Literatura del naturalismo

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Atendiendo a criterios puramente semánticos, el Diccionario de la lengua española, elaborado por la Real Academia Española, define naturalismo, en su tercera acepción, como la "corriente literaria del siglo XIX que intensifica los caracteres del realismo inspirándose en la ciencia experimental y en la concepción determinista de las actitudes humanas". El corpus teórico del naturalismo literario fue establecido por É. Zola (prólogo a la segunda edición de Thérèse Raquin, 1868) como resultado de la conjugación de la literatura realista (Balzac, Stendhal, Flaubert) con el cientificismo positivista (Comte, Taine, C. Bernard). Aplicando a la literatura métodos científicos, el naturalismo pretendía reproducir la realidad con la máxima objetividad y en todos sus aspectos, incluso en los más vulgares.[1]

Narrativa[editar]

Novela naturalista en Francia[editar]

Folleto publicitario de la novela Thérèse Raquin (c. 1867).

Tras la publicación en 1867 de su terrible pero poderosa novela Thérèse Raquin,[2]Émile Zola (1840-1902) proyectó, con su energía característica, algo más importante: la creación de un mundo propio, como el de La comedia humana de Balzac: la historia de una familia en sus diversas ramificaciones durante el Segundo Imperio. La historia de esta familia, los Rougon-Macquart, era narrada en una serie de novelas que contenían un estudio científico de la herencia ―la ciencia siempre fue el ignis fatuus de Zola― y un cuadro de la vida y la sociedad francesas. La primera novela de la serie, La Fortune des Rougon (La fortuna de los Rougon), apareció en formato de libro a finales de 1871. Fue seguida por La Curée (La jauría, 1874), Le Ventre de Paris (El vientre de París, 1874), La Conquête de Plassans (La conquista de Plassans, 1875), La Faute de l'Abbé Mouret (La culpa del abate Mouret, 1875), Son Excellence Eugène Rougon (Su Excelencia Eugène Rougon, 1876), libros todos ellos indiscutiblemente de una inmensa capacidad, y en cierta medida exitosos, pero no grandes éxitos populares. Después vino L'Assommoir (La taberna, 1877), la epopeya de la bebida, y el autor hizo fortuna.[2]​ Zola se convirtió en el novelista más discutido, más leído y más vendido en Francia: las ventas de La taberna fueron incluso superadas por las de Nana (1880) y La Débâcle (El desastre, 1892). Desde La fortuna de los Rougon hasta Docteur Pascal (El doctor Pascal, 1893) hay aproximadamente una veintena de novelas en la serie de los Rougon-Macquart, cuya segunda mitad incluye las poderosas novelas Germinal (1885) y La Terre (La tierra, 1888).[2]​ El conjunto es una obra gigantesca, fruto de una inmensa labor, de una tenacidad admirable ―tantas páginas escritas, mañana tras mañana, sin interrupción, durante unos treinta años―.[2]

Zola era un idealista, pero mientras que otros idealistas idealizan los elementos más nobles de la naturaleza humana, así él, en su mayor parte ―sus libros tardíos, sin embargo, muestran una mejoría―, ha idealizado los elementos que resultan brutales. Veía la lujuria, la codicia y la gula del hombre, como en una visión, magnificada, abrumadora, portentosa. Y lo que veía lo presentaba con formidable poder. Es posible que su estilo carezca de las cualidades clásicas de la prosa francesa: luminosidad, delicadeza, lustre; ciertamente no tiene el colorido y la felicidad del tacto de Daudet. La primera impresión que produce puede ser de pesadez;[2]​ pero para representar el sombrío horror de los temas en los que más se deleita ―acumulando detalle sobre detalle hasta que el resultado sea abrumador―, Zola no tiene quien le supere. Algunas de sus descripciones de muchedumbres en movimiento nunca han sido superadas.[2]

