su tiempo por la originalidad de sus puntos de vista, y por la pureza y la altura de miras de su carácter.[600]

El hermano de John Henry Newman, Francis William Newman (1805-1897), también fue un erudito y escritor teológico,[601]​ y como aquél, abandonó su evangelicalismo inicial, pero en su caso para tomar una dirección diametralmente opuesta a la de su hermano, pues Francis evolucionó hacia el escepticismo a través del eclecticismo.[601]​ Su Unión Católica (1844) era un alegato por una "Iglesia del futuro" sobre una base ética, dejando abiertas las cuestiones teológicas.[602]​ Adquirió una especial reputación gracias a sus escritos sobre temas de religión, de los cuales los más importantes fueron su Historia de la monarquía hebrea (1847), un estudio que quedó obsoleto por investigaciones más recientes; su tratado devoto sobre El alma (1849), tal vez la más influyente de sus obras;[603]​ y su libro más famoso, Las fases de la fe (1850), una autobiografía teológica escrita en respuesta a la Apologia de su hermano, cuya publicación dio lugar a una notable controversia y a la aparición de El eclipse de la fe, de Henry Rogers.[Nota 54]​ También publicó una Miscelánea en cuatro volúmenes, un Diccionario de árabe moderno y algunos tratados matemáticos.[601]

Henry Alford (1810-1871) fue un teólogo, erudito, poeta y escritor misceláneo[604]inglés. Su mayor fama descansa sobre su monumental edición del Nuevo Testamento en griego (4 volúmenes), que le ocupó desde 1841 hasta 1861.[Nota 55]​ En esta obra puso por vez primera ante los estudiantes ingleses un esmerado cotejo de las interpretaciones de los principales manuscritos y de las investigaciones de los eruditos continentales más sesudos del momento. De carácter más filológico que teológico, marcó un cambio de época de los antiguos comentarios homiléticos, y aunque investigaciones más recientes, patrísticas y papirológicas, han cambiado en gran medida el método exegético del Nuevo Testamento, la obra de Alford sigue siendo una cantera de la que el estudiante puede extraer un buen provecho.[174]​ Alford siguió en esta obra en gran medida los pasos de los críticos alemanes, manteniendo, no obstante, una posición liberal moderada; y fue durante mucho tiempo la obra de referencia sobre el tema[604]​ en Inglaterra. En el último año de su vida emprendió un comentario sobre el Antiguo Testamento, que en el momento de su muerte solo llegaba al vigésimo quinto capítulo del Éxodo.[606]

Arthur Stanley (1815-1881) fue deán de Westminster (1864-81), historiador, biógrafo y teólogo.[607]​ Fue profesor de Historia eclesiástica en Oxford (1856). Su posición eclesiástica era erastianista y latitudinarista, y su propósito práctico en la Iglesia, la comprensión política.[607]​ Fue un autor prolífico, sus obras incluyen una Vida del Dr. Arnold (1844), de quien fue su discípulo favorito; Memoriales de Canterbury (1854); Sinaí y Palestina (1855); Conferencias sobre la Iglesia de Oriente (1861); Historia de la Iglesia judía (1863); Memoriales históricos de la abadía de Westminster (1867); Conferencias sobre la historia de la Iglesia de Escocia (1872); además de diversos comentarios.[607]​ Su Comentario sobre las epístolas a los corintios (publicado en junio de 1855) era una obra compañera del Comentario sobre las epístolas a los tesalonicenses, gálatas y romanos de Jowett. Resulta valioso en los aspectos pintoresco, histórico y personal; pero doctrinalmente es débil, y en erudición y precisión resulta deficiente.[608]​ En sus Memoriales de Canterbury (publicados en diciembre de 1854) encontró un amplio campo de aplicación para sus dones para la narrativa dramática o gráfica.[608]​ En sus Sermones de Canterbury (publicados en marzo de 1859) se esfuerza por poner en valor el lado práctico de la religión; por hacer que sea una vida más que un credo; por enunciar sus verdades, no atacar sus errores.[608]

John William Colenso (1814-1883), matemático y crítico bíblico, ingresó en la Iglesia, y publicó varios tratados matemáticos y unos Sermones rurales.[609]​ A principios de 1861 publicó su Comentario sobre la Epístola de San Pablo a los romanos, una obra que, según el obispo Gray de Ciudad del Cabo,[Nota 56]​ estaba repleta de herejías de principio a fin. No cabe duda de que golpeó las raíces del comúnmente denominado sistema sacramental.[610]

Más conocido por sus novelas fantásticas y cuentos de hadas, George MacDonald también publicó algunos volúmenes de sermones (Sermones silenciados, 1867/1885/1889) y obras apologéticas. Frente a la doctrina de la expiación penal sustitutiva desarrollada por Juan Calvino, MacDonald defendía la teoría según la cual Cristo estaba llamado a salvar a los cristianos de sus pecados, no a castigarles por ellos en nombre de Dios. El autor escocés estaba convencido de que Dios solo castiga para enmendar a quien lo necesita, y que el fin único de su ira es la rehabilitación de los pecadores (del mismo modo que el médico hace sufrir a sus pacientes, sirviéndose del "fuego y el acero", con el único objetivo de sanarles). Abandonó el ejercicio del ministerio eclesiástico, debido en parte a consideraciones teológicas, y en parte por el riesgo de deterioro de su salud.[130]

De los campos de la educación y de la crítica de las costumbres es lógico pasar al estudio de la religión.[611]​ Por ello Matthew Arnold, tras publicar una de sus obras ensayísticas fundamentales, Cultura y anarquía, centró su interés en el campo de la teología, y se esforzó por suplantar la letra por el espíritu en San Pablo y el protestantismo (1870), Literatura y dogma: un ensayo para una mejor comprensión de la Biblia (1873), Dios y la Biblia: un análisis de las objeciones a «Literatura y dogma» (1875), y Últimos ensayos sobre la Iglesia y la religión (1877).[612]​ En ellos recomienda Arnold una teología liberal que concuerde con el proceso creativo de la ciencia humana.[613]​ No es probable que estos libros sean extensamente leídos en el futuro, pero su influencia contemporánea es un ingrediente notable en la corriente de tendencia que ha acercado la mentalidad nacional al ideal de Arnold.[612]

Richard William Church (1815-1890), teólogo, historiador y biógrafo, fue educado en Oxford,[614]​ donde se convirtió en discípulo de Newman, asistiendo regularmente a los sermones vespertinos en la Iglesia de Santa María.[615]​ Tradujo los sermoneos catequísticos de San Cirilo (1841) para la «Biblioteca de los Padres» de Pusey, de la que constituyeron el segundo volumen.[616]​ Fue un destacado miembro de la facción de la High Church, pero era reverenciado por muchos que no simpatizaban con sus opiniones eclesiásticas.[614]​ Tras la ruptura del Movimiento tractariano en Oxford[616]​ (1845), un signo de una nueva era fue la fundación del periódico The Guardian por parte de Church y algunos amigos ―James Mozley, Thomas Henry Haddan, Lord Blachford, Mountague Bernard y otros―.[616]​ Entre sus escritos están Los inicios de la Edad Media (1877) y un libro de memorias sobre El Movimiento de Oxford (1891), publicado póstumamente. También escribió las biografías de Anselmo, Dante, Spenser y Bacon.[614]

Henry Drummond (1851-1897) publicó en 1883 el libro que tan ampliamente contribuyó a su fama contemporánea, La ley natural en el mundo espiritual. En este sostenía que el principio científico de continuidad se extendía desde el universo físico al mundo espiritual. La tesis estaba basada sobre una serie de brillantes figuras dialécticas más que sobre una cadena de razonamientos, y las falacias en el argumentario de Drummond fueron advertidas con claridad y perspicacia[617]​ por algunos autores de la época. El libro, sin embargo, resultó ser asombrosamente exitoso; su popularidad, debida en primera instancia a la belleza de su escritura, fue reforzada por una reseña sumamente entusiasta en The Spectator, y en los cinco años posteriores a la fecha de publicación se vendieron unas setenta mil copias.[617]

Ensayo e historia[editar]

Thomas Carlyle, fotografiado por Eliott & Fry (c. 1860).

El historiador y ensayista Thomas Carlyle (1795-1881) es un signo de contradicción en el seno de la sociedad victoriana. En una época en que Inglaterra se proyecta tras la idea del progreso y confía en que la ciencia y la industrialización conseguirán la felicidad y el bienestar humanos, Carlyle se levanta para acusar la complacencia de sus compatriotas, burlarse de su solemnidad, darles una idea de la vibración con que los intereses del espíritu se sentían en la Alemania romántica[Nota 57]​ y atacar la tibieza de su fe o su solapado racionalismo con la sinceridad, el celo y la fuerza moral de un profeta.[619]​ Atacaba a los utilitaristas y los economistas y le proclamaba a la ciencia, directamente a la cara, la realidad del milagro. A la evolución y el progreso oponía la idea de lo "cataclísmico" en la historia, y a la democracia enfrentaba su Sobre los héroes y el culto a los héroes.[620]​ Carlyle se sirve frecuentemente de la historia para ilustrar sus puntos de vista. Profesa una especie de misticismo que desconfía de la razón, y se opone al materialismo utilitario, siguiendo canales distintos de los utilizados por Newman y demás propulsores del Movimiento de Oxford.[619]​ En 1833-34 publicó por entregas, bajo el influjo del estilo de Jean Paul Richter, la apasionada y elocuente mistificación Sartor Resartus (El sastre remendado). Este libro narra la biografía, expone la doctrina y contiene largos pasajes de la obra del imaginario filósofo idealista Diógenes Teufelsdroeck.[621]​ Con esta obra se dio a conocer Carlyle con un estilo nuevo, jocoso, áspero, clamoroso, violento. Estaba decidido a llamar la atención sobre las cuestiones morales a toda costa.[622]​ Todas las obras de Carlyle arrojan luz sobre su personalidad, pero especialmente Sartor Resartus puede considerarse como autobiográfica.[623]

En Sobre los héroes y el culto a los héroes (1841) encontramos su pensamiento y su visión de la historia expresados con más sencillez y en un estilo menos complicado.[624]​ En esta obra, el autor incorpora del modo más romántico su filosofía individualista de la historia:[624]​ Carlyle creía que la historia universal es una suerte de criptografía divina, que estamos leyendo y escribiendo continuamente, "y en la que también nos escriben".[625][Nota 58]​ En aquel período sus obras se sucedían rápidamente: El Cartismo había aparecido en 1839, Pasado y presente vio la luz en 1843, y Cartas y discursos de Oliver Cromwell en 1845, siendo este último quizás el más exitoso de sus escritos;[626]​ en él renovó Carlyle el respeto por un gran personaje inglés.[620]