Escribiendo siempre conjuntamente, hasta la muerte del más joven, la ambición de los hermanos GoncourtEdmond (1822-1896) y Jules (1830-1870)― era no ser meramente novelistas, inventando un nuevo tipo de novela, sino historiadores.[3]​ Son sus novelas la obra por la cual pervivirán como artistas. Aprendiendo algo de Flaubert, y enseñándole casi todo a Zola, inventaron un nuevo tipo de novela, y sus novelas son el resultado de una nueva visión del mundo, en la que el elemento mismo de visión se descompone, como en un cuadro de Monet.[3]​ Una novela de los Goncourt se compone de un número infinito de detalles, colocados uno al lado del otro, cada detalle igualmente destacado.[3]​ Una novela de los Goncourt está escrita en breves capítulos, en ocasiones de no más de una página, y cada capítulo es una notación separada de algún acontecimiento significativo, alguna emoción o sensación que parece proyectar una súbita luz sobre la imagen de un alma.[3]

Amigo íntimo de Edmond de Goncourt (que murió en su casa), de Flaubert, de Zola, Alphonse Daudet (1840-1897) pertenecía esencialmente a la escuela de ficción naturalista. Sus propias experiencias, su entorno, los hombres con los que había estado en contacto, varias personas que habían desempeñado un papel, más o menos público, en la vida parisina: todos entraron en su arte. Pero él vivificaba los materiales suministrados por su memoria. Su mundo posee el gran don de la vida.[4]​ En 1872 produjo el famoso Aventuras prodigiosas de Tartarín de Tarascón.[4]​ Pero Fromont jeune et Risler aîné (Fromont hijo y Risler padre, 1874) conquistó el mundo de inmediato. El libro exploró una vía, no ciertamente nueva en la literatura inglesa, pero relativamente nueva en la francesa. En él aparecía un escritor que poseía el don de la risa y las lágrimas, un escritor no solo sensible al patetismo y al sufrimiento, sino también a la belleza moral.[4]​ Sus personajes eran reales y también típicos.[4]​ El libro estaba vivo. Daba la impresión de un mundo real. Jack, la historia de un hijo ilegítimo, mártir del egoísmo de su madre, que siguió a aquél en 1876, solo sirvió para profundizar la misma impresión. Desde entonces en adelante su carrera fue la de un muy exitoso hombre de letras, publicando novela tras novela ―Le Nabab (1877), Los reyes en el exilio (1879), Numa Roumestan (1881), Safo (1884) , El inmortal (1888)―.[4]

Aunque Daudet se defendió a sí mismo de la acusación de imitar a Dickens, resulta difícil creer por completo que tantas similitudes de espíritu y maneras no fueran buscadas. Sin embargo, lo que era puramente suyo era su estilo. Es un estilo que con razón puede llamarse "impresionista", pleno de luz y colorido, no descriptivo según la moda antigua, sino que destella su efecto deseado mediante una yuxtaposición magistral de palabras que son como pigmentos. Tampoco transmite, como el estilo de los Goncourt, por ejemplo, una constante sensación de esfuerzo. Está lleno de felices ocurrencias y de encanto ―"un encantador", lo llamaba Zola―.[4]

Desde finales de la década de 1870, Joris-Karl Huysmans (1848-1907) produjo una serie de novelas de la vida cotidiana, como Les Sœurs Vatard (1879), En Ménage (1881) y À vau-l'eau (1882), en las que superó a Zola en su realismo minucioso y sin concesiones. Sin embargo, fue influido más directamente por Flaubert y los hermanos Goncourt que por Zola.[5]À Rebours (1884), la historia de los morbosos gustos de un aristócrata decadente, Des Esseintes, causó sensación en el ambiente literario, encubriendo su caricatura del simbolismo literario y artístico buena parte de las creencias reales de los líderes de la revuelta esteticista. En Là-Bas hace su aparición el héroe más característico de Huysmans, Durtal.[5]