Carlyle ejerció una poderosa influencia sobre el pensamiento de su época, no solo por sus propios escritos y su personalidad, sino a través de las numerosas personalidades de renombre tanto en la literatura como en la vida pública a quienes imbuyó sus doctrinas; y tal vez no exista mejor prueba de ello que el hecho de que gran parte de lo que era novedoso y original cuando fue propuesto por primera vez por él ya ha pasado a formar parte de las ideas nacionales. Su estilo es quizás el más notable y diferenciado en la literatura inglesa, intensamente fuerte, vívido y pintoresco, pero absolutamente fuera de lo convencional, y a menudo caprichoso o explosivo.[627]​ Figura contradictoria y siempre desconcertante, desde su posición individualista Carlyle coincidió con Newman y con el Movimiento de Oxford en la valoración suprema del espíritu y en el rechazo del positivismo y del industrialismo progresista.[624]

Desde 1841, Arthur Helps (1813-1875), editor, ensayista e historiador,[628]​ pudo dedicarse por entero y durante veinte años al estudio y la escritura.[629]​ De sus publicaciones propias, la primera fue Pensamientos en el claustro y entre la multitud (1835), una serie de aforismos, que fue seguida, entre otras, por Ensayos escritos en los recesos del trabajo (1841), Amigos en el Consejo (en 4 series, 1847-59), Realmah (1869) y Conversaciones sobre la guerra y la cultura general (1871).[630]​ Sus ensayos son lo más exitoso de su obra, pues contienen los pensamientos y opiniones de un hombre perspicaz, experimentado y muy culto.[630]​ No poseen, sin embargo, una excepcional profundidad u originalidad.[630]

Harriet Martineau (1802-1876) fue escritora, economista y activista social en diversas parcelas (feminismo, abolicionismo, teoría social y filosófica). En los Estados Unidos, país que visitó en 1834, su abierta adhesión a la causa abolicionista, entonces reducida y muy impopular, supuso una gran ofensa, en la que ahondó con la publicación, poco después de su regreso, de La sociedad en América (1837) y una Retrospectiva del viaje a Occidente (1838). Un artículo publicado en la Westminster Review, La era de los mártires de los Estados Unidos, introdujo a los lectores ingleses en las luchas de los abolicionistas.[631]

Isaac Taylor fue el miembro más eminente de una familia conocida como los Taylor de Ongar, que mostró una notable persistencia en su aptitud en varias especialidades, pero especialmente en el arte y la literatura. Su abuelo y su padre, que llevaban el mismo nombre, fueron eminentes grabadores, y el segundo fue autor de varios libros infantiles.[583]​ El tercer Taylor decidió, sin embargo, dedicarse a la literatura.[583]​ La vida tranquila en Stanford Rivers y la dedicación de los pensamientos de Taylor hacia el tema de la educación (si bien él mismo instruyó a sus hijos solo en religión) están reflejadas en su siguiente libro sobre La educación en el hogar (Londres, 1838), en el que insistía en la influencia beneficiosa de la vida rural, el valor educativo de los placeres de la infancia, y la importancia de favorecer el crecimiento natural de la capacidad mental del niño por encima del crecimiento estimulado.[584]

El período de formación en la vida de Thomas Arnold estuvo diligentemente consagrado a la búsqueda de estudios clásicos e históricos.[632]​ Los autores que con mayor atención estudió en ese período fueron Tucídides y Aristóteles, y por sus escritos formó un archivo adjunto que mantuvo hasta el final de su vida, y ejerció una poderosa influencia sobre su manera de pensar y sus opiniones, así como sobre sus ocupaciones literarias en años posteriores. Heródoto también fue objeto de su consideración en grado relevante, pero más, al parecer, para la recreación que para el trabajo.[632]

A partir de 1819, Arnold dedica su tiempo libre a la prosecución de sus estudios de filología e historia, más concretamente al estudio de Tucídides y de la nueva luz que habían arrojado, sobre el estudio de la historia de Roma y sobre la metodología histórica en general, las investigaciones de Niebuhr.[632]

Desde su elección como director de la prestigiosa Escuela de Rugby (1827), dedicó sus energías principalmente a la actividad de la escuela; pero tuvo tiempo también para una copiosa labor literaria.[632]​ Sus principales obras literarias son su inacabada Historia de Roma (en 3 volúmenes, 1838-42) y sus Conferencias introductorias sobre Historia Moderna (1842).[597]​ Estas dos obras, junto con una edición de Tucídides, con notas y disertaciones en inglés (1835); y numerosos artículos en revistas, diarios, periódicos y enciclopedias, se conservan para dar fe de la incansable actividad de su mente y de su paciente diligencia durante este período.[632]​ Thomas Arnold era un hombre de notable erudición, seriedad y fuerza de carácter.[597]

Sir Thomas Erskine May, barón Farnborough (1815-1886), jurista constitucional,[633]​ publicó en 1844 un Tratado práctico sobre las leyes, prerrogativas, procedimientos y usos del Parlamento, una obra de saber profundo, preciso y bien meditado, reconocida por el Parlamento como autorizada, y traducida al alemán, francés, italiano, español, japonés y húngaro.[633]

Explorador, arqueólogo, historiador del arte, coleccionista, escritor, político y diplomático, Austen Henry Layard (1817-1894) fue conocido sobre todo por sus excavaciones en Nimrud y Nínive, donde descubrió en 1851 la Biblioteca de Asurbanipal. Sus obras más conocidas son aquellas que se ocupan de sus excavaciones. Las excavaciones en Nimrud fueron descritas en Nínive y sus restos[Nota 59][635]​ (1848-49, en 2 volúmenes), mientras que Los descubrimientos en las ruinas de Nínive y Babilonia (1853) refiere su segunda serie de excavaciones; éstas fueron sus principales obras,[635]​ las que le dieron fama y honores.[189]​ Layard fue un excavador de gran éxito y describió su trabajo de manera brillante, pero no era un gran lingüista, y la labor de desciframiento de las inscripciones fue realizada en su mayor parte por Sir Henry Rawlinson.[189]

La historia se convierte en obra de arte literario en manos de Thomas Macaulay (1800-1859),[636]​ quien cultivó la historiografía de sesgo liberal en la línea de George Grote, ámbito en el que fue la figura suprema.[637]​ En él se unen un gran escritor y una inteligencia poco común.[516]​ La crítica literaria, en la que se distinguió con relevantes ensayos[638]​ dedicados a Johnson, a Clive, creador del poder británico en la India, a Joseph Addison, a Milton, a Petrarca y a Dante,[639]​ entre otros, le dio prestigio entre los hombres de letras de su tiempo. El empleo alegre y abundante de una cultura enciclopédica es una defensa convincente y un fuerte baluarte contra la oposición.[640]​ Aparece en sus Ensayos críticos e históricos (1825-43) aplicada no solo a temas políticos, sino también literarios.[640]​ Su debilidad y su fuerza se manifiestan juntas en su tour de force sobre el Johnson de Boswell.[640]​ Ideó la explicación de que la obra de Boswell era tan grande precisamente por ser su autor tan pequeño, explicación manifiestamente insostenible, pero expuesta con extraordinaria fuerza de convicción.[640]

Pero con toda su brillantez, estos ensayos no pueden compararse con su labor de historiador, para la que muestra disposiciones excepcionales.[638]​ Comenzó su Historia de Inglaterra en marzo de 1839, con la intención de incluir el período comprendido entre la Revolución de 1688 y la muerte de Jorge III,[641]​ pero por algún tiempo sus energías aún se repartieron entre esta tarea, las exigencias de la Edinburgh Review y la política.[642][Nota 60]

En los cinco volúmenes de su Historia de Inglaterra desde Jacobo II (1848-61), Macaulay sigue la gran tradición de Gibbon, en estilo y concepción, y posiblemente recibe la inspiradora influencia de Scott en la interpretación imaginativa del pasado.[638]​ Macaulay era capaz de evocar de una manera vívida intrigas y batallas.[516]​ La Historia de Inglaterra consiste en un amplio panorama de Inglaterra desde la dominación romana hasta la Restauración, seguido de un estudio político e institucional, detallado y profundo, desde Carlos II (1660) hasta la muerte de Guillermo III (1702).[638]​ Los dos primeros volúmenes de la Historia fueron publicados en noviembre de 1848, y alcanzaron un éxito cuyos únicos paralelismos en la historia literaria inglesa son las novelas de Scott y Dickens, y posiblemente los poemas de Byron.[643]​ El gran lienzo de la muerte de Carlos II, inserto en la Historia, es justamente célebre.[637]​ No solo los hechos principales están claramente ordenados, sino que las palabras, los gestos, los movimientos y las posiciones de una multitud de figuras están estudiados en la perspectiva justa y todo plenamente comprobado. El período que eligió para ilustrarlo fue la Revolución Gloriosa, o sea el destronamiento de Jacobo II y el establecimiento de la monarquía constitucional por los grandes clanes liberales. Fue un acontecimiento de la mayor importancia para la historia de la libertad de Inglaterra, y Macaulay invocó todos sus sorprendentes recursos para hacerle justicia. No titubea en sus creencias. Los liberales tenían la razón, y los conservadores no; los liberales traían la libertad, y los conservadores defendían la tiranía.[644]​ Los volúmenes tercero y cuarto fueron publicados en diciembre de 1855. El éxito fue tan grande como el de los dos primeros volúmenes.[645]​ En Estados Unidos las ventas superaron a las de cualquier libro, excepto la Biblia y uno o dos libros de texto.[645]​ La Historia ha sido traducida al alemán, polaco, danés, sueco, italiano, francés, neerlandés, español, húngaro, ruso, checo y persa.[645]

Dotado de una asombrosa memoria, un conocimiento de vasto alcance y un flujo inagotable de oratoria dispuesta y eficaz,[646]​ en sus escritos no escatimó esfuerzos en la recolección y disposición de los materiales, y era incapaz de resultar deliberadamente injusto.[646]

En la década de 1840, el historiador Charles Merivale (1808-1893) estaba colaborando en una Historia de Roma, proyectada por la Sociedad para la Difusión de Conocimientos Útiles, cuando el afortunado fracaso del proyecto le dejó manos libres para reformular y continuar la obra de forma independiente y con otros editores. Tal fue el origen de su Historia de los romanos bajo el Imperio (1850-64, 7 volúmenes). Las excelentes virtudes de esta obra, que abarca el período desde el auge de los Graco hasta la muerte de Marco Aurelio, formando así un preludio a la Historia de la decadencia y caída de Gibbon, son indiscutibles, mientras que su defecto reconocido, el descuido de las fuentes epigráficas, era difícil de evitar en las circunstancias en que se escribió. La buena aceptación de los tres primeros volúmenes fue tal que le indujo a publicar un epítome popular de ellos en un volumen, titulado La caída de la República romana: una breve historia del último siglo de la mancomunidad (1853).[647]​ Su Historia general de Roma desde la fundación de la ciudad hasta la caída de Augústulo (1875) es un epítome conveniente de un vasto tema.[647]Los triunviratos romanos (1876); San Pablo en Roma (1877); La conversión de los teutones continentales (1878); y Cuatro conferencias sobre algunos períodos de la historia de la Iglesia primitiva pronunciadas en la catedral de Ely (1879) completan la relación de sus escritos históricos y apologéticos.[647]

Tras escribir artículos para The Daily News sobre la reforma social y la penitenciaria,[264]William Hepworth Dixon (1821-1879) publicó en 1850 John Howard y el mundo carcelario de Europa, que tuvo una amplia difusión,[264]​ y un volumen descriptivo de Las prisiones de Londres.[648]​ Su libro Spiritual Wives (Esposas espirituales) (en dos volúmenes, 1868), que trata sobre el mormonismo, fue criticado muy negativamente.[264]​ Dixon fue acusado de indecencia.[649]

Sir John William Kaye (1814-1876), historiador militar, sirvió en el Ejército Británico (1832-41) antes de dedicarse a la literatura. Kaye fue un escritor prolífico, y un constante colaborador en publicaciones periódicas. En 1851 publicó su Historia de la guerra en Afganistán, en dos volúmenes.[650]​ Publicó una Historia de la Administración de la Compañía Británica de las Indias Orientales en 1853.[651]​ La obra más conocida de Kaye, la Historia de la guerra de los cipayos en la India, 1857-58, en tres volúmenes, apareció entre 1864 y 1876 y es "una narración bien ordenada y exhaustiva". En el último volumen, el autor reflexionaba sobre la conducta de la 52ª infantería ligera y la tercera columna de asalto en el sitio de Delhi, y se originó una controversia.[651]

El historiador inglés Henry Thomas Buckle (1821-1862), al heredar una cuantiosa fortuna y una voluminosa biblioteca, se dedicó a viajar y a estudiar, con el fin de preparar una gran obra que había proyectado: la Historia de la civilización en Inglaterra. Como introducción a ésta puso en consideración las condiciones de la civilización en otros países, pero apenas había completado esto cuando le sobrevino la muerte en Damasco en 1862. El primer volumen fue publicado en 1857, y el segundo en 1861. En ambos se muestran los resultados de una vasta suma de lecturas; pero no están exentos de puntos de vista unilaterales y generalizaciones que descansan sobre datos insuficientes. Buckle posee, no obstante, el mérito de haber aportado una nueva idea de la historia y del método de escribirla. La obra completa iba a alcanzar los 14 volúmenes.[652]

Su Historia de la civilización en Inglaterra es notable por la amplitud del tema y la audacia de su tesis,[653]​ y logró para su autor una reputación que apenas ha sido conservada.[654]​ Se trata de una gigantesca introducción inacabada, cuyo plan era, en primer lugar, formular los principios generales del método del autor y las leyes generales que rigen el curso del progreso humano; y, en segundo lugar, ejemplificar estos principios y leyes a través de las historias de ciertas naciones caracterizadas por rasgos prominentes y peculiares: España y Escocia, Estados Unidos y Alemania.[655]​ Sostenía que las sociedades, como los demás seres vivos, podían ser variables en lo particular, pero que en su conjunto estaban sometidas a leyes estrictas; creía que las diferencias de clima, suelo, alimentación y aspectos de la naturaleza producían un efecto acumulativo sobre los diferentes pueblos, y a éste añadía los efectos del progreso constante de la actividad mental.[653]​ Buckle era un concienzudo adepto a la escuela empírica inglesa, en aquel momento bajo el liderazgo de J. S. Mill.[654]​ Sus especulaciones están ya anticuadas, porque no disponía del método que ha llegado a ser considerado como sumamente importante por los pensadores de su propia escuela.[654]​ Pero su poderío literario era muy grande; el vigor de su composición nunca decae a lo largo de, al menos, su primer volumen; el alcance de sus conocimientos y su dominio de todos sus recursos son notables, y aunque sus conclusiones no son ni muy nuevas ni valiosas para los pensadores serios, están expuestas con una fuerza retórica admirablemente apropiada para impresionar al lector menos cultivado.[654]​ Buckle tuvo numerosos predecesores en su doctrina, pero propagó ésta con un vigor sin precedente en la literatura inglesa, y que dará cierto valor permanente a un libro por lo demás nada fructífero en resultados positivos.[654]

William Stubbs (1825-1901) fue eminente por igual en historia eclesiástica, como editor de textos y como historiador del constitucionalismo inglés.[656]​ Ejerció como profesor en Navestock (Essex), donde permaneció dieciséis años, durante los cuales comenzó sus investigaciones históricas y publicó sus primeras obras. Su primera publicación fue Hymnale Secundum Usum Sarum.[657]​ Su derecho a ser considerado como una autoridad en historia eclesiástica quedó demostrado en 1858 por su Registrum Sacrum Anglicanum, que establece la progresiva sucesión episcopal en Inglaterra, por muchas otras obras posteriores, y en particular por su contribución en la obra Concilios y documentos eclesiásticos, editada en colaboración con el reverendo A. W. Haddan, y de cuyo tercer volumen fue especialmente responsable.[656]​ El Registrum Sacrum Anglicanum es un inventario de los obispos ingleses desde Agustín de Canterbury.[657]​ Su posición como maestro en la erudición crítica y en la exposición histórica es indudable más allá de cualquier debate por los diecinueve volúmenes de Crónicas y memoriales que editó para las «Rolls Series».[Nota 61][656]​ Entre los ejemplos más notables de su trabajo para las «Rolls Series» están los prefacios a Roger de Hoveden, la Gesta Regum de Guillermo de Malmesbury, la Gesta Regis Henrici II y los Memoriales de San Dunstano.[656]​ El saber y la visión crítica representados en estas obras atrajeron la atención y la admiración de los eruditos históricos, tanto en el ámbito doméstico como del continente.[657]​ En Oxford publicó en 1870 sus Select Charters, y su obra principal, la Historia constitucional de Inglaterra (3 volúmenes, 1874-78), que desde entonces se convirtió en obra de referencia en su tema.[657]​ La aparición de este libro, que traza la evolución del constitucionalismo inglés desde las invasiones teutónicas de Gran Bretaña hasta 1485, marca un paso distintivo en el avance de la educación histórica inglesa.[656]​ Su volumen de Select Charters, admirable en sí mismo, posee una importancia especial, ya que su plan ha sido imitado con buenos resultados tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos.[656]

Stubbs fue mayor como historiador que como escritor, pero dotó a su obra de buen juicio, penetración, precisión e imparcialidad.[657]​ Rechazó la teoría de unidad y continuidad de la Historia hasta el momento presente, pues ello supondría borrar las diferencias entre la historia antigua y la moderna, sosteniendo que, si bien el trabajo sobre historia antigua supone una útil preparación para el estudio de la historia moderna, tanto la una como la otra pueden ser ventajosamente estudiadas por separado. Instó a que la historia no fuera tratada como una ciencia exacta.[656]​ Era un buen paleógrafo, y sobresalió en la crítica textual, en el examen de la autoría, y en otros asuntos relacionados, mientras que su vasta erudición y su memoria retentiva le hicieron insuperable en la interpretación y en la exposición. Su esmero era ejemplar, y sus referencias resultan siempre exactas. Sus méritos como autor a menudo se juzgan únicamente por su Historia constitucional. El saber y la penetración que este libro muestra son incuestionables: está bien planificado y sus contenidos están bien dispuestos; pero la historia constitucional no es un tema ameno y, a pesar de la habilidad con la que se maneja Stubbs y el genio desplegado en sus capítulos narrativos, el libro no ofrece una idea adecuada del lugar del autor como historiógrafo.[656]​ Stubbs era un hombre de la High Church cuyas doctrinas y prácticas estaban bien fundadas en el aprendizaje y la veneración por la Antigüedad.[656]

La primera obra en prosa del historiador y ensayista irlandés William Edward Hartpole Lecky (1838-1903) fue un volumen de ensayos titulado Las tendencias religiosas de nuestra época, publicado de forma anónima en 1860.[658]​ El libro resultaba notable por su amplia perspectiva y por su espíritu de tolerancia, y no prefiguraba adhesión a ninguna Iglesia en particular.[658]​ Pero su primera obra importante fue Líderes de opinión en Irlanda (1861; ensayos sobre Swift, Flood, Grattan y O'Connell).[659]​ En 1863 publicó un ensayo sobre El sentido decadente de lo milagroso, que con posterioridad formaría los dos primeros capítulos de su Historia del racionalismo, publicada en dos volúmenes en enero de 1865.[658]​ El estudio de la Historia de la Civilización de Buckle determinó hasta cierto punto la orientación de sus propios escritos, y dio lugar a la producción de dos importantes obras: Historia del auge e influencia del espíritu del racionalismo en Europa (1865) e Historia de la moralidad europea desde Augusto a Carlomagno (1869), ambas notables por su erudición, claridad e imparcialidad. Ambas, no obstante, dieron lugar a una considerable controversia y crítica. Su obra principal es la Historia de Inglaterra en el siglo XVIII (1878-90). Caracterizada por las mismas excelentes cualidades que sus anteriores libros, se ocupa de un tema generalmente más interesante, y gozó de una amplia aceptación. Su visión de la guerra americana y de las controversias que la originaron, es más favorable a la posición inglesa que la de algunos historiadores anteriores. Otras obras son Democracia y Libertad (1896) y El mapa de la vida (1899).[659]

Edward Augustus Freeman (1823-1892), historiador y político liberal, fue un autor voluminoso y un agudo polemista.[660]​ En los años de la década de 1860 cimentó su reputación como historiador. En 1861 comenzó su Historia del Gobierno Federal, cuyo primer y único volumen apareció en 1863.[661]​ Pero su reputación como historiador descansará principalmente en su Historia de la conquista normanda (1867-79), su libro completo más extenso. En común con sus obras en general, ésta se distingue por su exhaustividad de tratamiento e investigación, su capacidad crítica, un notable grado de precisión, y cierta percepción del pasado obtenida de su experiencia práctica de los hombres y las instituciones.[662]

Desde 1878 trabajó diligentemente en su Geografía histórica, su William Rufus, y otras materias, y en 1879 hizo dos breves viajes a Francia con el fin de visitar lugares relacionados con la historia de Rufus.[663]Geografía histórica de Europa apareció en 1881-82, y El reino de William Rufus en 1882. La de Freeman fue una vida de labor literaria extenuante. Escribió muchos libros e incontables artículos para revistas, periódicos y otras publicaciones.[664]​ Sus artículos para la Saturday Review corrigieron muchos errores y elevaron el nivel de conocimiento histórico entre las clases cultas, pero como crítico era propenso a olvidar que un libro puede tener imperfecciones y sin embargo resultar digno de elogio.[664]​ Desde 1886 trabajó en su Historia de Sicilia, que planificó a gran escala. Emprendió esta obra principalmente porque las venturas de la isla ilustraban su teoría predilecta de la unidad de la historia; Sicilia era, habría de decir, "la isla ecuménica, el punto de encuentro de las naciones".[663]