En 1884, Paul Bourget (1852-1935), novelista y crítico francés, rindió una larga visita a Inglaterra, y allí escribió su primera historia publicada (L'Irréparable). Cruelle Énigme la siguió en 1885; y André Cornelis (1886) y Mensonges (Mentiras, 1887) fueron recibidas muy favorablemente. Le Disciple (El discípulo, 1889) mostraba al novelista en una actitud más grave.[6]​ En 1891 apareció la novela Cœur de femme (Corazón de mujer).[6]​ Sus posteriores novelas incluyen La Terre promise (La tierra prometida, 1892); Cosmopolis (1892), novela psicológica con Roma como trasfondo; Une Idylle tragique (Un idilio trágico, 1896); La Duchesse bleue (La duquesa azul, 1897); Le Fantôme (El fantasma, 1901); Les Deux Sœurs (Las dos hermanas, 1905),[6]​ etc.

El triunfo del naturalismo francés se alcanzó con La taberna, pero aproximadamente una década después la mayoría de los escritores (incluido Zola) habían abandonado los principales principios programáticos de la escuela.[1]

Novela naturalista en Inglaterra[editar]

Un gran novelista, contemporáneo de Meredith aunque algo más joven, que llegó a ser considerado como su rival en la novela inglesa de finales del siglo XIX, es Thomas Hardy (1840-1928).[7]​ El público de éste, como el de Meredith, estará formado siempre por un círculo selecto, pero por otras razones.[8]​ Aunque ambos admiten, por un lado, los progresos científicos de la época, y temen, por otro, que la tecnología aniquile la personalidad del hombre, Meredith y Hardy son novelistas muy distintos en filosofía y estilo: si el primero confía en que la evolución conducirá a una superación del hombre orientada por el espíritu, el segundo siente que a lo largo de su historia el hombre está dominado por la fatalidad. Ambos son poetas, y esta condición se plasma en la narración y en las descripciones, y se refleja en el optimismo y en el inspirado y brillante estilo de Meredith, y en el pesimismo de la prosa concreta y vigorosa de Hardy. Por su realismo regionalista y su poderosa facultad de crear personajes que son víctimas de un destino fatal ineludible, Thomas Hardy es mucho más conocido y apreciado por el público actual que Meredith.[7]​ Por otra parte, llamarlo pesimista sería quizás injusto en vista de su propia convicción de que la misión del artista es representativa.[9]​ En la medida en que el pesimismo es una filosofía, cae fuera de su misión como escritor; en cuanto tal, ésta consiste en ver la vida y en consignar sobre el papel lo que ha visto. Pero esa visión era uniformemente sombría[9]​ en Hardy. El pesimismo envuelve todas sus novelas con la misma fuerza con que Housman lo distribuye por sus poemas. Y el de Hardy es aún más profundo.[10]

Es difícil clasificar a Thomas Hardy, en parte porque no sigue en absoluto la línea de mayor realismo que iniciaron George Eliot y Trollope.[11]​ Hasta cierto punto parece que vuelve a Scott, por la sensibilidad que demuestra por los entornos naturales, que en sus novelas ocupan un lugar aún más importante. Sin embargo, se parece poco a Scott en lo que a la descripción de la comunidad se refiere. Hay otros aspectos que nos recuerdan al siglo XVIII: la libertad con que utiliza el azar y la casualidad; los argumentos fuertes. Pero tampoco tiene el optimismo que caracterizaba al novelista del XVIII, esa sensación de frescura ante las posibilidades que ofrece la vida. Hardy es en muchas cosas un autor singular.[11]​ Criado en un entorno rural y provinciano (en el condado de Dorset), tuvo por ello materia suficiente para conocer y comprender el paisaje, la vida y el modo de ser de los individuos y grupos de una sociedad rural.[12]​ Este arraigo a la tierra explica por qué Dorset no iba a ser tan solo el escenario geográfico de su obra (reconvertido en el imaginario condado de Wessex), sino que se tenía que convertir en un elemento que influiría sobre el autor y los personajes y situaciones de sus novelas y poemas. Hardy creó una obra literaria cuya belleza poética está impregnada de mitos, supersticiones y leyendas trágicas de los habitantes de esta parte del suroeste de Inglaterra; con la combinación de estos elementos alcanza este novelista sus momentos más inspirados.[12]​ La creación de Wessex fue un gran servicio que Hardy prestó a las letras inglesas.[13]​ Trollope había creado el modelo de una población catedralicia inglesa en su Barchester, con familias, edificios, relaciones y todo; pero Hardy sacó su Wessex del suelo. Es Dorset, principalmente, con algunos puntos extraños pertenecientes a los condados vecinos; pero sus características más importantes consisten en que es todo lo inglés que se puede concebir y que está bastante lejos de las metrópolis para ser eterno.[14]

Como intérprete de la naturaleza y de las características de su región, Hardy es poco menos que inimitable. Nadie antes que él supo personificar con tanta fuerza el escenario rural y hacerlo sentir ―hosco y amenazador, o abierto y sonriente― como ente vivo que condiciona a sus personajes.[12]​ Su conocimiento de la vida rural daba vida a los detalles de sus relatos, llenos de colorido y de atractivo por sí mismos, al margen de la importancia que revistieran en la cuidada estructura del argumento.[15]

El escenario puede variar, a veces predominan las áreas de cultivo, otras las pequeñas ciudades, o los interminables e inhóspitos brezales. Pero para Hardy el lugar siempre forma parte de lo esencial.[11]​ En sus libros nos evoca una Inglaterra rural perdida en lo más recóndito de la memoria.[11]​ Y estas evocaciones las hace de manera inigualable. En sus representaciones de la naturaleza, sin embargo, evita los sentimentalismos y la mera complacencia; Hardy no cierra los ojos ante la crueldad del mundo natural. En The Return of the Native (El regreso del nativo) es evidente desde todo punto de vista que Egdon Heath, el escenario en que se desenvuelven los hechos, representa la fuerza principal de la novela, una fuerza poco benefactora, potente, absorbente, desagradable.[16]

Hardy divide su producción novelística en tres secciones: novelas ingeniosas[12]​ (Remedios desesperados, 1871; La mano de Ethelberta, 1876); de amor y fantasía[12]​ (Unos ojos azules, 1873; Trumpet-Major, 1880; La bien amada, 1897); y de desarrollo del carácter de los personajes en un determinado marco ambiental.[12]​ Su mejor producción corresponde al último grupo.[12]

Publicada anónimamente, Remedios desesperados utiliza muchas de las estrategias de Collins, aunque mucho menos eficazmente: "asesinato, chantaje, ilegitimidad, suplantación, espionaje, múltiples secretos, una bigamia insinuada y detectives aficionados y profesionales",[17]​ todo ello está presente.[18]

Los descubrimientos científicos produjeron euforia en las décadas de 1850 y 1860, y a la vez que el progreso y la técnica transformaban la concepción tradicional del universo, Hardy expresaba con su primera novela de carácter y ambiente su rechazo de este mundo que la imaginación científica había creado. Bajo el árbol de Greenwood (1872) es un idilio rural en el que dos jóvenes encuentran el camino del verdadero amor después de muchas dificultades, que parecen absolutamente inevitables. Superior fuerza dramática presenta Lejos del mundanal ruido (1874), novela en la que Hardy se reveló como un gran escritor. El tema ―muy característico del autor― lo constituye el contraste entre dos clases de amor: el egoísta, violento y sin escrúpulos, y, sin embargo, peligrosamente fascinante, el amor sometido, humilde y desinteresado.[19]