En política e historia su interés era casi ilimitado. Estudió la política no como aquello que meramente concierne a las naciones individuales, sino como una ciencia que dominar mediante la comparación de las instituciones políticas de todas las naciones derivadas de un origen común.[665]​ El alcance de su erudición histórica era amplio. Durante algún tiempo se sintió especialmente atraído por la historia de los griegos y de los romanos; después durante muchos años su atención estuvo consagrada en gran parte a la primitiva historia de la nación inglesa, y en su vida postrera encontraría su mayor placer en el estudio de la historia, la arquitectura y la arqueología de los pueblos del Mediterráneo.[665]

Su obra histórica se distingue por su aptitud crítica, su precisión y exactitud expositivas, y un cierto fervor espiritual. Su criterio rara vez era influido por el sentimiento, y sus apreciaciones de carácter resultan por regla general magistrales. Incluso donde parece parcial da a sus lectores plena oportunidad de poner a prueba sus conclusiones y nunca tergiversa sus autoridades. Historiador casi exclusivamente de política, pasa por alto mucho de aquello que más profundamente concierne al progreso humano. Dentro de su propia esfera exhibe una extraordinaria facultad para ver el pasado como si viviera en él, porque él no era un mero estudiante, y su activo interés por la actualidad política y otras cuestiones prácticas le permitieron revestir de realidad la política y a los hombres de épocas pasadas.[665]​ Los hechos históricos poseían en sí mismos, y aparte de su importancia relativa, una atracción tan fuerte para él que su narrativa está a veces demasiado congestionada.[665]​ Freeman repite una sola idea una y otra vez con palabras ligeramente diferentes. De ahí que algunos de sus libros resulten demasiado largos y prolijos para ser populares. Sin embargo, cuando tenía que escribir en un espacio reducido, como en su Esbozo general de la historia europea, su poder de condensación es tan notable como su amplitud de miras.[665]​ Con todo, su escritura es siempre enérgica y lúcida, y en su Historia de la conquista normanda y su Historia de Sicilia ocasionalmente imagina escenas vívidamente y en un lenguaje elocuente.[665]

Freeman anticipó el estudio de la historia de Inglaterra en dos direcciones concretas: mediante la insistencia en la unidad de la historia, y mediante la enseñanza de la importancia y el uso adecuado de los referentes originales. La Historia no está, arguye, dividida "por un muro intermedio de separación" entre antigua y moderna, ni fraccionada en fragmentos como si la historia de cada nación se mantuviera aparte. Es más que una colección de narraciones; es una ciencia, "la ciencia del hombre en su carácter político".[662]

Abarcó la historia griega, la romana y la primera parte de la inglesa, junto con algunas partes de la historia medieval extranjera, y poseía un conocimiento académico aunque genérico del resto de la historia del contexto europeo. Consideraba la perdurable vigencia de Roma como "la verdad central de la historia europea", el vínculo de su unidad, y emprendió su Historia de Sicilia (1891-94) en parte porque ilustraba esa unidad.[662]

Freeman fue el apóstol de la unidad de la historia. Se propuso demostrar esa unidad en la Historia de Sicilia, ya que en dicha isla habían representado sus papeles muchas razas y culturas. Pero el relato parece desarticulado; consiguió mejor su propósito con el tema más limitado de La conquista normanda. Aunque no llegó a utilizar fuentes manuscritas, Freeman prestó un servicio esencial al insistir en el uso de las mejores autoridades.[666]

George Rawlinson (1812-1902) compendió para su generación en formato académico los resultados de la investigación y las excavaciones en Oriente, en una serie de obras de considerable aptitud constructiva que difícilmente han sido superadas en lengua inglesa. La primera fue Las cinco grandes monarquías del antiguo mundo oriental; o historia, geografía y antigüedades de Caldea, Asiria, Babilonia, Media y Persia (…) (en 4 volúmenes, 1862-67). Esta fue seguida por La sexta gran monarquía oriental; o geografía, historia y antigüedades de Partia (1873); a la que se añadió La séptima gran monarquía oriental; o geografía, historia y antigüedades del Imperio persa sasánida o nuevo (1876). Complementarias a esta serie fueron la Historia del Antiguo Egipto (2 volúmenes, 1881) y la Historia de Fenicia (1889).[667]

Samuel Rawson Gardiner (1829-1902) es el historiador de la Revolución puritana.[668]​ Al finalizar su formación universitaria tenía ya planeada su gran obra, la Historia de Inglaterra desde la ascensión de Jaime I hasta la Restauración, e hizo del cumplimiento de esta tarea el gran objeto de su vida durante más de cuarenta años. Los dos primeros volúmenes aparecieron en 1863 bajo el título Historia de Inglaterra desde la ascensión de Jaime I hasta la caída del Juez Presidente Cooke.[669]​ Esta primera entrega fue seguida en 1869 por El príncipe Carlos y el matrimonio español (2 volúmenes).[670]​ Las entregas posteriores aparecieron bajo los siguientes títulos:[669]Una historia de Inglaterra bajo el duque de Buckingham y Carlos I, 1624-1628 (2 volúmenes), publicada en 1875; El gobierno personal de Carlos I (2 volúmenes, 1877), y La caída de la monarquía de Carlos I (2 volúmenes, 1882).[670]​ Estas cinco primeras entregas fueron reeditadas en un formato consolidado[671]​ titulado Historia de Inglaterra desde la ascensión de Jaime I hasta el estallido de la Guerra Civil, 1603-1642[668]​ (10 volúmenes, 1883-84).[670]​ La segunda parte de la obra, Historia de la gran Guerra Civil, 1642-1649, consistió en tres volúmenes editados por separado en 1886, 1889 y 1891,[670]​ seguidos finalmente por otros tres volúmenes, titulados Historia de la Commonwealth y del Protectorado, en 1895, 1897 y 1901.[670][Nota 62]​ Estos seis últimos tomos llevaron la historia hasta el año 1656.[671]​ Su tratamiento del tema es exhaustivo y filosófico, teniendo en cuenta, junto con la historia política y constitucional, los cambios en religión, pensamiento y estado de opinión durante su periodo, sus causas y sus tendencias.[668]​ Su precisión es universalmente reconocida. Tal vez se sintiera atraído por el período puritano debido al hecho de su descendencia de Cromwell e Ireton, pero sin duda escribió sobre ello con el único propósito de exponer la verdad. En sus juicios de los hombres y de sus acciones se muestra imparcial, y sus apreciaciones de carácter exhiben una notable delicadeza de percepción y una amplia simpatía.[668]​ En materia constitucional, escribe con una penetración alcanzable solo mediante el estudio de la filosofía política, discutiendo de manera magistral los sueños de los idealistas y los planes de gobierno propuestos por los estadistas. A lo largo de su obra otorga un lugar prominente a todo aquello que ilustra el progreso humano en concepciones morales y religiosas, así como políticas, y especialmente al surgimiento y desarrollo de la idea de tolerancia religiosa, buscando sus argumentos no solo en la palabra y en la obra de hombres señalados, sino en los escritos de panfletistas más o menos oscuros, cuyos ensayos resultan indicativos de las corrientes de la marea de la opinión pública. Su registro de las relaciones entre Inglaterra y otros estados demuestra su profundo conocimiento de la historia europea contemporánea.[668]

La obra de Gardiner es extensa y minuciosa; los cincuenta y siete años que abarca son un período de excepcional importancia en muchos aspectos, y en ella las acciones y el carácter de los principales personajes exigen un cuidadoso análisis.[668]​ Gardiner apela constantemente al intelecto en lugar de a las emociones, y rara vez resulta pintoresco, aunque en la descripción de algunas escenas famosas, tales como la ejecución de Carlos I, escribe con patetismo y solemnidad. La minuciosidad de su narrativa resta valor a su interés; aunque su disposición es generalmente buena, el lector encuentra aquí y allá el hilo de un tema roto por la intrusión de incidentes no relacionados directamente con dicho tema, y no sin esfuerzo logra recuperarlo de nuevo.[668]​ Su obra carece de entusiasmo y deja al lector frío e impasible. Sin embargo, además de su genuina excelencia, no está exenta de belleza, ya que se caracteriza por su elevado pensamiento, su amor por la pureza y la verdad y por el refinamiento en el gusto y el sentimiento. Escribió otros libros, mayoritariamente sobre el mismo período, pero su gran Historia es aquella por la cual su nombre pervivirá. Su obra es el digno resultado de una vida de trabajo incesante, un espléndido monumento de erudición histórica.[668]

El estilo sobrio y desprovisto de adornos de las obras de Gardiner las hizo poco recomendables para el común de los lectores, pero su eminente sabiduría, precisión, imparcialidad y la laboriosa búsqueda de la verdad que mostraban todas ellas otorgaron a su autor, desde la primera, el respeto y la admiración de los eruditos y de los estudiantes serios de Historia; y a medida que su gran obra iba avanzando fue reconocida como una contribución permanente a la literatura histórica.[671]

Durante los últimos años de su vida publicó únicamente dos obras de importancia, aparte de la continuación de su Historia: una monografía sobre Cromwell para la «serie Goupil» de biografías ilustradas (1899; traducida al alemán en 1903, con un prefacio del profesor Alfred Stern, de Zúrich) y un examen crítico de la historia de la Conspiración de la pólvora (1897), en respuesta al empeño del padre Gerard por demostrar que la trama fue ideada por el Gobierno para sus propios fines.[672]

Más conocido por su brillante y original libro de viajes Eōthen, la obra maestra del historiador A. W. Kinglake (1809-1891) fue su Historia de la guerra de Crimea en ocho volúmenes (1863-87), que es una de las obras más logradas en su género.[673]​ Llevó a cabo la más elaborada investigación relativa a todos los incidentes de la guerra, cotejó cuidadosamente todas las evidencias disponibles, y no escatimó esfuerzos en pulir el estilo de su narrativa.[674]​ La obra capital de Kinglake resulta demasiado minuciosa y concienzuda en proyección y ejecución para ser proporcionada en su conjunto, pero es un ejemplo estupendo de laborioso y talentoso afán.[675]​ La escala sobre la que trabajó fue probablemente excesiva, y, como el interés por la guerra disminuyó, los lectores tuvieron menos paciencia con las completas descripciones de incidentes insignificantes.[674]​ Su gran extensión juega en su contra,[453]​ y no deja de caer en fuertes prejuicios[674]​ y de cometer errores de parcialidad[675]​ ―ha sido acusada de ser demasiado favorable a Lord Raglan y excesivamente hostil a Napoleón III, hacia quien el autor sentía una aversión extrema―,[676]​ pero muestra una notable destreza en el manejo de enormes cantidades de despachos y detalles técnicos dentro de una narración interesante hasta resultar absorbente; está iluminada por descripciones físicas y esbozos de personajes de gran fidelidad y perspicacia; y, a pesar de su extensión, sigue siendo una de las piezas más pintorescas, vívidas y actuales de la narrativa histórica en lengua inglesa.[675]

George Campbell, VIII duque de Argyll (1823-1900), fue un estadista y escritor en materias de ciencia, religión y política.[677]​ Su talento y elocuencia pronto le elevaron a una posición distinguida en la vida pública.[677]​ Sus escritos incluyen El reino de la ley (1866), El hombre primitivo (1869), La cuestión oriental (1879), Los fundamentos invisibles de la sociedad (1893), La filosofía de la fe (1896) y La evolución orgánica a examen (1898).[677]​ Aunque considerado hasta cierto punto un amateur por algunos científicos profesionales, su aptitud, conocimiento y poder dialéctico hicieron de él un formidable antagonista, y le permitieron ejercer una útil influencia, generalmente conservadora, en el pensamiento y el progreso científicos.[677]

El elemento histórico fue cuidadosamente excluido de La Constitución inglesa, de Walter Bagehot[678]​ (1826-1877). Su objeto fue describir ese organismo tal como realmente funcionaba en los años 1865-66, tiempo en que no tenía más paralelo democrático que la Constitución de los Estados Unidos. Bagehot se cuidó de no confundir el poder efectivo con las formas establecidas, y evitó especulaciones doctrinarias, por ejemplo, sobre las limitaciones recíprocas y el equilibrio de los diferentes órganos de gobierno.[679]​ Sus ideas son audaces y estimulantes, y la exposición lúcida. Aunque algunas de sus opiniones puedan ser discutibles y todas estén sujetas a la mutabilidad del organismo mismo, su amplia y cuerda apreciación de la Constitución en un momento importante no corre el riesgo de perder su valor documental.[581]​ La obra ha sido utilizada en Oxford y en más de una de las universidades norteamericanas como libro de texto sobre el tema; también ha sido traducida al alemán, francés e italiano.[680]

Con obras como Culture and Anarchy (Cultura y anarquía) (1869), Matthew Arnold se convirtió (junto con Carlyle, Ruskin y J. S. Mill) en uno de los mejores comentaristas de la civilización, la industria y el comercio victorianos.[61]​ En esta obra, Arnold se sale del campo literario para adentrarse en el ámbito social y desentrañar la psicología de las clases tradicionales de su país en relación con la cultura.[611]​ En política propugnó un método más científico de tratar las cuestiones públicas en La guirnalda de la amistad (1871), un libro demasiado repleto de burlas para los lectores más serios.[612]

En el invierno de 1883 inició una gira de conferencias por Estados Unidos.[612]​ Entre los frutos de su primera gira americana hubo dos poderosas conferencias: una sobre la importancia de un alto nivel cultural y otra reivindicando el estudio literario como instrumento de educación contra las invasiones de la ciencia física. Estas fueron publicadas en 1885 como Discursos en América.[681]​ Arnold continuaría siendo hasta el final un activo colaborador de publicaciones periódicas, especialmente en The Nineteenth Century. Ensayos procedentes de esta revista y del Murray's Magazine fueron publicados en Boston en 1888 bajo el título de La civilización en los Estados Unidos.[681]

Otras obras críticas de Arnold que merecen ser destacadas: Mixed Essays (Ensayos variados) (1879), Ensayos irlandeses y otros (1882).[682]​ La tendencia racionalista de algunos de sus escritos ofendió a muchos lectores, y la suficiencia del material en el que basó sus estudios para hacer frente a algunos de los temas que manejaba fue puesta en cuestión; pero sin duda ejerció una influencia estimulante en su tiempo.[103]

Sir Walter Besant: En colaboración con E. H. Palmer,[Nota 63]​ profesor de árabe en Cambridge, escribió en 1871 Jerusalén: la ciudad de Herodes y Saladino.[683]

El historiador y moralista John Dalberg-Acton, Lord Acton (1834-1902) fue uno de los más grandes historiadores liberales clásicos de todos los tiempos.[684]​ Sin embargo, ha pasado a la posteridad, ante todo, por la más célebre de sus citas, a menudo incorrectamente transcrita: "El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente".[cita requerida] Aparte de sus escritos en publicaciones periódicas Acton solamente publicó en vida algunas conferencias y cartas sueltas.[685]​ Las dos Sobre la libertad pronunciadas en Bridgnorth en 1877 aparecieron también traducidas al francés (París, 1878).[685]​ Desde su muerte han sido publicadas sus Conferencias sobre Historia moderna, editadas (1906) con introducción de J. N. Figgis[Nota 64]​ y R. V. Lawrence; Historia de la libertad y otros ensayos (1907), con introducción de los editores; Ensayos y estudios históricos (1907); y Conferencias sobre la Revolución francesa (1910). Estos cuatro volúmenes, al igual que su conferencia inaugural, son una clara evidencia de sus facultades. La vasta erudición, la pasión por llegar a familiarizarse íntimamente con numerosos períodos diferentes, eran un obstáculo para la producción a gran escala. Ésta se veía también obstaculizada por una cierta falta de capacidad organizativa y un deficiente sentido de la proporción. Abandonó su proyecto de escribir una Historia de la libertad, que en realidad nunca fue más que una quimera demostrativa de su carencia de aptitud "arquitectónica".[685]

John Richard Green (1837-1883) no tiene la estatura de Macaulay, pero sigue su línea, acentuando su tendencia social e institucionalista.[638]​ Desde la década de 1860, Green había estado planeando diversas obras históricas, como una historia de la Iglesia de Inglaterra ―como muestra en una serie de biografías de los arzobispos de Canterbury― y una historia de Inglaterra bajo la dinastía angevina, que él se proponía fuera su obra magna.[686]​ Sin embargo, su precario estado de salud le obligó a concentrar sus energías en la preparación de su Breve historia del pueblo inglés, que apareció en 1874, e inmediatamente le aseguró un lugar en primera fila entre los historiógrafos.[686]​ En esta obra, que abarca desde los tiempos del establecimiento de los anglosajones en Inglaterra (449) hasta la batalla de Waterloo (1815), y que por su vivacidad, precisión y sencillez de estilo alcanzó un éxito inmediato, se propuso demostrar que la historia de una nación no es solo la biografía de sus grandes hombres, sino también la apreciación de la vida y los sentimientos de los distintos sectores de la población.[619]​ Este libro fusionó los materiales para la historia inglesa, y los presentó con una plenitud y unidad que nunca antes habían sido intentadas.[687]​ Lo que Macaulay había hecho para un período de la historia inglesa, lo hizo Green para ésta en su conjunto. Partiendo de una masa de detalles dispersos construyó una serie de cuadros que estaban llenos de vida. Temas que antes habían sido tratados de forma independiente ―historia constitutional, historia social, historia de la literatura, historia económica y similares― fueron todos reunidos mediante su método.[687]​ La profunda admiración del escritor por el concepto de libertad que los ingleses habían desarrollado para sí mismos, su plena solidaridad con los objetivos de la ambición popular, y el sublime tono de optimismo frente al futuro que fluía a través del libro, dieron a éste un valor moral y político, además de sus méritos literarios e históricos. El libro fue inmediatamente popular; su tratamiento era nuevo, su tono fresco y vigoroso, su estilo atractivo, su estructura clara.[688]

La Historia tuvo un éxito como pocos libros sobre un tema serio han tenido en la literatura inglesa.[689]​ Abandonando su proyecto de historia de los monarcas angevinos, se limitaría a ampliar su Breve historia en una Historia del pueblo inglés en cuatro volúmenes (1878-80).[686]La formación de Inglaterra (1882) y La conquista de Inglaterra (publicada tras su muerte) desarrollan con más detalle algunos aspectos de la Historia del pueblo inglés. Puede decirse que la Breve historia inició una nueva etapa en la historiografía, haciendo del progreso social, industrial y moral del pueblo su tema principal.[690]

Richard Watson Dixon fue también un prolífico poeta, pero es más conocido por su Historia de la Iglesia de Inglaterra desde la abolición de la jurisdicción romana (1877-1900),[264]​ obra que felizmente viviría para concluir, estando el quinto y último volumen listo para su publicación en el momento de su muerte. Esta obra no es una historia filosófica de la Reforma, sino un relato histórico. Se hizo el esfuerzo, y se hizo con éxito, de narrar los acontecimientos uno tras otro tal y como sucedieron.[691]​ El propósito de Dixon era en parte corregir el punto de vista de Froude sobre la Reforma en Inglaterra, y sostenía que "era necesaria una reforma en muchos aspectos; pero ésta fue llevada a cabo en su conjunto por medio de malos instrumentos, y acompañada de grandes calamidades".[691]

Historiografía[editar]

Historia de las grandes civilizaciones[editar]

Desde comienzos de la década de 1830, George Finlay (1799-1875) se consagró a la labor literaria que ocuparía el resto de su vida.[692]​ La gran obra de Finlay apareció en secciones, de la siguiente manera:[693]Grecia bajo la dominación romana: una visión histórica del estado de la nación griega desde la época de su conquista por los romanos hasta la extinción del Imperio romano de Oriente[692]​ (1844), Grecia hasta la conquista por los turcos (1851), Grecia bajo la dominación otomana y veneciana (1856) y La Revolución griega (1861).[693]​ En 1877 todas ellas fueron reunidas bajo el título de Una historia de Grecia desde su conquista por los romanos hasta la actualidad (146 a.C.-1864 d.C.), y publicadas en siete volúmenes.[693]​ El conjunto había sido exhaustivamente revisado por el propio Finlay, quien, además de proponerse de principio a fin una mayor condensación del estilo, había añadido varios capítulos nuevos, principalmente sobre temas económicos, refundido íntegramente la sección sobre la Grecia y la Trebisonda medievales, y añadido una continuación desde 1843 hasta la promulgación de la constitución de 1864. Por consiguiente, el período abarcado por la historia es no inferior a dos mil diez años.[693]

Finlay emprendió varios viajes a diversos lugares del Levante; y como resultado de uno de ellos publicó un volumen Sobre el sitio del Santo Sepulcro, con un plano de Jerusalén (1847). La Historia de los imperios griego y bizantino desde 716 hasta 1453 se completó en 1854.[692]

Finlay es un gran historiador del tipo de Polibio, Procopio y Maquiavelo.[693]​ No resulta pintoresco o elocuente, ni es un maestro de la delineación de personajes, pero un singular encanto se adhiere a sus páginas partiendo de la perpetua conciencia del contacto con una inteligencia vigorosa. En la última parte de su obra habla con la autoridad de un testigo presencial perspicaz, aunque no totalmente desapasionado.[693]Gibbon, tal como requiere su proyecto, exhibe los aspectos superficiales del período en una grandiosa panorámica; Finlay se sumerge bajo la superficie, y saca a la luz una riqueza de detalles sociales de los cuales el mero lector de Gibbon no podría tener ninguna noción.[693]

Como historiador, Finlay tuvo el mérito de internarse en un campo de investigación que había sido descuidado por los escritores ingleses, siendo únicamente Gibbon una excepción parcial. Como estudiante, fue laborioso; como erudito era certero; como pensador, era a la vez agudo y profundo; y en todo lo que escribía era inquebrantable en su lealtad a los principios del gobierno constitucional y a la causa de la libertad y la justicia.[692]