Con El regreso del nativo (1878), la más sombría de sus novelas,[13]​ Hardy alcanza la cima de su capacidad creadora y de su reputación como novelista. Asimismo se acentúa su tendencia al pesimismo y su sensación de que el hombre es víctima de fuerzas ocultas que rigen su fatal destino. La obra constituye una pintura, tan poética como cruel, de la vida rural inglesa de una época en una determinada comarca. El regreso del nativo es una de las grandes novelas de Hardy.[20]​ Comparados con la inmensidad inerte, empequeñecedora, del páramo, los personajes se ven diminutos; los viajes que emprenden resultan lentos, difíciles, son viajes que les obligan a atravesar paisajes hostiles; y los deseos a los que aspiran quedan absolutamente desinflados por el entorno.[16]​ De Hardy podemos afirmar que es el único novelista capaz de captar al ser humano en su auténtica dimensión universal: insignificante. Sin embargo, ésta es una posición muy arriesgada para los novelistas. El regreso del nativo consigue salir del todo airosa, pero el éxito que consigue es por naturaleza esporádico. La ficción exige reconocer que el hombre, sus preocupaciones y las relaciones que entabla son de sumo interés y por eso en novelas posteriores Hardy no deja que la naturaleza usurpe este protagonismo.[16]

En muchos momentos las novelas de Hardy hacen que el lector se revuelva ante los imprevistos, las coincidencias, los cambios de idea o de actitud que simplemente se nos comunican, sin ningún dramatismo.[21]​ Con la publicación de El alcalde de Casterbridge en 1886 su fama y su prestigio quedaron asentados.[22]​ En esta novela el lector queda sobrecogido por la poesía, por la integridad y por la sórdida coherencia con que Hardy nos transmite su visión del mundo.[21]​ En Los habitantes del bosque trata del cisma matrimonial, no sobre la estrecha base de un contrato roto, sino sobre la base mucho más amplia de promover toda la felicidad posible durante "el breve tránsito por este triste mundo".[23]​ En esta novela aparece por primera vez la idea de voluntad inmanente que procede de Schopenhauer, ese ciego determinismo que conduce las vidas a un fin para el que están predeterminadas y que dará lugar a la visión pesimista de la existencia que escandalizó a sus lectores tanto como la libertad de crítica y de costumbres que contienen sus novelas posteriores. En Los habitantes del bosque está ya todo ello, aunque en forma enunciada.[22]​ A partir de la publicación de esta novela (1887), en la obra de Hardy se produce un cambio en su escritura narrativa de considerable importancia, pues las que hasta entonces eran historias dramáticas con un final razonablemente feliz se convierten con ésta ―y, sobre todo con Tess, la de los d'Urberville y Jude el oscuro― en historias de corte trágico, tan duras y críticas que causaron adversa recepción y escándalo, y le empujaron a abandonar la narrativa.[22]

En sus dos últimas grandes obras, Tess, la de los d'Urberville (1891) y Jude el oscuro (1895), Hardy elevaría el rango de la novela inglesa hasta casi alcanzar la altura de la tragedia.[15]Tess es una obra impresionante en la que se muestra la inexorable fatalidad persiguiendo a una «mujer pura» hasta su aniquilamiento. Aquí se muestra con grandeza shakespeariana la futilidad del esfuerzo humano cuando se encuentra con el destino adverso.[24]​ La suerte cruel y una persecución atroz infligen a su heroína, moralmente inocente, los mayores estigmas. La mujer paga, como suele decirse, no sus propios hechos, sino los ataques y las reacciones brutales de los demás.[13]​ Las coincidencias y desventuras que entrelazan la novela siempre se interpretan a largo plazo como factores que contribuyen al desastre. Y los momentos de felicidad que vive Tess se ven amortiguados por un amenazante zumbido que nos advierte de que incluso esa felicidad tan natural puede ser engañosa, pura trampa.[25]​ El mismo camino de aniquilamiento persigue la vida del protagonista de Jude el oscuro,[26]​ la novela más pesimista de Hardy.[26]​ En ella, la discordia matrimonial se convierte en un embrollo que parece haber asustado al autor mismo,[13]​ pues se niega a resolver su problema, y se limita a plantearlo.[13]​ Jude es el perfecto retrato del hombre a un tiempo mundano y espiritual, condenado a vivir en una época que no acierta a reconciliar ambas cualidades.[25]La bien amada (1897) pertenece al grupo de novelas de amor y fantasía y, por tanto, se orienta en una línea menos pesimista.[26]