El liberalismo no menos que la erudición informaron la magistral Historia de Grecia de George Grote[637]​ (1794-1871), historiador y parlamentario (1832-41). Desde 1843 dedicó todo su tiempo a la literatura, que, junto con la política, había sido su principal interés desde su juventud. Pronto cayó bajo la influencia de Bentham y los dos Mill, y fue uno de los líderes del grupo de teóricos conocidos como «radicales filosóficos».[694]​ En 1845 publicó los primeros dos volúmenes de su propia Historia de Grecia, cuyos seis volúmenes restantes aparecieron a intervalos hasta 1856. Grote pertenece a la escuela de historiadores filosóficos, y su Historia, que comienza con las leyendas, termina con la caída del país en poder de los sucesores de Alejandro Magno. Es una de las obras de referencia sobre el tema, tema que su erudición le permitió tratar de una manera completa y exhaustiva; el estilo es claro y sólido. Se ha reeditado en varias ocasiones, y ha sido traducida al francés y al alemán.[695]

Historia de América[editar]

El ensayista e historiador Arthur Helps escribió Los conquistadores del Nuevo Mundo (1848-52) y Las conquistas españolas en América (en 4 volúmenes, 1855-61).[630]​ Cuando la demanda de sus obras históricas decayó, volvió a publicar partes de éstas como biografías individuales de De las Casas, Colón, Pizarro y Cortés.[630]

Historia de las religiones[editar]

La Historia del cristianismo hasta la abolición del paganismo en el Imperio romano (1840), obra del clérigo anglicano Henry Hart Milman (1791-1868), fue completamente ignorada; pero muy diferente fue la acogida concedida a la continuación de dicho trabajo:[696]​ su gran obra histórica, la Historia del cristianismo latino hasta la muerte del papa Nicolás V[697]​ (1855), que ha alcanzado numerosas ediciones.[696]​ Se trata de una de las obras históricas más importantes del siglo, caracterizada por igual por su distinción literaria y por su saber e investigación.[698]​ Las deficiencias e inexactitudes menores son ampliamente compensadas por cualidades hasta entonces nada frecuentes en los historiadores eclesiásticos ―liberalidad, candor, solidaridad y apreciación católica de cada cualidad estimable en cada persona o facción―, las cuales no solo aportaron un encanto especial a la obra, sino que puede decirse que han elevado de forma permanente el nivel de la historia eclesiástica. Milman también poseía el fino sentido de la continuidad histórica, y la facultad de dotar de personalidad a las instituciones, tan necesaria para el historiador de una augusta institución como la Iglesia latina. Las diferenciaciones fundamentales entre el cristianismo latino y el griego u oriental y los paralelismos entre el cristianismo latino y el teutónico están admirablemente resueltos.[697]

Egiptología[editar]

La obra más importante de Sir John Gardner Wilkinson (1797-1875) es Usos y costumbres de los antiguos egipcios (3 volúmenes, 1837), a la que fueron añadidos con posterioridad dos volúmenes más sobre religión y mitología egipcias. En esta obra estándar, las exposiciones de los escritores antiguos acerca de Egipto, junto con los resultados de las excavaciones e investigaciones modernas dirigidas por el autor y otros, estaban lúcidamente organizadas, explicadas en un estilo fascinante, y ricamente ilustradas con planos, grabados y láminas en color. Los notables conocimientos de Wilkinson en botánica, zoología y técnicas artísticas, junto con su dominio de la literatura antigua, le otorgaban una aptitud única para el tratamiento de este tema; y se reconoció que había sacado a la luz numerosos datos nuevos relacionados con las costumbres, la historia y la religión egipcias. La obra dio a conocer al autor al público en general, como erudito científico y como escritor popular.[699]

En 1843 publicó, con el título de Egipto musulmán y Tebas, una edición ampliada (en 2 volúmenes) de su primera obra popular, Topografía de Tebas y estudio general de Egipto, escrita a comienzos de la década de 1830, durante su larga estancia en Egipto. Esta obra contenía los principales resultados de las investigaciones del autor en Tebas,[700]​ además de abundante información arqueológica y topográfica,[701]​ y ofrecía las más completas orientaciones para los viajeros, incluyendo un buen vocabulario del árabe moderno.[701]

Samuel Birch (1813-1885) editó los textos más complejos y los envió a expertos franceses y alemanes, por quienes eran sumamente apreciados. Pero nunca debe olvidarse que la primera gramática elemental egipcia, el primer diccionario jeroglífico, el primer tratado sobre arqueología egipcia, la primera historia popular de Egipto y la primera serie de traducciones populares del egipcio al inglés fueron escritos por él.[702]​ Su habilidad para averiguar el significado de un texto era notable, y cualquiera que compare los resultados de sus trabajos con los de los investigadores recientes se sorprenderá de la sustancial exactitud de su labor. En ocasiones era un poco negligente con la forma literaria de sus traducciones, pero esto se debía principalmente a su ansiedad por situar ante sus lectores el significado exacto del texto. Sus abundantes lecturas de clásicos griegos y romanos le permitieron ilustrar la historia y la religión egipcias; y, por otro lado, su conocimiento de las inscripciones egipcias le proporcionó con frecuencia pistas sobre el significado de oscuras referencias en los clásicos.[702]

Encontró tiempo para hacer traducciones del Libro de los muertos y del Papiro Harris, y numerosos catálogos y guías. Además, escribió una historia de la alfarería que durante mucho tiempo fue considerada obra de referencia, investigó el silabario chipriota, y demostró mediante varias publicaciones que no había perdido su viejo interés por el chino.[703]

Memorias y literatura de viajes[editar]

En los libros de viajes del siglo XIX, la entrega total de los autores al interés de la aventura por lo general hace lúcido y vivo el estilo; el asunto habla por sí solo. Sin embargo, cuando el viaje no es tan lejano se le exige más al autor, que tiene que compensar con el interés de su personalidad la falta de novedad de los lugares. El gran maestro en este aspecto es George Borrow.[704]​ Sus libros pueden clasificarse como novelas de base autobiográfica o como viajes novelados. Richard Ford fue más objetivo en sus Gatherings from Spain, a las que dio vida con su singular idiosincrasia y sus prejuicios. No obstante, el mejor libro de esta clase fue Eōthen, de Kinglake, libro que eclipsó la voluminosa Historia de la guerra de Crimea del mismo autor. Trata del Cercano Oriente, y Kinglake mojó sus pinceles en colores fuertes. Es ingenioso y sensitivo.[705]

El escocés Hugh Miller (1802-1856), geólogo y hombre de letras, mostró desde muy pronto un notable gusto por la lectura y el poder de la narración de historias.[706]​ En 1835 publicó sus Escenas y leyendas del norte de Escocia,[706]​ que recogía las tradiciones de su Cromarty natal.[707]​ Desde 1840 fue editor del periódico The Witness, órgano de la facción popular de la Iglesia de Escocia, cargo para el que mostró una notable capacidad.[706]​ Al margen de sus obras sobre geología ―materia que también fue objeto de un capítulo de sus Escenas y leyendas―,[707]​ cabe destacar sus libros Mis escuelas y maestros, una autobiografía de notable interés; Primeras impresiones de Inglaterra y su gente (1847), y El crucero del «Betsy».[706]​ En general, todos sus escritos se caracterizan por una gran excelencia literaria, y sobre todo por una maravillosa capacidad para lograr vívidas descripciones.[706]

La obra literaria del matrimonio compuesto por William Howitt (1792-1879) y Mary Howitt (1799-1888), que era muy extensa, fue en parte elaborada conjuntamente y en parte de manera independiente, y abarcó una considerable variedad de temas: poesía, ficción, historia, traducciones y temas sociales y económicos. Útil y amena en su momento, poco de ella tiene probabilidades de pervivir. Las obras de William incluyen Una historia del clericalismo (1833), Vida rural en Inglaterra (1837), Visitas a lugares notables, Hogares y refugios de los poetas, Tierra, trabajo y oro (1855), Vida rural en Alemania, Historia de lo sobrenatural e Historia del descubrimiento de Australia.[512]​ Sus obras conjuntas incluyen El trovador del bosque, El libro de las estaciones y Abadías y castillos en ruinas de Gran Bretaña.[512]

Un personaje pintoresco que arranca del período romántico, del cual conserva esencias, y pertenece a la época victoriana, es el estrambótico aventurero y excelente narrador George Borrow (1803-1881), que tan interesado estuvo por las cosas de España.[165]​ La línea de George Borrow se remonta hasta Defoe. Como éste, mezcla la observación y la invención en un estilo tan natural, que desafía a toda clasificación. Uno duda si es novelista, autobiógrafo o viajero, y sin embargo su estilo y asunto son siempre los mismos. El relato no pierde por su modo de narrarlo, pero no es escritor de obras de ficción. No inventa personajes, ni probablemente episodios; pero los episodios que narra parecen los de una novela biográfica, y en el diálogo y el dibujo de los personajes Borrow iguala a los mejores maestros del arte de novelar.[708]​ Conviviendo con gitanos en su finca de Oulton Broad (Suffolk) escribió Lavengro, The Romany Rye, Wild Wales, Romano Lavo-Lil y otras obras.[709]​ Viajó ampliamente por el Continente y por Oriente, familiarizándose con la gente y con las lenguas de los distintos países que visitó. Estuvo especialmente unido a los gitanos, con cuya lengua llegó a estar tan familiarizado como para publicar un diccionario de la misma.[710]​ Su amistad con gitanos tratantes de caballos le permitió conocer una Inglaterra desconocida a los ingleses, y también le sirvió en España.[711]​ Como resultado de sus dos largas estancias en este país (1835/1840) dejó los interesantísimos libros The Zincali (Los gitanos) (1841) y La Biblia en España (1843),[712]​ por los que Borrow se ganó un puesto cumbre en la literatura. El interés romántico de estas dos obras atrajo al público hacia el hombre tanto como hacia el escritor, y éste fue objeto de admiración durante algunos años.[709]​ El primero es una descripción de la vida de los gitanos españoles, y el segundo una narración más o menos autobiográfica de sus aventuras durante la época turbulenta de la Primera Guerra Carlista[712]​ (1833-40). Este libro cimentó su reputación literaria.[713]​ De sus andanzas por Inglaterra con un grupo de gitanos ingleses surgieron tres libros: Lavengro (1851), narración novelada de sus aventuras en este período; The Romany Rye (1857) y Wild Wales (1862), obras éstas que, aunque originales y de gran interés, y en la actualidad tal vez sus libros más populares, fueron recibidas con escaso agrado por el público. Las dos primeras dan una imagen muy maquillada de su propia historia.[713]​ Aunque por lo general se las considera novelas, lo son muy poco más que los dos libros anteriormente citados[711]​ (The Zincali y La Biblia en España), y como descripción de las condiciones en que viven los gitanos ingleses se han convertido en documentos de primera mano.[711]​ Sus escritos ocupan un lugar único en la literatura inglesa.[713]​ Es sobrio en las partes estáticas de la narración, tales como la descripción de lugares, pero copioso en el diálogo; ignora las recetas formales relativas al estilo, y emplea un lenguaje que nunca decae en interés; y por las orillas de su relato pasan constantemente figuras que instantáneamente reconocemos como personas vivas.[711]