La impresión final que se desprende de la filosofía narrativa de Hardy es la de la existencia de un sino maligno que actúa sobre la vida de los hombres, corrompiendo sus posibilidades de felicidad y conduciéndolos a la tragedia. Esta intuición sobre la vida fue tan persistente que poseía todo el aspecto de una doctrina. A ello contribuiría su racionalidad, que se negaba a aceptar el optimismo del materialismo del siglo XIX al tiempo que rechazaba la consolación de la fe cristiana.[27]​ Contra "las fórmulas meramente orales de la sociedad", que muchas gentes creen que son la verdadera moral, el autor invoca la autoridad de la naturaleza y el acuerdo tácito entre los hombres; pero no juzga ni toma partido. La raíz del mal es más profunda que nuestros convencionalismos.[13]

En la producción novelística de Hardy su filosofía fatalista y su actitud pesimista no se manifiestan de modo negativo, sino que tienden a ofrecer una visión objetiva del mundo, proporcionando al lector motivos para enfrentarse con más aliento a los infortunios que inexorablemente presenta la vida. Por otra parte, su fatalismo trágico aparece con visos de un impulso del que emana indudable compasión por los sufrimientos y el destino del hombre.[26]

George Gissing (1857-1903) no se puede comparar, como novelista, con George Eliot o con Hardy, pero estudió como ellos varios aspectos de la realidad de su tiempo, y los reveló con apasionamiento, aunque sin alcanzar altas metas artísticas.[28]​ Llevó una vida de las más desdichadas y no estaba suficientemente armado contra los dardos de la desgracia para dominar la depresión que impregna casi todos sus escritos.[29]​ Sus obras son más bien reportajes o relatos biográficos novelados, en los que se descubren sus sufrimientos y los de tantos contemporáneos suyos aplastados por la losa de un sistema social injusto. Su afán de justicia y su deseo de que los humanos disfruten de un poco de felicidad se reflejan en todos sus libros.[30]​ Ningún novelista inglés se enfrentó a los males de su siglo con un realismo más sincero.[31]​ En sus principales novelas describe la corrupción de la sociedad y le niega al lector la primicia de una solución fácil.[31]

Sus novelas suelen ser hasta cierto punto autobiográficas. Workers in the Dawn (1880), la primera que escribió, relata cómo el protagonista se casa con una chica de la calle, tal como había hecho el propio autor, y describe circunstancias de su vida que le llevan a perder la fe en los ideales de progreso y superación. En La marginada (1884) insiste en que una mujer de mala vida puede permanecer pura en el fondo de su corazón y ser capaz de realizar actos de auténtico altruismo. Demos (1886) es la novela en que el autor se vuelca con mayor intensidad hacia los humildes, al mismo tiempo que manifiesta su desconfianza más absoluta por los procedimientos democráticos, tanto políticos, como sociales y educativos. Sus novelas posteriores, El bajo mundo (1889), Nacido en el exilio (1892) y Mujeres sin pareja (1893), como indican sus títulos, son respectivamente: una descripción de los bajos fondos sociales al estilo de Víctor Hugo; un relato de la lucha de un hombre de origen humilde que busca la perfección humana y social; y una galería de caracteres femeninos que han fracasado en el matrimonio, que están contra el matrimonio por principio, o que por alguna circunstancia no llegan a casarse. Entre lo mejor de Gissing está New Grub Street (1891), novela semi-autobiográfica en que se describe la penuria de un escritor en la sociedad londinense de entonces.[30]​ Una atmósfera más amable se encuentra en Los documentos privados de Henry Ryecroft (1903), y es posible que sea eso lo que haya convertido este libro genial en la más popular de sus obras.[31]​ Última de sus novelas completas, esta obra de recuerdos meditados expuestos rudamente en forma novelesca[29]​ parecía anunciar el nacimiento de una perspectiva algo más luminosa,[32]​ alejada del realismo pesimista y deprimente de sus anteriores trabajos. Revela la felicidad del autor al poder escapar al cautiverio de la vida de ciudad tras años de pobreza y de escribir para procurarse el sustento.[29]​ La pobreza de Gissing y sus matrimonios desgraciados frustrarían en cierta medida su genio.[31]