A. W. Kinglake, en un trabajo que no es propiamente una novela de ficción, pero que sí posee una gran calidad imaginativa acercándose al arte del novelista, utilizaría el ambiente oriental en un libro de viajes titulado Eōthen o fragmentos de un viaje de regreso a casa desde Oriente (1844).[714]​ Se trata de un sensible e ingenioso registro de las impresiones sentidas y recordadas de modo penetrante.[675]​ El libro demostró que Kinglake era un maestro del más refinado estilo y sutil humor,[674]​ y aunque fue comparado un tanto absurdamente con las narraciones de viajes ordinarias, en verdad resulta más parecido al Viaje sentimental de Sterne, y es un delicioso registro de impresiones personales más que de hechos ajenos.[674]

Elliot Warburton (1810-1852) se colegió en Irlanda en 1837, pero abandonó su profesión para viajar y escribir.[715]​ En 1843 hizo "un largo viaje" a través de Siria, Palestina y Egipto. Estos viajes fueron descritos por él en el Dublin University Magazine (octubre de 1843, enero y febrero de 1844) bajo el título de Episodios de un viaje oriental.[715]​ En formato de libro su título fue La medialuna y la cruz, o romance y realidades de un viaje oriental, y apareció en dos volúmenes en 1844, si bien está fechado en 1845. A pesar de que el Eōthen de Kinglake acababa de aparecer, esta obra de Warburton pasó por al menos diecisiete ediciones, llegando a reeditarse en fecha tan tardía como 1888, y su popularidad era debida a sus "brillantes descripciones".[716]

Richard Ford (1796-1858), crítico, viajero e hispanista, es el autor de una de las primeras y mejores guías de viaje.[717]​ Estudió Derecho, pero nunca ejerció, y en 1830-33 viajó por España, pasando gran parte de su tiempo en la Alhambra y en Sevilla.[717]​ En 1840 comenzó a escribir, por invitación de John Murray, su Guía para viajeros en España, con la que su nombre está mayormente asociado.[717]​ Fue concluida y publicada en 1845; y unas ventas de dos mil copias en pocos meses demostraron la estimación pública de sus méritos.[718]​ En la siguiente edición (1847) fue reducida a las dimensiones ordinarias de las «Guías para viajeros» de Murray, y con los recortes y algunos materiales nuevos añadidos se hizo el delicioso volumen breve publicado en 1846 bajo el título de Gatherings from Spain.[718]

En 1846, Harriet Martineau realizó un viaje con algunos amigos por Egipto, Palestina y Siria, y a su regreso publicó Vida oriental, presente y pasada (1848),[719]​ un libro de viajes que la autora consideraba su mejor libro: en él declaraba que ya no creía en la revelación.[720]​ Esta obra mostraba que a medida que la humanidad pasaba por las religiones históricas del mundo, una tras otra, la concepción de la deidad y del gobierno divino se volvía a cada paso más y más abstracta e indefinida.[719]

Richard Francis Burton (1821-1890) fue geógrafo, explorador, traductor, escritor, militar, orientalista, cartógrafo, etnólogo, espía, lingüista, poeta, esgrimista y diplomático, y llevó una vida de viajes, aventuras y servicio militar y civil en casi todas las regiones del mundo, incluyendo la India, África, Oriente Próximo, Norteamérica y Sudamérica.[721]​ Burton fue el primer inglés en entrar en La Meca, el primero en explorar Somalilandia, el primero en hallar los Grandes Lagos del África Central.[722]​ Fue el viajero más activo y al mismo tiempo un lingüista de primera fila. Publicó sus libros rápidamente, demasiado rápidamente para dar valor permanente a sus escritos, y su estilo es áspero, lo mismo que su carácter.[723]​ Fue autor de más de 50 libros en una gran variedad de géneros, incluyendo viajes, novelas y traducciones, entre los cuales destacan Narración personal de una peregrinación a Medina y La Meca (1855), Primeros pasos en el África Oriental (1856), Las regiones lacustres del África Ecuatorial (1860), La cuenca del Nilo (1864), una traducción y una biografía de Camões, una traducción absolutamente literal de Las mil y una noches, anotada y comentada,[724]​ etc. En 1848 viajó a la India con un permiso para restablecer su salud en las montañas de Nilgiris.[725]​ En seis meses encontró tiempo para visitar Goa y formar su primer contacto con la lengua de Camões.[726]​ Regresó a Inglaterra en mayo de 1849, llevando consigo una amplia colección de manuscritos y curiosidades orientales, y los materiales para no menos de cuatro libros sobre la India.[726]​ En un año (1851) lanzó al mercado Sind, o el valle desdichado (2 volúmenes) y Sind y las razas que habitan el valle del Indo, que son todavía valorados como libros de referencia; y Goa y las Montañas Azules, un maravilloso historial de un viaje de seis meses.[726]​ En 1853, después de mucho tiempo abrigando la esperanza de cumplir su sueño de peregrinar a La Meca,[726]​ viajó a Egipto, siendo esta su primera visita a ese país que posteriormente conocería tan bien. La peregrinación propiamente dicha comenzó con un viaje a lomos de un camello de El Cairo a Suez. Después siguieron doce días en un buque de peregrinos en el mar Rojo de Suez a Yanbu, el puerto de Medina.[726]​ El viaje desde Yanbu a Medina, de allí a La Meca, y finalmente de nuevo hacia el mar hasta Yeda,[726]​ le llevó más de dos meses. Desde Yeda Burton regresó a Egipto en un barco de vapor británico.[726]​ El viaje en sí resultó menos notable que el libro en el que fue narrado.[727]​ Su sensacional Narración personal de una peregrinación a Medina y La Meca une el interés de una sólida documentación sacada de autores árabes a la observación intensamente personal del autor.[723]​ Es merecidamente el más popular de los libros de Burton, habiendo alcanzado cuatro ediciones. Como relato de aventuras audaces, y por levantar el velo de lo desconocido, su interés nunca se desvanecerá.[726]​ Sus vívidas descripciones, su estilo acre y sus "apuntes" intensamente personales lo distinguen de los libros de su género; su penetración en los modos semitas de pensamiento y su cuadro de las costumbres árabes le otorgan valor de documento histórico; su humor negro, sus perspicaces observaciones y su temeraria embriaguez de opinión, expresados en un lenguaje peculiar, tosco pero vigoroso, hacen de él una curiosidad de la literatura.[727]​ A mediados de 1854 se encontraba de nuevo en el mar Rojo, con permiso del Gobierno de Bombay para explorar Somalilandia. Su ambición era penetrar a través de las montañas hasta el curso superior del Nilo.[726]​ Cuando aún se encontraba cerca del puerto de Berbera[728]​ resultó herido en un ataque y tuvo que regresar a Adén. De esta fallida expedición publicó los resultados en sus Primeros pasos en el África Oriental.[723]​ Se trata de uno de sus más emocionantes y más característicos libros, pleno de saber, observación y humor.[722]​ Su traducción de Las mil y una noches es notable por el conocimiento enciclopédico de la vida musulmana, y en la biografía de Camões y la traducción de Los lusiadas aprovechó sus incomparables conocimientos sobre los lugares que menciona el poeta.[729]

En el verano de 1860 atravesó Norteamérica, con el particular objetivo de estudiar a los mormones en Salt Lake City. Esto dio como resultado un libro, The City of the Saints (La ciudad de los santos) (1861), que se caracteriza por su lenguaje sumamente sencillo.[728]​ Burton pasó cuatro años en la costa occidental de África, "la tumba del hombre blanco".[730]​ Su jurisdicción se extendía por unas seiscientas millas a lo largo de los golfos de Biafra y Benín, incluyendo la desembocadura del Níger,[730]​ pero sus exploraciones se extendieron más allá de su jurisdicción consular. Fue el primero en escalar las montañas de Camerún y en advertir su valor como "sanatorio" para los europeos. Remontó el río Congo hasta las cataratas de Yellala. Visitó la colonia francesa de Gabón, entonces famosa por las narraciones de Du Chaillu, pero fracasó en su ambición de atrapar un gorila. También rindió visitas a Abeokuta y Benín, donde buscó en vano los huesos de Belzoni. Dos veces fue a la capital del Reino de Dahomey, la segunda en misión oficial del Gobierno británico. Algunos reportes de lo que hizo y vio pueden leerse en media docena de libros: Andanzas por África Occidental (1863, 2 volúmenes), Abeokuta y los Camerunes (también de 1863, 2 volúmenes), Una misión ante Glele, rey de Dahomey (1864, 2 volúmenes), Ingenio y sabiduría del África Occidental (1865), y La tierra de los gorilas, o las cataratas del Congo (1875, 2 volúmenes).[730]

Su período de cuatro años en Sudamérica (1865-69) dio como resultado dos libros: Exploraciones de las tierras altas del Brasil (1869, 2 volúmenes) y Cartas desde los campos de batalla del Paraguay (1870).[730]​ Estudió las antigüedades etruscas de Bolonia;[731]​ visitó las regiones de Sind y Goa,[731]​ y los yacimientos auríferos del Madián y de la Costa de Oro. Y cada una de estas expediciones tiene su historial en un libro. En 1876 apareció La Bolonia etrusca: un estudio; en 1877 Sind revisitada; en 1878 Las minas de oro del Madián; en 1879 La tierra del Madián revisitada (3 volúmenes), y en 1883 A por el oro de la Costa del Oro (2 volúmenes).[731]​ Ninguno de ellos tenía más que un interés pasajero. Burton no poseía el donaire estilístico o imaginativo que otorga la inmortalidad a un libro de viajes.[722]

Considerando únicamente sus exploraciones, pocos han atravesado una extensión mayor de lugares ignotos de la Tierra, y ninguno con ojos más observadores. Sus logros como escritor resultan casi tan notables. Su producción total asciende a más de cincuenta volúmenes, algunos de dimensiones considerables. Aunque no todos son literatura, todos ellos representan el trabajo duro y son el producto de una mente original.[732]​ Detrás del viajero y el escritor emerge la figura de un hombre que se atrevió a ser siempre fiel a sí mismo.[732]

Laurence Oliphant (1829-1888) fue un viajero, aventurero, diplomático ocasional y escritor. Sus viajes incluyen, además de los países continentales, las costas del Mar Negro, la región de Circasia, donde fue corresponsal de The Times, América, China y Japón. Estuvo en la Guerra de Crimea, en la sublevación india, en la guerra de China, en las operaciones militares de Garibaldi y en la insurrección polaca.[733]​ Oliphant fue un autor voluminoso y versátil, que publicó libros de viajes, novelas y obras sobre misticismo.[734]​ Pasó una agradable temporada en Nepal, y conoció tantas novedades que le dieron para poder escribir su primer libro, Un viaje a Katmandú (1852).[735]​ Abandonó sus estudios de Derecho y se marchó de viaje a Rusia. El resultado de esa gira fue su libro sobre Las costas rusas del Mar Negro (1853).[735]​ Ideó un proyecto para colonizar Palestina con judíos, y a principios de 1879 marchó a Oriente para estudiar el país y tratar de obtener una concesión del gobierno turco. Un relato de su viaje se encuentra en La tierra de Galaad, con excursiones por el Líbano (1880).[736]​ Describió su viaje a Egipto (invierno de 1881) en La tierra de Khemi: río arriba y río abajo por el curso medio del Nilo (1882).[736]​ Escribió una serie de textos en el Blackwood's, publicados en 1887 como Episodios de una vida de aventuras, que describen su carrera inicial con gran espíritu.[737]​ Otras obras suyas: Minnesota y el Lejano Oeste (1855), La campaña de Transcaucasia (1856), Patriotas y filibusteros (una narración de aventuras en el Sur de Estados Unidos, 1860), Narración de una misión a China y Japón (1857-59).[738]