La acritud y el pesimismo de las obras de Gissing eran fruto no solo de las duras circunstancias de su vida, sino de su amor a los seres humanos, la conmiseración por sus sufrimientos, y el convencimiento de que en el mundo nunca se conseguirá establecer un régimen de justicia y comprensión.[33]​ Habría llegado a ser un mejor novelista si no se hubiera dejado obsesionar tanto por sus infortunios.[29]

Novela naturalista en España[editar]

En España el naturalismo se introdujo tardíamente con La desheredada de Pérez Galdós (1881). La crítica que Clarín escribió a esta novela suscitó una corriente de interés naturalista que se tradujo en discusiones públicas y diversos escritos; el más polémico fue, sin duda, el de Pardo Bazán (La cuestión palpitante), que rechazaba el determinismo y el positivismo zolescos. Hacia 1890 el interés de los novelistas españoles se desplazó hacia la literatura de base psicológica y espiritualista, por lo que en rigor no puede hablarse de un naturalismo español y sí de una influencia puntual del naturalismo francés. Destacan, sin embargo, Galdós, Pardo Bazán, Clarín y N. Oller, que adoptaron con originalidad los métodos de la escuela francesa.[1]

Poesía y teatro[editar]

El naturalismo en Alemania[editar]

El alemán Arno Holz (1863-1929) comenzó su carrera poética interesándose por algunos de los poetas líricos más modernos. Pero no quedó muy satisfecho con ellos, ya que deseaba desentrañar científicamente el fundamento del arte, y recurrió a una forma extrema de naturalismo bajo la influencia de Zola y otros modernos. Das Buch der Zeit. Lieder eines Modernen (El libro del tiempo: canciones de un moderno, 1885) mostraba esta tendencia, que el autor convirtió en una teoría positivista conjuntamente con Johannes Schlaf. Durante los años 1887-88 estos dos hombres trabajaron juntos asiduamente.[34]​ En su drama Familie Selicke (La familia Selicke, 1890) sacrificaron todo a su principio fundamental del naturalismo.[34]

Holz continuó trabajando en solitario, con mucha seguridad en sí mismo, en sus teorías artísticas, y después trató de ponerlas en práctica[34]​ en obras como la comedia Die Sozialaristokraten (Los aristócratas sociales, 1896); el poemario Phantasus (1899);[34]Dafnis, Lieder auf einer alten Laute (Dafnis, canciones con un viejo laúd, 1903-04); el drama Traumulus (1904), y la tragedia Ignorabimus (1913). Se le debe a Holz una posición importante entre los escritores que influyeron en el curso de los acontecimientos literarios en Alemania en las últimas décadas del siglo XIX. Solo es necesario mencionar su influencia sobre Hauptmann y Sudermann. No produjo ninguna obra de arte perdurable y en este sentido sus admiradores lo han sobrevalorado en demasía, pero como fuerza estimuladora, como generador de nuevas ideas sobre el arte, tiene asegurado un lugar en la historia literaria.[34]

Desde mediados de la década de 1880, Gerhart Hauptmann (1862-1946) se dedicó por entero a la labor literaria, y pronto alcanzaría una gran reputación como uno de los principales representantes del teatro moderno.[35]​ El primer drama de Hauptmann, Vor Sonnenaufgang (1889), inauguró el movimiento realista en la literatura alemana moderna; fue seguido por Das Friedensfest (1890), Einsame Menschen (1891) y Die Weber (1892), un poderoso drama que describe la insurrección de los tejedores de Silesia en 1844. De la obra posterior de Hauptmann cabe mencionar las comedias Kollege Crompton (1892), Der Biberpelz (1893) y Der rote Hahn (1901),[35]​ y el drama histórico Florian Geyer (1895). También escribió dos tragedias sobre la vida campesina en Silesia, Fuhrmann Henschel (1898) y Rose Berndt (1903).[35]

Hermann Sudermann (1857-1928), dramaturgo y novelista alemán, ejerció como periodista, fue editor del Deutsches Reichsblatt (1881-82), y después se dedicó a escribir novelas.[36]​ A pesar de su enorme talento como narrador, sintió que su destreza como dramaturgo era mayor, y en 1889 (año del inicio del movimiento realista en el teatro alemán) fue representada, el 27 de noviembre, su primera obra, Die Ehre (Honor), en el Teatro Lessing de Berlín. Esta obra, que originalmente pretendía ser una tragedia,[37]​ era un pseudo-nietzscheano ataque a la moral de los humildes, y tuvo un gran éxito.[37]Die Ehre inauguró un nuevo período en la historia de la escena alemana.[36]​ Fue seguida por Heimat (7 de enero de 1893), en la que Sudermann enfatiza de nuevo el derecho del artista a una vida moral más libre que la de la pequeña burguesía, y que está construida con un efecto dramático tan contundente que ha llevado la reputación de Sudermann por todo el mundo.[37]​ Hay en esta obra algo de la tendencia moralista y didáctica de los dramaturgos franceses posteriores, especialmente de Dumas hijo, y toda su delicadeza técnica.[37]​ De sus restantes dramas, cabe destacar los siguientes: Die Schmetterlingsschlacht (1894), Das Glück im Winkel (1895), Morituri (1896), Johannes (1898), Die drei Reiherfedern (1899), Johannesfeuer (1900), Es lebe das Leben! (1902), Der Sturmgeselle Sokrates (1903) y Stein unter Steinen (1905).[36]

Bibliografía[editar]

  • Barnard, Robert. Breve historia de la literatura inglesa. Madrid: Alianza Editorial, 2002. ISBN 84-206-7290-4.
  • Cousin, John William. A Short Biographical Dictionary of English Literature. Londres: J.M. Dent & Sons, 1910. No presenta ISBN.
  • Entwistle, William James. «Los clásicos ingleses» en Historia de la literatura inglesa: de los orígenes a la actualidad. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1965. No presenta ISBN.
  • Evans, Ifor. Breve historia de la literatura inglesa. Barcelona: Ariel, 1985. ISBN 978-84-3448-383-1.
  • Gillett, Eric. «Literatura contemporánea hasta 1960» en Historia de la literatura inglesa: de los orígenes a la actualidad. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1965. No presenta ISBN.
  • Pujals Fontrodona, Esteban. Historia de la literatura inglesa. Madrid: Editorial Gredos, 1984. ISBN 978-84-2490-952-6.

Referencias[editar]

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  2. a b c d e f Marzials, Frank Thomas (1911). Hugh Chisholm, ed. "Zola, Émile Édouard Charles Antoine (1840-1902)" en «Encyclopædia Britannica (11th ed.)» (vol. XXVIII) (en inglés). Cambridge: Cambridge University Press. p. 1001. Consultado el 24 de julio de 2018. 
  3. a b c d Symons, Arthur (1910). Hugh Chisholm, ed. "Goncourt, De" en «Encyclopædia Britannica (11th ed.)» (vol. XII) (en inglés). Cambridge: Cambridge University Press. p. 231. Consultado el 21 de agosto de 2018. 
  4. a b c d e f Marzials, Frank Thomas (1910). Hugh Chisholm, ed. "Daudet, Alphonse (1840-1897)" en «Encyclopædia Britannica (11th ed.)» (vol. VII) (en inglés). Cambridge: Cambridge University Press. p. 848. Consultado el 9 de agosto de 2018. 
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