Sir John Bowring (1792-1872), lingüista, escritor y viajero, declaró que uno de los períodos más interesantes de su vida pública fue su visita a Siam en 1855.[739]​ En 1857 Bowring publicó un relato de sus viajes y experiencias en Siam bajo el título de The Kingdom and People of Siam (El reino y el pueblo de Siam).[739]

En 1857, el explorador misionario David Livingstone (1813-1873) publicó sus Missionary Travels.[740]​ Tras unos años en África, en Inglaterra publicó su segundo libro, El Zambeze y sus afluentes (1865). De nuevo en África, organizó una expedición a la cuenca del Nilo, descubrió el lago Bangweolo, exploró el país de los caníbales, soportando terribles sufrimientos y peligros, de los que fue rescatado justo a tiempo por H. M. Stanley. Su último viaje lo emprendió para descubrir las fuentes del Nilo, pero resultó ser fatal, ya que murió en una aldea en Ilala.[740]​ Sus escritos son exposiciones austeras y sin adornos de su labor y sus experiencias. Se cuenta entre los más grandes exploradores y filántropos. El diario que mantuvo fue publicado como el Último diario de David Livingstone en África central (1874).[740]

Como funcionario público, Anthony Trollope fue destinado en el otoño de 1858 a una misión en las Indias Occidentales, que daría origen a sus aportaciones a la literatura de viajes.[741]​ La expedición dio como resultado Las Indias Occidentales y las posesiones continentales españolas (1859), un libro de viajes sumamente entretenido, considerado por el autor como su mejor obra en este género. En 1862 visitó los Estados Unidos;[742]​ el relato de su viaje, titulado Norteamérica (1862), es menospreciado por el propio autor, pero resultó eminentemente útil en su momento para ayudar a orientar a la opinión pública inglesa hacia un cauce correcto[479]​ en su relación con América. Posteriormente visitó Australia y Nueva Zelanda (1871-72), y Sudáfrica (1878), produciendo libros sobre estos países más fecundos en instrucción que en entretenimiento.[479]

El historiador William Hepworth Dixon (1821-1879) escribió numerosos libros de viajes.[264]​ En 1861, Dixon viajó por Portugal, España y Marruecos, y en 1863 por Oriente, y a su regreso ayudó a crear la Fundación para la Exploración de Palestina.[743]​ En 1865 publicaría La Tierra Santa, una pintoresca guía de Palestina. En 1866, Dixon viajó a través de los Estados Unidos, llegando hacia el Lejano Oeste hasta Salt Lake City.[744]​ En 1867, Dixon publicó La nueva América. Alcanzó ocho ediciones en Inglaterra, tres en Estados Unidos y varias en Francia, Rusia, Países Bajos, Italia y Alemania.[745]​ A finales de 1869 viajó durante algunos meses por el Norte, y dio cuenta de su periplo en Rusia libre (1870).[745]​ El año 1871 lo pasó en su mayor parte en Suiza, y a principios de 1872 publicó Los suizos.[745]​ En septiembre de 1874 recorrió Canadá y los Estados Unidos. En marzo de 1875 ofrecería el resultado de este viaje en La conquista blanca.[745]​ Durante el año siguiente escribió, en el Gentleman's Magazine, El camino a Egipto, así como otros dos escritos en los que recomendaba al Gobierno la adquisición a Turquía de la soberanía egipcia.[745]​ Antes de finalizar 1878 visitó la isla de Chipre.[745]British Cyprus se publicó en 1879.[745]

A Sir Samuel White Baker (1821-1893), explorador, naturalista, cazador, ingeniero, escritor y militante abolicionista, se le recuerda principalmente como explorador de las fuentes del Nilo[486]​ y del interior del África Central, y como descubridor del gran lago Alberto.[486]​ Durante su residencia en la isla de Ceilán publicó, como resultado de numerosas y aventureras expediciones de caza, El rifle y el perro de caza en Ceilán (1853), y dos años más tarde Ocho años de andanzas en Ceilán (1855).[746]​ El descubrimiento del Albert Nyanza fue la hazaña más notable lograda en la carrera aventurera de Baker; la labor de Speke y Grant quedaba así completada, y las fuentes del Nilo liberadas del misterio. Aunque quedaría para Stanley el descubrimiento (15 de diciembre de 1887) del tercer lago y la corrección del reporte relativo a la extensión del Albert Nyanza hacia el sur, el nombre de Baker siempre estará asociado con la solución del problema de las fuentes del Nilo.[747]​ Publicó su relato de la expedición, titulado El Albert Nyanza, la Gran Cuenca del Nilo y la exploración de las fuentes del Nilo, en 1866, y la obra se hizo inmediatamente popular.[748]​ En 1867 publicaría Los afluentes del Nilo en Abisinia; ambos libros alcanzarían rápidamente varias ediciones.[749]​ Publicó su relato de la expedición al África Central bajo el título de Ismailia (1874). Chipre, tal como la vi en 1879 fue el resultado de una visita a dicha isla.[749]​ En líneas generales, sus libros, que versan todos sobre viajes y actividades lúdicas, están bien escritos.[486]

Edward Whymper (1840-1911), alpinista y explorador, conquistador del Matterhorn, del Chimborazo y del Cotopaxi, consignó sus experiencias en dos grandes libros:[750]Scrambles among the Alps (Escaladas en los Alpes) (1871) y Travels among the Great Andes (Viajes por los Grandes Andes) (1892).

La observación y ese vagabundeo siempre alerta de George Borrow se repiten de nuevo a finales de siglo en las obras de Richard Jefferies.[714]​ La tradición de Gilbert White (autor de Historia natural y antigüedades de Selborne, 1789) fue continuada por este naturalista y novelista sureño en sus principales obras. En 1877 adquirió definitivamente categoría como autor popular con El guardabosque en su hogar, reedición de una serie de textos notables inicialmente publicados en el Pall Mall Gazette. Ciertamente, a la vez que interpretaba la naturaleza como un poeta, la había estudiado como un naturalista, no solo acumulando datos con minuciosa observación, sino registrándolos con una precisión casi dolorosa en los diarios de los cuales Mr. Besant ha dado muestras. Su amor por los detalles y su facultad para extraer la belleza poética de ellos son exhibidos aún más sorprendentemente en su siguiente libro, Vida agreste en un condado del Sur (1879), que también apareció inicialmente en forma de artículos en el Pall Mall.[751]​ Estas dos obras están llenas de observación minuciosa y de vívida descripción de la vida campestre.[361]​ La primera de ellas consiste en una serie de escritos en prosa sobre la base de la amistad del autor con el guarda de la finca rural en la que aquél pasó su infancia. Por su parte, en Vida agreste…, obra en la que Jefferies vuelve a su Wiltshire natal, toda la vida rural de la comarca, animal y humana, y todas las características locales de la naturaleza inanimada, y el nuevo mundo creado por la fusión de ambos conceptos, son representados en un paisaje con figuras exquisitamente matizado e infinitamente variado, provisto por su unidad esquemática de un marco definido y adecuado. Esta coherencia hace que Vida agreste… sea muy superior a sus posteriores obras del mismo género,[752]​ como El furtivo aficionado (1880), En derredor de una vasta finca (1881), La vida en los campos, Aire libre (1885), etc. Con la excepción de Red Deer (El ciervo rojo) (1884), una descripción de Exmoor, donde la unidad de localizaciones conduce de nuevo a la unidad de intereses, estas obras resultan demasiado inconexas, si bien las descripciones individuales son tan hermosas y certeras como siempre.[752]​ En los pocos años que Jefferies invirtió en escribir estas obras en prosa, su habilidad literaria se desarrolló rápidamente: El furtivo aficionado, en particular, es considerado como un gran avance con respecto a sus trabajos anteriores, el primero en el que el autor se acerca al tema autobiográfico que está detrás de sus mejores obras.[753]​ Jefferies fue autor además de otras colecciones de ensayos sobre historia natural.[578]

Al igual que George Borrow, con quien tiene mucho en común, Jefferies es un escritor de un tipo perfectamente original, y al mismo tiempo intensamente inglés. Gran parte de lo mejor de su obra puede ser emulado o superado, pero él resulta incomparable, salvo por Shelley, por la fusión de la máxima intensidad de pasión con su máxima pureza, y por la elocuente expresión del mero éxtasis de vivir, del goce de la existencia al aire libre y a la luz clara en medio de hermosos paisajes.[752]​ En su propio estilo, consistente en representar con un intenso sentido de la naturaleza todos los elementos del país y de la vida agreste, vegetal y animal, que sobrevive frente a la civilización moderna, pocos han igualado a Jefferies.[361]

Por razones de salud, Robert Louis Stevenson tuvo que hacer frecuentes viajes, y en ellos recogió la documentación y obtuvo las experiencias que se condensan en sus narraciones Un viaje al continente (1878) y Viajes con una burra por los montes Cévennes (1879).[754]Un viaje al continente es su primer libro, y describe un viaje en canoa por Bélgica y Francia; está escrito con una agradable, imaginativa veta de humor y reflexión, pero con un estilo un tanto demasiado amanerado.[755]​ Por su parte, la segunda obra citada describe sus excursiones por el macizo de las Cévennes, en el centro-sur de Francia.

En 1883, el teólogo Henry Drummond (1851-1897) emprendió una visita a la región meridional del África ecuatorial. Su misión era realizar una exploración científica, y especialmente geológica, de la región de los lagos Nyasa y Tanganica para la African Lakes Corporation. Zarpó en junio de 1883 y pasó por Zanzíbar y Mozambique. Volvería con un valioso informe sobre la gran región administrada por la Compañía, y también mantuvo un completo diario, del que extrajo los materiales para su admirablemente escrito esbozo El África tropical (1888), que describía el carácter general del país y la condición de sus nativos, con uno o dos capítulos sobre historia natural y sobre los problemas económicos que en sí mismos se presentaban a su mentalidad. Regresó pasando por Ciudad del Cabo en abril de 1884.[756]

Todas estas obras no son sino una pequeña parte de una literatura copiosa y fascinadora sobre viajes, la cual constituye uno de los primeros méritos de la época victoriana y de la nuestra.[750]

Filología y traducción[editar]

John Stuart Blackie (1809-1895), académico y hombre de letras escocés, dedicó su vida a la docencia ―fue